¿Por qué sitio pensaban atacarnos los franceses? Conociendo que el
centro era inexpugnable por entonces, siendo el principal objeto de
Dupont abrirse camino hacia Bailén, y considerando peligroso
intentarlo por el ala izquierda, no sólo porque allí la posición de
los españoles era excelente, sino porque les ofrecía un gran peligro
la cuenca del Guadiel, determinaron atacar nuestra ala derecha,
esperando abrir en ella un boquete que les diera paso. Su artillería
no cesaba de arrojar bala rasa, protegiendo la formación de las
poderosas columnas que bien pronto debían hostilizarnos. Al punto se
reforzó el ala derecha, se desplegaron en línea varios batallones, y
sin esperar el ataque marcharon hacia el enemigo, amparados por dos
piezas de artillería. El primer momento nos fué favorable. Pero el
olivar vomitó gente y más gente sobre nuestra infantería. Por un
instante confundidas ambas líneas en densa nube de polvo y humo, no se
podía saber cuál llevaba ventaja. Caían los nuestros sobre los
imperiales, y la metralla enemiga les hacía retroceder; avanzaban
ellos, y adquiríamos a nuestra vez momentánea inferioridad.
Por largo tiempo duró este combate, tanto más cruel, cuanto era más
proporcionado el empuje de una y otra parte, hasta que al fin
observamos síntomas de confusión en nuestras filas; vimos que se
quebraban aquellas compactas líneas, que retrocedían sin orden, que
chocaban unos con otros los grupos de soldados. La división se
conmovió toda, y dos batallones de reserva avanzaron para restablecer
el orden. Gritaban los jefes hasta quedarse sin voz, y todos se ponían
a la cabeza de las columnas, conteniendo a los que flaqueaban y
excitando con ardorosas palabras a los más valientes. Los tercios de
Tejas y el regimiento de Órdenes al frente se lanzaron, mientras el
concierto se restablecía en los cuerpos que hasta entonces habían
sostenido el fuego. Sobre todo el regimiento de Órdenes, uno de los
más valientes del ejército, se arrojó sobre el enemigo con una
impavidez que a todos nos dejó conmovidos de entusiasmo. Su coronel,
D. Francisco de Paula Soler, parecía dar fuego a todos los fusiles con
la arrebatadora llama de sus ojos; con el gesto de su mano derecha
empuñando la espada, que parecía un rayo; con sus gritos, que
sobresalían entre el granizado tiroteo, sublimando a los soldados.
De tal modo arreciaron la metralla y la fusilería enemiga, que casi
toda la primera fila del valiente regimiento de Órdenes cayó, cual si
una gigantesca hoz la segara. Pero sobre los cuerpos palpitantes de la
primera fila pasó la segunda, continuando el fuego. Como si los tiros
franceses persiguieran con inteligente saña las charreteras, el
regimiento vió desaparecer a muchos de sus oficiales.
Reforzáronse también los enemigos, y desplegando nueva línea con gente
de reserva, avanzaron a la bayoneta, pujantes, aterradores,
irresistibles. ¡Momento de incomparable horror! Figurábaseme ver a dos
monstruos que se baten, mordiéndose con rabia, igualmente fuertes, y
que hallan en sus heridas, en vez de cansancio y muerte, nueva cólera
para seguir luchando.
Cuando las bayonetas se cruzaban, el campo ocupado por nuestra
infantería se clareó a trozos; sentimos el crujido de poderosas
cureñas, rebotando en el suelo de hoyo en hoyo al arrastre de las
mulas, castigadas sin piedad, los cañones de a 12 enfilaron el eje de
sus ánimas hacia las líneas enemigas; los botes de metralla penetraron
en el bronce; se atacaron con prontitud febril, y un diluvio de puntas
de hierro, hendiendo horizontalmente el aire, contuvo la marcha del
frente francés. A un disparo sucedía otro; la infantería, rehecha,
flanqueaba los cañones, y para completar el acto de desesperación, un
grito resonó en nuestro regimiento. Todos los caballos patalearon,
expresando en su ignoto lenguaje que comprendían la sublimidad del
momento; apretamos con fuerte puño los sables, y medimos la tierra que
se extendía delante de nosotros. La caballería iba a cargar.
Vimos que a todo escape se nos acercó un General, seguido de gran
número de oficiales. Era el marqués de Coupigny, alto, fuerte, rubio,
colorado de suyo, y en aquella ocasión encendido, como si toda su cara
despidiera fuego. Era Coupigny hombre de pocas palabras; pero suplía
su escasez oratoria con la llama de su mirar, que era por sí una
proclama. Nosotros pusimos atención esperando que nos dijera alguna
cosa; pero el General dispuso con un gesto la dirección del
movimiento, y después nos miró. No necesitamos más.
--¡Viva España! ¡Viva el rey Fernando! ¡Mueran los
franceses!--exclamamos todos; y el escuadrón se puso en movimiento.
Estábamos formados en columna, y nos desplegamos en batalla sobre los
costados, bajando a buen paso, pero sin precipitación, de la altura
donde habíamos estado. Maniobramos luego para tener a nuestro frente
el flanco enemigo; las tropas que por allí atacaban dicho flanco
doblaron por cuartas para darnos paso por los claros; el jefe gritó:
«A la carga»; picamos espuela, y ciegamente caímos sobre el enemigo
como repentina avalancha. Yo, lo mismo que Santorcaz, el mayorazgo y
los demás de la partida, íbamos en la segunda fila. Penetraron
impetuosamente los de la primera, acuchillando sin piedad; los
caballos bramaban de furor, sintiéndose heridos a fuego y a hierro.
Algunos caían, dejando morir a sus jinetes, y otros se arrojaban con
más fuerza, destrozando cuanto hallaban bajo sus poderosas manos. Los
de la primera fila hicieron gran destrozo; pero a los de la segunda
nos costó más trabajo, porque avanzando demasiado los delanteros,
quedamos envueltos por la infantería, lo cual atenuaba un poco nuestra
superioridad. Sin embargo, destrozábamos pechos y cráneos sin piedad.
Yo ví a Rumblar, ciego de ira, luchando cuerpo a cuerpo con un
francés; vi a Santorcaz dando pruebas de tener un puño formidable para
el manejo del sable; usélo con toda la destreza que me era posible, y
lo mismo yo que mis amigos y otros muchos jinetes de mi fila nos
internamos locamente por el grueso de la infantería contraria. Otro
escuadrón daba nueva carga por el mismo flanco, lo cual, observado por
nosotros, nos reanimó. No íbamos mal; pero los franceses eran muchos,
estaban muy hechos a tales embestidas, y sabían defenderse bien de la
pesadumbre de los caballos, así como de los sablazos.
Sin embargo, no retrocedían delante de nosotros. Ya se sabe que siendo
el objeto de la caballería producir un gran sacudimiento y pavor en
las filas enemigas por la violencia del primer choque, cuando éste no
da el resultado apetecido, y se empeñan combates parciales entre los
caballos y una numerosa infantería, los primeros corren gran riesgo de
desaparecer, brutales masas, devoradas en aquel hervidero de agilidad
y destreza. Aunque en la carga les causamos gran daño, no les pusimos
en dispersión: los combates parciales se entablaron pronto, y fué
preciso que la caballería de España, a escape traída del ala
izquierda, nos reforzase, para no ser envueltos y perdidos sin
remisión. Hubo un momento en que me vi próximo a la muerte. A mi lado
no había más que dos o tres jinetes, que se hallaban en trance tan
apurado como yo; nos miramos, y comprendiendo que era preciso hacer un
supremo esfuerzo, arremetimos a sablazos con bastante fortuna. Con
esto y el pronto auxilio de la carga hecha en el mismo instante por la
caballería de España, salimos del apuro. Revolviendo atrás, hundí las
espuelas, y mi caballo se puso de un salto en la nueva fila. No vi a
mi lado más cara conocida que la de Marijuán. El Conde y Santorcaz
habían desaparecido.
En el mismo instante mi caballo flaqueó de sus cuartos traseros.
Intenté hacerle avanzar, clavándole impíamente las espuelas; el noble
animal, comprendiendo sin duda la inmensidad de su deber y tratando de
sobreponerle a la agudeza de su dolor, dió algunos botes; pero cayó al
fin, escarbando la tierra con furia. El desgraciado había recibido una
terrible herida en el vientre, y falto de palabra para expresar su
padecimiento, bramaba, aspirando con ansia el aire inflamado, sacudía
el cuello; parecía dar a entender que hallando un charco de agua en
que remojar la lengua, sus dolores serían menos vivos, y al fin se
abandonó a su suerte, tendiéndose sobre el campo, indiferente al ruido
del cañón y al toque de degüello.