--¡Qué mal hombre es usted!--exclamo Dª Gregoria--. Y su pobre padre y
toda la familia llorando su ausencia, y muertos de pena sin poder
traer al buen camino a este calaverilla que durante quince años y
desde aquella famosa aventura... Pero chitón--añadió, volviendo la
cara hacia mí--: me parece que el chico se ha despertado y nos está
oyendo.
Los tres me miraron, y yo observé claramente cuanto me rodeaba,
pudiendo apreciarlo todo sin mezcla de vagas imágenes ni mentirosas
visiones. Hallábame en una cama, de cuyo durísimo colchón daban fe las
mortificaciones de mis huesos y la instintiva tendencia de mi cuerpo
a arrojarse fuera de ella, mientras uno de mis brazos, fuertemente
vendado, se negaba a prestarme apoyo, tan inmóvil y rígido como si no
me perteneciera. Asimismo rodeaba mi cabeza complicado turbante de
trapos que olían a ungüentos y vinagre, y mi débil y extenuado cuerpo
sentía por aquí y por allí terribles picazones. El lecho en que yacía
tan incómodamente ocupaba el rincón del cuarto, el cual era de
ordinarias dimensiones, con blancos muros y suelo de ladrillos, mal
cubiertos por una vieja y acribillada estera de esparto. Láminas de
santos, a quienes el artista grabador había dado nuevo martirio en sus
impíos troqueles, adornaban la desnuda pared, en uno de cuyos testeros
ostentaba su temerosa longitud la lanza del Gran Capitán. En el centro
de la pieza hallábase la mesa, que sostenía un candil de cuatro
mecheros, y junto a ella, sentados en sendas sillas de cuero, que
lastimosamente gemían al menor movimiento, estaban los tres personajes
cuya conversación hirió mis oídos cuando volví de un largo paroxismo.
Todos fijaron en mí la atención, y D.ª Gregoria, acercándose
maternalmente a mi cama, me habló así:
--¿Estás despierto, niño? ¿Ves y entiendes? ¿Puedes hablar? Pobrecito,
ya se te ha quitado la terrible calentura, y el Santo Ángel de tu
Guarda ha conseguido del Padre Eterno que te otorgue el seguir
viviendo. ¿Cómo estás? ¿Ves a los que estamos aquí? ¿Nos conoces?
¿Entiendes lo que decimos? Debes de estar bien, porque ya no dices
desatinos, ni quieres echarte de la cama, ni nos insultas, ni dices
que nos vas a matar, ni llamas a D. Celestino ni a la D.ª Inés, que te
traían trastornado el juicio. Estás bien, ya estás fuera de peligro, y
vivirás, pobre niño; pero ¿has perdido la razón, o Dios quiere que te
veamos en tu ser natural, sano y cuerdo, tal y como estabas antes de
que aquellos caribes...?
--Y, en verdad, no sé cómo ha escapado el infeliz--dijo Fernández a
Santorcaz--. Tres balazos tenía en su cuerpecito: uno en la cabeza, el
cual no es más que una rozadura; otro en el brazo izquierdo, que no le
dejará manco, y el tercero en un costado, y en parte sensible, tanto
que si no le hubieran sacado la bala, no le veríamos ahora tan
despiertillo.
Instáronme todos para que hablase, mostrándoles que mi razón, como mi
cuerpo, se había repuesto de la tremenda crisis. También acudió con
cariñosa solicitud a darme alimento la ejemplar D.ª Gregoria, y tomado
aquél ávidamente por mí me sentí muy bien. ¿Había resucitado o había
nacido en aquella noche?
--Ahora, chiquillo, estáte tranquilo--continuó D.ª Gregoria,
sentándose a mi lado--. ¡Cuánto se va a alegrar el Sr. Juan de Dios
cuando te vea!
--¡Cómo!--exclamé con la mayor sorpresa--. ¿Juan de Dios vive aquí?
¿Pues en dónde estoy? ¿Y ustedes quiénes son? ¿Qué ha sido de Inés?
--¡Otra vez Inés! Este joven no está todavía bueno. Dejémonos de
Ineses, y a descansar. Santorcaz se llegó a mi, y mostrándome algún
interés, me dijo:
--¡Pobrecito! ¡Conque te fusilaron! El Gran Duque de Berg es hombre
terrible y sabe sentar la mano. Dicen que mataste mas de veinte
franceses. Ya me contarás tus hazañas, picarón. Y di, ¿tienes ánimos
de volver a hacer de las tuyas? Me parece que no..., porque habrás
visto que esa gente gasta unas bromas un poco pesadas.
Dicho esto, Santorcaz, tomando su capa, se marchó.
Mi sorpresa y estupor al verme allí, tornado nuevamente y de
improviso, según mi entender, a la vida, en presencia de personas
desconocidas, y volviendo sin cesar al pasado mi pensamiento, recién
salido de una sombra profunda; las impresiones de mi alma, a quien el
repentino despertar, después de un largo entumecimiento, había dado
cierta actividad ansiosa, fueron causa de que no pudiera estar
tranquilo, como me rogaban el Gran Capitán y su mujer. Hacíales mil
preguntas con la curiosidad del que, volviendo al mundo después de un
siglo de muerte real, deseara conocer en un instante cuanto ha pasado
en el planeta durante su ausencia. A todo contestaban que me estuviese
quieto y sin cuidarme de nada, para que no me repitiesen los accesos
de fiebre; pero no pude conseguirlo, y si descansé un poco, procurando
poner a un lado mis terribles recuerdos y apartar de la vista las
siniestras figuras que se habían hecho compañeras inseparables de mi
espíritu, poco después, cuando, ya avanzada la noche, llegó Juan de
Dios, me sentí tan vivamente inquieto al verle, que a no impedírmelo
mi debilidad, habría saltado del lecho para correr hacia él,
arrastrado por un odio terrible y una curiosidad más fuerte aún que el
odio. El antiguo mancebo de D. Mauro Requejo hallábase tan demacrado,
tan excesivamente amarillo y mustio, como si hubiera vivido diez años
de penas en el transcurso de algunos días. Sus ojos encendidos
conservaban huellas de recientes lágrimas, y su desmadejado cuerpo se
movía con pesadez, como si le fatigara su propio peso. Arrojóse en una
silla junto a mi cama, y cuando los dos ancianos se retiraban a su
aposento, me habló así:
--Gabriel, ¿ya estás bueno? ¿Has recobrado el juicio? ¿Entiendes lo
que se te dice?
--¿Dónde está Inés?--le pregunté con ansiedad.
--¡Oh, desgraciado de mí!--exclamó, ocultando el rostro entre las
manos--. Tú estás enfermo todavía, y si te doy la noticia... ¿Que
dónde está Inés? Espántate, Gabriel, porque no lo sé. Yo estoy loco,
yo estoy imbécil. Llevo quince días de dolores que a nada son
comparables. Las lágrimas que he derramado podrían agujerear una peña.
Ahora mismo..., ¿de dónde crees que vengo? Pues vengo de la bóveda de
San Ginés, adonde voy todas las noches a mortificarme el cuerpo con
disciplinazos, por ver si Dios se apiada de mí y me devuelve lo que me
quitó, sin duda en castigo de mis grandes pecados.
Después de enjugar sus lágrimas y sonarse con estrépito, prosiguió:
--Yo saqué a Inés de la huerta del Príncipe Pío. ¡Ay!, si no te
salvaste también tú, fué porque no pude, que bien lo intenté, te juro
que lo intenté. Inés se desmayó, y no pudiendo traerla aquí, por ser
esto muy lejos, Lobo me indujo a llevarla a casa de unas que él
llamaba honradísimas señoras, donde permanecería hasta tanto que fuera
posible traerla aquí para casarme con ella... ¡Oh, infame legista,
miserable enredador, tramposo y falsario! Inés me abofeteó, Gabriel,
al verse en aquella casa, y me clavó en las mejillas sus deditos. No
puedes formarte idea de las palabras tiernas que le dije para que se
calmara; pero nada podía consolarla de que no os hubierais salvado
también tú y el buen sacerdote. En vano le dije que sería mi mujer; en
vano le dije que la adoraba con profundísimo amor; también le mostré
mi dinero, prometiéndole gastar una buena parte en huir para siempre
de Madrid y de España, si así lo deseaba. ¡Infeliz de mí! A estas
irrecusables pruebas de mi cariño sólo contestaba llamándome bestia y
ordenándome que de su presencia me quitara... A cada momento te
llamaba, y luego se deshacía en lágrimas, y quería después arrojarse
fuera de la casa para volver a la Montaña. A pesar de esto yo era
feliz, porque la tenía en mis brazos, apartábale de la frente los
desordenados cabellos, y con mi pañuelo limpiaba sus lágrimas divinas,
con las cuales se refrescarían, si las bebieran, los condenados del
Infierno... El pérfido Lobo no se apartaba de allí, y desde luego me
parecieron sospechosos el esmero y solicitud con que la atendía. Inés
no cesaba un momento de gemir, y tanto a mi compañero como a mí nos
mostraba repugnancia, ordenándonos que la dejáramos sola, porque no
quería vernos, y que la matáramos, porque no quería vivir. Su
desesperación llegó a tal punto, que no la podíamos contener, y se nos
escapaba de entre los brazos, diciendo que pues no le era posible
salvaros la vida, quería daros a entrambos sepultura. Por último, a
fuerza de ruegos logramos calmarla un poco, prometiéndole yo acudir al
lugar del suplicio a cumplir tan triste obligación. Cuando esto le
dije, me miró con tanta ternura, y después me lo ordenó de un modo tan
persuasivo, tan elocuente, que no vacilé un instante en hacer lo
prometido, y salí dejándola al cuidado de Lobo. ¡Nunca tal hiciera, y
maldito sea el instante en que me separé de aquel tesoro de mi vida,
de aquel imán de mi espíritu! Gabriel, corrí a la Moncloa, me acerqué
a los grupos en que eran reconocidos los cadáveres, y anduve de un
lado para otro esperando encontrarte entre aquellos que, abandonados
hasta en tan triste ocasión, no tenían quien formara a su alrededor
concierto de llantos y exclamaciones... Al fin encontré al sacerdote;
pero tú no estabas a su lado, pues unas mujeres compasivas, habiendo
notado que vivías, te habían llevado a un paraje próximo para
prodigarte algunos cuidados. Grande fué mi alegría cuando te vi abrir
los ojos, cuando te oí pronunciar frases obscuras, y observé que tus
heridas no parecían de mucha gravedad; así es que en cuanto dimos
sepultura a tu buen amigo, me ocupé de los medios de traerte a mi
casa. Rogué a las pobres mujeres que te cuidaran un momento más,
mientras yo volvía con una camilla, y al salir de la huerta me
regocijaba con la idea de participar a Inés que estabas vivo. «¡Cuánto
se alegrará la pobrecita!», decía para mí, y yo me alegraba también,
porque había comprendido por sus palabras que aquella flor de Jericó
te apreciaba bastante, ¿no es verdad? ¡Ay!, Gabriel, tú hubieras sido
nuestro criado, tú nos hubieras servido fielmente, ¿no es verdad?...
Pues bien, hijo: como te iba diciendo, corrí desalado a comunicarle la
feliz nueva de tu salvación, y cuando entré en la casa donde la había
dejado, Inés ya no estaba allí. Aquellas señoras desconocidas
dijéronme que Lobo se había llevado a Inés, y como yo les manifestara
mi extrañeza, mi indignación, llamáronme estúpido y me arrojaron de su
casa. Volé a la de ese miserable ladrón; mas no le pude ver ni en todo
aquel día ni en los siguientes. Figúrate mi desesperación, mi agonía,
mi locura; yo no sé cómo no entregué el alma a Dios en aquellos días,
porque además de mi gran pena, me consumía una fuerte calentura, a
consecuencia de la herida de esta mano, pues bien viste que perdí dedo
y medio en la calle de San José... ¿Crees que me curaba? Ni por
pienso. Después que el boticario de la Palma Alta me vendó la mano no
volví a acordarme de tal cosa, y no digo yo dedo y medio, sino los
cinco de cada mano me hubiera yo arrancado con los dientes, con tal de
hallar a mi idolatrada Inés, ¡a aquella rosa temprana, a aquel jazmín
de Alejandría!... Durante este tiempo no me olvidé de ti, pues el
mismo día 3 te hice conducir a esta casa, que es la mía, en la cual
has permanecido hasta hoy, y donde, gracias a los cuidados de tan
buena gente, has recobrado la salud.
--¿Pero Lobo ha desaparecido también?--pregunté con afán--. Si no ha
desaparecido, bien puede obligársele a decir qué ha hecho de Inés.
--Al cabo de diez días le encontré al fin en su casa. ¿Sabes tú lo que
me dijo el muy embustero? Pues verás. Después de reírse de mí,
llamándome bobo y mentecato, me dijo que no pensara en volver a ver a
Inés, porque la había entregado a sus padres. «¿Pues acaso Inés tiene
padres?», le dije. Y él me contestó: «Sí, y son personas de las
principales de España, por lo cual he creído de mi deber entregarles
la infeliz jovenzuela, desde tanto tiempo condenada a vivir fuera de
su rango y entre personas de inferior condición.» Me quedé atónito;
pero al punto comprendí que esto era invención de aquel inicuo
tramposo, embaucador, y en mi cólera le dije las más atroces
insolencias que han salido de estos labios. ¿No crees tú como yo que
lo de entregarla a sus desconocidos padres es pura fábula de Lobo para
ocultar así su crimen? Gabriel, ¿no te estremeces de espanto como yo?
¿Dónde estará Inés? ¿Dónde la tendrá ese monstruo? ¿Qué habrá hecho de
ella? ¡Ay! Yo la he buscado sin cesar por todo Madrid; he pasado
noches enteras junto a la casa de la calle de la Sal examinando quién
entraba y quién salía; he dado dinero a los criados, aguadores,
lavanderas, a los escribientes del licenciado, a cuantas personas
visitaban la casa; pero nadie me ha sabido dar razón, nadie, nadie.
¿Es esto para desesperarse? ¿Es esto para morirse de pena? ¡Trabajar
tanto, cavilar tanto para sacarla del poder de sus tíos; cometer
grandes pecados y exponer uno su alma a las horribles penas del
Infierno para ver desvanecida como el humo aquella esperanza
encantadora, aquella soñada dicha y suprema felicidad!... ¿Será
castigo de Dios por mis culpas, Gabriel? ¿Lo crees tú así? ¿Apruebas
lo que estoy haciendo ahora, que es rezar mucho y pedir a Dios que me
perdone o que me devuelva mi Inesita, aunque no me perdone? ¿Crees tú
que concurriendo a la bóveda de San Ginés con gran constancia y
devoción podré alcanzar de Dios alguna misericordia? ¡Ay! Si las
lágrimas que he derramado hubiesen caído todas en el corazón de ese
infame Lobo, habríanle atravesado de parte a parte haciendo el efecto
de un puñal. ¿Dónde está Inés? ¿Qué es de ella? ¿Vive o muere?
Gabriel, tú tienes ingenio, y Dios ha querido que recobres tu preciosa
vida para que desbarates los inicuos planes de ese monstruo abominable
y devuelvas a la niña su anhelada libertad, así como a mí la paz del
alma, que he perdido quizás para siempre.
Así habló el afligido hortera, y oyéndole no pude menos de
compadecerle por los tormentos de su alma, tan apasionada como
inocente. No se cansó de hablar hasta muy avanzada la noche, siempre
sobre el mismo tema y con iguales demostraciones dolorosas. Al fin su
voz se perdió para mí en el vacío de un silencio profundo, porque me
quedé dormido, cediendo mi atención y curiosidad a la fatiga y
flaqueza de ánimo que me consumían aún.