XXIV

Todos callamos; detuviéronse las columnas que habían comenzado a

marchar, y desde el primero al último soldado prestamos atención al

tiroteo, que sonaba delante de nosotros a la derecha del camino y a

bastante distancia. Corrieron por las filas opiniones contradictorias

respecto a la causa del hecho. Yo me alzaba sobre los estribos,

procurando distinguir algo; pero además de ser la noche obscurísima,

las descargas eran tan lejanas, que no se alcanzaba a ver el fogonazo.

--Nuestras columnas avanzadas--dijo Santorcaz--habrán encontrado algún

destacamento francés que viene a reconocer el camino.

--Ha cesado el fuego--dije yo--. ¿Echamos a andar? Parece que dan

orden de marcha.

--O yo estoy lelo, o la artillería de la vanguardia ha salido del

camino.

Oyóse otra vez el tiroteo, más vivo aún y más cercano, y en la

vanguardia se operaron varios movimientos, cuyas oscilaciones llegaron

hasta nosotros. Sin duda algo grave pasaba, puesto que el ejército

todo se estremeció desde su cabeza hasta su cola. Un largo rato

permanecimos en la mayor ansiedad, pidiéndonos unos a otros noticias

de lo que ocurría; pero en nuestro regimiento no se sabía nada; todos

los generales corrieron hacia la izquierda del camino, y los jefes de

los batallones aguardaban órdenes decisivas del Estado Mayor. Por

último, un oficial que a escape volvía en dirección a la retaguardia,

nos sacó de dudas, confirmando lo que en todo el ejército no era más

que halagüeña sospecha. ¡Los franceses, los franceses venían a nuestro

encuentro! Teníamos enfrente a Dupont con todo su ejército, cuyas

avanzadas principiaban a escaramucear con las nuestras. Cuando

nosotros nos preparábamos a salir para buscarle en Andújar, llegaba él

a Bailén de paso para La Carolina, donde creía encontrarnos. De

improviso unos cuantos tiros les sorprenden a ellos tanto como a

nosotros; detienen el paso; extendemos nosotros la vista con ansiedad

y recelo en la obscura noche; todos ponemos atento el oído, y al fin

nos reconocemos, sin vernos, porque el corazón a unos y otros nos

dice: «Ahí están.»

Cuando no quedó duda de que teníamos enfrente al enemigo, el ejército

se sintió al pronto electrizado por cierto religioso entusiasmo. Vivas

y mueras sonaron en las filas; pero al poco rato todo calló. Los

ejércitos tienen momentos de entusiasmo y momentos de meditación:

nosotros meditábamos.

Sin embargo, no tardó en producirse fuertísimo ruido. Los generales

empezaron a señalar posiciones. Todas las tropas que aún permanecían

en las calles del pueblo, salieron más que de prisa, y la caballería

fué sacada de la carretera por el lado derecho. Corrimos un rato por

terreno de ligera pendiente; bajamos después, volvimos a subir, y al

fin se nos mandó hacer alto. Nada se veía, ni el terreno ni el

enemigo; únicamente distinguíamos desde nuestra posición los

movimientos de la artillería española, que avanzaba por la carretera

con bastante presteza. Entonces sentimos camino abajo, y como a

distancia de tres cuartos de legua, un nuevo tiroteo que cesó al poco

rato, reproduciéndose después a mayor distancia. Las avanzadas

francesas retrocedían y Dupont tomaba posiciones.

--¿Qué hora es?--nos preguntábamos unos a otros, anhelando que un rayo

de sol alumbrase el terreno en que íbamos a combatir.

No veíamos nada, a no ser vagas formas del suelo a lo lejos; y las

manchas de olivos nos parecían gigantes, y las lomas de los cerros el

perfil de un gigantesco convoy. Un accidente noté que prestaba extraña

tristeza a la situación: era el canto de los gallos que a lo lejos se

oía, anunciando la aurora. Jamás escuché un sonido que tan

profundamente me conmoviera como aquella voz de los vigilantes del

hogar desgañitándose por llamar al hombre a la guerra.

Nuevamente se nos hizo cambiar de posición, llevándonos más adelante a

espaldas de una batería, y flanqueados por una columna de tropa de

línea. Gran parte de la caballería fué trasladada al lado izquierdo;

pero a mí, con el regimiento de Farnesio, me tocó permanecer en el ala

derecha.

De repente una granada visitó con estruendo nuestro campo, reventando

hacia la izquierda, por donde estaban los generales. Era como un

saludo de cortesanía entre dos guerreros que se van a matar; un tanteo

de fuerzas, una bravata echada al aire para explorar el ánimo del

contrario. Nuestra artillería, poco amiga de fanfarronadas, calló. Sin

embargo, los franceses, ansiando tomar la ofensiva, con ánimo de

aterrarnos, acometieron a una columna de la vanguardia que se

destacaba para ocupar una altura, y la lóbrega noche se iluminó con

relámpagos, que interrumpiéndose luego, volvieron a encenderse al

poco rato en la misma dirección.

Por último, aquellas tinieblas en que se habían cruzado los

resplandores de los primeros tiros, comenzaron a disiparse;

vislumbramos las recortaduras de los cerros lejanos, de aquel suave,

inmóvil oleaje de tierra, semejante a un mar de fango, petrificado en

el apogeo de sus tempestades; principiamos a distinguir el ondular de

la carretera, blanqueada por su propio polvo, y las masas negras del

ejército, diseminado en columnas y en líneas; empezamos a ver la

azulada masa de los olivares en el fondo y a mano derecha; a la

izquierda las colinas que iban descendiendo hacia el río. Débil y

blanquecina claridad azuló el cielo antes negro. Volviendo atrás

nuestros ojos, vimos la irradiación de la aurora, un resplandor que

surgía detrás de las montañas; y mirándonos después unos a otros, nos

vimos, nos reconocimos, observamos claramente a los de la segunda

fila, a los de la tercera, a los de más allá, y nos encontramos con

las mismas caras del día anterior. La claridad aumentaba por grados;

distinguíamos los rastrojos, las hierbas agostadas, y después las

bayonetas de la infantería, las bocas de los cañones, y a lo lejos las

masas enemigas, moviéndose sin cesar de derecha a izquierda. Volvieron

a cantar los gallos. La luz, única cosa que faltaba para dar la

batalla, había llegado, y con la presencia del gran testigo, todo era

completo.

Ya se podía conocer perfectamente todo el campo. Prestad atención y

sabréis cómo era. El centro de la fuerza española ocupaba la carretera

con la espalda hacia Bailén, de allí poco distante; a la derecha del

camino por nuestra parte se alzaban unas pequeñas lomas que a lo lejos

subían lentamente hasta confundirse con los primeros estribos de la

sierra; a la izquierda también había un cerro; pero éste caía después

en la margen del río Guadiel, casi seco en verano, y que desembocaba

en el Guadalquivir, cerca de Espelúy. Ocupaba el centro, a un lado y

otro del camino, poderosa batería de cañones, apoyada por

considerables fuerzas de infantería; a la izquierda estaba Coupigny

con los regimientos de Bujalance, Ciudad Real, Trujillo, Cuenca,

Zapadores y la caballería de España; a la derecha estábamos, además de

la caballería de Farnesio, los tercios de Tejas, los suizos, los

valones, el regimiento de Órdenes, el de Jaén, Irlanda y voluntarios

de Utrera. Mandábanos el Brigadier D. Pedro Grimarest. Los franceses

ocupaban la carretera por la dirección de Andújar y tenían su

principal punto de apoyo en un espeso olivar situado frente a nuestra

derecha; por consiguiente, servía de resguardo a su ala izquierda.

Asimismo ocupaban los cerros del lado opuesto con numerosa infantería

y un regimiento de coraceros, y a su espalda tenían el arroyo de

Herrumblar, también seco en verano, que habían pasado. Tal era la

situación de los dos ejércitos, cuando la primera luz nos permitió

vernos las caras. Creo que entrambos nos encontramos respectivamente

muy feos.

--¿Qué le parece a usted esta aventura, Sr. D. Diego?--dijo

Santorcaz.

--Estoy entusiasmado--replicó el mozuelo--, y deseo que nos manden

cargar sobre las filas francesas. ¡Y mi señora madre empeñada en que

conservara yo aquella espada vieja sin filo ni punta...!

--¿Está usía sereno?--le preguntó Marijuán.

--Tan sereno que no me cambiaría por el emperador Napoleón--repuso el

Conde--. Yo sé que no puede pasarme nada, porque llevo el escapulario

de la Virgen de Araceli que me dieron mis hermanitas, con lo cual

dicho se está que me puedo poner delante de un cañón. ¿Y usted, Sr. de

Santorcaz, tiene miedo?

--¿Yo?--repuso D. Luis con cierta tristeza--. Ya sabe usted que estuve

en Hollabrünn, en Austerlitz y en Jena.

--Pues entonces...

--Por lo mismo que presencié tan terribles acciones de guerra, tengo

miedo.

--¡Miedo! Pues fuera de la fila. Aquí no se quiere gente medrosa.

--No hay soldado aguerrido--afirmó Santorcaz--que no tenga miedo al

empezar la batalla, por lo mismo que sabe lo que es.

Oído esto, casi todos los bisoños que poco antes reíamos a carcajada

tendida, saludándonos con bravatas y dicharachos, conforme a la

guerrera exaltación que nos poseía, callamos, mirándonos unos a otros,

para cerciorarse cada cual de que no era él solo quien tenía miedo.

--¿Sabéis lo que me ordenó mi señora madre que hiciera al comenzar la

batalla?--indicó Rumblar--. Pues que rezara un Avemaría con toda

devoción. Ha llegado el momento. «Dios te salve, María...»

El mayorazguito continuó en voz baja el Avemaría que había empezado en

alta voz, y todos los de nuestra fila le imitaron, como si aquello en

vez de escuadrón fuera un coro de religioso rezo, y lo más extraño fué

que Santorcaz, poniéndose pálido, cerrando los ojos, y quitándose el

sombrero con humilde gesto, dijo también «Santa María...»

Aún resonaba en el aire la fervorosa invocación, cuando un estruendo

formidable retumbó en las avanzadas de ambos ejércitos. Las columnas

francesas del ala derecha se desplegaron en línea y rompieron el fuego

contra nuestra izquierda.

Bailén · 第 25 / 47 题