XIV

--Gabriel--me dijo con voz temblorosa y sin dejar de mirar hacia el

sitio del tumulto--, vas a hacerme un favor... ¡Los franceses! ¡Están

ahí los franceses! Sí..., yo he visto pasar por esas calles las gorras

de pelo de a dos varas de alto... Bien lo decía yo... ¡Mi sobrinita

y mi hermana tienen unas cosas...! A ellas solas se les ocurre

mandarme con esta comisión, sin reparar que la pierna gotosa no me

deja correr. Pero no doy un paso más..., me retiro a casa...; tú te

encargarás de llevarlas flores, la carta y el recado... ¿No oíste un

tiro? Me parece que vienen por ese lado. ¡Jesús, esto es atroz! Si

viene una bala perdida... Adiós, me voy; toma, chiquillo, encárgate

tú de esto. Es muy fácil. Ahí está el convento. Mira, en aquel

callejón está la puerta del torno. Entras, preguntas por la Srta.

Inés, la novicia..., pues. Dices que vas de parte de la Sra. Marquesa

de Leiva. ¿Lo olvidarás?... ¡Dios mío! ¡Esas mujeres que pasan

corriendo!... Sin duda los muy tunantes intentan deshonrarlas. Me

voy... Toma, entra tú en el locutorio. ¡Para qué vendría yo a estos

malditos barrios! Toma el ramo de flores contrahechas..., toma la

carta, que darás a la Srta. Inés...; le dices que la Sra. Marquesa

está enojada con ella, y que es preciso que a salir del convento se

decida. Insiste mucho en esto, ¿eh?; dile que nos vamos para Madrid, y

que en la Corte del nuevo rey José I... ¡Demonio, eso que ha sonado

es un tiro de obús!... Me parece que ha caído una granada en el techo

de esa casa.

--¿Una granada? Lo menos cincuenta van disparadas ya--dije yo,

atizando el fuego de su miedo para que se marchara pronto y me dejase

tan sublime comisión.

--Conque, chiquillo--continuó, temblando como un azogado--, ¿lo harás

bien? Si te dan contestación la llevas a casa. Ve pronto. Yo me

escaparé corriendo por esta calle donde no se siente ruido...; adiós.

Desapareció el diplomático, llevado por su miedo, y al punto entré en

la portería del convento con febril alegría, y di fuertes porrazos en

el torno. Una voz regañona me contestó.

--_Deo gratias_--dije--. Vengo de parte de mi ama, la Sra. Marquesa de

Leiva, a traer un recado a la Srta. Inés.

La portera me dijo que esperara en el locutorio, y al poco rato de

estar allí corrióse la cortina de éste y vi dos monjas. No sé cómo

pude mantenerme en pie. Una de ellas era Inés.

No me cabía duda, era ella misma: en su semblante, adelgazado y

pálido, habían impreso terribles huellas los sesenta días de

incesantes pesares transcurridos desde el 2 de mayo; pero la reconocí,

a pesar de la escasísima luz del locutorio, y la hubiera reconocido

en la obscuridad de las entrañas de la tierra. Parecióme que al verme

cerró los ojos, y que asió las rejas con sus dos manos para

sostenerse. Cuando me dirigió la primera pregunta, temblaba su voz de

tal modo, que era imposible entender sus palabras. Sin poder decir una

sola, incapaz de discurso y de movimiento, permanecí yo breve rato con

la cara apoyada en la reja.

La monja que la acompañaba me obligó por fin a romper el silencio.

--La Sra. Marquesa me ha dado este ramo de flores y esta carta--dije,

introduciendo ambas cosas para que las tomara Inés.

--¡Ah, el ramo para el Santo Niño de la Enfermería!--dijo la monja

vieja--. La señora Condesa no se olvida de nosotras.

--También me ha dado un recado de palabra para la Srta.

Inés--continué--, y es que se prepare a salir del convento para partir

con ella a Madrid dentro de algunos días.

--¡Oh!--exclamó la vieja--. La Sra. Condesa y la Sra. Marquesa hacen

mal en contrariar la decidida vocación de esta niña. ¡Por qué ese

empeño de llevarla a Madrid, cuando ella quiere dejar las maldades y

abominaciones del siglo! La pobrecita no quiere cuentas con nadie más

que con su prometido Esposo, que es Nuestro Señor Jesucristo.

--Madre Transverberación--dijo Inés con voz más entera--, el chocolate

y los bollos que han hecho sus mercedes ayer para la señora Condesa,

¿dónde están? ¿Los ha traído su merced?

--No por cierto.

--¡Si tuviera su merced la bondad de ir a buscarlos para que los lleve

este mozo...!

--Bien pudo usted haberlos traído--replicó gruñendo la vieja.

--Si la Sra. Condesa no lo recibe esta tarde, se enojará mucho, y me

será difícil convencerla de que no quiero dejar nunca más esta santa

morada.

--Voy por él..., ¡qué niñas éstas!

Dejónos solos la Madre Transverberación, y entonces hablé así:

--Inés mía, estoy vivo, he resucitado. Salí vivo de aquel montón de

muertos, donde perdimos para siempre a nuestro buen amigo don

Celestino. Al verme vivo y sin ti, pensé que Dios me había devuelto la

vida para castigarme; pero ahora que te encuentro, alabo a Dios porque

veo que no una, sino dos veces, me ha dado la vida.

--¿Debo salir de aquí? ¿Debo hacer lo que me mandan esas señoras?--me

preguntó Inés con impaciencia, porque temía la vuelta de la Madre

Transverberación.

--Si, Inés, sal de aquí. Haz lo que te mandan esas señoras. ¿Qué dicen

en esa carta?

--Toma, léela--dijo, alargándola al través de la reja.

A la escasa luz del locutorio pude leer la carta, que decía, entre

otras cosas relativas al ramo y al chocolate, lo siguiente: «Esperamos

que cesará tu obstinación en profesar. Nos oponemos resueltamente a

ello, y no queremos que tu ingreso en el seno de esta familia sea

señal de aniquilamiento de nuestra casa. Ya te dijimos que habíamos

determinado casarte con un joven de alto linaje, proyecto en el cual

estriba la felicidad, grandeza y lustre de la familia a que

perteneces. Todo está concertado, y aunque se aplace por motivo de la

guerra, al fin tiene que ser; de modo que si persistes en profesar,

nos llenarás de dolor. ¿No anhelas servirnos de consuelo en nuestra

soledad? ¿No correspondes al mucho amor que te profesamos? ¿No deseas

ocupar el puesto que te pertenece en nuestro corazón y en nuestra

casa? Mi sobrina y yo iremos a convencerte, y en tanto disponemos el

viaje a Madrid, adonde nos acompañarás, porque tu presencia es

indispensable a las diligencias de tu legitimación.»

--Sí, saldré--dijo Inés cuando acabó de leer la carta--. Ya no quiero

estar más aquí.

--¿Pues qué, estabas decidida a profesar?

--Sí, muy decidida. No tenía yo más consuelo que la idea de encerrarme

aquí para siempre. Cuando me trajeron a Córdoba..., ¡qué días y qué

viaje!, yo no sabía lo que era de mí. Me encerraron en este

convento..., luego vinieron esas señoras a decirme que era su

sobrina..., me besaron..., lloraron mucho las dos...; luego dijeron

que me iban a casar, y cuando les contesté: «Pues ya que me han puesto

aquí, aquí he de quedarme toda la vida», ambas se afligieron mucho...

Me visitan con frecuencia, acompañadas de un señor de edad, que me

hace mil caricias y asegura quererme mucho; pero nunca he cedido a sus

ruegos para salir.

--¿Y ahora?

--Las paredes del convento se me caen encima, y anhelo salir.

--¡Pero te van a casar!--exclamé indignado--. Te quieren casar, y no

se hunde el mundo.

Entonces se rió, creo que por primera vez desde mucho tiempo, y

aquella espontánea alegría me pareció expresión de una renaciente

vida. Inés salía del seno del claustro como yo del montón de muertos

de la Moncloa, y al contestar con una sonrisa a mis amorosas quejas,

sacaba del sepulcro de la Orden el pie que tan impremeditadamente

había metido dentro. Viéndola reír, reíme yo también, y al punto,

olvidando la situación, nos hablamos con la confianza de aquellos

tiempos en que de nuestras penas hacíamos una sola.

--¡Ay, chiquilla! Ahora que eres archiduquesa y archipámpana, ¿no

tienes vergüenza de quererme?

--¿Pero qué quieren hacer de mí?--preguntó, poniéndose triste otra

vez.

--Mira, princesa, haz lo que te mandan esas señoras: obedécelas en

todo. Ya habrás conocido el parentesco que tienes con ellas. Dios te

ha puesto en sus manos; acepta lo que Dios te da, y Él arreglará lo

demás.

--Saldré del convento--afirmó ella--. ¡Ay! No se asustarán poco las

Madres cuando me lo oigan decir. Pero ya Dios no quiere que yo sea

monja.

--No lo serás, no; y cuando yo vuelva de la guerra...

--¿Pero vas tú a la guerra? Chiquillo, ¿quién te ha metido a ti en

guerras?

--¿Pues qué he de hacer? ¿Quieres que toda la vida sea criado?

Escucha, Inés, lo que me pasó hace días en casa de la Sra. Condesa.

Fuí a visitarla, y habiendo cometido la indiscreción de decirle que te

quería, se enfureció de tal modo, que me hizo poner en la puerta de la

calle.

Inés cruzó las manos, dejándolas caer luego con desaliento sobre su

falda, mientras elevaba sus ojos al cielo, sin decir nada.

--¡No soy más que un criado, Inés!--exclamé, agarrándome con fuerza a

la reja y sacudiéndola, como si quisiera hacerla pedazos--; no soy más

que un miserable chico de las calles, indigno de ser mirado por

personas de tu categoría. Después que nos separamos, mira qué

distantes estamos uno de otro. Pero no creas que lo siento; me gusta

verte donde estar debes.

--¿Y tú?--me preguntó con perplejidad.

--Yo haré lo que deba, Inesilla. Sal de este convento, ve con esas

señoras y espérame tranquila, con la segundad de que iré a buscarte.

Si para entonces no has variado..., si te encuentro la misma...

Contestóme al instante pasando su dedo índice por uno de los huecos de

la reja. Yo se lo besé, se lo mordí tan sin pensarlo, que ella no pudo

contener un ligero grito, a punto que la Madre Transverberación

regresaba con el chocolate y los bollos.

--¿Qué es eso, niña?--preguntó la vieja, asombrada de oírla chillar.

--Nada, Madre Transverberación. Esta reja tiene unos picos... Al

mover la mano me lastimé un dedo--dijo Inés, chupándose la coyuntura

del dedo índice y sacudiéndolo después para fingir el dolor del

supuesto rasguño.

--Aquí están el chocolate y los bollos--añadió la monja--. Vaya, ya es

tiempo de que se marche ese mocito, porque obscurece y no es ésta hora

de tener abierto el locutorio.

--Rabiando estoy por marcharme--repliqué--. Vengan acá esos bollos y

ese chocolate, que la Sra. Marquesa estará con el alma en un hilo

aguardando tan buenas cosas. ¿Y qué le digo a su merced en

contestación al recado que tuve el honor de traer?

--Que está muy bien--contestó Inés, apretando su cara contra la

reja.--Que haré lo que me mandan, y que cuando quieran venir por mí,

estoy dispuesta a salir del convento.

--¿Cómo es eso, niña?--gruñó alarmada la monja--. ¡Que quiere usted

salir! ¡Qué pensará su futuro Esposo Jesucristo si llega a sus oídos

lo que usted ha dicho! Y tiene que saberlo forzosamente, porque Él

está en todas partes y todo lo oye. Nada, nada--añadió, arrimando su

hocico a la verja--. Rapaz, a la Sra. Marquesa dirá usted que la niña

persiste en su ejemplar vocación, y que si quieren verla enfadada y

bufando de rabia, que le hablen del siglo y sus tentaciones.

Inés prorrumpió en una carcajada tan natural, tan graciosa, tan

fresca, tan jovial, que hasta las paredes del convento parecían

regocijarse con tan alegre música.

--¿Qué risas tan mundanas son ésas?--dijo la Madre Transverberación--.

Es la primera vez que se ríe usted de ese modo en esta casa. ¿Qué pasa

para tanta alegría?... Adentro, niña, adentro; daremos parte de este

inaudito desenfado a la Madre Abadesa.

Cerróse el locutorio y salí a la calle. Sentíame con nueva vida, con

centuplicadas fuerzas en mi espíritu y en mi cuerpo; sentíame capaz de

todo, de la abnegación, de la lucha, hasta del heroísmo, porque la

presencia y las palabras de Inés habían abierto desconocidos

horizontes, inmensos espacios delante de mí.

Bailén · 第 15 / 47 题