Viéndome desmontado, me dirigí a buscar un puesto entre las escoltas
de la artillería o en el servicio de municiones, que se hacía
precipitadamente por los tambores entre los carros y las piezas. Al
dar los primeros pasos, advertí el extraordinario decaimiento de mis
fuerzas físicas; no podía tenerme en pie, y el ardor de mi sangre,
llegado a su último extremo, me paralizaba cual si estuviese enfermo.
No es propio decir que hacía calor, porque esta frase, común al verano
de todos los países europeos, es inexpresiva para indicar la espantosa
inflamación de aquella atmósfera de Andalucía en el día infernal que
presenció la batalla de Bailén. El efecto que hacía en nuestros
cuerpos era el de una llamarada que los azotaba por todos lados: la
cara se nos abrasaba como cuando nos asomamos a un horno encendido, y
deshechos en sudor, nuestros cuerpos hervían, descomponiéndose la
economía entera, desde el instante en que fuertes excitaciones del
espíritu dejaban de sostenerla.
Cuando me encontré a pie y a regular distancia del combate, que seguía
con ventaja para los españoles, empecé a sentir vivamente y de un modo
irresistible el aguijón candente de la sed que horadaba mi lengua, y
la corriente de fuego que envolvía mi cuerpo. Esto me daba tal
desesperación, que de prolongarse mucho hubiérame impelido a beber la
sangre de mis propias venas. Por ninguna parte divisaba a la gente del
pueblo que antes trajera cántaros con agua, y al buscar con ansiosa
inspiración en el seco aire una partícula de agua, bebía y respiraba
oleadas de polvo abrasador.
Por un rato perdí toda la exaltación guerrera y el furor patriótico
que antes me dominaban, para no pensar más que en la probabilidad de
beber, previendo las delicias de un sorbo de agua, y anhelando apagar
aquellas ascuas pegajosas que en mi boca revolvía. Con este deseo
caminé largo trecho entre las filas de retaguardia del centro: los
soldados de los regimientos que allí se rehacían para salir de nuevo
al frente, clamaban también pidiendo agua. Vimos con alegría que desde
el pueblo venían corriendo algunos hombres con cubos; pero al punto se
nos dijo que aquella agua no era para nosotros: era para otros
sedientos cuyas bocas necesitaban refrescarse antes que las nuestras
si el combate había de tener buen éxito; era para los cañones.
La resistencia enérgica de las dos piezas del ala derecha, combinadas
con las seis de la batería central, y el auxilio de la caballería
atacando por el flanco la línea enemiga, hizo que ésta fuese
rechazada, a pesar de su frente compacto, de su incomparable bravura.
Los franceses se retiraron, dejándose perseguir y desposicionar por la
infantería y caballos de nuestra derecha. Harto se conocía este
resultado en los gritos de alegría, en aquel concierto de injurias con
que el vencedor confirma la catástrofe del vencido, cuando éste vuelve
la espalda. El sitio donde yo estaba se vió despejado por el avance de
nuestras tropas, y en casi todos los jefes que allí había observé tal
expresión de gozo, que sin duda consideraban asegurada la victoria.
¡Oh, momento feliz! Ya se podía pensar en beber. ¿Pero dónde?
Después del avance de nuestras tropas, que no ocuparon enteramente las
posiciones francesas por ofrecer esto algún peligro, los soldados del
regimiento de Órdenes divisaron una noria, en el momento en que los
franceses, que durante la acción habíanla ocupado, se hallaban en el
caso de abandonarla. Vieron todos aquel lugar como un santuario cuya
conquista era el supremo galardón de la victoria, y se arrojaron sobre
los defensores del agua escasa y corrompida que arrojaban unos
cuantos arcaduces en un estanquillo. Los enemigos, que no querían
desprenderse de aquel tesoro, lo defendían con la rabia del sediento.
Apenas disparados los primeros tiros, otros muchos franceses,
extenuados de fatiga, y encontrándose ya sin fuerzas para combatir si
no les caía del cielo o les brotaba de la tierra una gota de agua,
acudieron a beber, y viéndola tan reciamente disputada, se unieron a
los defensores.
Oí decir: «¡Allí hay agua, allí se están disputando la noria!», y no
necesité más. Lancéme, y conmigo se lanzaron otros en aquella
dirección; tomé del suelo un fusil que aún apretaba en sus manos un
soldado muerto, y corrí con los demás a todo escape en dirección a la
noria. Penetramos en un campo a medio segar, a trechos cubierto de
altos trigos secos, a trechos en rastrojo. La lucha en la noria se
hacía en guerrillas; acerquéme a la que me pareció más floja, y
desprecié la vida, lleno mi espíritu del frenético afán de conquistar
un buche de agua. Aquel imperio, compuesto de dos mal engranadas
ruedas de madera, por las cuales se escurría un miserable lagrimeo de
agua turbia, era para nosotros el imperio del mundo. La hidrofagia,
que a veces amilana, a ratos también convierte al hombre en fiera,
llevándole con sublime ardor a desangrarse por no quemarse.
Los franceses defendían su vaso de agua, y nosotros se lo
disputábamos; pero de improviso sentimos que se duplicaba el calor a
nuestras espaldas. Mirando atrás, vimos que las secas espigas ardían
como yesca, inflamadas por algunos cartuchos caídos por allí, y sus
terribles llamaradas nos freían de lejos la espalda. «O tomar la noria
o morir», pensamos todos. Nos batíamos apoyados contra una hoguera, y
la hambrienta llama, al morder con su diente insaciable en aquel
pasto, extendía alguna de sus lenguas de fuego azotándonos la cara. La
desesperación nos hizo redoblar el esfuerzo, porque nos asábamos,
literalmente hablando; y por último, arrojándonos sobre el enemigo,
resueltos a morir, la gota de agua quedó por España al grito de «¡Viva
Fernando VII!»
Por un momento dejamos de ser soldados, dejamos de ser hombres, para
no ser sino animales. Si cuando sumergimos nuestras bocas en el agua,
hubiera venido un solo francés con un látigo, habríanos azotado, sin
que intentáramos defendernos. Después de emborracharnos en aquel
néctar fangoso, superior al vino de los dioses, nos reconocimos otra
vez en la plenitud de nuestras facultades. ¡Qué Inmensa alegría! ¡Qué
superabundancia de fuerza y de orgullo!
¿Pero habíamos vencido definitivamente a los franceses? Cuando se
disipó aquella lobreguez moral con que la horrible sequedad del cuerpo
había envuelto el espíritu, nos vimos en situación muy difícil.
Corriendo hacia la noria nos habíamos apartado de nuestro campo, y
adviértase que si el ejército francés fué rechazado con grandes
pérdidas, conservaba aún sus posiciones. ¿Iba a emprender nuevo
ataque, con el último esfuerzo de la desesperación? Creíamos que sí,
y señales de esto notamos en el campo enemigo que teníamos tan cerca.
Al punto corrimos desbandados hacia el nuestro, que estaba algo lejos,
y saltando por junto a los trigos incendiados, abandonamos la noria,
por temor a que fuerzas más numerosas que las nuestras nos hicieran
prisioneros.
Verdad que los franceses, no dando ya ninguna importancia a las
acciones parciales, se ocupaban en organizar el resto y lo mejor de su
fuerza para dar un golpe de mano, última estocada del gigante que se
sentía morir. Corrimos, pues, hacia nuestro campo. Ya cerca de él,
pasó rápidamente por delante de mí un caballo sin jinete, arrogante,
vanaglorioso, con la crin al aire, sano y sin heridas, algo azorado y
aturdido. Era un animal de pura casta cordobesa, lo mismo que el mío.
Le seguí, y apoderándome de sus bridas, cuando volvía, me monté en él;
después de ser por un rato soldado de a pie, tornaba a ser jinete.
Busqué con la vista el escuadrón más próximo, y vi que a retaguardia
del centro se formaba en columna con distancias el de España. Entré en
las primeras filas, a punto que dijeron junto a mí.
--Los generales franceses harán el último esfuerzo. Dicen que hay unas
tropas que todavía no han entrado en fuego, y son las mejores que
Napoleón ha traído a España.
Efectivamente, el centro se preparaba a una defensa valerosa, y
guarnecía sus baterías, distribuía los regimientos a un lado y otro,
agrupando a retaguardia fuerzas considerables de caballería. Cuando
esto pasaba, sentí un vivo clamor de la naturaleza dentro de mí, sentí
hambre, pero ¡qué hambre!... Francamente, y sin ruborizarme, digo que
tenía más ganas de comer que de batirme. ¿Y qué? ¿Este miserable hijo
de España no había hecho ya bastante por su Rey y por su patria, para
permitir llevarse a la boca un pedazo de pan?
En estas reflexiones, registré primero la grupa de mi cabalgadura
allegadiza, donde no había más que alguna ropa blanca, y después las
pistoleras, donde encontré un mendrugo. ¡Hallazgo incomparable! No
satisfecho, sin embargo, con tan poca ración, llevé mis exploraciones
hasta lo más profundo de aquellos sacos de cuero, y mis dedos
sintieron el contacto de unos papeles. Saquélos, y vi un pequeño
envoltorio y tres cartas, la una cerrada y las otras dos cubiertas,
todas con sobrescrito. Leí el primer sobre que se me vino a la mano, y
decía así: «Al Sr. D. Luis de Santorcaz, en Madrid, calle de...»
Había montado en el caballo de Santorcaz.