--Moriré --dijo con sencillez el ateniense--. Pero ahí dentro hay

hombres que me acogieron como compatriota cuando yo erraba hambriento

por el mundo; hay una mujer que me amparó viéndome miserable, y me dió

su amor y sus riquezas. Ellos me enviaron á Roma para que les trajese

una palabra de esperanza, y yo debo volver aunque sea para infundirles

la tristeza y el dolor. ¿Qué te importa dejarme libre?... Mañana tal

vez podrás matarme. Dentro de Sagunto seré una boca más, y en ella

debe reinar el hambre. Tal vez al decir yo la verdad, al verme que

vuelvo sin auxilio alguno, decaigan sus ánimos y te entreguen la plaza.

Déjame pasar, Hanníbal: con esto, tal vez sin querer, ayudo tus planes.

Hanníbal le miraba con asombro.

--¡Loco! Nunca creí que un ateniense fuese capaz de tal sacrificio.

¡Vosotros tan ligeros, tan dados á la mentira, tan falsos para

satisfacer vuestro egoísmo!... Eres el primer griego que veo fiel á la

ciudad que le prohijó. Cartago tuvo peor suerte con los mercenarios de

tu país... Es imposible hacer nada de tí; eres un hombre incompleto:

te domina el amor: no te satisfaces como yo con la hembra que ronda

en torno del campamento, ó que se toma al asaltar una ciudad para

regalarla después á la soldadesca. Te ligas á la mujer, eres su esclavo

y buscas morir sin gloria, en un rincón obscuro del mundo, como soldado

al servicio de unos cuantos mercaderes, sólo por volver á verla.

Aléjate, loco: vete, te dejo en libertad... Nada quiero saber de tí.

He deseado hacerte héroe, y me respondes como un esclavo. Marcha á

Sagunto, pero sabe que la protección de Hanníbal te abandona desde este

momento. Si caes en mis manos dentro de la ciudad, serás mi prisionero;

jamás mi amigo.

Hanníbal, golpeando con los talones los hijares de su corcel, se metió

en el campamento, volviendo altaneramente la espalda al griego. Éste

vió llegar al poco rato un joven cartaginés, que, sin decir una palabra

ni mirarlo siquiera, cogió las riendas de su caballo y comenzó á

caminar hacia Sagunto.

Al llegar á los puntos avanzados del ejército sitiador, decía el

cartaginés una palabra y Acteón pasaba adelante entre las miradas

hostiles de los soldados, que conocían la escena del puerto y bramaban

de coraje al pensar en las cadenas que los legados de Roma habían

tenido la insolencia de enseñar á su caudillo. Aquel griego que

iba á entrar en la ciudad sitiada, debía ser un acompañante de los

legados; y muchos pusieron una flecha en el arco para disparar contra

él, deteniéndose únicamente ante la fría y altanera mirada del joven

cartaginés que hablaba en nombre de Hanníbal.

Llegaron á las ruinas del primer recinto amurallado. Al abrigo de ellas

estaban las avanzadas del ejército sitiador. Allí echó pie á tierra

el griego, y arrancando de un matorral una rama espinosa, avanzó,

llevándola en alto como señal de paz.

Encontró enfrente aquella muralla que bajo su dirección había sido

elevada en una noche para contener al invasor. Sobre ella sólo se

veían los cascos de unos cuantos defensores. El sitiador dirigía todos

sus ataques por la parte alta. El lado de la ciudad donde se habían

desarrollado los primeros combates, estaba casi abandonado.

Los guardianes de la muralla reconocieron á Acteón, con grandes

exclamaciones de sorpresa y alegría, y le arrojaron una cuerda de

esparto para ayudarle á subir por las asperezas del muro, hasta

que pudo introducirse por una brecha de la cresta. Todos rodearon

con ansiedad al griego. Este creyó ver en torno de él un grupo de

espectros. Sus cuerpos parecían próximos á escaparse de las amplias

armaduras; los rostros amarillentos, tristes, apergaminados, se

ocultaban bajo la visera de los cascos; y las manos descarnadas y con

la piel rugosa, apenas si podían sostener las armas. Un fulgor extraño

y amarillento brillaba en sus ojos.

Acteón se defendía con bondad de las incesantes preguntas. Ya hablaría

oportunamente: debía antes dar cuenta de su misión á los ancianos del

Senado. Un poco de calma: antes de cerrar la noche lo sabrían todo.

Y lleno de conmiseración ante la miseria de aquellos héroes, mentía

misericordiosamente, asegurando que Roma no olvidaba á Sagunto y que él

era la avanzada de las legiones que enviaban los aliados.

De las casas inmediatas, de las callejuelas vecinas al muro, salían

hombres y mujeres, atraídos por la noticia de la llegada del griego.

Le rodeaban, le preguntaban; todos querían ser los primeros en recibir

noticias, para esparcirlas por la ciudad; y Acteón, defendiéndose de

ellos, contemplaba con terror sus caras amarillentas y enjutas, con

la piel terrosa, marcando las aristas salientes del cráneo; los ojos

hundidos en las órbitas negras, brillando con extraño fulgor, como

estrellas moribundas reflejadas en el fondo de un pozo, y los brazos

descarnados, que crujían como cañas al moverse con la nerviosidad de la

emoción.

Púsose en marcha, escoltado por la multitud; precedido de muchachos

horribles, completamente desnudos, cuya piel parecía romperse con

la presión de las costillas que se marcaban una á una, y la cabeza

enormemente gruesa sobre el cuello descarnado. Andaban trabajosamente

sobre sus piernas, que parecían hilos, balanceándose como si éstas no

pudieran soportar el tronco: algunos, para sufrir menos, se arrastraban

por el suelo, faltos de fuerza para sostenerse.

Acteón vió en una esquina un cadáver abandonado, con el rostro cubierto

de extrañas moscas que brillaban al sol con reflejos metálicos. Más

allá, en una encrucijada, varias mujeres pugnaban por incorporar á un

joven desnudo que tenía un arco abandonado á sus pies. El griego vió

con horror su vientre hundido, encorvado, como un remolino de pieles

entre los dos huesos de las caderas, que parecían salirse del cuerpo.

Era una momia que aún conservaba una chispa de vida en los ojos y abría

los labios negros y resquebrajados como si quisiera mascar el aire.

Atravesaba calles enteras sin que nuevas gentes se uniesen á su

comitiva. Muchas casas permanecían con las puertas cerradas, á pesar

del rumor del gentío; y Acteón comparaba esta soledad con la gran

aglomeración de seres en los primeros días del sitio. Perros muertos,

tendidos en el arroyo y tan descarnados como las personas, infectaban

el ambiente. En las encrucijadas veíanse esqueletos de caballos y

mulos, limpios y blancos, sin la más leve piltrafa á que pudieran

agarrarse los repugnantes insectos que zumbaban en aquella atmósfera de

ciudad moribunda.

El griego, con su rápido instinto de observación, se fijaba en las

armas de los guerreros. Sólo veía corazas de metal: las de cuero habían

desaparecido. Los escudos mostraban al descubierto sus tejidos de

juncos ó de nervios de toro despojados de la envoltura de piel. En una

esquina vió á dos viejos que se peleaban por una piltrafa negruzca y

correosa. Era un pedazo de cuero reblandecido en agua caliente. Muchas

casas de varios pisos habían sido demolidas para llevar sus piedras á

las nuevas murallas, que cortaban los avances del enemigo dentro de la

ciudad.

El hambre cruel y asoladora lo había barrido todo. Se aprovechaban las

materias más fétidas y repugnantes. Parecía que los sitiadores hubieran

entrado ya en la ciudad arrebatándolo todo; no dejando más que los

edificios en pie para dar testimonio de su rapiña. El hambre y la

muerte estaban entre los sitiados.

Cerca del Foro, vió el griego que una mujer se abría paso entre la

multitud y le echaba los brazos al cuello, oprimiéndole amorosamente.

Era Sónnica. También las privaciones del sitio habían dejado en ella

profundos rastros. No presentaba el aspecto de extrema miseria de

la multitud; pero estaba más delgada, más pálida, su nariz se había

afilado, sus mejillas parecían transparentar una luz interior, y los

brazos con que le oprimía habían enflaquecido y tenían el ardor de la

fiebre. Una aureola amoratada rodeaba sus ojos, y su túnica, de gran

riqueza, caía con abandono, en innumerables pliegues, á lo largo de su

cuerpo, que al enflaquecer parecía mucho más alto.

--¡Acteón... amor mío! ¡Creí no verte más! Gracias, gracias, por haber

vuelto.

Y abarcando su cuello con uno de sus brazos siguió marchando al lado

de él. La multitud miraba á Sónnica con veneración: era la única en la

ciudad que se sacrificaba por los miserables, repartiéndoles todos los

días los últimos víveres de sus almacenes.

Acteón creyó ver confundido entre la muchedumbre al filósofo Eufobias,

con las vestiduras más rotas que nunca, casi desnudo, pero con un

aspecto de relativo vigor que contrastaba con la famélica miseria

de la muchedumbre. En el Foro le saludaron de lejos con desmayada

expresión, Lacaro y todos los elegantes amigos de Sónnica. Tenían

aspecto de hambrientos; pero ocultaban su palidez bajo el colorete y

toda clase de afeites, y ostentaban sus más ricas vestiduras, como

si quisieran consolarse de las privaciones con la pompa de un lujo

inútil. Los pequeños esclavos que les acompañaban, movían sus miembros

descarnados dentro de las vestiduras bordadas de oro, y mirando sus

pendientes de perlas, bostezaban dolorosamente.

La multitud se detuvo en el Foro. Los Ancianos se habían reunido en

el templo inmediato á la plaza. Arriba en la Acrópolis era continuo

el combate con los cartagineses que ocupaban una parte de la altura,

y caían con frecuencia gruesas piedras de las catapultas. Algunas de

éstas llegaban hasta el Foro, y muchas casas tenían desfondado el techo

y desmoronadas las paredes por el choque de los enormes proyectiles.

Acteón entró completamente solo en el templo. El número de los Ancianos

era menor. Unos habían perecido víctimas del hambre y la peste; otros,

con ardor juvenil, habían corrido á las murallas para recibir la

muerte. El prudente Alco parecía gozar gran ascendiente y figuraba á la

cabeza de la asamblea. Los acontecimientos habían justificado aquella

prudencia que le hacía declamar en otros tiempos contra las empresas

belicosas de la ciudad y su afición á las alianzas.

--Habla, Acteón --dijo Alco--. Dinos la verdad, toda la verdad. Después

de las desgracias que los dioses nos han enviado, estamos dispuestos á

resistirlas aún mayores.

El griego miró á aquellos ciudadanos que, envueltos en sus mantos y con

altos bastones de reyes, esperaban sus palabras con una ansiedad que

pretendían ocultar tras su majestuosa calma.

Relató la entrevista con el Senado de Roma, la prudencia de éste,

que le había impulsado á buscar términos conciliadores, la llegada

de los legados ante Sagunto, la extraña manera de recibirlos usada

por Hanníbal, y la marcha de los enviados hacia Cartago para pedir el

castigo del caudillo y la libertad de Sagunto.

Este relato triste, fué haciendo desaparecer gradualmente la calma de

los Ancianos. Algunos más violentos se ponían en pie y desgarraban sus

mantos, dando alaridos de pena; otros, en su exaltación, se golpeaban

la frente con los puños, rugiendo de ira al saber que Roma no enviaba

sus legiones; y los más viejos, sin perder la actitud majestuosa,

lloraban, dejando que sus lágrimas rodasen por las descarnadas

mejillas, perdiéndose en sus barbas de nieve.

--¡Nos abandonan!

--¡Será ya tarde cuando llegue el auxilio!

--¡Perecerá Sagunto antes que los romanos lleguen á Cartago!

Duró mucho tiempo la desesperación de la asamblea. Algunos, inmóviles

en sus asientos por la debilidad, pedían á los dioses morir, antes que

presenciar la caída de su pueblo.

Parecía que Hanníbal estuviese ya en las puertas del templo.

--Calma, Ancianos --gritó Alco--. Pensad que el pueblo saguntino está

fuera de esos muros. Si conoce vuestro dolor, cundirá el desaliento y

esta misma noche seremos esclavos de Hanníbal.

Recobraron su calma lentamente los Ancianos, y se hizo el silencio.

Todos esperaban los consejos de Alco el Prudente. Éste habló.

--No había que pensar en la entrega inmediata de la ciudad. ¿No era así?

Un rugido de indignación de toda la asamblea le contestó:

--¡Nunca, nunca!

Pues para mantener excitados los ánimos, para prolongar la defensa

algunos días más, había que mentir, inspirar una esperanza engañosa

á los saguntinos. No había víveres; los que estaban en las murallas

con las armas en la mano, comían la carne de los últimos caballos que

quedaban en la ciudad; la plebe perecía de miseria. Todas las noches

se recogían centenares de cadáveres y se quemaban en seguida en la

Acrópolis, por miedo á que los devorasen los perros vagabundos que,

aguijoneados por el hambre, se habían convertido en verdaderas fieras,

atacando á los vivos. Se murmuraba que, algunos extranjeros refugiados

en la ciudad, en unión de esclavos y de mercenarios, se reunían por

la noche cerca de las murallas para alimentarse con los cadáveres

que podían arrebatar. Las cisternas de la ciudad estaban próximas á

secarse; sólo se extraía de ellas el agua del fondo, revuelta con el

barro que había precipitado la destilación; pero á pesar de esto, en

Sagunto nadie hablaba de rendirse y había que continuar la defensa.

Todos sabían lo que les esperaba al caer en manos de Hanníbal.

--He hablado con él --dijo Acteón-- y se muestra inexorable. Si entra

en Sagunto todos seremos sus esclavos.

Volvió á agitarse la asamblea con un movimiento de indignación.

--¡Moriremos antes! --gritaron los Ancianos.

Y rápidamente se acordó lo que debían decir al pueblo. Juraron todos

por los dioses ocultar la verdad. Prolongarían el sacrificio con la

esperanza de que aún llegase á tiempo el auxilio de Roma. Y componiendo

el gesto para que nadie adivinase la desesperación de los Ancianos,

salieron éstos del templo.

Pronto circuló entre la muchedumbre la noticia. Los legados se habían

dirigido á Cartago para no perder tiempo en el campamento, y allá

pedirían el castigo de Hanníbal. De un momento á otro iban á llegar las

legiones que enviaba Roma para apoyar á los saguntinos.

La muchedumbre acogió estas halagüeñas noticias con un entusiasmo frío.

Las penalidades del sitio amortiguaban su vehemencia. Además, se había

enardecido tantas veces con la esperanza de los romanos, que dudaba de

su auxilio, no creyendo en él hasta que viese llegar la flota.

Acteón se confundió con la muchedumbre hambrienta, buscando á Sónnica.

La vió rodeada de Lacaro y los jóvenes elegantes. Cerca de ellos

Eufobias sonreía á Sónnica, sin atreverse á aproximarse.

--Los dioses te han guardado en tu viaje, Acteón --dijo el parásito--.

Tienes mejor aspecto que los que hemos permanecido en la ciudad. Bien

se ve que has comido.

--Pues tú, filósofo --dijo el griego-- no estás tan macilento y

descarnado como los demás. ¿Quién te mantiene?

--Mi pobreza. Estaba tan acostumbrado al hambre en los tiempos de

abundancia, que ahora apenas si noto la carestía. ¡Ventajas de ser

filósofo y mendigo!

--No creas á ese monstruo --dijo Lacaro con repugnancia--. Es

tan bárbaro como un celtíbero. Todos los días come; pero debían

crucificarle en medio del Foro para que sirviera de escarmiento. Le

han visto rondar por la noche cerca de las murallas con una turba de

esclavos en busca de los cuerpos agonizantes.

El griego se separó con repugnancia del parásito.

--No lo creas, Acteón --dijo Eufobias--. Envidian mi parquedad de

mendigo, así como en otro tiempo la insultaban. El hambre es mi antigua

compañera y me respeta.

Se alejaron todos del parásito, y Acteón siguió á Sónnica á su casa. La

hermosa griega vivía casi sola. Muchos de sus servidores habían muerto

en las murallas; otros habían perecido en las calles, víctimas de la

peste. Algunos esclavos, no pudiendo resistir el tormento del hambre,

se fugaban al campo sitiador. Dos esclavas viejas gemían en un rincón,

entre el amontonamiento de ricos cofres y lujosos muebles. Los grandes

almacenes del piso bajo estaban vacíos. Una banda de chicuelos se había

establecido allí y pasaban las horas inmóviles y al acecho, esperando

que de los rincones saliese alguna rata, para caer sobre ella, como una

bestia de inestimable valor.

--¿Y Ranto? --preguntó el griego á su amada.

--Pobrecilla; la veo de tarde en tarde. No quiere vivir aquí: se escapa

cuando la hago traer para tenerla segura. Ha perdido la razón desde

que vió el cadáver de su amante. Vaga día y noche por las murallas. Se

presenta en los sitios de mayor combate, pasando insensible por entre

los dardos, como si no los viera. Por la noche se oyen de lejos las

canciones que entona llamando á Eroción, y muchas veces se presenta

coronada con una guirnalda de flores de las que crecen en las murallas

y pregunta por el hijo de Mopso, como si éste se ocultase entre los

defensores. El populacho cree que está en comunicación con los dioses y

la mira con respeto, preguntándola cual va á ser la suerte de Sagunto.

Pasaron la noche los dos amantes entre el amontonamiento de riquezas

del almacén, tendidos sobre unos tapices, estrechándose amorosamente,

insensibles á todo cuanto les rodeaba, como si estuvieran aún en

la rica quinta del agro, al final de uno de aquellos banquetes que

escandalizaban á los viejos saguntinos.

Transcurrieron algunos días. La ciudad había vuelto á caer en el

marasmo, y tenaz en su resolución, seguía defendiéndose con el estómago

desfallecido por el hambre. Los sitiadores no extremaban sus ataques.

Hanníbal adivinaba sin duda el estado de la ciudad, y deseoso de evitar

á sus tropas el derramamiento de sangre, dejaba que transcurriese el

tiempo y mantenía el apretado cerco, esperando que el hambre y la peste

completasen su triunfo.

Aumentaba la mortalidad en las calles. Ya no había quien recogiese los

muertos; la hoguera que los consumía en lo alto de la Acrópolis se

había apagado. Los cadáveres abandonados á las puertas de las casas, se

cubrían de asquerosos insectos, hasta que las aves de rapiña bajaban

audazmente por la noche al centro de la ciudad, disputando tenazmente

su presa á los perros vagabundos de retorcida lengua y ojos de ascuas,

convertidos en bestias feroces por el hambre.

Gentes hediondas, de aspecto salvaje, poseídas de la demencia de la

extenuación, se arrastraban cautelosamente por las callejuelas, armadas

con palos, piedras y dardos. Iban de caza así que cerraba la noche.

Eufobias los guiaba, dándoles consejos con majestuoso énfasis, como si

fuese un gran capitán dirigiendo á su ejército. Cuando conseguían matar

un cuervo ó un perro salvaje, lo llevaban al Foro, chamuscándolo en una

hoguera, y se disputaban á golpes los hediondos pedazos, mientras los

ciudadanos ricos se alejaban desfallecidos, pero sintiendo náuseas ante

tales horrores.

Comenzaba la primavera. Era una primavera triste que se manifestaba á

los sitiados en las florecillas que surgían de las cabelleras de hierba

de los torreones y los tejados de las casas. Había acabado el invierno

y, sin embargo, hacía frío en Sagunto; un frío de tumba que sentían

los sitiados hasta en los huesos. Brillaba el sol, y la ciudad parecía

obscurecida por una bruma fétida que daba á las casas y á los seres un

tinte plomizo.

Acteón, al dirigirse una mañana á la parte más alta del monte, donde

continuaba el combate, encontró en el Foro al prudente Alco. El buen

ciudadano revelaba en su aspecto tristeza y desaliento.

--Ateniense --le dijo con expresión misteriosa--. Estoy resuelto á que

esto acabe. La ciudad no puede resistir más. Bastante ha esperado el

auxilio de los romanos. Que caiga Sagunto y se avergüence Roma de su

infidelidad con los aliados. Hoy mismo iré al campamento de Hanníbal á

pedirle la paz.

--¿Lo has pensado bien? --exclamó el griego--; ¿no temes la indignación

de tu pueblo al verte en tratos con el enemigo?

--Amo mucho á mi ciudad y no puedo presenciar impasible su sacrificio,

su agonía interminable. Pocos lo saben; pero á tí te lo digo, Acteón,

porque eres discreto. Estamos mucho peor que el pueblo se imagina. Ya

no queda un pedazo de carne para los que defienden las murallas; esta

mañana, de las cisternas apenas si se ha podido sacar barro. No tenemos

agua. Unos cuantos días más de resistencia, y tendremos que comernos

los cadáveres como esas turbas de desalmados que se alimentan por la

noche. Tendremos que matar á los pequeñuelos para apagar nuestra sed

con su sangre.

Calló Alco un momento, y se pasó la mano por la frente con un gesto de

pena, como si quisiera arrojar lejos de él terribles recuerdos.

--Nadie mejor que los Ancianos --continuó-- conocemos lo que ocurre en

la ciudad. Los dioses deben temblar de horror contemplando lo que hace

Sagunto al verse abandonada por ellos. Oye y olvida, Acteón, --dijo en

voz muy baja y con acento de espanto--. Ayer, dos mujeres enloquecidas

por el hambre, echaron suertes para escoger cuál de sus pequeños

habían de devorar. Los Ancianos hemos cerrado ojos y oídos; no hemos

querido ver ni escuchar, comprendiendo que el castigo sólo serviría

para difundir más tales horrores. Los ciudadanos que pelean en las

murallas, tragan el cuero de sus armas para engañar el hambre. La carne

se despega de sus huesos, enflaquecen y caen como heridos por el rayo

invisible de los dioses. Llevamos cerca de ocho meses de resistencia;

dos terceras partes de la ciudad ya no existen. Hemos hecho bastante

ante el cielo y ante los hombres para demostrar cómo cumple Sagunto sus

juramentos.

El griego bajaba la cabeza, convencido de las razones de Alco.

--Además --continuó éste-- el ánimo de la ciudad decae: se extingue la

fe. Los presagios son todos en contra nuestra. Hay gentes que durante

la noche han visto globos de fuego elevarse de la Acrópolis y huir

hacia el mar, hundiéndose en las aguas como esas estrellas veloces

que cortan con una raya de luz el azul del cielo. La muchedumbre cree

que son los Penates de la ciudad que, adivinando la próxima ruina de

Sagunto, la abandonan para ir á establecerse al otro lado del mar de

donde vinieron. Anoche, los que velan arriba, en el templo de Hércules,

vieron salir por debajo de la tumba de Zazintho una serpiente que

silbaba como si estuviese herida. Era azul con estrellas de oro: la

serpiente que mordió á Zazintho y fué causa de la fundación de la

ciudad en torno de la tumba del héroe. Pasó entre las piernas de los

asombrados guardianes, huyó monte abajo y se alejó por la llanura con

dirección al mar. También ese nos abandona; el reptil sagrado que era

como el dios tutelar de Sagunto.

--Tal vez no sea verdad --dijo el griego--. Alucinaciones de la gente

atormentada por el hambre.

--Puede que así sea; pero acércate á las mujeres y las verás llorar, á

pesar de su miseria, lamentando la fuga de la serpiente de Zazintho.

Creen á la ciudad sin defensa, y muchos hombres se sentirán hoy más

débiles en las murallas al conocer la extraña desaparición. La fe es lo

que sostiene á los pueblos.

Permanecieron silenciosos los dos hombres un buen rato.

--Ve --dijo al fin el griego--. Habla con Hanníbal y que los dioses le

inspiren la clemencia.

--¿Por qué no vienes conmigo? Tú que tanto has viajado y posees la

elocuencia de la convicción podrías ayudarme.

--Hanníbal me conoce. He despreciado su amistad y me odia. Ve y salva

á la ciudad... Mi suerte está echada. Ese africano no retrocede en su

cólera. Perdonará á todos menos á mí. Yo moriré antes que verme esclavo

ó agonizante en una cruz.

X

La última noche

Era más de media tarde cuando Acteón, que estaba entre los defensores

de la parte alta de la ciudad, vió aproximarse á Ranto por una

callejuela inmediata á la muralla.

No había encontrado á la pastorcilla desde su regreso á Sagunto, y al

verla reconoció en ella los estragos causados por las penalidades del

sitio y el dolor que quebrantaba su razón.

Caminaba absorta, con la cabeza baja, y en su enmarañada cabellera

asomaban algunas florecillas mustias, que soltaban á cada paso los

pétalos muertos. La túnica desgarrada y sucia dejaba ver su cuerpo

enflaquecido, que aún conservaba la esbeltez y frescura admiradas por

el griego. El pecho se había desarrollado un tanto, como si el dolor

madurase sus globos que apuntaban antes como capullos; los ojos,

dilatados por la demencia, parecían llenar todo su rostro, esparciendo

en torno de él una luz misteriosa, una aureola de fiebre.

Avanzaba lentamente: varias veces levantó la cabeza mirando á los

hombres que estaban en lo alto de la muralla, y al fin, deteniéndose al

pie de la escala de piedra, murmuró con voz suplicante que parecía un

vagido:

--¡Eroción! ¡Eroción!...

Á pesar de que tras los manteletes de los sitiadores se notaba algún

movimiento, como si éstos intentasen un nuevo ataque contra la ciudad,

el griego descendió de la muralla con el deseo de ver de cerca á la

joven.

--Ranto... pastorcilla, ¿me conoces?

La hablaba con tono cariñoso, cogiéndola las manos; pero ella se agitó,

intentando desasirse, como si despertase sobresaltada. Después de este

esfuerzo cayó en una absoluta postración, y fijando sus ojos enormes y

asustados en el griego, exclamó:

Sónnica la cortesana: Novela · 第 19 / 21 段