XXVI

¿Por qué sitio pensaban atacarnos los franceses? Conociendo que el

centro era inexpugnable por entonces, siendo el principal objeto de

Dupont abrirse camino hacia Bailén, y considerando peligroso

intentarlo por el ala izquierda, no sólo porque allí la posición de

los españoles era excelente, sino porque les ofrecía un gran peligro

la cuenca del Guadiel, determinaron atacar nuestra ala derecha,

esperando abrir en ella un boquete que les diera paso. Su artillería

no cesaba de arrojar bala rasa, protegiendo la formación de las

poderosas columnas que bien pronto debían hostilizarnos. Al punto se

reforzó el ala derecha, se desplegaron en línea varios batallones, y

sin esperar el ataque marcharon hacia el enemigo, amparados por dos

piezas de artillería. El primer momento nos fué favorable. Pero el

olivar vomitó gente y más gente sobre nuestra infantería. Por un

instante confundidas ambas líneas en densa nube de polvo y humo, no se

podía saber cuál llevaba ventaja. Caían los nuestros sobre los

imperiales, y la metralla enemiga les hacía retroceder; avanzaban

ellos, y adquiríamos a nuestra vez momentánea inferioridad.

Por largo tiempo duró este combate, tanto más cruel, cuanto era más

proporcionado el empuje de una y otra parte, hasta que al fin

observamos síntomas de confusión en nuestras filas; vimos que se

quebraban aquellas compactas líneas, que retrocedían sin orden, que

chocaban unos con otros los grupos de soldados. La división se

conmovió toda, y dos batallones de reserva avanzaron para restablecer

el orden. Gritaban los jefes hasta quedarse sin voz, y todos se ponían

a la cabeza de las columnas, conteniendo a los que flaqueaban y

excitando con ardorosas palabras a los más valientes. Los tercios de

Tejas y el regimiento de Órdenes al frente se lanzaron, mientras el

concierto se restablecía en los cuerpos que hasta entonces habían

sostenido el fuego. Sobre todo el regimiento de Órdenes, uno de los

más valientes del ejército, se arrojó sobre el enemigo con una

impavidez que a todos nos dejó conmovidos de entusiasmo. Su coronel,

D. Francisco de Paula Soler, parecía dar fuego a todos los fusiles con

la arrebatadora llama de sus ojos; con el gesto de su mano derecha

empuñando la espada, que parecía un rayo; con sus gritos, que

sobresalían entre el granizado tiroteo, sublimando a los soldados.

De tal modo arreciaron la metralla y la fusilería enemiga, que casi

toda la primera fila del valiente regimiento de Órdenes cayó, cual si

una gigantesca hoz la segara. Pero sobre los cuerpos palpitantes de la

primera fila pasó la segunda, continuando el fuego. Como si los tiros

franceses persiguieran con inteligente saña las charreteras, el

regimiento vió desaparecer a muchos de sus oficiales.

Reforzáronse también los enemigos, y desplegando nueva línea con gente

de reserva, avanzaron a la bayoneta, pujantes, aterradores,

irresistibles. ¡Momento de incomparable horror! Figurábaseme ver a dos

monstruos que se baten, mordiéndose con rabia, igualmente fuertes, y

que hallan en sus heridas, en vez de cansancio y muerte, nueva cólera

para seguir luchando.

Cuando las bayonetas se cruzaban, el campo ocupado por nuestra

infantería se clareó a trozos; sentimos el crujido de poderosas

cureñas, rebotando en el suelo de hoyo en hoyo al arrastre de las

mulas, castigadas sin piedad, los cañones de a 12 enfilaron el eje de

sus ánimas hacia las líneas enemigas; los botes de metralla penetraron

en el bronce; se atacaron con prontitud febril, y un diluvio de puntas

de hierro, hendiendo horizontalmente el aire, contuvo la marcha del

frente francés. A un disparo sucedía otro; la infantería, rehecha,

flanqueaba los cañones, y para completar el acto de desesperación, un

grito resonó en nuestro regimiento. Todos los caballos patalearon,

expresando en su ignoto lenguaje que comprendían la sublimidad del

momento; apretamos con fuerte puño los sables, y medimos la tierra que

se extendía delante de nosotros. La caballería iba a cargar.

Vimos que a todo escape se nos acercó un General, seguido de gran

número de oficiales. Era el marqués de Coupigny, alto, fuerte, rubio,

colorado de suyo, y en aquella ocasión encendido, como si toda su cara

despidiera fuego. Era Coupigny hombre de pocas palabras; pero suplía

su escasez oratoria con la llama de su mirar, que era por sí una

proclama. Nosotros pusimos atención esperando que nos dijera alguna

cosa; pero el General dispuso con un gesto la dirección del

movimiento, y después nos miró. No necesitamos más.

--¡Viva España! ¡Viva el rey Fernando! ¡Mueran los

franceses!--exclamamos todos; y el escuadrón se puso en movimiento.

Estábamos formados en columna, y nos desplegamos en batalla sobre los

costados, bajando a buen paso, pero sin precipitación, de la altura

donde habíamos estado. Maniobramos luego para tener a nuestro frente

el flanco enemigo; las tropas que por allí atacaban dicho flanco

doblaron por cuartas para darnos paso por los claros; el jefe gritó:

«A la carga»; picamos espuela, y ciegamente caímos sobre el enemigo

como repentina avalancha. Yo, lo mismo que Santorcaz, el mayorazgo y

los demás de la partida, íbamos en la segunda fila. Penetraron

impetuosamente los de la primera, acuchillando sin piedad; los

caballos bramaban de furor, sintiéndose heridos a fuego y a hierro.

Algunos caían, dejando morir a sus jinetes, y otros se arrojaban con

más fuerza, destrozando cuanto hallaban bajo sus poderosas manos. Los

de la primera fila hicieron gran destrozo; pero a los de la segunda

nos costó más trabajo, porque avanzando demasiado los delanteros,

quedamos envueltos por la infantería, lo cual atenuaba un poco nuestra

superioridad. Sin embargo, destrozábamos pechos y cráneos sin piedad.

Yo ví a Rumblar, ciego de ira, luchando cuerpo a cuerpo con un

francés; vi a Santorcaz dando pruebas de tener un puño formidable para

el manejo del sable; usélo con toda la destreza que me era posible, y

lo mismo yo que mis amigos y otros muchos jinetes de mi fila nos

internamos locamente por el grueso de la infantería contraria. Otro

escuadrón daba nueva carga por el mismo flanco, lo cual, observado por

nosotros, nos reanimó. No íbamos mal; pero los franceses eran muchos,

estaban muy hechos a tales embestidas, y sabían defenderse bien de la

pesadumbre de los caballos, así como de los sablazos.

Sin embargo, no retrocedían delante de nosotros. Ya se sabe que siendo

el objeto de la caballería producir un gran sacudimiento y pavor en

las filas enemigas por la violencia del primer choque, cuando éste no

da el resultado apetecido, y se empeñan combates parciales entre los

caballos y una numerosa infantería, los primeros corren gran riesgo de

desaparecer, brutales masas, devoradas en aquel hervidero de agilidad

y destreza. Aunque en la carga les causamos gran daño, no les pusimos

en dispersión: los combates parciales se entablaron pronto, y fué

preciso que la caballería de España, a escape traída del ala

izquierda, nos reforzase, para no ser envueltos y perdidos sin

remisión. Hubo un momento en que me vi próximo a la muerte. A mi lado

no había más que dos o tres jinetes, que se hallaban en trance tan

apurado como yo; nos miramos, y comprendiendo que era preciso hacer un

supremo esfuerzo, arremetimos a sablazos con bastante fortuna. Con

esto y el pronto auxilio de la carga hecha en el mismo instante por la

caballería de España, salimos del apuro. Revolviendo atrás, hundí las

espuelas, y mi caballo se puso de un salto en la nueva fila. No vi a

mi lado más cara conocida que la de Marijuán. El Conde y Santorcaz

habían desaparecido.

En el mismo instante mi caballo flaqueó de sus cuartos traseros.

Intenté hacerle avanzar, clavándole impíamente las espuelas; el noble

animal, comprendiendo sin duda la inmensidad de su deber y tratando de

sobreponerle a la agudeza de su dolor, dió algunos botes; pero cayó al

fin, escarbando la tierra con furia. El desgraciado había recibido una

terrible herida en el vientre, y falto de palabra para expresar su

padecimiento, bramaba, aspirando con ansia el aire inflamado, sacudía

el cuello; parecía dar a entender que hallando un charco de agua en

que remojar la lengua, sus dolores serían menos vivos, y al fin se

abandonó a su suerte, tendiéndose sobre el campo, indiferente al ruido

del cañón y al toque de degüello.

Bailén · 第 27 / 47 题