faltas de estilo al expresarse en aquella lengua ruda, y procurando dar
á sus palabras la emoción que quería infundir á los representantes de
Roma. Describió la desesperada resistencia de Sagunto y su confianza
en los auxilios de la República; aquella fe ciega que la había hecho
arrojarse fuera de las murallas y vencer al enemigo al solo anuncio de
que se presentaba en el horizonte la flota romana. Cuando él salió de
la ciudad aún tenían víveres para subsistir y alientos para defenderse.
Pero iba transcurrido mucho tiempo desde entonces: cerca de dos meses.
El mensajero había tenido que hacer su camino al través de aventuras
y peligros, unas veces por mar, aprovechando los itinerarios de las
naves comerciales, otras á pie por las costas; y en aquel momento la
situación de la ciudad debía ser desesperada. Caería Sagunto si no
acudían en su socorro: ¡y qué responsabilidad para Roma si abandonaba á
su protegida después de atraerse ésta la cólera de Hanníbal por querer
ser romana! ¡Cómo habrían de fiarse los demás pueblos de la amistad de
Roma conociendo el triste fin de Sagunto!...
Calló el griego, y el silencio penoso en que quedó el Senado revelaba
la profunda impresión de sus palabras.
Entonces, Lentulus, un viejo senador, se levantó para hablar. En medio
del silencio, su aguda voz de anciano habló del origen de Sagunto, que
si era griega por los mercaderes de Zazintho, que en ella establecieron
sus factorías, era también italiana por los rótulos de Ardea que en
remotos tiempos habían ido allá á fundar una colonia. Además, Sagunto
era la amiga de Roma. Para serle más fiel había decapitado á algunos
de sus ciudadanos que trabajaban por Cartago... ¿Qué audacia era la de
aquel jovenzuelo, hijo de Hamílcar, que olvidando los tratados de Roma
con Hasdrúbal osaba levantar la espada sobre una ciudad amiga de los
romanos? Si Roma miraba con indiferencia este atentado, el cachorro de
Hamílcar crecería en audacia, pues la juventud no tiene freno cuando
ve que el éxito corona sus imprudencias. Además, la gran ciudad no
podía tolerar tal atrevimiento. Fuera, en la puerta del _Senaculum_,
estaban los gloriosos despojos de las guerras como demostración de que
el que se levantaba contra Roma caía vencido á sus pies. Había que ser
inexorables con el enemigo y fieles con el aliado: había que llevar la
guerra á Iberia para destruir al audaz que desafiaba á Roma.
Y toda la cólera de la ciudad sombría, belicosa y dura, hablaba por la
boca de aquel anciano que avanzaba el rígido brazo por encima de las
cabezas de sus compañeros, amenazando al invisible enemigo. El vigoroso
soldado de las antiguas guerras contra los Samnitas y contra Pirro
despertaba en el viejo débil, estremeciendo sus músculos y haciendo
llamear sus ojos.
Los dos compañeros de Acteón, que no comprendían la lengua latina,
adivinaban, sin embargo, las palabras de Lentulus, y se sentían
emocionados por los elogios á la abnegación de su ciudad. Sus ojos se
empañaban con las lágrimas, sus manos rasgaban los mantos obscuros en
que iban envueltos como lúgubres mensajeros, y arrojándose á tierra
con la vehemencia de los antiguos para expresar el dolor, agitábanse
convulsos, gritando á los senadores:
--¡Salvadnos! ¡salvadnos!
La desesperación de los dos ancianos y la actitud digna del griego que,
ceñudo y silencioso, parecía la personificación de Sagunto esperando
el cumplimiento de la promesa, conmovieron al Senado y á la masa que
se agolpaba en el balaustre de la loba. Todos se agitaban, cambiando
palabras de indignación. Bajo la cúpula del _Senaculum_ resonaba el
zumbido del desorden, el eco de mil voces confundidas. Querían declarar
la guerra á Cartago inmediatamente, llamar las legiones, reunir las
naves, embarcar la expedición en el puerto de Ostia y lanzarla contra
el campamento de Hanníbal.
Un senador reclamó silencio para hablar. Era Fabio; uno de los
patricios más famosos de Roma, el descendiente de aquellos trescientos
héroes de su mismo nombre que habían muerto en un día peleando por
Roma en las riberas de Cremera. La prudencia hablaba por su boca; sus
consejos eran seguidos siempre como los más sanos: por esto el Senado
recobró su calma apenas le vió de pie.
Con reposada palabra, después de lamentar la situación de la ciudad
aliada, dijo que no se sabía si era Cartago la que había roto las
hostilidades contra Sagunto, ó si Hanníbal por su propia cuenta. Una
guerra en Iberia resultaba asunto grave para Roma, ahora que iba á
emprender una lucha más próxima con el rebelde Demetrio de Faros. Lo
oportuno era enviar una embajada á Hanníbal en su campamento, y si
el africano se negaba á levantar el sitio, que pasase á Cartago para
preguntar á sus gobernantes si aceptaban la conducta del caudillo y
exigir que éste fuera entregado á Roma en castigo de su osadía.
La solución pareció agradar al Senado. Los mismos que antes se
mostraban belicosos é intransigentes, inclinaban la cabeza como
aprobando las palabras de Fabio. El recuerdo de la insurrección de
Illiria, hacía prudentes á los más exaltados. Pensaban en el enemigo
que se alzaba casi junto á ellos, al otro lado del Adriático, y que
podía intentar con sus flotas dedicadas á la piratería la invasión
del territorio latino. Su egoísmo les hacía mirar esta empresa como
anterior á todo juramento; y para engañarse, ocultando su propia
debilidad, exageraban la importancia de la embajada al campo de
Hanníbal, afirmando que el africano levantaría el sitio y pediría
perdón á Roma apenas viese aparecer á los legados del Senado.
Acteón acogía este cambio de la asamblea con visibles muestras de
impaciencia.
--Conozco mucho á Hanníbal --gritó--. No os obedecerá; hará burla de
vosotros. Si no enviáis un ejército, es inútil el viaje de vuestros
legados.
Pero los senadores, con el ansia de ocultar la debilidad á que les
impulsaba su egoísmo, protestaron ruidosamente de las palabras de
Acteón. ¿Quién hablaba de burlarse de la República romana? ¿Quién
suponía que Hanníbal había de despreciar á los enviados del Senado?...
Podía callar aquel extranjero, que ni siquiera era hijo de la ciudad en
cuyo nombre hablaba.
Acteón bajó la cabeza. Luego murmuró dirigiéndose á sus dos viejos
compañeros, que no comprendían la resolución del Senado:
--Nuestra ciudad está perdida. Roma teme declarar la guerra á Hanníbal
y retrasa el rompimiento. Cuando quieran socorrernos, Sagunto no
existirá.
Los tres legados saguntinos recibieron la orden de salir. Los
senadores iban á designar los dos patricios que marcharían como
enviados de Roma.
Al abandonar el _Senaculum_, el más viejo de los senadores se dirigió á
Acteón.
--Dí á tus compañeros que se preparen á partir. Mañana al anochecer os
embarcaréis con los legados del Senado en el puerto de Ostia.
IX
La ciudad hambrienta
Más de quince días llevaba de viaje la trirreme de los representantes
de Roma.
Había remontado las costas del mar Tirreno, cruzando después el mar
de Liguria, de costas abruptas, y pasado ante Marsella, la próspera
colonia griega, aliada también de Roma. Después, atravesando audazmente
el gran golfo, había puesto su proa hacia Emporión y seguido á lo largo
las costas de Iberia.
Los legados de Roma eran el patricio Valerio Flaco, uno de los que con
palabras de prudencia quería mantener la paz, y Bebio Tamfilo, que
gozaba del amor de la plebe romana, á causa del interés con que miraba
sus miserias.
Acteón mostrábase impaciente por llegar á Sagunto. Quería hablar á
sus amigos, evitar el sacrificio inútil de la ciudad, describirles
el estado de ánimo de Roma, para que no persistieran en una defensa
inútil. Siete meses llevaba Sagunto de empeñada resistencia. Aún no
había comenzado el otoño cuando el ejército de Hanníbal se presentó
ante la ciudad; y ahora finalizaba el invierno.
El griego pensaba con tristeza en las gratas ilusiones que había
acariciado cuando se dirigía á Roma al través de peligros y aventuras.
Creía que su presencia en la gran ciudad, el relato de las penalidades
del pueblo aliado y fiel, indignaría á los romanos, levantando en masa
las legiones; y volvía sin soldados, en una nave donde todos, fingiendo
gran interés por Sagunto, no se conmovían gran cosa por sus desgracias;
sin otro auxilio, que las sonoras é imponentes palabras de los legados
y la loba de bronce en lo alto de un palo, como emblema de la majestad
de la embajada.
¿Qué diría la muchedumbre entusiasta y crédula que peleaba en las
murallas, cubriendo la brecha con sus pechos, y que para cobrar
nuevos ánimos le bastaba suponer la llegada de los romanos? Cambiando
el pensamiento hacia sus afectos, se preguntaba qué habría sido de
Sónnica, tan animosa, dejándole partir para que salvase á la ciudad;
cómo viviría ella, acostumbrada á la suntuosidad de una existencia
muelle y dulce, en medio de las miserias y los horrores de aquel asedio
que por su duración debía haber consumido los víveres de la ciudad y la
energía de sus defensores.
La nave dejó atrás la embocadura del Ebro, y luchando con vientos
contrarios, avistó una mañana la Acrópolis de Sagunto. De la alta
torre de Hércules se elevó una gran humareda. Habían reconocido la
embarcación, por el velamen á cuadros que usaban los barcos de guerra
de Roma.
Estaba el sol en el cenit cuando la nave, con la vela amainada y á
impulsos de la triple fila de remos, fué á entrar en el canal que
conducía al puerto de Sagunto. Tierra adentro, por encima de los
cañaverales que cubrían las marismas, veíanse los mástiles de algunas
naves cartaginesas, ancladas en el triple puerto.
Los tripulantes de la nave romana vieron llegar á escape, por la playa,
grandes grupos de jinetes. Eran escuadrones de númidas y mauritanos,
agitando sus lanzas y dando alaridos como cuando cargaban en las
batallas.
Un jinete, con armadura de bronce y la cabeza descubierta, les había
gritado para que se detuvieran. Avanzando solo, metió su caballo en el
canal, aproximándose á la nave, hasta que las aguas llegaron al vientre
de la bestia.
Acteón le reconoció:
--Ése es Hanníbal --dijo á los dos legados que estaban junto á él en la
popa de la nave, contemplando con asombro el aparato belicoso con que
les recibían antes de echar el ancla en el puerto de Sagunto.
Iban presentándose nuevos escuadrones, como si la noticia de la llegada
de la nave hubiese puesto en alarma al campamento, agolpando todas las
tropas en el puerto. Tras los grupos de jinetes llegaban á todo correr
los fieros celtíberos, los honderos baleares, todos los peones de
diversas razas que figuraban en el ejército sitiador.
Hanníbal, aun á riesgo de ahogarse, metía su caballo en las aguas del
canal para que le oyesen mejor desde la nave y extendió su mano con
tal imperio, ordenando que se detuviera, que á los pocos instantes los
remos cayeron inmóviles á lo largo del casco.
--¿Quién sois? ¿Qué queréis? --preguntó en griego.
Acteón servía de intérprete entre los romanos y el caudillo cartaginés.
--Son los legados de Roma que vienen á verte en nombre de la República.
--¿Quién eres tú, que me hablas, y cuya voz creo conocer?
Miró largo rato, poniéndose una mano sobre los ojos, y al fin reconoció
al griego.
--¿Eres tú, Acteón?... ¡Siempre tú, ateniense inquieto! Te creía dentro
de la ciudad, y has logrado salir para traerme sin duda á esos hombres.
Pues bien: diles que es tarde; ¿para qué hablar? Un caudillo que sitia
á una ciudad, sólo admite embajadores cuando está dentro de ella.
El griego repetía á los romanos las palabras de Hanníbal, traduciendo
sus respuestas.
--Escucha, africano --dijo Acteón á Hanníbal--. Los enviados de Roma
te recuerdan la amistad que tienen contraída con Sagunto. En nombre
del Senado y del pueblo romano, te intiman á que levantes el sitio y
respetes á la ciudad.
--Diles que Sagunto me ha ofendido y que ella fué la primera en
declarar la guerra sacrificando á mis amigos y negándose á respetar á
mis aliados los turdetanos.
--No es verdad, Hanníbal.
--Griego: repite á los romanos lo que te digo.
--Los legados quieren bajar á tierra. Han de hablarte en nombre de Roma.
--Es inútil: no me harán desistir de mi empeño. Además, el sitio
dura mucho, las tropas están excitadas y no es lugar seguro para los
embajadores de Roma un campamento como el mío, compuesto de gentes
feroces de diversos países, que sólo obedecen cuando están en mi
presencia. Hace pocas horas hemos sostenido un combate, y aún dura en
ellos la excitación.
Volvió al decir esto su cabeza hacia las tropas, y éstas, como si
tomasen el movimiento cual una orden ó adivinasen tal vez en los ojos
del caudillo sus ocultos designios, comenzaron á agitarse, avanzando
hacia el canal como si fueran á marchar á nado contra la nave. Los
jinetes tremolaban sus lanzas, tintas aún en la sangre del reciente
combate; elevaban sus escudos, en los cuales los africanos más salvajes
habían colocado como trofeos las cabelleras de algunos saguntinos
muertos en la última salida. Los baleares enseñaban sus dientes con
estúpida sonrisa, y sacando del zurrón las balas de arcilla, comenzaron
á disparar con la honda contra la nave romana.
--¿Lo veis? --gritaba con satisfacción Hanníbal--. Es imposible que
reciba en mi campo á los legados. Es tarde para hablar: sólo resta que
Sagunto se entregue como castigo á sus faltas.
Los legados, despreciando los proyectiles de las hondas, se apoyaban en
la borda de la nave, y avanzaban el busto cubierto por la toga, con una
arrogancia que parecía desafiar á los salvajes guerreros.
La indignación que les causaba verse acogidos con tanto desprecio,
hacía palidecer sus mejillas.
--Africano --gritó uno de los legados en latín, sin darse cuenta de
que Hanníbal no podía comprenderle--. Ya que no quieres recibir á los
enviados de Roma, vamos á Cartago á pedir que nos entreguen tu persona
por faltar á los tratados de Hasdrúbal. Roma te castigará cuando seas
nuestro prisionero.
--¿Qué dice? ¿Qué dice? --rugió Hanníbal, furioso por aquellas palabras
incomprensibles en las que adivinaba una amenaza.
Al explicárselas Acteón, el caudillo lanzó una carcajada de desprecio.
--¡Id, romanos! --gritó-- ¡id allá! Los ricos me odian y su deseo sería
aceptar vuestra petición entregándome á los enemigos: pero el pueblo me
ama y no hay en Cartago quien se atreva á venir al seno de mi ejército
para hacerme prisionero.
Llovían las flechas en torno de la nave; algunas balas de arcilla
rebotaban en sus costados, y el piloto romano dió la orden de
retroceder. Moviéronse los remos, y la nave comenzó á virar lentamente
para alejarse del canal.
--¿Pero vamos á Cartago? --preguntó el griego.
--Sí; en Cartago nos oirán mejor --contestó uno de los legados--.
Después de lo ocurrido, ó el Senado de allá nos entrega á Hanníbal ó
Roma declara la guerra á Cartago.
--Id vosotros, romanos. Mi deber está aquí.
Y antes de que pudieran evitarlo los dos senadores y los legados de
Sagunto que habían contemplado con asombro la anterior escena, el
ateniense pasó una pierna sobre la borda y se arrojó de cabeza en la
entrada del canal. Buceó un buen rato en las aguas profundas y salió á
flote cerca de la orilla, á la que corrieron infantes y jinetes para
hacerle prisionero.
Antes de pisar tierra firme, Acteón se vió rodeado por unos cuantos
honderos que se metieron en el agua hasta la cintura para apoderarse
de sus ropas sin partirlas con los camaradas. En un instante le
arrebataron su espada celtíbera, la bolsa que pendía del cinto y una
cadena de oro que guardaba en el pecho como recuerdo de Sónnica. Iban
también á quitarle su túnica de viaje, dejándolo desnudo, y comenzaba á
recibir golpes de aquella gente bárbara y cruel, cuando llegó Hanníbal,
reconociéndolo.
--¡Has preferido quedarte! Lo celebro. Después de haberme causado tanto
daño desde los muros de Sagunto, te arrepientes y vienes conmigo.
Debía abandonarte en manos de estos bárbaros que te harían pedazos;
debía crucificarte fuera de mi campamento para que te viese desde las
murallas esa griega que amas: pero recuerdo la promesa que te hice un
día y la cumplo acogiéndote como amigo.
Ordenó á uno de sus oficiales que cubriese las mojadas vestiduras del
griego con un _endromis_, manto militar con capucha de largo pelo que
usaban los soldados en invierno sobre su armadura. Después le hizo
montar en el caballo de un númida.
Emprendieron la marcha hacia el campamento. Las tropas que habían
corrido á la entrada del puerto se replegaban lentamente, mientras la
nave se alejaba mar adentro, extendiendo de nuevo su velamen. En lo
alto de la Acrópolis se había extinguido la humareda: sólo flotaban
algunas nubecillas tenues. Adivinábase de lejos el desaliento producido
en la ciudad por la inesperada fuga de la nave romana. Con ella parecía
alejarse la última esperanza de los sitiados.
Las tropas de Hanníbal, al retirarse, comentaban la escena en la
entrada del puerto entre su caudillo y los enviados de Roma. No
comprendían las palabras que se habían cruzado; pero el acento enérgico
del romano al hablar á Hanníbal, les parecía á todos ellos una amenaza.
Algunos, queriendo hacer creer que habían comprendido al embajador,
repetían un discurso imaginario, en el cual se amenazaba en nombre de
Roma con pasar á cuchillo á todo el ejército y hacer morir á Hanníbal
en una cruz. Repetían estas amenazas, aumentándolas cada cual con
invenciones propias; y cuando las tropas se encontraban con otros
destacamentos en el camino de la Sierpe ó en distintos puntos del
valle, todos afirmaban haber visto las cadenas que enseñaban desde el
buque los legados romanos para llevarse prisionero á Hanníbal, y un
rugido de furor partía del ejército.
Hanníbal admiraba satisfecho la marea de indignación que rugía en
torno de él. Los soldados, saliendo á su paso, le aclamaban con mayor
entusiasmo; oía en todas las lenguas voces de muerte contra Roma,
llamamientos al caudillo para que diese el último asalto á la ciudad,
apoderándose de ella antes que los embajadores llegasen á Cartago,
fraguando la ruina del joven héroe.
--Guárdate, Hanníbal --dijo un viejo celtíbero plantándose ante su
corcel--. Tus enemigos de Cartago, los de Hanón, se unirán á Roma para
perderte.
--El pueblo me ama --dijo el caudillo con arrogancia--. Antes que el
Senado cartaginés escuche á los romanos, Sagunto será nuestra y los
cartagineses aclamarán nuestro triunfo.
Acteón contemplaba con tristeza el aspecto desolado del paisaje, antes
tan risueño y fértil. En el puerto no había otras embarcaciones que
algunas naves de guerra de Cartago-Nova. La marinería dormía en el
Fano de Afrodita después de apoderarse de lo mejor del templo. Los
almacenes del puerto habían sido robados y destruídos; los muelles
estaban cubiertos de inmundicias. En el campo no se encontraban ni los
rastros de las antiguas quintas. La ferocidad de las tribus bárbaras
llegadas del interior, su odio á los griegos de la costa, les habían
impulsado hasta á arrancar los pavimentos multicolores, esparciendo sus
piezas. Todo el valle era una inmensa y desolada llanura. No quedaba
un árbol en pie. Para combatir el frío del invierno, habían arrancado
los bosques de higueras, las dilatadas plantaciones de olivos, las
cepas de los viñedos, destruyendo hasta las casas para calentarse con
las maderas de las techumbres. Sólo quedaban en pie muros en ruinas
y matorrales bajos. Una vegetación parásita que crecía rápidamente,
fecundada por cadáveres de hombres y bestias, extendíase por todo el
valle, borrando los antiguos caminos, escalando las ruinas y cubriendo
los riachuelos que, con los cauces rotos, esparcían sus aguas, hasta
convertir en charcas los campos hondos.
Era la obra de devastación de un ejército continuamente engrosado,
compuesto de ciento ochenta mil hombres y muchos millares de caballos.
Habían devorado en poco tiempo el agro saguntino. Los soldados,
después de destrozar todo lo que no era de uso inmediato, extendían su
rapacidad á las zonas cercanas, esparciendo cada vez más el radio de la
destrucción conforme se prolongaba el sitio.
Los víveres venían ya de muchas jornadas de distancia; los enviaban las
remotas tribus á cambio de la esperanza de botín que sabía infundirles
Hanníbal, hablando de las riquezas de Sagunto. Los elefantes habían
sido enviados algunos meses antes á Cartago-Nova por no ser de utilidad
en el asedio y resultar difícil su mantenimiento en la asolada campiña.
Sobre el agro aleteaban los cuervos en ondulantes fajas negras.
De entre los matorrales surgía el hedor de los caballos y mulos
pudriéndose abandonados. Al borde de los caminos, con los miembros
sujetos al suelo por pedruscos, veíanse los cuerpos de los bárbaros
muertos á consecuencia de las heridas y que sus compatriotas, con
arreglo á las costumbres de raza, dejaban abandonados á las aves de
rapiña. La inmensa aglomeración había infestado el ambiente del valle.
Vivían al aire libre, y, sin embargo, la suciedad del hacinamiento y el
hálito de la muerte, parecían esparcir entre las montañas y el mar una
atmósfera de mazmorra repleta de carne enferma.
Acteón, que viniendo de lejos percibía esta hediondez del campamento,
pensaba con tristeza en los sitiados. Mirando hacia la ciudad, creía
adivinar los horrores que ocultaban aquellas murallas rojizas, después
de una resistencia de siete meses.
Aproximábanse al campamento. El griego vió que esta aglomeración
militar había tomado el aspecto de una ciudad permanente. Quedaban
muy pocas tiendas de lienzo y de pieles. El invierno, que ya tocaba á
su fin, había obligado á los sitiadores á construir chozas de piedras
con techos de ramaje; casas de madera que parecían torres y servían de
apoyo á los baluartes que circunvalaban el campamento.
Hanníbal, como si adivinase los pensamientos del griego, sonreía
fieramente contemplando la obra de destrucción realizada por su
ejército en torno de la ciudad.
--Encuentras muy cambiado todo esto, ¿verdad, Acteón?
--Veo que tus tropas no han descansado mientras te alejaste para
castigar á los rebeldes de la Celtiberia.
--Marbahal, el jefe de mi caballería, es un excelente auxiliar.
Cuando volví me enseñó dos muros de Sagunto destruídos y una parte
de la ciudad en nuestro poder. ¿Ves aquella altura cerca de la
Acrópolis, dentro del recinto amurallado?... Pues es nuestra. Las
catapultas que desde aquí se distinguen, disparan sobre Sagunto,
que ha quedado reducida á una mitad de sus antiguos límites. ¡Y aún
sueñan en defenderse! ¡Aún esperan auxilios de Roma!... Testarudos.
Han construído por tercera vez una línea de murallas, y así se van
estrechando y defendiendo hasta que sólo les quede el Foro, donde
acuchillaré á los que sobrevivan... ¡Oh, ciudad orgullosa é indomable!
Yo te haré mi esclava.
El africano cambió de conversación, fijándose en su antiguo compañero.
--Al fin has visto claro y vienes conmigo. ¿Vas á seguirme con
entusiasmo? ¿Vendrás tras de mí en esa serie de empresas de las que te
hablé un día, al amanecer, en este mismo campo?... Tal vez seas rey por
haber seguido á Hanníbal como Ptolomeo lo fué por Alejandro. ¿Estás
resuelto?...
Acteón se detuvo un momento antes de contestar, y en sus ojos leyó
Hanníbal la indecisión, el deseo de engañarle.
--No mientas, griego: la mentira es para el enemigo ó para conservar la
existencia. Yo soy tu amigo y he prometido respetar tu vida. ¿Es que no
quieres seguirme?
--Pues bien; no --dijo con resolución el griego--. Mi deseo es volver
á la ciudad, y si realmente guardas algún afecto al compañero de tu
infancia, déjame partir.
--¡Pero vas á perecer ahí dentro!... No esperes misericordia si
entramos á viva fuerza por la brecha.