mostraba la gravedad de un viejo. Sus cabellos cortados al rape eran
rojos, y su mirada dura tenía una expresión de inteligencia y astucia.
Caminaba lentamente al lado de un muchacho que le escuchaba con
atención como si fuese su maestro.
--Aunque tu padre es Cónsul --decía el rojo-- debes tener presente,
Scipión, que para ser buen ciudadano y servir á la República, no sólo
hay que manejar la lanza y el caballo, sino saber trabajar la tierra
y conocer los secretos del cultivo. Tal vez algún día mandes nuestros
ejércitos, y no sólo tendrás que conquistar tierras para Roma, sino
cultivarlas y que produzcan mucho. ¿No lo comprendes?
--Sí; Catón --dijo el adolescente.
--Cada día debes aprender un mes del calendario que hicieron nuestros
antepasados. Quedando todo él fijo en tu memoria, te será más fácil
ordenar pronto y bien á tus esclavos lo que deben hacer en los campos.
Ayer te enseñé el mes de Mayo: repítelo, Scipión.
--«Mes de Mayo --recitó el muchacho frunciendo las cejas para
concentrar más su memoria--. Treinta y un días. Las nonas caen el
séptimo día. El día tiene catorce horas y media: la noche nueve horas
y media. El sol está en el signo de Tauro: el mes bajo la protección
de Apolo. Se escardan los trigos. Se esquilan las ovejas. Se lava la
lana. Se ponen en yugo los toros nuevos. Se cortan de los prados las
arvejas. Se hace la lustración de las cosechas. Sacrificios á Mercurio
y á Flora.»
--Lo recuerdas bien, Scipión. Nuestros antecesores no tenían ni
deseaban otra ciencia; les bastaba con saber lo que debía hacerse en
todos los meses del año; y con esto, y valor y audacia para conservar
sus campos y apoderarse de las tierras de los vecinos, fundaron nuestra
ciudad, que crece y crecerá hasta ser la primera de la tierra. No somos
charlatanes como los griegos, que se arrodillan con admiración ante los
monigotes de mármol y disputan como bufones sobre lo que hay más allá
de la muerte. No somos locamente ambiciosos como los cartagineses,
que basan su vida en el comercio y entregan todas sus riquezas al mar.
Nuestra vida está en la tierra; somos más rudos, pero más sólidos que
los otros pueblos; caminamos más despacio, pero iremos más lejos. En la
tierra que pisamos por vez primera, no plantamos la tienda como otros;
hundimos el arado, y por esto lo que toma Roma nadie se lo quita. No
olvides esto, Scipión.
El ateniense les seguía de cerca. Las palabras de aquel viejo de veinte
años, le enseñaban más que sus observaciones. Roma parecía hablar por
su boca en aquella lección al hijo de uno de sus cónsules.
--Debes saber también --continuó Catón-- las reglas domésticas de todo
buen ciudadano. Cuando nuestros padres querían alabar á un hombre de
bien, le llamaban «buen labrador». Este era el mayor elogio. Entonces
se vivía en las mismas tierras, en las tribus rústicas, que eran las
más honorables de todas, y no se venía á Roma más que en los días de
mercado y de comicios. Aún quedan buenos ciudadanos que hacen la vida
sana de Cincinato y de Camilo, y sólo vienen cuando se reúne el Senado:
pero la guerra, con sus expediciones á países nuevos, ha corrompido á
muchos que sólo quieren vivir en la ciudad, y el antiguo hogar romano
con su techo de tablas y sus sencillos penates lo sustituyen con casas
llenas de columnatas como si fuesen templos, y adornadas con dioses y
diosas que se hacen traer de Grecia.
El gesto austero de Catón demostraba un inmenso desprecio por estos
refinamientos importados que comenzaban á quebrantar la rudeza de su
país.
--En el campo, el buen ciudadano no debe perder ni un día. Si el tiempo
le impide salir, debe entretenerse limpiando los establos y corrales,
componiendo los enseres viejos y vigilando á las mujeres para que
remienden la ropa. Aun en los días de fiesta, se puede hacer algo:
regar los espinos, bañar el ganado, ir á la ciudad á vender aceite ó
fruta. No hay que perder el tiempo consultando á los arúspices, ó á los
augures, ni entregarse á cultos que obliguen al ciudadano á abandonar
su casa. Bastan los dioses del hogar ó de la más próxima encrucijada.
Los Lares, los Manes y los Silvanos, son suficientes para proteger á
un buen ciudadano. Nuestros padres no tuvieron otros, y, sin embargo,
fueron grandes.
El pequeño Scipión le escuchaba atentamente, pero sus ojos se fijaban
en dos mocetones de la Campania, que con el _cuculus_ caído sobre los
hombros, se daban de puñetazos junto á un vendedor de vino cocido. Las
mejillas del adolescente se coloreaban de emoción viendo los golpes que
cambiaban los dos atletas, estremeciendo sus duros músculos.
--Si el ciudadano vive en Roma --continuó Catón sin fijarse en este
incidente, que no alteraba la gravedad del Foro-- debe abrir desde
la aurora la puerta de su casa para explicar la ley á los clientes y
colocar con prudencia su dinero, enseñando á los jóvenes el arte de
aumentar los ahorros y evitar ruinosas locuras. El padre de familia
debe hacer dinero de todo y no perder nada. Si da sayos nuevos á
sus esclavos, debe recoger los viejos para otros usos. Debe vender
el aceite y lo que le quede de vino y trigo al final del año. Venda
también los bueyes viejos, las terneras, corderos, la lana, las
pieles, los carros inservibles, el herraje enmohecido, los esclavos
valetudinarios y las esclavas enfermas: venda siempre. El padre de
familia debe ser vendedor: no comprador. Fíjate bien en esto, Scipión.
Pero Scipión estaba inquieto y apenas le oía.
Los campesinos habían cesado de golpearse, y el adolescente miraba
lejos, á la parte del río, deseando marcharse.
--Catón; es la hora de la lucha. Tengo que ir á la orilla del Tíber
para amaestrarme en la carrera y el pugilato y hacer después una hora
de natación.
--Marcha cuando quieras y guarda mis consejos. Después de la lección,
sienta bien la lucha y el baño frío, que endurecen el cuerpo. El
ciudadano que quiere servir á su país, no sólo ha de ser prudente, sino
fuerte.
Se alejó el muchacho, y Catón, al volver sobre sus pasos, encontró al
ateniense que le seguía. El aspecto de Acteón le atrajo, y se aproximó
á él.
--Griego --le preguntó--. ¿Qué te parece nuestra ciudad?
--Es un pueblo triste, pero un gran pueblo. Sólo estoy en Roma tres
días.
--¿Eres acaso ese mensajero de Sagunto que hoy se presentará ante el
Senado?
Acteón contestó afirmativamente, y el romano se apoyó en su brazo con
grave familiaridad, como si fuese un antiguo amigo.
--Conseguirás muy poco --dijo--. El Senado sufre ahora una enfermedad:
el exceso de prudencia. Yo aborrezco las locuras, no creo que Hanníbal
sea un gran capitán desde que le veo cometer audacias como el sitio
de Sagunto; pero no puedo tolerar con mi silencio la meticulosidad
con que procede Roma en sus asuntos. Quiere apurar todos los medios
para sostener la paz: teme la guerra, cuando la guerra con Cartago es
inevitable. Ella y nuestra ciudad no caben en el mismo saco. El mundo
es estrecho para los dos. Siempre digo lo mismo: «Destruyamos Cartago»,
y se me ríen. Hace algunos años, al estallar allá la guerra de los
mercenarios, podíamos haberla aplastado con gran facilidad. Con enviar
á África un par de legiones, los númidas sublevados y los mercenarios,
hubiesen acabado con Cartago. Pero tuvimos miedo; Roma sólo se ocupaba
después de la victoria en restañar sus heridas. Temimos no fuese peor
el triunfo de la soldadesca de todos los países, y salvamos á Cartago,
ayudándola á destruir sus mercenarios sublevados.
--Ahora es diferente --dijo Acteón con energía--. Sagunto es una
aliada, y si Hanníbal la hostiliza, es por el amor que la ciudad
profesa á Roma.
--Sí; por eso los romanos nos interesamos por su suerte; pero no
esperes gran cosa del Senado. Le preocupan más los piratas del
Adriático que asolan nuestras costas, la sublevación de Demetrio de
Faros en la Illiria, contra el cual vamos á enviar un ejército mandado
por el cónsul Lucio Emilio.
--Pero, ¿y Sagunto? ¿Si la abandonáis, cómo va á resistir al audaz
Hanníbal, que acaudilla las tribus más belicosas de Iberia? ¿Qué dirán
aquellos infelices de la seriedad con que Roma cumple sus alianzas?...
--Procura convencer al Senado con todas esas razones. Yo estoy
convencido: veo en Cartago la única enemiga de Roma... ¡Si todos fuesen
como yo!... Aceptaría las audacias del hijo de Hamílcar y declararía la
guerra á Cartago, yendo á buscarla en su propio territorio. Ocurra lo
que ocurra, nosotros somos invencibles. Italia es una masa compacta,
y como centinelas avanzados de nuestro campo, tenemos por Oriente la
Illiria, por la parte que mira al África la Sicilia y al Occidente la
Cerdeña, mientras que los terrenos que domina Cartago forman una cinta
extensa de novecientas leguas, que recorre gran parte de las costas
del África y todas las de Iberia; pero tan estrecha, y poblada por tan
diversas razas, que con facilidad puede romperse. Aunque Roma pierda
cien batallas, siempre será Roma; y una derrota de Cartago basta para
que se disuelva como pueblo...
--¡Si todos pensasen como tú, Catón!...
--Si el Senado pensase como yo, despreciaría á Demetrio de Faros y hace
días que sus legiones estarían en Sagunto. Tal vez se evitara con ello
un peligro, ¡porque quién sabe dónde irá ese joven africano, y qué
no osará si consigue conquistar sin obstáculos una ciudad aliada de
Roma!... Por esto yo, que soy un ciudadano libre, ejerzo de pedagogo,
como has visto hace poco. Ese muchacho es hijo del cónsul Publio
Cornelio Scipión, y reviven en él con nueva fuerza todas las virtudes
de su familia. Tal vez sea él el destinado á cortar el paso á Hanníbal,
á destruir el insolente poderío de esa Cartago, con la que tropezamos
siempre.
Aún vagaron algún tiempo por el Foro hablando de las costumbres de Roma
y discutiendo acaloradamente al compararlas con las de Atenas. El
severo romano tenía que avistarse con varios patricios para sus asuntos
particulares, que llevaba con gran escrupulosidad, y se despidió del
griego.
Al quedar solo Acteón, sintió hambre. Aún faltaba mucho tiempo para la
hora en que se reunía el Senado, y cansado de la sorda agitación del
Foro salió de él, rodeando la falda del Capitolio y siguiendo una calle
más ancha que las otras, con edificios de piedra, que mostraban al
través de sus puertas la relativa abundancia de las familias patricias.
Entró en una panadería, golpeando con un as la piedra del mostrador
abandonado. Desde una especie de cueva le contestó una voz quejumbrosa.
El griego vió en el lúgubre antro la muela de triturar el trigo, y
uncido á ella un hombre, un esclavo, que la empujaba con gran esfuerzo.
Salió el esclavo casi desnudo, limpiándose el sudor que chorreaba de
su frente, y cogiendo el dinero del griego, dió á éste un pan redondo.
Después quedó en pie, contemplando á Acteón con curiosidad.
--¿Es tuya la panadería? --preguntó éste.
--No soy más que un esclavo --repuso con tristeza--. Mi amo ha tenido
que ir al Foro para hablar con los tratantes de trigo... Tú eres
griego, ¿verdad?
Y antes de que Acteón se dignase contestarle, se apresuró á añadir con
melancólico orgullo:
--Yo no he sido siempre esclavo. Hace poco tiempo que lo soy, y cuando
gozaba de libertad, mi ferviente deseo era visitar tu país. ¡Oh,
Atenas! La ciudad donde los poetas son dioses...
Y recitó en griego algunos versos del _Prometeo_ de Esquilo, asombrando
á Acteón con la pureza de su acento y la expresión que sabía comunicar
á sus palabras.
--¿Es que en Roma os dedican vuestros amos á la poesía?-- dijo el
ateniense riendo.
--Yo era poeta antes de ser esclavo. Mi nombre es Plauto.
Y mirando en torno como si temiera ser sorprendido por la familia de
su amo, continuó hablando, feliz por librarse algunos momentos del
tormento de la muela.
--He escrito comedias. Intenté establecer en Roma el teatro, que es
entre vosotros casi una religión. Los romanos son poco sensibles á la
poesía. Aman las farsas; una tragedia que á vosotros os hace llorar,
les dejaría fríos: una comedia de Aristófanes les haría dormir. Sólo
gustan, ateniense, de los bufones etruscos, de los grotescos personajes
de las farsas que llaman _atelanas_ y de los mascarones de agudos
dientes y cabeza deforme que desfilan rugiendo obscenidades en las
pompas del triunfo. Apedrearían á un héroe de vuestras tragedias,
y, en cambio, braman de entusiasmo cuando en la entrada de un cónsul
victorioso, pasan los soldados disfrazados con una piel de cabrón y
un penacho de erizadas crines, y ríen al ver cómo se vengan de su
humildad, insultando al vencedor tras su carro triunfal. Yo escribí
comedias para este pueblo y aún las escribo en los momentos que mi
amo cesa de apalearme para que dé vueltas al molino. Los patricios,
los ciudadanos libres no gustan de verse sobre la escena. Aquí
despedazarían á Aristófanes que sacaba á las tablas á los primeros
hombres de Atenas. Mis héroes son esclavos, extranjeros y mercenarios,
y hacían reir mucho al público. He acabado una comedia ahí dentro, en
ese antro, ridiculizando las fanfarronadas de los guerreros. Te la
recitaría si no temiese que de un momento á otro llegue mi amo.
--¿Y cómo has caído en tan mísera situación después de divertir á tu
pueblo?
--Cometí la locura de fundar en Roma el primer teatro, á imitación de
los de Grecia. Era una cerca de tablas en las afueras de la ciudad.
Pedí dinero prestado, contraje deudas: el populacho venía á reir, pero
daba poco. Me arruiné, y las sabias leyes de Roma condenan al que no
puede pagar, á ser esclavo de su acreedor. Este panadero, que antes
reía mis comedias y me prestaba gustoso algunos sacos de cobre, se
venga ahora de la pasada admiración, haciéndome dar vueltas á la muela,
porque resulto más barato que un asno. Cada carcajada del pasado se
trueca en un palo sobre mis espaldas. Es el destino de los poetas.
También vosotros, al gran Esquilo, que siempre fué hombre libre, le
agradecíais los versos á pedradas.
Calló Plauto, y sonriendo melancólicamente, añadió:
--Confío en el porvenir. No siempre he de ser esclavo; tal vez
encontraré quien me devuelva la libertad. Los romanos que hacen la
guerra y ven nuevos países, vuelven con más dulces costumbres y
aman las artes. Seré libre, fundaré un nuevo teatro, y entonces...
entonces...
Y en su mirada brillaba la esperanza, como si viese ya realizados los
ensueños con que embellecía la lobreguez de su antro, mientras rodaba
jadeante como una bestia el enorme cono de piedra.
Sonó ruido en el interior de la casa, y antes de que pudieran verle
los hijos de su amo, Plauto corrió á uncirse de nuevo á la barra de
la muela, mientras el griego salía de la tahona, asombrado por el
encuentro.
¿Qué pueblo era aquel que convertía al deudor en esclavo y hacía de los
poetas bestias de carga?...
El griego devoró su pan, paseando por el Foro. Aguardaba la hora de
reunión del Senado, y para emplear su tiempo, subió á la cumbre del
Palatino, el terreno sagrado donde estaba la cuna de Roma. Allí vió el
antro lupercal, en cuyo fondo fueron amamantados por la loba, Rómulo
y Remo. En la entrada de la angosta cueva extendía sus añosas ramas,
desnudas por el invierno, la higuera Rumeal, árbol famoso á cuya sombra
habían jugueteado los dos gemelos, fundadores de la ciudad. Junto al
árbol, sobre un pedestal de granito, elevábase la loba, de bronce
obscuro y lustroso, obra de un artista etrusco, con las espantables
fauces entreabiertas y el vientre erizado por una doble fila de ubres,
á las cuales se agarraban, arrastrándose, dos niños desnudos.
Acteón contempló desde esta altura la inmensa ciudad, como un oleaje de
tejados entre las siete colinas, invadiendo las alturas y esparciéndose
por las profundas depresiones del terreno. Casi al lado del Palatino
levantábase el Capitolio, la gran fortaleza de Roma, sobre las desnudas
fragosidades de la roca Tarpeya; y el griego pasó de una altura á otra,
para ver de cerca el templo de Júpiter Capitolino, más célebre por su
fama que por su hermosura.
Dejó á sus espaldas el rudo templo de Marte, que ocupaba el lugar más
alto del Palatino, y siguiendo una vereda entre abruptas rocas, pasó
al Capitolio. Encontró en su camino á los sacerdotes de Júpiter, que
caminaban con hierática rigidez, como si estuvieran ofreciendo siempre
sacrificios á su dios. Vió las vestales arrebujadas en sus amplios
velos blancos, andando con paso varonil. Algunos _milites_ subían al
templo de Marte, con el ancho pecho forrado de fajas superpuestas de
cobre, los desnudos muslos cubiertos por tiras de lana que pendían
del talle, una mano apoyada en el pomo de su corta espada y hablando
con entusiasmo de la próxima campaña de Illiria, sin acordarse de la
situación de sus aliados de Iberia.
Acteón entró en el sagrado recinto del Capitolio, cercado de obscuras
murallas. Era el antiguo monte _Tarpeyus_, con sus dos cumbres unidas
por una extensa meseta. La parte más alta, que era la septentrional,
estaba ocupada por el _Arx_, ó sea la ciudadela de Roma; en la
meridional estaba el templo de Júpiter Capitolino, rodeado de robustas
columnas.
El griego entró en la ciudadela, famosa por su resistencia cuando la
invasión de los galos. Al borde de una balsa, ante los templos que se
aglomeraban en el fuerte recinto, vió las aves sagradas; los gansos
que, con sus graznidos en medio del silencio de la noche, habían
librado á Roma de la sorpresa de los invasores. Después atravesó toda
la meseta baja que parecía dividir en dos partes la colina, y se
aproximó al gran Fano de Roma.
Una escalinata de cien gradas conducía al templo, construído en tiempos
del último Tarquino en honor de las tres divinidades de Roma, Júpiter,
Juno y Minerva. Constaba el edificio de tres _cellæ_ ó santuarios
paralelos con las tres puertas abiertas bajo el mismo frontón. El de
en medio era el de Júpiter, y los de los lados pertenecían á las dos
diosas. Una triple fila de columnas sostenían el frontón, en cuyos
ángulos se encabritaban algunos caballos de piedra de grosera labor.
Dos filas de columnas corrían por los lados del templo, formando un
pórtico, á cuya sombra paseaban los romanos más viejos hablando de los
asuntos de la ciudad.
El templo había sido construído por artistas llamados de la Etruria;
y bajo las columnas veíanse estatuas traídas de las expediciones
á Sicilia y de las diversas guerras sostenidas por Roma. Aquel
pueblo rudo era incapaz de crear artistas, pero tenía soldados para
proporcionarse el arte por medio de la guerra y la rapiña.
El ateniense entró en el santuario de en medio, perteneciente á
Júpiter, y vió la imagen del dios en barro cocido, con una lanza
dorada en la diestra. Ante él humeaba continuamente el altar de los
sacrificios. Al salir del templo, miró el _gnomon_ ó reloj de sol, que
en aquella altura marcaba la hora á toda Roma.
Ya era tiempo de bajar al _Senaculum_, antiguo edificio al pie de la
colina Tarpeya, entre el Capitolio y el Foro, que muchos años después
se convirtió en templo de la Concordia. Al llegar á las gradas que
daban acceso á él, encontró Acteón á los dos legados enviados por
Sagunto antes de comenzar el sitio; dos viejos agricultores que por
primera vez habían abandonado sus casas, y se mostraban abrumados
por los largos meses de permanencia en Roma, con sus visitas que no
terminaban nunca, y las entrevistas y súplicas sin resultado. Aturdidos
los dos saguntinos, impotentes ante una ciudad que nunca respondía
definitivamente á sus palabras, seguían como autómatas al desenvuelto
griego, que entraba en todas partes como en casa propia, y hablaba
distintos idiomas, cual si el mundo entero fuese su patria.
Iban llegando los senadores. Unos venían de sus negocios de la ciudad,
y se presentaban vistiendo la toga blanca con franja de púrpura,
seguidos de sus clientes, que volvían la vista á todos lados como
para atraer la atención pública sobre su majestuoso protector. Otros
llegaban del campo, detenían su carro ante las gradas del _Senaculum_,
y entregando las riendas á los esclavos subían al templo con la toga
arrollada sobre el brazo, vistiendo el corto sayo de lana burda de los
agricultores y esparciendo en torno de ellos el hedor de sus establos
y cosechas. Eran hombres maduros, que mostraban en la dureza de los
recios músculos los esfuerzos de su vida, en continua lucha con la
tierra y los enemigos: ancianos de luenga barba y rostro apergaminado
que, trémulos por la vejez, revelaban aún en la mirada la seguridad que
tenían en sus perdidas fuerzas. La muchedumbre del Foro, corriéndose
hacia las gradas del _Senaculum_, les contemplaba con admiración y
respeto. Eran los padres de la República: la cabeza de Roma.
Los legados de Sagunto subieron la escalinata del templo. Bajo las
columnas que sostenían el frontón, amontonábanse un sinnúmero de
despojos de las últimas guerras, depositados por los vencedores al
desfilar en el Foro, entre la multitud que les saludaba agitando ramas
de laurel. Acteón vió escudos atravesados por el hierro, espadas
enmohecidas por la sangre, carros de guerra con el timón roto y las
doradas ruedas sucias del barro de las batallas. Eran los despojos de
la guerra de los Samnitas. Más allá, alineados á lo largo del muro, una
fila de espantosos enanos de madera teñidos de rojo y azul, arrancados
de las proas de las naves cartaginesas después de la gran victoria de
las islas Egatas: las barras de hierro que cerraban las puertas de
muchas ciudades conquistadas por los romanos; los estandartes de oro
con fantásticos animales que guiaban á las tropas de Pirro; los enormes
colmillos de los elefantes que este descendiente de Aquiles había hecho
marchar contra las legiones de Roma; los cascos con cuernos ó alas de
águila de los ligurios; los dardos de las tribus de los Alpes; y al
lado de la puerta, como un trofeo de honor, la armadura del glorioso
Camilo, paseada por la ciudad en triunfo después que el gran romano
arrojó á los galos del Capitolio. Á lo largo de los muros, como extraño
adorno, pendía un extenso harapo negruzco y apergaminado. Era la piel
de la gran serpiente que durante un día entero había hecho retroceder
á todo el ejército de Atilio Régulo, cuando éste, en su expedición
al África, marchaba á la conquista de Cartago. El horrible monstruo,
insensible á las flechas, devoró muchos soldados, hasta que cayó
aplastado bajo una lluvia de piedras, enviando Régulo á Roma la piel
del reptil como testimonio de la aventura.
Los enviados de Sagunto esperaron un buen rato, hasta que un centurión
les hizo entrar en el _Senaculum_.
El griego, al pasear su mirada por el hemiciclo, quedó turbado ante
la majestad de aquella asamblea. Recordaba la entrada de los galos en
Roma; el asombro de los bárbaros ante aquellos ancianos, firmes en
sus sillas de mármol, envueltos como fantasmas en los nítidos velos
que sólo dejaban al descubierto la barba de plata, y empuñando el
cetro de marfil con la majestad divina que parecía brillar en sus
ojos inmóviles. Sólo los bárbaros, ebrios de sangre, podían osar el
exterminio de una ancianidad tan imponente.
Eran más de doscientos. Entre ellos quedaban espacios libres, los
asientos de los senadores que no habían podido asistir; y sobre el
blanco graderío extendíanse las blancas togas como una nevada nueva
sobre un suelo ya helado. Tras ellos elevábase una fila de columnas en
semicírculo, sosteniendo la cúpula, por la que se filtraba una claridad
crepuscular que parecía favorecer la meditación y el recogimiento.
Una balaustrada baja de piedra, cerraba el hemiciclo, y al otro lado
de ella se agolpaban los ciudadanos importantes que no tenían la
investidura de senador. En el centro, la barrera estaba cortada por
un pedestal cuadrado, sosteniendo la loba de bronce con los gemelos
agarrados á sus pechos, y en la base, en grandes letras, el lema de
la suprema autoridad de Roma: S. P. Q. R. Un trípode sostenía un
braserillo ante el pedestal, y sobre los tizones ondeaba una nube azul
de incienso.
Los tres legados se sentaron en sillas de mármol, junto á la imagen de
la loba, ante la triple fila de hombres blancos é inmóviles.
Algunos apoyaban la barba en la mano, como para oir mejor.
Podían hablar: el Senado les escuchaba. Y Acteón, impulsado por las
miradas suplicantes de sus dos compañeros, se levantó. En su ánimo no
duraban mucho las impresiones; se había amortiguado ya la emoción que
le produjo en el primer instante la majestad de la Asamblea.