IX

=La desavenencia sigue creciendo

y amenaza convertirse en discordia=

Junto a la negra sotana se destacó un sonrosado y fresco

rostro. Jacintito saludó a nuestro joven, no sin cierto

embarazo.

Era uno de esos chiquillos precoces a quienes la indulgente

[30] Universidad lanza antes de tiempo a las arduas luchas del

mundo, haciéndoles creer que son hombres porque son 52

doctores. Tenía Jacintito semblante agraciado y carilleno,

con mejillas de rosa como una muchacha, y era rechoncho

de cuerpo, de estatura pequeña, tirando un poco a pequeñísima,

[5] y sin más pelo de barba que el suave bozo que lo

anunciaba. Su edad excedía poco de los veinte años.

Habíase educado desde la niñez bajo la dirección de su

excelente y discreto tío, con lo cual dicho se está que el

tierno arbolito no se torció al crecer. Una moral severa le

[10] mantenía constantemente derecho, y en el cumplimiento

de sus deberes escolásticos apenas tenía pero. Concluídos

los estudios universitarios con aprovechamiento asombroso,

pues no hubo clase en que no ganase las más eminentes

notas, empezó a trabajar, prometiendo con su aplicación y

[15] buen tino para la abogacía perpetuar en el foro el lozano

verdor de los laureles del aula.

A veces era travieso como un niño, a veces formal como

un hombre. En verdad, en verdad, que si a Jacintito no le

gustaran un poco, y aun un mucho, las lindas muchachas,

[20] su buen tío le creería perfecto. No dejaba de sermonearle

a todas horas, apresurándose a cortarle los audaces vuelos;

pero ni aun esta inclinación mundana del jovenzuelo lograba

enfriar el mucho amor que nuestro buen canónigo tenía al

encantador retoño de su cara sobrina María Remedios.

[25] En tratándose del abogadillo, todo cedía. Hasta las graves

y metódicas prácticas del buen sacerdote se alteraban

siempre que se tratase de algún asunto referente a su

precoz pupilo. Aquel método riguroso y fijo como un

sistema planetario, solía perder su equilibrio cuando Jacintito

[30] estaba enfermo o tenía que hacer un viaje. ¡Inútil celibato

el de los clérigos! Si el Concilio de Trento les prohibe

tener hijos, Dios, no el Demonio, les da sobrinos para que

conozcan los dulces afanes de la paternidad.

Examinadas imparcialmente las cualidades de aquel aprovechado

niño, era imposible desconocer que no carecía de 53

mérito. Su carácter era por lo común inclinado a la honradez,

y las acciones nobles despertaban franca admiración

en su alma. Respecto a sus dotes intelectuales y a su saber

[5] social, tenía todo lo necesario para ser con el tiempo una

notabilidad de estas que tanto abundan en España; podía

ser lo que a todas horas nos complacemos en llamar hiperbólicamente

un _distinguido patricio_ o _un eminente hombre público_,

especies que por su mucha abundancia apenas son apreciadas

[10] en su justo valor. En aquella tierna edad en que el

grado universitario sirve de soldadura entre la puericia y la

virilidad, pocos jóvenes, mayormente cuando han sido mimados

por sus maestros, están libres de una pedantería fastidiosa,

que si les da gran prestigio junto al sillón de sus

[15] mamás, es muy risible entre hombres hechos y formales.

Jacintito tenía este defecto, disculpable no sólo por sus

pocos años, sino porque su buen tío fomentaba aquella

vanidad pueril con imprudentes aplausos.

Luego que los cuatro se reunieron, continuaron paseando.

[20] Jacinto callaba. El canónigo, volviendo al interrumpido

tema de los _piros_ que se habían de ingertar y de las _vitis_

que se debían poner en orden, dijo:

--Ya sé que D. José es un gran agrónomo.

--Nada de eso; no sé una palabra--repuso el joven,

[25] viendo con mucho disgusto aquella manía de suponerle

instruido en todas las ciencias.

--¡Oh! sí; un gran agrónomo--añadió el Penitenciario;--pero

en asuntos de agronomía no me citen tratados novísimos.

Para mí toda esa ciencia, Sr. de Rey, está condensada

[30] en lo que yo llamo la _Biblia del campo_, en las _Geórgicas_

del inmortal latino. Todo es admirable, desde aquella gran

sentencia _Nec vero terrae ferre omnes omnia possunt_, es decir,

que no todas las tierras sirven para todos los árboles, Sr. D.

José, hasta el minucioso tratado de las abejas, en que el

poeta explana lo concerniente a estos doctos animalitos, y 54

define al zángano, diciendo:

......................._Ille horridus alter

Desidia, latamque trahens inglorius alvum_,

[5] de figura horrible y perezosa, arrastrando el innoble vientre

pesado, Sr. D. José....

--Hace usted bien en traducírmelo--dijo Pepe,--porque

entiendo muy poco el latín.

--¡Oh! los hombres del día ¿para qué habían de entretenerse

[10] en estudiar antiguallas?--añadió el canónigo con

ironía.--Además, en latín sólo han escrito los calzonazos

como Virgilio, Cicerón y Tito Livio. Yo, sin embargo,

estoy por lo contrario, y sea testigo mi sobrino, a quien he

enseñado la sublime lengua. El tunante sabe más que yo.

[15] Lo malo es que con las lecturas modernas lo va olvidando,

y el mejor día se encontrará que es un ignorante, sin sospecharlo.

Porque, señor D. José, a mi sobrino le ha dado por

entretenerse con libros novísimos y teorías extravagantes, y

todo es Flammarión arriba y abajo, y nada más sino que las

[20] estrellas están llenas de gente. Vamos, se me figura que

ustedes dos van a hacer buenas migas. Jacinto, ruégale a

este caballero que te enseñe las matemáticas sublimes, que

te instruya en lo concerniente a los filósofos alemanes, y ya

eres un hombre.

[25] El buen clérigo se reía de sus propias ocurrencias,

mientras Jacinto, gozoso de ver la conversación en terreno

tan de su gusto, se excusó con Pepe Rey, y de buenas a

primeras le descargó esta pregunta:

--Dígame el Sr. D. José, ¿qué piensa usted del Darwinismo?

[30] Sonrió nuestro joven al oír pedantería tan fuera de sazón,

y de buena gana excitara al joven a seguir por aquella senda

de infantil vanidad; pero creyendo más prudente no intimar

mucho con el sobrino ni con el tío, contestó sencillamente:

--Yo no puedo pensar nada de las doctrinas de Darwin, 55

porque apenas las conozco. Los trabajos de mi profesión

no me han permitido dedicarme a esos estudios.

--Ya--dijo el canónigo riendo.--Todo se reduce a que

[5] descendemos de los monos... Si lo dijera sólo por ciertas

personas que yo conozco, tendría razón.

--La teoría de la selección natural--añadió enfáticamente

Jacinto,--dicen que tiene muchos partidarios en Alemania.

--No lo dudo--dijo el clérigo.--En Alemania no debe

[10] sentirse que esa teoría sea verdadera, por lo que toca a

Bismarck.

Doña Perfecta y el Sr. D. Cayetano aparecieron frente a

los cuatro.

--¡Qué hermosa está la tarde!--dijo la señora.--¿Qué

[15] tal, sobrino, te aburres mucho?...

--Nada de eso--repuso el joven.

--No me lo niegues. De eso veníamos hablando Cayetano

y yo. Tú estás aburrido, y te empeñas en disimularlo.

No todos los jóvenes de estos tiempos tienen la abnegación

[20] de pasar su juventud, como Jacinto, en un pueblo donde no

hay Teatro Real, ni Bufos, ni bailarinas, ni filósofos, ni ateneos,

ni papeluchos; ni Congresos, ni otras diversiones y

pasatiempos.

--Yo estoy aquí muy bien--repuso Pepe.--Ahora le

[25] estaba diciendo a Rosario que esta ciudad y esta casa me

son tan agradables, que me gustaría vivir y morir aquí.

Rosario se puso muy encendida y los demás callaron.

Sentáronse todos en una glorieta, apresurándose Jacinto a

ocupar el lugar a la izquierda de la señorita.

[30] --Mira, sobrino, tengo que advertirte una cosa--dijo

doña Perfecta, con aquella risueña expresión de bondad que

emanaba de su alma, como de la flor el aroma.--Pero no

vayas a creer que te reprendo, ni que te doy lecciones: tú

no eres niño y fácilmente comprenderás mis ideas.

--Ríñame usted, querida tía; que sin duda lo mereceré--replicó 56

Pepe, que ya empezaba a acostumbrarse a las

bondades de la hermana de su padre.

--No, no es más que una advertencia. Estos señores

[5] verán como tengo razón.

Rosarito oía con toda su alma.

--Pues no es más--añadió la señora,--sino que cuando

vuelvas a visitar nuestra hermosa catedral procures estar en

ella con un poco más de recogimiento.

[10] --Pues ¿qué he hecho yo?

--No extraño que tú mismo no conozcas tu falta--indicó

la señora con aparente jovialidad.--Es natural; acostumbrado

a entrar con la mayor desenvoltura en los ateneos,

clubs, academias y congresos, crees que de la misma manera

[15] se puede entrar en un templo donde está la Divina Majestad.

--Pero señora, dispénseme usted--dijo Pepe, con gravedad.--Yo

he entrado en la catedral con la mayor compostura.

--Si no te riño, hombre, si no te riño. No lo tomes así,

[20] porque tendré que callarme. Señores, disculpen ustedes a

mi sobrino. No es de extrañar un descuidillo, una distracción...

¿Cuántos años hace que no pones los pies en

lugar sagrado?

--Señora, yo juro a usted... Pero en fin, mis ideas

[25] religiosas podrán ser lo que se quiera; pero acostumbro

guardar la mayor compostura dentro de la iglesia.

--Lo que yo aseguro... vamos, si te has de ofender,

no sigo... lo que aseguro es que muchas personas lo

notaron esta mañana. Notáronlo los señores de González,

[30] doña Robustiana, Serafinita, en fin... con decirte que

llamaste la atención del señor obispo... Su Ilustrísima

me dió las quejas esta tarde en casa de mis primas. Díjome

que no te mandó plantar en la calle porque le dijeron que

eras sobrino mío.

Rosario contemplaba con angustia el rostro de su primo, 57

procurando adivinar sus contestaciones antes que las diera.

--Sin duda me han tomado por otro.

--No... no... fuiste tú... Pero no vayas a ofenderte,

[5] que aquí estamos entre amigos y personas de confianza.

Fuiste tú, yo misma te vi.

--¡Usted!

--Justamente. ¿Negarás que te pusiste a examinar las

pinturas, pasando por un grupo de fieles que estaban oyendo

[10] misa?... Te juro que me distraje de tal modo con tus

idas y venidas, que... Vamos... es preciso que no lo

vuelvas a hacer. Luego entraste en la capilla de San Gregorio;

alzaron en el altar mayor y ni siquiera te volviste

para hacer una demostración de religiosidad. Después

[15] atravesaste de largo a largo la iglesia, te acercaste al sepulcro

del Adelantado, pusiste las manos sobre el altar, pasaste

en seguida otra vez por entre el grupo de los fieles, llamando

la atención. Todas las muchachas te miraban y tú parecías

satisfecho de perturbar tan lindamente la devoción y ejemplaridad

[20] de aquella buena gente.

--¡Dios mío! ¡Todo lo que he hecho!...--exclamó

Pepe, entre enojado y risueño.--Soy un monstruo y ni

siquiera lo sospechaba.

--No, bien sé que eres un buen muchacho--dijo doña

[25] Perfecta, observando el semblante afectadamente serio e

inmutable del canónigo, que parecía tener por cara una

máscara de cartón.--Pero, hijo, de pensar las cosas a

manifestarlas así con cierto desparpajo, hay una distancia

que el hombre prudente y comedido no debe salvar nunca.

[30] Bien sé que tus ideas son... no te enfades; si te enfadas,

me callo... digo que una cosa es tener ideas religiosas

y otra manifestarlas... Me guardaré muy bien de vituperarte

porque creas que no nos crió Dios a su imagen y

semejanza, sino que descendemos de los micos; ni porque

niegues la existencia del alma, asegurando que ésta es una 58

droga como los papelillos de magnesia o de ruibarbo que se

venden en la botica....

--Señora, por Dios...--exclamó Pepe con disgusto.--Veo

[5] que tengo muy mala reputación en Orbajosa.

Los demás seguían guardando silencio.

--Pues decía que no te vituperaré por esas ideas...

Además de que no tengo derecho a ello, si me pusiera a

disputar contigo, tú, con tu talentazo descomunal, me confundirías

[10] mil veces... no, nada de eso. Lo que digo es

que estos pobres y menguados habitantes de Orbajosa son

piadosos y buenos cristianos, si bien ninguno de ellos sabe

filosofía alemana; por lo tanto no debes despreciar públicamente

sus creencias.

[15] --Querida tía--dijo el ingeniero con gravedad.--Ni yo

he despreciado las creencias de nadie, ni yo tengo las ideas

que usted me atribuye. Quizás haya estado un poco irrespetuoso

en la iglesia; soy algo distraído. Mi entendimiento

y mi atención estaban fijos en la obra arquitectónica, y

[20] francamente no advertí... pero no era esto motivo para que

el señor obispo intentase echarme a la calle, y usted me

supusiera capaz de atribuir a un papelillo de la botica las

funciones del alma. Puedo tolerar eso como broma, nada

más que como broma.

[25] Pepe Rey sentía en su espíritu excitación tan viva, que

a pesar de su mucha prudencia y mesura no pudo disimularla.

--Vamos, veo que te has enfadado--dijo doña Perfecta,

bajando los ojos y cruzando las manos.--¡Todo sea por

[30] Dios! Si hubiera sabido que lo tomabas así, no te habría

dicho nada. Pepe, te ruego que me perdones.

Al oír esto y al ver la actitud sumisa de su bondadosa

tía, Pepe se sintió avergonzado de la dureza de sus anteriores

palabras, y procuró serenarse. Sacóle de su embarazosa

situación el venerable Penitenciario, que sonriendo 59

con su habitual benevolencia, habló de este modo:

--Señora doña Perfecta, es preciso tener tolerancia con

los artistas... ¡oh! yo he conocido muchos. Estos

[5] señores, como vean delante de sí una estatua, una armadura

mohosa, un cuadro podrido o una pared vieja, se olvidan

de todo. El Sr. D. José es artista, y ha visitado nuestra

catedral, como la visitan los Ingleses, los cuales de buena

gana se llevarían a sus museos hasta la última baldosa de

[10] ella... Que estaban los fieles rezando; que el sacerdote

alzó la Sagrada Hostia; que llegó el instante de la mayor

piedad y recogimiento; pues bien... ¿qué le importa

nada de esto a un artista? Es verdad que yo no sé lo que

vale el arte, cuando se le disgrega de los sentimientos que

[15] expresa... pero en fin, hoy es costumbre adorar la forma,

no la idea... Líbreme Dios de meterme a discutir este

tema con el Sr. D. José, que sabe tanto, y argumentando

con la primorosa sutileza de los modernos, confundiría al

punto mi espíritu, en el cual no hay más que fe.

[20] --El empeño de ustedes de considerarme como el hombre

más sabio de la tierra, me mortifica bastante--dijo Pepe,

recobrando la dureza de su acento.--Ténganme por tonto;

que prefiero la fama de necio a poseer esa ciencia de Satanás

que aquí me atribuyen.

[25] Rosarito se echó a reír, y Jacinto creyó llegado el momento

más oportuno para hacer ostentación de su erudita

personalidad.

--El panteísmo o panenteísmo están condenados por la

Iglesia, así como por las doctrinas de Schopenhauer y el

[30] moderno Hartmann.

--Señores y señoras--manifestó gravemente el canónigo,--los

hombres que consagran culto tan fervoroso al arte,

aunque sólo sea atendiendo a la forma, merecen el mayor

respeto. Más vale ser artista y deleitarse ante la belleza,

aunque sólo esté representada en las ninfas desnudas, que 60

ser indiferente y descreído en todo. En espíritu que se

consagra a la contemplación de la belleza no entrará completamente

el mal. _Est Deus in nobis... Deus_, entiéndase

[5] bien. Siga, pues, el señor D. José admirando los

prodigios de nuestra iglesia; que por mi parte le perdonaré

de buen grado las irreverencias, salva la opinión del señor

prelado.

--Gracias, Sr. D. Inocencio--dijo Pepe, sintiendo en sí

[10] punzante y revoltoso el sentimiento de hostilidad hacia el

astuto canónigo y no pudiendo dominar el deseo de mortificarle.

--Por lo demás, no crean ustedes que absorbían mi

atención las bellezas artísticas de que suponen lleno el

templo. Esas bellezas, fuera de la imponente arquitectura

[15] de una parte del edificio y de los tres sepulcros que hay en

las capillas del ábside y de algunos entalles del coro, yo no

las veo en ninguna parte. Lo que ocupaba mi entendimiento

era la consideración de la deplorable decadencia de

las artes religiosas, y no me causaban asombro, sino cólera,

[20] las innumerables monstruosidades artísticas de que está

llena la catedral.

El estupor de los circunstantes fué extraordinario.

--No puedo resistir--añadió Pepe,--aquellas imágenes

charoladas y bermellonadas, tan semejantes, perdóneme

[25] Dios la comparación, a las muñecas con que juegan las

niñas grandecitas. ¿Qué puedo decir de los vestidos de

teatro con que las cubren? Vi un San José con manto,

cuya facha no quiero calificar por respeto al Santo Patriarca

y a la Iglesia que le adora. En los altares se acumulan

[30] imágenes del más deplorable gusto artístico, y la multitud

de coronas, ramos, estrellas, lunas y demás adornos de

metal o papel dorado forman un aspecto de quincallería que

ofende el sentimiento religioso y hace desmayar nuestro

espíritu. Lejos de elevarse a la contemplación religiosa, se

abate, y la idea de lo cómico le perturba. Las grandes 61

obras del arte, dando formas sensibles a las ideas, a los

dogmas, a la fe, a la exaltación mística, realizan misión muy

noble. Los mamarrachos y las aberraciones del gusto, las

[5] obras grotescas con que una piedad mal entendida llena

las iglesias, también cumplen su objeto; pero éste es bastante

triste: fomentan la superstición, enfrían el entusiasmo,

obligan a los ojos del creyente a apartarse de los altares, y

con los ojos se apartan las almas que no tienen fe muy profunda

[10] ni muy segura.

--La doctrina de los iconoclastas--dijo Jacintito,--también

parece que está muy extendida en Alemania.

--Yo no soy iconoclasta, aunque prefiero la destrucción

de todas las imágenes a esta exhibición de chocarrerías de

[15] que me ocupo--continuó el joven.--Al ver esto, es lícito

defender que el culto debe recobrar la sencillez augusta de

los antiguos tiempos; pero no: no se renuncie al auxilio

admirable que las artes todas, empezando por la poesía y

acabando por la música, prestan a las relaciones entre el

[20] hombre y Dios. Vivan las artes, despliéguese la mayor

pompa en los ritos religiosos. Yo soy partidario de la

pompa....

--Artista, artista y nada más que artista--exclamó el

canónigo, moviendo la cabeza con expresión de lástima.--Buenas

[25] pinturas, buenas estatuas, bonita música... Gala

de los sentidos, y el alma que se la lleve el Demonio.

--Y a propósito de música--dijo Pepe Rey, sin advertir

el deplorable efecto que sus palabras producían en la madre

y la hija,--figúrense ustedes qué dispuesto estaría mi espíritu

[30] a la contemplación religiosa al visitar la catedral, cuando

de buenas a primeras y al llegar al ofertorio en la misa

mayor, el señor organista tocó un pasaje de _La Traviata_.

--En eso tiene razón el Sr. de Rey--dijo el abogadillo

enfáticamente.--El señor organista tocó el otro día todo el

brindis y el wals de la misma ópera y después un rondó de 62

_La Gran Duquesa_.

--Pero cuando se me cayeron las alas del corazón--continuó

el ingeniero implacablemente,--fué cuando vi

[5] una imagen de la Virgen que parece estar en gran veneración,

según la mucha gente que ante ella había y la multitud

de velas que la alumbraban. La han vestido con ahuecado

ropón de terciopelo bordado de oro, de tan extraña forma

que supera a las modas más extravagantes del día. Desaparece

[10] su cara entre un follaje espeso, compuesto de mil

suertes de encajes rizados con tenacillas, y la corona de

media vara de alto, rodeada de rayos de oro, es un disforme

catafalco que le han armado sobre la cabeza. De la misma

tela y con los mismos bordados son los pantalones del Niño

[15] Jesús... No quiero seguir, porque la descripción de cómo

están la madre y el hijo me llevaría quizás a cometer alguna

irreverencia. No diré más, sino que me fué imposible tener

la risa y que por breve rato contemplé la profanada imagen,

exclamando: "¡Madre y señora mía, cómo te han puesto!"

[20] Concluídas estas palabras, Pepe observó a sus oyentes, y

aunque a causa de la sombra crepuscular no se distinguían

bien los semblantes, creyó ver en alguno de ellos señales de

amarga consternación.

--Pues Sr. D. José--exclamó vivamente el canónigo,

[25] riendo y con expresión de triunfo,--esa imagen que a la

filosofía y panteísmo de usted parece tan ridícula, es nuestra

Señora del Socorro, patrona y abogada de Orbajosa, cuyos

habitantes la veneran de tal modo que serían capaces de

arrastrar por las calles al que hablase mal de ella. Las

[30] crónicas y la historia, señor mío, están llenas de los milagros

que ha hecho, y aun hoy día vemos constantemente

pruebas irrecusables de su protección. Ha de saber usted

también que su señora tía doña Perfecta es camarera mayor

de la Santísima Virgen del Socorro, y que ese vestido que

a usted le parece tan grotesco... pues... digo que ese 63

vestido tan grotesco a los impíos ojos de usted, salió de

esta casa, y que los pantalones del Niño obra son juntamente

de la maravillosa aguja y de la acendrada piedad de

[5] su prima de usted, Rosarito, que nos está oyendo.

Pepe Rey se quedó bastante desconcertado. En el

mismo instante levantóse bruscamente doña Perfecta, y sin

decir una palabra se dirigió hacia la casa, seguida por el

señor Penitenciario. Levantáronse también los restantes.

[10] Disponíase el aturdido joven a pedir perdón a su prima por

la irreverencia, cuando observó que Rosarito lloraba. Clavando

en su primo una mirada de amistosa y dulce reprensión,

exclamó:

--¡Pero qué cosas tienes!

[15] Oyóse la voz de doña Perfecta que con alterado acento

gritaba:

--¡Rosario, Rosario!

Ésta corrió hacia la casa.

X

=La existencia de la discordia es evidente=

Pepe Rey se encontraba turbado y confuso, furioso contra

[20] los demás y contra sí mismo, procurando indagar la causa

de aquella pugna entablada a pesar suyo entre su pensamiento

y el pensamiento de los amigos de su tía. Pensativo

y triste, augurando discordias, permaneció breve rato sentado

en el banco de la glorieta, con la barba apoyada en el pecho,

[25] fruncido el ceño, cruzadas las manos. Se creía solo.

De repente sintió una alegre voz que modulaba entre

dientes el estribillo de una canción de zarzuela. Miró y

vio a D. Jacinto en el rincón opuesto de la glorieta.

--¡Ah! Sr. de Rey--dijo de improviso el rapaz,--no

[30] se lastiman impunemente los sentimientos religiosos de la

inmensa mayoría de una nación... Si no, considere usted 64

lo que pasó en la primera revolución francesa....

Cuando Pepe oyó el zumbidillo de aquel insecto, su

irritación creció. Sin embargo, no había odio en su alma

[5] contra el mozalvete doctor. Éste le mortificaba como

mortifican las moscas; pero nada más. Rey sintió la

molestia que inspiran todos los seres importunos, y como

quien ahuyenta un zángano, contestó de este modo:

--¿Qué tiene que ver la revolución francesa con el manto

[10] de la Virgen María?

Levantóse para marchar hacia la casa, pero no había

dado cuatro pasos, cuando oyó de nuevo el zumbar del

mosquito que decía:

--Sr. D. José, tengo que hablar a usted de un asunto que

[15] le interesa mucho, y que puede traerle algún conflicto....

--¿Un asunto?--preguntó el joven retrocediendo.--Veamos

qué es eso.

--Usted lo sospechará tal vez--dijo Jacinto, acercándose

a Pepe, y sonriendo con expresión parecida a la de los

[20] hombres de negocios, cuando se ocupan de alguno muy

grave.--Quiero hablar a usted del pleito....

--¿Qué pleito?... Amigo mío, yo no tengo pleitos.

Usted, como buen abogado, sueña con litigios y ve papel

sellado por todas partes.

[25] --¿Pero cómo?... ¿No tiene usted noticia de su

pleito?--exclamó con asombro el niño.

--¡De mi pleito!... Cabalmente, yo no tengo pleitos,

ni los he tenido nunca.

--Pues si no tiene usted noticia, más me alegro de habérselo

[30] advertido para que se ponga en guardia... Sí, señor,

usted pleiteará.

--Y ¿con quién?

--Con el tío Licurgo y otros colindantes del predio llamado

los _Alamillos_.

Doña Perfecta(#15725) · 第 13 / 49 题