Nuestra marcha por Cañete de las Torres en dirección al río Salado era
un verdadero paseo triunfal, mejor dicho, casi no parecía que
marchábamos, porque la gente de los pueblos, incluso mujeres, ancianos
y chicuelos, nos seguían a un lado y otro del camino, improvisando
fiestas y bailes en todas las paradas. Cuando el ejército se detenía,
eclipsábanse en apariencia todos los males de la patria, porque la
tropa, recobrando el buen humor, convertía el campamento en una feria.
Yo no sé de dónde salían tantas guitarras; no pude comprender de qué
estaban hechos aquellos cuerpos, tan incansables en el baile como en
el ejercicio, ni de qué metal durísimo eran las gargantas, para ser
tan constantes en el gritar y cantar.
Como durante la primera semana del mes de julio no nos faltaron
víveres abundantes, lo pasábamos perfectamente; y como tampoco
tropezamos con los franceses, establecidos, aunque muy inquietos, al
otro lado del río, a todos, especialmente a los inexpertos, nos
parecía la guerra una ocupación dulcísima. Sobre todo, el condesito de
Rumblar no cabía en su pellejo de puro alborozado; y como con el roce
de tanta y tan diversa gente se iba despabilando por extremo, llegó a
adquirir un desembarazo, un dominio de su propia persona que antes no
tenía. Santorcaz, como dije, había logrado en poco tiempo gran
ascendiente sobre D. Diego, de tal modo, que cuanto nuestro mozalbete
ponía por obra, lo consultaba con aquél. Marijuán, en cambio, hacía
buenas migas con un servidor de ustedes, y siempre juntos en las
marchas y en los descansos, nos contábamos nuestras cosas,
compadeciéndonos y consolándonos mutuamente. Nosotros dos solos, y sin
dar parte a nadie, nos comimos el divino chocolate y los bollos de la
Madre Transverberación.
Todo el ejército tenía gran impaciencia por venir a las manos con la
_canalla_. Como existen en todo campamento, además del supremo consejo
que se celebra en la tienda del General, tantos consejillos como
grupos de soldados se escalonan aquí y allá, en la cantina o en campo
raso, para echar una caña o tirar un par de cartas, nosotros siempre
estábamos dilucidando en corros más o menos grandes la eterna cuestión
de nuestro encuentro con los franceses. ¡Cuántas veces, reunidos junto
a un tambor, donde había un jarro de vino, dispusimos el paso del río,
el ataque del enemigo en su posición de Andújar, u otras hazañas de la
misma harina!
Un día, hallándonos en Porcuna, y después que se nos unió el ejército
de Reding, resolvimos, tras de ardiente discusión, que los generales
estaban atolondrados y sin saber qué plan adoptarían. El conde de
Rumblar dijo que iba a escribir a su maestro D. Paco, para que le
dijera qué operaciones convenían más; pero como todos se rieran de
esta ocurrencia, nuestro generalito se amoscó y fué a que le consolara
con sus adulaciones interminables el lugarteniente Santorcaz.
Por último, tras largo consejo celebrado por los generales, se dijo
que iban a ser distribuídas las divisiones para tomar la ofensiva
inmediatamente. Aquél día, que fué, si no recuerdo mal, el 12 o el 13
de julio, vi por primera vez al general Castaños, cuando nos pasó
revista. Parecía tener cincuenta años, y por cierto que me causó
sorpresa su rostro, pues yo me lo figuraba con semblante fiero y
ceñudo, según a mi entender debía tenerlo todo general en jefe puesto
al frente de tan valientes tropas. Muy al contrario, la cara del
general Castaños no causaba espanto a nadie, aunque sí respeto, pues
los chascarrillos y las ingeniosas ocurrencias que le eran propias las
guardaba para las intimidades de su tienda. Montaba airosamente a
caballo, y en sus modales y apostura había aquella gracia cortés y
urbana que tan común ha sido a nuestros Césares y Pompeyos. Es preciso
confesar que a caballo y en las paradas hemos tenido grandes figuras.
Esto no es decir que Castaños fuera simplemente un general de parada,
pues en 1808, y antes de inmortalizar su nombre, tenía muy buenos
antecedentes militares, aunque había hecho su carrera con rapidez
grande, si no desusada en aquellos tiempos. A los doce años de edad
obtuvo el mando de una compañía; a los veintiocho le hicieron teniente
coronel, y a los treinta y tres, coronel. Si en su juventud no asistió
a ninguna campaña, en 1794, y cuando contaba treinta y ocho años y
poseía la faja de mariscal de campo, estuvo en la del Rosellón a las
órdenes del general Caro, y allí le hirieron gravemente en el lado
izquierdo del cuello. Cuentan que la ligera inclinación de su cabeza
hacia aquel lado provenía de la tal herida.
Voy a decir de qué manera nos distribuyeron. La primera división la
mandaba Reding; la segunda, Coupigny, y la tercera, Jones; la reserva
estaba a las órdenes de D. Juan de la Peña, y mandaban destacamentos
sueltos, de mil hombres poco más o menos, en calidad de tropas
volantes para mortificar al enemigo, D. Juan de la Cruz, el marqués de
Valdecañas y D. Pedro Echevarri, que después fué uno de los más
famosos polizontes de la reacción. Trescientos escopeteros, que habían
salido Dios sabe de dónde, eran capitaneados por el presbítero D.
Ramón de Argote. ¿No es verdad que hubiera estado mejor diciendo misa?
A caballo éramos tres mil, fuerza no muy grande si se considera que
íbamos a operar en país entrellano y contra jinetes muy aguerridos;
pero, en cambio, nuestra artillería era de primer orden. Teníamos
veinticuatro piezas, servidas por el Real Cuerpo, con lo más florido
de aquella oficialidad a quien estaba reservado la mayor gloria de la
guerra, desde el 2 de mayo hasta la batalla de Vitoria.
Nosotros nos extendíamos por la izquierda del Guadalquivir, ocupando
los pueblos de Porcuna y Lopera; y alargando una de nuestras alas por
el camino de Arjonilla, observábamos la orilla derecha, mientras la
otra ala se extendía hacia Higuera de Arjona buscando a Menjíbar.
Ocupaba el francés a Andújar con las fuerzas que primitivamente trajo
a la tierra andaluza, y que habían vencido en el puente de Alcolea y
saqueado a Córdoba. La división de Vedel, fuerte de diez mil hombres,
hallábase en Bailén, y la pequeña división de Ligier-Belair, el mismo
general que vimos batirse con los vecinos de Valdepeñas en los
primeros días de junio, estaba en Menjíbar guardando el paso del río.
Andújar, Bailén, Menjíbar. Del primero al segundo punto corría la
carretera general de Andalucía, desde Bailén a Menjíbar el camino que
iba a Jaén, y desde Menjíbar a Andújar el río. Conserven ustedes en la
memoria la disposición de este triángulo para comprender la
importancia de los movimientos de ambos ejércitos.
Cualquiera que fuese el pensamiento de nuestros generales, lo cierto
es que la primera división recibió orden inmediata de ponerse en
marcha, mientras Castaños con la tercera y la reserva se dirigía hacia
el puente de Marmolejo para pasarlo y atacar a Dupont en Andújar. Ya
he dicho que mandaba D. Teodoro Reding la primera división; lo que aún
no ha sido escrito por la Historia ni dicho por mí es que yo formaba
parte de ella, porque toda la caballería voluntaria había sido
incorporada, mejor dicho, fundida en los batallones del ejército, que
apenas contaban con la mitad del contingente. A mi amo y a los que le
seguían nos tocó formar en las filas del regimiento de Farnesio,
mientras que los lanceros de Sevilla fueron casi todos incorporados al
regimiento de España.
El día 13 nos separamos de nuestros compañeros y tomamos el camino,
mejor dicho, las veredas y trochas que conducen a Menjíbar. No
llegábamos a seis mil; pero éramos buena gente, aunque me esté mal el
decirlo. El regimiento de guardias valones, los suizos, el de la
Corona, el de Irlanda, el de Jaén, los granaderos provinciales, los
fusileros de Carmona, la caballería de Farnesio y las seis bocas de
fuego que mandaba D. Antonio de la Cruz, eran piezas respetables,
orgullosas de sí mismas. Teníamos por General a un hombre impetuoso,
de más arrojo que prudencia; mediano táctico, pero incansable en las
marchas. Nuestro Jefe de Estado Mayor, D. Francisco Javier Abadía, era
un militar muy entendido, quizás de los mejores que entonces tenía el
ejército español, y el coronel puesto al frente de la artillería
pasaba por un oficial de mucho entendimiento en su arma. Nosotros le
llamábamos el _sainetero_, por ser hijo de D. Ramón de la Cruz.
Adelante, pues al llegar a Menjíbar, encontramos la población muy
alborotada porque un destacamento francés, enviado a Jaén en busca de
víveres, después de saquear horriblemente esta ciudad, había
retrocedido a su cuartel general, asolando a su paso la comarca. De
Jaén se contaban atrocidades que apenas son creíbles en militares de
un país europeo. Dijéronnos que mujeres y niños habían sido
inhumanamente degollados, y que igual muerte padecieron dentro de sus
mismos hospitales varios frailes agustinos y dominicos enfermos. La
consternación de aquellos pueblos era excesiva, y al aproximarse las
tropas, acudían en tropel a nuestro encuentro, derramando lágrimas de
ira, suplicándonos que no dejáramos vivo un francés, y pidiendo los
viejos aún fuertes y los rapaces de doce años que se les dejase
marchar entre las filas para ayudarnos. Según nos decían después del
saqueo, en los caseríos inmediatos al tránsito, Almenara, Fuente del
Rey, Grañena y otros, no habían dejado ni un grano de trigo, ni un
azumbre de vino, ni un puñado de paja. Hasta las medicinas de las
boticas y de los hospitales de Jaén fueron robadas, y al propio
tiempo, ni un carro ni una mula quedaron en todos aquellos contornos.
Muchas familias expoliadas habían acudido a Menjíbar. En la plaza del
pueblo dos frailes escapados a las carnicerías de Jaén, predicaban el
exterminio de los franceses. Al ver la indignación de aquella infeliz
gente robada y vejada, al ver las mujeres que acudían frenéticas y
rabiosas pidiéndonos que vengáramos a sus inocentes hijos, degollados
sin piedad en la cuna, comprendí las crueldades de que por su parte
empezaban a ser víctimas los franceses cuando se rezagaban.