Cuando entramos en Bailén, ya muy avanzada la noche, nos sorprendió
mucho el no ver ninguna fuerza francesa a la entrada del pueblo para
disputarnos el paso. ¿Adónde habían ido los franceses? ¿Qué les
pasaba, cuando ni por precaución dejaron allí un par de batallones
para guardar punto tan importante? Pronto salimos de dudas, porque de
boca de los habitantes de Bailén, que salieron en masa a recibirnos,
supimos que la división Vedel había pasado por allí en dirección a La
Carolina.
--Nosotros les hacíamos a ustedes en Linares--dijo D. Paco, que
también salió a nuestro encuentro, rebosando de júbilo--. ¡Oh!, Sr.
Conde, niño mío... ¿Está por ventura herido Vuestra Excelencia? Vamos
un rato a casa, donde la Sra. Condesa y las niñas están rezando por el
buen éxito de la guerra. ¿No darán un descanso a las tropas?
Nuestro General había determinado salir en seguida para Andújar; pero
como ocupábamos todo el pueblo, pudimos llegarnos a la casa de
nuestro amo, en cuya sala baja se nos dió un tentempié muy
confortante.
--Es un milagro que podamos daros estos cuantos panes y estas onzas de
chocolate crudo--nos dijo D. Paco al ofrecernos aquellos artículos--.
Los franceses no han dejado nada. ¡Qué horroroso saqueo! Y gracias que
quedamos con vida. ¡Ay!, la Sra. Condesa salió a recibirlos con una
serenidad que me espantó. Yo temblaba, y tuve que esconderme en el
oratorio, porque delante de ellos hubiera perdido la dignidad de mi
carácter. ¡Qué modo de saquear!...; en una palabra, la paja de los
caballos, las gallinas del corral, los huevos, hasta unos tomates que
tenía yo guardaditos en mi escritorio para hacer un gazpachito...,
todo, todo se lo llevaron. El pueblo está muerto de miseria, y yo sé
de mucha gente que hechó la harina en los muladares para que ellos no
se la llevaran. ¿No lo creéis? ¿Pues y el Sr. Salvador, que sacó al
campo los doscientos pellejos de aceite y ciento de vino que tenía en
su cueva, y destapándolos dejó correr aquel precioso caldo hasta que
todo se lo chupó la tierra? Otros hicieron una grande hoguera con los
carros y la paja. Las alhajas de las imágenes y la plata de las
iglesias están todas enterradas, porque esto parece que es lo que más
les abre el ojo a esos señores. Así estaban ellos de rabiosos cuando
vieron que no sacaban de aquí gran cosa. El día 16, después de haber
pasado un gran miedo, gozamos lo indecible cuando les vimos llegar de
la barca de Menjíbar, derrotados y con su General muerto. ¡Cómo
corrían por esas calles, y qué gritos daban, y qué cosas tan atroces
e indecentes echaron por aquellas bocazas! ¡Así se vengaban los muy
perros! ¿Pues qué creéis? Dieron muerte a muchas personas que no les
hacían daño, lo cual creo yo que no se vió en ninguna de las guerras
de Alejandro. Pero también se les molió de firme. Unos cuantos pasaron
por la calle de enfrente hechando bravatas, y detuviéronse en la
puerta de la posada de Gil, donde tenían encendido el horno para cocer
la loza. ¡Ay! Mis francesitos se ponen a decir no sé qué insolencias
obscenas a la mujer de Gil, cuando salen los mozos, me les agarran, y
con morriones y todo..., ¡plaf!..., al horno... Pero ahí viene la
Sra. Condesa, que estaba en el oratorio con las niñas.
En efecto; vimos desfilar gravemente, cubierta de negro manto, a la
señora de la casa, seguida de los dos tiernos pimpollitos de sus
hijas, las cuales arrojáronse llorando en los brazos de su hermano.
Doña María abrazó a su hijo sin perder ni por un instante su solemne y
estirado empaque, y luego saludónos a todos con mucho afecto,
nombrándonos uno por uno. Cuantos componían la cuadrilla estaban
presentes, menos Santorcaz, el cual desde nuestra llegada había pedido
con mucha prisa a D. Paco recado de escribir y puéstose a trazar unas
cartas en el despacho de éste.
La Condesa, después de saludarnos, tomó asiento y dirigió a D. Diego
estas palabras dignas de la Historia:
--Hijo mío, sé todo lo que pasó en la acción del 16, y nadie me ha
dicho que hicieras algo notable. ¿Has tenido miedo?
--¡Miedo!--exclamó el muchacho, riendo--No, señora. He cumplido con mi
deber en las filas, y nada más hasta ahora; pero su merced no se
impaciente, porque aunque no soy más que soldado, espero lucirme.
--¡Nada más que soldado!--dijo la Condesa--. Tú no eres soldado,
aunque así parezca. Cualquiera que sea el puesto que se ocupe, cada
cual debe obrar conforme a su nombre y a la posición que tiene en el
mundo. ¿Qué se diría de ti, de mí, de esta casa, de tu difunto padre,
si en estas guerras no hicieras algo superior a lo que corresponde a
un simple soldado?
--Señora--repuso el mozo con un desenfado que sorprendió a su
familia--, yo haré lo que pueda, y según lo que haga, así seré más o
menos que los demás. Y ya que hablo de esto, señora madre, yo quiero
seguir en el ejército, yo quiero que su merced pida al Rey, ¿qué digo
al Rey?, a la Junta, una bandolera.
--Tú no estás destinado a ser militar sino en esta ocasión suprema, en
que la patria necesita de todos sus hijos, desde el más alto al más
bajo.
--Pero, señora madre, no soy nada y quiero ser algo--insistió el
joven, mostrando una energía que nadie hasta entonces le había
conocido.
--¡Que no eres nada!--exclamó la madre, con sorpresa primero, después
con cólera, y mirándonos a todos como para preguntarnos si su hijo se
había vuelto loco durante la campaña.
--Yo no soy nada, no soy más que un papamoscas--repuso el chico--. ¿De
qué me valen esos papeluchos viejos y esos escudos de armas, si todos
se ríen de mi desde que abro la boca, porque no digo más que
necedades?
La Condesa se puso encendida como la grana, y, sin decir palabra, miró
a D. Paco, el cual, confuso, absorto, aterrado, por lo que acababa de
oír, revolvía sus espantados ojos de un lado para otro.
--Este joven--dijo al fin el ayo--parece que ha perdido el juicio.
Señora, cuando vuelva de cumplir sus deberes de caballero en los
campos de batalla, le haremos que se penetre bien de las máximas
contenidas en la historia de Alejandro el Grande.
Doña María, cuya dignidad no podía consentir que semejante asunto se
tratara delante de personas extrañas, hizo callar a D. Paco, y también
impuso silencio a su hijo con gesto aterrador. Asunción y
Presentación, después de registrar los bolsillos de su hermano,
examinaban las polainas, el sombrero y la charpa, por ver, según
dijeron, si aquellas prendas estaban agujereadas por alguna bala de
cañón.
Pero el D. Diego, sintiendo sin duda en su cabeza un hervidero de
palabras, que atropelladamente se le ocurrían conforme a la repentina
fecundidad de su entender, no pudo estar callado mucho tiempo, y habló
para poner en mayores cuidados a la Sra. de Rumblar. Estábamos, como
he dicho, en una sala baja, donde la Condesa había hecho traer, para
nuestro regalo, un par de zaques, milagrosamente salvados de la
rapacidad francesa. Don Diego, luego que tal vió, volvióse a nosotros,
que permanecíamos respetuosamente detenidos en la puerta, y con gesto
de campechana confianza nos dijo:
--Ea, muchachos, entrad todos aquí ¿Por qué estáis en la puerta? Vaya,
poneos los sombreros, que aquí todos somos iguales, todos somos
compañeros de armas, y lo mismo puede matarme a mí una bala que a
vosotros. Ea, bebamos juntos. ¿Tenéis vergüenza porque soy noble y
mayorazgo, y vosotros unos pobres hambrones? Fuera necedades; que hoy
o mañana las Juntas quitarán todas esas antiguallas, y entonces cada
cual valdrá según lo que tenga y lo que sepa.
Don Paco se puso verde al oír tales despropósitos, y llevándose la
mano al corazón, miró a la Condesa con semblante dolorido y
contristado, como para manifestarle, en la sola elocuencia de una
mirada, que él no había enseñado tales cosas al joven discípulo. Doña
María encerraba su enojo en lo más hondo del pecho, y aunque harto se
le conocían la inquietud y la ira en el furtivo centellear de sus
negros ojos, nada dijo que comprometiera su dignidad, y deseando que
su hijo variase de conversación, le preguntó si había hecho en Córdoba
las visitas a la Sra. Marquesa de Leiva y su sobrina.
--Sí, señora--contestó el rapaz--. Las vi: la Sra. Condesa me dió
muchos dulces, y la Marquesa me preguntó si sabía ayudar a misa. Una y
otra me dijeron que la joven con quien está concertado mi matrimonio
se obstina en no salir del convento, asegurando que antes se casará
con Jesucristo que conmigo. ¡Qué ranciedades, señora madre!--añadió
con nuevo arrebato--. Yo quiero seguir en el ejército, yo quiero ir a
Madrid para tratar a la gente que sabe, y a los filósofos, y leer la
_Enciclopedia_, y ver las sociedades secretas, si las hay para
entonces, y aprender lo que no sé, pues D. Paco no me ha enseñado más
que esa sandez de _Por el barandal del cielo_.
El ayo volvió a mirar compungidamente a la Condesa, pintando en sus
húmedos ojos la persuasión de que no había instruído al mayorazgo en
tales iniquidades, y D.ª María reprendió a su hijo con majestad
verdaderamente regia, diciéndole con pausa y aplomo estas amargas
palabras:
--Hijo mío, recordarás que te entregué una espada que fué de tus
abuelos. Honra da al que la ciñe ese acero antiguo; pero también ella
la recibe de las manos de su poseedor, si éste es persona que sabe
adquirirla en los campos de batalla. ¿Deshonrarás tú esa espada que
llevó el tatarabuelo de tu padre en el sitio de Maestrich, cuando
medio mundo se llamaba España?
--¡La espada!--exclamó el chico con sorpresa--. Ya no me acordaba de
la dichosa espada. Si ya no la tengo.
--¿Que no la tienes?--preguntó D.ª María ton estupefacción.
--No, señora. ¡Si no sirve para nada! Cuando dimos el primer ataque en
Menjíbar, saqué yo mi espadita, y a los primeros golpes que di en unas
hierbas observé que no cortaba.
--¡Que no cortaba!
--No, señora. Era una hoja mellada, llena de garabatos, letreros,
sapos por aquí, culebras por allí, y cubierta de moho desde la punta a
la empuñadura. ¿Para qué me servía? Como no tenía filo, la cambié por
un sable nuevo que me dió un sargento.
--¡Y diste la espada, la espada!...--exclamó la Condesa, levantándose
de su asiento.
La señora estaba sublime en su indignación. Parecía la imagen de la
Historia levantándose de su sepulcro a pedir cuentas a la generación
contemporánea.
--Sí, señora: se la di al sargento--añadió el mozo, sacando de la
vaina un sable nuevo, reluciente y de agudísimo filo--. ¡Si aquello no
servía más que de estorbo! Muy bonita, eso si, toda llena de dibujos
de plata y oro; pero, señora madre, si no cortaba..., si estaba llena
de orín... Vea usted este sable: no tiene letrero, ni cabecitas, ni
garrapatos, ni nada; pero corta que es un gusto.
Observamos que la Condesa dió un paso hacia su hijo; que su semblante
hermoso y venerable se contrajo, desfigurado por la ira; que extendió
sus brazos; que comenzó a balbucir con locución atropellada, cual si
su indignada lengua no acertara a encontrar una palabra bastante dura,
bastante enérgica para tal situación; la vimos después llevarse ambas
manos a la cabeza, retroceder, vacilar, apoyarse en el hombro de D.
Paco, y por último, reponerse, erguirse, serenarse, mirar a su hijo
con desdén, señalar a la calle, donde de improviso empezaba a oírse
fuerte redoblar de tambores, y decir:
--El ejército se va. Marcha, corre. Cuando se acabe la guerra,
ajustaremos cuentas. Si eres valiente y vuelves vivo, a palmetazos te
enseñaré a respetar tu nombre. Pero si eres cobarde, no vuelvas acá.
Salimos a toda prisa, y montando en nuestras cabalgaduras, ocupamos
las filas. Al punto se nos unió Santorcaz. Don Paco no quiso salir a
despedirnos, porque estaba traspasado de dolor, al ver--según dijo
después--cómo en una semana se torciera, al soplo de las malas
compañías, el derecho arbolito criado con tanto esmero en el apacible
huerto de sus lecciones.
Las dos señoritas salieron a las ventanas, y nos despedían agitando
los mismos pañuelos con que secaban sus lágrimas. Ninguna de las dos,
ni la destinada al matrimonio, que era, por tanto, ignorante, ni la
consagrada al claustro, que era ya medio doctora, habían entendido la
conversación que acabo de referir.
Las pobrecillas veían desaparecer un mundo y nacer otro nuevo sin
darse cuenta de ello.