Así es la Mancha. Al atravesarla no podía menos de acordarme de D.
Quijote, cuya lectura estaba fresca en mi imaginación. Durante
nuestras jornadas nos aburríamos bastante, menos cuando Santorcaz nos
contaba algún extraordinario suceso de los que en lejanos países había
presenciado. Una vez nos dejó con la boca abierta contándonos la
fiesta de la coronación de Bonaparte, con todos sus pelos y señales, y
otra vez nos puso los cabellos de punta refiriendo la más famosa
batalla de las muchas en que se había encontrado. Cuando lo contaba
íbamos caballeros en sendos machos que nos facilitaron por poco dinero
unos arrieros de Villarta, y no estoy seguro de si habíamos traspasado
ya el término de Puerto Lápiche o íbamos a entrar en él. Lo que sí
recuerdo es que por huir del calor emprendimos nuestra jornada mucho
antes de la salida del sol, y que la noche estaba brumosa, el cielo
encapotado y sombrío, la tierra húmeda a consecuencia del fuerte
temporal de agua que descargara el día anterior.
Debo indicar el paisaje que teníamos delante, porque no menos que la
pintoresca relación de Santorcaz, contribuyó aquél a impresionar mis
sentidos. El camino seguía en línea recta ante nosotros; a la
izquierda elevábanse unos cerros cuyas suaves ondulaciones se perdían
en el horizonte formando dilatadas curvas; en el fondo y muy lejos se
alcanzaba a ver una colina más alta, en cuya falda parecían
distinguirse las casas de un pueblo; a la derecha el suelo se extendía
completamente llano, y en su inmensa costra la tarda corriente de un
arroyo y el agua de la lluvia formaban multitud de pequeños charcos,
cuyas superficies, iluminadas por la luna, ofrecían a la vista la
engañosa perspectiva de una gran ciénaga o pantano. He hablado de la
luna, y debo añadir que aquel astro, desfigurador de las cosas de la
tierra, prestaba imponente solemnidad al desnudo y solitario paisaje,
esclareciéndolo o dejándolo a obscuras alternativamente, según que
daban paso o no a sus pálidos rayos los boquetes, desgarrones y
acribilladuras de las nubes.
Santorcaz, después de un rato de silencio y meditación, contuvo su
cabalgadura, paróse en mitad del camino, y contemplando con cierto
arrobamiento el horizonte lejano, las colinas de la izquierda y los
charcos de la derecha, habló así:
--Estoy asombrado, porque nunca he visto dos cosas que tanto se
parezcan como este país a otro muy distante donde me encontraba hace
tres años a esta misma hora, en la madrugada del 2 de diciembre. ¿Es
mi imaginación la que me reproduce las formas de aquel célebre lugar,
o por arte milagroso nos encontramos en él? Gabriel, ¿no hay enfrente
y hacia la derecha unos grandes pantanos? ¿No se ven a la izquierda
unos cerros que terminan en lo alto con un pequeño bosque? ¿No se
eleva delante una colina en cuya falda blanquea un pueblecillo? Y
aquellas torres que distingo al otro lado de dicha colina, ¿no son las
del castillo de Austerlitz?
Marijuán y yo nos reímos, diciéndole que se le quitaran de la cabeza
tales cosas, y que si bien lo de los charcos era cierto, por allí no
había ningún castillo de Terlin ni nada parecido. Pero él, poniendo
al paso la cabalgadura y mandándonos que le siguiéramos uno a cada
lado, continuó hablando así:
--Muchachos, no puedo olvidar aquella célebre jornada, que llamamos de
los Tres Emperadores, y que es sin duda la más sangrienta, la más
gloriosa, la más hábil con que ha ilustrado su nombre el gran tirano,
ese hombre casi divino, a quien ahora puedo nombrar a boca llena,
porque no nos oyen más que el cielo y la tierra. Os contaré,
muchachos, para que sepáis lo que es el hacha de la guerra en manos de
ese leñador de Europa. Yo me hallaba en París sin recursos, después de
haber sido sucesivamente maestro de latín, pintor de muestras, corista
en Ventadour, espadachín, servidor de los emigrados de Coblentza,
postillón de diligencias, carbonero y cajista de imprenta, cuando
senté plaza en el ejército de Boulogne, destinado a dar un golpe de
mano contra Inglaterra... Cuando el Emperador nos trasladó de
improviso, sin revelar su pensamiento, al centro de Europa, estábamos
un tanto amoscados, porque las violentas marchas nos mortificaban
mucho, y como éramos unos zopencos, no comprendíamos los grandes
planes de nuestro jefe. Pero después de la capitulación de Ulm, nos
creíamos los primeros soldados del mundo, y al hablar de los prusianos
y de los rusos, nos reíamos de ellos, juzgándoles hasta indignos de
nuestras balas. Cuando pasamos el Inn, ya presumíamos que se
preparaban grandes cosas; al internarnos en la Moravia, después de la
acción de Hollabrünn, comprendimos que el ejército ruso-austriaco nos
iba a presentar batalla formal. Lo que no estaba reservado a nuestras
cabezas era el discurrir si tomaríamos la ofensiva o si operaríamos a
la defensiva. Pero la gran cabeza, aquella que tiene un mechón en la
frente y el rayo en el entrecejo, lo iba a decidir bien pronto.
A este punto llegaba, cuando el camino por que marchábamos torció
hacia la derecha, describiendo una gran vuelta, de modo que formaba
ángulo recto con su primitiva dirección. Santorcaz, nuevamente
alucinado con aquello que parecía para él extraordinaria coincidencia,
prosiguió así:
--¿Pero no es éste el camino de Olmutz? Gabriel, o esto es aquello
mismo, o se le parece como una gota a otra gota. Mira, ahora tenemos
enfrente los pantanos de Satzchan y a nuestra izquierda la colina de
Pratzen. Mira hacia allá. ¿No se oye ruido de tambores? ¿No se ven
algunas luces? Pues allí están los rusos y los austriacos. ¿Sabes cuál
es su intención? Pues quieren cortarnos el camino de Viena, para lo
cual tendrán que bajar de la colina de Pratzen y situarse entre
nuestra derecha y los pantanos. ¡Mira si son estúpidos! Eso
precisamente es lo que quiere el Emperador, y todo lo dispone de modo
que parezca que nos retiramos hacia Viena. Figúrate que aquí está
nuestro ejército, compuesto de setenta mil hombres, cuyo inmenso
frente ocupan todas las colinas de la izquierda, el camino y parte de
la llanura que hay a la derecha. El Emperador, después de llenarse las
narices de tabaco, sale a media noche a recorrer el campo y observar
los movimientos del enemigo. ¿Veis?; por allí va. ¿No se oyen las
pisadas de su caballo y los gritos de entusiasmo con que le saludan
los soldados? ¿No se ve el resplandor de las hogueras que encienden a
su paso? ¿Pero ustedes no ven todo esto? ¡Bah! Es ilusión mía; pero de
tal modo aviva mis recuerdos la similitud del paisaje, que me parece
ver y oír lo que estoy contando... Pero querréis saber cómo fué que
vencimos a los rusos y a los austriacos, y os lo voy a referir. Al
amanecer, ¡oh, chiquillos!, los rusos bajaban maquinalmente por
aquella alta colina de enfrente, con objeto de venir hacia nuestra
derecha para cortarnos el camino. No olvidéis que aquí delante tenemos
un arroyo que viene serpenteando de izquierda a derecha hasta perderse
en los pantanos. El Emperador manda que la derecha pase el arroyo, y
verificado esto, los rusos la atacan. El centro, mandado por Soult, y
la izquierda por Lannes, ansiaba entrar en fuego; pero el Emperador
contenía el ardor de aquellos generales, para aguardar a que los rusos
acabasen de cometer el desatino de bajar de las alturas de Pratzen
para meterse en la madre del arroyo de Golbasch. Os explicaré bien.
Allá, en lontananza y al pie de la loma, están las aldeas de Telnitz y
Sokolnitz...
--Si aquí no hay tales aldeas, señor--interrumpió Marijuán, indócil a
la mixtificación.
--Necio, ¿querrás callar?--continuó el francmasón--. Yo sé lo que me
digo, y es que todo el afán de Napoleón, después que vió bajar a los
rusos, consistía en tomar aquellas aldeas para apoderarse luego de la
loma que tenemos enfrente. ¿No le veis? Pues bien: los generales Soult
y Lannes partieron al galope para dirigir las operaciones del centro y
de la izquierda. Yo pertenecía al centro, y estaba en el 17.º de línea
y a las órdenes de Vandamme. Avanzamos hacia el arroyo: ¿veis?, fuimos
por aquí a toda prisa.
-Si aquí no hay tal arroyo--dijo Marijuán, riendo--. Usted si que
tiene la cabeza llena de arroyos y aldeas, y derechas e izquierdas.
--Llegamos a la aldea de Telnitz y allí comenzó el ataque--continuó
imperturbablemente Santorcaz--. En la loma quedaban todavía
veintisiete batallones de infantería rusa y austriaca, mandados en
persona por los dos Emperadores y por el General en Jefe ruso
Kutusof.¡Ah, muchachos, si hubierais visto aquello! Mirad hacia
enfrente, pues desde aquí se distingue muy bien la posición que
respectivamente teníamos: ellos encima, nosotros debajo... Al
principio nos acribillaban; pero Soult nos mandó subir a todo trance,
y subimos desafiando la lluvia de balas. Para ayudarnos, el general
Thiebault, de la división de Saint-Hilaire, refuerza nuestra derecha
con doce piezas de artillería, que, bien disparadas, hacen grandes
claros en las filas contrarias. Éstas tienen al fin que retroceder al
otro lado de la loma. ¿Veis aquel repecho que hay a la izquierda? Pues
allí fué el 17.º de línea. Piquemos nuestras cabalgaduras, y nos
hallaremos en el mismo sitio. Estúpidos, ¿no os entusiasmáis con estas
cosas? Mira, Gabriel, ya estamos subiendo: ésta es la loma que veíamos
desde lejos; este repecho que miráis a la izquierda es el repecho de
Estari-Winobradi, adonde el general Vandamme nos condujo. ¿Pero creéis
que era cosa de juego? El repecho estaba defendido por numerosas
tropas rusas y una formidable artillería. La cosa era peliaguda; pero
cuando los generales dicen «Adelante, siempre adelante», no es posible
resistir, y aunque del 17.º de línea no quedamos más que la tercera
parte para contarlo, ayudados por el 24.º de ligeros tomamos al fin el
repecho, apoderándonos de la artillería. Los rusos se desbandaron por
el otro lado de la loma, dirigiéndose hacia aquel caserío que a lo
lejos clarea, a la luz de la luna, y que no es otro que el castillo de
Austerliz.
Marijuán reventaba de hilaridad. Yo a mi vez no pude menos de hacer
alguna observación al narrador, diciéndole:
--Señor de Santorcaz, allá no se ve ningún castillo, como no sea que
se le antoje fortaleza la cabaña de algún pastor de ovejas, únicos
rusos que andan por estos lugares.
--Tú si que no sabes lo que te dices--prosiguió Santorcaz, deteniendo
su macho en medio del camino--. Os seguiré contando. Mientras los del
centro hacíamos lo que habéis oído, allá por la izquierda, en esa
tierra llana que tenemos a este lado, la caballería cargaba
portentosamente al mando de Lannes y Murat. Francamente, rapaces, de
esto poco os puedo hablar, porque caí herido: por un buen rato se me
pusieron telarañas ante los ojos, y mis oídos no percibían sino un
vago zumbido. Pero ahí, hacia la derecha, se remataba a los rusos y
austriacos del modo más admirable. ¿No veis los pantanos de Satzchan?
A lo lejos brilla su engañosa superficie; están helados, y los rusos,
impelidos por Soult, se precipitan sobre ellos. En el acto, el
Emperador manda que la artillería de la Guardia dispare algunos
cañonazos sobre el hielo para que se hunda, y entre los desmenuzados
cristales caen al agua dos mil rusos con sus cañones, caballos,
pertrechos, armas, municiones y carros, precipitándose confusamente,
sin que sus compañeros les prestaran socorro, porque no pensaban más
que en huir, y huyendo se ahogaban, y quedándose morían barridos por
la metralla francesa. ¡Qué espantoso desastre para aquella pobre
gente, y qué gran victoria para nosotros! Estábamos locos de
entusiasmo. ¡Pero qué veo! Gabriel, y tú, Marijuán, ¿no os
entusiasmáis? Sois unos gaznápiros. Aquello fué prodigioso. Sólo
entramos en fuego cuarenta mil hombres, y merced a las hábiles
disposiciones del gran tirano, derrotamos a noventa mil aliados,
matándoles o ahogando quince mil, cogiendo veinte mil prisioneros y
ciento veinte cañones. ¿No había motivo para que nos volviéramos
locos con nuestro jefe? ¡Ah, muchachos, si hubierais estado allí
cuando recorrió el campo de batalla mandando recoger los heridos! Creo
que hasta los muertos se levantaban para gritar «¡Viva el Emperador!»,
y cuando a la noche siguiente encendimos una gran hoguera en este
mismo sitio donde ahora estamos, y vino él a situarse allí enfrente
para recibir al Emperador de Austria, parecía un dios rodeado de
aureola de fuego y teniendo al alcance de su mano los rayos con que
destruía tronos y reyes, imperios y coronas.
Marijuán y yo nos reíamos; pero pronto nos fué forzoso disimular
nuestra hilaridad, porque habiendo preguntado el joven aragonés con
mucha sorna que cuál fué la ventaja sacada de tal lucha, Santorcaz se
amoscó, y amenazando castigarnos si no nos entusiasmábamos como él,
nos dijo:
--Mentecatos, podencos, ¿acaso la paz y Tratado de Presburgo es paja?
Prusia quedó aliada de Francia, perdiendo Austria el apoyo de su
hermana. Austria abandonó a Francia el Estado de Venecia y cedió el
Tirol a Baviera, reconociendo al mismo tiempo la soberanía de los
electores de Baviera, Wurtemberg y Baden, después de pagar a Francia
cuarenta millones de indemnización de guerra. Al mismo tiempo, pedazos
de alcornoque, por el Tratado de Schöenbrunn, Francia cedió a Prusia
el Hannover, Prusia a Baviera el marquesado de Anspach y a Francia el
principado de Neufchâtel y el ducado de Cleves.
Marijuán y yo volvimos a mirarnos y nos volvimos a reír, lo cual,
advertido por Santorcaz, fué causa de que éste nos sacudiera un par de
latigazos que, a ser repetidos, nos habrían obligado a defendernos,
haciendo allí mismo un segundo Austerlitz. Más bien estábamos para
burlas que para veras, y Marijuán especialmente no dejaba pasar
coyuntura en que pudiera zaherir a nuestro compañero. Como acertáramos
a encontrar un rebaño de ovejas y cabras, dijo el aragonés:
--Apartémonos aquí junto al charco para ver de derrotar a estos
austriacos y rusiacos, que vienen mandados por el tío Parranclof,
emperador del Zurrón y rey de los guarros, y subamos a la loma de la
Panza para quitarles la artillería y hacerles meter en el castillo.
Yo en tanto, acordándome de D. Quijote, contemplaba el cielo, en cuyo
sombrío fondo las pardas y desgarradas nubes, tan pronto negras como
radiantes de luz, dibujaban mil figuras de colosal tamaño, con esa
expresión que, sin dejar de ser cercana a la caricatura, tiene no sé
qué sello de solemne y pavorosa grandeza. Fuera por efecto de lo que
acababa de oír, fuera simplemente que mi fantasía se hallase por sí
dispuesta a la alucinación, que siempre produce un bello espectáculo
en la solitaria y muda noche, lo cierto es que vi en aquellas
irregulares manchas del cielo veloces escuadrones que corrían de Norte
a Sur, y en su revuelta masa las cabezas de los caballos y sus
poderosos pechos, pasando unos delante de otros, ya negros, ya
blancos, como disputándose el mayor avance de la carrera. Las
recortaduras, varias hasta lo infinito, de las nubes hacían visajes de
distintas formas: vi colosales sombreros o morriones con plumas,
penachos, bandas, picos, testuces, colas, crines, garzotas; aquí y
allí se alzaban manos con sables y fusiles, banderas con águilas,
picas, lanzas, que corrían sin cesar; y al fin, en medio de toda esa
baraúnda, se me figuró que aquellas mil formas se deshacían, y que las
nubes se conglomeraban para formar un inmenso sombrero apuntado de dos
candiles, bajo el cual los difuminados resplandores de la luna como
que bosquejaban una cara redonda y hundida entre altas solapas, desde
las cuales se extendía un largo brazo negro, señalando con insistente
fijeza el horizonte.
Yo contemplaba esto, preguntándome si la terrible imagen estaba
realmente ante mis ojos, o dentro de ellos, cuando Santorcaz exclamó
de improviso:
--¡Miradle, miradle allí! ¿Le veis? ¡Estúpidos! ¡Y queréis luchar con
este rayo de la guerra, con este enviado de Dios que viene a
transformar a los pueblos!
--¡Sí, allí lo veo!--exclamó Marijuán, riendo a carcajadas--. Es D.
Quijote de la Mancha que viene en su caballo, y tras él Sancho Panza
en burro. Déjenlo venir, que ahora le aguarda la gran paliza.
Las nubes se movieron, y todo se tornó en caricatura.