Todos callamos; detuviéronse las columnas que habían comenzado a
marchar, y desde el primero al último soldado prestamos atención al
tiroteo, que sonaba delante de nosotros a la derecha del camino y a
bastante distancia. Corrieron por las filas opiniones contradictorias
respecto a la causa del hecho. Yo me alzaba sobre los estribos,
procurando distinguir algo; pero además de ser la noche obscurísima,
las descargas eran tan lejanas, que no se alcanzaba a ver el fogonazo.
--Nuestras columnas avanzadas--dijo Santorcaz--habrán encontrado algún
destacamento francés que viene a reconocer el camino.
--Ha cesado el fuego--dije yo--. ¿Echamos a andar? Parece que dan
orden de marcha.
--O yo estoy lelo, o la artillería de la vanguardia ha salido del
camino.
Oyóse otra vez el tiroteo, más vivo aún y más cercano, y en la
vanguardia se operaron varios movimientos, cuyas oscilaciones llegaron
hasta nosotros. Sin duda algo grave pasaba, puesto que el ejército
todo se estremeció desde su cabeza hasta su cola. Un largo rato
permanecimos en la mayor ansiedad, pidiéndonos unos a otros noticias
de lo que ocurría; pero en nuestro regimiento no se sabía nada; todos
los generales corrieron hacia la izquierda del camino, y los jefes de
los batallones aguardaban órdenes decisivas del Estado Mayor. Por
último, un oficial que a escape volvía en dirección a la retaguardia,
nos sacó de dudas, confirmando lo que en todo el ejército no era más
que halagüeña sospecha. ¡Los franceses, los franceses venían a nuestro
encuentro! Teníamos enfrente a Dupont con todo su ejército, cuyas
avanzadas principiaban a escaramucear con las nuestras. Cuando
nosotros nos preparábamos a salir para buscarle en Andújar, llegaba él
a Bailén de paso para La Carolina, donde creía encontrarnos. De
improviso unos cuantos tiros les sorprenden a ellos tanto como a
nosotros; detienen el paso; extendemos nosotros la vista con ansiedad
y recelo en la obscura noche; todos ponemos atento el oído, y al fin
nos reconocemos, sin vernos, porque el corazón a unos y otros nos
dice: «Ahí están.»
Cuando no quedó duda de que teníamos enfrente al enemigo, el ejército
se sintió al pronto electrizado por cierto religioso entusiasmo. Vivas
y mueras sonaron en las filas; pero al poco rato todo calló. Los
ejércitos tienen momentos de entusiasmo y momentos de meditación:
nosotros meditábamos.
Sin embargo, no tardó en producirse fuertísimo ruido. Los generales
empezaron a señalar posiciones. Todas las tropas que aún permanecían
en las calles del pueblo, salieron más que de prisa, y la caballería
fué sacada de la carretera por el lado derecho. Corrimos un rato por
terreno de ligera pendiente; bajamos después, volvimos a subir, y al
fin se nos mandó hacer alto. Nada se veía, ni el terreno ni el
enemigo; únicamente distinguíamos desde nuestra posición los
movimientos de la artillería española, que avanzaba por la carretera
con bastante presteza. Entonces sentimos camino abajo, y como a
distancia de tres cuartos de legua, un nuevo tiroteo que cesó al poco
rato, reproduciéndose después a mayor distancia. Las avanzadas
francesas retrocedían y Dupont tomaba posiciones.
--¿Qué hora es?--nos preguntábamos unos a otros, anhelando que un rayo
de sol alumbrase el terreno en que íbamos a combatir.
No veíamos nada, a no ser vagas formas del suelo a lo lejos; y las
manchas de olivos nos parecían gigantes, y las lomas de los cerros el
perfil de un gigantesco convoy. Un accidente noté que prestaba extraña
tristeza a la situación: era el canto de los gallos que a lo lejos se
oía, anunciando la aurora. Jamás escuché un sonido que tan
profundamente me conmoviera como aquella voz de los vigilantes del
hogar desgañitándose por llamar al hombre a la guerra.
Nuevamente se nos hizo cambiar de posición, llevándonos más adelante a
espaldas de una batería, y flanqueados por una columna de tropa de
línea. Gran parte de la caballería fué trasladada al lado izquierdo;
pero a mí, con el regimiento de Farnesio, me tocó permanecer en el ala
derecha.
De repente una granada visitó con estruendo nuestro campo, reventando
hacia la izquierda, por donde estaban los generales. Era como un
saludo de cortesanía entre dos guerreros que se van a matar; un tanteo
de fuerzas, una bravata echada al aire para explorar el ánimo del
contrario. Nuestra artillería, poco amiga de fanfarronadas, calló. Sin
embargo, los franceses, ansiando tomar la ofensiva, con ánimo de
aterrarnos, acometieron a una columna de la vanguardia que se
destacaba para ocupar una altura, y la lóbrega noche se iluminó con
relámpagos, que interrumpiéndose luego, volvieron a encenderse al
poco rato en la misma dirección.
Por último, aquellas tinieblas en que se habían cruzado los
resplandores de los primeros tiros, comenzaron a disiparse;
vislumbramos las recortaduras de los cerros lejanos, de aquel suave,
inmóvil oleaje de tierra, semejante a un mar de fango, petrificado en
el apogeo de sus tempestades; principiamos a distinguir el ondular de
la carretera, blanqueada por su propio polvo, y las masas negras del
ejército, diseminado en columnas y en líneas; empezamos a ver la
azulada masa de los olivares en el fondo y a mano derecha; a la
izquierda las colinas que iban descendiendo hacia el río. Débil y
blanquecina claridad azuló el cielo antes negro. Volviendo atrás
nuestros ojos, vimos la irradiación de la aurora, un resplandor que
surgía detrás de las montañas; y mirándonos después unos a otros, nos
vimos, nos reconocimos, observamos claramente a los de la segunda
fila, a los de la tercera, a los de más allá, y nos encontramos con
las mismas caras del día anterior. La claridad aumentaba por grados;
distinguíamos los rastrojos, las hierbas agostadas, y después las
bayonetas de la infantería, las bocas de los cañones, y a lo lejos las
masas enemigas, moviéndose sin cesar de derecha a izquierda. Volvieron
a cantar los gallos. La luz, única cosa que faltaba para dar la
batalla, había llegado, y con la presencia del gran testigo, todo era
completo.
Ya se podía conocer perfectamente todo el campo. Prestad atención y
sabréis cómo era. El centro de la fuerza española ocupaba la carretera
con la espalda hacia Bailén, de allí poco distante; a la derecha del
camino por nuestra parte se alzaban unas pequeñas lomas que a lo lejos
subían lentamente hasta confundirse con los primeros estribos de la
sierra; a la izquierda también había un cerro; pero éste caía después
en la margen del río Guadiel, casi seco en verano, y que desembocaba
en el Guadalquivir, cerca de Espelúy. Ocupaba el centro, a un lado y
otro del camino, poderosa batería de cañones, apoyada por
considerables fuerzas de infantería; a la izquierda estaba Coupigny
con los regimientos de Bujalance, Ciudad Real, Trujillo, Cuenca,
Zapadores y la caballería de España; a la derecha estábamos, además de
la caballería de Farnesio, los tercios de Tejas, los suizos, los
valones, el regimiento de Órdenes, el de Jaén, Irlanda y voluntarios
de Utrera. Mandábanos el Brigadier D. Pedro Grimarest. Los franceses
ocupaban la carretera por la dirección de Andújar y tenían su
principal punto de apoyo en un espeso olivar situado frente a nuestra
derecha; por consiguiente, servía de resguardo a su ala izquierda.
Asimismo ocupaban los cerros del lado opuesto con numerosa infantería
y un regimiento de coraceros, y a su espalda tenían el arroyo de
Herrumblar, también seco en verano, que habían pasado. Tal era la
situación de los dos ejércitos, cuando la primera luz nos permitió
vernos las caras. Creo que entrambos nos encontramos respectivamente
muy feos.
--¿Qué le parece a usted esta aventura, Sr. D. Diego?--dijo
Santorcaz.
--Estoy entusiasmado--replicó el mozuelo--, y deseo que nos manden
cargar sobre las filas francesas. ¡Y mi señora madre empeñada en que
conservara yo aquella espada vieja sin filo ni punta...!
--¿Está usía sereno?--le preguntó Marijuán.
--Tan sereno que no me cambiaría por el emperador Napoleón--repuso el
Conde--. Yo sé que no puede pasarme nada, porque llevo el escapulario
de la Virgen de Araceli que me dieron mis hermanitas, con lo cual
dicho se está que me puedo poner delante de un cañón. ¿Y usted, Sr. de
Santorcaz, tiene miedo?
--¿Yo?--repuso D. Luis con cierta tristeza--. Ya sabe usted que estuve
en Hollabrünn, en Austerlitz y en Jena.
--Pues entonces...
--Por lo mismo que presencié tan terribles acciones de guerra, tengo
miedo.
--¡Miedo! Pues fuera de la fila. Aquí no se quiere gente medrosa.
--No hay soldado aguerrido--afirmó Santorcaz--que no tenga miedo al
empezar la batalla, por lo mismo que sabe lo que es.
Oído esto, casi todos los bisoños que poco antes reíamos a carcajada
tendida, saludándonos con bravatas y dicharachos, conforme a la
guerrera exaltación que nos poseía, callamos, mirándonos unos a otros,
para cerciorarse cada cual de que no era él solo quien tenía miedo.
--¿Sabéis lo que me ordenó mi señora madre que hiciera al comenzar la
batalla?--indicó Rumblar--. Pues que rezara un Avemaría con toda
devoción. Ha llegado el momento. «Dios te salve, María...»
El mayorazguito continuó en voz baja el Avemaría que había empezado en
alta voz, y todos los de nuestra fila le imitaron, como si aquello en
vez de escuadrón fuera un coro de religioso rezo, y lo más extraño fué
que Santorcaz, poniéndose pálido, cerrando los ojos, y quitándose el
sombrero con humilde gesto, dijo también «Santa María...»
Aún resonaba en el aire la fervorosa invocación, cuando un estruendo
formidable retumbó en las avanzadas de ambos ejércitos. Las columnas
francesas del ala derecha se desplegaron en línea y rompieron el fuego
contra nuestra izquierda.