VIII

El sol no tardó en salir, aclarando el país y haciendo ver que no

estábamos en Moravia, como vamos de Brunn a Olmutz, sino en la Mancha,

célebre tierra española.

El pueblo donde paramos a eso de las ocho de la mañana era Villarta; y

dejando allí nuestros machos, tomamos unas galeras que en nueve horas

nos hicieron recorrer las cinco leguas que hay desde aquel pueblo a

Manzanares: ¡tal era la rapidez de los vehículos en aquellos felices

tiempos! Cuando entrábamos en esta villa al caer de la tarde,

distinguimos a lo lejos una gran polvareda, levantada al parecer por

la marcha de un ejército, y dejando los perezosos carros, entramos a

pie en el pueblo para llegar más pronto, y saber qué tropas eran

aquéllas y adónde iban.

Allí supimos que eran las del general Ligier-Belair, que iba en

auxilio del destacamento de Santa Cruz de Mudela, sorprendido y

derrotado el día anterior por los habitantes de esta villa. En la de

Manzanares reinaba gran inquietud; y una vez que los franceses

desaparecieron, ocupábanse todos en armarse para acudir a socorrer a

los de Valdepeñas, punto donde se creía próximo un reñido combate.

Dormimos en Manzanares, y al siguiente día, no encontrando ni

cabalgaduras ni carro alguno, partimos a pie para la venta de la

Consolación, donde nos detuvimos a oír las estupendas nuevas que allí

se referían.

Transitaban constantemente por el camino paisanos armados con

escopetas y garrotes, todos muy decididos, y según la muchedumbre de

gente que hacia Valdepeñas acudía, en Manzanares y en los pueblos

vecinos de Membrilla y la Solana no debían de quedar más que las

mujeres y los niños, porque hasta los inútiles viejos acudían a la

guerra. Por último, resolvimos asistir nosotros también al espectáculo

que se preparaba en la vecina villa, y poniéndonos en marcha, pronto

recorrimos las dos leguas de camino llano. Mucho antes de llegar

divisamos una gran columna de humo que el viento difundía en el cielo.

La villa de Valdepeñas ardía por los cuatro costados.

Apretando el paso, oímos ya cerca del pueblo prolongado rumor de

voces, algunos tiros de fusil, pero no descargas de artillería. Bien

pronto nos fué imposible seguir por el arrecife, porque la retaguardia

francesa nos lo impedía, y siguiendo el ejemplo de los demás paisanos,

nos apartamos del camino, corriendo por entre viñas y sembrados, sin

poder acercarnos a la villa. En esto vimos que la caballería francesa

se retiraba del pueblo, ocupando el llano que hay a la izquierda, y al

mismo tiempo el incendio tomaba tales proporciones, que Valdepeñas

parecía un inmenso horno. Los gritos, los quejidos, las imprecaciones

que salían de aquel infierno llenaban de espanto el ánimo más

esforzado.

Al punto comprendimos que el interior del pueblo se defendía

heroicamente y que el plan de los franceses consistía en apoderarse de

los extremos, incendiando todas las casas que no pudiera ocupar. De

vez en cuando, un estruendo espantoso indicaba que alguno de los

endebles edificios de adobes había venido al suelo, y el polvo se

confundía en los aires con el humo. Los escombros sofocaban

momentáneamente el fuego; pero éste surgía con más fuerza, cundiendo a

las casas inmediatas. Al fin pareció que todo iba a cesar, y, según

dijeron los que estaban cerca, habían salido del pueblo algunos

hombres a conferenciar con el General francés. Mucho tiempo debieron

de durar las conferencias, porque no vimos que éstos se retiraran ni

que concluyese el ruido y algazara en el interior; pero al cabo de

largo rato un movimiento general de la multitud nos indicó que algo

importante ocurría. En efecto; los franceses, replegando sus caballos

en la calzada, retrocedían hacia Manzanares.

Cuando entramos en Valdepeñas, el espectáculo de la población era

horroroso. Parece increíble que los hombres tengan en sus manos

instrumentos capaces de destruir en pocas horas las obras de la

paciencia, de la laboriosidad, del interés, fuerzas acumuladas por el

brazo trabajador de los años y los siglos. La calle Real, la más

grande de aquella villa, y como si dijéramos la columna vertebral que

sirve a las otras de engaste y punto de partida, estaba materialmente

cubierta de jinetes franceses y de caballos. Aunque la mayor parte

eran cadáveres, había muchos gravemente heridos que pugnaban por

levantarse; pero clavándose de nuevo en las agudas puntas del suelo,

volvían a caer. Sabido es que bajo las arenas que artificiosamente

cubrían el pavimento de la vía, el suelo estaba erizado de clavos y

picos de hierro, de tal modo que la caballería iba tropezando y

cayendo conforme entraba para no levantarse más.

A la calle se habían arrojado cuantos objetos mortíferos se creyeron

convenientes para hostilizar a los dragones, y aun después del combate

surcaban la arena turbios arroyos de agua hirviendo, que, mezclada con

la sangre, producía sofocante y horrible vapor. En algunas ventanas

vimos cadáveres que pendían con medio cuerpo fuera, apretando aún en

sus crispados dedos la hoz o el trabuco. En el interior de las casas

que no eran presa de las llamas, el espectáculo era más lastimoso,

porque no sólo los hombres, sino las mujeres y niños, aparecían

cosidos a bayonetazos en las cuevas, y si se trataba de entrar en

alguna casa, por dar auxilio a los heridos que lo habían menester, era

preciso salir a toda prisa, abandonándoles a su desgraciada suerte,

porque el fuego, no saciado con devorar la habitación cercana,

penetraba en aquélla con furia irresistible.

En resumen: franceses y españoles se habían destrozado unos a otros

con implacable saña; pero al fin aquéllos creyeron prudente retirarse,

como lo hicieron, no parando hasta Madridejos. Cuando Santorcaz,

Marijuán y yo seguimos nuestra marcha para hacer noche en Santa Cruz

de Mudela, el espíritu de los valerosos paisanos de Valdepeñas no

había decaído, y tratando de reparar los estragos de aquella

sangrienta jornada, parecían capaces de repetirla al siguiente día.

De lejos y al caer de la tarde distinguíamos la columna de humo

cubriendo el cielo de vagabundas y sombrías ráfagas, y el aragonés y

yo no pudimos menos de maldecir en voz alta y expresivamente al tirano

invasor de España. Contra lo que esperábamos, Santorcaz no nos

contestó una palabra, y seguía su camino profundamente pensativo.

Bailén · 第 10 / 47 题