Antes de decidirse a pasar el río, nuestro General mandó una pequeña
fuerza en reconocimiento de la situación de las tropas de Coupigny.
Algunos jinetes de Farnesio tomaron parte en esta expedición, y
Marijuán, que fué en ella, nos contó a su regreso, en la tarde del 15,
que habían encontrado la división del Marqués hacia Villanueva de la
Reina, donde le entregaron los pliegos de Reding. Desde el campamento
de Coupigny se había visto una gran polvareda en la orilla derecha, y
parecía que la división de Vedel marchaba desde Bailén a Andújar, para
reforzar a Dupont, que ya había trabado la lucha con Castaños. La
gente venida de Arjonilla aseguraba haber oído fuerte cañoneo hacia la
parte de los Visos.
--A estas horas--decía Marijuán--, o ellos o los de Castaños han de
estar derrotados.
--¿Y qué esperaba el Marqués en Villanueva de la Reina?--preguntó
Santorcaz con aquella suficiencia estratégica que le hiciera tan digno
de admiración a los ojos del joven D. Diego.
--Allí se estaba tan quieto--repuso Marijuán--. Parece que está de
acuerdo con nuestro General para operar en combinación y atacar
juntos a Bailén.
--¿Pero qué estrategia es ésa, ni a qué conduce atacar a Bailén?--dijo
Santorcaz, atrayendo en su alrededor un círculo de soldados--. ¿No
dices que la división Vedel salió de Bailén y está ya sobre Andújar?
--Sí; así lo decían en Villanueva.
--Pues si no hay enemigos en Bailén, ¿qué es eso de atacar a Bailén?
Se tratará de ocuparlo para luego avanzar por el arrecife y embestir a
Dupont y a Vedel por la espalda, mientras Castaños, Jones y Peña lo
atacan de frente.
--Eso, eso será--dijimos todos--. De ese modo les cogeremos entre dos
fuegos, y no escapará ni una patena de las que robaron en Córdoba.
--Pero si ése es el plan, ya debía estar puesto en ejecución. Si se
están batiendo en Andújar, a estas horas deberíamos estar nosotros
cayendo sobre la retaguardia francesa; mientras que si nos ponemos en
marcha esta noche y llegamos mañana, sabe Dios...
Al anochecer se nos ordenó marchar río arriba, lo cual no comprendimos
ni poco ni mucho hasta que algunos compañeros, que eran del país y
conocían el terreno, nos dijeron que íbamos buscando el vado del
Rincón para pasar al otro lado. Por la noche, algunas fuerzas de
infantería y dos piezas pasaron por junto a la barca, mientras el
grueso del ejército con la caballería nos disponíamos a hacerlo media
legua más arriba. Antes de amanecer sentimos algunos tiros del otro
lado, y diósenos orden de hacer el menor ruido posible y de no
encender lumbre. La noche era calurosa; habíamos comido poco y mal el
día anterior, y con esto y el no dormir no estábamos del mejor humor;
pero la guerra tiene mil contrariedades, y ojalá fueran todas como
aquélla. Entramos al fin en el río, cuyo frescor agradecieron mucho
nuestros cuerpos, secos e irritados por el calor y el polvo, y algún
tiempo después, cuando comenzaban a iluminar el horizonte los primeros
vislumbres de la aurora, ya éramos dueños de la orilla derecha. El
Mayor General Abadía, que había dirigido el paso, nos mandó
replegarnos a un sitio bajo, donde casi toda la fuerza podía
permanecer oculta, y allí aguardamos más de media hora. No se veían
los enemigos por ningún lado; pero allá lejos, hacia la barca,
continuaba cada vez más vivo el tiroteo de fusil.
El terreno es por allí bastante quebrado, abundando los matojos, y
entre éstos designaron un camino de trocha por donde avanzó la
infantería, mientras a los de a caballo se nos mandó caminar por
terreno más alto. Habíamos tomado tan al pie de la letra la orden de
no hacer ruido, que avanzamos despacio y silenciosamente con el alma
en suspenso, los ojos atentamente fijos en el último término del
terreno hacia la izquierda, punto donde se había trabado la acción.
Vimos al fin a los franceses tiroteándose con nuestros compañeros, con
aquellos que habían pasado la barca durante la noche, y luchaban en un
campo bajo, salpicado de espesos matorrales.
En una loma, y como a dos tiros de fusil de aquel sitio, brillaba
inmóvil e imponente una cosa que desde el primer momento atrajo
nuestras miradas, infundiéndonos algún recelo. Era un escuadrón de
coraceros, la mejor caballería del ejército de Dupont. Todos los
jinetes contemplamos el resplandor de las bruñidas corazas, en cuyos
petos el sol naciente producía plateados reflejos; y después de mirar
aquello sin decir nada, nos miramos unos a otros, como si nos
contáramos. Ni una voz se oía en nuestras filas; a todos se nos había
cambiado el color, y temblábamos, aunque cada cual hiciera esfuerzos
para disimularlo. El único rumor que turbaba el profundo silencio de
nuestro regimiento, donde hasta los caballos parecían contener el
aliento y explorar el campo con atónitos ojos, era un ligero y casi
imperceptible son metálico producido por las estrellas de las
espuelas. Aquel temblor de piernas es un accidente que la caballería
observa siempre en el comienzo de toda batalla.
El combate, principiado en guerrillas, arreciaba desde que empezó la
infantería a desplegar un frente compacto de consideración. Pero casi
toda la tropa española se mantenía en reserva, esperando a saber
fijamente si los franceses ocultaban una gran fuerza en la carretera
de Bailén. Mientras el frente español aumentaba sus tiros,
resistiendo a las innumerables guerrillas francesas que al abrigo de
sus posiciones medio atrincheradas hacían fuego mortífero, la
artillería continuaba a retaguardia, y la caballería, asimismo fuera
de acción, recibió orden de ocupar un cerro a mano derecha. Fijos
allí, no quitábamos los ojos de la tremenda fila de corazas que
resplandecían en la loma de enfrente, quietas y confiadas en su valor
y pesadumbre. Aquella fuerza era muy superior a la nuestra por su
organización y marcialidad; pero nosotros teníamos sobre ella, además
de la ventaja numérica, que no era de gran valor, dada nuestra
impericia, la siguiente ventaja moral: puestos ellos en la vertiente
anterior de una loma, todo su poder y su número se presentaban a
nuestra vista; no había más coraceros que aquéllos, y podíamos
contarlos uno por uno. Nosotros, en cambio, estábamos sabiamente
colocados por el Mayor General en otra altura parecida; pero sólo una
quinta parte del regimiento ocupaba la parte culminante de la loma,
mientras que todo lo demás se extendía en la vertiente posterior,
permaneciendo oculto a la vista del enemigo; de modo que si nosotros
les contábamos perfectamente a ellos, los franceses, engañados por la
apariencia, se reirían de los cuarenta jinetes sin uniforme,
enseñoreados del cerro con aire de perdonavidas.
Nosotros teníamos sobre ellos la ventaja de lo desconocido, que es el
genio tutelar de las batallas, de eso que no se ve y que en el momento
apurado y crítico sale inopinadamente de lo hondo de un camino, del
respaldo de una loma, de la espesura de un bosque; combatiente de
última hora que la tierra echa de su seno, y se presenta fresco, sin
heridas ni cansancio, a decidir la victoria.
Nuestras filas habían desalojado a los franceses de sus posiciones.
Les vimos replegarse en desorden, y entonces cesó la inmovilidad de
los coraceros. Los resplandecientes petos despedían reflejos
múltiples, y ordenadamente descendieron de la colina en perfecta fila.
Relincharon sus caballos, y los nuestros relincharon también,
aceptando el reto. Pero entonces ocurrió uno de esos cambios de escena
tan frecuentes en la guerra, y cuyo artificio, si cae en buenas manos,
basta a decidir la victoria. Arrojadas nuestras filas sobre las
guerrillas enemigas, clareado el terreno y puestas en juego algunas
piezas de artillería, vióse que los franceses vacilaban, agrupándose y
retrocediendo como si buscaran nuevas posiciones. Se nos dió orden de
avanzar bajando, y una vez en llano, convertirnos sobre nuestro
flanco, para formar un largo frente de batalla. La infantería francesa
estaba delante de nosotros, resguardada por sus coraceros; pero éstos,
observando nuestro movimiento y reconociendo al instante su indudable
inferioridad, invadieron precipitadamente la carretera. La retirada
era cierta. Se nos formó en columnas, dándonos orden de cargar, y el
regimiento se puso rápidamente al galope. Parecía que la misma tierra,
sacudiéndose bajo las herraduras de nuestros caballos, hacia adelante
nos lanzaba. A aquellos primeros pasos tras un ideal de gloria
acompañaron voces de guerra mezcladas con piadosas invocaciones.
--¡Madre nuestra, santa Virgen de Araceli, ven con nosotros!
--¡Viva España, Fernando VII y la Virgen de la Fuensanta!
Ya nadie pensaba en tener miedo; muy lejos de esto, todos los de mi
fila rabiábamos por no estar en las de vanguardia, en aquellas filas
dichosas que acometían a sablazos a los franceses de a pie, ya
pronunciados en completa dispersión. Tal era nuestro furor bélico en
aquella fácil victoria, que D. Diego, Marijuán y yo, no encontrando a
derecha e izquierda francés alguno, hacíamos grande estrago con
nuestros sables en los arbustos del camino, diciendo: «Perros,
canallas, ya sabréis cómo las gastamos los españoles.»
La gloria de cargar sobre la infantería francesa perteneció tan sólo a
las primeras filas, aunque no les duró mucho el regocijo, porque los
enemigos, convencidos ya de que no tenían fuerza bastante para
hacernos frente, tomaban a toda prisa el camino de Bailén. Una vez
posesionados del camino, seguimos adelante; pero los caballos
franceses corrían a todo escape, y la infantería se puso en salvo por
las veredas, dispersándose a un lado y otro de la carretera. Sobre las
diez nos detuvimos, y, puestas en orden las columnas, avanzamos
despacio, porque recelábamos de ser atacados por una división entera.
Entretanto, nuestras pérdidas habían sido nulas en la caballería, y
escasas, aunque sensibles, en la infantería, qué perdió un capitán del
regimiento de la Reina y bastantes soldados.
Después de haber perdido de vista a los enemigos, continuamos la
marcha hacia Bailén, si bien con mucha cautela, pues había la
presunción de que los franceses, reforzados con gran número de tropas,
caballos y artillería, se nos presentarían de nuevo en mitad del
camino, sorprendiéndonos en nuestra triunfal carrera. Así fué, en
efecto. A eso del mediodía nuestras columnas avanzadas recibieron el
fuego de los imperiales, que rehechos con un destacamento que de
Linares había llegado, trataban de ganar lo perdido.
Furiosos por el reciente desastre, acometieron briosamente a nuestra
vanguardia. Tomamos posiciones, y las tropas ligeras, ayudadas de un
enjambre de paisanos, se diseminaron por las escabrosidades próximas,
desde cuyos matorrales mortificaban a los franceses con fuego menudo.
La caballería, entretanto, continuaba muy lejos de la acción, y aunque
nuestro deseo hubiera sido que a lo más recio se nos enviara para
desahogar nuestro enardecido pecho, Dios quiso por fortuna que no
llegase esta ocasión, pues la escaramuza terminó de improviso, cesaron
los tiros, y vimos con sorpresa que los franceses, como poseídos de
súbito pavor, retrocedían a la desbandada hacia Bailén, recogiendo
precipitadamente sus heridos.
¿Qué ocurría? Según después supimos, Francia había tenido una pérdida
funesta, la de su general Gobert, el cual cayó mortalmente herido por
una de esas balas de guerrero invisible, que salían de entre las
malezas para taladrar el corazón del Imperio. Aquel valiente militar
murió pocas horas después en Guarromán. Dueños nosotros del campo, y
sin enemigos a la vista, parecía natural que fuéramos sobre Bailén;
pero el ejército volvió hacia Menjíbar para repasar el río, movimiento
que no fué por nosotros comprendido. Muy orgullosos estábamos, y
especialmente los inexpertos paisanos no cabíamos en el pellejo.
--¡Hoy es día del Carmen!--exclamó don Diego--. ¡Viva la Virgen del
Carmen, y mueran los franceses!
Ruidosas exclamaciones alegraron y conmovieron nuestras filas. Era el
16 de julio; en este día la Iglesia celebra, además de la advocación
del Carmen, el Triunfo de la Santa Cruz, fiesta conmemorativa de la
gran batalla de las Navas de Tolosa, ganada contra los infieles por
castellanos, aragoneses y navarros, en aquellos mismos sitios donde
nosotros nos batíamos con Francia, y en el mismo 16 del mes de julio.
Habían pasado quinientos noventa y seis años. La coincidencia del
lugar y la fecha nos inflamaba más, y añadido a nuestro patriotismo
una profunda fe religiosa, nos creímos héroes, aunque hasta entonces
no habíamos tenido ocasión de probarlo.
Antes de cruzar el río, descansamos para llevar algo a la boca. ¡Oh,
qué desengaño! Estábamos muertos de hambre y cansancio, y se nos dijo
que no había más que un tercio de ración. Pero como buenos chicos que
éramos nos conformamos, supliendo los dos tercios restantes con la
substancia moral del entusiasmo.
--Pero, Sr. de Santorcaz--pregunté a mi compañero, cuando, con el agua
al estribo, vadeábamos el Guadalquivir--, ¿nos quiere usted decir por
qué no se nos ha llevado adelante? ¿Por qué después de esta victoria
desandamos lo andado?
--¡Zopenco!--me contestó--. Esto no ha sido más que una fiestecilla de
pólvora, y todavía no ha empezado lo bueno. ¿Crees que no hay más
franceses que esos cuatro gatos de Ligier-Belair? ¿Qué sabes tú si a
estas horas Vedel, que a Andújar fué en auxilio de Dupont, habrá
regresado a Bailén? Ahora, o yo me engaño mucho, o vamos en busca del
marqués de Coupigny para reunirnos y emprender juntos un nuevo ataque.
¿Estás al tanto de lo que digo? ¿Ves cómo no en vano ha mordido uno el
cebo en Hollabrün, en Austerlitz y en Jena?
Efectivamente, la intención de nuestro General era reunirse con
Coupigny; pero esto no se verificó hasta la noche del 17 al 18.