--Sobrina--dijo el Marqués--, pronto tendremos aquí las tropas de
Castaños. ¿Sabes lo que ahora le decía al Sr. de Malespina? Pues le
decía que si la Junta de Sevilla me comisionara para entrar en
negociaciones con los franceses, tal vez lograría poner fin a esta
desastrosa guerra.
--¿Qué negociaciones ni qué ocho cuartos?--dijo con desprecio
Malespina--. ¡Oh! ¡Si la Junta de Sevilla siguiera el plan que imaginé
estos días. Mientras no demos a la artillería el lugar que le
corresponde no es posible alcanzar ventaja alguna. Mis recientes
estudios sobre cyclodiatomía y capóltica me han hecho descubrir
importantes principios que ahora debieran llevarse a la práctica.
--Reniego de la ciencia que inventa medios de destrucción--declaró con
gesto elocuente el Marqués--. Por las vías diplomáticas pudieran las
naciones resolver todas sus querellas. ¡La guerra! ¿De qué sirve la
guerra? ¿Vale la pena de que perezcan miles de seres humanos por una
cuestión que podría arreglarse con un pedazo de papel y una pluma
mojada en tinta, puesta en manos de alguna persona que yo me sé?
--Hombre de Dios, sin la guerra, ¿qué sería del mundo? Y sobre todo,
¿qué sería del mundo sin la artillería? Montecúculi dice que las
batallas «dan y quitan las coronas, concluyen las guerras e
inmortalizan al vencedor».
--¡Sangre y luto y desolación! Pero no disputemos sobre el volcán,
amigo. La guerra es un mal, y existe hoy entre nosotros. Lo que
conviene es buscar alianzas en Europa. Por eso, desde que llegué a
Andalucía, sugerí a la Junta Suprema la idea de pedir auxilio a
Inglaterra. ¡Magnífico pensamiento, que ni a Saavedra ni al P. Gil se
les había ocurrido.
--¡Y usted se atribuye la invención!--dijo con sorna Malespina--.
Pero, hombre de Dios, si los asturianos fueron los primeros que en tal
cosa pensaron, y desde el 30 de mayo salieron de Gijón mis
queridísimos amigos D. Andrés Ángel de la Vega y el vizconde de
Matarrosa, hijo del conde de Toreno... ¡Bah, bah!... Estos
diplomáticos han perdido la chaveta. Nada, amigo mío: yo le dije al P.
Gil que cuidara de aumentar la artillería, adoptando los adelantos que
yo quiero introducir en el arma. Pues qué, ¿cree usted que Napoleón no
tiene noticia de ellos? Yo he descubierto que antes de invadir a
España mandó una Comisión secreta para que averiguara si estaba yo
aquí. Como entonces mi familia hizo correr la voz de que yo había
pasado a América, Napoleón dijo: «Pues no hay cuidado ninguno», y
ordenó la invasión. Ya, ya me conoce de antiguo.
--¡Qué vanaglorioso es usted!--dijo el diplomático, superando en
fatuidad a su amigo--. Eso lo dice usted por obligarme a hablar, por
obligarme a que revele... No: es secreto de Estado, del cual quizás
depende la paz de España y de Europa; no saldrá de mis labios, ni soy
hombre que cede fácilmente a las sugestiones de la imprudente
amistad.
--Todo eso es pura farsa. Sepamos de una vez esos secretos.
--¡Farsa!--exclamó con enojo el diplomático--. Pero ya comprendo el
juego. Lo mismo hace mi sobrina cuando quiere obligarme a que revele
los secretos de Estado. No: callaré, callaré, aunque usted me insulte,
aunque usted aparente dudar de mi veracidad para que la indignación me
haga romper el silencio. ¡Pues qué!, si yo dijera que un elevado
personaje, el más poderoso que hoy existe en el mundo, se decidió al
fin a transigir conmigo, después de una enemistad que data de la paz
de Luneville; si yo dijera que los preliminares de negociación que
entablé para evitar a España los horrores de la guerra comenzaban a
dar resultado, cuando algunos hombres pérfidos, ¡ah!..., si yo dijera
esto... Pero no: mi sobrina me mira como para incitarme a seguir
hablando, y usted, Sr. de Malespina, me mira también... Mas no: punto
en boca, y cesen las impertinentes preguntas que en vano amenazan el
inexpugnable alcázar de mi discreción.
--Todo eso es pura fábula--afirmó D. José María con desenfado--.
Aborrezco la falsedad y la jactancia, pues soy hombre que se dejaría
matar antes que decir una palabra contraria a la rigurosa verdad. Por
tanto, basta de fingidas diplomacias y de tratados que no han existido
sino en la cabeza de usted. En estos momentos seamos soldados, y
dejemos a un lado los protocolos. Veremos si ahora, cuando en Bayona
se sepa que yo sigo en España y que no pienso partir a las Américas,
se retiran los franceses de nuestro país, porque..., francamente...,
Napoleón me conoce.
--¡Hombre, eso es demasiado fuerte!--exclamó el diplomático, soltando
la risa--. Conque Napoleón...
--No extraño esas risas--dijo muy amoscado el artillero--. ¿Qué ha de
hacer quien no conoce el peligro personal? ¿Qué ha de hacer un hombre
que cuando entraron los franceses a saquear esta casa, se escondió
debajo de la cama?
--Yo...--contestó con turbación el Marqués--si penetré en aquel
apartado sitio, bien saben todos la causa, que no fué miedo ni mucho
menos. En aquel instante me ocupaba mentalmente en buscar los términos
más propios de un arreglo y transacción con aquella gente, y como el
ruido no me dejaba pensar, busqué la soledad de aquel lugar recogido y
pacífico, donde sin estorbo pudiera entregarme a mis cavilaciones. Lo
incomprensible es que un militar viejo como usted buscase asilo detrás
de un armario mientras los franceses insultaban a las señoras.
--Nada, lo que he dicho siempre--repuso Malespina--. Es inútil esperar
que los profanos hagan nunca justicia a las combinaciones de la
ciencia. Todo lo ven bajo el aspecto vulgar, y lanzan al público las
acusaciones más irreverentes. Hombre de Dios, ¿necesitaré decir que,
convencido desde el principio de la imposibilidad de establecer en el
patio un campo atrincherado, tuve que retirarme a esta sala, y apoyar
mi centro de retaguardia en aquel armario, para operar con el ala
derecha? Viendo que se acercaban con ímpetu formidable los franceses,
hice un movimiento envolvente sobre mi ala izquierda, y me metí tras
el armario, dirigiendo el raso de metales de la terrible arma de fuego
que llevaba en mi bolsillo hacia el marco de la puerta, para que la
trayectoria fuese directamente al patio. El enemigo, al ver mi
actitud, retrocedió lleno de espanto, y he aquí cómo sin efusión de
sangre se les obligó a la retirada.
Amaranta no podía contener la risa oyendo la disputa entre los dos
vejetes. Antes de que ésta concluyera, entró la de Leiva y dijo:
--Acaba de llegar la _Gaceta Ministerial de Sevilla_. Creo que hoy
trae la noticia de que ha muerto Napoleón.
--¡Jesús! ¿Qué dice usted?
--¿Dónde está, dónde está esa _Gaceta_?
Al punto corrieron el Marqués y D. José María a la habitación
inmediata. La Marquesa, que no había parado mientes en mi persona
aunque le hice reverencias muy profundas, acercóse a su sobrina, y
mostrándole un medallón que en la mano traía, le dijo:
¿Te gusta? ¿No es verdad que está parecido? El pintor ha hecho un
hermoso retrato.
--Está muy bonito y se parece mucho--dijo mi antigua señora--. Veremos
qué le parece a ese barbilindo cuando lo vea.
--Es extraño que no haya llegado ya. Su madre me decía que para el 12
pasaría por aquí.
El diplomático y Malespina aparecieron de nuevo, trayendo cada cual
una hoja de papel impreso.
--Efectivamente, aquí está en letras de molde--dijo con grandes
aspavientos el diplomático, preparándose a leer--. Oigan ustedes:
«Madrid, 6 de junio. El descontento de las tropas enemigas parece
general, y corre muy válida la voz de que en Bayona hay insurrección,
y de que el Emperador está oculto, añadiendo algunos que herido.»
--Hombre, eso es importantísimo--dijo Malespina--, aunque no me coge
de nuevo, porque ya tenía noticias detalladas de este suceso.
--¿Que los franceses se sublevan contra Bonaparte?--dijo la
Marquesa--. Dios les habrá tocado el corazón.
--Pero oigan ustedes estotra noticia--añadió el artillero--: «Toledo,
4. Dícese que cerca de Gallur los franceses han sido derrotados por
Palafox, dejando en el campo de batalla 12.000 muertos y un número
infinito de heridos. Los españoles les tomaron 48 cañones y 12
águilas.»
--¡Hombre, magnífica victoria!--exclamó el diplomático--. ¿Pero qué
dice aquí? ¡Oh, ésta sí que es gorda!: «Reus, 8 de junio. Aquí se
habla de la muerte de Josef Napoleón, de los varios partidos que
dividen la Francia y de la sublevación del Rosellón. Si estas noticias
salen ciertas, podemos asegurar que llegó ya el día de la venganza y
de la libertad de España.»
--Vienen muy satisfactorios estos dos números de la _Gaceta_--dijo
Amaranta.
--Ya sabía yo todo eso--afirmó con aplomo el Marqués--. ¡Pero qué veo,
santos cielos! Este sí que es notición. Oigan todos, oiga usted, Sr.
D. José María: «Valencia, 10 de junio. El ejército de Duhesme ha sido
derrotado. Corren voces de que el castillo de Figueras está en nuestro
poder; se repite la noticia del levantamiento del Rosellón y de la
indignación con que ha visto toda la Francia la conducta de su
Emperador con la España.»
Los sueltos que oí leer en aquella ocasión pueden verse en la _Gaceta
Ministerial de Sevilla_, periódico oficial de la Junta Suprema. En sus
breves columnas se insertaban diariamente despachos y noticias que
remitían de todas partes... Dictábalas el entusiasmo y las devoraba
la credulidad, y como nadie las discutía, el efecto era inmenso. Según
la _Gaceta Ministerial_, todos los días era derrotado un ejército
francés, y todos los días ocurría en Francia una insurrección para
destronar al azotador de Europa. ¡Ah!, entonces corrían unas bolas,
junto a las cuales son flor de cantueso las equivocaciones del moderno
telégrafo.
--Oigan ustedes--indicó la de Leiva, que había tomado el periódico de
manos del Marqués--; ésta sí que es noticia extraordinaria. Y no digan
ustedes que la sabían, porque hasta ahora no se ha hablado en España
ni en el mundo de semejante cosa. Atención: «Cádiz, 14. Corre muy
válida la voz de que la Francia está dividida en tres partidos:
borbónico, republicano y bonapartista.» También dice que han
desembarcado en Rosas 11.000 hombres con armas, que vienen de
Mallorca.
--¡Tres partidos!--gritó el Marqués diplomático, mirando a D. José
María.
--¡Tres partidos! Ya lo sabía.
--¡Y yo también!... Pero corro a comunicar esta nueva a nuestros
amigos--dijo el Marqués, levantándose.
--Aguarda--le insinuó su hermana--. No olvides que esta tarde tienes
que pasar por allí.
--¡Otra vez! Si no hay quien la haga salir. Le he prometido, le he
rogado, le he amenazado, le he dicho mil finezas y ternuras, y nada,
no quiere salir. ¿Por qué no vais vosotras?
--Sí, esta tarde iremos--afirmó detenidamente la Marquesa--. Es
preciso que salga, porque sin ella no podemos volver a Madrid.
--¡Oh!, picarón..., ya sabemos el secreto--dijo Malespina,
dirigiéndose con maliciosa expresión al Marqués--. Ayer me hablaron
del caso en varias tertulias... Ya sabía yo que había usted sido un
terrible seductor... ¿Pero ahora salimos con eso?
--Amigo, es preciso reparar de algún modo los extravíos de una
borrascosa juventud. Ya sabe usted que hasta hace quince años me
llamaban el _azote de las familias_. Pero ya pasaron aquellos tiempos,
y ahora...
--¿De modo que no vas esta tarde?
--Francamente--dijo el Marqués--, en estos días me gusta salir a la
calle lo menos posible. Suele haber tumultos..., ¡la gente anda tan
excitada!... ¡Qué susto me llevé la otra tarde en el barrio de San
Lorenzo!..., y como a causa de la gota no puedo correr...
--Y como en la calle no se encuentran camas para esconderse debajo de
ellas... Vamos, vamos, Marqués, y leeremos a los amigos estas
estupendas novedades.
Salieron la Artillería y la Diplomacia, y como la Marquesa había
salido de la habitación un momento antes, quedamos solos otra vez
Amaranta y yo.
--Sigue contando--me dijo--. Y ese señor tendero con quien servías,
¿ha venido contigo a Córdoba?
--No, señora: yo no he vuelto más a su casa. Salí de Madrid
acompañando al Sr. de Santorcaz.
--¡Santorcaz!--exclamó la dama, poniéndose encarnada y después pálida
como una difunta. ¿Quién? ¿Quién has dicho?
--Don Luis de Santorcaz, señora; un caballero castellano que ha venido
ahora de Francia.
Amaranta parecía sentir una emoción profunda. Para disimularse
levantó fingiendo buscar algo, dió media vuelta, sentóse de nuevo,
después se puso la mano sobre los ojos, y finalmente, rompió una flor
de trapo que tenía entre sus manos.
--¿Qué estabas diciendo, que no te oí...?
Que el Sr. de Santorcaz...
--Deja a ese hombre..., no hables de lo que no me interesa. ¿Conque
antes decías que los tenderos de la calle de la Sal martirizaban a la
chiquilla...?
--Sí, señora, mucho. Me desgarraba el corazón--contesté sin cuidarme
de disimular los sentimientos de mi alma.
--Era natural que te interesaras por la desgracia.
--Es que yo había conocido a Inés antes de que a tal casa fuera.
Habíala conocido cuando estaba con su tío, el buen D. Celestino del
Malvar. Nos conocíamos los dos, señora, y como ella era tan buena, y
yo también..., porque yo era muy bueno... En fin, señora, yo no puedo
ocultar a Usía la verdad.
--Dímela de una vez.
Dejándome llevar de la impetuosa pena que pugnaba por desbordarse en
mi afligido pecho, y olvidando toda la consideración, todo tacto, toda
prudencia, con el acento de la verdad y de un dolor inmenso, dije lo
siguiente, sin reflexión ni cálculo alguno:
--Señora, Inés y yo éramos novios... Yo la quiero, yo la adoro...;
ella también...
Levantóse Amaranta rápidamente, y en su semblante observé señales de
repentina cólera. Mandándome callar, después de decirme que era un
desvergonzado y un truhán, agitó con inquieta mano una campanilla.
¡Altos cielos, por qué no os hundisteis sobre mí! Entró un criado, y
Amaranta le mandó que me pusiera al instante en la puerta de la calle.