Olvidándome al instante de todo, no pensé más que en examinar bien lo
que tenía en las manos. El sobrescrito de la primera carta que saqué
y que estaba abierta, era de letra femenina, que reconocí al momento.
El de la carta cerrada, que sin duda no estaba ya en la estafeta por
detención involuntaria, era de hombre y decía: «Sra. Condesa de...
(aquí el título de Amaranta), en Córdoba, calle de la Espartería.»
El tercer sobre, también de carta abierta, era de letra de hombre y
dirigido a Santorcaz. Desenvolví en seguida el envoltorio de papeles,
que guardaba un bulto como del tamaño de un duro, y al ver lo que
contenía, una luz vivísima inundó mi alma y sentí dolorosa punzada en
el corazón. Era el retrato de Inés.
Aquella aparición en el campo de batalla, en medio del zumbido de los
cañones y del choque de las armas; la inesperada presencia ante mí de
aquella cara celestial, fielmente reproducida por un buen artista; la
sonrisa iluminada que creí observar sobre la placa, cuando fijé en
ella mis ojos; aquella repentina visita, pues no era otra cosa, de mi
fiel amiga, cuando yo hacía tan vivos esfuerzos para ser digno de
ella, me regocijaron de un modo inexplicable. Para iluminar los rasgos
y colores de aquel retrato que sonreía, valía la pena de que saliese
el sol, de que existiese el mundo, de que la serie del tiempo trajera
aquel día, aunque deslustrado por los horrores de una batalla.
Estreché a la Inés de dos pulgadas contra mi corazón y la guardé en mi
pecho, resuelto a no darla, aunque la materialidad del pedazo de cobre
pintado no me pertenecía. Mas era preciso leer aquellos papeles, que
podían esclarecer alguna de mis dudas. Detúvome al principio la
vergüenza de leer cartas ajenas, lo cual es cosa fea; pero consideré
que Santorcaz habría muerto, fundándome en la dispersión de su caballo
abandonado, y además, como la curiosidad me picaba, me escocía, me
quemaba de un modo muy vivo, decidíme a leer la carta abierta, porque
el deseo de hacerlo era más fuerte que todas las consideraciones.
Yo estaba completamente absorto en aquel asunto de interés íntimo; yo
no atendía a la batalla; yo no hacía caso de los cañonazos; yo no me
fijaba en los gritos; yo no apartaba del papel los ojos, aunque sentía
correr por junto a mis oídos el estrepitoso aliento de la lucha. En
aquel instante, entre los veinte mil hombres que, formando dos grandes
conjuntos, se disputaban unas cuantas varas de terreno, yo era quizás
el único que merecía el nombre de individuo. Átomo disgregado
momentáneamente de la masa, se ocupaba de sus propias batallas.
La carta abierta, que llevaba la firma de Amaranta, decía así, después
de las fórmulas de encabezamiento:
«¿Eres un malvado o un desgraciado? En verdad no sé qué creer, pues de
tu conducta todo puede deducirse. Después de una ausencia de muchos
años, durante los cuales nadie ha logrado traerte al buen camino,
ahora vuelves a España sin más objeto que hostigarme con pretensiones
absurdas a que mi dignidad no me permite acceder. Harto he hecho por
tí, y ahora mismo, cuando me has manifestado tu situación, te he
propuesto un medio decoroso de remediarla. ¿Qué más puedo hacer? Pero
no te satisface lo que en la actualidad y siempre bastaría a calmar la
ambición de un hombre menos degradado que tú; te rebelas contra mis
beneficios, y aspiras a más, amenazándome sin miramiento alguno. A
todo eso contesto diciéndote que desprecio tus amenazas, y que no las
temo. No; no es posible que por la amenaza consiga nadie de mí lo que
me impelen a negar mi dignidad, mi categoría, mi familia y mi nombre.
Nunca creí que aspiraras a tanto, y siempre pensé que te conceptuarías
muy feliz con lo que otras veces has alcanzado de mí, y hoy te
ofrezco, haciendo un verdadero sacrificio, porque el estado del reino
ha disminuido nuestras rentas...»
Al llegar aquí, el golpe de un peso que cayó, chocando con mi rodilla,
me hizo levantar la vista de la carta. El soldado que formaba junto a
mí, herido mortalmente por una bala perdida, había rodado al suelo. En
aquel intervalo vi hacia el frente, envueltas en espeso humo, las
columnas francesas que venían a atacar el centro. Pero mi ánimo no
estaba para fijar la atención en aquello. Pude notar que la caballería
avanzaba un poco, pero después retrocedía y oscilaba de flanco; pero
dejándome llevar por el caballo, con los ojos fijos en el papel, que
sostenía a la altura de las riendas, no puse ni un desperdicio de
voluntad en aquellos movimientos de la máquina en que estaba
engranado. La carta continuaba así:
«...En vano para conmoverme finges gran interés por aquel ser
desgraciado que vino al mundo como testimonio vivo de la funesta
alucinación y del fatal error de su madre. ¿A qué ese sentimiento
tardío? ¿A qué acusarme de su abandono? No, esa niña no existe; te han
engañado los que te han dicho que yo la he recogido. Mal podría
recogerla cuando ya es un hecho evidente que Dios se la llevó de este
mundo. ¿A qué conduce el amenazarme con ella, haciéndola instrumento
de tus malas artes para conmigo? No pienses en esto. Por última vez te
aconsejo que desistas de tus locas pretensiones, y te presentes ante
mí con bandera de paz. ¿Eres un malvado o un desgraciado? Yo sería muy
feliz si me probaras lo segundo, porque uno de mis mayores tormentos
consiste en suponer tan profundamente corrompido el corazón que hace
años sólo existía para amarme...»
Con esto y la firma de Amaranta terminaba la epístola, cuya lectura,
absorbiendo mi atención, me distraía de la batalla. El fragor de ésta
zumbaba en mis oídos como el rumor del mar, a quien generalmente no se
hace caso desde tierra. ¿Es tal vuestra impertinencia que queréis
obligarme a contaros lo que allí pasaba? Pues oíd. Cuando la tropa
francesa de línea retrocedió por tercera vez, extenuada de hambre, de
sed y de cansancio; cuando los soldados que no habían sido heridos se
arrojaban al suelo maldiciendo la guerra, negándose a batirse,
insultando a los oficiales que les llevaran a tan terrible situación,
el General en Jefe reunió la plana mayor, y expuesto en breve consejo
el estado de las cosas, se decidió intentar un último ataque con los
marinos de la guardia imperial, aún intactos, poniéndose a la cabeza
todos los generales.
Por eso cuando, leída la carta, alcé los ojos, vi delante de las
primeras filas de caballería algunas masas de tropa escoltando los
seis cañones de la carretera, cuyo fuego certero y terrible había sido
el nudo gordiano de la batalla. Servidos siempre con destreza y al fin
con exaltación, aquellos seis cañones eran durante unos minutos la
pieza de dos cuartos arrojada por España y Francia, por la usurpación
y la nacionalidad, en un corrillo de veinte mil soldados. ¿Cara o
cruz? ¿Las tomarían los franceses? ¿Se dejarían quitar los españoles
aquellos cañones? ¿Quién podría más, nuestros valientes y hábiles
oficiales de artillería, o los quinientos marinos?
Yo vi a éstos avanzar por la carretera, y entre el denso humo
distinguimos un hombre puesto al frente del valiente batallón y
blandiendo con furia la espada; un hombre de alta estatura, el rostro
desfigurado por la costra de polvo que amasaban los sudores de la
angustia; de uniforme lujoso y destrozado en la garganta y seno, como
si lo hubiera hecho pedazos con las uñas para dar desahogo al oprimido
pecho. Aquella imagen de la desesperación, que tan pronto señalaba la
boca de los cañones como el cielo, indicando a sus soldados un alto
ideal al conducirles a la muerte, era el desgraciado general Dupont,
que había venido a Andalucía seguro de alcanzar el bastón de Mariscal
de Francia. El paseo triunfal de que al partir de Toledo habló, había
tenido aquel tropiezo.
Los repetidos disparos de metralla no detenían a los franceses.
Brillaban los dorados uniformes de los generales puestos al frente, y
tras ellos la hilera de marinos, todos vestidos de azul y con grandes
gorras de pelo, avanzaba sin vacilación. De rato en rato, como si una
manotada gigantesca arrebatase la mitad de la fila, así desaparecían
hombres y hombres. Pero en cada claro asomaba otro soldado azul, y el
frente de columna se rehacía al instante, acercándose imponente y
aterrador. Acelerábase su marcha al hallarse cerca; iban a caer como
legión de invencibles demonios sobre las piezas para clavarlas y
degollar sin piedad a los artilleros.
Los que asistían a aquel espectáculo, sin ser actores de él, estaban
mudos de estupor, con el alma y la vida en suspenso, cual si
aguardaran el resultado de la porfía para dejar de existir o seguir
existiendo. No obstante, ¿creerán mis lectores que algo ocupaba mi
espíritu más de lleno que la última peripecia? Pues sí: yo tenía en mi
mano la carta cerrada, y la curiosidad por leerla no era curiosidad;
era una sed moral más terrible que la sed física que poco antes me
atormentara. Incapaz de resistirla, sintiendo que todo se eclipsaba
ante la inmensidad del interés despertado en mí por los asuntos de dos
o tres personas que no habían de decidir la suerte del mundo, tomé la
carta, la abrí sin reparar en lo vituperable de esta acción, y al
punto la devoré con los ojos, leyendo lo siguiente:
«Señora Condesa: Vuestra carta me anuncia que nada puedo esperar de
vos por los honrados medios que os he propuesto. No me sorprende, y si
en la última que me dirigisteis, dictada sin duda por vuestro propio
corazón, mostrabais bastante generosidad, en ésta reconozco las ideas
de vuestra tía la señora Marquesa, que en otro tiempo os dijo que
antes quería veros muerta que casada con un hombre inferior a vuestra
clase. Preguntáis que si soy un malvado o un desgraciado, y contesto
que ya que os alcanza la responsabilidad de lo segundo, a vos también
os tocará sin duda la triste gloria de lo primero. Esta será la última
que os escriba el que en algún tiempo no hubiera cambiado por todas
las delicias del Paraíso el gozo de leer una letra de vuestra mano.
Quizás por mucho tiempo no oigáis hablar de mí; quizás disfrutéis la
inefable satisfacción de creer que he muerto; pero en la obscuridad y
lejos de vos, yo me ocuparé de lo que me pertenece. ¿Quién es el
culpable, vos o yo? Cuando supe en Madrid que habíais recogido a
nuestra hija después de largo abandono, os prometí legitimarla por
subsiguiente matrimonio, como correspondía a personas honradas.
Primero me contestasteis indecisa, y luego furiosa, rechazando una
proposición que calificabais de absurda, de irreverente, y llamándome
jacobino, francmasón, calavera, perdido, tramposo, con otras injurias
que quisiera oír en tan linda boca. Yo acepto el bofetón de vuestro
orgullo. Lo que no me explico es la desfachatez con que negáis haber
recogido a vuestra hija. ¿Y decís que esto no me importa? Ya veréis
si me importa o no. Yo sé que la habéis recogido; yo sé que está en un
convento; yo sé que su boda con el conde de Rumblar está concertada;
yo sé que para realizarla se han tenido en cuenta poderosos intereses
de ambas familias, que la hacen imprescindible; yo sé que para llevar
a efecto la legitimación se ha consumado una superchería poco digna de
personas como...»
Una conmoción inmensa, un estrépito indescriptible me obligaron a
apartar de la carta mi atención. Los marinos llegaban a la boca de los
cañones, y un combate terrible, en que parecíamos llevar lo mejor, se
había trabado. Esto era sin duda sublime; esto sacaba de quicio y
conmovía el alma en su fundamento; pero ¿no había algo más en el
mundo? Inés, su madre, su padre, su porvenir, su casamiento, y yo con
mi desmedido y leal amor; yo, preguntándome si podría subir hasta
ella, o si era preciso hacerla descender hasta mí... ¡Oh! ésta sí que
era batalla; ésta sí que era lucha, señores. Su campo estaba dentro de
mí, y sus fuerzas terribles chocaban dentro del espacio silencioso de
mi pensamiento. ¿Cómo no atender a ella más que a otra alguna? El
corazón, tirano indiscutible, agrandando inconmensurablemente las
proporciones de mi batalla, habíala hecho mayor que aquella de que tal
vez dependían los destinos del mundo.
Yo vi los marinos próximos ya, muy próximos a nuestros cañones; sentí
gritos de júbilo y de victoria pronunciados en española lengua, y,
aunque todo esto me conmovía mucho, la carta no concluida me quemaba
la mano. Decid que yo era un estúpido egoísta; pero, señores, ¿y la
carta, y aquel _casamiento imprescindible_, y aquella _superchería_
misteriosa?... ¿Se ganaba la batalla? Creo que sí, y la faz de Europa
variaría sin duda. ¿Pero qué me importaba el enojo del Imperio, el
júbilo de Inglaterra, el estupor de Rusia, los preparativos de la
coalición, el descrédito del Grande Ejército?
¿Hemos de sobreponer el interés de los conjuntos lanzados a bárbaras
guerras, al interés del inocente individuo que a solas lucha por el
bien y por el amor? ¿Hemos de sobreponer el interés de la guerra, que
destruye, al del amor, que crea y aumenta y embellece lo creado? Reíos
de mí; pero al mismo tiempo pensad en el modo de probarme que un
corazón ocupa menos espacio en la totalidad del universo que los
quinientos diez millones de kilómetros cuadrados de la pelota de
tierra en que habitamos.
Si es egoísmo, confieso mi egoísmo, y declaro a la faz de mi auditorio
que en el punto en que se eclipsaba la estrella que por diez años
había iluminado la Europa, volví a fijar los ojos en la carta para
continuar leyendo. Si no quieren ustedes enterarse de ello, no se
enteren; pero es mi deber decir que la carta concluía así:
«...una superchería poco digna de personas como vos. Segura estáis, y
con razón, de que nada puedo contra vos. En efecto; yo sé que si algo
intentara, sería vencido. Pobre, sin recursos, sin valimiento, ¿qué
podría contra la justicia, que sólo defiende a los poderosos? Pero mi
hija me pertenece, y si hoy no está en mi poder, os aseguro que lo
estará mañana. Entretanto guardaos vuestro dinero.»
No decía más. Pero cuando acabé de leerla, ¡qué nueva y terrible fase
tomaba la refriega entre los marinos y nuestros soldados! ¡Santo Dios!
¿Perderíase la batalla? Destrozados en el primer ataque los franceses,
lo repetían sacando el último resto de bravura de sus corazones
resecados por el calor, y volvían a la carga resueltos a dejarse hacer
trizas en la boca de los cañones, o tomarlos. Nuestros soldados
sacaban fuerzas de su espíritu, porque en el cuerpo ya no las tenían.
Hasta los artilleros empezaban a desfallecer, y heridos casi todos los
primeros de izquierda y derecha, atacaban los segundos, daban fuego
los terceros, y el servicio de municiones era hecho por paisanos. Los
franceses, medio resucitados con la valentía de los marinos, pudieron
habilitar dos piezas, y desde lejos, y tomando por blanco la masa de
nuestra caballería, disparaban bastantes tiros. Su larga trayectoria,
pasando por encima de la batería española, hería las primeras filas de
mi regimiento. Este se encabritó como si fuera un solo caballo;
chocamos unos con otros, y el espectáculo de dos compañeros muertos
sin combatir nos llenó de terror. Al mismo tiempo oímos decir que
escaseaban las municiones de cañón. ¡Terrible palabra! Si nuestros
cañones llegaban a carecer de pólvora, si en sus almas de bronce se
extinguía aquella indignación artificial, cuyo resoplido conmueve y
trastorna el aire, estremece el suelo y arrasa cuanto encuentra por
delante, bien pronto serían tomados por los valientes marinos, y les
aguardaba el morir inutilizados por el denigrante clavo, fruslería que
destruye un gigante, alfiler que mata a Aquiles.
Esta consideración ponía los pelos de punta. ¿Sucumbiría España? ¿No
le reservaba Dios la gloria de dar el primer golpe en el pedestal del
tirano de Europa?... No, no es posible asistir indiferente al
espectáculo de tan sublime esfuerzo, ¡oh patria!; pero te confieso que
yo rabiaba por conocer al autor de aquella tercera carta que tenía en
mi mano, y cuando sin desatender a tu admirable heroísmo miré la firma
y vi el nombre de _Román_, segundo mayordomo de mi inolvidable ama;
cuando consideré que aquel papel contendría revelaciones importantes,
me dominó de tal modo la curiosidad, que por un instante desapareciste
de mi espíritu, ¡oh hermoso rincón de tierra, destinado más de una vez
a ser equilibrio del mundo! ¡Adiós, España; adiós, Napoleón; adiós,
guerra; adiós, batalla de Bailén! Como borra la esponja del escolar el
problema escrito con tiza en la pizarra, para entregarse al juego, así
se borró todo en mí para no ver más que lo siguiente:
«Sr. D. Luis de Santorcaz: Voy a decirle lo ocurrido. Todo está
resuelto, y por ahora le dan a usted con la puerta en los hocicos. La
Sra. Marquesa de Leiva, al recoger a la señorita Inés, pensó en el
modo de legitimarla. Advierto a usted que desde que la trataron, ambas
la quieren mucho, y se desviven por decidirla a que salga del
convento. Cuando la Sra. Condesa recibió la carta de usted, en que le
proponía la legitimación por subsiguiente matrimonio, mostróla a su
tía, y ésta, furiosa y fuera de sí, preguntó si quería deshonrarse
para siempre siendo esposa de semejante perdido. Lloró un poco la
Condesa, lo cual es indicio de que aún le queda algo de aquel amor; y
por último, después de muchas reconvenciones, convinieron las dos en
no admitirle a usted en su familia por ningún caso. Ya sabe usted que,
según consta en la fundación de este gran mayorazgo, uno de los
principales de España, no habiendo herederos directos, pasa a los de
segundo grado en línea recta, por lo cual ahora correspondería al
primogénito del conde Rumblar. La actual condesa de Rumblar, enterada
de la aparición de una heredera, anunció a mi ama que entablaría un
pleito, y vea usted aquí el motivo de que en casa se haya trabajado
tanto por la legitimación. Por fin, las dos familias acordaron evitar
la ruina de un pleito, y se han puesto de acuerdo sobre esta base:
casar a la Srta. Inés con D. Diego de Rumblar, previa legitimación de
aquélla, por lo que llaman autorización del Rey, con lo cual ambos
derechos se funden en uno solo, evitando cuestiones. En cuanto al
punto más difícil, la Sra. Marquesa lo ha resuelto al fin de un modo
ingenioso y seguro. La niña ha entrado al fin con pie derecho en la
familia. No pudiendo legitimar la madre, porque a ello se oponen las
leyes; no pudiendo aceptarse la fórmula del subsiguiente matrimonio,
ni conviniendo tampoco la adopción, por no dar esto derecho a la
herencia del mayorazgo, se acordó lo que voy a decir a usted, y que
sin duda le llenará de admiración. Este sesgo del asunto tiene para la
familia la ventaja de que mi Sra. la Condesa no pasará ningún
bochorno. La Srta. Inés ha sido reconocida por aquel...»
Un violento golpe arrebató el papel de mis manos. Encabritóse mi
caballo, y al avanzar siguiendo el escuadrón, sentí la estrepitosa
risa de un soldado que decía: «Aquí no se viene a leer cartas.»
Corrimos fuera de la carretera, y todos mis compañeros proferían
exclamaciones de frenética alegría. Vi los cañones inmóviles y delante
una espesa cortina de humo, que al disiparse permitía distinguir los
restos del batallón de marinos. En el frente francés flotaba una
bandera blanca avanzando hacia nuestro frente. La batalla había
concluído.
Nuestros soldados se abrazaban con júbilo. Confundíanse los diversos
regimientos y los paisanos advenedizos con la tropa. La gente del
vecino pueblo de Bailén acudía con cántaros y botijos de agua.
Agrupábanse hombres y mujeres junto a los heridos para recogerlos. Los
caballos recorrían orgullosos la carretera, y los generales,
confundidos con la gente de tropa, demostraban su alegría con tanta
llaneza como ésta. Los gritos de «¡Viva España!, ¡Viva Fernando VII!»
parecían sublime concierto que llenaba el espacio, como antes el ruido
del cañón; y el mundo todo se estremecía con el júbilo de nuestra
victoria y con el desastre de la Francia, primera vacilación del
orgulloso Imperio. En tanto, yo recorría el campamento, miraba al
suelo, miraba las manos de todos, las cureñas de los cañones, los
charcos de sangre, los mil rincones del suelo, junto al cuerpo de un
herido, y bajo la cabeza del caballo moribundo. Marijuán se llegó a mí
con los brazos abiertos y gritó:
--Los vencimos, Gabriel. ¡Viva España y los españoles, y la Virgen del
Pilar, a quien se debe todo! Pero ¿qué buscas, que así miras al suelo?
--Busco un papel que se me ha perdido.