El sol no tardó en salir, aclarando el país y haciendo ver que no
estábamos en Moravia, como vamos de Brunn a Olmutz, sino en la Mancha,
célebre tierra española.
El pueblo donde paramos a eso de las ocho de la mañana era Villarta; y
dejando allí nuestros machos, tomamos unas galeras que en nueve horas
nos hicieron recorrer las cinco leguas que hay desde aquel pueblo a
Manzanares: ¡tal era la rapidez de los vehículos en aquellos felices
tiempos! Cuando entrábamos en esta villa al caer de la tarde,
distinguimos a lo lejos una gran polvareda, levantada al parecer por
la marcha de un ejército, y dejando los perezosos carros, entramos a
pie en el pueblo para llegar más pronto, y saber qué tropas eran
aquéllas y adónde iban.
Allí supimos que eran las del general Ligier-Belair, que iba en
auxilio del destacamento de Santa Cruz de Mudela, sorprendido y
derrotado el día anterior por los habitantes de esta villa. En la de
Manzanares reinaba gran inquietud; y una vez que los franceses
desaparecieron, ocupábanse todos en armarse para acudir a socorrer a
los de Valdepeñas, punto donde se creía próximo un reñido combate.
Dormimos en Manzanares, y al siguiente día, no encontrando ni
cabalgaduras ni carro alguno, partimos a pie para la venta de la
Consolación, donde nos detuvimos a oír las estupendas nuevas que allí
se referían.
Transitaban constantemente por el camino paisanos armados con
escopetas y garrotes, todos muy decididos, y según la muchedumbre de
gente que hacia Valdepeñas acudía, en Manzanares y en los pueblos
vecinos de Membrilla y la Solana no debían de quedar más que las
mujeres y los niños, porque hasta los inútiles viejos acudían a la
guerra. Por último, resolvimos asistir nosotros también al espectáculo
que se preparaba en la vecina villa, y poniéndonos en marcha, pronto
recorrimos las dos leguas de camino llano. Mucho antes de llegar
divisamos una gran columna de humo que el viento difundía en el cielo.
La villa de Valdepeñas ardía por los cuatro costados.
Apretando el paso, oímos ya cerca del pueblo prolongado rumor de
voces, algunos tiros de fusil, pero no descargas de artillería. Bien
pronto nos fué imposible seguir por el arrecife, porque la retaguardia
francesa nos lo impedía, y siguiendo el ejemplo de los demás paisanos,
nos apartamos del camino, corriendo por entre viñas y sembrados, sin
poder acercarnos a la villa. En esto vimos que la caballería francesa
se retiraba del pueblo, ocupando el llano que hay a la izquierda, y al
mismo tiempo el incendio tomaba tales proporciones, que Valdepeñas
parecía un inmenso horno. Los gritos, los quejidos, las imprecaciones
que salían de aquel infierno llenaban de espanto el ánimo más
esforzado.
Al punto comprendimos que el interior del pueblo se defendía
heroicamente y que el plan de los franceses consistía en apoderarse de
los extremos, incendiando todas las casas que no pudiera ocupar. De
vez en cuando, un estruendo espantoso indicaba que alguno de los
endebles edificios de adobes había venido al suelo, y el polvo se
confundía en los aires con el humo. Los escombros sofocaban
momentáneamente el fuego; pero éste surgía con más fuerza, cundiendo a
las casas inmediatas. Al fin pareció que todo iba a cesar, y, según
dijeron los que estaban cerca, habían salido del pueblo algunos
hombres a conferenciar con el General francés. Mucho tiempo debieron
de durar las conferencias, porque no vimos que éstos se retiraran ni
que concluyese el ruido y algazara en el interior; pero al cabo de
largo rato un movimiento general de la multitud nos indicó que algo
importante ocurría. En efecto; los franceses, replegando sus caballos
en la calzada, retrocedían hacia Manzanares.
Cuando entramos en Valdepeñas, el espectáculo de la población era
horroroso. Parece increíble que los hombres tengan en sus manos
instrumentos capaces de destruir en pocas horas las obras de la
paciencia, de la laboriosidad, del interés, fuerzas acumuladas por el
brazo trabajador de los años y los siglos. La calle Real, la más
grande de aquella villa, y como si dijéramos la columna vertebral que
sirve a las otras de engaste y punto de partida, estaba materialmente
cubierta de jinetes franceses y de caballos. Aunque la mayor parte
eran cadáveres, había muchos gravemente heridos que pugnaban por
levantarse; pero clavándose de nuevo en las agudas puntas del suelo,
volvían a caer. Sabido es que bajo las arenas que artificiosamente
cubrían el pavimento de la vía, el suelo estaba erizado de clavos y
picos de hierro, de tal modo que la caballería iba tropezando y
cayendo conforme entraba para no levantarse más.
A la calle se habían arrojado cuantos objetos mortíferos se creyeron
convenientes para hostilizar a los dragones, y aun después del combate
surcaban la arena turbios arroyos de agua hirviendo, que, mezclada con
la sangre, producía sofocante y horrible vapor. En algunas ventanas
vimos cadáveres que pendían con medio cuerpo fuera, apretando aún en
sus crispados dedos la hoz o el trabuco. En el interior de las casas
que no eran presa de las llamas, el espectáculo era más lastimoso,
porque no sólo los hombres, sino las mujeres y niños, aparecían
cosidos a bayonetazos en las cuevas, y si se trataba de entrar en
alguna casa, por dar auxilio a los heridos que lo habían menester, era
preciso salir a toda prisa, abandonándoles a su desgraciada suerte,
porque el fuego, no saciado con devorar la habitación cercana,
penetraba en aquélla con furia irresistible.
En resumen: franceses y españoles se habían destrozado unos a otros
con implacable saña; pero al fin aquéllos creyeron prudente retirarse,
como lo hicieron, no parando hasta Madridejos. Cuando Santorcaz,
Marijuán y yo seguimos nuestra marcha para hacer noche en Santa Cruz
de Mudela, el espíritu de los valerosos paisanos de Valdepeñas no
había decaído, y tratando de reparar los estragos de aquella
sangrienta jornada, parecían capaces de repetirla al siguiente día.
De lejos y al caer de la tarde distinguíamos la columna de humo
cubriendo el cielo de vagabundas y sombrías ráfagas, y el aragonés y
yo no pudimos menos de maldecir en voz alta y expresivamente al tirano
invasor de España. Contra lo que esperábamos, Santorcaz no nos
contestó una palabra, y seguía su camino profundamente pensativo.