XXXI

Una vez arriba, el ayo informó a los viajeros de lo que ocurría, y

pasando adentro las tres señoras, el diplomático se quedó con don Paco

en el comedor.

--Aquí estamos consternados, Sr. D. Felipe--dijo el ayo--. Y si mi amo

no parece, el mundo habrá perdido en el fragor de horripilante batalla

a un joven que prometía ser gran filósofo y que ya era insigne

calígrafo.

--¡Demonio de contrariedad!--dijo el diplomático, sacando su caja de

tabaco y ofreciendo un polvo al ayo, después de tomarlo él--. Lo

siento... A nuestra edad nos gusta tener quien nos suceda y herede

nuestras glorias para desparramar su luz por los venideros siglos. Vea

usted la razón por qué me apresuré a reconocer a mi querida hija...

¡Ah!, Sr. D. Francisco, yo he tenido una juventud muy borrascosa, como

todo el mundo sabe, y hartas noticias tendrá usted de mis aventuras,

pues no había en las Cortes de Europa dama alguna, casada ni soltera,

que no se me rindiese. Después de todo, es una desgracia haber nacido

con tal fuerza de atracción en la persona, señor D. Francisco; tanto,

que todavía..., pero dejemos esto. Ahora no me ocupo más que del

bienestar de mi idolatrada niña. Y a fe que si es cierto que no existe

D. Diego, no por eso se quedará soltera, pues cartas tengo aquí del

príncipe de Lichenstein, del archiduque Carlos Eugenio, del conde de

Schöenbrunn y de otros esclarecidos jóvenes de sangre real

pidiéndomela en matrimonio. Como tengo tantos amigos en las Cortes de

Europa, y en España mismo, pues... ya he sabido que las principales

familias acogidas en Bayona o residentes en Madrid, se disputan la

mano de mi hija. ¿La ha visto usted, Sr. D. Francisco? ¿Ha observado

usted en su cara los rasgos que indican la noble sangre mía y la de

aquella hermosísima cuanto desgraciada señora extranjera...? ¡Oh!, me

enternezco, Sr. D. Francisco... Pero hablemos de otra cosa: cuénteme

usted cómo ha sido esa batalla. ¿Conque hemos ganado? ¿Y hay

capitulación? De modo que he llegado a tiempo. ¡Oh!, Sr. D. Francisco,

temo que hagan un desatino, si no les asisto con mis luces, porque los

militares son tan legos en esto de tratados... Yo traigo un

proyectillo, mediante el cual la Rusia ocupará Despeñaperros, España

pasará a guarnecer las orillas del Don y de la Moscowa, y Prusia...

Cuando me marché, el diplomático continuaba calentando los cascos al

buen preceptor, que le ofreció algunos manjares y vino de Montilla

para reparar sus fuerzas. Al salir de la casa, vi en la puerta de la

calle a varios hombres, no de muy buena facha por cierto, uno de los

cuales llegóse a mí, y tomándome por el brazo, me dijo:

--¿Conoces tú a esa gente que acaba de llegar?

--No, Sr. de Santorcaz--repuse--. No sé qué gente es ésa ni me importa

saberlo.

Apartámonos todos de la casa, y por el camino me dijo otra vez D. Luis

que tendría mucho gusto en verme en las filas de su compañía.

Al día siguiente, que era el 20, nos ocupamos Marijuán y yo en buscar

otra vez a nuestro amo. Uniósenos D. Paco, y el General español

escribió un oficio a Dupont, rogándole que nos permitiera hacer

indagaciones en el campamento francés, para ver si se encontraba allí

a D. Diego, herido o muerto. Visitamos el hospital enemigo, y entre

los heridos no había ningún español, lo cual nos desconsoló

sobremanera. Yo no era el que menos se acongojaba con esta

contrariedad, aunque sabía el casamiento de Inés. ¿Qué significaba

aquel generoso sentimiento mío? ¿Era pura bondad, era puro interés por

la vida del semejante, aunque fuese enemigo, o era un sentimiento

mixto de benevolencia y orgullo, en virtud del cual yo, convencido de

que Inés no amaba sino a mí, quería proporcionarme el gozo de ver a D.

Diego despreciado por ella? Francamente, yo no lo sabía, ni lo sé aún.

Cuando recorrimos el campo francés, pudimos observar la terrible

situación de nuestros enemigos. Los carros de heridos ocupaban una

extensión inmensa, y para sepultar sus tres mil muertos, habían

abierto profundas zanjas, donde los iban arrojando en montón,

cubriéndoles luego con la mortaja común de la tierra. Algunos heridos

de distinción estaban en las Ventas del Rey; pero la mayor parte, como

he dicho, tenían su hospital a lo largo del camino, y allí los

cirujanos no daban paz a la mano para vendar y amputar, salvando de la

muerte a los que podían. Los soldados sanos sufrían los horrores del

hambre, alimentándose muy mal con caldos de cebada y un pan de avena,

que parecía tierra amasada.

Todos anhelaban que se firmase de una vez la capitulación para salir

de tan lastimoso estado; pero la capitulación iba despacio, porque

los generales españoles querían sacar el mejor partido posible de su

triunfo. Según oí decir aquel día, cuando regresamos a Bailén, ya

estaba acordado que se concediese a los franceses el paso de la sierra

para regresar a Madrid, cuando se interceptó un oficio en que el

Lugarteniente general del reino mandaba a Dupont replegarse a la

Mancha. Comprendieron entonces los españoles que conceder a los

franceses lo mismo que querían, era muy desairado para nuestras armas.

Pero aún el día 21 los contratantes del lado francés, generales

Chabert y Marescot, y los del lado español, Castaños y conde de Tilly,

no habían llegado a ponerse de acuerdo sobre las particularidades de

la rendición.

También alcanzamos a ver a lo largo del camino la interminable fila de

carros donde los imperiales llevaban todo lo cogido en Córdoba.

¡Funestas riquezas! Dicen algunos historiadores que si los franceses

no hubieran llevado botín tan valioso, habrían podido salvarse

retirándose por la sierra; pero que el afán de no dejar atrás aquellos

quinientos carros llenos de riquezas les puso en el aprieto de

rendirse, con la esperanza de salvar el convoy. Yo no creo hubieran

podido escapar con carros ni sin ellos, porque allí estábamos nosotros

para impedírselo; pero sea lo que quiera, lo cierto es que Napoleón

dijo algún tiempo después a Savary en Tolosa, hablando de aquel

desastre tan funesto al Imperio: «Más hubiera querido saber su muerte

que su deshonra. No me explico tan indigna cobardía sino por el temor

de comprometer lo que había robado[3]».

No nos atrevimos a volver a la casa con la mala noticia de que el niño

no parecía, y seguimos visitando todos los contornos, para preguntar a

la gente del campo. Don Paco estaba tan fatigado, que no pudiendo dar

un paso más, se arrojó al suelo; pero al fin pudimos reanimarle, y

firmes en nuestra santa empresa, nos dirigimos al campamento de Vedel,

con otro oficio del general Reding. Mas vino la noche, y los

centinelas no nos dejaron pasar, viéndonos por esto obligados a

diferir nuestra expedición para el día siguiente muy temprano. Ni

Marijuán, ni D. Paco, ni yo teníamos esperanza alguna, y

considerábamos al mayorazgo perdido para siempre.

Desde que amaneció corrían voces de que la capitulación estaba

firmada, y más nos lo hacia creer la circunstancia de que varios

oficiales pasaron frecuentemente de un campo a otro, trayendo y

llevando despachos.

No distábamos mucho de la ermita de San Cristóbal, cuando advertimos

gran movimiento en el ejército de Vedel. Apretando el paso hasta que

les tuvimos muy cerca, observamos que camino abajo venía hacia

nosotros un joven saltando y jugando, con aquella volubilidad y

ligereza propia de los chicos al salir de la escuela. A ratos corría

velozmente; luego se detenía, y acercándose a los matorrales sacaba su

sable y la emprendía a cintarazos con un chaparro o una pita; luego

parecía bailar, moviendo brazos y piernas al compás de su propio

canto, y también echaba al aire su sombrero portugués para recogerlo

en la punta del sable.

--¡Qué veo!--exclamó D. Paco con súbita exaltación--. ¿No es aquel

mozalbete el propio D. Diego; no es mi niño querido, la joya de la

casa, la antorcha de los Rumblares?... ¡Eh... D. Dieguito, aquí

estamos..., venid acá!

En efecto; cuando estuvimos cerca, no nos quedó duda de que el mozuelo

bailarín era D. Diego en persona. Nos vió, y al punto vino corriendo

para abrazarnos a todos con mucha alegría.

--Venid acá, venid a mis brazos, esperanza del mundo--exclamó D. Paco,

loco de contento--. ¡Si supiera usted cómo está mamá!... ¡Buen susto

nos ha dado el picaroncillo!... ¿Pero qué ha sido eso, niño? ¿Estaba

usía prisionero?

--Me cogieron prisionero junto a la ermita--dijo D. Diego--. ¿Pero

estás vivo, Gabriel? ¿Y tú también, Marijuán? Yo creí que os habían

matado en aquella furiosa carga. ¿Y Santorcaz?... Pero os contaré lo

que me pasó. Después de la carga, y cuando entró la caballería de

España, quedé a retaguardia del regimiento; se me murió el caballo, y

corrí a las filas del regimiento de Irlanda. Cuando vinimos aquí, nos

cogieron prisioneros los franceses, y yo les dije tantas picardías que

quisieron fusilarme.

--¡Qué horror!--exclamó D. Paco--. Pero veo que es usted un héroe,

¡oh mi niño querido! Creo que la mamá piensa dirigir una exposición a

la Junta para que le den a usted la faja de capitán general.

--Iban a fusilarme--continuó el rapaz--, cuando un oficial francés

tuvo lástima de mí y me salvó la vida. Después lleváronme a sus

tiendas, donde me dieron vino y...

--Vamos, vamos pronto a casa, y allí contará usted todo--dijo D.

Paco--. ¡Qué alegría! Volemos, señores. ¡Cuando la Sra. Condesa sepa

que le hemos encontrado!... ¡Ah! ¿No sabe usted que está ahí su

novia?... ¡Qué guapísima es!... La pobre no cesa de llorar la ausencia

del niño, y si no hubiese usted parecido, creo que la tendríamos que

amortajar. Vamos, vamos al punto.

Corrimos todos a Bailén muy contentos. Al llegar al pueblo, uno de

nosotros propuso anticiparse para anunciar a Dª. María la fausta

nueva; pero no permitió D. Paco que nadie sino él en persona se

encargase de tan dulce comisión, y con sus piernas vacilantes corrió

hasta entrar en la casa, diciendo con desaforados gritos: «¡Ya

pareció, ya pareció!» Cuando nosotros llegamos con el joven, todos

salieron a recibirle, excepto Amaranta, a quien un fuerte dolor de

cabeza retenía en su cuarto. Era de ver cómo los criados, las

hermanitas, y la misma D.ª María, sin poder contener en los límites de

la dignidad su maternal cariño, le abrazaban y besaban a porfía, y uno

le coge, otro le deja, durante un buen rato le estrujaron sin

compasión. Al fin, reuniéndose todos, incluso los huéspedes, en la

sala baja, D. Diego fué solemnemente presentado a su novia. No puedo

olvidar aquella escena que presencié desde la puerta con otros

criados, y voy a referirla.

#Nota a pie de página:#

[3] «Je ne m'explique cette indigne lacheté que par la crainte de

compromettre ce que l'on avait volé» (_Mem_ Duc dé Rovigo, vol. IV.)

Bailén · 第 32 / 47 题