Al día siguiente, la primera persona que vieron mis ojos fué D.ª
Gregoria, a quien ya había empezado a tomar cariño, pues tan propio de
la caridad es inspirarlo en poco tiempo. La mujer del Gran Capitán
limpiaba la sala, procurando mover los trastos lentamente para no
hacer ruido, cuando desperté, y al punto lo dejó todo para correr a mi
lado.
--Esa cara está respirando salud--me dijo--. Veremos lo que dice hoy
D. Pedro Nolasco cuando te vea.
--¿Y quién es ese D. Pedro Nolasco?--pregunté, sospechando fuera algún
médico afamado de la vecindad.
--¿Quién ha de ser, hijo? El albéitar, que vive en el cuarto número
14. Aquí no gastamos médico porque es bocado de príncipes. Y cuando
Fernández padece del reuma, le ve D. Pedro Nolasco, que es un gran
doctor. A él debes la vida, chiquillo, y él te sacó del costado la
bala; que si no a estas horas estarías en el otro mundo.
Oído esto, hícele varias preguntas acerca de su condición y la calidad
de la casa, a las que satisfizo bondadosamente, diciendo que su esposo
era portero en una oficina del ramo de la Guerra, y que con su sueldo
y lo que el Sr. Juan de Dios les daba por su modesto pupilaje pasaban
la vida pobres y contentos.
--Esta no es casa de huéspedes, porque nosotros no queremos
barullo--añadió--; pero hace mucho tiempo que conocemos al Sr. de
Arróiz y por eso le tenemos aquí. Este Sr. de Santorcaz que has visto
anoche, y que no ha de tardar en venir, es un joven a quien conocimos
en Alcalá, cuando estábamos allí establecidos y él dejaba sus estudios
en aquella célebre Universidad para correr la tuna. Ha sido muy
calavera, y sus padres no le han vuelto a ver desde que se marchó a
Francia hace quince años huyendo de una persecución muy merecida _por
mor_ de sus barrabasadas y viciosas costumbres. ¡Desgraciado joven!
Allá fué soldado, y cuando nos cuenta sus trabajos y penalidades, nos
quedamos como si oyéramos leer la novela _El asombro de la Francia,
Marta la Romarantina_, aunque Santiago dice que todo lo que cuenta es
mentira. A pesar de su mala cabeza, nosotros apreciamos a este
tarambana de Santorcaz, y él no nos quiere mal; así es que cuando se
aparece por España, siempre viene a parar a nuestra casa, donde le
damos hospitalidad por bien poco dinero. ¡Ay!, sí, por bien poco
dinero; verdad que si le pidiéramos mucho, el infeliz no podría
dárnoslo, porque no lo tiene. Y no es porque haya nacido de las
hierbas del campo, pues a un buen solar de tierra de Salamanca
pertenece su familia; sólo que como no es primogénito..., su padre se
empeñó en dedicarle a la Iglesia y el pobre chico no tenía afición de
misacantano...
Estábamos D.ª Gregoria y yo enfrascados en este coloquio, que no
dejaba de interesarme, cuando volviendo de su oficina D. Santiago
Fernández, quitóse gravemente el pesado uniforme, que su consorte
colgó en la percha, no lejos de la amenazadora lanza, y se dispuso a
comer.
--Grandes noticias te traigo, mujer--dijo con retozona sonrisa,
sentado ya en el sillón de cuero y con ambas manos posadas en las
respectivas rodillas, mientras con lento compás movía el cuerpo--. Te
vas a poner más contenta...
--No puede ser sino que el Gran Duque ha reventado ya de los cólicos
que padecía.
-No, no es eso, mujer. ¿Quién te dijo que Navalagamella le había
declarado la guerra a la _canalla_? No es Navalagamella sólo, mujer:
es Asturias, León, Galicia, Valencia, Toledo, Burgos, Valladolid, y se
cree que también Sevilla, Badajoz, Granada y Cádiz. En la oficina lo
han dicho; y si vieras cómo están todos bailando de contento...
Oficial conozco que no ha dormido en toda la noche esperando el
correo; ¡y si supieras, mujer...! A ti te lo puedo decir, y no importa
que lo oiga este chico. Oye, oíd los dos: muchos oficiales se han
fugado, sin que en los cuarteles ni en sus casas se sepa dónde están.
Y dirás tú: «¿Pues dónde están?» Yo lo sé, sí señora, yo lo sé: han
ido a unirse a los ejércitos españoles que se están formando... ¿A
que no sabes dónde se están formando? Pues yo lo sé, sí, señora, yo lo
sé: uno se está formando en Valladolid, y lo mandará D. Gregorio de la
Cuesta; otro en Asturias y Galicia, que corre a cargo de Blake..., y
el tercero... Esta es la más gorda de todas: ¿te la digo?
--Hombre, sí, dila: no nos dejes a media miel.
--Pues se dice por ahí que las tropas de Andalucía se sublevarán, sí,
señor, se sublevarán. ¡Pues no han de sublevarse!... Si en cuanto uno
dé la voz empieza a desfilar nuestra gente y ni un ranchero español
quedará a las órdenes de Murat ni de la Junta.
--Veo que lo van a pasar mal, Santiago. Pero siento golpes en la
puerta. Son los vecinos que vienen a saber noticias... Pase usted,
Sr. D. Roque; pasen ustedes, niñas; adelante, Sr. de Cuervatón.
Abrió D.ª Gregoria la puerta, y penetraron en ordenada falange como
una docena de personas de uno y otro sexo, y de diferentes edades y
fachas, las cuales personas eran los vecinos más adictos al Gran
Capitán, y además entusiastas creyentes de sus noticias, por lo cual
acudían todas las mañanas cuando aquél regresaba de la oficina, con el
anhelo de saciar en la fuente más pura y cristalina la ardorosa
curiosidad que entonces devoraba a los habitantes de Madrid. ¿Debo
detenerme en enumerar a tan dignas personas? ¿Para qué, si el lector
no necesita conocer al lañador, ni al talabartero, ni tampoco a D.
Roque, el arruinado comerciante, ni al Sr. de Cuervatón, ni menos a
las niñas de la bordadora en fino? Dejémosles envueltos en el velo de
su discreto incógnito, y oigamos a Fernández, que desbordándose de su
propio ser, a causa de la exorbitante hinchazón de su orgulloso
júbilo, iba contando lo que oyera, sin dejar de aderezar sus relatos
con la sal y pimienta de la hipérbole.
--Pues en Andalucía--dijo--, en Andalucía..., ya saben ustedes dónde
está Andalucía; como si dijéramos en Cádiz..., pues. Dicen que la
Junta de Sevilla ha armado un gran ejército con las tropas que estaban
en San Roque. ¿Saben ustedes lo que es San Roque? Pues es como si
dijéramos...; supongan ustedes que aquí está Gibraltar, pues aquí
cerquita está San Roque.
--Este D. Santiago lo sabe todo.
--Ya, como quien ha visto tantas tierras y ha estado en tantas
batallas.
--En San Roque están las mejores tropas de España, tanto en infantería
como en artillería y caballos; de modo que si se forma ese ejército, y
viene sobre Madrid... ¡Jesús!
--¡Jesús!--repitió un coro de diez voces.
--¿Usted cree que vendrá sobre Madrid?--preguntó uno de los
concurrentes.
--Eso es lo que no puedo asegurar--repuso con énfasis el Gran
Capitán--. Pero a lo que yo entiendo, y según la experiencia que
adquirí en aquellas terribles guerras, me atrevo a decir que el
ejército de Andalucía viene sobre Madrid, y si hace lo mismo el de D.
Gregorio de la Cuesta, juzguen ustedes el susto que pasarán los
franceses. Hay que guardar el secreto: mucho cuidado, señores, y
ustedes, niñas, guárdense muy bien de ir contando estas cosas cuando
vayan a la costura, porque puede llegar a oídos del Gran Duque de
Berg... Yo creo que pasará lo siguiente: el ejército de Andalucía
vendrá a la Mancha; los franceses irán a batirlos, dejando libre a
Madrid, donde entrará D. Gregorio de la Cuesta, el cual, si sigue
después hacia el Mediodía, les picará la retaguardia por Tarancón; y
como al mismo tiempo los de allí le harán retroceder hacía el Tajo,
viéndose los franceses atacados por un lado y otro, por fuerza tendrán
que caer al río, donde se ahogarán.
--¡Cuánto sabe este hombre! Es un asombro que de esa manera pueda
anunciar los movimientos del enemigo. Y no hay duda: así tiene que
suceder.
--Y como la sublevación es general--añadió Fernández--, no podrán
acudir a todos lados. Además, no pueden contar con un solo soldado
español que les ayude, porque todos desertan; de modo que si Napoleón
quiere continuar la guerra en España, ya puede mandar gente.
--Y como de los que vienen, la mitad mueren de borrachera...
--El mismo Murat está padeciendo unos cólicos, que se lo llevarán al
otro mundo.
--¡Quía!, si lo que tiene es una enfermedad vergonzosa.
--Así pagará las que ha hecho. ¿Pues qué puede ser eso sino castigo de
Dios por su barbarie y crueldad?
--No es eso, señora; es que, según dicen, es aficionado a la bebida.
--¡Menudas _turcas_ habrá tomado desde que está aquí! ¿Y se marchará,
o no se marchará?
--Yo creo que sí--dijo Fernández--. Tengo entendido que está muy
disgustado porque Napoleón no le quiere hacer rey de España.
--¡Angelito!, pues no pide poco que digamos.
--Y como parece que mandan de rey al que lo es de Nápoles, un D. José,
al cual, según dicen, también le gusta aquello...
--Se conoce que es afición de familia.
--Lo que debiera hacer el Sr. Fernández--dijo el lañador--es irse a
cualquiera de esos ejércitos, donde sin duda se había de lucir, y
quién sabe si nos le harían general de la noche a la mañana.
--Yo no sirvo para nada--contestó el Gran Capitán--. Yo tuve mi época,
y ahora que trabajen otros como trabajamos los de entonces. ¡Aquellas
sí que eran guerras, señores! Esto de ahora es una bobada, y si no, ya
verán ustedes cómo en menos que canta un gallo se acaba todo.
--Pero lo del ejército de Andalucía, ¿es cierto, o es puro barrunto de
usted? Sepámoslo de una vez.
--Es cierto, señores. Me parece que Santiago Fernández tiene motivos
para saber lo que hace un ejército y lo que deja de hacer. Cuando
empiecen nuestros generales a decir «Por aquí te doy», ya les tendré a
ustedes al tanto de todo, día por día.
A este punto llegaba, cuando entró Santorcaz, y no bien le vieron las
honradas personas que formaban el auditorio del buen Fernández,
empezaron a desfilar de muy mal talante, porque la presencia del
citado _flamasón_ era harto desagradable a todos los habitantes de la
casa.
--Grandes noticias, grandes noticias traigo, Sr. D. Gonzalo Fernández
de Córdova--exclamó desde la puerta--. Aguárdense todos, si quieren
saber la verdad pura. ¿Pero se van estas niñas? ¿Por qué me tienen
miedo? ¿Y usted, D. Roque, no quiere escuchar?... Vayan noramala,
pues, y ustedes se lo pierden, por que no saben lo que ocurre... La
lanza, señor Fernández, tome usted al punto la lanza, y prepárese al
combate, porque se acerca lo tremendo, y ahora verá quiénes son buenos
patriotas y quiénes no lo son.
--No tomemos a broma estas graves cosas, Sr. D. Luis--dijo algo
amoscado el que podremos llamar vencedor de Ceriñola--, ni nos
escandalice a la vecindad con sus aspavientos.
--¿A que no sabe usted lo que yo sé?--añadió Santorcaz--. ¿A que no
sabe usted que el general Dupont, que estaba en Toledo, ha recibido
orden de marchar a Andalucía, y que Moncey sale mañana de aquí para
Valencia, y que Lefebvre, que está en Pamplona, irá pronto sobre la
capital de Aragón; que Duhesme se extenderá por Cataluña, y que
Bessières baja hacia Valladolid a toda prisa con las divisiones de
Lasalle y de Merle?
--¡Cómo se conoce que usted escupe en corro con la canalla! ¿Y cómo
están sus mercedes del estómago? ¿Se han hecho al fin al vino de
España? Y el Gran Duque de Berg, ¿cómo anda de sus calenturas? ¿Hay
mieditis? Porque yo tengo para mi que si a esos señores se les caen
los calzones es porque, como dijo el otro, al que mal vive, el miedo
le sigue. Yo, en verdad, no sabía lo que usted acaba de decir; pero
allá en la oficina oí decir otras cosillas que no sé si sonarán bien
en las orejas de la canalla. ¿Por qué no va mi Sr. D. Luis a
contárselas, a ver si con el gusto se les quita el destemple?
--¿Qué noticias son ésas?
--Nada, poca cosa. Cuando el francés las sepa, verá usted qué contento
se pone... Que en todas las ciudades se han nombrado o se van a
nombrar Juntas, las cuales no harán caso de lo que se mande en Bayona,
sino que...
--Pero si Fernando VII no es ya rey de España, porque ha cedido sus
derechos al Emperador, lo mismo que Carlos IV. ¿Qué son esas Juntas
más que cuadrillas de insurgentes?
--Sí..., pues que las quiten; es cosa fácil. ¡Demonios de Juntas! Y
las muy simples están formando unos ejércitos..., cosa de juego, señor
de Santorcaz; cuatro gatos que estaban ahí en el Campo de San Roque
con unos cuantos cañoncillos... Y también han dado en armarse los
paisanos, lo mismo en Castilla que en Cataluña, así en Valencia como
en Andalucía... Pero eso no vale nada; son hombres de alfeñique y
alcorza, y no digo yo con balas, con saliva les destruirán los
franceses.
--¿Y todo lo que sabe usted se reduce a que la Junta de Sevilla está
formando un ejército con las tropas de San Roque, que manda Castaños,
y las de Granada, que están a las órdenes de Reding? Pues eso lo sabe
todo Madrid.
--Mira, Fernández--dijo oficiosamente doña Gregoria--, haces mal en
revelar lo que sabes por tan buen conducto, porque yo no soy lerda
para conocer que lo que hace nuestro ejército no debe decirse. Y si
no, pongo por caso: si tú, que estás enterado de todo, a causa de tu
gran tino para la guerra, descubres lo que hace el ejército de
Andalucía y llega a oídos del francés, puede aprovecharse de la
noticia, y entonces...
--¡Qué ha de aprovecharse, mujer, ni qué entiendes tú de estas cosas!
Al contrario, yo quiero que el Sr. de Santorcaz vaya con el cuento. Y
también en Castilla...
--Otro ejército, sí, compuesto de Guardias de Corps, acostumbrados a
hacer la guerra en los palacios, de estudiantes, de paletos y
contrabandistas--dijo Santorcaz, dando tregua a las bromas y hablando
con completa seriedad--. Es una desgracia para nosotros el tener que
confesar que no podemos batirnos con los franceses. ¿Qué importa que
se armen multitud de paisanos, si esas turbas indisciplinadas, antes
que ayuda, serán elemento de ruina para el escaso ejército español?
¿Qué obstáculo pueden ofrecer a los que han sometido la Europa entera
estos infelices alucinados, a quienes engaña su ignorancia? ¿Tienen
idea de lo que significan la previsión, la táctica, el genio de un
jefe experto, para decidir la victoria? Es triste cosa haber llegado a
tal extremo por las torpezas de nuestros reyes; pero una vez aquí, no
hay más remedio que someterse a lo que la Providencia ha querido hacer
de nosotros. España no puede resistir la invasión, porque si la
resistiera haría un milagro, una sobrenatural hazaña nunca vista.
Condenada a ser de Napoleón y a ver sentado en su trono a un rey de la
familia imperial, lo más cuerdo es resignarse a ésta con la conciencia
de haberla merecido.
--¡Que España será francesa, que España será de Napoleón!--exclamó el
Gran Capitán, encendido en violenta ira--. Sr. de Santorcaz, usted es
un insolente, usted es un deslenguado, usted no tiene respeto a mis
canas. Ya, ¿qué se puede esperar de un trapisondista calavera, como
usted, que abandonó a su familia por irse a _extranjis_ a aprender
malas mañas? ¡Decir que España ha de ser francesa! Salga usted de mi
casa, y no ponga más los pies en ella. ¿Qué te parece, Gregoria?
Mujer, ¿te estás con esa calma y no bufas de cólera como yo?
Y levantándose de su asiento, indicó a Santorcaz con majestuoso gesto
la puerta de la sala; mas como D. Luis no tuviera humor de marcharse,
porque todos los días se repetía la misma escena sin resultado alguno,
preparábase a comer tranquilamente, dejando que se desvaneciera, como
efectivamente se desvaneció, sin efusión de sangre, la ira de su
honrado amigo. Durante la comida gruñó un poco D. Santiago; pero la
prudencia y discreción de su esposa evitaron un choque que pudo haber
tenido calamitosas consecuencias.