ciudadanos armados, mujeres que esgrimían cuchillos y dardos,
adolescentes desnudos, sin otra defensa que una pica. Á la luz de
los incendios pasaban como un rebaño enloquecido, centelleando los
coseletes de bronce, los cascos de rota cimera, las armas manchadas
de sangre y mostrando por los girones de las ropas los músculos
enflaquecidos, que parecían danzar en su ancha envoltura de piel,
apergaminada y seca por el hambre.
Salieron de Sagunto por la parte baja, marchando al resplandor de la
ciudad incendiada contra el campamento de los sitiadores.
Una cohorte de celtíberos que corría hacia Sagunto fué arrollada,
deshecha, pateada por esta tromba de desesperados, que corrían con la
cabeza baja, hiriendo cuanto encontraban por delante. Pero más allá
tropezaron con nuevas tropas que avanzaban advertidas de la salida, y
se estrellaron contra la hilera de escudos, no pudiendo soportar una
lucha cuerpo á cuerpo.
Los saguntinos, debilitados por el largo sitio, perdidas sus fuerzas
por las enfermedades y el hambre, no pudieron resistir el choque. Los
celtíberos, con sus espadas de dos filos, herían sin misericordia;
y bajo sus golpes caía rápidamente aquella aglomeración de hombres
enfermos, de mujeres y niños.
Acteón, luchando con el escudo ante el rostro y la espada en alto
contra dos vigorosos soldados, vió como Sónnica recibía una cuchillada
en el cráneo y soltaba sus armas, doblándose con una suprema
contracción antes de caer.
--¡Acteón! ¡Acteón! --gritó en aquel momento olvidando su odio,
sintiendo que con la muerte volvía á ella todo el fuego del antiguo
amor.
Cayó de bruces en el suelo. El griego quiso correr hacia ella; pero
en el mismo instante le zumbaron los oídos, como si sobre su cráneo
se desplomase una inmensa mole; sintió en los costados el frío del
hierro perforando sus carnes, y cayó viéndolo todo negro, como si se
despeñara por una sima lóbrega y sin fondo á cuyo fin no había de
llegar nunca.
* * * * *
El griego despertó. Sobre su pecho pesaba una mole abrumadora como una
montaña. No tenía la certeza de si realmente existía. Su cuerpo se
negaba á obedecerle. Únicamente con un doloroso esfuerzo, pudo abrir
los ojos y recordar confusamente por qué estaba allí.
Lentamente vió que lo que oprimía su pecho era el cadáver de un soldado
enorme. Acteón creyó recordar que había hundido su espada en el cuerpo
de aquel guerrero en el mismo instante que se sentía caer en la noche
densa y misteriosa.
Miró en torno de él. Un resplandor rojizo, como el de una aurora sin
fin, hacía centellear en el suelo las armas abandonadas, y marcaba la
silueta de los cadáveres amontonados y dispersos, en extrañas posturas,
contraídos por las últimas convulsiones.
En el fondo ardía una ciudad. Los edificios negruzcos y deformes, se
destacaban sobre la cortina de llamas, que con su resplandor inquieto
hacían temblar los muros de la Acrópolis.
Acteón lo recordó todo. Aquella ciudad era Sagunto: se oían los
aullidos de los vencedores que corrían las calles, cubiertos de sangre,
acabando de incendiar las casas que aún permanecían intactas, rabiosos
contra una población que únicamente se entregaba después de consumir
sus riquezas; matando en su furia á cuantos seres encontraba al paso, y
rematando á los heridos.
Al darse cuenta de todo esto, reconocía que no había muerto; pero iba á
morir. Lo presentía en la debilidad inmensa que se apoderaba de él, en
el frío mortal que subía á lo largo de su cuerpo; en el pensamiento que
se extinguía y no era ya más que una lucecilla débil...
¿Y Sónnica? ¿Dónde encontrar á Sónnica?... Su último deseo era llegar
hasta su cadáver, que debía estar próximo. Quería besarla como á su
esclava; rendirla este tributo antes de morir. Pero al intentar un
supremo esfuerzo, separando su cabeza del suelo, una oleada de líquido
caliente y pegajoso le cubrió el rostro. Era la última sangre.
Le pareció ver entonces con la vaguedad de un ensueño que se extingue,
una especie de centauro negro, que galopaba sobre los cadáveres, y
mirando la iluminada ciudad, reía con infernal gozo.
Pasó junto á él. Los cascos de su caballo se hundieron en el cuerpo
del celtíbero tendido sobre su pecho. El griego, agonizante, creyó
reconocer el jinete á la luz del incendio.
Era Hanníbal, con la cabeza descubierta, poseído de la furia del
triunfo, galopando en un caballo negro como la noche, que parecía
contagiado del furor del jinete, y relinchaba, coceando los cadáveres,
agitando su cola sobre los restos del combate. Al griego le pareció una
furia infernal que venía por su alma.
Vió débilmente, como una imagen borrosa, la cara de Hanníbal animada
por una sonrisa de soberbia, de cruel satisfacción; el gesto majestuoso
y feroz á la vez de uno de aquellos dioses de Cartago que sólo se
mostraban clementes cuando humeaban en su altar los seres humanos
sacrificados.
Reía viendo que era suya por fin la ciudad que le había detenido ocho
meses ante sus muros. Ya podía desarrollar sus ensueños audaces.
El griego no vió más. Volvió á caer en la eterna noche.
Hanníbal galopó en torno de la ciudad, y al ver que por la parte de la
mar se extendía el resplandor cárdeno del amanecer, detuvo su caballo,
miró á Oriente, y extendiendo el brazo cual si quisiera prolongarlo por
encima de la extensión azul que cerraba el horizonte, gritó amenazante,
como si retase á un enemigo invisible antes de caer sobre él:
--¡Roma!... ¡Roma!...
Playa de la Malvarrosa (Valencia).
Julio-Septiembre 1901.
ÍNDICE
Págs.
I. EL TEMPLO DE AFRODITA. 5
II. LA CIUDAD. 57
III. LAS DANZARINAS DE GADES. 119
IV. ENTRE GRIEGOS Y CELTÍBEROS. 177
V. LA INVASIÓN. 215
VI. ASBYTE. 247
VII. LAS MURALLAS DE SAGUNTO. 289
VIII. ROMA. 319
IX. LA CIUDAD HAMBRIENTA. 353
X. LA ÚLTIMA NOCHE. 385
End of Project Gutenberg's Sónnica la cortesana, by Vicente Blasco Ibáñez