Como Santorcaz era pobre, y yo más pobre todavía, nuestro viaje fué
tan irregular, cual los que en antiguas novelas vemos descritos. No
adoptamos sistemáticamente ninguna de las clases de incómodos
vehículos conocidos en nuestra España; en varias ocasiones anduvimos
en galera, otras en macho, si nos franqueaban sus caballerías los
arrieros que tornaban a la Mancha de vacío, y las más veces a pie.
Hacíamos noche en las posadas y ventas del camino, donde Santorcaz
lucía su prodigiosa habilidad en el no gastar, logrando siempre que se
le sirviese bien. Para estas y otras picardías, mi compañero se hacía
pasar por un insigne personaje, mandándome que le llamase Excelencia y
que me descubriese ante él siempre que nos mirara el mesonero. Yo lo
cumplía puntualmente; y con tal artificio, más de una vez, además de
no cobrarnos nada, salían a despedirnos humildemente, rogándonos que
les dispensáramos el mal servicio.
Más allá de Noblejas y Villarrubia de Santiago, y cuando después de
una larga jornada sesteábamos, apartados del camino, junto a la ermita
del _Santo Niño_, se nos agregó un mozo que nos dijo llevaba el mismo
camino que nosotros y que desde entonces fué nuestro inseparable
compañero. Tenía como veinte años, llamábase Andresillo Marijuán, y
aunque era natural de Aragón, iba a servir de mozo de mulas a un
pueblo de Andalucía, en casa de la condesa de Rumblar, su ama y
señora, pues en las fincas que ésta poseía en tierra de Almunia de
Doña Godina había nacido aquel mancebo. Al punto su genio franco y
alegre simpatizó con el mío y nos hicimos muy amigos. Santorcaz nos
trataba con superioridad, aunque sin tiranía. Cuando al llegar a una
posada, cabalgando él en perverso macho y nosotros a pie, íbamos a
tenerle el estribo y después a quitarle las espuelas, deshaciéndonos
en cumplidos y cortesías, teníamos que apretar los dientes para no
soltar la risa. Marijuán, que mejor que yo sabía fingir, era el
encargado de ordenar al ventero que le diese al amo lo mejor de la
despensa, porque Su Excelencia, que iba de Regente a Sevilla, era
hombre terrible y castigaba con fiereza a los posaderos que no le
servían bien.
Así atravesamos la Mancha, triste y solitario país, donde el sol está
en su reino y el hombre parece obra exclusiva del sol y del polvo;
país entre todos famoso desde que el mundo entero hase acostumbrado a
suponer la inmensidad de sus llanuras recorrida por el caballo de D.
Quijote. En opinión general es la Mancha la más fea y la menos
pintoresca de todas las tierras conocidas, y el viajero que viene hoy
de la costa de Levante o de Andalucía, se aburre junto al ventanillo
del vagón, anhelando que se acabe pronto aquella desnuda estepa, que
como inmóvil y estancado mar de tierra, no ofrece a sus ojos
accidente, ni sorpresa, ni variedad, ni recreo alguno. Ésto es lo
cierto: la Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su
conjunto, su propia desnudez y monotonía, que, si no distraen ni
suspenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde
se precipite sin tropiezo alguno. La grandeza del pensamiento de D.
Quijote no se comprende sino en la grandeza de la Mancha. En un país
montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras, con lindas
casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, D. Quijote no
hubiera podido existir y habría muerto en flor, tras la primera
salida, sin asombrar al mundo con las grandes hazañas de la segunda.
Don Quijote necesitaba aquel horizonte, aquel suelo sin caminos, y
que, sin embargo, todo él es camino; aquella tierra sin direcciones,
pues por ella se va a todas partes, sin ir determinadamente a ninguna;
tierras surcadas por las veredas del acaso, de la aventura, y donde
todo cuanto pase ha de pareer cobra de la casualidad o de los genios
de la fábula; necesitaba de aquel sol que derrite los sesos y hace a
los cuerdos locos; aquel campo sin fin donde se levanta el polvo de
imaginarias batallas, produciendo, al transparentar de la luz,
visiones de ejércitos de gigantes, de torres, de castillos; necesitaba
aquella escasez de ciudades que hace más rara y extraordinaria la
presencia de un hombre o de un animal; necesitaba aquel silencio
cuando hay calma, y aquel desaforado rugir de los vientos cuando hay
tempestad; calma y ruido que son igualmente tristes y extienden su
tristeza a todo lo que pasa, de modo que si se encuentra un ser humano
en aquellas soledades, al punto se le tiene por un desgraciado, un
afligido, un menesteroso, un agraviado que anda buscando quien le
ampare contra los opresores y tiranos; necesitaba, repito, aquella
total ausencia de obras humanas que representen el positivismo, el
sentido práctico, cortapisas de la imaginación, que la detendrían en
su insensato vuelo; necesitaba, en fin, que el hombre no pusiera en
aquellos campos más muestras de su industria y de su ciencia que los
patriarcales molinos de viento, a los cuales sólo el lenguaje faltaría
para ser colosos, inquietos y furibundos, que desde lejos llaman y
espantan al viajero con sus gestos amenazadores.