El griego se fijó en un joven que apenas llegado á los veinte años,

mostraba la gravedad de un viejo. Sus cabellos cortados al rape eran

rojos, y su mirada dura tenía una expresión de inteligencia y astucia.

Caminaba lentamente al lado de un muchacho que le escuchaba con

atención como si fuese su maestro.

--Aunque tu padre es Cónsul --decía el rojo-- debes tener presente,

Scipión, que para ser buen ciudadano y servir á la República, no sólo

hay que manejar la lanza y el caballo, sino saber trabajar la tierra

y conocer los secretos del cultivo. Tal vez algún día mandes nuestros

ejércitos, y no sólo tendrás que conquistar tierras para Roma, sino

cultivarlas y que produzcan mucho. ¿No lo comprendes?

--Sí; Catón --dijo el adolescente.

--Cada día debes aprender un mes del calendario que hicieron nuestros

antepasados. Quedando todo él fijo en tu memoria, te será más fácil

ordenar pronto y bien á tus esclavos lo que deben hacer en los campos.

Ayer te enseñé el mes de Mayo: repítelo, Scipión.

--«Mes de Mayo --recitó el muchacho frunciendo las cejas para

concentrar más su memoria--. Treinta y un días. Las nonas caen el

séptimo día. El día tiene catorce horas y media: la noche nueve horas

y media. El sol está en el signo de Tauro: el mes bajo la protección

de Apolo. Se escardan los trigos. Se esquilan las ovejas. Se lava la

lana. Se ponen en yugo los toros nuevos. Se cortan de los prados las

arvejas. Se hace la lustración de las cosechas. Sacrificios á Mercurio

y á Flora.»

--Lo recuerdas bien, Scipión. Nuestros antecesores no tenían ni

deseaban otra ciencia; les bastaba con saber lo que debía hacerse en

todos los meses del año; y con esto, y valor y audacia para conservar

sus campos y apoderarse de las tierras de los vecinos, fundaron nuestra

ciudad, que crece y crecerá hasta ser la primera de la tierra. No somos

charlatanes como los griegos, que se arrodillan con admiración ante los

monigotes de mármol y disputan como bufones sobre lo que hay más allá

de la muerte. No somos locamente ambiciosos como los cartagineses,

que basan su vida en el comercio y entregan todas sus riquezas al mar.

Nuestra vida está en la tierra; somos más rudos, pero más sólidos que

los otros pueblos; caminamos más despacio, pero iremos más lejos. En la

tierra que pisamos por vez primera, no plantamos la tienda como otros;

hundimos el arado, y por esto lo que toma Roma nadie se lo quita. No

olvides esto, Scipión.

El ateniense les seguía de cerca. Las palabras de aquel viejo de veinte

años, le enseñaban más que sus observaciones. Roma parecía hablar por

su boca en aquella lección al hijo de uno de sus cónsules.

--Debes saber también --continuó Catón-- las reglas domésticas de todo

buen ciudadano. Cuando nuestros padres querían alabar á un hombre de

bien, le llamaban «buen labrador». Este era el mayor elogio. Entonces

se vivía en las mismas tierras, en las tribus rústicas, que eran las

más honorables de todas, y no se venía á Roma más que en los días de

mercado y de comicios. Aún quedan buenos ciudadanos que hacen la vida

sana de Cincinato y de Camilo, y sólo vienen cuando se reúne el Senado:

pero la guerra, con sus expediciones á países nuevos, ha corrompido á

muchos que sólo quieren vivir en la ciudad, y el antiguo hogar romano

con su techo de tablas y sus sencillos penates lo sustituyen con casas

llenas de columnatas como si fuesen templos, y adornadas con dioses y

diosas que se hacen traer de Grecia.

El gesto austero de Catón demostraba un inmenso desprecio por estos

refinamientos importados que comenzaban á quebrantar la rudeza de su

país.

--En el campo, el buen ciudadano no debe perder ni un día. Si el tiempo

le impide salir, debe entretenerse limpiando los establos y corrales,

componiendo los enseres viejos y vigilando á las mujeres para que

remienden la ropa. Aun en los días de fiesta, se puede hacer algo:

regar los espinos, bañar el ganado, ir á la ciudad á vender aceite ó

fruta. No hay que perder el tiempo consultando á los arúspices, ó á los

augures, ni entregarse á cultos que obliguen al ciudadano á abandonar

su casa. Bastan los dioses del hogar ó de la más próxima encrucijada.

Los Lares, los Manes y los Silvanos, son suficientes para proteger á

un buen ciudadano. Nuestros padres no tuvieron otros, y, sin embargo,

fueron grandes.

El pequeño Scipión le escuchaba atentamente, pero sus ojos se fijaban

en dos mocetones de la Campania, que con el _cuculus_ caído sobre los

hombros, se daban de puñetazos junto á un vendedor de vino cocido. Las

mejillas del adolescente se coloreaban de emoción viendo los golpes que

cambiaban los dos atletas, estremeciendo sus duros músculos.

--Si el ciudadano vive en Roma --continuó Catón sin fijarse en este

incidente, que no alteraba la gravedad del Foro-- debe abrir desde

la aurora la puerta de su casa para explicar la ley á los clientes y

colocar con prudencia su dinero, enseñando á los jóvenes el arte de

aumentar los ahorros y evitar ruinosas locuras. El padre de familia

debe hacer dinero de todo y no perder nada. Si da sayos nuevos á

sus esclavos, debe recoger los viejos para otros usos. Debe vender

el aceite y lo que le quede de vino y trigo al final del año. Venda

también los bueyes viejos, las terneras, corderos, la lana, las

pieles, los carros inservibles, el herraje enmohecido, los esclavos

valetudinarios y las esclavas enfermas: venda siempre. El padre de

familia debe ser vendedor: no comprador. Fíjate bien en esto, Scipión.

Pero Scipión estaba inquieto y apenas le oía.

Los campesinos habían cesado de golpearse, y el adolescente miraba

lejos, á la parte del río, deseando marcharse.

--Catón; es la hora de la lucha. Tengo que ir á la orilla del Tíber

para amaestrarme en la carrera y el pugilato y hacer después una hora

de natación.

--Marcha cuando quieras y guarda mis consejos. Después de la lección,

sienta bien la lucha y el baño frío, que endurecen el cuerpo. El

ciudadano que quiere servir á su país, no sólo ha de ser prudente, sino

fuerte.

Se alejó el muchacho, y Catón, al volver sobre sus pasos, encontró al

ateniense que le seguía. El aspecto de Acteón le atrajo, y se aproximó

á él.

--Griego --le preguntó--. ¿Qué te parece nuestra ciudad?

--Es un pueblo triste, pero un gran pueblo. Sólo estoy en Roma tres

días.

--¿Eres acaso ese mensajero de Sagunto que hoy se presentará ante el

Senado?

Acteón contestó afirmativamente, y el romano se apoyó en su brazo con

grave familiaridad, como si fuese un antiguo amigo.

--Conseguirás muy poco --dijo--. El Senado sufre ahora una enfermedad:

el exceso de prudencia. Yo aborrezco las locuras, no creo que Hanníbal

sea un gran capitán desde que le veo cometer audacias como el sitio

de Sagunto; pero no puedo tolerar con mi silencio la meticulosidad

con que procede Roma en sus asuntos. Quiere apurar todos los medios

para sostener la paz: teme la guerra, cuando la guerra con Cartago es

inevitable. Ella y nuestra ciudad no caben en el mismo saco. El mundo

es estrecho para los dos. Siempre digo lo mismo: «Destruyamos Cartago»,

y se me ríen. Hace algunos años, al estallar allá la guerra de los

mercenarios, podíamos haberla aplastado con gran facilidad. Con enviar

á África un par de legiones, los númidas sublevados y los mercenarios,

hubiesen acabado con Cartago. Pero tuvimos miedo; Roma sólo se ocupaba

después de la victoria en restañar sus heridas. Temimos no fuese peor

el triunfo de la soldadesca de todos los países, y salvamos á Cartago,

ayudándola á destruir sus mercenarios sublevados.

--Ahora es diferente --dijo Acteón con energía--. Sagunto es una

aliada, y si Hanníbal la hostiliza, es por el amor que la ciudad

profesa á Roma.

--Sí; por eso los romanos nos interesamos por su suerte; pero no

esperes gran cosa del Senado. Le preocupan más los piratas del

Adriático que asolan nuestras costas, la sublevación de Demetrio de

Faros en la Illiria, contra el cual vamos á enviar un ejército mandado

por el cónsul Lucio Emilio.

--Pero, ¿y Sagunto? ¿Si la abandonáis, cómo va á resistir al audaz

Hanníbal, que acaudilla las tribus más belicosas de Iberia? ¿Qué dirán

aquellos infelices de la seriedad con que Roma cumple sus alianzas?...

--Procura convencer al Senado con todas esas razones. Yo estoy

convencido: veo en Cartago la única enemiga de Roma... ¡Si todos fuesen

como yo!... Aceptaría las audacias del hijo de Hamílcar y declararía la

guerra á Cartago, yendo á buscarla en su propio territorio. Ocurra lo

que ocurra, nosotros somos invencibles. Italia es una masa compacta,

y como centinelas avanzados de nuestro campo, tenemos por Oriente la

Illiria, por la parte que mira al África la Sicilia y al Occidente la

Cerdeña, mientras que los terrenos que domina Cartago forman una cinta

extensa de novecientas leguas, que recorre gran parte de las costas

del África y todas las de Iberia; pero tan estrecha, y poblada por tan

diversas razas, que con facilidad puede romperse. Aunque Roma pierda

cien batallas, siempre será Roma; y una derrota de Cartago basta para

que se disuelva como pueblo...

--¡Si todos pensasen como tú, Catón!...

--Si el Senado pensase como yo, despreciaría á Demetrio de Faros y hace

días que sus legiones estarían en Sagunto. Tal vez se evitara con ello

un peligro, ¡porque quién sabe dónde irá ese joven africano, y qué

no osará si consigue conquistar sin obstáculos una ciudad aliada de

Roma!... Por esto yo, que soy un ciudadano libre, ejerzo de pedagogo,

como has visto hace poco. Ese muchacho es hijo del cónsul Publio

Cornelio Scipión, y reviven en él con nueva fuerza todas las virtudes

de su familia. Tal vez sea él el destinado á cortar el paso á Hanníbal,

á destruir el insolente poderío de esa Cartago, con la que tropezamos

siempre.

Aún vagaron algún tiempo por el Foro hablando de las costumbres de Roma

y discutiendo acaloradamente al compararlas con las de Atenas. El

severo romano tenía que avistarse con varios patricios para sus asuntos

particulares, que llevaba con gran escrupulosidad, y se despidió del

griego.

Al quedar solo Acteón, sintió hambre. Aún faltaba mucho tiempo para la

hora en que se reunía el Senado, y cansado de la sorda agitación del

Foro salió de él, rodeando la falda del Capitolio y siguiendo una calle

más ancha que las otras, con edificios de piedra, que mostraban al

través de sus puertas la relativa abundancia de las familias patricias.

Entró en una panadería, golpeando con un as la piedra del mostrador

abandonado. Desde una especie de cueva le contestó una voz quejumbrosa.

El griego vió en el lúgubre antro la muela de triturar el trigo, y

uncido á ella un hombre, un esclavo, que la empujaba con gran esfuerzo.

Salió el esclavo casi desnudo, limpiándose el sudor que chorreaba de

su frente, y cogiendo el dinero del griego, dió á éste un pan redondo.

Después quedó en pie, contemplando á Acteón con curiosidad.

--¿Es tuya la panadería? --preguntó éste.

--No soy más que un esclavo --repuso con tristeza--. Mi amo ha tenido

que ir al Foro para hablar con los tratantes de trigo... Tú eres

griego, ¿verdad?

Y antes de que Acteón se dignase contestarle, se apresuró á añadir con

melancólico orgullo:

--Yo no he sido siempre esclavo. Hace poco tiempo que lo soy, y cuando

gozaba de libertad, mi ferviente deseo era visitar tu país. ¡Oh,

Atenas! La ciudad donde los poetas son dioses...

Y recitó en griego algunos versos del _Prometeo_ de Esquilo, asombrando

á Acteón con la pureza de su acento y la expresión que sabía comunicar

á sus palabras.

--¿Es que en Roma os dedican vuestros amos á la poesía?-- dijo el

ateniense riendo.

--Yo era poeta antes de ser esclavo. Mi nombre es Plauto.

Y mirando en torno como si temiera ser sorprendido por la familia de

su amo, continuó hablando, feliz por librarse algunos momentos del

tormento de la muela.

--He escrito comedias. Intenté establecer en Roma el teatro, que es

entre vosotros casi una religión. Los romanos son poco sensibles á la

poesía. Aman las farsas; una tragedia que á vosotros os hace llorar,

les dejaría fríos: una comedia de Aristófanes les haría dormir. Sólo

gustan, ateniense, de los bufones etruscos, de los grotescos personajes

de las farsas que llaman _atelanas_ y de los mascarones de agudos

dientes y cabeza deforme que desfilan rugiendo obscenidades en las

pompas del triunfo. Apedrearían á un héroe de vuestras tragedias,

y, en cambio, braman de entusiasmo cuando en la entrada de un cónsul

victorioso, pasan los soldados disfrazados con una piel de cabrón y

un penacho de erizadas crines, y ríen al ver cómo se vengan de su

humildad, insultando al vencedor tras su carro triunfal. Yo escribí

comedias para este pueblo y aún las escribo en los momentos que mi

amo cesa de apalearme para que dé vueltas al molino. Los patricios,

los ciudadanos libres no gustan de verse sobre la escena. Aquí

despedazarían á Aristófanes que sacaba á las tablas á los primeros

hombres de Atenas. Mis héroes son esclavos, extranjeros y mercenarios,

y hacían reir mucho al público. He acabado una comedia ahí dentro, en

ese antro, ridiculizando las fanfarronadas de los guerreros. Te la

recitaría si no temiese que de un momento á otro llegue mi amo.

--¿Y cómo has caído en tan mísera situación después de divertir á tu

pueblo?

--Cometí la locura de fundar en Roma el primer teatro, á imitación de

los de Grecia. Era una cerca de tablas en las afueras de la ciudad.

Pedí dinero prestado, contraje deudas: el populacho venía á reir, pero

daba poco. Me arruiné, y las sabias leyes de Roma condenan al que no

puede pagar, á ser esclavo de su acreedor. Este panadero, que antes

reía mis comedias y me prestaba gustoso algunos sacos de cobre, se

venga ahora de la pasada admiración, haciéndome dar vueltas á la muela,

porque resulto más barato que un asno. Cada carcajada del pasado se

trueca en un palo sobre mis espaldas. Es el destino de los poetas.

También vosotros, al gran Esquilo, que siempre fué hombre libre, le

agradecíais los versos á pedradas.

Calló Plauto, y sonriendo melancólicamente, añadió:

--Confío en el porvenir. No siempre he de ser esclavo; tal vez

encontraré quien me devuelva la libertad. Los romanos que hacen la

guerra y ven nuevos países, vuelven con más dulces costumbres y

aman las artes. Seré libre, fundaré un nuevo teatro, y entonces...

entonces...

Y en su mirada brillaba la esperanza, como si viese ya realizados los

ensueños con que embellecía la lobreguez de su antro, mientras rodaba

jadeante como una bestia el enorme cono de piedra.

Sonó ruido en el interior de la casa, y antes de que pudieran verle

los hijos de su amo, Plauto corrió á uncirse de nuevo á la barra de

la muela, mientras el griego salía de la tahona, asombrado por el

encuentro.

¿Qué pueblo era aquel que convertía al deudor en esclavo y hacía de los

poetas bestias de carga?...

El griego devoró su pan, paseando por el Foro. Aguardaba la hora de

reunión del Senado, y para emplear su tiempo, subió á la cumbre del

Palatino, el terreno sagrado donde estaba la cuna de Roma. Allí vió el

antro lupercal, en cuyo fondo fueron amamantados por la loba, Rómulo

y Remo. En la entrada de la angosta cueva extendía sus añosas ramas,

desnudas por el invierno, la higuera Rumeal, árbol famoso á cuya sombra

habían jugueteado los dos gemelos, fundadores de la ciudad. Junto al

árbol, sobre un pedestal de granito, elevábase la loba, de bronce

obscuro y lustroso, obra de un artista etrusco, con las espantables

fauces entreabiertas y el vientre erizado por una doble fila de ubres,

á las cuales se agarraban, arrastrándose, dos niños desnudos.

Acteón contempló desde esta altura la inmensa ciudad, como un oleaje de

tejados entre las siete colinas, invadiendo las alturas y esparciéndose

por las profundas depresiones del terreno. Casi al lado del Palatino

levantábase el Capitolio, la gran fortaleza de Roma, sobre las desnudas

fragosidades de la roca Tarpeya; y el griego pasó de una altura á otra,

para ver de cerca el templo de Júpiter Capitolino, más célebre por su

fama que por su hermosura.

Dejó á sus espaldas el rudo templo de Marte, que ocupaba el lugar más

alto del Palatino, y siguiendo una vereda entre abruptas rocas, pasó

al Capitolio. Encontró en su camino á los sacerdotes de Júpiter, que

caminaban con hierática rigidez, como si estuvieran ofreciendo siempre

sacrificios á su dios. Vió las vestales arrebujadas en sus amplios

velos blancos, andando con paso varonil. Algunos _milites_ subían al

templo de Marte, con el ancho pecho forrado de fajas superpuestas de

cobre, los desnudos muslos cubiertos por tiras de lana que pendían

del talle, una mano apoyada en el pomo de su corta espada y hablando

con entusiasmo de la próxima campaña de Illiria, sin acordarse de la

situación de sus aliados de Iberia.

Acteón entró en el sagrado recinto del Capitolio, cercado de obscuras

murallas. Era el antiguo monte _Tarpeyus_, con sus dos cumbres unidas

por una extensa meseta. La parte más alta, que era la septentrional,

estaba ocupada por el _Arx_, ó sea la ciudadela de Roma; en la

meridional estaba el templo de Júpiter Capitolino, rodeado de robustas

columnas.

El griego entró en la ciudadela, famosa por su resistencia cuando la

invasión de los galos. Al borde de una balsa, ante los templos que se

aglomeraban en el fuerte recinto, vió las aves sagradas; los gansos

que, con sus graznidos en medio del silencio de la noche, habían

librado á Roma de la sorpresa de los invasores. Después atravesó toda

la meseta baja que parecía dividir en dos partes la colina, y se

aproximó al gran Fano de Roma.

Una escalinata de cien gradas conducía al templo, construído en tiempos

del último Tarquino en honor de las tres divinidades de Roma, Júpiter,

Juno y Minerva. Constaba el edificio de tres _cellæ_ ó santuarios

paralelos con las tres puertas abiertas bajo el mismo frontón. El de

en medio era el de Júpiter, y los de los lados pertenecían á las dos

diosas. Una triple fila de columnas sostenían el frontón, en cuyos

ángulos se encabritaban algunos caballos de piedra de grosera labor.

Dos filas de columnas corrían por los lados del templo, formando un

pórtico, á cuya sombra paseaban los romanos más viejos hablando de los

asuntos de la ciudad.

El templo había sido construído por artistas llamados de la Etruria;

y bajo las columnas veíanse estatuas traídas de las expediciones

á Sicilia y de las diversas guerras sostenidas por Roma. Aquel

pueblo rudo era incapaz de crear artistas, pero tenía soldados para

proporcionarse el arte por medio de la guerra y la rapiña.

El ateniense entró en el santuario de en medio, perteneciente á

Júpiter, y vió la imagen del dios en barro cocido, con una lanza

dorada en la diestra. Ante él humeaba continuamente el altar de los

sacrificios. Al salir del templo, miró el _gnomon_ ó reloj de sol, que

en aquella altura marcaba la hora á toda Roma.

Ya era tiempo de bajar al _Senaculum_, antiguo edificio al pie de la

colina Tarpeya, entre el Capitolio y el Foro, que muchos años después

se convirtió en templo de la Concordia. Al llegar á las gradas que

daban acceso á él, encontró Acteón á los dos legados enviados por

Sagunto antes de comenzar el sitio; dos viejos agricultores que por

primera vez habían abandonado sus casas, y se mostraban abrumados

por los largos meses de permanencia en Roma, con sus visitas que no

terminaban nunca, y las entrevistas y súplicas sin resultado. Aturdidos

los dos saguntinos, impotentes ante una ciudad que nunca respondía

definitivamente á sus palabras, seguían como autómatas al desenvuelto

griego, que entraba en todas partes como en casa propia, y hablaba

distintos idiomas, cual si el mundo entero fuese su patria.

Iban llegando los senadores. Unos venían de sus negocios de la ciudad,

y se presentaban vistiendo la toga blanca con franja de púrpura,

seguidos de sus clientes, que volvían la vista á todos lados como

para atraer la atención pública sobre su majestuoso protector. Otros

llegaban del campo, detenían su carro ante las gradas del _Senaculum_,

y entregando las riendas á los esclavos subían al templo con la toga

arrollada sobre el brazo, vistiendo el corto sayo de lana burda de los

agricultores y esparciendo en torno de ellos el hedor de sus establos

y cosechas. Eran hombres maduros, que mostraban en la dureza de los

recios músculos los esfuerzos de su vida, en continua lucha con la

tierra y los enemigos: ancianos de luenga barba y rostro apergaminado

que, trémulos por la vejez, revelaban aún en la mirada la seguridad que

tenían en sus perdidas fuerzas. La muchedumbre del Foro, corriéndose

hacia las gradas del _Senaculum_, les contemplaba con admiración y

respeto. Eran los padres de la República: la cabeza de Roma.

Los legados de Sagunto subieron la escalinata del templo. Bajo las

columnas que sostenían el frontón, amontonábanse un sinnúmero de

despojos de las últimas guerras, depositados por los vencedores al

desfilar en el Foro, entre la multitud que les saludaba agitando ramas

de laurel. Acteón vió escudos atravesados por el hierro, espadas

enmohecidas por la sangre, carros de guerra con el timón roto y las

doradas ruedas sucias del barro de las batallas. Eran los despojos de

la guerra de los Samnitas. Más allá, alineados á lo largo del muro, una

fila de espantosos enanos de madera teñidos de rojo y azul, arrancados

de las proas de las naves cartaginesas después de la gran victoria de

las islas Egatas: las barras de hierro que cerraban las puertas de

muchas ciudades conquistadas por los romanos; los estandartes de oro

con fantásticos animales que guiaban á las tropas de Pirro; los enormes

colmillos de los elefantes que este descendiente de Aquiles había hecho

marchar contra las legiones de Roma; los cascos con cuernos ó alas de

águila de los ligurios; los dardos de las tribus de los Alpes; y al

lado de la puerta, como un trofeo de honor, la armadura del glorioso

Camilo, paseada por la ciudad en triunfo después que el gran romano

arrojó á los galos del Capitolio. Á lo largo de los muros, como extraño

adorno, pendía un extenso harapo negruzco y apergaminado. Era la piel

de la gran serpiente que durante un día entero había hecho retroceder

á todo el ejército de Atilio Régulo, cuando éste, en su expedición

al África, marchaba á la conquista de Cartago. El horrible monstruo,

insensible á las flechas, devoró muchos soldados, hasta que cayó

aplastado bajo una lluvia de piedras, enviando Régulo á Roma la piel

del reptil como testimonio de la aventura.

Los enviados de Sagunto esperaron un buen rato, hasta que un centurión

les hizo entrar en el _Senaculum_.

El griego, al pasear su mirada por el hemiciclo, quedó turbado ante

la majestad de aquella asamblea. Recordaba la entrada de los galos en

Roma; el asombro de los bárbaros ante aquellos ancianos, firmes en

sus sillas de mármol, envueltos como fantasmas en los nítidos velos

que sólo dejaban al descubierto la barba de plata, y empuñando el

cetro de marfil con la majestad divina que parecía brillar en sus

ojos inmóviles. Sólo los bárbaros, ebrios de sangre, podían osar el

exterminio de una ancianidad tan imponente.

Eran más de doscientos. Entre ellos quedaban espacios libres, los

asientos de los senadores que no habían podido asistir; y sobre el

blanco graderío extendíanse las blancas togas como una nevada nueva

sobre un suelo ya helado. Tras ellos elevábase una fila de columnas en

semicírculo, sosteniendo la cúpula, por la que se filtraba una claridad

crepuscular que parecía favorecer la meditación y el recogimiento.

Una balaustrada baja de piedra, cerraba el hemiciclo, y al otro lado

de ella se agolpaban los ciudadanos importantes que no tenían la

investidura de senador. En el centro, la barrera estaba cortada por

un pedestal cuadrado, sosteniendo la loba de bronce con los gemelos

agarrados á sus pechos, y en la base, en grandes letras, el lema de

la suprema autoridad de Roma: S. P. Q. R. Un trípode sostenía un

braserillo ante el pedestal, y sobre los tizones ondeaba una nube azul

de incienso.

Los tres legados se sentaron en sillas de mármol, junto á la imagen de

la loba, ante la triple fila de hombres blancos é inmóviles.

Algunos apoyaban la barba en la mano, como para oir mejor.

Podían hablar: el Senado les escuchaba. Y Acteón, impulsado por las

miradas suplicantes de sus dos compañeros, se levantó. En su ánimo no

duraban mucho las impresiones; se había amortiguado ya la emoción que

le produjo en el primer instante la majestad de la Asamblea.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 17 / 21 段