Era la madrugada cuando las columnas de vanguardia comenzaron a salir
de Bailén. Mi regimiento debía salir de los últimos, y mientras se
pusieron en movimiento la artillería y los cuerpos de a pie, estuvimos
más de media hora formados a la salida del pueblo, a mano derecha del
camino, esperando la orden de la marcha. Íbamos a Andújar, resueltos a
tomar la ofensiva contra el ejército francés, que al mismo tiempo
debía ser atacado por Castaños, del lado de Marmolejo. ¿Y la división
de Vedel, cuyos movimientos eran la clave de aquel problema
estratégico? La división de Vedel estaba en Andújar el día 16, cuando
ocurrió la acción de Menjíbar, que antes he descrito. Al saber Dupont
la derrota de Ligier-Belair y la muerte de Gobert, dispuso que Vedel
marchase sobre Bailén, con intención de seguirle él al día siguiente.
Mientras éste iba sobre Andújar, Ligier-Belair, al vernos retirar y
pasar el río, creyó que las tropas de Reding, unidas con las de
Coupigny, intentaban extenderse cautelosamente por la orilla
izquierda, río arriba, tomando el camino de Linares a Guarromán, para
ocupar luego La Carolina y cortar el paso de la sierra. Persuadido de
esto, y sin hacer averiguaciones, emprendió la marcha hacia el Norte,
creyendo anticiparse a lo que creía un rasgo de ingenio estratégico
del general Reding. Llega Vedel a Bailén creyendo encontrarnos, y los
franceses que quedaron allí le dicen: «Quía, los _insurgentes_ han
repasado el río y van por Linares a ocupar el paso de la sierra; pero
el general Ligier-Belair, que ha comprendido el juego, ha marchado en
seguida a ocupar La Carolina, de modo que cuando lleguen los
españoles, creyendo haber hecho un movimiento de primer orden, se lo
encontrarán allí.» Vedel oye esto y dice: «Han ido a cortar el paso de
la sierra para impedirnos la retirada y matarnos aquí de hambre y sed.
Pues corramos a La Carolina. Vamos; en marcha.» Manda un emisario a
Dupont, diciéndole: «Sr. General en Jefe, los _insurgentes_ han ido a
cortar el paso de la sierra. Corro a La Carolina; venga usted tras mí,
y acabaremos con ellos.»
Esto pasaba en los días 17 y 18. En tanto, los _insurgentes_,
replegados a la orilla izquierda, como he dicho, fingíamos un
movimiento hacia Linares; pero en cuanto cerró la noche, los
_insurgentes_ caminamos a marchas forzadas hacia Bailén. Por eso en
este pueblo nos decían: «Por aquí pasó Vedel esta mañana en dirección
a La Carolina, para impedirles a ustedes que cortasen el paso de la
sierra. ¿No ibais hacia Linares?»
No; nosotros íbamos a Andújar, con objeto de atacar a Dupont. Por
causa de los torpísimos movimientos de los generales franceses, una
gran parte de la fuerza imperial corría hacia la sierra, buscando un
fantasma. Los _insurgentes_, a quien ellos suponían en marcha hacia La
Carolina, estaban en Bailén, en marcha para Andújar. He aquí la
verdadera y exacta situación de las divisiones españolas y francesas
en la noche del 18 al 19 de julio.
Íbamos a luchar con Dupont, sólo con Dupont. Pero ¿y si Vedel,
conociendo a tiempo su error, retrocedía velozmente para caer de
improviso sobre nuestra espalda durante el combate? Esta funesta
probabilidad estaba compensada con el hecho seguro de que el ejército
francés de Andújar tendría que defenderse al mismo tiempo de nosotros
y de la reserva, que le amenazaba del lado de Poniente. De todos
modos, nuestra posición era arriesgada; por lo cual, deseando Reding
cerciorarse de la verdadera distancia a que se hallaba Vedel, había
despachado camino arriba, desde Menjíbar, al teniente de ingenieros D.
José Jiménez, con encargo de averiguarlo.
Este valiente oficial, cuyo nombre no está en la Historia, se disfrazó
de arriero, y en una fatigosa jornada supo desempeñar muy bien su
comisión, volviendo por la noche a decir que Vedel había pasado ya más
allá de La Carolina.
Así andaban las cosas cuando nos preparábamos a salir de Bailén al
amanecer del 19. Pero no lo habíamos previsto todo: no habíamos
previsto que Dupont, muy receloso de aquella ilusoria ocupación de la
sierra por los insurgentes, había levantado su campo en la misma
noche, y silenciosamente, sofocando los ruidos de su tropa, abandonaba
la funesta y para ellos maldita ciudad de Andújar.
Cerca de la madrugada, nuestros jefes disponían las columnas para la
marcha. Si al comienzo de aquella misma noche, que ya se iba a
extinguir, una mirada humana hubiera podido escudriñar desde la altura
de los cielos lo que pasaba en aquella larga faja de sementeras y
olivares que se extiende a la vera de los montes, entre éstos y el
Guadalquivir, habría visto que del obscuro caserío de Andújar se
destacaba cautelosamente, escurriéndose por detrás de las casas, una
hilera de hombres y caballos; que esta hilera se iba alargando por la
carretera en interminable procesión, y serpenteaba con lento paso, sin
ruido y sin luces; habría visto cómo se iba extendiendo la negra raya,
destacándose a ratos sobre la tierra blanquecina, a ratos
confundiéndose con los obscuros olivos, sin dejar de seguir paso a
paso, como si no quisiera ser vista y anhelara apagar en el polvo el
ruido de las cureñas; habría visto que iban delante unos tres mil
hombres de infantería, después un escuadrón de caballos, después seis
cañones, después un número inmenso de carros, tantos, tantos carros,
que ocupaban dos leguas; detrás de los carros nuevos grupos de
infantería y muchos generales; después otros seis cañones, dos
regimientos de coraceros; luego cuatro cañones, y al fin otro grupo de
jefes, seguidos de quinientos hombres de a pie. Esta raya no se
detenía en parte alguna, y avanzaba despacio y con precaución,
custodiando sus dos leguas de convoy. Los hombres que la formaban,
mudos y cabizbajos, presagiando sin duda funestos acontecimientos,
dirían para sí: «Llegaremos a La Carolina, donde ya estará Vedel, y
batiendo a los _insurgentes_, nos abriremos paso por desfiladeros para
abandonar esta tierra maldita, a la cual el Emperador ha tenido la
mala ocurrencia de enviarnos... ¡Oh! ¡Cuándo os veremos, tierras de
la Turenne, del Poitou, de la Charente, de los Vosgos, del Artois, del
Limosin!...»