Al siguiente día hicimos un movimiento por la orilla izquierda, río
arriba, hasta un punto mucho más alto que Menjíbar. Nada entendíamos;
pero Santorcaz, o por petulancia o porque realmente había penetrado la
intención de Reding, nos dijo:
--Nuestro General sabe lo que se hace, y es hombre que conoce la
filosofía de las marchas.
Después de detenernos a orillas del Guadalimas, parte del ejército se
entretuvo en marchas incomprensibles, y empleando en esto más de un
día, nos encontramos de nuevo sobre Menjíbar al anochecer del 18,
punto al cual había llegado horas antes la división del marqués de
Coupigny. Reunidos ambos ejércitos, no hubo allí más parada que la
precisa para recoger las provisiones de que estábamos tan escasos, y
ya muy de noche emprendimos el camino de Bailén. Éramos catorce mil
hombres. Todo anunciaba que íbamos a tener un encuentro formal con el
ejército francés.
Según nuestras noticias, Dupont continuaba en Andújar, reforzado por
la división de Vedel. ¿Habían trabado acción con nuestro tercer cuerpo
y el de reserva, que, pasando el río por Marmolejo, estaban situados
en la orilla derecha? Nosotros creíamos que sí, a menos que Castaños
no aguardase para atacar enérgicamente a que la primera y segunda
división cayeran sobre la espalda del ejército de Dupont, bajando
desde Bailén. ¿Era éste el objeto que nos guiaba en nuestra marcha?
Parecíanos que sí.
Mientras llegaba el momento del drama, lejos de nosotros y en los
flancos del ejército imperial, mil dramáticas peripecias debían
precipitar la catástrofe, irritando paulatinamente al enemigo. Los
cuerpos y columnas de guerrilleros, mandados por D. Juan de la Cruz,
el conde de Valdecañas y el clérigo Argote, se habían desparramado
como enjambre mortífero por los pueblos y caseríos que dominaba el
Cuartel General francés en las primeras estribaciones de la sierra, al
Norte de Andújar. De tal modo perseguían aquellos ardorosos paisanos a
los franceses, y con tanta rapidez se dispersaban para evitar ser
atacados, que a los invasores les era de todo punto imposible estar
tranquilos un solo momento. El poderoso gigante sacudía de una
manotada aquellos moscones venenosos; pero éstos volvían a zumbar en
derredor suyo, le molestaban con sus terribles picaduras, y huían
incólumes, sin temer la espada ni el cañón, pues estas armas no se han
hecho para mosquitos.
No podían los franceses apartarse de su Cuartel General como no fuera
en grandes destacamentos. Frecuentemente iban mil hombres a llenar en
la fuente próxima unas cuantas alcarrazas de agua. Si por acaso salían
a merodear pelotones de poca fuerza, eran despachados por los
guerrilleros en menos que canta un gallo. Antes que consentir que se
apoderasen de una panera, la quemaban; las fuentes eran enturbiadas
con lodo y estiércol, para que no pudieran beber; los molinos,
desmontados y enterradas sus piedras para que no molieran un solo
grano. ¡Ay de aquel francés que se rezagara en las marchas de su
destacamento! Sentíase de improviso asido por mil coléricas manos;
sentíase arrastrado por las mujeres, pellizcado por los chicos y
acuchillado por los hombres, hasta que su existencia se apagaba con
horrible choque en la fría profundidad de un pozo. El invasor no
encontraba asilo en ninguna parte, y forzosamente encerrado en los
límites del Cuartel General, veía conjurados contra sí hombres y
Naturaleza. Por esto, rabioso y desesperado, anhelaba batirse en
función campal, seguro de su destreza y costumbre de guerrear; y
lamentando la estupefacción del General en Jefe, exclamaba: «Demos una
batalla, y, aunque muera la mitad del ejército, la otra mitad
conquistará un charco en que beber y un puñado de trigo seco que
llevar a la boca.»
Habían dejado los franceses en Montoro un destacamento de setenta
hombres para custodiar un molino donde fabricaban con dificultad
harina malísima. El alcalde de aquella villa, donde no había quedado
ni una sola arma de fuego, se atreve, sin embargo, a dar cuenta de los
setenta franceses, para lo cual era preciso despachar primero a los
veinticinco que a todas horas estaban de guardia en el puente. Reúne,
pues, algunos paisanos decididos, y usando la arma blanca, ataca con
furia a la guardia; los veinticinco son exterminados; apodérase de sus
fusiles la valiente cuadrilla, sorprende el resto del destacamento en
la casa donde se albergaba, hace prisioneros a soldados y jefes, y les
manda a la isla de León. El parte en que se notificó este suceso a la
Junta Suprema decía que todo se hizo con las _varas de los harrieros_
(conservo la ortografía del original); pero esto ha de ser una
hipérbole andaluza.
Sintiéndose llamado a mas grandes acciones, D. José de la Torre (que
así se nombraba aquel alcaldito) sale al encuentro de un convoy que
venía de Córdoba, y de los cincuenta y nueve franceses que custodiaban
éste, los cincuenta quedan tendidos en el camino, y los nueve
restantes corren a contar a Dupont lo que ha pasado. Entonces Dupont
envía mil hombres a Montoro con encargo de que incendien el pueblo y
lleven vivo o muerto al alcalde. Arde Montoro, y La Torre, conducido
vivo, va a ser pasado por las armas; pero un general francés, a quien
poco antes había dado hospitalidad, intercede por él; es puesto en
libertad, y aquel _petit caporal_ de las guerrillas marcha a Sevilla y
recibe de la Junta los galones de capitán de ejército.
Pues bien: lo que pasaba en Montoro ocurría en todos los pueblos de la
carretera de Andalucía, desde Córdoba hasta Santa Elena. El gigante
que incendiaba lugares y destrozaba ejércitos no podía dar un paso sin
encontrar un avispero, y frenético con aquel zumbido, envenenado por
los aguijones, maldecía la hora de la invasión. El águila, devorada
por los insectos, graznaba a orillas del Guadalquivir con hambre y
calentura, afilando sus garras en el tronco de los olivos, con el
ansia de que llegara pronto la ocasión de destrozar alguna cosa.