IX

Al pasar la tierra, me reconocí completamente sano de mi anterior

enfermedad. La influencia sin duda de aquel hermoso país, el vivo sol,

el viaje, el ejercicio, equilibraron al punto las fuerzas de mi

cuerpo, y respiraba con desahogo, andaba con soltura, sin sentir

malestar alguno en mis heridas. Todo rastro de dolor o debilidad

desapareció, y me encontré más fuerte que nunca. Nada de particular

hallamos durante nuestro tránsito por las nuevas poblaciones, a no ser

la inquietud alarmante y los preparativos de defensa. En La Carolina y

en Santa Elena escaseaban mucho los hombres, porque la mayor parte

habían ido a incorporarse a la legión formada por D. Pedro Agustín de

Echevarri, partida cuya base fueron los valerosos contrabandistas del

país. Quedaba, no obstante, en los desfiladeros de Despeñaperros

bastante gente para detener todos o la mayor parte de los correos, y

en varios puntos, apostadas las mujeres o los chiquillos en lo

escabroso de aquellas angosturas, avisaban la proximidad del convoy

para que luego cayeran sobre él los hombres. También advertimos gran

abandono en los primeros campos de pan que se ofrecieron a nuestra

vista, y en algunos sitios las mujeres se ocupaban en segar a toda

prisa los trigos todavía lejos de sazón. Cerca de Guarromán vimos

grandes sementeras quemadas, señal de que había comenzado allí su

oficio la horrible tea del invasor.

Hasta entonces no había ocurrido ninguna colisión sangrienta entre

imperiales y andaluces. Éstos, al ver que de improviso, por entre los

romeros y lentiscos de la sierra, desfilaban aquellos soldados de la

fábula, tan hermosos y al mismo tiempo tan justamente engreídos de su

valor, no volvieron de su asombro sino cuando los vieron desaparecer

camino de Córdoba, y sólo entonces, sintiendo requemadas sus mejillas

por generosa vergüenza, cayeron en la cuenta de que el suelo patrio no

debía ser hollado por extranjeras botas. Los franceses encontraron el

país tranquilo, y creyeron llegar felizmente a Cádiz; pero bajo las

herraduras de sus caballos iba naciendo la hierba de la insurrección.

Aquellos corceles no eran como el de Atila, que imprimía sello de

muerte a la tierra, sino que, por el contrario, sus pisadas, como un

toque de rebato, iban despertando a los hombres y convocándoles detrás

de sí.

Llegamos por último a Bailén, y explicaré por qué nos detuvimos en

esta villa algunos días. Allí residía el ama de Marijuán, quien al

presentarse a ella nos rogó que le acompañásemos, y esta apreciable

señora, que era doña María Castro de Oro de Afán de Ribera, condesa de

Rumblar, nos recibió con tanto agasajo, nos ponderó de tal modo la

ruindad de las posadas y ventas de la villa, que no tuvimos por

conveniente hacernos de rogar y aceptamos la hospitalidad que se nos

ofrecía. La casa era grandísima y no faltaba hueco para nosotros, ni

tampoco excelente comida y bebida de lo más selecto de Montilla y

Aguilar.

--A estas horas--nos dijo la Condesa--los franceses deben haber

empeñado una acción con el ejército de paisanos que dicen salió de

Córdoba para defender el paso del puente de Alcolea. Si ganan los

españoles, los franceses retrocederán hacia Andújar, y como han de

estar muy rabiosos, cometerán mil atrocidades en el camino. No

conviene que salgan ustedes de aquí, a no ser que tengan intención,

como mi hijo, de incorporarse al ejército que se está formando en

Utrera.

No eran necesarias tantas razones para convencernos. Nos quedamos,

pues, en la ilustre casa; y ahora, señores míos, con todo reposo voy a

contaros puntualmente lo que recuerdo de aquella mansión y de sus

esclarecidos habitantes, destinados a figurar bastante en la historia

que voy refiriendo.

El palacio de Rumblar era un caserón del siglo pasado, de feísimo

aspecto en su exterior, pero con todas las comodidades interiores que

alcanzaban los tiempos. Las altas paredes de ladrillo; las rejas

enmohecidas y rematadas en cruces; los dos escudos de piedra obscura

que ocupaban las enjutas de la puerta, cuyo marco apainelado y con

vuelta de cordel parecía remontarse a fecha más antigua que el resto

de la casa; las dos ventanas angreladas junto a un mirador moderno; el

farol sostenido por pesada armadura de hierro dulce, en cuyo centro se

retorcían algunas letras iniciales y una corona dibujadas con las

vueltas del lingote; las guarniciones jalbegadas alrededor de los

huecos; los pequeños vidrios, las celosías, y la diversidad y variedad

de aberturas practicadas en el muro, según las exigencias del

interior, le asemejaban a todas las antiguas mansiones de nuestros

grandes, bastante desprendidos siempre para gastar en la fábrica de

los conventos el gusto y el dinero que exigían las fachadas de sus

palacios. Por dentro resplandecía el blanco aseo de las casas de

Andalucía. Tenía gran sala baja, capilla, patio con flores,

habitaciones con zócalo de azulejos amarillos y verdes; puertas de

pino, lustradas y chapeadas; gran número de arcones, muchas obras de

talla, cuadros viejos y nuevos, algunas jaulas de pájaros, finísimas

esteras, y, sobre todo, una tranquilidad, un reposo y plácido silencio

que convidaban a residir largo tiempo en aquella mansión.

Hablemos ahora de la familia de Afán de Ribera, o Perafán de Ribera,

que en esto no están acordes los cronistas. Ocupará el primer lugar en

esta enumeración reverente la señora Condesa viuda D.ª María Castro de

Oro de Afán, etc., aragonesa de nacimiento, la cual era de lo más

severo, venerando y solemne que ha existido en el mundo. Parecía mayor

de cincuenta años, y era alta, gruesa, arrogante, varonil, usaba para

leer sus libros devotos o las cuentas de la casa, unos grandes

espejuelos engastados en gruesa armazón de plata, y vestía

constantemente de negro, con traje que a las mil maravillas a su cara

y figura convenía. Aquélla y ésta eran de las que tienen el privilegio

de no ser nunca olvidadas, pues su curva nariz, sus cabellos

entrecanos, su barba echada hacia afuera, y la despejada y correcta

superficie de su hermosa frente, hacían de ella un tipo cual no he

visto otro. Era la imagen del respeto antiguo, conservada para educar

a las presentes generaciones.

Tendrá el segundo lugar su hijo, joven de veinte años, niño aún por

sus hábitos, su lenguaje, sus juegos y su escasa ciencia. Era el único

varón, y, por tanto, el mayorazgo de aquella noble casa, cuyo origen,

como el del majestuoso Guadalquivir, se remontaba a las fragosidades

de la Sierra de Cazorla, donde los primeros Afán de Ribera hicieron no

sé qué hazañas durante la conquista de Jaén. El joven D. Diego

Hipólito Félix de Cantalicio había sido educado conforme a sus altos

destinos en el mundo, bajo la dirección de un ayo, de que después

hablaremos, y aunque era voluntarioso y propenso a sacudir el

cascarón de la niñez, arrastrando por el polvo de la travesura juvenil

el purpúreo manto de la primogenitura, su madre le tenía metido en un

puño, como suele decirse, y ejercía sobre él todos los rigores de su

carácter. Verdad es que el muchacho, con su instinto y buen ingenio,

había descubierto un medio habilísimo para atacar la severidad

materna; y era que cuando su ayo o la Condesa no le hacían el gusto en

alguna cosa, poníase los puños en los ojos, comenzaba a regar con

pueriles lágrimas los veinte años de su cuerpo, y exclamaba: «Señora

madre, yo me quiero meter fraile.» Estas palabras, esta resolución del

muchachuelo, que de ser llevada adelante troncharía implacablemente el

frondoso árbol mayorazguil, difundía el pánico por todos los ámbitos

de la casa. Procuraban todos aplacarle, y la madre decía: «No seas

loco, hijo mío. Vaya, puedes montarte a caballo en la viga del patio,

y te permito que le pongas al gato las cáscaras de nuez en sus cuatro

patitas.»

A estos dos personajes seguirán forzosamente las dos hijas de la

Marquesa: dos pimpollos, dos flores de Andalucía, lindas, modestas,

pequeñas, frescas, sonrosadas, alegres, sin pretensiones, a pesar de

su nobleza, rezadoras de noche y cantadoras por la mañana; dos

avecillas que encantaban la vista con el aleteo de su inocente

frivolidad y de cierta ingenua coquetería, de ellas mismas ignorada.

Eran pequeñas como el resedá; pero como el resedá tenían la seducción

de un aroma que se anuncia desde lejos, pues al sentirles los pasos se

alegraba uno, y su proximidad era aspirada con delicia. Asunción y

Presentación eran dos angelitos con quienes se deseaba jugar para

verles reír, y para reírse uno mismo del grave gesto con que

enmascaraban sus lindas facciones cuando su madre les mandaba estar

serias. La de menor edad era destinada al claustro, y mientras

acariciaba D.ª María la grandiosa idea de ponerla en las Huelgas de

Burgos, se acordó que tomara las lecciones necesarias para ser

doctora, por lo cual el ayo de su hermano había empezado a enseñarle

la primera declinación latina, que aprendió en un periquete,

encontrando aquello muy bonito. La primera, esto es, Asunción, no

tenía necesidad de aprender nada, porque era destinada al matrimonio.

Y, por último, no quiero dejar en la obscuridad al ayo del joven D.

Diego. Llamábanle comúnmente D. Paco, y era un varón de gran sencillez

y moderación en sus costumbres, aunque algo pedante. Estaba él

convencido de que sabía latín, y citaba a veces los autores más

célebres, aplicándoles lo que estos desgraciados no pensaron nunca en

decir. ¡A tales imputaciones calumniosas está expuesta la celebridad!

También se preciaba D. Paco de enseñar a sus discípulos acertadamente

la historia antigua y moderna, aunque sabemos por documentos de

autenticidad incontestable, que en sus explicaciones nunca pasó más

acá del arca de Noé. Era, sí, muy fuerte en la vida de Alejandro el

Grande, y podemos asegurar que poseía en altísimo grado un arte que no

a todos los mortales es dado cultivar con regular acierto. Don Paco

era un gran pendolista, que pudiera competir con esos colosos de la

Caligrafía: Torío el Sublime y Palomares el Divino, y hasta con el

moderno Iturzaeta; habilidad que en parte había transmitido a su

discípulo, pues las planas del heredero de Rumblar llenaban de admiración

al señor Obispo de Guadix cuando iba a pasar unos días en la casa.

Además, D. Paco era un hombre excelente, y temblaba de miedo delante de

la Condesa cuando ésta le achacaba las faltas del niño. Vestía de negro,

siempre en traje ceremonioso, aunque no nuevo, usando asimismo peluca

blanca, rematada en descomunal bolsa. A los forasteros huéspedes nos

trataba con mucha dulzura; porque «la hospitalidad--decía--fué don

particular de los pueblos antiguos, y debe ser practicada por los

presentes para enseñanza de los venideros».

X

El patrimonio de aquella casa era bueno, aunque muy inferior al de

otras familias de Andalucía y de Castilla; pero contaba la Condesa con

que sería de los primeros de España luego que su hijo heredara el

mayorazgo de unos parientes por línea colateral, que carecían de

sucesión directa. Para facilitar esto, D.ª María concibió un proyecto

gigantesco, del cual dependía, como el lector verá, la perpetuidad de

aquella casa y solar ilustre por el largo discurso de los siglos;

trató de casar a su hijo con una hembra de la familia de aquellos sus

parientes, a la sazón poseedores del mayorazgo, y residentes en

Córdoba, aunque su habitual morada era Madrid. No era obstáculo para

esto la niñez, más bien moral que física, de D. Diego, pues siendo

entonces costumbre emparentar lo más pronto posible a los mayorazgos,

los casaban fresquitos y antes que tuvieran tiempo de asomar las

narices por las rendijas de la puerta del mundo, donde, al decir de D.

Paco, no había sino perdición y desvanecimiento para la juventud,

porque las dulzuras de la copa de los placeres duraban breves

instantes, mientras que sus amargas heces trascendían por luengos

años.

Pero alguien hubo de producir trastorno en los planes sabiamente

trazados por D.ª María y sus ilustres primas; desconcertólos Napoleón,

Emperador de los franceses, al poner sus ojos en esta joya del

continente y al invadirla. La guerra, aquella santa guerra de que no

nos muestra otro ejemplo la Historia en tiempos cercanos, obligó a

suspender este como otros proyectos, y D.ª María, aragonesa y muy

patriota, hubo de llamar a D. Diego, y desde lo alto de su sitial le

aterró con estas palabras, confiadas después a mi discreción por D.

Paco:

--Hijo mío, mucho te quiero. Tu muerte no sólo nos mataría de pena,

sino que aniquilaría nuestra casa y linaje. Eres mi único varón, eres

el alma de esta casa, y, sin embargo, es preciso que vayas a la

guerra. Sangre valerosa corre por tus venas, y estoy bien segura de

que a pesar de tus pocos años dejarás en buen lugar el nombre que

llevas. Todos los jóvenes se deben a su rey y a su patria en estos

terribles días en que un miserable extranjero se atreve a conquistar a

España. Hijo mío, mucho te amo; pero prefiero verte muerto en los

campos de batalla y pisoteado por los caballos franceses a que se diga

que el hijo del conde de Rumblar no disparó un tiro en defensa de su

patria. Los hijos de todas las familias nobles de Andalucía se han

alistado ya en el ejército de Castaños; tú irás también, con una

escolta de criados, que armaré y mantendré a mis expensas mientras

dure la guerra.

Al decir esto, la marmórea cara de D.ª María no se inmutó; pero

Asunción y Presentación lloraron a moco y baba. El joven palpitó de

entusiasmo al tomar parte en un juego que no conocía, y que, visto de

lejos, es muy bonito.

Nosotros llegamos precisamente cuando se estaban haciendo los

preparativos y el equipo de guerra del mayorazgo. Todos trabajaban en

aquella casa, y no eran las menos atareadas las hermanitas del Sr.

Conde, porque a más de la delicadísima ropa blanca que con sus propias

manos y bajo la inspección de su madre aparejaron, poniéndola con

mucho orden en las gruperas, se ocupaban a toda prisa en arreglar unos

muy lindos escapularios, no sólo para él, sino para todos los de la

comitiva.

No sé qué aquellos preparativos tenían de semejante con los que se

hacen para mandar a un chico al colegio; verdad es que nada hay tan

instructivo y despabilador como un campamento, y por eso decía D. Paco

que la guerra es maestra del ingenio y domeñadora de las

impetuosidades juveniles.

Marijuán fué destinado a acompañar al señorito. Con él y otros criados

formóse una legioncilla de cinco hombres; mas sabedora doña María de

que otros jóvenes de familias ricas de Baeza, Bujalance y Andújar

habían llevado hasta diez, mandó que se aumentara aquel número,

fijándose al instante en Santorcaz y en mí. Se nos ofrecía una peseta

diaria, además de lo que cayera si volvíamos con vida y salud. Mi

compañero y yo nos miramos, consultando con elocuente silencio el

aspecto de nuestras respectivas fachas. Hallábamonos ambos muy

derrotados; y con aquella escrutadora penetración que da la carencia

de posibles, cada cual conoció la escualidez y vanidad de la bolsa del

otro. Santorcaz opinó que yo debía aceptar el enganche, y yo fuí del

mismo dictamen respecto a mi amigo; D.ª María ofreció equiparnos,

mudando nuestras ropas por otras nuevas y mejores, y además

comprometíase a mantener por algún tiempo a los que ya comenzaban a

tener dudas acerca del pan que comerían al llegar a Córdoba. No

vacilamos, y henos convertidos en soldados de caballería, prontos a

incorporarnos al reducido, pero brillante ejército de San Roque.

Comprendí que aquél era mi destino, y que para el fin que a Córdoba me

llevaba, más me convenía penetrar en esta ciudad como soldado obscuro

que como desalmado y andrajoso vagabundo. Santorcaz se decidió después

de meditarlo mucho, dando paseos en la habitación donde se nos había

albergado. Una vez resuelto a ello, pareció muy alegre y le oí

pronunciar algunas palabras que me demostraron la agitación de su alma

por causas para mí desconocidas entonces. Luego expuso a D.ª María que

no partiría de Bailén hasta no recibir unas cartas que esperaba de

Córdoba y de Madrid, relativas a sus intereses, a lo cual accedió la

señora, diciéndole que permaneciese en la casa hasta cuando quisiera,

con la condición de incorporarse después a la escolta de D. Diego si

ésta salía antes.

No tardó mucho el día de la partida. El joven mayorazgo estaba vestido

del modo siguiente: una ancha faja de seda color de amaranto le ceñía

el cuerpo; sus calzones de ante se ataban bajo la rodilla, y sobre las

medias de seda llevaba gruesas botas de cordobán con espuelas de

plata. El marsellés de paño pardo fino con adornos rojos y azules daba

singular elegancia a su cuerpo, así como el ladeado sombrero

portugués, con moña de felpa negra y cordón de oro. Guarnecía su

cintura sobre el fajín lo que llamaban charpa, y era un ancho cinturón

de cuero con diversos compartimientos ocupados por dos pistolas, un

puñal y un cuchillo de monte, de modo que llevaba el niño en los lomos

un completo arsenal, propio para hacer frente a todas las

circunstancias imaginables.

Ocupábanse la madre y las hijas en arreglar los últimos pormenores

del vestido, ésta cosiendo el postrer botón, aquélla poniendo un

alfiler a la cinta del sombrero, la otra calzando la espuela al mozo,

cuando D.ª María dijo con la viveza propia del que recuerda de

improviso la cosa mas importante:

--Falta lo principal: falta la espada.

Al punto las miradas de todos fijáronse con cierto respeto en un

venerable armario de añejo roble que en el testero principal de la

habitación desde largos años existía. Acercóse a él la Sra. Condesa, y

abriéndolo, sacó una espada larguísima, con su vaina y tahalí, las

tres piezas muy marcadas con el sello de honrosa antigüedad.

Desenvainó el acero la propia D.ª María con gesto majestuoso, aunque

sin ninguna afectación de brío varonil, y luego que lo hubo

contemplado un instante, volvió a meterlo en la vaina, entregándolo

después a su hijo. Era una hermosa hoja toledana de cuatro mesas y de

una vara y seis pulgadas de largo. En la cazoleta o taza cabía

holgadamente un azumbre, y sus gavilanes nielados de oro, lo mismo que

el arriaz, daban aspecto artístico y lujoso a la empuñadura. Tenía en

las dos fachadas del puño el escudo de los Rumblares, y en el pomo una

cabeza con la empresa del armero toledado Sebastián Hernández. En la

hoja, algo roñosa, se podía deletrear, aunque con trabajo, la

inscripción grabada en uno de sus lados: _Pro Fide et Patria, Pro

Christo et Patria, Pro Aris et Focis, Inter Arma silent Leges_.

Colgóse al cinto esta poderosa ilustre tizona el joven D. Diego, para

cuyas manos era peso exorbitante; mas él, orgulloso de llevarlo, hizo

un gesto poco favorable a los propósitos del invasor de España, y se

preparó a salir. Prorrumpieron en copioso llanto Asunción y

Presentación, lo cual dió al traste con la forzada entereza del

Condesito, destinado a ser el terror de la Francia, y pasando de los

pucheros a los hipidos, y de los hipidos a una violenta explosión de

lágrimas, atronó la casa por espacio de un cuarto de hora. Ni por esas

perdió D.ª María su serenidad, hablando a su hijo de asuntos extraños

a la guerra.

--Lo primero que has de hacer cuando llegues a Córdoba es visitar a

mis primas y entregarles estas cartas. Mira, aquí van las señas de su

palacio. Harto sentimos que no pueda celebrarse la boda concertada;

pero Dios lo quiere así, y la patria es lo primero. Algún día será. Di

a esas señoras que si vuelven pronto a Madrid, no les perdono que

pasen sin detenerse algunos días en ésta su casa.

Luego, tomando distinto tono, habló así:

--_Hijo mío, cuidado con lo que haces. Observa la mejor conducta: mira

que vas a combatir al enemigo y a defender la Religión, la Patria, el

Estado y el Rey. Si cobarde vuelves la espalda, no vuelvas jamás a mi

casa, ni te acuerdes nunca de tu madre, ni cuentes ya con su tierno

cariño... Su indignación, su aborrecimiento eterno: he aquí la

recompensa que te aguarda_.

He subrayado estas palabras porque son puntualmente históricas:

constan en papeles impresos de aquel tiempo, que puedo mostrar al que

verlos desee. La mujer que los pronunciara (pues no fué D.ª María, y

el atribuirlo a ésta es de mi exclusiva responsabilidad) añadió lo

siguiente, dirigiéndose a otras madres que despedían a sus hijos en

las puertas del pueblo:

--_Compañeras, si en las batallas llegan a morir todos los hombres,

triunfaremos nosotras_.[1]

Salimos de la casa, tomando cada cual la cabalgadura que se le había

destinado, juntamente con un sable y dos pistolas. El bagaje se

repartió entre todos. Un criado antiguo se había encargado del dinero,

otro llevaba las ropas del señorito; Marijuán llenaba sus alforjas con

abundantes provisiones, y en mi grupera pusimos varios encargos y las

cartas que D. Diego debía entregar en Córdoba. Cuando yo las acomodaba

en mi equipaje, pude ver de soslayo los sobres, y me quedé frío de

sorpresa y casi diré de terror: leí los nombres de Amaranta, de la

Marquesa su tía y del señor diplomático.

Santorcaz, que aún no había recibido lo que aguardaba, se quedó,

prometiendo juntarse con nosotros al día siguiente o a los dos días.

Yo lo vi muy pensativo y tétrico, las manos a la espalda, paseando por

el portal de la casa cuando salíamos de ella. Hasta fuera de la villa

fué en nuestra compañía D. Paco, el cual recordaba a su discípulo las

máximas de Alejandro sobre la guerra, recomendándole una y otra vez

que las pusiera en práctica al pelear contra los franceses, y que

cuidase de sostener siempre el orden oblicuo, disponiendo una segunda

línea para asegurar las espaldas y los flancos, «porque a

esto--decía--debió el gran Macedonio que siempre quedaran victoriosas

sus difalangarquías y tetrafalangarquías».

Con tan sabía máxima, que el heredero de Rumblar juró cumplir al pie

de la letra, despidióse D. Paco, y seguimos nuestra marcha muy

contentos. No tomamos el camino real desde Bailén a Córdoba por no

tropezar con la retaguardia del general Dupont, o con los muchos

destacamentos que había dejado en todos los pueblos, y en vez de las

diez y ocho leguas y media de que consta aquella vía, tuvimos que

andar unas veinticuatro, pues en nuestro rodeo fuimos a Menjíbar;

desde allí, por Torre Jimeno, siguiendo un detestable camino de

herradura, pasamos a Martos, y de Martos, por Alcaudete y Baena,

fuimos a buscar en Castro del Río la margen derecha del Guadajoz, que

nos condujo a las inmediaciones da Córdoba.

Al salir de Bailén supimos la derrota de los paisanos y soldados de

regimientos provinciales en el puente de Alcolea, y en Alcaudete nos

dieron otra terrible noticia, referente a la entrada de los franceses

en Córdoba y al saqueo de aquella hermosa ciudad. Esto y el encuentro

de algunos dispersos de la partida de Echevarri nos inclinó a tomar el

camino de Écija; pero el día 16 supimos que los franceses habían

evacuado a Córdoba; y adoptando nuestro primitivo itinerario,

divisamos en la mañana del 18 un inmenso caserío blanco, que destacaba

sobre el verde azul de la lejana sierra infinidad de torres,

minaretes, espadañas y cimborrios.

#Nota a pie de página:#

[1] Esto pasó en Mérida en 23 de junio.

Bailén · 第 11 / 47 题