VI

Como Santorcaz era pobre, y yo más pobre todavía, nuestro viaje fué

tan irregular, cual los que en antiguas novelas vemos descritos. No

adoptamos sistemáticamente ninguna de las clases de incómodos

vehículos conocidos en nuestra España; en varias ocasiones anduvimos

en galera, otras en macho, si nos franqueaban sus caballerías los

arrieros que tornaban a la Mancha de vacío, y las más veces a pie.

Hacíamos noche en las posadas y ventas del camino, donde Santorcaz

lucía su prodigiosa habilidad en el no gastar, logrando siempre que se

le sirviese bien. Para estas y otras picardías, mi compañero se hacía

pasar por un insigne personaje, mandándome que le llamase Excelencia y

que me descubriese ante él siempre que nos mirara el mesonero. Yo lo

cumplía puntualmente; y con tal artificio, más de una vez, además de

no cobrarnos nada, salían a despedirnos humildemente, rogándonos que

les dispensáramos el mal servicio.

Más allá de Noblejas y Villarrubia de Santiago, y cuando después de

una larga jornada sesteábamos, apartados del camino, junto a la ermita

del _Santo Niño_, se nos agregó un mozo que nos dijo llevaba el mismo

camino que nosotros y que desde entonces fué nuestro inseparable

compañero. Tenía como veinte años, llamábase Andresillo Marijuán, y

aunque era natural de Aragón, iba a servir de mozo de mulas a un

pueblo de Andalucía, en casa de la condesa de Rumblar, su ama y

señora, pues en las fincas que ésta poseía en tierra de Almunia de

Doña Godina había nacido aquel mancebo. Al punto su genio franco y

alegre simpatizó con el mío y nos hicimos muy amigos. Santorcaz nos

trataba con superioridad, aunque sin tiranía. Cuando al llegar a una

posada, cabalgando él en perverso macho y nosotros a pie, íbamos a

tenerle el estribo y después a quitarle las espuelas, deshaciéndonos

en cumplidos y cortesías, teníamos que apretar los dientes para no

soltar la risa. Marijuán, que mejor que yo sabía fingir, era el

encargado de ordenar al ventero que le diese al amo lo mejor de la

despensa, porque Su Excelencia, que iba de Regente a Sevilla, era

hombre terrible y castigaba con fiereza a los posaderos que no le

servían bien.

Así atravesamos la Mancha, triste y solitario país, donde el sol está

en su reino y el hombre parece obra exclusiva del sol y del polvo;

país entre todos famoso desde que el mundo entero hase acostumbrado a

suponer la inmensidad de sus llanuras recorrida por el caballo de D.

Quijote. En opinión general es la Mancha la más fea y la menos

pintoresca de todas las tierras conocidas, y el viajero que viene hoy

de la costa de Levante o de Andalucía, se aburre junto al ventanillo

del vagón, anhelando que se acabe pronto aquella desnuda estepa, que

como inmóvil y estancado mar de tierra, no ofrece a sus ojos

accidente, ni sorpresa, ni variedad, ni recreo alguno. Ésto es lo

cierto: la Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su

conjunto, su propia desnudez y monotonía, que, si no distraen ni

suspenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde

se precipite sin tropiezo alguno. La grandeza del pensamiento de D.

Quijote no se comprende sino en la grandeza de la Mancha. En un país

montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras, con lindas

casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, D. Quijote no

hubiera podido existir y habría muerto en flor, tras la primera

salida, sin asombrar al mundo con las grandes hazañas de la segunda.

Don Quijote necesitaba aquel horizonte, aquel suelo sin caminos, y

que, sin embargo, todo él es camino; aquella tierra sin direcciones,

pues por ella se va a todas partes, sin ir determinadamente a ninguna;

tierras surcadas por las veredas del acaso, de la aventura, y donde

todo cuanto pase ha de pareer cobra de la casualidad o de los genios

de la fábula; necesitaba de aquel sol que derrite los sesos y hace a

los cuerdos locos; aquel campo sin fin donde se levanta el polvo de

imaginarias batallas, produciendo, al transparentar de la luz,

visiones de ejércitos de gigantes, de torres, de castillos; necesitaba

aquella escasez de ciudades que hace más rara y extraordinaria la

presencia de un hombre o de un animal; necesitaba aquel silencio

cuando hay calma, y aquel desaforado rugir de los vientos cuando hay

tempestad; calma y ruido que son igualmente tristes y extienden su

tristeza a todo lo que pasa, de modo que si se encuentra un ser humano

en aquellas soledades, al punto se le tiene por un desgraciado, un

afligido, un menesteroso, un agraviado que anda buscando quien le

ampare contra los opresores y tiranos; necesitaba, repito, aquella

total ausencia de obras humanas que representen el positivismo, el

sentido práctico, cortapisas de la imaginación, que la detendrían en

su insensato vuelo; necesitaba, en fin, que el hombre no pusiera en

aquellos campos más muestras de su industria y de su ciencia que los

patriarcales molinos de viento, a los cuales sólo el lenguaje faltaría

para ser colosos, inquietos y furibundos, que desde lejos llaman y

espantan al viajero con sus gestos amenazadores.

Bailén · 第 8 / 47 题