II

--¡Qué mal hombre es usted!--exclamo Dª Gregoria--. Y su pobre padre y

toda la familia llorando su ausencia, y muertos de pena sin poder

traer al buen camino a este calaverilla que durante quince años y

desde aquella famosa aventura... Pero chitón--añadió, volviendo la

cara hacia mí--: me parece que el chico se ha despertado y nos está

oyendo.

Los tres me miraron, y yo observé claramente cuanto me rodeaba,

pudiendo apreciarlo todo sin mezcla de vagas imágenes ni mentirosas

visiones. Hallábame en una cama, de cuyo durísimo colchón daban fe las

mortificaciones de mis huesos y la instintiva tendencia de mi cuerpo

a arrojarse fuera de ella, mientras uno de mis brazos, fuertemente

vendado, se negaba a prestarme apoyo, tan inmóvil y rígido como si no

me perteneciera. Asimismo rodeaba mi cabeza complicado turbante de

trapos que olían a ungüentos y vinagre, y mi débil y extenuado cuerpo

sentía por aquí y por allí terribles picazones. El lecho en que yacía

tan incómodamente ocupaba el rincón del cuarto, el cual era de

ordinarias dimensiones, con blancos muros y suelo de ladrillos, mal

cubiertos por una vieja y acribillada estera de esparto. Láminas de

santos, a quienes el artista grabador había dado nuevo martirio en sus

impíos troqueles, adornaban la desnuda pared, en uno de cuyos testeros

ostentaba su temerosa longitud la lanza del Gran Capitán. En el centro

de la pieza hallábase la mesa, que sostenía un candil de cuatro

mecheros, y junto a ella, sentados en sendas sillas de cuero, que

lastimosamente gemían al menor movimiento, estaban los tres personajes

cuya conversación hirió mis oídos cuando volví de un largo paroxismo.

Todos fijaron en mí la atención, y D.ª Gregoria, acercándose

maternalmente a mi cama, me habló así:

--¿Estás despierto, niño? ¿Ves y entiendes? ¿Puedes hablar? Pobrecito,

ya se te ha quitado la terrible calentura, y el Santo Ángel de tu

Guarda ha conseguido del Padre Eterno que te otorgue el seguir

viviendo. ¿Cómo estás? ¿Ves a los que estamos aquí? ¿Nos conoces?

¿Entiendes lo que decimos? Debes de estar bien, porque ya no dices

desatinos, ni quieres echarte de la cama, ni nos insultas, ni dices

que nos vas a matar, ni llamas a D. Celestino ni a la D.ª Inés, que te

traían trastornado el juicio. Estás bien, ya estás fuera de peligro, y

vivirás, pobre niño; pero ¿has perdido la razón, o Dios quiere que te

veamos en tu ser natural, sano y cuerdo, tal y como estabas antes de

que aquellos caribes...?

--Y, en verdad, no sé cómo ha escapado el infeliz--dijo Fernández a

Santorcaz--. Tres balazos tenía en su cuerpecito: uno en la cabeza, el

cual no es más que una rozadura; otro en el brazo izquierdo, que no le

dejará manco, y el tercero en un costado, y en parte sensible, tanto

que si no le hubieran sacado la bala, no le veríamos ahora tan

despiertillo.

Instáronme todos para que hablase, mostrándoles que mi razón, como mi

cuerpo, se había repuesto de la tremenda crisis. También acudió con

cariñosa solicitud a darme alimento la ejemplar D.ª Gregoria, y tomado

aquél ávidamente por mí me sentí muy bien. ¿Había resucitado o había

nacido en aquella noche?

--Ahora, chiquillo, estáte tranquilo--continuó D.ª Gregoria,

sentándose a mi lado--. ¡Cuánto se va a alegrar el Sr. Juan de Dios

cuando te vea!

--¡Cómo!--exclamé con la mayor sorpresa--. ¿Juan de Dios vive aquí?

¿Pues en dónde estoy? ¿Y ustedes quiénes son? ¿Qué ha sido de Inés?

--¡Otra vez Inés! Este joven no está todavía bueno. Dejémonos de

Ineses, y a descansar. Santorcaz se llegó a mi, y mostrándome algún

interés, me dijo:

--¡Pobrecito! ¡Conque te fusilaron! El Gran Duque de Berg es hombre

terrible y sabe sentar la mano. Dicen que mataste mas de veinte

franceses. Ya me contarás tus hazañas, picarón. Y di, ¿tienes ánimos

de volver a hacer de las tuyas? Me parece que no..., porque habrás

visto que esa gente gasta unas bromas un poco pesadas.

Dicho esto, Santorcaz, tomando su capa, se marchó.

Mi sorpresa y estupor al verme allí, tornado nuevamente y de

improviso, según mi entender, a la vida, en presencia de personas

desconocidas, y volviendo sin cesar al pasado mi pensamiento, recién

salido de una sombra profunda; las impresiones de mi alma, a quien el

repentino despertar, después de un largo entumecimiento, había dado

cierta actividad ansiosa, fueron causa de que no pudiera estar

tranquilo, como me rogaban el Gran Capitán y su mujer. Hacíales mil

preguntas con la curiosidad del que, volviendo al mundo después de un

siglo de muerte real, deseara conocer en un instante cuanto ha pasado

en el planeta durante su ausencia. A todo contestaban que me estuviese

quieto y sin cuidarme de nada, para que no me repitiesen los accesos

de fiebre; pero no pude conseguirlo, y si descansé un poco, procurando

poner a un lado mis terribles recuerdos y apartar de la vista las

siniestras figuras que se habían hecho compañeras inseparables de mi

espíritu, poco después, cuando, ya avanzada la noche, llegó Juan de

Dios, me sentí tan vivamente inquieto al verle, que a no impedírmelo

mi debilidad, habría saltado del lecho para correr hacia él,

arrastrado por un odio terrible y una curiosidad más fuerte aún que el

odio. El antiguo mancebo de D. Mauro Requejo hallábase tan demacrado,

tan excesivamente amarillo y mustio, como si hubiera vivido diez años

de penas en el transcurso de algunos días. Sus ojos encendidos

conservaban huellas de recientes lágrimas, y su desmadejado cuerpo se

movía con pesadez, como si le fatigara su propio peso. Arrojóse en una

silla junto a mi cama, y cuando los dos ancianos se retiraban a su

aposento, me habló así:

--Gabriel, ¿ya estás bueno? ¿Has recobrado el juicio? ¿Entiendes lo

que se te dice?

--¿Dónde está Inés?--le pregunté con ansiedad.

--¡Oh, desgraciado de mí!--exclamó, ocultando el rostro entre las

manos--. Tú estás enfermo todavía, y si te doy la noticia... ¿Que

dónde está Inés? Espántate, Gabriel, porque no lo sé. Yo estoy loco,

yo estoy imbécil. Llevo quince días de dolores que a nada son

comparables. Las lágrimas que he derramado podrían agujerear una peña.

Ahora mismo..., ¿de dónde crees que vengo? Pues vengo de la bóveda de

San Ginés, adonde voy todas las noches a mortificarme el cuerpo con

disciplinazos, por ver si Dios se apiada de mí y me devuelve lo que me

quitó, sin duda en castigo de mis grandes pecados.

Después de enjugar sus lágrimas y sonarse con estrépito, prosiguió:

--Yo saqué a Inés de la huerta del Príncipe Pío. ¡Ay!, si no te

salvaste también tú, fué porque no pude, que bien lo intenté, te juro

que lo intenté. Inés se desmayó, y no pudiendo traerla aquí, por ser

esto muy lejos, Lobo me indujo a llevarla a casa de unas que él

llamaba honradísimas señoras, donde permanecería hasta tanto que fuera

posible traerla aquí para casarme con ella... ¡Oh, infame legista,

miserable enredador, tramposo y falsario! Inés me abofeteó, Gabriel,

al verse en aquella casa, y me clavó en las mejillas sus deditos. No

puedes formarte idea de las palabras tiernas que le dije para que se

calmara; pero nada podía consolarla de que no os hubierais salvado

también tú y el buen sacerdote. En vano le dije que sería mi mujer; en

vano le dije que la adoraba con profundísimo amor; también le mostré

mi dinero, prometiéndole gastar una buena parte en huir para siempre

de Madrid y de España, si así lo deseaba. ¡Infeliz de mí! A estas

irrecusables pruebas de mi cariño sólo contestaba llamándome bestia y

ordenándome que de su presencia me quitara... A cada momento te

llamaba, y luego se deshacía en lágrimas, y quería después arrojarse

fuera de la casa para volver a la Montaña. A pesar de esto yo era

feliz, porque la tenía en mis brazos, apartábale de la frente los

desordenados cabellos, y con mi pañuelo limpiaba sus lágrimas divinas,

con las cuales se refrescarían, si las bebieran, los condenados del

Infierno... El pérfido Lobo no se apartaba de allí, y desde luego me

parecieron sospechosos el esmero y solicitud con que la atendía. Inés

no cesaba un momento de gemir, y tanto a mi compañero como a mí nos

mostraba repugnancia, ordenándonos que la dejáramos sola, porque no

quería vernos, y que la matáramos, porque no quería vivir. Su

desesperación llegó a tal punto, que no la podíamos contener, y se nos

escapaba de entre los brazos, diciendo que pues no le era posible

salvaros la vida, quería daros a entrambos sepultura. Por último, a

fuerza de ruegos logramos calmarla un poco, prometiéndole yo acudir al

lugar del suplicio a cumplir tan triste obligación. Cuando esto le

dije, me miró con tanta ternura, y después me lo ordenó de un modo tan

persuasivo, tan elocuente, que no vacilé un instante en hacer lo

prometido, y salí dejándola al cuidado de Lobo. ¡Nunca tal hiciera, y

maldito sea el instante en que me separé de aquel tesoro de mi vida,

de aquel imán de mi espíritu! Gabriel, corrí a la Moncloa, me acerqué

a los grupos en que eran reconocidos los cadáveres, y anduve de un

lado para otro esperando encontrarte entre aquellos que, abandonados

hasta en tan triste ocasión, no tenían quien formara a su alrededor

concierto de llantos y exclamaciones... Al fin encontré al sacerdote;

pero tú no estabas a su lado, pues unas mujeres compasivas, habiendo

notado que vivías, te habían llevado a un paraje próximo para

prodigarte algunos cuidados. Grande fué mi alegría cuando te vi abrir

los ojos, cuando te oí pronunciar frases obscuras, y observé que tus

heridas no parecían de mucha gravedad; así es que en cuanto dimos

sepultura a tu buen amigo, me ocupé de los medios de traerte a mi

casa. Rogué a las pobres mujeres que te cuidaran un momento más,

mientras yo volvía con una camilla, y al salir de la huerta me

regocijaba con la idea de participar a Inés que estabas vivo. «¡Cuánto

se alegrará la pobrecita!», decía para mí, y yo me alegraba también,

porque había comprendido por sus palabras que aquella flor de Jericó

te apreciaba bastante, ¿no es verdad? ¡Ay!, Gabriel, tú hubieras sido

nuestro criado, tú nos hubieras servido fielmente, ¿no es verdad?...

Pues bien, hijo: como te iba diciendo, corrí desalado a comunicarle la

feliz nueva de tu salvación, y cuando entré en la casa donde la había

dejado, Inés ya no estaba allí. Aquellas señoras desconocidas

dijéronme que Lobo se había llevado a Inés, y como yo les manifestara

mi extrañeza, mi indignación, llamáronme estúpido y me arrojaron de su

casa. Volé a la de ese miserable ladrón; mas no le pude ver ni en todo

aquel día ni en los siguientes. Figúrate mi desesperación, mi agonía,

mi locura; yo no sé cómo no entregué el alma a Dios en aquellos días,

porque además de mi gran pena, me consumía una fuerte calentura, a

consecuencia de la herida de esta mano, pues bien viste que perdí dedo

y medio en la calle de San José... ¿Crees que me curaba? Ni por

pienso. Después que el boticario de la Palma Alta me vendó la mano no

volví a acordarme de tal cosa, y no digo yo dedo y medio, sino los

cinco de cada mano me hubiera yo arrancado con los dientes, con tal de

hallar a mi idolatrada Inés, ¡a aquella rosa temprana, a aquel jazmín

de Alejandría!... Durante este tiempo no me olvidé de ti, pues el

mismo día 3 te hice conducir a esta casa, que es la mía, en la cual

has permanecido hasta hoy, y donde, gracias a los cuidados de tan

buena gente, has recobrado la salud.

--¿Pero Lobo ha desaparecido también?--pregunté con afán--. Si no ha

desaparecido, bien puede obligársele a decir qué ha hecho de Inés.

--Al cabo de diez días le encontré al fin en su casa. ¿Sabes tú lo que

me dijo el muy embustero? Pues verás. Después de reírse de mí,

llamándome bobo y mentecato, me dijo que no pensara en volver a ver a

Inés, porque la había entregado a sus padres. «¿Pues acaso Inés tiene

padres?», le dije. Y él me contestó: «Sí, y son personas de las

principales de España, por lo cual he creído de mi deber entregarles

la infeliz jovenzuela, desde tanto tiempo condenada a vivir fuera de

su rango y entre personas de inferior condición.» Me quedé atónito;

pero al punto comprendí que esto era invención de aquel inicuo

tramposo, embaucador, y en mi cólera le dije las más atroces

insolencias que han salido de estos labios. ¿No crees tú como yo que

lo de entregarla a sus desconocidos padres es pura fábula de Lobo para

ocultar así su crimen? Gabriel, ¿no te estremeces de espanto como yo?

¿Dónde estará Inés? ¿Dónde la tendrá ese monstruo? ¿Qué habrá hecho de

ella? ¡Ay! Yo la he buscado sin cesar por todo Madrid; he pasado

noches enteras junto a la casa de la calle de la Sal examinando quién

entraba y quién salía; he dado dinero a los criados, aguadores,

lavanderas, a los escribientes del licenciado, a cuantas personas

visitaban la casa; pero nadie me ha sabido dar razón, nadie, nadie.

¿Es esto para desesperarse? ¿Es esto para morirse de pena? ¡Trabajar

tanto, cavilar tanto para sacarla del poder de sus tíos; cometer

grandes pecados y exponer uno su alma a las horribles penas del

Infierno para ver desvanecida como el humo aquella esperanza

encantadora, aquella soñada dicha y suprema felicidad!... ¿Será

castigo de Dios por mis culpas, Gabriel? ¿Lo crees tú así? ¿Apruebas

lo que estoy haciendo ahora, que es rezar mucho y pedir a Dios que me

perdone o que me devuelva mi Inesita, aunque no me perdone? ¿Crees tú

que concurriendo a la bóveda de San Ginés con gran constancia y

devoción podré alcanzar de Dios alguna misericordia? ¡Ay! Si las

lágrimas que he derramado hubiesen caído todas en el corazón de ese

infame Lobo, habríanle atravesado de parte a parte haciendo el efecto

de un puñal. ¿Dónde está Inés? ¿Qué es de ella? ¿Vive o muere?

Gabriel, tú tienes ingenio, y Dios ha querido que recobres tu preciosa

vida para que desbarates los inicuos planes de ese monstruo abominable

y devuelvas a la niña su anhelada libertad, así como a mí la paz del

alma, que he perdido quizás para siempre.

Así habló el afligido hortera, y oyéndole no pude menos de

compadecerle por los tormentos de su alma, tan apasionada como

inocente. No se cansó de hablar hasta muy avanzada la noche, siempre

sobre el mismo tema y con iguales demostraciones dolorosas. Al fin su

voz se perdió para mí en el vacío de un silencio profundo, porque me

quedé dormido, cediendo mi atención y curiosidad a la fatiga y

flaqueza de ánimo que me consumían aún.

Bailén · 第 5 / 47 题