Inés, confusa y ruborosa, no contestó nada, cuando el diplomático se
fué derecho a ella llevando de la mano a D. Diego, y le dijo:
--Hija mía, aquí tienes al que te destinamos por esposo: mi sobrino,
varón ilustre, a quien veremos general dentro de poco, como siga la
guerra.
--Hijo mío--añadió Dª. María--, las altas prendas de la que va a ser
irremisiblemente tu mujer no necesitan ser ponderadas en esta ocasión,
porque harto las conocemos todos. Ahora, con el trato, se avivará el
inmenso cariño que os profesáis desde hace algunos años, señal
evidente de que Dios tenía ya decidida vuestra unión en sus altos
designios.
--Bonito es el retrato--dijo D. Diego, con un desenfado impropio de la
situación--; pero usted, Inés, lo es más todavía. ¿Y por qué no quería
usted salir del maldito convento? Sin duda las pícaras monjas la
retenían a usted por fuerza, esperando que al profesar les llevara un
buen dote. Pero no; yo juro que estaba decidido a sacar de allí a mi
monjita, y ya discurría el modo de saltar por las tapias de la huerta
y romper rejas y celosías para conseguir mi objeto.
Doña María, al escuchar esto, palideció, y luego las centellas de la
ira brillaron en sus ojos. Pero con disimulo habló de otro asunto,
procurando que el noble concurso y discreto senado olvidara las
palabras del incipiente chico.
--Pero cuéntanos de una vez lo que te ha pasado en el campamento
francés--dijo a don Diego.
--Pues quisieron fusilarme--repuso el mayorazgo, sentándose--. Ya me
tenían puesto de rodillas cuando un oficial mandó suspender la
ejecución.
--¿Y por qué te querían asesinar esos cafres?
--Porque les dije mil perrerías. Después, cuando me llevaron a la
tienda, todos se reían de mí. Luego me dieron vino, obligándome a
beberlo, y yo mientras más bebía más charlaba, diciendo atroces
disparates y frases graciosas, hasta que me quedé como un cuerpo
muerto.
--¿Y no sabes tú--observó D.ª María, sin poder disimular su
indignación--que las personas de buena crianza no beben sino poquito?
--Es verdad; pero aquel vino tenía un saborcillo que me gustaba, y los
franceses se reían mucho conmigo. Todos iban a verme, llamándome _le
petit espagnol_.
--Lo cual quiere decir _el pequeño español_--dijo D. Paco.
--Pero no debió usted dejarse emborrachar, joven--indicó el
diplomático--. Juro que si eso hubiera pasado conmigo, de un sablazo
descalabro a todos los oficiales de la división de Vedel.
Doña María, profundamente indignada, silenciosa, ceñuda, parecía una
sibila de Miguel Ángel.
--Pero si todos aquellos señores me querían mucho...--continuó D.
Diego--. Por la tarde, y luego que desperté de aquel largo sueño, me
dijeron que si sabía yo lidiar un toro. Les dije que sí, y poniéndose
muy contentos, me mandaron que diese al punto una corrida. No quería
yo más para divertirme: así es que, poniendo una silla en lugar de
toro, le capeé, le puse banderillas y le dí muerte con mi sable,
pasándole de parte a parte. ¡Cuánto se rieron aquellos condenados!
Hasta el General acudió a verme.
--Veo que has aprovechado el tiempo en el campamento francés--dijo la
señora madre con tremenda ironía.
--Si no querían dejarme venir. Después me dijeron que les cantase el
jaleo, y lo canté de pie sobre una banqueta. ¡Ave María Purísima!
Hasta los soldados se acercaban a la tienda para oír. Entre los
oficiales había dos que no me dejaban de la mano, y me decían que si
me pasaba al ejército francés me tomarían por ayudante, llevándome a
Francia, a París, y de París a recorrer toda la Europa.
--¡Y no les diste una bofetada!--exclamó D.ª María, clavando sus dedos
en el cuero del sillón.
--¡Quía! Me eché a reír y les dije que ya pensaba ir a Francia con el
Sr. de Santorcaz, que es mi amigo y ha de ser mi maestro cuando me
case.
Esta vez no fué D.ª María la que se estremeció de sorpresa e
indignación: fué la marquesa de Leiva, quien mudando el color y con
absortos ojos miró sucesivamente a su prima, a su primo y al ayo.
--Pero ¿qué está diciendo el niño?--preguntó éste mirando a la
Condesa--. ¿Quién dice que es su maestro y su amigo?
--Cualquiera menos usted--contestó con insolencia el heredero--. ¡Vaya
un maestro, que no sabe enseñar sino mentecatadas y simplezas!
--¡Jesús! Diego, mira lo que hablas...--dijo D.ª María, conteniendo
con grandes esfuerzos los gestos amenazadores, natural expresión de su
ira.
Don Paco se llevó el pañuelo a los ojos para enjugar una lágrima. Inés
a todo atendía discretamente y sin hablar. ¡Ah! Mientras allí la
juzgaban indiferente al peligroso diálogo, ¡qué admirables
observaciones, qué exactos juicios le sugeriría semejante escena! Su
talento y alto criterio dominarían sobre las pasiones, los errores y
las querellas de la histórica familia como el sol inmutable sobre la
volteadora tierra.
Asunción y Presentación, que aguardaban coyuntura para dar expansión
al comprimido gozo de sus almas, hubieran querido reír como su
hermano; pero la seriedad de su madre las tenía mudas de terror.
--Esta predisposición de usted--dijo el Marqués--a visitar las Cortes
europeas me indica que se siente el niño con inclinaciones a la
diplomacia. Hija mía--añadió, dirigiéndose a Inés--, cada vez descubro
más eminentes cualidades en el que te destinamos por esposo, y veo
justificado el amor que desde hace tiempo en silencio le profesas, y
que, en tu delicadeza y castidad, procuras disimular hasta el último
instante.
--¡Ah!, se me olvidaba decir--añadió don Diego, riendo a carcajadas--,
que los franceses me han enseñado a decir algunas palabras en su
lengua.
Y levantándose al punto, hizo profundas reverencias ante Inés,
diciéndole:
--_Ponchú, madama. ¿Cómo la porta vú?_
Asunción y Presentación, después de mirarse una a otra, creyeron que
había llegado el momento de reír, y rieron dando desahogo a sus
oprimidos corazones; pero como D.ª María no desplegó sus labios, las
dos madamitas tuvieron que ponerse serias otra vez.
--¡Oh! ¡_Très bien_!--dijo el diplomático--. Sr. D. Francisco, su
alumno de usted demuestra las luces y copiosa doctrina de tan erudito
maestro.
Hizo D. Paco graciosa reverencia, y su rostro compungido y lloroso se
esclareció con una sonrisa.
Doña María callaba; pero en su pecho rugía la tempestad. Ella y su
prima la de Leiva se miraban de vez en cuando, transmitiéndose una a
otra el fuego de sus iracundos sentimientos.
--Otras muchas palabras sé--continuó el rapaz--, como _Crenom de Dieu,
sacrebleu!_, exclamaciones que se dicen cuando uno esta rabioso, en
vez de ¡_Caracoles! ¡Canastos_!
Doña María se levantó de su asiento... y se volvió a sentar.
--¡Cómo me querían aquellos demonios de franceses! Uno de ellos sabía
español y hablaba a ratos conmigo. Me dijo que los españoles eran muy
valientes y muy honrados; pero que hacían mal en defender a Fernando
VII, porque este Príncipe es un farsantuelo que engañó a su padre y
ahora está engañando a la nación y al Emperador.
Doña María se llevó la mano a los ojos.
--Yo le aseguré que los españoles les echaríamos de España, y él me
contestó que parecía probable, porque la guerra iba tomando mal
aspecto; pero que esto sería un mal para nosotros, porque de venir
otra vez Fernando VII, España seguiría con su mal gobierno y con las
muchas cosas perversas, injustas y anticuadas que hay aquí.
--¡Oh! ¿Y no se le ocurrió a usted la contestación a tan atrevido y
antipatriótico aserto?--preguntó con énfasis el diplomático.
--Yo le dije que aquí pensábamos arreglar todas esas cosas, y quitar
la Santa Inquisición, y los diezmos, y los mayorazgos, como me decía
el Sr. de Santorcaz.
Doña María aferró sus manos a los brazos de la silla como si quisiera
estrujar la madera entre sus dedos.
--Sobre todo los mayorazgos--prosiguió Rumblar--. También le dije al
francés que yo soy mayorazgo, y que después de casado tendré dos
vinculaciones. ¡Como se reía cuando le dije que era Grande de España!
Todos acudían a verme y me volvieron a dar de beber, y me caí otra vez
al suelo, cantando que me las pelaba.
¡Ay! Doña María se llevó las manos a la cabeza; D.ª María cerró los
ojos; D.ª María golpeó el suelo con su pie derecho; D.ª María semejaba
la imponente imagen de la Tradición aplastando la hidra
revolucionaria.
--Esta mañana me preguntaron si yo tenía hermanas guapas. Díjeles que
eran muy bonitas, y ellos me dijeron que vendrían a verlas, y que si
queríamos dárselas para casarse con ellas, puesto que también serían
mayorazgas. Yo les contesté que mayorazgo era el que había nacido
primero.
Y luego, dirigiéndose a sus hermanitas, les dijo:
--Os fastidiasteis, chicas, por haber nacido hembras y después que yo.
Una de ustedes se casará con cualquier pelele, y la otra se meterá en
un conventito a rezar por nosotros los pecadores, a no ser que algún
día vea un galán por la reja, y se enamore, y luego se tire por la
ventana a la calle.
Doña María no podía resistir más. Iba a estallar su furibunda cólera;
pero aún era mayor el caudal de su prudencia que el caudal de su
enojo...; se contuvo y cerró otra vez los ojos, ya que no podía cerrar
los oídos.
--Después--siguió el mancebo--me preguntaron si mis hermanas usaban
navaja, si tocaban la guitarra, si iban a los toros y si yo era
familiar de la Inquisición. ¡Cómo se reían aquellos condenados! Lo
gracioso era que no me dejaban salir de allí, y a cada rato me decían
_so, so, so_.
--_Un sot_--dijo el diplomático--. Pues sospecho que os llamaron
tonto. ¡Oh iniquidad de la nación francesa! ¡Vea usted, Sr. D. Paco,
lo que es un pueblo carcomido por el jacobinismo!... ¿Y no les dió
usted un par de sablazos?
--¡Si me querían mucho...! Ayer me tuvieron toda la noche bailando el
bolero y la cachucha, en medio de un corrillo donde había más de
cuarenta oficiales.
Asunción y Presentación seguían esperando con ansia la ocasión de
reír; pero ésta no llegaba, y consultando el rostro de su madre,
veíanle cada vez más borrascoso. Las dos estaban muertas de miedo.
Don Paco, conociendo que se preparaba un cataclismo, quiso conjurarlo
y dijo a su discípulo:
--Vamos, basta de franceses, D. Diego. Hable usted de otra cosa. Si no
fuera demasiado largo, os mandaría que recitarais aquel capitulo sobre
la batalla del Gránico que os hice aprender de memoria; mas para que
tan escogido concurso, y especialmente este fresco azahar de
Andalucía, vuestra prometida; para que todos, en una palabra, puedan
apreciar la buena pronunciación de usted y su oído cadencioso, échenos
cualquiera de esos romances que sabe..., vamos. Atención, señores.
--El del _Barandal del cielo_--dijo Asunción, respirando con alegría.
--El de los _Santos pechos_--dijo Presentación.
--Vamos, no se haga usted de rogar.
--Pues voy a echarles una canción que me enseñaron los franceses.
--No, nada de franceses.
--Si es muy bonita, aunque a decir verdad, yo no la entiendo.
Y sin esperar más, púsose en pie D. Diego, y accionando como un
cómico, con voz fuerte y exaltado acento, cantó así:
_Allons, enfants de la patrie,
le jour de gloire est arrivé!
Contre nous de la tyrannie
l'étandart sanglant est levé!_
Asunción y Presentación reían como locas y D.ª María no dijo nada.
Ninguno de la familia había entendido una palabra.
--Es bonita la canción--dijo D. Paco--; pero no la comprendemos.
Entonces el diplomático levantóse ceremoniosa y gravemente, y tomando
un tono de hombre severo habló así:
--¿Sabe usted lo que está cantando? Pues está cantando la
_Marsellesa_, esa canción impía y sanguinaria, señores; esa canción
que acompañó al suplicio a todos los mártires de la Revolución,
incluso Luis XVI, mi querido amigo..., porque han de saber ustedes que
Luis XVI y yo teníamos muchas bromas y nos echábamos el brazo por el
hombro, paseándonos por Versalles... ¡La _Marsellesa_, señores, la
_Marsellesa_! También acompañó al cadalso a María Antonieta... ¡y qué
buena era aquella señora! ¡Cuántas veces la vi marcando pañuelos en
una ventana baja del pequeño Trianon! ¡Cómo me quería!... En fin, este
joven me ha horripilado con la tal tonadilla... Señora Condesa, ¿está
usted indispuesta? ¿Y tú, hermana? ¡El caso no es para menos! Hija
mía, ¿estás nerviosa? ¿Te has puesto mala? ¿Te causa miedo esa
canción?
Inés le contestó que no tenía pizca de miedo. En tanto, D.ª María, no
pudiendo resistir más, salió del cuarto con sus hijas. Desconcertóse
al punto aquella ilustre reunión, y luego no quedó en la sala más que
la familia de Inés con D. Diego. Al poco rato tuvo lugar una escena
lamentable, y fué que D.ª María, ciega de furor, y necesitando
desahogar aquella tormenta de su espíritu sobre alguien, descargó su
enojo al fin; ¿pero sobre quién?, dirán ustedes... Sobre las dos
inocentes niñas, sobre los dos angelitos celestiales, Asunción y
Presentación. ¿Y todo por qué? Porque entusiasmadillas con la llegada
de su hermano, habían dejado de hacer no sé qué cosa encomendada a sus
tiernas manos. ¡Pobres pimpollitos! La dignidad impedía a mi señora
Condesa castigar al primogénito delante de la novia y del suegro, y
era forzoso que pagaran el pato las dos niñas desheredadas. Yo las ví
llorando como unas Magdalenas y soplándose las palmas de las manos,
escaldadas por aquel fatídico instrumento de cinco agujeros que pendía
de fatal espetera en el despacho de D. Paco. Las pobrecillas
estuvieron a moco y baba todo el día.