VII

Así es la Mancha. Al atravesarla no podía menos de acordarme de D.

Quijote, cuya lectura estaba fresca en mi imaginación. Durante

nuestras jornadas nos aburríamos bastante, menos cuando Santorcaz nos

contaba algún extraordinario suceso de los que en lejanos países había

presenciado. Una vez nos dejó con la boca abierta contándonos la

fiesta de la coronación de Bonaparte, con todos sus pelos y señales, y

otra vez nos puso los cabellos de punta refiriendo la más famosa

batalla de las muchas en que se había encontrado. Cuando lo contaba

íbamos caballeros en sendos machos que nos facilitaron por poco dinero

unos arrieros de Villarta, y no estoy seguro de si habíamos traspasado

ya el término de Puerto Lápiche o íbamos a entrar en él. Lo que sí

recuerdo es que por huir del calor emprendimos nuestra jornada mucho

antes de la salida del sol, y que la noche estaba brumosa, el cielo

encapotado y sombrío, la tierra húmeda a consecuencia del fuerte

temporal de agua que descargara el día anterior.

Debo indicar el paisaje que teníamos delante, porque no menos que la

pintoresca relación de Santorcaz, contribuyó aquél a impresionar mis

sentidos. El camino seguía en línea recta ante nosotros; a la

izquierda elevábanse unos cerros cuyas suaves ondulaciones se perdían

en el horizonte formando dilatadas curvas; en el fondo y muy lejos se

alcanzaba a ver una colina más alta, en cuya falda parecían

distinguirse las casas de un pueblo; a la derecha el suelo se extendía

completamente llano, y en su inmensa costra la tarda corriente de un

arroyo y el agua de la lluvia formaban multitud de pequeños charcos,

cuyas superficies, iluminadas por la luna, ofrecían a la vista la

engañosa perspectiva de una gran ciénaga o pantano. He hablado de la

luna, y debo añadir que aquel astro, desfigurador de las cosas de la

tierra, prestaba imponente solemnidad al desnudo y solitario paisaje,

esclareciéndolo o dejándolo a obscuras alternativamente, según que

daban paso o no a sus pálidos rayos los boquetes, desgarrones y

acribilladuras de las nubes.

Santorcaz, después de un rato de silencio y meditación, contuvo su

cabalgadura, paróse en mitad del camino, y contemplando con cierto

arrobamiento el horizonte lejano, las colinas de la izquierda y los

charcos de la derecha, habló así:

--Estoy asombrado, porque nunca he visto dos cosas que tanto se

parezcan como este país a otro muy distante donde me encontraba hace

tres años a esta misma hora, en la madrugada del 2 de diciembre. ¿Es

mi imaginación la que me reproduce las formas de aquel célebre lugar,

o por arte milagroso nos encontramos en él? Gabriel, ¿no hay enfrente

y hacia la derecha unos grandes pantanos? ¿No se ven a la izquierda

unos cerros que terminan en lo alto con un pequeño bosque? ¿No se

eleva delante una colina en cuya falda blanquea un pueblecillo? Y

aquellas torres que distingo al otro lado de dicha colina, ¿no son las

del castillo de Austerlitz?

Marijuán y yo nos reímos, diciéndole que se le quitaran de la cabeza

tales cosas, y que si bien lo de los charcos era cierto, por allí no

había ningún castillo de Terlin ni nada parecido. Pero él, poniendo

al paso la cabalgadura y mandándonos que le siguiéramos uno a cada

lado, continuó hablando así:

--Muchachos, no puedo olvidar aquella célebre jornada, que llamamos de

los Tres Emperadores, y que es sin duda la más sangrienta, la más

gloriosa, la más hábil con que ha ilustrado su nombre el gran tirano,

ese hombre casi divino, a quien ahora puedo nombrar a boca llena,

porque no nos oyen más que el cielo y la tierra. Os contaré,

muchachos, para que sepáis lo que es el hacha de la guerra en manos de

ese leñador de Europa. Yo me hallaba en París sin recursos, después de

haber sido sucesivamente maestro de latín, pintor de muestras, corista

en Ventadour, espadachín, servidor de los emigrados de Coblentza,

postillón de diligencias, carbonero y cajista de imprenta, cuando

senté plaza en el ejército de Boulogne, destinado a dar un golpe de

mano contra Inglaterra... Cuando el Emperador nos trasladó de

improviso, sin revelar su pensamiento, al centro de Europa, estábamos

un tanto amoscados, porque las violentas marchas nos mortificaban

mucho, y como éramos unos zopencos, no comprendíamos los grandes

planes de nuestro jefe. Pero después de la capitulación de Ulm, nos

creíamos los primeros soldados del mundo, y al hablar de los prusianos

y de los rusos, nos reíamos de ellos, juzgándoles hasta indignos de

nuestras balas. Cuando pasamos el Inn, ya presumíamos que se

preparaban grandes cosas; al internarnos en la Moravia, después de la

acción de Hollabrünn, comprendimos que el ejército ruso-austriaco nos

iba a presentar batalla formal. Lo que no estaba reservado a nuestras

cabezas era el discurrir si tomaríamos la ofensiva o si operaríamos a

la defensiva. Pero la gran cabeza, aquella que tiene un mechón en la

frente y el rayo en el entrecejo, lo iba a decidir bien pronto.

A este punto llegaba, cuando el camino por que marchábamos torció

hacia la derecha, describiendo una gran vuelta, de modo que formaba

ángulo recto con su primitiva dirección. Santorcaz, nuevamente

alucinado con aquello que parecía para él extraordinaria coincidencia,

prosiguió así:

--¿Pero no es éste el camino de Olmutz? Gabriel, o esto es aquello

mismo, o se le parece como una gota a otra gota. Mira, ahora tenemos

enfrente los pantanos de Satzchan y a nuestra izquierda la colina de

Pratzen. Mira hacia allá. ¿No se oye ruido de tambores? ¿No se ven

algunas luces? Pues allí están los rusos y los austriacos. ¿Sabes cuál

es su intención? Pues quieren cortarnos el camino de Viena, para lo

cual tendrán que bajar de la colina de Pratzen y situarse entre

nuestra derecha y los pantanos. ¡Mira si son estúpidos! Eso

precisamente es lo que quiere el Emperador, y todo lo dispone de modo

que parezca que nos retiramos hacia Viena. Figúrate que aquí está

nuestro ejército, compuesto de setenta mil hombres, cuyo inmenso

frente ocupan todas las colinas de la izquierda, el camino y parte de

la llanura que hay a la derecha. El Emperador, después de llenarse las

narices de tabaco, sale a media noche a recorrer el campo y observar

los movimientos del enemigo. ¿Veis?; por allí va. ¿No se oyen las

pisadas de su caballo y los gritos de entusiasmo con que le saludan

los soldados? ¿No se ve el resplandor de las hogueras que encienden a

su paso? ¿Pero ustedes no ven todo esto? ¡Bah! Es ilusión mía; pero de

tal modo aviva mis recuerdos la similitud del paisaje, que me parece

ver y oír lo que estoy contando... Pero querréis saber cómo fué que

vencimos a los rusos y a los austriacos, y os lo voy a referir. Al

amanecer, ¡oh, chiquillos!, los rusos bajaban maquinalmente por

aquella alta colina de enfrente, con objeto de venir hacia nuestra

derecha para cortarnos el camino. No olvidéis que aquí delante tenemos

un arroyo que viene serpenteando de izquierda a derecha hasta perderse

en los pantanos. El Emperador manda que la derecha pase el arroyo, y

verificado esto, los rusos la atacan. El centro, mandado por Soult, y

la izquierda por Lannes, ansiaba entrar en fuego; pero el Emperador

contenía el ardor de aquellos generales, para aguardar a que los rusos

acabasen de cometer el desatino de bajar de las alturas de Pratzen

para meterse en la madre del arroyo de Golbasch. Os explicaré bien.

Allá, en lontananza y al pie de la loma, están las aldeas de Telnitz y

Sokolnitz...

--Si aquí no hay tales aldeas, señor--interrumpió Marijuán, indócil a

la mixtificación.

--Necio, ¿querrás callar?--continuó el francmasón--. Yo sé lo que me

digo, y es que todo el afán de Napoleón, después que vió bajar a los

rusos, consistía en tomar aquellas aldeas para apoderarse luego de la

loma que tenemos enfrente. ¿No le veis? Pues bien: los generales Soult

y Lannes partieron al galope para dirigir las operaciones del centro y

de la izquierda. Yo pertenecía al centro, y estaba en el 17.º de línea

y a las órdenes de Vandamme. Avanzamos hacia el arroyo: ¿veis?, fuimos

por aquí a toda prisa.

-Si aquí no hay tal arroyo--dijo Marijuán, riendo--. Usted si que

tiene la cabeza llena de arroyos y aldeas, y derechas e izquierdas.

--Llegamos a la aldea de Telnitz y allí comenzó el ataque--continuó

imperturbablemente Santorcaz--. En la loma quedaban todavía

veintisiete batallones de infantería rusa y austriaca, mandados en

persona por los dos Emperadores y por el General en Jefe ruso

Kutusof.¡Ah, muchachos, si hubierais visto aquello! Mirad hacia

enfrente, pues desde aquí se distingue muy bien la posición que

respectivamente teníamos: ellos encima, nosotros debajo... Al

principio nos acribillaban; pero Soult nos mandó subir a todo trance,

y subimos desafiando la lluvia de balas. Para ayudarnos, el general

Thiebault, de la división de Saint-Hilaire, refuerza nuestra derecha

con doce piezas de artillería, que, bien disparadas, hacen grandes

claros en las filas contrarias. Éstas tienen al fin que retroceder al

otro lado de la loma. ¿Veis aquel repecho que hay a la izquierda? Pues

allí fué el 17.º de línea. Piquemos nuestras cabalgaduras, y nos

hallaremos en el mismo sitio. Estúpidos, ¿no os entusiasmáis con estas

cosas? Mira, Gabriel, ya estamos subiendo: ésta es la loma que veíamos

desde lejos; este repecho que miráis a la izquierda es el repecho de

Estari-Winobradi, adonde el general Vandamme nos condujo. ¿Pero creéis

que era cosa de juego? El repecho estaba defendido por numerosas

tropas rusas y una formidable artillería. La cosa era peliaguda; pero

cuando los generales dicen «Adelante, siempre adelante», no es posible

resistir, y aunque del 17.º de línea no quedamos más que la tercera

parte para contarlo, ayudados por el 24.º de ligeros tomamos al fin el

repecho, apoderándonos de la artillería. Los rusos se desbandaron por

el otro lado de la loma, dirigiéndose hacia aquel caserío que a lo

lejos clarea, a la luz de la luna, y que no es otro que el castillo de

Austerliz.

Marijuán reventaba de hilaridad. Yo a mi vez no pude menos de hacer

alguna observación al narrador, diciéndole:

--Señor de Santorcaz, allá no se ve ningún castillo, como no sea que

se le antoje fortaleza la cabaña de algún pastor de ovejas, únicos

rusos que andan por estos lugares.

--Tú si que no sabes lo que te dices--prosiguió Santorcaz, deteniendo

su macho en medio del camino--. Os seguiré contando. Mientras los del

centro hacíamos lo que habéis oído, allá por la izquierda, en esa

tierra llana que tenemos a este lado, la caballería cargaba

portentosamente al mando de Lannes y Murat. Francamente, rapaces, de

esto poco os puedo hablar, porque caí herido: por un buen rato se me

pusieron telarañas ante los ojos, y mis oídos no percibían sino un

vago zumbido. Pero ahí, hacia la derecha, se remataba a los rusos y

austriacos del modo más admirable. ¿No veis los pantanos de Satzchan?

A lo lejos brilla su engañosa superficie; están helados, y los rusos,

impelidos por Soult, se precipitan sobre ellos. En el acto, el

Emperador manda que la artillería de la Guardia dispare algunos

cañonazos sobre el hielo para que se hunda, y entre los desmenuzados

cristales caen al agua dos mil rusos con sus cañones, caballos,

pertrechos, armas, municiones y carros, precipitándose confusamente,

sin que sus compañeros les prestaran socorro, porque no pensaban más

que en huir, y huyendo se ahogaban, y quedándose morían barridos por

la metralla francesa. ¡Qué espantoso desastre para aquella pobre

gente, y qué gran victoria para nosotros! Estábamos locos de

entusiasmo. ¡Pero qué veo! Gabriel, y tú, Marijuán, ¿no os

entusiasmáis? Sois unos gaznápiros. Aquello fué prodigioso. Sólo

entramos en fuego cuarenta mil hombres, y merced a las hábiles

disposiciones del gran tirano, derrotamos a noventa mil aliados,

matándoles o ahogando quince mil, cogiendo veinte mil prisioneros y

ciento veinte cañones. ¿No había motivo para que nos volviéramos

locos con nuestro jefe? ¡Ah, muchachos, si hubierais estado allí

cuando recorrió el campo de batalla mandando recoger los heridos! Creo

que hasta los muertos se levantaban para gritar «¡Viva el Emperador!»,

y cuando a la noche siguiente encendimos una gran hoguera en este

mismo sitio donde ahora estamos, y vino él a situarse allí enfrente

para recibir al Emperador de Austria, parecía un dios rodeado de

aureola de fuego y teniendo al alcance de su mano los rayos con que

destruía tronos y reyes, imperios y coronas.

Marijuán y yo nos reíamos; pero pronto nos fué forzoso disimular

nuestra hilaridad, porque habiendo preguntado el joven aragonés con

mucha sorna que cuál fué la ventaja sacada de tal lucha, Santorcaz se

amoscó, y amenazando castigarnos si no nos entusiasmábamos como él,

nos dijo:

--Mentecatos, podencos, ¿acaso la paz y Tratado de Presburgo es paja?

Prusia quedó aliada de Francia, perdiendo Austria el apoyo de su

hermana. Austria abandonó a Francia el Estado de Venecia y cedió el

Tirol a Baviera, reconociendo al mismo tiempo la soberanía de los

electores de Baviera, Wurtemberg y Baden, después de pagar a Francia

cuarenta millones de indemnización de guerra. Al mismo tiempo, pedazos

de alcornoque, por el Tratado de Schöenbrunn, Francia cedió a Prusia

el Hannover, Prusia a Baviera el marquesado de Anspach y a Francia el

principado de Neufchâtel y el ducado de Cleves.

Marijuán y yo volvimos a mirarnos y nos volvimos a reír, lo cual,

advertido por Santorcaz, fué causa de que éste nos sacudiera un par de

latigazos que, a ser repetidos, nos habrían obligado a defendernos,

haciendo allí mismo un segundo Austerlitz. Más bien estábamos para

burlas que para veras, y Marijuán especialmente no dejaba pasar

coyuntura en que pudiera zaherir a nuestro compañero. Como acertáramos

a encontrar un rebaño de ovejas y cabras, dijo el aragonés:

--Apartémonos aquí junto al charco para ver de derrotar a estos

austriacos y rusiacos, que vienen mandados por el tío Parranclof,

emperador del Zurrón y rey de los guarros, y subamos a la loma de la

Panza para quitarles la artillería y hacerles meter en el castillo.

Yo en tanto, acordándome de D. Quijote, contemplaba el cielo, en cuyo

sombrío fondo las pardas y desgarradas nubes, tan pronto negras como

radiantes de luz, dibujaban mil figuras de colosal tamaño, con esa

expresión que, sin dejar de ser cercana a la caricatura, tiene no sé

qué sello de solemne y pavorosa grandeza. Fuera por efecto de lo que

acababa de oír, fuera simplemente que mi fantasía se hallase por sí

dispuesta a la alucinación, que siempre produce un bello espectáculo

en la solitaria y muda noche, lo cierto es que vi en aquellas

irregulares manchas del cielo veloces escuadrones que corrían de Norte

a Sur, y en su revuelta masa las cabezas de los caballos y sus

poderosos pechos, pasando unos delante de otros, ya negros, ya

blancos, como disputándose el mayor avance de la carrera. Las

recortaduras, varias hasta lo infinito, de las nubes hacían visajes de

distintas formas: vi colosales sombreros o morriones con plumas,

penachos, bandas, picos, testuces, colas, crines, garzotas; aquí y

allí se alzaban manos con sables y fusiles, banderas con águilas,

picas, lanzas, que corrían sin cesar; y al fin, en medio de toda esa

baraúnda, se me figuró que aquellas mil formas se deshacían, y que las

nubes se conglomeraban para formar un inmenso sombrero apuntado de dos

candiles, bajo el cual los difuminados resplandores de la luna como

que bosquejaban una cara redonda y hundida entre altas solapas, desde

las cuales se extendía un largo brazo negro, señalando con insistente

fijeza el horizonte.

Yo contemplaba esto, preguntándome si la terrible imagen estaba

realmente ante mis ojos, o dentro de ellos, cuando Santorcaz exclamó

de improviso:

--¡Miradle, miradle allí! ¿Le veis? ¡Estúpidos! ¡Y queréis luchar con

este rayo de la guerra, con este enviado de Dios que viene a

transformar a los pueblos!

--¡Sí, allí lo veo!--exclamó Marijuán, riendo a carcajadas--. Es D.

Quijote de la Mancha que viene en su caballo, y tras él Sancho Panza

en burro. Déjenlo venir, que ahora le aguarda la gran paliza.

Las nubes se movieron, y todo se tornó en caricatura.

Bailén · 第 9 / 47 题