No poco tiempo se me ha ido en describir la posición de los
combatientes, la configuración del terreno y el principio del ataque;
pero no necesito advertir que todo esto pasó en menos tiempo del
empleado por mi tarda pluma en contarlo. Nuestras fuerzas no estaban
convenientemente distribuidas cuando tuvo lugar la primera embestida
de los imperiales. Verificada ésta, no podéis figuraros qué
precipitados movimientos hubo en la tropa española. Las de retaguardia
que aún llenaban la carretera, corrían velozmente a sostener la
izquierda; los cañones ocupaban su puesto; todo era atropellarse y
correr, de tal modo, que por un instante pareció que el primer ataque
de los franceses había producido confusión y pánico en las filas de
Coupigny. En tanto, los de la derecha permanecíamos quietos, y los de
a caballo que ocupábamos parte de la altura, podíamos ver
perfectamente los movimientos del combate.
Tras las primeras descargas de las líneas francesas, éstas se
replegaron, y avanzando la artillería disparó varios tiros a bala
rasa. Ponían ellos en ejecución su táctica propia, consistente en
atacar con mucha energía sobre el punto que juzgaban más débil, para
desconcertar al enemigo desde los primeros momentos. Algo de esto
lograron al principio; pero nosotros teníamos excelente artillería, y
disparando también con bala rasa las seis piezas colocadas en la
carretera y a sus flancos, el centro francés se resintió al instante,
y para reforzarle tuvo que replegar su ala derecha, produciendo esto
un pequeño avance en la división de Coupigny. Entretanto, todos
teníamos fija la vista en el otro extremo de la línea y hacia la
carretera, y olvidábamos la espesura del olivar que estaba delante. De
pronto, las columnas ocultas entre los árboles salieron y se
desplegaron, arrojando un diluvio de balas sobre el frente del ala
derecha. Desde entonces, el fuego, corriéndose de un extremo a otro,
se hizo general en el frente de ambos ejércitos. La caballería, brazo
de los momentos terribles, no funcionaba aún y permanecía detrás,
quieta y relinchante, conteniéndose con sus propias riendas.
Pero a pesar de generalizarse la lucha, en aquel primer período de la
batalla todo el interés continuaba, como he dicho, en el ala
izquierda. Atacada por los franceses con valentía pasmosa, nuestros
batallones de línea retrocedieron un momento. Casi parecía que iban a
abandonar su posición al enemigo; pero bien pronto se rehicieron
tomando la ofensiva al amparo de dos bocas de fuego y de la caballería
de España, que cargó a los franceses por el flanco. Vacilaron un tanto
los imperiales de aquella ala, y gran parte de las fuerzas que habían
salido del olivar se transportaron al otro lado. Su artillería hizo
grandes estragos en nuestra gente; mas con tanta intrepidez se lanzó
ésta sobre las lomas que ocupaba el enemigo entre el camino y el río
Guadiel; con tanta bravura y desprecio de la vida afrontaron los
soldados de línea la mortífera bala rasa y las cargas de la caballería
del general Privé, que llegaron a dominar tan fuerte posición.
Antes que esto sucediera, ocurrieron mil lances de esos que ponen a
cada minuto en duda el éxito de una batalla. Se clareaban nuestras
líneas, especialmente las formadas con voluntarios; volvían a verse
compactas y formidables, avanzando como una muralla de carne;
oscilaban después y parecían resbalar por la pendiente cuando las
patas delanteras de los caballos de los coraceros principiaban a
martillar sobre los pechos de nuestros soldados; luego éstos
rechazaban a los animales con sus haces de bayonetas; caían para
levantarse con frenético ardor o no levantarse nunca, hasta que, por
último, el ala francesa se puso en dispersión, replegándose hacia la
carretera.
Mientras esto pasaba, los de la derecha se sostenían a la defensiva, y
el centro cañoneaba para mantener en respeto al enemigo, porque casi
gran parte de la fuerza había acudido a la izquierda; pero una vez que
se oyeron los gritos de júbilo de los soldados de ésta, posesionados
de la altura, antes en poder de los franceses, y cuando se vió a éstos
aglomerarse sobre su centro, dióse orden de avance a las seis piezas
del nuestro, y por un instante el pánico y desorden del enemigo fueron
extraordinarios. Para concertarse de nuevo y formar otra vez sus
columnas tuvieron que retroceder al otro lado del puente del
Herrumblar. Viéndoles en mal estado, se trató de lanzar toda la
caballería en su persecución; pero varias de sus piezas, desmontadas
por nuestras balas, obstruían el camino, también entorpecido con los
espaldones que habían empezado a formar. El sol esparcía ya sus rayos
por el horizonte. Nuestros cuerpos proyectaban en la tierra y hacia
adelante larguísimas sombras negras. Cada animal, con su jinete,
dibujaba en el suelo una caricatura de hombre y caballo, escueta,
enjuta, disparatada, y todo el suelo estaba lleno de aquellas absurdas
legiones de sombras que harían reír a un chico de escuela.
Os reiréis de verme ocupado en tan triviales observaciones; pero así
era, y no tengo por qué ocultarlo. En aquel momento estábamos en una
corta tregua, aunque la cosa no pareciera próxima a concluir. Hasta
entonces sólo habíamos sido atacados por una parte de las fuerzas
enemigas, pues la división de Barbou, algo rezagada, no estaba aún en
el campo francés. Entretanto, y mientras se tomaban disposiciones para
rechazar un segundo ataque, que no sabíamos si sería por la derecha o
por el centro, retiraban los españoles sus heridos, que no eran pocos;
mas no ciertamente en mi división, la cual estuviera hasta entonces a
la defensiva, tiroteándose ambos frentes a alguna distancia. Mi
regimiento permanecía intacto, reservado sin duda para alguna ocasión
solemne.
Los franceses no tardaron en intentar la adquisición del puente
perdido. Su primer ataque fué débil, pero el segundo violentísimo. Oíd
cómo fué el primero. La infantería española, desplegándose en
guerrillas a un lado y a otro del camino, les azotaba con espeso
tiroteo. Lanzaron ellos sus caballos por el puente; mas con tan poca
fortuna, que tras de una pequeña ventaja obtenida por el empuje de
aquella poderosa fuerza, tuvieron que retirarse; pasada la sorpresa,
nuestros infantes les acribillaron a bayonetazos, dejando un
sinnúmero de jinetes en el suelo y otros precipitados por cima de los
pretiles al lecho del arroyo. No tuvimos tan buena suerte en el
segundo ataque, porque renunciando ellos a poner en movimiento la
caballería en lugar angosto, atacaron a la bayoneta con tanta fiereza,
que nuestros regimientos de línea, y aun los valientes valones y
suizos, retrocedieron aterrados. Oí contar en la tarde de aquel mismo
día a un soldado de los tiradores de Utrera, presente en aquel lance,
que los franceses, en su mayor parte militares viejos, cargaron a la
bayoneta con furia sublime, que producía en los nuestros, además del
desastre físico, una gran inferioridad moral. Me dijo que se
espantaron, que en un momento viéronse pequeños, mientras que los
franceses se agrandaban, presentándose como una falange de millones de
hombres; que los vivas al Emperador y los gritos de cólera eran tan
furiosamente pronunciados, que parecían matar también por el solo
efecto del sonido, y que, por último, sintiendo los de acá desfallecer
su entusiasmo y al mismo tiempo un repentino, invencible cariño a la
vida, abandonaron aquel puente mezquino, ardientemente disputado por
dos naciones, y que al fin quedó por Francia. El efecto moral de esta
pérdida fué muy notable entre nosotros. Advirtióse claramente en todo
el ejército como un estremecimiento de inquietud que, partiendo de
aquel gran corazón compuesto de diez y ocho mil corazones, se
transmitía al tembloroso fusil, asido por la indecisa mano.
Entonces pude observar cómo se individualiza un ejército, cómo se hace
de tantos uno solo, resumiendo de un modo milagroso los sentimientos
lo mismo que se resume la fuerza; pude observar cómo aquella gran masa
recibe y transmite las impresiones del combate con la presteza y
uniformidad de un solo sistema nervioso; cómo todos los movimientos
del organismo físico, desde la mano del General en Jefe hasta el casco
del último caballo, obedecen a la alegría de un momento, a la pena de
otro momento, a las angustiosas alternativas que en el discurso de
pocas horas consiente y dispone Dios, espectador no indiferente de
estas barbaridades de los hombres.
La pérdida del puente sobre el Herrumblar, que al amanecer se había
ganado, hizo que el ala derecha retrocediera buscando mejor posición.
Casi todas las posiciones se variaron. Los generales conocían la
inminencia de un ataque terrible, los soldados viejos la preveían, los
bisoños la sospechábamos, y nuestros caballos, reculando y
estrechándose unos contra otros, olían en el espacio, digámoslo así,
la proximidad de una gran carnicería.
Eran las seis de la mañana y el calor principiaba a dejarse sentir con
mucha fuerza. Sentíamos ya en las espaldas aquel fuego que más tarde
había de hacernos el efecto de tener por medula espinal una barra de
metal fundido. No habíamos probado cosa alguna desde la noche
anterior, y una parte del ejército ni aun en la noche anterior había
comido nada. Pero este malestar era insignificante comparado con otro
que desde la mañana principió a atormentarnos: la sed, que todo lo
destruye, alma y cuerpo, infundiendo una rabia inútil para la guerra,
porque no se sacia matando. Es verdad que de Bailén salían en bandadas
multitud de mujeres con cántaros de agua para refrescarnos; pero de
este socorro apenas podía participar una pequeña parte de la tropa,
porque los que estaban en el frente no tenían tiempo para ello. Más de
una vez aquellas valerosas mujeres se expusieron al fuego, penetrando
en los sitios de mayor peligro, y llevando sus alcarrazas a los
artilleros del centro. En los puntos de mayor peligro, y donde era
preciso estar con el arma en el puño constantemente, nos disputábamos
un chorro de agua con atropellada brutalidad: rompíanse los cántaros
al choque de veinte manos que los querían coger, caía el agua al
suelo, y la tierra, más sedienta aún que los hombres, se la chupaba en
un segundo.