--¡Tú!... ¡Eres tú!

--¿Me conoces?

--Sí: eres el ateniense; eres mi señor: el amado de Sónnica la rica...

Dí, ¿dónde está Eroción?

El griego no supo qué contestar; pero Ranto siguió hablando sin esperar

la respuesta.

--Me dijeron que había muerto; hasta yo misma creí verle tendido al

pie de las murallas; pero no era verdad; fué un mal sueño. El muerto

era su padre, Mopso, el arquero. Desde entonces que huye de mí, como

si quisiera llorar á solas la muerte de su padre. De día se oculta. Le

veo de lejos, sobre la muralla, entre los combatientes, y cuando subo

en su busca, encuentro hombres armados y Eroción desaparece. Sólo me

es fiel por la noche: entonces me busca, viene á mí. Apenas me agazapo

al pie del muro y apoyo mi cabeza en las rodillas, le veo venir,

buscándome en la obscuridad, arrogante y amoroso, con el carcax sobre

la cadera y el arco cruzado en las espaldas. Por él huyen los perros

feroces que se arrastran en la sombra y me husmean la cara, mirándome

con ojos como brasas. Viene á mí... se sienta á mi lado; sonríe, pero

siempre está mudo. Le hablo y me contesta su sonrisa; nunca su boca.

Busco su hombro, como en otros tiempos, para descansar mi cabeza,

y huye, desaparece como si lo tragasen las sombras. ¿Qué es esto,

buen griego?... Si le ves, pregúntale por qué se oculta; dile que no

huya... Él te quiere tanto, ¡tanto!... ¡Me ha hablado tantas veces con

entusiasmo de tí y de tu país!...

Calló un momento, como si estas palabras hubiesen despertado en su

memoria todo un pasado de recuerdos. Los agrupaba, los reunía con un

esfuerzo penoso que se reflejaba en su rostro, y lentamente surgía en

su memoria la imagen de aquellos días felices, anteriores al sitio,

cuando ella y Eroción correteaban por el valle y tenían por casa todos

los bosquecillos del agro saguntino.

Sonreía á Acteón, mirándolo cariñosamente, y le recordaba sus diversos

encuentros: la primera entrevista en el camino de la Sierpe, cuando

acababa él de desembarcar, pobre y desconocido. Después, el gesto de

paternal protección con que les saludaba al encontrarlos en los campos,

subiendo á los cerezos, disputándose entre risas el rojo fruto con los

labios, y aquella sorpresa bajo las frondosas higueras, cuando ella,

totalmente desnuda, servía de modelo al joven escultor. ¿Se acordaba?

¿No había olvidado el griego aquellos días de paz y felicidad?

Acteón los tenía presentes en su memoria. Duraba aún en él la impresión

causada por la desnudez de la pastorcilla, y en aquel mismo momento sus

ojos sondeaban los rasguños de la vieja túnica, buscando con deleite

de artista los contornos del cuerpo algo enflaquecido, pero fresco y

juvenil, con los tonos calientes de su piel color de ámbar.

Pero Ranto, después de evocar estos recuerdos, volvía á su desvarío.

¿Dónde estaba Eroción? ¿Le había visto? ¿Estaba arriba entre los

defensores? Y el griego tornaba á contenerla, cogiéndola las manos,

para evitar que subiese al muro.

Arriba, los defensores gritaban, disparando sus arcos, arrojando

dardos y piedras. Había comenzado el ataque de los sitiadores. Pasaban

por encima de las almenas, como obscuros pájaros, los proyectiles de

fuera, y el muro se conmovía con sordos choques, como si los africanos

lo atacasen con sus arietes y picos, para abrir brecha.

Acteón, que desde su regreso á Sagunto era el alma de la defensa,

necesitaba subir al muro.

--Márchate, Ranto --decía apresuradamente--. Aquí van á matarte...

Vuelve á casa de Sónnica... Yo te llevaré á Eroción... Pero huye,

ocúltate. Mira como caen los dardos cerca de nosotros.

Y la empujaba rudamente, acabando por arrojarla lejos de la escalera,

con impulso brutal, que la hizo doblar las rodillas.

El griego subió apresuradamente, oyendo sin inmutarse los mortales

silbidos que rasgaban el aire cerca de su cabeza. Antes de que llegase

á las almenas, sonó á sus espaldas un débil gemido, un grito dulce, que

recordó á Acteón el balido de los cervatillos al recibir un saetazo en

las cacerías. Al volverse, vió en mitad de la escalera á Ranto, que

se doblaba hacia atrás para caer, con el pecho cubierto de sangre y

clavada en él, una larga vara con cola de plumas, todavía temblorosa

por los estremecimientos de la velocidad.

Había querido seguirle á lo alto de la muralla, y en la escalera la

alcanzó una flecha de los sitiadores.

--¡Ranto!... ¡Pobrecita!...

El griego, obedeciendo al impulso de un dolor que él mismo no podía

explicarse, pero que resultaba más fuerte que su voluntad, olvidó la

defensa del muro, el ataque de los enemigos, todo, para correr hacia la

joven, que se desplomaba con el suave desmayo de un ave herida.

Sosteniéndola con sus fuertes brazos, la bajó para tenderla al pie de

la escalera. Ranto suspiraba, movía la cabeza como queriendo alejar el

dolor que se apoderaba de ella.

El griego la sostenía por los hombros, llamándola con voz cariñosa:

--Ranto... Ranto...

En sus ojos, agrandados por el dolor, parecía condensarse la luz.

Su mirada era ahora humana; perdía por momentos la vaguedad de la

demencia. Parecía haber recobrado la razón á impulsos del dolor, como

si en este supremo momento de lucidez, viera de un golpe todo el pasado.

--No mueras, Ranto --murmuraba el griego, sin darse cuenta de lo que

decía--. Aguarda: te arrancaré ese hierro; te llevaré al Foro sobre mis

espaldas para que te curen.

Pero la joven movía tristemente la cabeza. No: quería morir; quería

reunirse con Eroción, cerca de los dioses, entre las nubes de rosa y

oro, por donde paseaba la madre del Amor, seguida de los que en la

tierra se amaron mucho. Había vagado como una sombra por entre los

horrores de la ciudad sitiada, creyendo que Eroción vivía, buscándolo

por todas partes, y Eroción había muerto; lo recordaba bien ahora: ella

misma había contemplado su cadáver. Muerto él, ¿para qué quería vivir?

--Vivirás para mí --gritó Acteón, exasperado por el dolor, sin ver lo

que le rodeaba, sin oir los gritos de los defensores en el inmediato

muro y los pasos que sonaban á su espalda en una callejuela cercana--.

Ranto, pastorcilla, escúchame. Ahora comprendo por qué deseaba verte;

por qué tu recuerdo me asaltaba á veces allá en Roma, siempre que

pensaba en Sagunto. Vive y serás para Acteón la última primavera de su

existencia. Te amo, Ranto. Eres mi afecto postrero; la flor que se abre

en el invierno de mi vida. Te amo, Ranto: te amo desde el día en que te

ví desnuda como una diosa. Vive y seré tu Eroción.

La joven, pálida ya, con el rostro empañado por la sombra de la muerte,

sonrió murmurando:

--Acteón... buen griego... gracias, gracias.

Y su cabeza resbaló entre las manos de Acteón, cayendo pesadamente en

el suelo. El ateniense estuvo inmóvil mucho rato, contemplando con

estúpida fijeza el cuerpo de la joven. El silencio que se hizo de

pronto en la muralla, pareció despertarle del doloroso sopor. Los

sitiadores habían suspendido su ataque. El griego se incorporó; pero

volvió á arrodillarse para besar varias veces la boca todavía caliente

de la pastorcilla y sus ojos inmóviles, desmesuradamente abiertos, en

los cuales reflejábanse como en una agua muerta los rojos resplandores

de la puesta del sol.

Al levantarse vió frente á él á Sónnica inmóvil, rígida, mirándole con

ojos fríos é irónicos.

--¡Sónnica!... ¡Tú!

--He venido para decirte que corras al Foro. Un mensajero del campo

enemigo se ha presentado en las puertas de la ciudad pidiendo hablar á

los Ancianos. El pueblo está convocado en el Foro.

Á pesar de la importancia de la noticia, Acteón no se conmovió. Le

preocupaba la fría rigidez de Sónnica.

--¿Desde cuándo estás aquí?

--Llegué á tiempo para ver como te despedías para siempre de mi esclava.

Calló un instante, pero como impulsada por un sentimiento superior á

su voluntad, avanzó hacia él con los ojos centelleantes y las manos

extendidas.

--La amabas, ¿verdad? --dijo con amargura.

--Sí --contestó el griego con voz tenue, como avergonzado de su

confesión--. Conozco ahora que la amaba... pero también te amo á tí.

Permanecieron inmóviles largo rato, con la vista fija en aquel cadáver

que les separaba. Era como un muro frío levantándose entre los dos,

apartándolos para siempre.

Acteón sentíase avergonzado por el dolor que sus palabras causaban á

aquella mujer que tanto le había amado. Sónnica parecía absorta por

su inmensa decepción y contemplaba fríamente, con ojos de Némesis

implacable, el cadáver de la esclava.

--Aléjate, Acteón --dijo la griega--. Te esperan en el Foro. Los

Ancianos reclaman tu presencia para que sirvas de intérprete al

mensajero de Hanníbal.

El ateniense dió algunos pasos, pero se detuvo, implorando dulcemente

misericordia para el cadáver.

--Va á quedar abandonada... Pronto cerrará la noche, y los perros

hambrientos... los desalmados que buscan los cadáveres...

Sentía escalofríos al pensar que aquel cuerpo hermoso que le había

hecho estremecer de admiración, llegase á ser devorado por las bestias.

Sónnica le contestó con un gesto. Podía alejarse: ella permanecería

allí. Y Acteón, dominado por la fría altivez de su amante, partió

corriendo hacia el Foro.

Al llegar á la plaza comenzaba á anochecer. Ardía en el centro la gran

fogata, que se encendía todas las noches para combatir el frío mortal

de la ciudad en plena primavera.

Los Ancianos sacaban sus sillas de marfil al pie de las gradas del

templo para esperar ante la muchedumbre al mensajero de Hanníbal. La

noticia había circulado por toda la ciudad, y la gente se agolpaba en

el Foro, ansiosa de escuchar las proposiciones del sitiador. Nuevos

grupos desembocaban á cada momento por todas las callejuelas afluyentes

á la gran plaza, donde se concentraba la agonizante vida de la ciudad.

Acteón fué á colocarse junto á los Ancianos. Extendió su vista y no vió

á Alco. Estaba aún en el campo sitiador, y la llegada de aquel emisario

debía ser consecuencia de su entrevista con Hanníbal.

Un senador le explicó el suceso. Se había presentado ante los muros

un enemigo sin armas y tremolando una rama de olivo. Pedía hablar al

Senado en nombre de los sitiadores, y la asamblea de los Ancianos creyó

necesario reunir á toda la ciudad para que tomase parte en la suprema

deliberación.

Habían dado orden de introducir al mensajero, y al poco rato se vió

avanzar, rompiendo la aglomeración de la muchedumbre, un grupo armado,

en el centro del cual marchaba un hombre con la cabeza descubierta, sin

armas y levantando con la diestra una rama, símbolo de paz.

Al pasar junto á la hoguera dió de lleno en su rostro el resplandor

rojizo de las llamas, y en el Foro se levantó un clamoreo de

indignación. Le habían reconocido.

--¡Alorco!... ¡Es Alorco!

--¡Traidor!

--¡Ingrato!

Muchas manos buscaron la espada para caer sobre él; por encima de las

cabezas de la muchedumbre se agitaron algunos brazos empuñando dardos;

pero la presencia de los Ancianos y la triste sonrisa del celtíbero

calmaron los ánimos. Además, el pueblo sentía la debilidad de la

miseria; no tenía fuerzas para la indignación y ansiaba oir pronto al

mensajero; conocer la suerte que le reservaba el enemigo.

Avanzó Alorco hasta colocarse frente á los Ancianos, y la gran plaza

quedó en un silencio profundo, sólo interrumpido por el chisporroteo de

los leños de la hoguera. Todos los ojos estaban fijos en el celtíbero.

--¿Alco el Prudente no está entre vosotros? --comenzó por preguntar.

Todos miraron en torno con sorpresa. Era verdad; hasta entonces no

habían notado la ausencia de aquel hombre, que era el primero en todos

los actos públicos.

--No le busquéis --continuó el celtíbero--. Alco está en el campamento

de Hanníbal. Dolido del estado de la ciudad, comprendiendo que es

imposible continuar la defensa por más tiempo, se ha sacrificado por

vosotros, y á riesgo de morir llegó hace algunas horas á la tienda de

Hanníbal para suplicarle con lágrimas que tuviese compasión de vosotros.

--¿Y por qué no ha venido contigo? --preguntó uno de los Ancianos.

--Sentía miedo y vergüenza de repetiros las palabras de Hanníbal, las

condiciones que impone para que se entregue la ciudad.

Se hizo aún mayor el silencio. La muchedumbre adivinaba en el terror

del ausente Alco las espantosas exigencias del vencedor, que hacían

latir apresuradamente el corazón de todos, antes de conocerlas.

Iban llegando al Foro nuevos grupos de gente. Hasta los defensores de

la ciudad abandonaban las murallas, atraídos por el suceso, y estaban

allí, en las desembocaduras de las calles, centelleando al resplandor

de la hoguera sus cascos de bronce y sus escudos de varias formas,

redondos, estrangulados y de media luna. Acteón vió llegar también á

Sónnica, que se abrió paso entre el gentío, yendo á colocarse junto al

grupo formado por la juventud elegante que la admiraba.

Alorco siguió hablando.

--Ya sabéis quién soy yo. Hace un momento escuché amenazas, ví gestos

de muerte al reconocerme. Comprendo la indignación al encontrarme

frente á vosotros. Tal vez seré un ingrato; pero pensad que nací en

otras tierras y la muerte de mi padre me puso al frente de un pueblo al

que tengo que obedecer y seguir en sus alianzas. Nunca he olvidado que

fuí el huésped de Sagunto; guardo el recuerdo de vuestra hospitalidad y

me intereso por la suerte de este pueblo como si fuese la de mi misma

patria. Pensad bien en vuestra situación, saguntinos. El valor tiene

sus límites, y por más que os esforcéis, los dioses han decretado la

ruina de la valerosa Sagunto. Lo demuestran con su abandono; y vuestro

arrojo se estrellará ante su voluntad inmutable.

Las vagas palabras de Alorco aumentaban la incertidumbre del pueblo.

Todos temían las condiciones de Hanníbal, por lo mismo que el celtíbero

se retrasaba en exponerlas.

--¡Las condiciones!... ¡Dinos las condiciones! --gritaron desde varios

puntos del Foro.

--La prueba de que he venido por interés vuestro --continuó Alorco como

si no oyera estos gritos-- está en que mientras habéis podido resistir

con vuestras propias fuerzas ó esperar un socorro de los romanos no

me he presentado á aconsejaros la sumisión. Pero vuestras murallas no

pueden defenderos más; todos los días perecen de hambre centenares de

saguntinos; los romanos no vendrán, están muy lejos y ocupados en otras

guerras; en vez de enviaros legiones os envían legados; y por esto yo,

viendo que Alco titubeaba en volver, arrostro vuestra indignación para

traeros una paz que no es ventajosa, pero resulta necesaria.

--¡Las condiciones! ¡Las condiciones! --gritó la muchedumbre con un

formidable aullido que hizo temblar al Foro.

--Pensad --dijo Alorco-- que lo que quiera concederos el vencedor es

un regalo que os hace, pues hoy es dueño de todo lo vuestro: vidas y

haciendas.

Esta verdad terrible, cayendo sobre la muchedumbre, produjo el silencio.

--Sagunto, que está en gran parte destruída y cuyos extremos ocupan ya

sus tropas, os la toma como castigo; pero permitirá que construyáis una

nueva ciudad en el punto que Hanníbal os designe. Todas las riquezas

que guardéis, tanto en el tesoro público como en vuestras casas, serán

entregadas al vencedor. Hanníbal respetará vuestras vidas, las de

vuestras esposas é hijos, pero tendréis que salir para el lugar que os

designe sin armas y con sólo dos trajes. Comprendo que las condiciones

son crueles; pero la desgracia os obliga á soportarlas. Peor es morir

y que vuestras familias caigan como botín de guerra en manos de la

soldadesca triunfante.

Terminó de hablar Alorco, y, sin embargo, continuó el silencio en el

Foro; un silencio profundo, amenazante, igual á la plomiza calma que

precede á una tempestad.

--No; saguntinos, no --gritó una voz de mujer.

Acteón reconoció á Sónnica en esta voz.

--No, no --contestó la muchedumbre, como un eco atronador.

Se agitaban, corrían de un lado á otro, se empujaban los grupos

poseídos de furia, como si quisieran despedazarse, desahogando la rabia

que les producían las condiciones del vencedor.

Sónnica había desaparecido; pero Acteón la vió volver al Foro, seguida

de un cordón de gente; esclavos, mujeres, soldados, llevando todos

sobre sus hombros los ricos muebles de la quinta, amontonados en el

almacén; las arquillas de joyas, los suntuosos tapices, los lingotes

de plata y las cajas de polvo de oro. La muchedumbre contemplaba este

desfile de riquezas, sin adivinar el propósito de Sónnica.

--No, no --repetía la griega, como si hablase con ella misma.

Estaba fuera de sí por las proposiciones del vencedor. Se veía saliendo

de la ciudad, sin más fortuna que una túnica puesta y otra sobre el

brazo, teniendo que mendigar por los caminos ó trabajar en los campos

como una esclava, perseguida por aquella soldadesca feroz, de diversas

razas.

--No, no --repetía enérgicamente, abriéndose paso entre la

muchedumbre, para llegar á la hoguera en el centro del Foro.

Estaba magnífica, con la rubia cabellera alborotada por la agitación,

la túnica rota por los empellones del gentío, los ojos relampagueantes,

con la expresión de una Furia, que encontraba amarga voluptuosidad

en la destrucción. ¿Para qué las riquezas? ¿Para qué vivir? Y en su

desesperada energía, mezclábase por mucho la amargura que una hora

antes había paladeado ante el cadáver de su esclava.

Ella dió la señal, arrojando en la hoguera una imagen de Venus, de

jaspe y plata, que llevaba en sus brazos, y que desapareció entre

las llamas como si fuera un pedrusco. Los que la seguían, gente toda

miserable y hambrienta, la imitaron con intenso goce. La destrucción

de tantas riquezas, les hacía rugir de placer y dar saltos de

alegría, á ellos, tan pobres, que habían pasado su existencia en las

escaseces de la esclavitud. Caían en las llamas los cofrecillos de

marfil, de cedro y de ébano, y al chocar con los leños, se abrían,

derramando los tesoros de su vientre; collares de perlas, guirnaldas

de topacios y esmeraldas, arracadas de diamantes, toda la gama de las

piedras preciosas, que centelleaban un instante entre los tizones

como maravillosas salamandras. Después caían los tapices, los velos

bordados de plata, las túnicas con doradas flores, las sandalias

de oro, las sillas con garras de león, los lechos con clavijas de

metal, los peines de marfil, los espejos, las lámparas, las liras,

los frascos de perfumes, las mesillas de ricos mármoles incrustados;

todas las magnificencias de Sónnica la rica. Y la muchedumbre miserable

entusiasmada por esta destrucción, aplaudía con rugidos, al ver la

hoguera que crecía y crecía con tanto combustible, hasta elevar las

llamas á considerable altura, arrojando chispas y cenizas sobre los

tejados de las casas.

--¡Hanníbal quiere riquezas! --gritaba Sónnica, con voz ronca que

parecía un aullido--. Venid, arrojad aquí todo lo vuestro: que el

africano se lo dispute al fuego.

Pero no necesitaba extremar sus voces para que la imitasen. Muchos de

los Ancianos, que habían huído en el primer instante de confusión,

volvían al Foro llevando un cofrecillo bajo su blanco manto y lo

arrojaban en la hoguera. Eran las riquezas que habían tomado en sus

casas.

Sobre las cabezas de la multitud rodaban muebles y telas de brazo en

brazo, hasta caer en el inmenso brasero, que cada vez elevaba más altas

sus llamas, coronadas por un humo blanco y luminoso.

Era un holocausto en honor de los dioses mudos y sordos que estaban

en la Acrópolis. Las casas parecían vaciarse para arrojar todos sus

adornos y riquezas en la hoguera. Los hombres cumplían silenciosos y

sombríos su anhelo de destrucción; pero las mujeres parecían locas, y

desgreñadas, rugientes, con los ojos saltando de las órbitas, danzaban

en torno de la inmensa hoguera, atraídas por las llamas, rozándolas con

sus vestiduras, ebrias por el fuego, arañándose el rostro sin darse

cuenta de lo que hacían y rugiendo maldiciones con su boca espumeante

de rabia.

Una de ellas, como enloquecida por la ronda infernal, no pudiendo

resistir la atracción del fuego, dió un salto, cayendo entre las

llamas. Ardieron instantáneamente las ropas y el cabello, y flameó

durante algunos instantes como una antorcha, desplomándose sobre los

tizones. Otra mujer arrojó en el brasero, como si fuese una pelota, el

niño que llevaba agarrado á su flácido pecho, y después saltó ella en

medio de la fogata, cual si arrepentida del crimen, quisiera seguir á

su hijo.

El fuego se había comunicado á las techumbres de madera de las casas

del Foro. Una guirnalda de llamas comenzaba á rodear la plaza. El humo

y el calor asfixiaban á la muchedumbre, y en esta atmósfera densa

y negruzca, los muebles parecían andar solos camino de la hoguera,

arrastrándose por encima de la muchedumbre.

Lacaro y sus elegantes amigos hablaban de morir. Aquellos seres

afeminados discutían con una tranquilidad sublime el modo de caer. No

querían seguir á Sónnica, que acababa de armarse con una espada y un

escudo para salir contra el campamento sitiador y morir matando. Les

repugnaba luchar con un soldado rudo y casi salvaje, percibir su hedor

de fiera y caer con el pintado rostro partido de un golpe, cubiertos

de sangre y revolcándose en el fango, como una res degollada. No les

placía tampoco darse de puñaladas: era un medio gastado por los héroes.

Morir en el brasero les parecía mejor; les recordaba el sacrificio de

las reinas asiáticas, pereciendo en una hoguera de maderas perfumadas.

¡Lástima que aquella fogata oliese tan mal! Pero el momento no era de

refinamientos, y echándose el manto sobre los ojos, uno tras otro, los

jóvenes elegantes, empujando con el brazo depilado y perfumado á sus

pequeños esclavos, entraron en la hoguera con tranquilo paso, como

si estuvieran en aquellos días de paz en que paseaban por el Foro,

satisfechos del escándalo que producían sus adornos femeniles.

Sónnica recogíase la túnica en torno del talle, dejando al descubierto

la adorable blancura de sus piernas para correr con más desembarazo.

--Vamos á morir, Eufobias --dijo al filósofo, que contemplaba absorto

este espectáculo de destrucción.

Por primera vez, el parásito no mostraba su gesto insolente é irónico.

Estaba grave y fruncía el ceño, viendo como morían aquellas gentes de

las que tanto se había burlado.

--¡Morir! --dijo--. ¿Es preciso morir? ¿Lo crees tú, Sónnica?

--Sí; el que no quiera ser esclavo, debe morir. Coge una espada y ven

conmigo.

--No necesito tanto. Si he de morir, quiero evitarme la fatiga de

correr; el trabajo de dar golpes. Moriré tranquilo, con la dulce pereza

que embelleció mi vida.

Y lentamente, sin apresurarse, dió algunos pasos y se acostó entre las

llamas con la cara cubierta por su manto remendado, lo mismo que se

tendía bajo los pórticos del Foro en los días de paz.

En las gradas del templo, los Ancianos se herían el pecho con el

puñal. Agonizantes, prestaban su arma al compañero más inmediato,

y morían haciendo esfuerzos por mantenerse erguidos en sus sillas.

Grupos de mujeres arrebataban maderos encendidos de la gran hoguera

y se esparcían como bacantes furiosas por toda Sagunto, quemando las

puertas, arrojando tizones sobre los techos de tablas.

De repente en la parte alta de la ciudad, allí donde se concentraban

los ataques de los sitiadores, sonó un horrible estrépito, como si

media montaña se viniera abajo. Los muros estaban abandonados por

los defensores reunidos en el Foro, y una torre que los cartagineses

minaban desde algunos días antes, acababa de derrumbarse. Una cohorte

del ejército de Hanníbal, viendo libre la entrada de la ciudad, se

lanzó dentro de ella, dando aviso al caudillo para que acudiese con

todas sus fuerzas.

--¡Á mí! ¡á mí! --gritaba Sónnica con su voz ronca--. Ésta es nuestra

última noche. Yo no muero en la hoguera; quiero morir matando... ¡Deseo

sangre!

Salió del Foro como una furia, seguida de Acteón, que corría á su

lado llamándola, haciendo esfuerzos porque le mirase. Pero la hermosa

griega permanecía insensible en su furia, como si llevase al lado un

desconocido.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 20 / 21 段