=La desavenencia sigue creciendo
y amenaza convertirse en discordia=
Junto a la negra sotana se destacó un sonrosado y fresco
rostro. Jacintito saludó a nuestro joven, no sin cierto
embarazo.
Era uno de esos chiquillos precoces a quienes la indulgente
[30] Universidad lanza antes de tiempo a las arduas luchas del
mundo, haciéndoles creer que son hombres porque son 52
doctores. Tenía Jacintito semblante agraciado y carilleno,
con mejillas de rosa como una muchacha, y era rechoncho
de cuerpo, de estatura pequeña, tirando un poco a pequeñísima,
[5] y sin más pelo de barba que el suave bozo que lo
anunciaba. Su edad excedía poco de los veinte años.
Habíase educado desde la niñez bajo la dirección de su
excelente y discreto tío, con lo cual dicho se está que el
tierno arbolito no se torció al crecer. Una moral severa le
[10] mantenía constantemente derecho, y en el cumplimiento
de sus deberes escolásticos apenas tenía pero. Concluídos
los estudios universitarios con aprovechamiento asombroso,
pues no hubo clase en que no ganase las más eminentes
notas, empezó a trabajar, prometiendo con su aplicación y
[15] buen tino para la abogacía perpetuar en el foro el lozano
verdor de los laureles del aula.
A veces era travieso como un niño, a veces formal como
un hombre. En verdad, en verdad, que si a Jacintito no le
gustaran un poco, y aun un mucho, las lindas muchachas,
[20] su buen tío le creería perfecto. No dejaba de sermonearle
a todas horas, apresurándose a cortarle los audaces vuelos;
pero ni aun esta inclinación mundana del jovenzuelo lograba
enfriar el mucho amor que nuestro buen canónigo tenía al
encantador retoño de su cara sobrina María Remedios.
[25] En tratándose del abogadillo, todo cedía. Hasta las graves
y metódicas prácticas del buen sacerdote se alteraban
siempre que se tratase de algún asunto referente a su
precoz pupilo. Aquel método riguroso y fijo como un
sistema planetario, solía perder su equilibrio cuando Jacintito
[30] estaba enfermo o tenía que hacer un viaje. ¡Inútil celibato
el de los clérigos! Si el Concilio de Trento les prohibe
tener hijos, Dios, no el Demonio, les da sobrinos para que
conozcan los dulces afanes de la paternidad.
Examinadas imparcialmente las cualidades de aquel aprovechado
niño, era imposible desconocer que no carecía de 53
mérito. Su carácter era por lo común inclinado a la honradez,
y las acciones nobles despertaban franca admiración
en su alma. Respecto a sus dotes intelectuales y a su saber
[5] social, tenía todo lo necesario para ser con el tiempo una
notabilidad de estas que tanto abundan en España; podía
ser lo que a todas horas nos complacemos en llamar hiperbólicamente
un _distinguido patricio_ o _un eminente hombre público_,
especies que por su mucha abundancia apenas son apreciadas
[10] en su justo valor. En aquella tierna edad en que el
grado universitario sirve de soldadura entre la puericia y la
virilidad, pocos jóvenes, mayormente cuando han sido mimados
por sus maestros, están libres de una pedantería fastidiosa,
que si les da gran prestigio junto al sillón de sus
[15] mamás, es muy risible entre hombres hechos y formales.
Jacintito tenía este defecto, disculpable no sólo por sus
pocos años, sino porque su buen tío fomentaba aquella
vanidad pueril con imprudentes aplausos.
Luego que los cuatro se reunieron, continuaron paseando.
[20] Jacinto callaba. El canónigo, volviendo al interrumpido
tema de los _piros_ que se habían de ingertar y de las _vitis_
que se debían poner en orden, dijo:
--Ya sé que D. José es un gran agrónomo.
--Nada de eso; no sé una palabra--repuso el joven,
[25] viendo con mucho disgusto aquella manía de suponerle
instruido en todas las ciencias.
--¡Oh! sí; un gran agrónomo--añadió el Penitenciario;--pero
en asuntos de agronomía no me citen tratados novísimos.
Para mí toda esa ciencia, Sr. de Rey, está condensada
[30] en lo que yo llamo la _Biblia del campo_, en las _Geórgicas_
del inmortal latino. Todo es admirable, desde aquella gran
sentencia _Nec vero terrae ferre omnes omnia possunt_, es decir,
que no todas las tierras sirven para todos los árboles, Sr. D.
José, hasta el minucioso tratado de las abejas, en que el
poeta explana lo concerniente a estos doctos animalitos, y 54
define al zángano, diciendo:
......................._Ille horridus alter
Desidia, latamque trahens inglorius alvum_,
[5] de figura horrible y perezosa, arrastrando el innoble vientre
pesado, Sr. D. José....
--Hace usted bien en traducírmelo--dijo Pepe,--porque
entiendo muy poco el latín.
--¡Oh! los hombres del día ¿para qué habían de entretenerse
[10] en estudiar antiguallas?--añadió el canónigo con
ironía.--Además, en latín sólo han escrito los calzonazos
como Virgilio, Cicerón y Tito Livio. Yo, sin embargo,
estoy por lo contrario, y sea testigo mi sobrino, a quien he
enseñado la sublime lengua. El tunante sabe más que yo.
[15] Lo malo es que con las lecturas modernas lo va olvidando,
y el mejor día se encontrará que es un ignorante, sin sospecharlo.
Porque, señor D. José, a mi sobrino le ha dado por
entretenerse con libros novísimos y teorías extravagantes, y
todo es Flammarión arriba y abajo, y nada más sino que las
[20] estrellas están llenas de gente. Vamos, se me figura que
ustedes dos van a hacer buenas migas. Jacinto, ruégale a
este caballero que te enseñe las matemáticas sublimes, que
te instruya en lo concerniente a los filósofos alemanes, y ya
eres un hombre.
[25] El buen clérigo se reía de sus propias ocurrencias,
mientras Jacinto, gozoso de ver la conversación en terreno
tan de su gusto, se excusó con Pepe Rey, y de buenas a
primeras le descargó esta pregunta:
--Dígame el Sr. D. José, ¿qué piensa usted del Darwinismo?
[30] Sonrió nuestro joven al oír pedantería tan fuera de sazón,
y de buena gana excitara al joven a seguir por aquella senda
de infantil vanidad; pero creyendo más prudente no intimar
mucho con el sobrino ni con el tío, contestó sencillamente:
--Yo no puedo pensar nada de las doctrinas de Darwin, 55
porque apenas las conozco. Los trabajos de mi profesión
no me han permitido dedicarme a esos estudios.
--Ya--dijo el canónigo riendo.--Todo se reduce a que
[5] descendemos de los monos... Si lo dijera sólo por ciertas
personas que yo conozco, tendría razón.
--La teoría de la selección natural--añadió enfáticamente
Jacinto,--dicen que tiene muchos partidarios en Alemania.
--No lo dudo--dijo el clérigo.--En Alemania no debe
[10] sentirse que esa teoría sea verdadera, por lo que toca a
Bismarck.
Doña Perfecta y el Sr. D. Cayetano aparecieron frente a
los cuatro.
--¡Qué hermosa está la tarde!--dijo la señora.--¿Qué
[15] tal, sobrino, te aburres mucho?...
--Nada de eso--repuso el joven.
--No me lo niegues. De eso veníamos hablando Cayetano
y yo. Tú estás aburrido, y te empeñas en disimularlo.
No todos los jóvenes de estos tiempos tienen la abnegación
[20] de pasar su juventud, como Jacinto, en un pueblo donde no
hay Teatro Real, ni Bufos, ni bailarinas, ni filósofos, ni ateneos,
ni papeluchos; ni Congresos, ni otras diversiones y
pasatiempos.
--Yo estoy aquí muy bien--repuso Pepe.--Ahora le
[25] estaba diciendo a Rosario que esta ciudad y esta casa me
son tan agradables, que me gustaría vivir y morir aquí.
Rosario se puso muy encendida y los demás callaron.
Sentáronse todos en una glorieta, apresurándose Jacinto a
ocupar el lugar a la izquierda de la señorita.
[30] --Mira, sobrino, tengo que advertirte una cosa--dijo
doña Perfecta, con aquella risueña expresión de bondad que
emanaba de su alma, como de la flor el aroma.--Pero no
vayas a creer que te reprendo, ni que te doy lecciones: tú
no eres niño y fácilmente comprenderás mis ideas.
--Ríñame usted, querida tía; que sin duda lo mereceré--replicó 56
Pepe, que ya empezaba a acostumbrarse a las
bondades de la hermana de su padre.
--No, no es más que una advertencia. Estos señores
[5] verán como tengo razón.
Rosarito oía con toda su alma.
--Pues no es más--añadió la señora,--sino que cuando
vuelvas a visitar nuestra hermosa catedral procures estar en
ella con un poco más de recogimiento.
[10] --Pues ¿qué he hecho yo?
--No extraño que tú mismo no conozcas tu falta--indicó
la señora con aparente jovialidad.--Es natural; acostumbrado
a entrar con la mayor desenvoltura en los ateneos,
clubs, academias y congresos, crees que de la misma manera
[15] se puede entrar en un templo donde está la Divina Majestad.
--Pero señora, dispénseme usted--dijo Pepe, con gravedad.--Yo
he entrado en la catedral con la mayor compostura.
--Si no te riño, hombre, si no te riño. No lo tomes así,
[20] porque tendré que callarme. Señores, disculpen ustedes a
mi sobrino. No es de extrañar un descuidillo, una distracción...
¿Cuántos años hace que no pones los pies en
lugar sagrado?
--Señora, yo juro a usted... Pero en fin, mis ideas
[25] religiosas podrán ser lo que se quiera; pero acostumbro
guardar la mayor compostura dentro de la iglesia.
--Lo que yo aseguro... vamos, si te has de ofender,
no sigo... lo que aseguro es que muchas personas lo
notaron esta mañana. Notáronlo los señores de González,
[30] doña Robustiana, Serafinita, en fin... con decirte que
llamaste la atención del señor obispo... Su Ilustrísima
me dió las quejas esta tarde en casa de mis primas. Díjome
que no te mandó plantar en la calle porque le dijeron que
eras sobrino mío.
Rosario contemplaba con angustia el rostro de su primo, 57
procurando adivinar sus contestaciones antes que las diera.
--Sin duda me han tomado por otro.
--No... no... fuiste tú... Pero no vayas a ofenderte,
[5] que aquí estamos entre amigos y personas de confianza.
Fuiste tú, yo misma te vi.
--¡Usted!
--Justamente. ¿Negarás que te pusiste a examinar las
pinturas, pasando por un grupo de fieles que estaban oyendo
[10] misa?... Te juro que me distraje de tal modo con tus
idas y venidas, que... Vamos... es preciso que no lo
vuelvas a hacer. Luego entraste en la capilla de San Gregorio;
alzaron en el altar mayor y ni siquiera te volviste
para hacer una demostración de religiosidad. Después
[15] atravesaste de largo a largo la iglesia, te acercaste al sepulcro
del Adelantado, pusiste las manos sobre el altar, pasaste
en seguida otra vez por entre el grupo de los fieles, llamando
la atención. Todas las muchachas te miraban y tú parecías
satisfecho de perturbar tan lindamente la devoción y ejemplaridad
[20] de aquella buena gente.
--¡Dios mío! ¡Todo lo que he hecho!...--exclamó
Pepe, entre enojado y risueño.--Soy un monstruo y ni
siquiera lo sospechaba.
--No, bien sé que eres un buen muchacho--dijo doña
[25] Perfecta, observando el semblante afectadamente serio e
inmutable del canónigo, que parecía tener por cara una
máscara de cartón.--Pero, hijo, de pensar las cosas a
manifestarlas así con cierto desparpajo, hay una distancia
que el hombre prudente y comedido no debe salvar nunca.
[30] Bien sé que tus ideas son... no te enfades; si te enfadas,
me callo... digo que una cosa es tener ideas religiosas
y otra manifestarlas... Me guardaré muy bien de vituperarte
porque creas que no nos crió Dios a su imagen y
semejanza, sino que descendemos de los micos; ni porque
niegues la existencia del alma, asegurando que ésta es una 58
droga como los papelillos de magnesia o de ruibarbo que se
venden en la botica....
--Señora, por Dios...--exclamó Pepe con disgusto.--Veo
[5] que tengo muy mala reputación en Orbajosa.
Los demás seguían guardando silencio.
--Pues decía que no te vituperaré por esas ideas...
Además de que no tengo derecho a ello, si me pusiera a
disputar contigo, tú, con tu talentazo descomunal, me confundirías
[10] mil veces... no, nada de eso. Lo que digo es
que estos pobres y menguados habitantes de Orbajosa son
piadosos y buenos cristianos, si bien ninguno de ellos sabe
filosofía alemana; por lo tanto no debes despreciar públicamente
sus creencias.
[15] --Querida tía--dijo el ingeniero con gravedad.--Ni yo
he despreciado las creencias de nadie, ni yo tengo las ideas
que usted me atribuye. Quizás haya estado un poco irrespetuoso
en la iglesia; soy algo distraído. Mi entendimiento
y mi atención estaban fijos en la obra arquitectónica, y
[20] francamente no advertí... pero no era esto motivo para que
el señor obispo intentase echarme a la calle, y usted me
supusiera capaz de atribuir a un papelillo de la botica las
funciones del alma. Puedo tolerar eso como broma, nada
más que como broma.
[25] Pepe Rey sentía en su espíritu excitación tan viva, que
a pesar de su mucha prudencia y mesura no pudo disimularla.
--Vamos, veo que te has enfadado--dijo doña Perfecta,
bajando los ojos y cruzando las manos.--¡Todo sea por
[30] Dios! Si hubiera sabido que lo tomabas así, no te habría
dicho nada. Pepe, te ruego que me perdones.
Al oír esto y al ver la actitud sumisa de su bondadosa
tía, Pepe se sintió avergonzado de la dureza de sus anteriores
palabras, y procuró serenarse. Sacóle de su embarazosa
situación el venerable Penitenciario, que sonriendo 59
con su habitual benevolencia, habló de este modo:
--Señora doña Perfecta, es preciso tener tolerancia con
los artistas... ¡oh! yo he conocido muchos. Estos
[5] señores, como vean delante de sí una estatua, una armadura
mohosa, un cuadro podrido o una pared vieja, se olvidan
de todo. El Sr. D. José es artista, y ha visitado nuestra
catedral, como la visitan los Ingleses, los cuales de buena
gana se llevarían a sus museos hasta la última baldosa de
[10] ella... Que estaban los fieles rezando; que el sacerdote
alzó la Sagrada Hostia; que llegó el instante de la mayor
piedad y recogimiento; pues bien... ¿qué le importa
nada de esto a un artista? Es verdad que yo no sé lo que
vale el arte, cuando se le disgrega de los sentimientos que
[15] expresa... pero en fin, hoy es costumbre adorar la forma,
no la idea... Líbreme Dios de meterme a discutir este
tema con el Sr. D. José, que sabe tanto, y argumentando
con la primorosa sutileza de los modernos, confundiría al
punto mi espíritu, en el cual no hay más que fe.
[20] --El empeño de ustedes de considerarme como el hombre
más sabio de la tierra, me mortifica bastante--dijo Pepe,
recobrando la dureza de su acento.--Ténganme por tonto;
que prefiero la fama de necio a poseer esa ciencia de Satanás
que aquí me atribuyen.
[25] Rosarito se echó a reír, y Jacinto creyó llegado el momento
más oportuno para hacer ostentación de su erudita
personalidad.
--El panteísmo o panenteísmo están condenados por la
Iglesia, así como por las doctrinas de Schopenhauer y el
[30] moderno Hartmann.
--Señores y señoras--manifestó gravemente el canónigo,--los
hombres que consagran culto tan fervoroso al arte,
aunque sólo sea atendiendo a la forma, merecen el mayor
respeto. Más vale ser artista y deleitarse ante la belleza,
aunque sólo esté representada en las ninfas desnudas, que 60
ser indiferente y descreído en todo. En espíritu que se
consagra a la contemplación de la belleza no entrará completamente
el mal. _Est Deus in nobis... Deus_, entiéndase
[5] bien. Siga, pues, el señor D. José admirando los
prodigios de nuestra iglesia; que por mi parte le perdonaré
de buen grado las irreverencias, salva la opinión del señor
prelado.
--Gracias, Sr. D. Inocencio--dijo Pepe, sintiendo en sí
[10] punzante y revoltoso el sentimiento de hostilidad hacia el
astuto canónigo y no pudiendo dominar el deseo de mortificarle.
--Por lo demás, no crean ustedes que absorbían mi
atención las bellezas artísticas de que suponen lleno el
templo. Esas bellezas, fuera de la imponente arquitectura
[15] de una parte del edificio y de los tres sepulcros que hay en
las capillas del ábside y de algunos entalles del coro, yo no
las veo en ninguna parte. Lo que ocupaba mi entendimiento
era la consideración de la deplorable decadencia de
las artes religiosas, y no me causaban asombro, sino cólera,
[20] las innumerables monstruosidades artísticas de que está
llena la catedral.
El estupor de los circunstantes fué extraordinario.
--No puedo resistir--añadió Pepe,--aquellas imágenes
charoladas y bermellonadas, tan semejantes, perdóneme
[25] Dios la comparación, a las muñecas con que juegan las
niñas grandecitas. ¿Qué puedo decir de los vestidos de
teatro con que las cubren? Vi un San José con manto,
cuya facha no quiero calificar por respeto al Santo Patriarca
y a la Iglesia que le adora. En los altares se acumulan
[30] imágenes del más deplorable gusto artístico, y la multitud
de coronas, ramos, estrellas, lunas y demás adornos de
metal o papel dorado forman un aspecto de quincallería que
ofende el sentimiento religioso y hace desmayar nuestro
espíritu. Lejos de elevarse a la contemplación religiosa, se
abate, y la idea de lo cómico le perturba. Las grandes 61
obras del arte, dando formas sensibles a las ideas, a los
dogmas, a la fe, a la exaltación mística, realizan misión muy
noble. Los mamarrachos y las aberraciones del gusto, las
[5] obras grotescas con que una piedad mal entendida llena
las iglesias, también cumplen su objeto; pero éste es bastante
triste: fomentan la superstición, enfrían el entusiasmo,
obligan a los ojos del creyente a apartarse de los altares, y
con los ojos se apartan las almas que no tienen fe muy profunda
[10] ni muy segura.
--La doctrina de los iconoclastas--dijo Jacintito,--también
parece que está muy extendida en Alemania.
--Yo no soy iconoclasta, aunque prefiero la destrucción
de todas las imágenes a esta exhibición de chocarrerías de
[15] que me ocupo--continuó el joven.--Al ver esto, es lícito
defender que el culto debe recobrar la sencillez augusta de
los antiguos tiempos; pero no: no se renuncie al auxilio
admirable que las artes todas, empezando por la poesía y
acabando por la música, prestan a las relaciones entre el
[20] hombre y Dios. Vivan las artes, despliéguese la mayor
pompa en los ritos religiosos. Yo soy partidario de la
pompa....
--Artista, artista y nada más que artista--exclamó el
canónigo, moviendo la cabeza con expresión de lástima.--Buenas
[25] pinturas, buenas estatuas, bonita música... Gala
de los sentidos, y el alma que se la lleve el Demonio.
--Y a propósito de música--dijo Pepe Rey, sin advertir
el deplorable efecto que sus palabras producían en la madre
y la hija,--figúrense ustedes qué dispuesto estaría mi espíritu
[30] a la contemplación religiosa al visitar la catedral, cuando
de buenas a primeras y al llegar al ofertorio en la misa
mayor, el señor organista tocó un pasaje de _La Traviata_.
--En eso tiene razón el Sr. de Rey--dijo el abogadillo
enfáticamente.--El señor organista tocó el otro día todo el
brindis y el wals de la misma ópera y después un rondó de 62
_La Gran Duquesa_.
--Pero cuando se me cayeron las alas del corazón--continuó
el ingeniero implacablemente,--fué cuando vi
[5] una imagen de la Virgen que parece estar en gran veneración,
según la mucha gente que ante ella había y la multitud
de velas que la alumbraban. La han vestido con ahuecado
ropón de terciopelo bordado de oro, de tan extraña forma
que supera a las modas más extravagantes del día. Desaparece
[10] su cara entre un follaje espeso, compuesto de mil
suertes de encajes rizados con tenacillas, y la corona de
media vara de alto, rodeada de rayos de oro, es un disforme
catafalco que le han armado sobre la cabeza. De la misma
tela y con los mismos bordados son los pantalones del Niño
[15] Jesús... No quiero seguir, porque la descripción de cómo
están la madre y el hijo me llevaría quizás a cometer alguna
irreverencia. No diré más, sino que me fué imposible tener
la risa y que por breve rato contemplé la profanada imagen,
exclamando: "¡Madre y señora mía, cómo te han puesto!"
[20] Concluídas estas palabras, Pepe observó a sus oyentes, y
aunque a causa de la sombra crepuscular no se distinguían
bien los semblantes, creyó ver en alguno de ellos señales de
amarga consternación.
--Pues Sr. D. José--exclamó vivamente el canónigo,
[25] riendo y con expresión de triunfo,--esa imagen que a la
filosofía y panteísmo de usted parece tan ridícula, es nuestra
Señora del Socorro, patrona y abogada de Orbajosa, cuyos
habitantes la veneran de tal modo que serían capaces de
arrastrar por las calles al que hablase mal de ella. Las
[30] crónicas y la historia, señor mío, están llenas de los milagros
que ha hecho, y aun hoy día vemos constantemente
pruebas irrecusables de su protección. Ha de saber usted
también que su señora tía doña Perfecta es camarera mayor
de la Santísima Virgen del Socorro, y que ese vestido que
a usted le parece tan grotesco... pues... digo que ese 63
vestido tan grotesco a los impíos ojos de usted, salió de
esta casa, y que los pantalones del Niño obra son juntamente
de la maravillosa aguja y de la acendrada piedad de
[5] su prima de usted, Rosarito, que nos está oyendo.
Pepe Rey se quedó bastante desconcertado. En el
mismo instante levantóse bruscamente doña Perfecta, y sin
decir una palabra se dirigió hacia la casa, seguida por el
señor Penitenciario. Levantáronse también los restantes.
[10] Disponíase el aturdido joven a pedir perdón a su prima por
la irreverencia, cuando observó que Rosarito lloraba. Clavando
en su primo una mirada de amistosa y dulce reprensión,
exclamó:
--¡Pero qué cosas tienes!
[15] Oyóse la voz de doña Perfecta que con alterado acento
gritaba:
--¡Rosario, Rosario!
Ésta corrió hacia la casa.
X
=La existencia de la discordia es evidente=
Pepe Rey se encontraba turbado y confuso, furioso contra
[20] los demás y contra sí mismo, procurando indagar la causa
de aquella pugna entablada a pesar suyo entre su pensamiento
y el pensamiento de los amigos de su tía. Pensativo
y triste, augurando discordias, permaneció breve rato sentado
en el banco de la glorieta, con la barba apoyada en el pecho,
[25] fruncido el ceño, cruzadas las manos. Se creía solo.
De repente sintió una alegre voz que modulaba entre
dientes el estribillo de una canción de zarzuela. Miró y
vio a D. Jacinto en el rincón opuesto de la glorieta.
--¡Ah! Sr. de Rey--dijo de improviso el rapaz,--no
[30] se lastiman impunemente los sentimientos religiosos de la
inmensa mayoría de una nación... Si no, considere usted 64
lo que pasó en la primera revolución francesa....
Cuando Pepe oyó el zumbidillo de aquel insecto, su
irritación creció. Sin embargo, no había odio en su alma
[5] contra el mozalvete doctor. Éste le mortificaba como
mortifican las moscas; pero nada más. Rey sintió la
molestia que inspiran todos los seres importunos, y como
quien ahuyenta un zángano, contestó de este modo:
--¿Qué tiene que ver la revolución francesa con el manto
[10] de la Virgen María?
Levantóse para marchar hacia la casa, pero no había
dado cuatro pasos, cuando oyó de nuevo el zumbar del
mosquito que decía:
--Sr. D. José, tengo que hablar a usted de un asunto que
[15] le interesa mucho, y que puede traerle algún conflicto....
--¿Un asunto?--preguntó el joven retrocediendo.--Veamos
qué es eso.
--Usted lo sospechará tal vez--dijo Jacinto, acercándose
a Pepe, y sonriendo con expresión parecida a la de los
[20] hombres de negocios, cuando se ocupan de alguno muy
grave.--Quiero hablar a usted del pleito....
--¿Qué pleito?... Amigo mío, yo no tengo pleitos.
Usted, como buen abogado, sueña con litigios y ve papel
sellado por todas partes.
[25] --¿Pero cómo?... ¿No tiene usted noticia de su
pleito?--exclamó con asombro el niño.
--¡De mi pleito!... Cabalmente, yo no tengo pleitos,
ni los he tenido nunca.
--Pues si no tiene usted noticia, más me alegro de habérselo
[30] advertido para que se ponga en guardia... Sí, señor,
usted pleiteará.
--Y ¿con quién?
--Con el tío Licurgo y otros colindantes del predio llamado
los _Alamillos_.