Se nos acampó en un alto a espaldas de Menjíbar, y supimos con gusto
que aquella noche no haríamos movimiento alguno. Nuestro gozo, como
nuestra fatiga, necesitaba descanso; necesitábamos dar desahogo al
efervescente júbilo, no sólo renovando en la memoria todos los
incidentes de la acción de aquel día, sino también refiriendo cuanto
cada uno hizo y cuanto dejó de hacer para que la batalla fuese
completamente ganada. Los suizos y los soldados de línea no estaban
tan engreídos como nosotros los paisanos, que creíamos haber asistido
a la más grande y gloriosa acción de los modernos tiempos. Mirábamos
con desdén a los que quedaron de reserva, y al contarles lo que pasó,
hacíamos subir a cifras fabulosas el número de franceses segados por
nuestros cortadores sables en la refriega.
Largas horas pasamos sobre el campo saboreando los deliciosos
recuerdos de tanta gloria, que como dejos de un manjar muy rico nos
renovaban el placer del vencimiento. La noche era como de verano y
como de Andalucía, serena, caliente, con un cielo inmenso y una
atmósfera clara, donde algo sonoro fluctúa, cuya forma visible
buscamos en vano en derredor nuestro. Tendidos sobre la caldeada
tierra a orillas del río, cuyas frescas emanaciones buscábamos con
anhelo, entreteníamos las horas hablando, cantando o haciendo eruditas
disertaciones sobre la campaña tan felizmente emprendida. En un grupo
se jugaba a las cartas, en otro se decía un romance de héroes o de
santos, en este algunos cantaores echaban al vuelo las más románticas
endechas de la tierra, pues desde entonces era romántica Andalucía; en
aquel se narraban cuentos de brujas, y en algunos, finalmente, se
dormía sin inquietud por el día venidero.
Nuestro D. Diego, siempre al arrimo de Santorcaz; Marijuán, yo y
algunos más formábamos un grupo bastante animado, en el cual no cesó
el ruido hasta muy alta la noche. Después de cantar, no escasearon los
cuentos, acertijos y adivinanzas, y, por último, la conversación
recayó en tema de mujeres.
--Yo--dijo D. Diego con su natural ingenuidad--me voy a casar. A todos
les convido a mi boda. «¿Y quién es la novia?», dirán ustedes. Pues
sepan que no la he visto. Mi señora madre lo ha arreglado todo con
otras dos señoras de Córdoba, y, según me han dicho, es más bonita que
el Sol, aunque ahora da en la manía de no salir del convento.
--Será para cuando acabe la guerra, porque ahora no está el horno para
bollos--dijo Marijuán--. Yo también voy a casarme con una muchacha de
Almunia, que tiene siete parras, media casa y burro y medio de
hijuela. También será cuando acabe la campaña, y a todos les convido a
mi boda. ¿Y tú, Gabriel, no piensas casarte?
--Pues yo, para no ser menos--contesté--, digo que cuando termine la
guerra me casaré también. «¿Y con quién?», diréis. Pues me caso con
una condesa.
--¡Con una condesa!
--Sí, señores, con una condesa que posee todas estas tierras que
estamos viendo y otras más allá, y tiene dos escudos con ocho lobos
sobre plata y catorce calderos, con media cabeza de moro y un letrero
que dice...
--_Toma casa con hogar y mujer que sepa hilar_--dijo Marijuán,
interrumpiéndome--. ¿Pues no dice que se casa con una condesa? Será
con alguna duquesa del estropajo. Pero dí, ¿en qué alcázares reales
está tu novia?
--Este es un bobalicón que no sabe lo que se habla--observó D.
Diego--. ¡Lucida condesa será ella! Pues, como os decía, muchachos, mi
novia está muy desazonada esperando a que se acabe la guerra para
casarse conmigo. Así me lo han dicho, y lo creo. Apuesto que estáis
rabiando por saber quién es y cómo se llama; pero eso no lo he de
mentar, porque mi señora madre y D. Paco me dijeron que si hablaba de
esto antes de llegar la ocasión, me castigarían no dejándome montar en
el potro. ¡Qué guapa es, señores! Sus ojos son dos luceros, como aquel
grande y muy claro que está sobre el tejado de esa casa; su boca se
compone de dos hojas de rosa; sus dientes hacen que todas las perlas
echen a correr de envidia; sus mejillas son claveles abiertos, y
cuando llora, sus lágrimas son diamantes. Yo no la he visto más que en
figura; porque han de saber ustedes que cuando fuí a visitar a sus
tías en Córdoba, me dieron un medalloncito con el retrato de la que ha
de ser mi mujer, el cual retrato, por temor a que se me perdiera, lo
he dado a guardar al Sr. de Santorcaz.
--Eso se parece--dijo uno de los oyentes--la historia de la princesa
Laureola, por quien vinieron de la Meca los tres reyes moros, y dice
el cuento que tenía los ojos de azabache ardiendo, la boca de flor de
granado, y las orejas de caracolitos del mar. ¿Lo sabes tú?
--Eso está en el romance de la _Reina mora_, bruto. ¿Qué tiene eso que
ver con la princesa Laureola?
--Yo sé el romance de la _Reina mora_--gritó D. Diego, batiendo
palmas--. ¿Lo echo?
--Venga.
--No: el del _Barandal del cielo_, que es más bonito y habla de la
Virgen--añadió el Condesito, gozoso de poder lucir sus habilidades--.
Me lo enseñó mi hermana Presentación, que sabe veintisiete y los dijo
todos arreo delante del Sr. Obispo de Guadix, cuando Su Ilustrísima
paró en casa el mes pasado.
Y sin esperar a que le rogasen, el mayorazguito de Rumblar, con
sonsonete de escuela, voz agridulce y afeminados gestos, dió principio
a la siguiente retahila:
Por el barandal del cielo
se pasea una doncella
blanca, rubia y encarnada,
que alumbra como una estrella,
San Juan le dice a Jesús:
«¿Quién es aquella doncella?»
«Nuestra Madre, buen San Juan,
nuestra Madre linda y bella»;
la Virgen no viene sola:
ángeles vienen con ella;
no viene vestida de oro,
ni de plata, ni de seda:
viene vestida de grana....
..........................
Y como al concluir fuera acogida esta relación con una salva de
aplausos, animóse el recitador y nos endilgó otra, no menos famosa,
que empezaba:
Allá arriba, en aquel alto,
hay una fuente muy clara,
donde se lava la Virgen
sus santos pechos y cara....
............................
--¡Basta de romances!--exclamó de improviso Santorcaz, asustándonos a
todos con su interrupción--. Eso es cosa de chiquillos, y no de
hombres formales. ¿No sabe usted más que eso?
--Sé muchos más--dijo tímidamente el joven--. Don Paco me ha enseñado
muchos, y me los hace aprender de memoria para que los diga en las
tertulias.
--¿Y nada más le ha enseñado a usted ese Sr. D. Paco, a quien desde
el primer momento tuve y diputé por un gran zopenco?
--También me ha enseñado Historia, sí, señor. Y sé lo de nuestro padre
Adán y aquello de Alejandro cuando fué a dar batallas a los persas,
como ahora vamos nosotros a dárselas a los franceses.
--¿Y nada más?
--¡Toma!, también latín; pero mi señora madre mandó que no me
atarugasen la cabeza de latín, puesto que no era necesario; y por
último, D. Paco dijo que con saber un poquito de _Musa musæ_ bastaba.
--¿Y qué libros ha leído usted?
--Nada más que la _Guía de Pecadores_, donde está aquello del
Infierno. Es libro muy feo, y mi señora madre no me dejaba leer más
que lo del Infierno, que da mucho espanto y sueña uno con ello. Pero
mi señora madre tiene otros libros en el cofre, y cuando iba a misa,
yo, con mucha cautela, los sacaba para leerlos. Uno se titula _La
farfulla, o la cómica convertida_, novela escrita por un fraile de
mínimos, y otra, _Princesa, ramera y mártir, Santa Afra_. Ambos libros
son muy bonitos, y traen un aquel de amores y besos, que me daba mucho
gusto ouando a escondidas los leía yo.
Santorcaz sonreía. Después de una pausa, dijo con cierta petulancia:
--¿De modo que no ha leído usted la _Enciclopedia_?
--¿Qué es eso?
--La _Cincopedia_--gritó uno--. ¡Eh!, ¿sabes tú adónde cae la
_Cincopedia_?
Esta palabra, que adquirió fortuna aquella noche, fué pasando de boca
en boca, y más de cien la repitieron entre zumbas y chacota.
--Veo que sois unos animales--dijo Santorcaz, un poco avispado--. De
todos modos, Sr. D. Diego, la educación que usted ha recibido no puede
ser más deplorable en un joven mayorazgo, que por lo mismo que ha de
sobresalir entre los demás en la sociedad, debe cultivar su
entendimiento.
--A ver, amigo--indicó Rumblar--, hábleme usted de esas cosas, que me
gustan. Todo lo que usted me decía anteayer, cuando íbamos de camino
por aquí, me tenía encantado, y le juro que si no estuviera en
vísperas de casarme y fuera preciso seguir con ayo, le diría a mi
señora madre que me le pusiera a usted en lugar de D. Paco, el cual
bien se me alcanza que no me ha enseñado más que gansadas y tonterías.
--Pues repito que un joven destinado a ocupar tan alta posición en el
mundo debe saber algo más que el romance del _Barandal del cielo_.
Verdad es que, o mucho me equivoco, o todo eso de los mayorazgos se lo
llevará la trampa, y tarde o temprano se pondrán las cosas de manera
que cada cual sea hijo de sus obras.
--Así debe ser--añadió Marijuán--. ¿No somos todos hijos de Dios?
--Vengan acá y respondan--dijo Santorcaz, excitando la curiosidad de
sus oyentes--. ¿No les parece que el mundo está muy mal arreglado?
Abriéronse varias bocas con estupefacción, y no se oyó ninguna
respuesta.
--Pues yo, que no he leído ningún libro--afirmó al fin uno de los
circunstantes--, digo que Dios tiene que volver a hacer el mundo,
porque eso de que se lo lleve todo el que primero salió del vientre de
la madre, y los demás se queden bailando el pelao, no está bien. Mi
hermano el mayor, sólo porque le dió la gana de nacer antes que yo,
tiene tres dehesas y dos casas; y los demás..., uno hubo de meterse
fraile, otro se fué al Perú, otro está muerto de hambre en un hospital
de Sevilla, y yo, señores, tuve que meterme en el contrabando para que
no se me helara el cielo de la boca.
--Oye, tú, Marijuán--dijo otro--, ¿sabes lo que contaban en Sevilla?
Pues que la Junta se iba a poner de compinche con las otras Juntas
para ver de quitar muchas cosas malas que hay en el gobierno de
España, lo cual podemos hacer nosotros _sin necesidad de que vengan
los franceses a enseñárnoslo_.[2]
--Así ha de ser--observó Santorcaz--. Me han dicho que en Sevilla hay
sociedades secretas.
--¿Qué es eso?
--Ya sé--replicó uno--. Tiene razón don Luis. En Sevilla hay lo que
llaman _flamasones_, hombres malos que se juntan de noche para hacer
maleficios y brujerías.
--¿Qué estás diciendo? No hay tales maleficios. Mi amo iba también a
esas Juntas, y cuando su mujer se lo echaba en cara, respondía que los
que allí iban entraban al modo de filósofos y no hacían mal a nadie.
--Pues en Madrid las sociedades secretas están todavía en la
infancia--añadió Santorcaz--. En Francia las hay a miles, y todo el
mundo se inscribe en ellas.
--Pues si voy a Madrid--dijo con énfasis el mayorazguito--, lo primero
que haré será meterme en una de esas sociedades, donde sin duda se han
de aprender muy buenas cosas. ¿No es verdad, D. Luis? Yo no tengo nada
de torpe: me lo conozco, sí, señores. ¿Creerá usted, Sr. Santorcaz,
que eso que usted ha dicho de los mayorazgos se me había ocurrido a mí
muchas veces cuando jugaba en el patio de casa con las gallinas? Pero
ya que me enseña usted lo que ignoro, contésteme a una duda: ¿por qué
tenemos nosotros en nuestras casas tantos papelotes llenos de
garabatos, y por qué usamos esos escudos con sapos y culebras? El de
mi casa tiene cuatro lagartos y un tablero de ajedrez con dos
calderitos muy monos.
--Si esos signos representan algo--repuso Santorcaz--, es referente al
primero que los usó, a sus hazañas, si las hizo, o a sus privilegios,
si los tuvo; pero hoy, amiguito, tales pinturas no valen de nada, y
dentro de algunos años, los que las posean sin dinero, serán unos
pobres pelagatos, a quienes nadie se arrimará, así como todo aquel que
haya hecho una fortuna con su trabajo o descuelle por su talento, será
bienquisto en el mundo, aunque no tenga ni un adarme de lagartija en
su escudo.
--¿De modo--preguntó el mozalbete--que yo seré un pelagatos si llego a
perder mi patrimonio o soy un bruto? Esto sí que es bueno.
--Nada, nada--dijo uno--. Fuera mayorazgos, y que todos los hermanos
varones y hembras entren a heredar por partes iguales.
--Eso no puede ser--observó Marijuán--, porque entonces no habría las
grandes casas que dan lustre al reino.
--Eso no puede ser--afirmó un tercero--. Pues qué, ¿el Rey iba a ser
tan tonto que quitara los mayorazgos? Nada, nada; los dejará siempre
por la cuenta que le tiene.
--Es que si el Rey no quiere quitarlos, no faltará quien los
quite--añadió Santorcaz.
Todos se rieron al oír sostener la idea de que existe alguna voluntad
superior a la voluntad del Rey.
--¿Cómo puede ser eso? Si el Rey no quiere... ¿Hay quien esté por
cima del Rey? El Rey manda en todas partes, y digan lo que quieran, no
hay más que su sacra real voluntad. ¡Muchachos, viva Fernando VII!
--Pero vengan acá, zopencos--dijo Santorcaz--. ¿Dicen ustedes que
nadie manda más que el Rey?
--Nadie más.
--Y si todos los españoles dijeran a una voz: «¿Queremos esto, señor
Rey; nos da la gana de hacer esto», ¿qué haría el Rey?
Abriéronse de nuevo todas las bocas, y nadie supo contestar.
#Nota a pie de página:#
[2] Palabras textuales de la Junta Suprema de Sevilla.