Antes de llegar a la posada, fuerte ruido de tambores y cornetas me
anunció la salida del ejército. Corrí a buscar mis armas y mi
caballo, y antes de que se notara mi falta, ya estaba en fila con el
señorito conde de Rumblar, Marijuán y los demás de la partida. Era ya
de noche cuando salimos, y el pueblo todo tomó parte en aquella
espontánea fiesta de nuestra despedida: millares de luces se
encendieron a nuestro paso en balcones y puertas; ninguna mujer dejó
de saludarnos desde la reja, ya sin galán, y todos los chicos
engendrados por aquella fecunda generación salieron delante de los
tambores, acompañándonos hasta más allá de la Puerta Nueva.
Anduvimos toda la noche, y al día siguiente, al salir del Carpio, nos
desviamos del camino real de Andalucía, tomando a la derecha en
dirección a Bujalance. Durante esta primera jornada encontramos a
Santorcaz, que había salido de Bailén para incorporarse a su
cuadrilla, y a todos nos dió mucho gusto el verle.
--Aquí traigo varios regalitos que le manda a usted su señora
mamá--dijo a mi amo, entregándole unos paquetes--. La señora estaba
desazonada por no haber tenido noticias de usted, y me encargó que le
cuidase bien. ¿Hizo el Sr. Conde las visitas que D.ª María le encargó?
--Puntualmente--contestó mi amo--. Y usted, ¿por qué no ha venido
antes?
--¡Qué demonio! Con estas cosas ni tenemos posta ni quien lleve una
carta. Sin embargo, yo recibí las que esperaba, y aquí estoy al fin,
deseando, como los demás, que tropecemos con los franceses.
Desde entonces fué Santorcaz el principal personaje de la cuadrilla
después del amo, lugar que supo conquistarse con la desenvoltura
subyugadora de su conversación. Ponía él todo suesmero en agradar a D.
Diego, cosa fácil de conseguir, y siempre fijo al lado de éste,
cautivó prontamente el ánimo del buen chico, ya contándole hazañas y
extraordinarios hechos, ya sugiriéndole con su fértil imaginación
ideas y conceptos propios para enloquecer a un joven de chispa, pero
muy atrasado en su desarrollo intelectual.
Y a todas estas, señores míos, ni una palabra os he dicho de aquel
ejército, ni de su extraña composición; pero atended ahora, que lejos
de ser tarde, es ésta la coyuntura propicia de hacerlo, según el
refrán que dice: «Cada cosa en su tiempo, y los nabos en Adviento.»
La base del ejército de Andalucía estaba en las tropas del campo de
San Roque, mandadas por Castaños, y en las que después trajo don
Teodoro Reding de Granada. Componíase de lo más selecto de nuestra
infantería de línea, con algunos caballos y muy buena artillería, no
excediendo su número de trece a catorce mil hombres. Agregáronse
algunos regimientos provinciales y los paisanos que espontáneamente o
por disposición de las Juntas se engancharon en las principales
ciudades de Andalucía. Difícil es conocer la cifra exacta a que se
elevaron las fuerzas de paisanos armados; pero seguramente eran
muchos, porque la convocatoria había llamado a todos los mozos de diez
y seis a cuarenta y cinco años, solteros, casados y viudos sin hijos,
de cinco pies menos una pulgada, medidos descalzos. Además de los
notoriamente inútiles, como cojos, mancos, ciegos, etc., eran
exceptuados los que tenían su mujer encinta o ejercían cargos
públicos, así como a los ordenados de Epístola; pero no había
excepción por razón de cosecha o labores del campo. Los únicos
rechazados de las filas, sin tener aquellos reparos, eran los _negros,
mulatos, carniceros, verdugos_ y _pregoneros_. Con paisanos, pues,
creó Sevilla cinco batallones y dos regimientos de caballería; Cádiz
mandó el batallón de tiradores que llevaba su nombre, y las ciudades y
villas de Utrera, Jerez, Osuna, Carmona, Jaén, Montoro y Cabra
enviaron cuerpos de infantería y caballería de número irregular.
Esto aumentó el ejército; pero aún debía crecer un poco más aquél, que
empezó enano y debía ser gigante terrible, si no por su tamaño, por su
fuerza. Los militares españoles que el Gobierno de Madrid incorporaba
a las divisiones de Moncey, de Vedel o de Lefebvre iban huyendo de sus
traidoras filas en cuanto se les presentaba ocasión para ello, de tal
modo, que al verificar sus marchas aquellos ejércitos por parajes
montuosos o quebrados, veían que los españoles se les escapaban por
entre los dedos, como suele decirse. Los desertores acudían a engrosar
las tropas del ejército de Blake, del de Cuesta o del de Castaños; y a
Carmona y a Córdoba llegaron muchos, escapados de las filas de Moncey,
así como casi todos los que hacían la campaña de Portugal con Junot.
Aquellos oficiales y soldados, al romper la disciplina literal que los
sujetaba a la Francia invasora para acudir al llamamiento de la
disciplina moral de su patria oprimida, hacían el viaje disfrazados,
traspasaban a pie las altas montañas y los ardientes llanos, hasta
encontrar un núcleo de fuerza española. Daba lástima verles llegar
rotos, descalzos y hambrientos, aunque su gozo por hallarse al fin en
tierra no invadida les hacía olvidar todas las penas. Con estos
desertores, entre quienes había guardias de Corps, valones,
ingenieros y artilleros, aumentó un poco nuestro ejército.
Pero aún creció algo más. La Junta de Sevilla había indultado el 15 de
mayo a todos los contrabandistas y a los penados que no lo fueran por
los delitos de homicidio, alevosía o lesa majestad humana o divina, y
esto trajo una partida, que si no era la mejor tropa del mundo por sus
costumbres, en cambio no temía combatir, y fuertemente disciplinada,
dió al ejército excelentes soldados. Ibros, lugar célebre en los
fastos del contrabando; Jandulilla, Campillo de Arenas, y otras
localidades, entregadas más tarde al sable de la Guardia civil y de
los Carabineros, enviaron respetables escuadrones, con la
particularidad de que por venir armados hasta los dientes, y ser todos
unos caballeros de muy buen temple, que sabían dónde echaban la boca
del trabuco, se les reputó como auxiliares muy eficaces del ejército.
Cuerpos reglamentados españoles, con algunos suizos y valones;
regimientos de línea, que eran la flor de la tropa española;
regimientos provinciales, que ignoraban la guerra, pero que se
disponían a aprenderla; honrados paisanos, en su mayor parte muy
duchos en el arte de la caza, y por lo general tiraban admirablemente;
y, por último, contrabandistas, granujas, vagabundos de la sierra,
chulillos de Córdoba, holgazanes convertidos en guerreros al calor de
aquel fuego patriótico que inflamaba el país; perdidos y merodeadores,
que ponían al servicio de la causa nacional sus malas artes; lo bueno
y lo malo, lo noble y lo innoble que el país tenía, desde su general
más hábil hasta el último pelaire del Potro de Córdoba, paisano y
colega de los que mantearon a Sancho: tales eran los elementos del
ejército andaluz.
Se formó de lo que existía: entraron a componer aquel gran amasijo la
flor y la escoria de la nación; nada quedó escondido, porque la
fermentación lo sacó todo a la superficie, y el cráter de nuestra
venganza esputaba lo mismo el puro fuego que las pestilentes lavas.
Removido el seno de la patria, echó fuera cuanto habían engendrado en
él los gloriosos y los degenerados siglos, y no alcanzando a
defenderse con un solo brazo, trabajó con el derecho y el izquierdo,
blandiendo con aquél la espada histórica y con éste la navaja.
En cuanto a uniformes y trajes, habíalos de todas las formas
conocidas. Es prodigioso cómo se equipó aquel ejército de paisanos en
diez y seis días. La Administración actual, con todos sus recursos, es
un sastre de portal comparada con aquel confeccionador que puso en
movimiento millones de agujas en dos semanas. En cierto estado que la
Historia no ha creído digno de sus páginas, pero que existe aún,
aunque en el olvido, se consigna el número de piezas de vestuario que
hicieron gratuitamente las monjas y señoras de Sevilla. Dice así:
«Por las Comunidades y señoras de distinción se han hecho 3.335
camisas, 1.768 pantalones y 167 casacas de soldado; 1.001 camisas, 312
pantalones y 700 chalecos de sargento; 374 botines de paño, 149 sacos
de caballería, 16 mochilas y 1.684 escarapelas.» Las señoras de
Alcolea, las de Carmona, Lora del Río y otros pueblos figuran en la
cuenta con cifras parecidas.
Esta diversidad de manos en la hechura de vestimenta indica que la voz
_uniforme_, en lo tocante a voluntarios, era una vana palabra. Al lado
de las casacas blancas con solapa negra, carmesí o azul, que vestían
la mayor parte de los regimientos de línea; al lado de las levitas
azules con bandolera que vestían valones y suizos, veíamos los
chaquetones de paño pardo con que se cubría la gente colecticia. Entre
los altos morriones de la artillería y las gorras de los granaderos,
llamaban la atención nuestros blancos sombreros portugueses, y las
gorras de cuartel, y los tocados de innumerables clases con que
cubrían sus chollas los tiradores y voluntarios de los pueblos. Como
antes he dicho, aquel ejército hacía reír.
¿Y el dinero para la guerra? Causa risa ver cómo se da hoy de
calabazas un ministro de Hacienda para _arbitrar_, con destino a otra
guerra, unos cuantos millones que nadie quiere darle si no hipoteca
hasta el último pingajo de la nación. Aprended, generaciones egoístas.
Leed las listas de donativos hechos por los gremios, por los
comerciantes, por los nobles y hasta por los mendigos. ¡Aquel sí era
llover de dinero, y reunirlo a montones, sin que ni un realito de
vellón se escapase por entre los agujeros del cesto administrativo! En
la lista de donaciones hay una partida conmovedora que dice así: «La
Sra. Condesa viuda de Montelirios ha entregado su _toaleta_ de plata,
manifestando el sentimiento de que sus medios no alcancen tanto como
su voluntad.»
¿Habrá hoy quien dé su _toaleta_?...