XX

Al siguiente día hicimos un movimiento por la orilla izquierda, río

arriba, hasta un punto mucho más alto que Menjíbar. Nada entendíamos;

pero Santorcaz, o por petulancia o porque realmente había penetrado la

intención de Reding, nos dijo:

--Nuestro General sabe lo que se hace, y es hombre que conoce la

filosofía de las marchas.

Después de detenernos a orillas del Guadalimas, parte del ejército se

entretuvo en marchas incomprensibles, y empleando en esto más de un

día, nos encontramos de nuevo sobre Menjíbar al anochecer del 18,

punto al cual había llegado horas antes la división del marqués de

Coupigny. Reunidos ambos ejércitos, no hubo allí más parada que la

precisa para recoger las provisiones de que estábamos tan escasos, y

ya muy de noche emprendimos el camino de Bailén. Éramos catorce mil

hombres. Todo anunciaba que íbamos a tener un encuentro formal con el

ejército francés.

Según nuestras noticias, Dupont continuaba en Andújar, reforzado por

la división de Vedel. ¿Habían trabado acción con nuestro tercer cuerpo

y el de reserva, que, pasando el río por Marmolejo, estaban situados

en la orilla derecha? Nosotros creíamos que sí, a menos que Castaños

no aguardase para atacar enérgicamente a que la primera y segunda

división cayeran sobre la espalda del ejército de Dupont, bajando

desde Bailén. ¿Era éste el objeto que nos guiaba en nuestra marcha?

Parecíanos que sí.

Mientras llegaba el momento del drama, lejos de nosotros y en los

flancos del ejército imperial, mil dramáticas peripecias debían

precipitar la catástrofe, irritando paulatinamente al enemigo. Los

cuerpos y columnas de guerrilleros, mandados por D. Juan de la Cruz,

el conde de Valdecañas y el clérigo Argote, se habían desparramado

como enjambre mortífero por los pueblos y caseríos que dominaba el

Cuartel General francés en las primeras estribaciones de la sierra, al

Norte de Andújar. De tal modo perseguían aquellos ardorosos paisanos a

los franceses, y con tanta rapidez se dispersaban para evitar ser

atacados, que a los invasores les era de todo punto imposible estar

tranquilos un solo momento. El poderoso gigante sacudía de una

manotada aquellos moscones venenosos; pero éstos volvían a zumbar en

derredor suyo, le molestaban con sus terribles picaduras, y huían

incólumes, sin temer la espada ni el cañón, pues estas armas no se han

hecho para mosquitos.

No podían los franceses apartarse de su Cuartel General como no fuera

en grandes destacamentos. Frecuentemente iban mil hombres a llenar en

la fuente próxima unas cuantas alcarrazas de agua. Si por acaso salían

a merodear pelotones de poca fuerza, eran despachados por los

guerrilleros en menos que canta un gallo. Antes que consentir que se

apoderasen de una panera, la quemaban; las fuentes eran enturbiadas

con lodo y estiércol, para que no pudieran beber; los molinos,

desmontados y enterradas sus piedras para que no molieran un solo

grano. ¡Ay de aquel francés que se rezagara en las marchas de su

destacamento! Sentíase de improviso asido por mil coléricas manos;

sentíase arrastrado por las mujeres, pellizcado por los chicos y

acuchillado por los hombres, hasta que su existencia se apagaba con

horrible choque en la fría profundidad de un pozo. El invasor no

encontraba asilo en ninguna parte, y forzosamente encerrado en los

límites del Cuartel General, veía conjurados contra sí hombres y

Naturaleza. Por esto, rabioso y desesperado, anhelaba batirse en

función campal, seguro de su destreza y costumbre de guerrear; y

lamentando la estupefacción del General en Jefe, exclamaba: «Demos una

batalla, y, aunque muera la mitad del ejército, la otra mitad

conquistará un charco en que beber y un puñado de trigo seco que

llevar a la boca.»

Habían dejado los franceses en Montoro un destacamento de setenta

hombres para custodiar un molino donde fabricaban con dificultad

harina malísima. El alcalde de aquella villa, donde no había quedado

ni una sola arma de fuego, se atreve, sin embargo, a dar cuenta de los

setenta franceses, para lo cual era preciso despachar primero a los

veinticinco que a todas horas estaban de guardia en el puente. Reúne,

pues, algunos paisanos decididos, y usando la arma blanca, ataca con

furia a la guardia; los veinticinco son exterminados; apodérase de sus

fusiles la valiente cuadrilla, sorprende el resto del destacamento en

la casa donde se albergaba, hace prisioneros a soldados y jefes, y les

manda a la isla de León. El parte en que se notificó este suceso a la

Junta Suprema decía que todo se hizo con las _varas de los harrieros_

(conservo la ortografía del original); pero esto ha de ser una

hipérbole andaluza.

Sintiéndose llamado a mas grandes acciones, D. José de la Torre (que

así se nombraba aquel alcaldito) sale al encuentro de un convoy que

venía de Córdoba, y de los cincuenta y nueve franceses que custodiaban

éste, los cincuenta quedan tendidos en el camino, y los nueve

restantes corren a contar a Dupont lo que ha pasado. Entonces Dupont

envía mil hombres a Montoro con encargo de que incendien el pueblo y

lleven vivo o muerto al alcalde. Arde Montoro, y La Torre, conducido

vivo, va a ser pasado por las armas; pero un general francés, a quien

poco antes había dado hospitalidad, intercede por él; es puesto en

libertad, y aquel _petit caporal_ de las guerrillas marcha a Sevilla y

recibe de la Junta los galones de capitán de ejército.

Pues bien: lo que pasaba en Montoro ocurría en todos los pueblos de la

carretera de Andalucía, desde Córdoba hasta Santa Elena. El gigante

que incendiaba lugares y destrozaba ejércitos no podía dar un paso sin

encontrar un avispero, y frenético con aquel zumbido, envenenado por

los aguijones, maldecía la hora de la invasión. El águila, devorada

por los insectos, graznaba a orillas del Guadalquivir con hambre y

calentura, afilando sus garras en el tronco de los olivos, con el

ansia de que llegara pronto la ocasión de destrozar alguna cosa.

Bailén · 第 21 / 47 题