IV

Lo que he contado pasaba el 20 de mayo, si no me engaña la memoria.

Poco a poco fuí avanzando en mi convalecencia, y en pocos días me

hallé ya con fuerzas suficientes para levantarme y dar algunos paseos

por los grandes corredores de la casa, pues la vivienda del Gran

Capitán tenía como único desahogo el largo pasillo, en cuya pared se

abrían hasta veinte puertas numeradas, albergues de otras tantas

familias. Peor que mi cuerpo se hallaba mi alma, llena de turbaciones,

de sobresaltos y congojas, tan apenada por terribles recuerdos como

por angustiosas presunciones, de tal modo, que mi pensamiento corría

de lo pasado a lo futuro alternativamente, buscando en vano un poco de

paz.

La muerte del cura de Aranjuez, sin dejar de formar en mi alma un gran

vacío, me era menos sensible de lo que a primera vista pudiera

parecer, porque conceptuándola yo como tránsito que había llevado un

nuevo santo a las falanges del Paraíso, consideré a mi amigo en su

verdadero lugar, y no tan lejos de nosotros que pudiera desampararnos

si le invocábamos.

En cuanto a Inés, no dudaba que existía en poder de alguien que la

protegiera por encargo de los parientes de su madre; y aunque para

esta creencia no tenía más dato que la relación del alucinado Juan de

Dios, yo me confirmaba cada vez más en ella, fundándome en

antecedentes que omito por ser de mis lectores conocidos, y en la

sórdida avaricia del licenciado Lobo, carácter muy abonado para

apoderarse de la joven y entregarla, mediante una buena recompensa, a

quien deseaba poseerla.

Todo mi afán consistía en restablecerme completamente para poder salir

a la calle; y cuando lo conseguí, tuve el gusto de darme a conocer a

todos mis amigos como un verdadero resucitado, o alma del otro mundo

que vuelve con forma corporal a cobrar deudas atrasadas.

No tendrán ustedes idea del aspecto que ofrecía entonces Madrid si no

les digo que la gente toda andaba azorada y aturdida, a veces llena de

miedo, a veces haciendo esfuerzos para disimular su alegría. El odio a

los franceses no era odio: era un fanatismo de que no he conocido

después ningún ejemplo; un sentimiento que ocupaba los corazones por

entero sin dejar hueco para otro alguno; de modo que el amar a los

semejantes, el amarse a sí mismo, y hasta me atrevo a decir el amar a

Dios, se adaptaban y sometían como fenómenos secundarios al gran

aborrecimiento que inspiraban los verdugos del pueblo de Madrid.

A éstos se les veía solos en todos los sitios: su presencia hacía

detener o apresurar a los transeúntes; y era tan extraordinario este

desvío, que hasta parecían ellos mismos afectados de profundo pesar, y

se les observaba taciturnos y foscos, sintiendo que el suelo les

quemaba las plantas de los pies. Habían llenado de trincheras y

baterías el Retiro, y para ver en todo su orgullo y presunción a los

invasores, no había más que dirigir el paseo hacia Oriente, y se les

encontraba en grandes grupos alrededor de las cantinas, o paseando por

la carretera de Aragón. Ningún español se encaminaba hacia allí, a no

ser los granujas, que, entonces como ahora, gustaban de meter las

narices en todas partes. Llevado de mi curiosidad, me acerqué al

Retiro, y también recorrí otros sitios hacia el Mediodía, igualmente

ocupados como posiciones ventajosas.

En el interior de Madrid las tiendas estaban desiertas, pues todas las

personas que se juntaban para pedir o comunicar noticias se reunían en

parajes ocultos, siendo de notar que ya entonces comenzaban a dar sus

primeras señales de vida las sociedades secretas, aunque yo no vi

ninguna, y digo esto sólo con referencia a vagos rumores. Como el afán

por tener noticias relativas al levantamiento de las provincias era

una fiebre de que no estaban exentos ni los niños, ni los ancianos, ni

las mujeres, cuando se sabía que D. Fulano de Tal había recibido una

carta de Andalucía, de Galicia o de Cataluña, la casa se llenaba de

amigos, y hasta los desconocidos se permitían invadirla ruidosamente

para no esperar a que se les contara el gran suceso. Sacábanse copias

de las cartas que hablaban de la Junta de Sevilla y de la sublevación

de las tropas de San Roque, y aquellas copias circulaban con una

rapidez que envidiaría la moderna Prensa periódica.

Todos los días y a todas horas se hablaba de los oficiales que habían

huído de Madrid para unirse a los ejércitos de Cuesta o de Blake, y

cuando se tropezaba con un militar o con algún joven paisano de buen

porte y bríos, no se le hacia otra pregunta que ésta: «¿Usted cuándo

se va?» Las familias de las víctimas se habían olvidado ya de rezar

por los muertos, y pensaban en equipar a los vivos. Escaseaban los

jornaleros y menestrales, porque de los barrios bajos partían

diariamente muchos hombres a engrosar las partidas de Toledo y la

Mancha; y a pesar de los brutales bandos del General francés, ni

faltaban armas en las casas, ni los fugitivos partían con las manos

vacías.

Los invasores, que vigilaban el odio de la capital con la suspicacia

medrosa del que ha padecido sus terribles efectos, no permitían,

siendo tan grande su número y fuerza, que se manifestara lo que los

madrileños pensaban y sentían; pero aun así, ¡cuántos cantares,

cuantas jácaras, romances y décimas brotaron de improviso de la vena

popular, ya amenazando con rencor, ya zahiriendo con picantes chistes

a los que nadie conocía sino por el injurioso nombre de _la canalla_!

En el fondo de aquella grande agitación, y entre tantos recelos, había

un secreto júbilo, pues como un día y otro llegaban noticias de nuevos

levantamientos, todos consideraban a los franceses como puestos en el

vergonzoso trance de retirarse. Aquel júbilo, aquella confianza,

aquella fe ciega en la superioridad de las heterogéneas y discordes

fuerzas populares, aquel esperar siempre, aquel no creer en la

derrota, aquel _no importa_ con que curaban el descalabro, fueron

causa de la definitiva victoria en tan larga guerra, y bien puede

decirse que la estrategia, la fuerza y la táctica, que son cosas

humanas, no pueden ni podrán nunca nada contra el entusiasmo, que es

divino.

Como era natural, las noticias, del levantamiento se exageraban

locamente, y el delirio popular veía miles de hombres donde no había

sino centenares. Cuando las noticias venían de Bayona, eran objeto de

sistemático desprecio, y las disposiciones del palacio de Marras, así

como la convocatoria de irrisorias Cortes en la ciudad del Adour, y el

pleito homenaje por algunos grandes tributado a Bonaparte, daban

pábulo a sátiras sangrientas. Cuando alguno decía que vendría de rey a

Madrid el hermano de Napoleón, daba pie para las más ingeniosas

improvisaciones del género epigramático.

Todas las tertulias, que entonces eran muchas, pues la sociedad no se

desparramaba aún por los cafés, eran, digámoslo así, verdaderos clubs

donde latía sorda y terrible la conspiración nacional. Se conspiraba

con el deseo, con las noticias, con las sospechas, con las hipérboles,

con las sátiras, con verdades y mentiras, con el llanto tributado a

los muertos y las oraciones por el triunfo de los vivos.

V

Tal era Madrid a fines de mayo de 1808, antes de que sonaran los

primeros cañonazos de Cabezón y los primeros tiros del Bruch. Dicho

esto se me permitirá que hable un poco de mi persona, pues atendiendo

a que la desgracia halla siempre eco en toda persona discreta y

sensible, creo que no soy saco de paja a los ojos de mis lectores, y

que algún interés les inspiran los penosos trances de mi borrascosa

existencia. Necesito, además, explicar por qué causas emprendí mi

viaje a Andalucía entre mayo y junio; y si de buenas a primeras me

presentara camino de Despeñaperros en compañía del desconocido

Santorcaz, ustedes no acertarían a explicarse ni los móviles de

jornada tan peligrosa, ni mi repentino acomodamiento con aquel hombre

singular.

Es, pues, el caso que, no satisfecho con las noticias que acerca de

Inés me dió Juan de Dios, traté de averiguar la verdad y tuve la feliz

ocurrencia, mejor dicho, la inspiración, de presentarme en casa de la

Marquesa, a quien no hallé; mas quiso la Divina Providencia que un

criado, conocido mío desde la famosa noche de la representación, me

saliera al encuentro, y después de mostrarse muy obsequioso,

satisficiera mi curiosidad sobre aquel punto. Según me dijo, el mismo

día 3 de mayo se presentó allí un hombre de antiparras verdes, el cual

conducía dentro de una litera a cierta joven llorosa y al parecer

enferma. No encontrando a la señora, preguntó por su hermano, con el

cual hubo de conferenciar más de dos horas. Despidióse al cabo,

dejando a la madamita en la casa.

El hermano de la Sra. Marquesa, que no era otro que aquel festivo

diplomático a quien conocimos en octubre de 1807, partió el día 4 para

Córdoba a unirse con su hermana y sobrina, y, ¡cosa rara!--me dijo

aquel curioso servidor--, se llevó consigo a la jovenzuela.

--¿De suerte que ahora están todos en Córdoba?--le pregunté.

--Sí, y según noticias, no piensan venir hasta que no se acaben estas

cosas. Eso de la señorita que trajeron en la litera ha dado mucho que

hablar a la servidumbre, y dice mi mujer..., pero más vale callar. El

hombre aquél de las antiparras verdes había estado ya algunos días

aquí, y unas veces la Sra. Condesa, otras su tía, le recibían. Mal

hombre parece.

--¿Y la joven no hizo resistencia cuando quisieron llevársela?

--Si parecía muerta, ¿qué resistencia podía hacer? Como que tuvimos

que cargarla entre dos para ponerla en el coche...

Ignoro si esto que oí y puntualmente refiero llamará la atención de

mis lectores; pero lo que sí les ha de causar sorpresa, ¡qué digo

sorpresa!, asombro grandísimo, es el saber que me atreví a desafiar

las iras del licenciado Lobo, del mismo Lobo de marras, no vacilando

en arriesgarlo todo por esclarecer lo que tan hondamente me

inquietaba. No queriendo aparecer ni aun en sombra por la aborrecida

calle de la Sal, busquéle allá por la Alcaldía de Casa y Corte, donde

con toda seguridad pensaba encontrarle, y al punto que me vió... No,

no es verosímil, no lo van ustedes a creer. ¿Necesitaré jurarlo? Pues

lo juro: juro que es la pura verdad. Pues bien: al pronto que me vió,

echóme los brazos al cuello, demostrando gran interés por mi persona,

y no sólo me pidió nuevas acerca de mi salud, sino que me rogó le

contase algunos pormenores de mi fusilamiento y para él milagrosa

resurrección.

Quedéme atónito, aunque no tranquilo, presumiendo que tan desusadas

blanduras serían obra de su refinada astucia y preparación de algún

nuevo golpe contra mí; pero cuando le pregunté por el estado en que se

hallaba el proceso célebre, respondióme que ya no se pensaba en tal

cosa, porque como los franceses eran amigos del Príncipe de la Paz, no

convenía molestar a los servidores y amigos de éste.

--No quiero--añadió--que Su Alteza el Gran Duque se amosque. Aquello

fué una broma, y de haberte prendido, al punto hubieras sido puesto en

libertad. Pero di, picarón..., ¿conque tú eras galán de D.ª Inés?

Cuéntame todo: ¿dónde la conociste? ¡Ah, bien comprendía Requejo que

guardaba un tesoro en su casa! Yo lo sabía todo..., ¿y tú?; sospecho

que también, perillán. Pero no sabías que a fines del mes de abril se

acordó en consejo de familia recoger e identificar a esa jovencita

para darle la posición que le corresponde. Como yo estaba al tanto de

todo, y además tenía el honor de conocer a la Sra. Marquesa,

comprometíme a entregarla, haciéndoles creer que había grandes

dificultades para arrancarla del poder de los parientes de su supuesta

madre. Hijo, es preciso hacer algo por la vida: considera que es uno

un pobre, con mujer, nueve hijos, dos suegras y tres cuñadas; dos

suegras, sí señor, la madre y la abuela de mi mujer, y si uno no se da

maña para mantener a este familión... La verdad es que a todos les di

cordelejo: a D. Mauro, al papanatas de Juan de Dios, y a ti mismo, que

ahora resucitas para pedirme a Inés. ¿Pero la amabas tú? Anda,

zanguango, cortéjala, a ver si logras casarte con ella, lo cual,

aunque difícil, no es imposible...; la niña tendrá una dote regular, y

quizás pueda heredar el mayorazgo y título, lo cual será, según el

tenor de las escrituras... ¡Ah, pelafustán! Me parece que tú traes un

proyectillo entre ceja y ceja. ¿Vas a Córdoba? Oye: recuerdo que la

palomita te llamaba con exclamaciones muy tiernas, cuando medio muerta

la conducíamos en la litera mi pasante y yo. ¡Ja, ja, ja! ¿Sabes de

qué me río? De ese ganso de Juan de Dios, que estuvo aquí el otro

día, y poniéndose de rodillas delante de mí, me dijo: «¡Déme usted a

Inés, porque me muero sin ella! ¡Démela usted hoy y máteme mañana!»

Fué una comedia, Gabriel, y aunque nos reímos mucho, al fin nos cansó

tanto, que tuvimos que echarle a palos de la escribanía.

Atención sostenida presté yo a estas y otras muchas razones del

licenciado Lobo, el cual, para que nada faltara en su inexplicable

benignidad y cortesanía, al tiempo de despedirme díjome que quizás

pudiera proporcionarme algunas lecciones de latín, si me hallaba con

ánimos, puesto que era tan gran humanista, de ganarme el pan con la

enseñanza. Dile las gracias, y tan satisfecho me retiré del resultado

de mis investigaciones, que el mismo día decidí marchar a Córdoba

cuando estuviera restablecido.

¿Me seguirán ustedes, o, fatigados de estas aventuras, dejarán que

marche solo a resolver cuestiones que a nadie interesan más que al que

esto escribe? No; espero que no nos separaremos tan a deshora, y

cuando parece probable que, siguiéndome, asistan ustedes a algún

espectáculo que les haga más llevadero el fastidio de mis personales

narraciones. Vamos, pues, y tengan en cuenta que nos acompaña el Sr.

de Santorcaz, a quien llevan al país andaluz asuntos de familia. Yo le

manifesté que deseaba me llevase como escudero; mas él dijo que no

tenía con qué pagar mis servicios, porque su bolsa no estaba en

disposición de atender a gastos de servidumbre, y que harto se

congratularía de llevarme como compañero y amigo. Así fué, en efecto;

y como yo necesitara algunos días más de restablecimiento, él me

esperó, y en uno de los últimos días de mayo o de los primeros de

junio, luego que me despedí de mis obsequiosos protectores,

correspondiéndoles como pude, y de Juan de Dios, a quien oculté el

objeto de mi expedición, nos pusimos en marcha.

Bailén · 第 7 / 47 题