Lo que he contado pasaba el 20 de mayo, si no me engaña la memoria.
Poco a poco fuí avanzando en mi convalecencia, y en pocos días me
hallé ya con fuerzas suficientes para levantarme y dar algunos paseos
por los grandes corredores de la casa, pues la vivienda del Gran
Capitán tenía como único desahogo el largo pasillo, en cuya pared se
abrían hasta veinte puertas numeradas, albergues de otras tantas
familias. Peor que mi cuerpo se hallaba mi alma, llena de turbaciones,
de sobresaltos y congojas, tan apenada por terribles recuerdos como
por angustiosas presunciones, de tal modo, que mi pensamiento corría
de lo pasado a lo futuro alternativamente, buscando en vano un poco de
paz.
La muerte del cura de Aranjuez, sin dejar de formar en mi alma un gran
vacío, me era menos sensible de lo que a primera vista pudiera
parecer, porque conceptuándola yo como tránsito que había llevado un
nuevo santo a las falanges del Paraíso, consideré a mi amigo en su
verdadero lugar, y no tan lejos de nosotros que pudiera desampararnos
si le invocábamos.
En cuanto a Inés, no dudaba que existía en poder de alguien que la
protegiera por encargo de los parientes de su madre; y aunque para
esta creencia no tenía más dato que la relación del alucinado Juan de
Dios, yo me confirmaba cada vez más en ella, fundándome en
antecedentes que omito por ser de mis lectores conocidos, y en la
sórdida avaricia del licenciado Lobo, carácter muy abonado para
apoderarse de la joven y entregarla, mediante una buena recompensa, a
quien deseaba poseerla.
Todo mi afán consistía en restablecerme completamente para poder salir
a la calle; y cuando lo conseguí, tuve el gusto de darme a conocer a
todos mis amigos como un verdadero resucitado, o alma del otro mundo
que vuelve con forma corporal a cobrar deudas atrasadas.
No tendrán ustedes idea del aspecto que ofrecía entonces Madrid si no
les digo que la gente toda andaba azorada y aturdida, a veces llena de
miedo, a veces haciendo esfuerzos para disimular su alegría. El odio a
los franceses no era odio: era un fanatismo de que no he conocido
después ningún ejemplo; un sentimiento que ocupaba los corazones por
entero sin dejar hueco para otro alguno; de modo que el amar a los
semejantes, el amarse a sí mismo, y hasta me atrevo a decir el amar a
Dios, se adaptaban y sometían como fenómenos secundarios al gran
aborrecimiento que inspiraban los verdugos del pueblo de Madrid.
A éstos se les veía solos en todos los sitios: su presencia hacía
detener o apresurar a los transeúntes; y era tan extraordinario este
desvío, que hasta parecían ellos mismos afectados de profundo pesar, y
se les observaba taciturnos y foscos, sintiendo que el suelo les
quemaba las plantas de los pies. Habían llenado de trincheras y
baterías el Retiro, y para ver en todo su orgullo y presunción a los
invasores, no había más que dirigir el paseo hacia Oriente, y se les
encontraba en grandes grupos alrededor de las cantinas, o paseando por
la carretera de Aragón. Ningún español se encaminaba hacia allí, a no
ser los granujas, que, entonces como ahora, gustaban de meter las
narices en todas partes. Llevado de mi curiosidad, me acerqué al
Retiro, y también recorrí otros sitios hacia el Mediodía, igualmente
ocupados como posiciones ventajosas.
En el interior de Madrid las tiendas estaban desiertas, pues todas las
personas que se juntaban para pedir o comunicar noticias se reunían en
parajes ocultos, siendo de notar que ya entonces comenzaban a dar sus
primeras señales de vida las sociedades secretas, aunque yo no vi
ninguna, y digo esto sólo con referencia a vagos rumores. Como el afán
por tener noticias relativas al levantamiento de las provincias era
una fiebre de que no estaban exentos ni los niños, ni los ancianos, ni
las mujeres, cuando se sabía que D. Fulano de Tal había recibido una
carta de Andalucía, de Galicia o de Cataluña, la casa se llenaba de
amigos, y hasta los desconocidos se permitían invadirla ruidosamente
para no esperar a que se les contara el gran suceso. Sacábanse copias
de las cartas que hablaban de la Junta de Sevilla y de la sublevación
de las tropas de San Roque, y aquellas copias circulaban con una
rapidez que envidiaría la moderna Prensa periódica.
Todos los días y a todas horas se hablaba de los oficiales que habían
huído de Madrid para unirse a los ejércitos de Cuesta o de Blake, y
cuando se tropezaba con un militar o con algún joven paisano de buen
porte y bríos, no se le hacia otra pregunta que ésta: «¿Usted cuándo
se va?» Las familias de las víctimas se habían olvidado ya de rezar
por los muertos, y pensaban en equipar a los vivos. Escaseaban los
jornaleros y menestrales, porque de los barrios bajos partían
diariamente muchos hombres a engrosar las partidas de Toledo y la
Mancha; y a pesar de los brutales bandos del General francés, ni
faltaban armas en las casas, ni los fugitivos partían con las manos
vacías.
Los invasores, que vigilaban el odio de la capital con la suspicacia
medrosa del que ha padecido sus terribles efectos, no permitían,
siendo tan grande su número y fuerza, que se manifestara lo que los
madrileños pensaban y sentían; pero aun así, ¡cuántos cantares,
cuantas jácaras, romances y décimas brotaron de improviso de la vena
popular, ya amenazando con rencor, ya zahiriendo con picantes chistes
a los que nadie conocía sino por el injurioso nombre de _la canalla_!
En el fondo de aquella grande agitación, y entre tantos recelos, había
un secreto júbilo, pues como un día y otro llegaban noticias de nuevos
levantamientos, todos consideraban a los franceses como puestos en el
vergonzoso trance de retirarse. Aquel júbilo, aquella confianza,
aquella fe ciega en la superioridad de las heterogéneas y discordes
fuerzas populares, aquel esperar siempre, aquel no creer en la
derrota, aquel _no importa_ con que curaban el descalabro, fueron
causa de la definitiva victoria en tan larga guerra, y bien puede
decirse que la estrategia, la fuerza y la táctica, que son cosas
humanas, no pueden ni podrán nunca nada contra el entusiasmo, que es
divino.
Como era natural, las noticias, del levantamiento se exageraban
locamente, y el delirio popular veía miles de hombres donde no había
sino centenares. Cuando las noticias venían de Bayona, eran objeto de
sistemático desprecio, y las disposiciones del palacio de Marras, así
como la convocatoria de irrisorias Cortes en la ciudad del Adour, y el
pleito homenaje por algunos grandes tributado a Bonaparte, daban
pábulo a sátiras sangrientas. Cuando alguno decía que vendría de rey a
Madrid el hermano de Napoleón, daba pie para las más ingeniosas
improvisaciones del género epigramático.
Todas las tertulias, que entonces eran muchas, pues la sociedad no se
desparramaba aún por los cafés, eran, digámoslo así, verdaderos clubs
donde latía sorda y terrible la conspiración nacional. Se conspiraba
con el deseo, con las noticias, con las sospechas, con las hipérboles,
con las sátiras, con verdades y mentiras, con el llanto tributado a
los muertos y las oraciones por el triunfo de los vivos.
V
Tal era Madrid a fines de mayo de 1808, antes de que sonaran los
primeros cañonazos de Cabezón y los primeros tiros del Bruch. Dicho
esto se me permitirá que hable un poco de mi persona, pues atendiendo
a que la desgracia halla siempre eco en toda persona discreta y
sensible, creo que no soy saco de paja a los ojos de mis lectores, y
que algún interés les inspiran los penosos trances de mi borrascosa
existencia. Necesito, además, explicar por qué causas emprendí mi
viaje a Andalucía entre mayo y junio; y si de buenas a primeras me
presentara camino de Despeñaperros en compañía del desconocido
Santorcaz, ustedes no acertarían a explicarse ni los móviles de
jornada tan peligrosa, ni mi repentino acomodamiento con aquel hombre
singular.
Es, pues, el caso que, no satisfecho con las noticias que acerca de
Inés me dió Juan de Dios, traté de averiguar la verdad y tuve la feliz
ocurrencia, mejor dicho, la inspiración, de presentarme en casa de la
Marquesa, a quien no hallé; mas quiso la Divina Providencia que un
criado, conocido mío desde la famosa noche de la representación, me
saliera al encuentro, y después de mostrarse muy obsequioso,
satisficiera mi curiosidad sobre aquel punto. Según me dijo, el mismo
día 3 de mayo se presentó allí un hombre de antiparras verdes, el cual
conducía dentro de una litera a cierta joven llorosa y al parecer
enferma. No encontrando a la señora, preguntó por su hermano, con el
cual hubo de conferenciar más de dos horas. Despidióse al cabo,
dejando a la madamita en la casa.
El hermano de la Sra. Marquesa, que no era otro que aquel festivo
diplomático a quien conocimos en octubre de 1807, partió el día 4 para
Córdoba a unirse con su hermana y sobrina, y, ¡cosa rara!--me dijo
aquel curioso servidor--, se llevó consigo a la jovenzuela.
--¿De suerte que ahora están todos en Córdoba?--le pregunté.
--Sí, y según noticias, no piensan venir hasta que no se acaben estas
cosas. Eso de la señorita que trajeron en la litera ha dado mucho que
hablar a la servidumbre, y dice mi mujer..., pero más vale callar. El
hombre aquél de las antiparras verdes había estado ya algunos días
aquí, y unas veces la Sra. Condesa, otras su tía, le recibían. Mal
hombre parece.
--¿Y la joven no hizo resistencia cuando quisieron llevársela?
--Si parecía muerta, ¿qué resistencia podía hacer? Como que tuvimos
que cargarla entre dos para ponerla en el coche...
Ignoro si esto que oí y puntualmente refiero llamará la atención de
mis lectores; pero lo que sí les ha de causar sorpresa, ¡qué digo
sorpresa!, asombro grandísimo, es el saber que me atreví a desafiar
las iras del licenciado Lobo, del mismo Lobo de marras, no vacilando
en arriesgarlo todo por esclarecer lo que tan hondamente me
inquietaba. No queriendo aparecer ni aun en sombra por la aborrecida
calle de la Sal, busquéle allá por la Alcaldía de Casa y Corte, donde
con toda seguridad pensaba encontrarle, y al punto que me vió... No,
no es verosímil, no lo van ustedes a creer. ¿Necesitaré jurarlo? Pues
lo juro: juro que es la pura verdad. Pues bien: al pronto que me vió,
echóme los brazos al cuello, demostrando gran interés por mi persona,
y no sólo me pidió nuevas acerca de mi salud, sino que me rogó le
contase algunos pormenores de mi fusilamiento y para él milagrosa
resurrección.
Quedéme atónito, aunque no tranquilo, presumiendo que tan desusadas
blanduras serían obra de su refinada astucia y preparación de algún
nuevo golpe contra mí; pero cuando le pregunté por el estado en que se
hallaba el proceso célebre, respondióme que ya no se pensaba en tal
cosa, porque como los franceses eran amigos del Príncipe de la Paz, no
convenía molestar a los servidores y amigos de éste.
--No quiero--añadió--que Su Alteza el Gran Duque se amosque. Aquello
fué una broma, y de haberte prendido, al punto hubieras sido puesto en
libertad. Pero di, picarón..., ¿conque tú eras galán de D.ª Inés?
Cuéntame todo: ¿dónde la conociste? ¡Ah, bien comprendía Requejo que
guardaba un tesoro en su casa! Yo lo sabía todo..., ¿y tú?; sospecho
que también, perillán. Pero no sabías que a fines del mes de abril se
acordó en consejo de familia recoger e identificar a esa jovencita
para darle la posición que le corresponde. Como yo estaba al tanto de
todo, y además tenía el honor de conocer a la Sra. Marquesa,
comprometíme a entregarla, haciéndoles creer que había grandes
dificultades para arrancarla del poder de los parientes de su supuesta
madre. Hijo, es preciso hacer algo por la vida: considera que es uno
un pobre, con mujer, nueve hijos, dos suegras y tres cuñadas; dos
suegras, sí señor, la madre y la abuela de mi mujer, y si uno no se da
maña para mantener a este familión... La verdad es que a todos les di
cordelejo: a D. Mauro, al papanatas de Juan de Dios, y a ti mismo, que
ahora resucitas para pedirme a Inés. ¿Pero la amabas tú? Anda,
zanguango, cortéjala, a ver si logras casarte con ella, lo cual,
aunque difícil, no es imposible...; la niña tendrá una dote regular, y
quizás pueda heredar el mayorazgo y título, lo cual será, según el
tenor de las escrituras... ¡Ah, pelafustán! Me parece que tú traes un
proyectillo entre ceja y ceja. ¿Vas a Córdoba? Oye: recuerdo que la
palomita te llamaba con exclamaciones muy tiernas, cuando medio muerta
la conducíamos en la litera mi pasante y yo. ¡Ja, ja, ja! ¿Sabes de
qué me río? De ese ganso de Juan de Dios, que estuvo aquí el otro
día, y poniéndose de rodillas delante de mí, me dijo: «¡Déme usted a
Inés, porque me muero sin ella! ¡Démela usted hoy y máteme mañana!»
Fué una comedia, Gabriel, y aunque nos reímos mucho, al fin nos cansó
tanto, que tuvimos que echarle a palos de la escribanía.
Atención sostenida presté yo a estas y otras muchas razones del
licenciado Lobo, el cual, para que nada faltara en su inexplicable
benignidad y cortesanía, al tiempo de despedirme díjome que quizás
pudiera proporcionarme algunas lecciones de latín, si me hallaba con
ánimos, puesto que era tan gran humanista, de ganarme el pan con la
enseñanza. Dile las gracias, y tan satisfecho me retiré del resultado
de mis investigaciones, que el mismo día decidí marchar a Córdoba
cuando estuviera restablecido.
¿Me seguirán ustedes, o, fatigados de estas aventuras, dejarán que
marche solo a resolver cuestiones que a nadie interesan más que al que
esto escribe? No; espero que no nos separaremos tan a deshora, y
cuando parece probable que, siguiéndome, asistan ustedes a algún
espectáculo que les haga más llevadero el fastidio de mis personales
narraciones. Vamos, pues, y tengan en cuenta que nos acompaña el Sr.
de Santorcaz, a quien llevan al país andaluz asuntos de familia. Yo le
manifesté que deseaba me llevase como escudero; mas él dijo que no
tenía con qué pagar mis servicios, porque su bolsa no estaba en
disposición de atender a gastos de servidumbre, y que harto se
congratularía de llevarme como compañero y amigo. Así fué, en efecto;
y como yo necesitara algunos días más de restablecimiento, él me
esperó, y en uno de los últimos días de mayo o de los primeros de
junio, luego que me despedí de mis obsequiosos protectores,
correspondiéndoles como pude, y de Juan de Dios, a quien oculté el
objeto de mi expedición, nos pusimos en marcha.