XXV

No poco tiempo se me ha ido en describir la posición de los

combatientes, la configuración del terreno y el principio del ataque;

pero no necesito advertir que todo esto pasó en menos tiempo del

empleado por mi tarda pluma en contarlo. Nuestras fuerzas no estaban

convenientemente distribuidas cuando tuvo lugar la primera embestida

de los imperiales. Verificada ésta, no podéis figuraros qué

precipitados movimientos hubo en la tropa española. Las de retaguardia

que aún llenaban la carretera, corrían velozmente a sostener la

izquierda; los cañones ocupaban su puesto; todo era atropellarse y

correr, de tal modo, que por un instante pareció que el primer ataque

de los franceses había producido confusión y pánico en las filas de

Coupigny. En tanto, los de la derecha permanecíamos quietos, y los de

a caballo que ocupábamos parte de la altura, podíamos ver

perfectamente los movimientos del combate.

Tras las primeras descargas de las líneas francesas, éstas se

replegaron, y avanzando la artillería disparó varios tiros a bala

rasa. Ponían ellos en ejecución su táctica propia, consistente en

atacar con mucha energía sobre el punto que juzgaban más débil, para

desconcertar al enemigo desde los primeros momentos. Algo de esto

lograron al principio; pero nosotros teníamos excelente artillería, y

disparando también con bala rasa las seis piezas colocadas en la

carretera y a sus flancos, el centro francés se resintió al instante,

y para reforzarle tuvo que replegar su ala derecha, produciendo esto

un pequeño avance en la división de Coupigny. Entretanto, todos

teníamos fija la vista en el otro extremo de la línea y hacia la

carretera, y olvidábamos la espesura del olivar que estaba delante. De

pronto, las columnas ocultas entre los árboles salieron y se

desplegaron, arrojando un diluvio de balas sobre el frente del ala

derecha. Desde entonces, el fuego, corriéndose de un extremo a otro,

se hizo general en el frente de ambos ejércitos. La caballería, brazo

de los momentos terribles, no funcionaba aún y permanecía detrás,

quieta y relinchante, conteniéndose con sus propias riendas.

Pero a pesar de generalizarse la lucha, en aquel primer período de la

batalla todo el interés continuaba, como he dicho, en el ala

izquierda. Atacada por los franceses con valentía pasmosa, nuestros

batallones de línea retrocedieron un momento. Casi parecía que iban a

abandonar su posición al enemigo; pero bien pronto se rehicieron

tomando la ofensiva al amparo de dos bocas de fuego y de la caballería

de España, que cargó a los franceses por el flanco. Vacilaron un tanto

los imperiales de aquella ala, y gran parte de las fuerzas que habían

salido del olivar se transportaron al otro lado. Su artillería hizo

grandes estragos en nuestra gente; mas con tanta intrepidez se lanzó

ésta sobre las lomas que ocupaba el enemigo entre el camino y el río

Guadiel; con tanta bravura y desprecio de la vida afrontaron los

soldados de línea la mortífera bala rasa y las cargas de la caballería

del general Privé, que llegaron a dominar tan fuerte posición.

Antes que esto sucediera, ocurrieron mil lances de esos que ponen a

cada minuto en duda el éxito de una batalla. Se clareaban nuestras

líneas, especialmente las formadas con voluntarios; volvían a verse

compactas y formidables, avanzando como una muralla de carne;

oscilaban después y parecían resbalar por la pendiente cuando las

patas delanteras de los caballos de los coraceros principiaban a

martillar sobre los pechos de nuestros soldados; luego éstos

rechazaban a los animales con sus haces de bayonetas; caían para

levantarse con frenético ardor o no levantarse nunca, hasta que, por

último, el ala francesa se puso en dispersión, replegándose hacia la

carretera.

Mientras esto pasaba, los de la derecha se sostenían a la defensiva, y

el centro cañoneaba para mantener en respeto al enemigo, porque casi

gran parte de la fuerza había acudido a la izquierda; pero una vez que

se oyeron los gritos de júbilo de los soldados de ésta, posesionados

de la altura, antes en poder de los franceses, y cuando se vió a éstos

aglomerarse sobre su centro, dióse orden de avance a las seis piezas

del nuestro, y por un instante el pánico y desorden del enemigo fueron

extraordinarios. Para concertarse de nuevo y formar otra vez sus

columnas tuvieron que retroceder al otro lado del puente del

Herrumblar. Viéndoles en mal estado, se trató de lanzar toda la

caballería en su persecución; pero varias de sus piezas, desmontadas

por nuestras balas, obstruían el camino, también entorpecido con los

espaldones que habían empezado a formar. El sol esparcía ya sus rayos

por el horizonte. Nuestros cuerpos proyectaban en la tierra y hacia

adelante larguísimas sombras negras. Cada animal, con su jinete,

dibujaba en el suelo una caricatura de hombre y caballo, escueta,

enjuta, disparatada, y todo el suelo estaba lleno de aquellas absurdas

legiones de sombras que harían reír a un chico de escuela.

Os reiréis de verme ocupado en tan triviales observaciones; pero así

era, y no tengo por qué ocultarlo. En aquel momento estábamos en una

corta tregua, aunque la cosa no pareciera próxima a concluir. Hasta

entonces sólo habíamos sido atacados por una parte de las fuerzas

enemigas, pues la división de Barbou, algo rezagada, no estaba aún en

el campo francés. Entretanto, y mientras se tomaban disposiciones para

rechazar un segundo ataque, que no sabíamos si sería por la derecha o

por el centro, retiraban los españoles sus heridos, que no eran pocos;

mas no ciertamente en mi división, la cual estuviera hasta entonces a

la defensiva, tiroteándose ambos frentes a alguna distancia. Mi

regimiento permanecía intacto, reservado sin duda para alguna ocasión

solemne.

Los franceses no tardaron en intentar la adquisición del puente

perdido. Su primer ataque fué débil, pero el segundo violentísimo. Oíd

cómo fué el primero. La infantería española, desplegándose en

guerrillas a un lado y a otro del camino, les azotaba con espeso

tiroteo. Lanzaron ellos sus caballos por el puente; mas con tan poca

fortuna, que tras de una pequeña ventaja obtenida por el empuje de

aquella poderosa fuerza, tuvieron que retirarse; pasada la sorpresa,

nuestros infantes les acribillaron a bayonetazos, dejando un

sinnúmero de jinetes en el suelo y otros precipitados por cima de los

pretiles al lecho del arroyo. No tuvimos tan buena suerte en el

segundo ataque, porque renunciando ellos a poner en movimiento la

caballería en lugar angosto, atacaron a la bayoneta con tanta fiereza,

que nuestros regimientos de línea, y aun los valientes valones y

suizos, retrocedieron aterrados. Oí contar en la tarde de aquel mismo

día a un soldado de los tiradores de Utrera, presente en aquel lance,

que los franceses, en su mayor parte militares viejos, cargaron a la

bayoneta con furia sublime, que producía en los nuestros, además del

desastre físico, una gran inferioridad moral. Me dijo que se

espantaron, que en un momento viéronse pequeños, mientras que los

franceses se agrandaban, presentándose como una falange de millones de

hombres; que los vivas al Emperador y los gritos de cólera eran tan

furiosamente pronunciados, que parecían matar también por el solo

efecto del sonido, y que, por último, sintiendo los de acá desfallecer

su entusiasmo y al mismo tiempo un repentino, invencible cariño a la

vida, abandonaron aquel puente mezquino, ardientemente disputado por

dos naciones, y que al fin quedó por Francia. El efecto moral de esta

pérdida fué muy notable entre nosotros. Advirtióse claramente en todo

el ejército como un estremecimiento de inquietud que, partiendo de

aquel gran corazón compuesto de diez y ocho mil corazones, se

transmitía al tembloroso fusil, asido por la indecisa mano.

Entonces pude observar cómo se individualiza un ejército, cómo se hace

de tantos uno solo, resumiendo de un modo milagroso los sentimientos

lo mismo que se resume la fuerza; pude observar cómo aquella gran masa

recibe y transmite las impresiones del combate con la presteza y

uniformidad de un solo sistema nervioso; cómo todos los movimientos

del organismo físico, desde la mano del General en Jefe hasta el casco

del último caballo, obedecen a la alegría de un momento, a la pena de

otro momento, a las angustiosas alternativas que en el discurso de

pocas horas consiente y dispone Dios, espectador no indiferente de

estas barbaridades de los hombres.

La pérdida del puente sobre el Herrumblar, que al amanecer se había

ganado, hizo que el ala derecha retrocediera buscando mejor posición.

Casi todas las posiciones se variaron. Los generales conocían la

inminencia de un ataque terrible, los soldados viejos la preveían, los

bisoños la sospechábamos, y nuestros caballos, reculando y

estrechándose unos contra otros, olían en el espacio, digámoslo así,

la proximidad de una gran carnicería.

Eran las seis de la mañana y el calor principiaba a dejarse sentir con

mucha fuerza. Sentíamos ya en las espaldas aquel fuego que más tarde

había de hacernos el efecto de tener por medula espinal una barra de

metal fundido. No habíamos probado cosa alguna desde la noche

anterior, y una parte del ejército ni aun en la noche anterior había

comido nada. Pero este malestar era insignificante comparado con otro

que desde la mañana principió a atormentarnos: la sed, que todo lo

destruye, alma y cuerpo, infundiendo una rabia inútil para la guerra,

porque no se sacia matando. Es verdad que de Bailén salían en bandadas

multitud de mujeres con cántaros de agua para refrescarnos; pero de

este socorro apenas podía participar una pequeña parte de la tropa,

porque los que estaban en el frente no tenían tiempo para ello. Más de

una vez aquellas valerosas mujeres se expusieron al fuego, penetrando

en los sitios de mayor peligro, y llevando sus alcarrazas a los

artilleros del centro. En los puntos de mayor peligro, y donde era

preciso estar con el arma en el puño constantemente, nos disputábamos

un chorro de agua con atropellada brutalidad: rompíanse los cántaros

al choque de veinte manos que los querían coger, caía el agua al

suelo, y la tierra, más sedienta aún que los hombres, se la chupaba en

un segundo.

Bailén · 第 26 / 47 题