Córdoba, la ciudad de Abdherranmán; la Meca de Occidente, la que fué
maestra del género humano, la vieja andaluza, que aún se engalana con
algunos restos de su antigua grandeza; todavía hermosa, a pesar de los
siglos guerreros que han pasado por ella; ya sin Zahara, sin
academias, sin pensiles, sin aquellas doscientas mil casas de que
hablan los cronistas árabes; sin califa, sin sabios, pero orgullosa
aún de su mezquita-catedral, la de las ochocientas columnas; triste y
religiosa, habiendo substituído el bullicio de sus bazares con el
culto de sus sesenta iglesias y sus cuarenta conventos; siempre
poética y no menos rica en la decadencia cristiana que en el apogeo
musulmán; ciudad que hasta en los más pequeños accidentes lleva el
sello de los siglos; tortuosa, arrugada, defendiéndose de la luz como
si quisiera ocultar su vejez; escondida en sus interiores, donde
guarda innumerables maravillas, y siempre asustada al paso del
transeúnte; protectora de los enamorados, para quienes ha hecho sus
mil rejas y ha obscurecido sus calles; devota y coqueta a la vez,
porque cubre con sus joyas las imágenes sagradas, y se engalana y
perfuma aún con los jazmines de sus patios... Tal era la ciudad que
había estado entregada por tres días a la brutal codicia de los
soldados de Dupont. Este desgraciado caudillo, que desde entonces
comenzó a sentir la indecisión y el aturdimiento que le acompañaron
hasta capitular, temeroso de ser sorprendido allí por las tropas de
Castaños, se retiró el 16 de junio, dirigiéndose a Andújar, desde
donde pidió refuerzos a Madrid.
El 18 entramos nosotros en la ciudad saqueada, aún llena de mortal
espanto. Aún no había sido lavada la sangre que manchaba sus calles,
ni sabían exactamente los cordobeses a ciencia cierta el dinero y
cantidad de alhajas que les habían robado. Antes que en contar lo que
les quedaba pensaron en armarse, y si antes habían ido a la lucha los
campesinos, siguiendo a los regimientos provinciales y las milicias
urbanas, después del saqueo todas las clases de la sociedad se
apercibieron para lo que más que la guerra era un ciego plan de
exterminio, pues no se decía _vamos a la guerra_, sino a _matar
franceses_.
Desde que entré en la desgraciada ciudad, a la emoción producida por
el espectáculo del reciente desastre se agregaba la que yo sentía por
asuntos de mi propia cuenta, y por la supuesta proximidad a quien era
el faro de mi vida. Así es que luego que el Conde y los de la comitiva
nos arreglamos en una de las mejores posadas, salí con objeto de
buscar la casa de la Sra. Amaranta y de su tía, lo cual érame
sumamente fácil, por haber visto los sobrescritos de las cartas que
traíamos para aquellas personas. Las doce serían cuando llegué a la
calle de la Espartería, donde era la residencia de la tía de Amaranta.
En lo sucesivo, y para evitar confusiones, ya que no puedo nombrarla
con su verdadero nombre, usaré el título convencional de marquesa de
Leiva.
Cuando di los primeros aldabonazos en la puerta, parecíame que
golpeaba en mi propio corazón. ¿Estaría allí Inés? ¿Estaría allí, ya
olvidada de que antes existiera en el mundo un chico llamado Gabriel,
arcabuceado por los franceses? Y si estaba y de improviso me veía, ¿no
era posible que se me presentara deslumbrada por los esplendores de su
nueva posición, y que a la palidez de la primera sorpresa sucediera en
su rostro el rubor de haberme amado? ¿Se acercaba el momento de que yo
cayese de la inconmensurable altura de mi fatuidad amorosa,
encontrando una sonrisa de desdén y la mano de un criado que me
pusiera en la calle? ¿Por ventura el trance que me esperaba era
hermano gemelo de aquella otra gran caída ocurrida en El Escorial,
cuando por el favor de Amaranta soñaba con los primeros puestos de la
nación? ¿Bajaría mi alma desde príncipe a lacayo, como poco antes bajó
mi ambición?
Abrióme la puerta un criado conocido, a quien rogué me llevase a
presencia de mi antigua ama la Sra. Condesa. Mientras atravesábamos el
patio, buscaba afanosamente algún objeto que me indicase la proximidad
de Inés. Como olfatea el perro el rastro de su amo, así aspiraba yo
las emanaciones de la casa buscando el aire que había sido aliento de
aquella naturaleza querida. No oí su voz, ni sentí sus pasos, ni ví
cosa alguna que tuviera las huellas de su mano. A mí se me antojaba
que en cualquier objeto podía notar un sello especial que indicara
pertenecerle. Pero en nada de lo que vieron mis ojos encontré la
huella indefinible que debía tener todo aquello en que Inés pusiera
los suyos. Esto se comprende y no se explica. El corazón es el único
adivino, y el mío me dijo que Inés no estaba allí.
El patio era fresco y risueño, como todos los de las buenas casas de
Andalucía. Entre los jazmines reales, que abrazándose a una columna
ostentaban sus mil florecillas llenas del perfume más grato a los
enamorados; entre los naranjos de la China, graciosas miniaturas del
naranjo común; entre los rosales de la tierra y esos claveles
indígenas, cuya imperial hermosura no ha logrado eclipsar ninguna de
las elegantes flores modernas; entre los tiestos de reseda, de
mejorana, de albahaca y de sándalo, saltaban los chorros de una fuente
habladora, con cuyo monólogo se concertaba el canto de algunos pájaros
prisioneros en doradas jaulas. El pavimento era de mármol y los
zócalos de azulejos; sobre éstos, y cubriendo gran parte de la pared,
había cuadros al óleo de aquella escuela andaluza que ha llevado a los
lienzos el tono caliente de la tierra, la esplendidez de la inflamada
atmósfera y la agraciada melancolía de los semblantes.
Afortunadamente para mí, Amaranta se dignó recibirme. Estaba en una
sala baja, fresca y obscura, y cuando yo entré se ocupaba en armar
unas flores de altar. ¿Se había entregado a la devoción? Vestía
completamente de blanco, y a la exigencia de la moda se unía el rigor
de la estación para que aquel ligero traje fuera nada más que lo
absolutamente necesario para cubrir su hermoso cuerpo. Entonces, entre
las miradas de fuera y el pudor interno no se ponía tan gran baluarte
de telas como se pone hoy.
Abrumadoramente hermosa estaba, y sus ojos negros, que eran, como otra
vez he dicho, los primeros ojos del mundo, es decir, los Bonapartes de
la mirada humana, conquistaban al punto todo aquello a que dirigían su
pupila. Sentí en su presencia mucha cortedad, gran turbación; sentíme
sin ideas y sin palabra.
--¿Qué vienes a buscar aquí?--me dijo.
--Señora, he venido a Córdoba para afiliarme en el ejército del
general Castaños, y sabiendo que Su Excelencia y apreciable familia
estaban en esta población, he querido visitar a mi antigua y querida
ama.
--Eres tan hipócrita como intrigantuelo y trapisondista--repuso entre
severa y amable.
--¿Conque me tienes ley? ¿Por qué te portaste tan mal
conmigo?
--Señora--exclamé, haciendo aspavientos de respeto--. ¡Yo portarme
mal! ¡Si no podré olvidar nunca lo bien que estaba al servicio de Su
Excelencia!
--¿Quieres ser otra vez mi criado?--me preguntó.
Esta proposición cayó sobre mí como un rayo. Pensé en Inés, en el
repentino engrandecimiento de la que había juzgado compañera de mi
existencia, y al considerarme criado de aquella casa, temblé de
indignación.
--No, señora, no quiero servir más. Soy soldado--repuse--. Sin
embargo, estoy a las órdenes de Vuecencia para lo que guste mandarme.
--¿Conque soldado? ¿Y vas a la guerra? Dentro de un mes serás
general--dijo con punzante ironía.
--No aspiro a tanto. Quiero servir a mi país y nada más. Con tal de
que mañana pueda decir: «Contribuí a echar de España a la canalla»,
quedaré satisfecho.
--¿Y crees que España podrá echar fuera a la canalla? ¡Ah!, yo no
participo de la ilusión de esta buena gente. ¿Qué pasó el día 9 en el
puente de Alcolea? Aquellos pobres paisanos a quienes no se puede
negar el valor, huyeron ante las tropas disciplinadas del general
Dupont. En Córdoba tampoco se les opuso resistencia, y ¡qué horror,
Dios mío! ¡Qué tres días de angustia! Todos creíamos que los franceses
entrarían con bandera de paz, porque la gente de Echevarri abandonó la
ciudad, y los de aquí no trataban de hacer resistencia. Llegaron los
franceses a la Puerta Nueva, y mientras las autoridades hablaban con
ellos para darles entrada, de una casa cercana salieron algunos tiros.
Furiosos los enemigos, después de derribar a cañonazos la puerta,
desparramáronse por las calles de Córdoba, asesinando a cuantos se
encontraban al paso y metiéndose en las casas para coger cuanto había.
No puedes figurarte lo que era aquello. Mudos de espanto y ansiedad
estábamos todos aquí, atento el oído a los rumores de la calle, cuando
sentimos que las puertas caían a golpes, y penetraba aquella
soldadesca bestial, diciendo que se les entregasen todos los objetos
de valor. El miedo nos impidió andar en contestaciones con ellos, y al
punto les dimos alhajas, dinero, plata de mesa y cuanto había,
deseando que se lo llevasen todo de una vez para no escuchar sus
insultos. Mas luego bajaron a la bodega, sedientos de vino; no
contentos con echar fuera las cubas pequeñas, bebían en las llaves de
las pipas grandes, y dejándolas luego abiertas, corría el Montilla de
setenta y cinco años, inundando las cuevas. Uno de aquellos salvajes
pereció ahogado en vino. Pero al fin se fueron de casa sin cometer
atrocidades de otra clase y nos vimos libres de semejante chusma. En
otras partes los horrores no pueden contarse. Robaron todo el dinero
de la Administración, toda la plata de los conventos, los vasos
sagrados, los cálices, las custodias, las alhajas de las imágenes;
penetraron también en los conventos de frailes, muchos de los cuales
murieron asesinados; convirtieron en lupanar la iglesia de Fuensanta,
y por tres días Córdoba no fué una ciudad, fué un infierno, porque
todos los demonios, todas las maldades, sacrilegios y abominaciones
cayeron sobre ella. Por las calles se les encontraba borrachos, llenos
de inmundicia y revolcándose en el lodo, engullendo vorazmente la
comida que sacaban a viva fuerza de las casas. Los generales
franceses, avergonzados de tanta bajeza, querían someterlos a palos;
pero fué preciso emplear mucho rigor, y algunos hubieron de ser
fusilados para que entraran en razón los demás. Por último, saliendo
de Córdoba para Andújar, esos cafres nos han dejado en paz por algún
tiempo. ¡Qué espantoso estado el de España! Y lo peor es que
sucumbirá. ¡Qué días terribles nos aguardan! Quisiera yo tener las
ilusiones de esta gente, y creer, que como ellos creen, que con unas
cuantas batallas ganadas por nosotros..., y por cierto que no sé cómo
será eso de ganar batallas, sin ejército, ni generales, ni dinero, ni
nada..., que con unas cuantas batallas se va a concluir todo
felizmente. Hay quien sueña con ir a Francia, después de echar a los
franceses, y traerse a Napoleón con un grillete al pie. ¡Dios quiera
que no perezcamos todos! ¡Dios nos dé valor para resistir la tormenta
que se nos viene encima!... Aquí vivimos sin saber a qué santo
encomendarnos. Casi no nos tratamos con nadie, y si tememos que
Francia nos tome por exaltadas patriotas, más nos duele que los
vecinos nos crean afrancesadas. Quisiéramos estar bien con todos y que
ni unos ni otros nos molestaran... Pero qué sé yo...; creo
difícil... ¿Y en Madrid qué tal se vive?
--¿Piensa Usía volver a la Corte?
--¡Oh!, sí... Pensamos marcharnos pronto, porque nos llama un asunto
en que está interesada toda la familia. A ser por mí, ya estaríamos
allá. No puedo vivir en Córdoba, y menos en el estado actual de la
guerra. Esto no es vivir. Si en Madrid no hubiese tranquilidad, nos
iríamos a Bayona con toda la familia.
--¿Y ninguna de las personas de esta casa fué maltratada por la
soldadesca francesa?--pregunté, deseando saber qué personas había en
la casa.
--Ninguna; sólo mi tío el Marqués tuvo una contusión en la cabeza;
pero recibióla al esconderse debajo de una cama, y lo hizo con tanto
ímpetu, que se dió un golpe muy fuerte contra el suelo. Un amigo de
casa, que nos visita todos los días, D. José María de Malespina,
también recibió un ligero rasguño en la mano derecha al ocultarse
detrás de un armario.
--¿Y las señoras? Oí decir que una sobrinita de la Sra. Marquesa... o
sobrinita de Su Excelencia, no estoy bien seguro, había venido de
Madrid con objeto de acompañarlas.
--No--contestó Amaranta, mirando al suelo.
--Pues entonces lo confundo yo con otra cosa. Paréceme que en Madrid
lo oí decir al señor licenciado Lobo, aquel famoso escribano...; pero
no, seguramente se equivocó.
--¿Conoces tú al Sr. de Lobo?--me preguntó con inquietud.
--Ya lo creo; somos muy amigos. Le conocí cuando yo servía en casa de
D. Mauro Requejo..., y por cierto que el señor licenciado y yo tuvimos
una cuestión con motivo de cierta jovencita..., una infeliz, señora,
una desgraciada chiquilla, huérfana de padre y madre.
--A ver, cuéntame eso.
--Pues los Sres. de Requejo, que eran dos puerco-espines martirizaban
a la damisela. Yo tenía lástima de ella y quise sacarla de allí...,
pero me fusilaron los franceses.
--¡Te fusilaron!
--Sí, señora, y el Sr. de Lobo...; pues..., lo cierto fué que la niña
desapareció.
--Ya... Cuéntamelo todo.
Con el mayor afán, con el interés más grande que durante mi vida he
sentido por cosa alguna, empezaba yo a contar a la Condesa lo que
sabía, cuando la entrada de dos personas me interrumpió.
Eran el diplomático y D. José María de Malespina, aquél por tantos
títulos famoso, aunque retirado, coronel de Artillería, de quien hablé
cuando lo de Trafalgar. El primero me reconoció y tuvo la bondad de
dirigirme algunas bromas.