XXX

Vino la noche. Los franceses, muertos de fatiga y de hambre en su

campamento, aguardaban con anhelo a que la capitulación estuviese

firmada. Los que menos paciencia tenían eran los suizos afiliados en

el ejército imperial, y así que obscureció, empezaron a pasarse a

nuestro campo. Un historiador francés, queriendo atenuar el desastre

de los suyos, ha escrito que la defección ocurrió durante la batalla:

pero esto es falso. Lo peor es que otro historiador, no francés, sino

español, lo ha repetido con lamentable ligereza, faltando así a su

patria y a la verdad, que es superior a todo.

La capitulación iba despaciosamente, porque los parlamentarios se

habían juntado en Andújar, residencia del General en Jefe, y en Bailén

no teníamos noticia de lo que allí pasaba. Temiendo que los enemigos

intentaran escaparse, nuestros generales tomaron acertadas

precauciones, y la artillería ocupó, mecha encendida, los puestos

convenientes. Al mismo tiempo millares de paisanos, discurriendo por

cerros y alturas, hostigaban de tal modo a los franceses, que no les

era posible moverse. Esta vigilancia permitía descansar a una parte

del ejército; y especialmente los heridos, aunque sólo lo fueran muy

levemente, como yo, teníamos libertad para estar en el pueblo, donde

nos ocupábamos en reunir víveres y llevarlos a los del campamento, así

como en acomodar a los heridos graves en las principales casas.

Salía yo de Bailén con un cesto de víveres para unos jefes de

artillería, cuando tropecé con Santorcaz, que volvía seguido de

algunos voluntarios de Utrera y licenciados de Málaga.

--¡Oh, Sr. de Santorcaz!--exclamé con la mayor sorpresa--. ¿Está usted

vivo? Yo le hacía en el otro barrio.

--No, muchacho, vivo estoy--me respondió--. Dios quiere que todavía el

que está dentro de esta camisa dé mucho que hacer en el mundo.

--¿Pero tampoco está usted herido?

--Aquí tengo un par de rasguños; pero esto no es nada para un hombre

como yo. Ya sabes que me han hecho sargento. No vine aquí para ganar

charreteras; pero puesto que me las dan, las tomo.

--Grandes hazañas habrá hecho el señor D. Luis.

--Poca cosa. Caí del caballo, y a pie defendíme rabiosamente contra

tres o cuatro franceses. Reventé a uno, descalabré a otro, y me volví

a nuestro campo con un águila que entregué al marqués de Coupigny. Al

recoger de mis manos la bandera, el General, después de preguntarme si

era licenciado de presidio, me dijo: «Es usted sargento.» ¿Ves? Me han

puesto al frente de este pelotón de buenos muchachos; ¿quieres venirte

con nosotros?

Diciendo esto, señaló a los esclarecidos varones que le seguían, los

cuales, o yo me engaño mucho, o eran la flor y nata de Ibros, Sierra

de Cazorla y Despeñaperros, todos gente de ligerísimas piernas y

manos. Dile las gracias por el ofrecimiento, y seguí mi camino.

--¡Ah! ¿Qué sabe usted de D. Diego?--le pregunté, volviendo atrás.

--Pues qué--dijo, retrocediendo--, ¿no se sabe dónde está D. Diego?

¿Ha muerto? ¿Se ha extraviado? Es preciso averiguarlo. Y di, ¿tú has

visto por casualidad mi caballo? ¿Sabes si alguien lo recogió?

--No sé nada de tal caballo--repliqué, alejándome.

Avanzada la noche regresé a Bailén, donde me causó sorpresa ver una

triste procesión compuesta de tres mujeres vestidas de negro, a las

cuales seguían hasta media docena de hombres, llevando por delante dos

criados con sendos farolillos para alumbrar el camino. Acerquéme y

reconocí a D.ª María, con sus dos hijas, las tres cubiertas con negros

mantones, muy afligidas y llorosas. Digo mal, porque si las dos

muchachas se deshacían en lágrimas, la Sra. Condesa conservaba seco el

rostro, aunque visiblemente alterado, la mirada fija y valerosa y el

andar muy firme. Al instante me presenté a ella, saludándola con el

mayor respeto y ofreciéndole mi ayuda si, como parecía, iban en busca

de D. Diego.

--¿Conque no parece el niño? ¿Cuándo le perdiste de vista durante la

batalla?--me preguntó.

--Señora, desde la gran carga que dimos sobre el ala izquierda de los

franceses dejé de ver a D. Diego.

--Yo creí que estuviera entre los heridos; pero no está. ¿Todos los

muertos han sido recogidos del campo de batalla?

--Sí, señora; sólo quedan los desconocidos, los paisanos que no

estaban afiliados a ningún regimiento.

--Vamos a verlo--dijo con un aplomo, con una firmeza que me

asombraron, pues no suponía tanto valor en alma de mujer.

--Yo acompañaré a usía con mucho gusto.

--¿Y qué tal se ha portado mi hijo?--me preguntó cuando marchábamos

juntos.

--Señora, se ha portado como un héroe; se ha portado como quien es.

--¿Los jefes advirtieron su valor, elogiaron su bizarría, recordando

el linaje de mi hijo?

--Sí, señora; los jefes estaban con la boca abierta presenciando las

hazañas de don Diego--repuse, por halagar el amor propio de la noble

señora, cuyo dolor se atenuaría sabiendo que su vástago había honrado

el nombre de Rumblar.

--¿Y amabais vosotros a mi hijo?

--¡Oh!, sí, señora. ¡D. Diego es tan bueno...! Y nos trata como si

fuéramos todos iguales.

--¡Como si fuerais iguales!--exclamó doña María con ligeras muestras

de enfado.

--No..., vamos al decir...--indiqué corrigiendo mi _lapsus_--. D.

Diego es un caballero, y nosotros unos badulaques..., quiero decir que

nos trataba sin tiranía... ¡Pobre D. Diego! Pero hemos de

encontrarle, señora; D. Diego está sano y salvo. Me lo dice el

corazón.

--Tú eres un buen muchacho. Ayúdanos a buscar a mi hijo y te

recompensaré. Si parece, yo te prometo que serás su paje cuando se

case.

--¡Ah, gracias, señora!, muchas gracias--contesté con viveza.

--Eres modesto. ¿Crees que no mereces este honor? Aunque no lo

merezcas, yo te lo concedo.

Llegamos a un punto en que se distinguía un cuerpo tendido boca abajo

sobre el suelo. Nos estremecimos todos, y Asunción y Presentación se

abrazaron llorando a gritos. La curiosidad luchó un instante en

nosotros con el temor, pues deseábamos acercarnos al cadáver por ver

si era D. Diego, y temíamos llegar a él por si acaso era. Doña María

fué la primera que dió un paso, y la seguimos todos. Aquel cadáver

solitario de un hombre muerto por la patria no había encontrado

todavía ni un pariente, ni un amigo, ni un camarada que se cuidase de

él. No era D. Diego.

La Condesa, después de examinarlo, alzó los ojos al cielo, cruzó las

manos y rezó en voz alta el _Padrenuestro_, a cuya oración contestamos

todos muy devotamente con _El pan nuestro..._

Seguimos andando, y en otro sitio encontramos algunos cadáveres, que

D.ª María, con heroísmo sobrenatural, examinaba cara a cara hasta

convencerse de que su hijo no estaba allí. Si nos acontecía llegar en

el momento de abrir a alguno la sepultura, todos echábamos un puñado

de tierra en la fosa del patriota, que bien pronto desaparecía en la

vasta superficie del campo, no quedando huella ni marca alguna en el

suelo, como no queda noticia del heroísmo individual en la Historia.

Nuestras pesquisas por todo el campamento no dieron resultado alguno.

Las dos hermanitas no podían tenerse en pie, ni cesaban de rezar en

castellano y en latín, recitando con fervorosa declamación cuantas

oraciones sabían. Tales eran la confusión y anonadamiento de D. Paco,

que más de una vez se cayó al suelo. Sólo D.ª María conservaba una

entereza heroica y casi bárbara, que hacía creer en la superioridad

del temple moral de algunos linajes sobre el plebeyo vulgo. No en vano

tenía aquella señora por su línea materna la sangre de Guzmán el

Bueno.

Era muy tarde cuando volvimos a la casa. Mientras reinaba en ella la

desolación, ni una lágrima brotó de los ojos de D.ª María.

--Si Dios ha querido disponer de la vida de mi hijo--declaró,

sentándose en el clásico sillón de cuero--, concédame al menos el

consuelo de saber que ha muerto con honor.

--Don Diego ha de parecer, señora--dije yo, conmovido--. Si hubiera

muerto, ¿no habríamos encontrado su cuerpo?

Esta razón devolvió a D. Paco su perdida fuerza dialéctica, y habló

así:

--¿Pero no hubo también un pequeño combate allá donde estaba Vedel?

¡Quién sabe si cogerían prisionero al niño!

--Los prisioneros fueron devueltos esta tarde por orden de

Dupont--afirmó D.ª María.

--¿Y si el niño estaba herido y le metieron en el hospital francés?...

--Yo he de averiguarlo, señora--exclamé--. Mañana mismo pediremos un

salvoconducto para ir al campo enemigo. Me parece que allí le

encontraremos.

--Ya sabes que te he prometido una gran recompensa. Si haces lo que

dices y encuentras a mi hijo y le traes--me dijo la de Rumblar--la

recompensa será aún mayor. Dios dispone de todo, y las glorias de la

tierra son a veces trocadas en miseria, en tristeza, en nada, por su

mano poderosa. Si mi hijo no parece, ¿qué soy, qué me queda, qué resta

a mi casa y a mi nombre? Dios habrá decidido que todo perezca, y que

las grandezas de ayer sean hoy ruinas, donde nos ocultemos para

llorar. ¿La victoria se había de alcanzar sin desgracias? Napoleón es

vencido en España, y ante la salvación de nuestro país, ¿qué significa

una vida, por noble que sea? ¿Qué una familia, por grande que sea su

lustre?

El enérgico tesón de aquella mujer de acero me llenó de asombro.

Después continuó así:

--Yo creí que éste sería un día de júbilo en mi casa. Después de la

victoria alcanzada, hubiéramos sido muy felices teniendo aquí a mi

hijo, y recibiendo a la prometida esposa que con mis primas debe de

llegar aquí esta noche... ¿No ha llegado? Cuide usted, D. Paco, de

que nada les falte. ¿Está todo preparado, las camas, la cena, las

habitaciones? Niñas, ¿qué hacéis ahí mano sobre mano?

Asunción y Presentación lloraron con más fuerza al oírse nombrar por

su madre. Parecióme que ésta también comenzaba a sentir vacilante su

varonil espíritu, y que apagándose la llama de sus ojos, se desmayaban

sus enérgicos brazos, cayendo con desaliento sobre los del sillón.

Pero sin duda no quería perder su dignidad de gran señora delante de

nosotros, y mandándonos salir a todos, a sus hijas, a D. Paco, a los

criados y a mí, se quedó sola.

Un rato después sentí ruido de coches y mulas en la calle; luego una

gran algazara en el patio, y al oír esto dióme un gran vuelco el

corazón. Escondido tras uno de los pilares vi descender de los coches

y subir pausadamente a las personas que eran esperadas, y al mirar al

diplomático, que cargaba en sus brazos a una mujer para bajarla del

carruaje, reconocí a la monjita de Córdoba.

Temía yo ser visto de Amaranta; pero como ésta y su tía habíanse

adelantado y estaban ya arriba, me aventuré a seguir al diplomático,

que subió detrás de todos con Inés, sosteniéndola por la cintura.

Delante iban los criados con hachas, detrás yo solo. Inés se envolvía

con un gran manto, chal o cabriolé que tenía larguísimos flecos en sus

orillas. Subíamos lentamente, ellos delante, yo detrás, y aquellos

menudos hilos de seda, pendientes de la espalda y de la cintura de

Inés, flotaban delante de mis ojos. Como quien llega a la puerta del

Cielo y tira del cordón de la campanilla para que le abran, así cogí

yo entre mis dedos uno de aquellos cordoncitos rojos y tiré

suavemente. Inés volvió la cabeza y me vió.

Bailén · 第 31 / 47 题