los arrabales, todos confundidos, empuñaban picos, rodaban piedras y
acarreaban espuertas de barro. Hasta los Ancianos del Senado tomaban
parte en este trabajo titánico, que duró toda la noche y gran parte del
día siguiente.
Eufobias el filósofo, que permanecía inactivo ante los insultos de los
que trabajaban, evocaba irónicamente el recuerdo de los primitivos
fundadores de la ciudad, cíclopes que manejaban piedras como montañas y
habían hecho arriba la base de la Acrópolis.
En la tarde del día siguiente, cuando cesaban los trabajos, comenzó á
moverse el ejército sitiador. Marchó en masa al asalto, silencioso,
sombrío, adivinándose en él la resolución de apoderarse al primer
empuje de aquella brecha que el día anterior había sido su vergüenza.
Atravesaron las nubes de flechas y piedras que los sitiados les
arrojaban, y corriendo las primeras cohortes, subieron por los
escombros, luchando con los saguntinos más audaces, que todavía les
disputaban la brecha. Tras un breve combate, los sitiadores quedaron
dueños de la entrada de la ciudad, y prorrumpieron en exclamaciones de
triunfo.
Hanníbal marchaba al frente de sus soldados animosamente; pero al
llegar á la cresta de la brecha, retrocedió un paso con expresión de
disgusto.
Frente á él, extendíase un vasto espacio de casas arrasadas, y más allá
de los montones de escombros, elevábase un segundo muro monstruoso,
construído de prisa, como si un enorme escobazo hubiese colocado á
la entrada de la ciudad todos los despojos de su interior. Grandes
sillares, masas de mampostería, columnas rotas, apilábanse con la
misma regularidad que los bloques de una muralla, y los intersticios
estaban cubiertos de barro todavía fresco. Este muro, levantado á toda
prisa por el supremo esfuerzo de la ciudad entera, era más alto que el
anterior, y formando una curva, se unía con las dos cortinas de las
antiguas murallas que aún estaban en pie.
Hanníbal palideció de rabia al ver que todos sus esfuerzos sólo servían
para hacerle dueño de un pedazo de suelo de la ciudad, cubierto de
ruinas, y que por arte prodigioso, los muros que él derribaba volvían
á levantarse más allá, en una sola noche. Sagunto destruiría sus casas
para fortificarse con nuevos recintos, cortándole el paso. Tendría que
conquistar el terreno palmo á palmo, calle por calle, y le costaría
meses y años ir estrechándola, primero en torno del Foro, después en lo
alto de la Acrópolis, antes de conseguir que se rindiera.
En la cima de la nueva muralla mostrábanse los saguntinos tan resueltos
como el día anterior, y sus arcos y hondas detuvieron el empuje de
los asaltantes, que acabaron por retroceder, quedando al abrigo de los
escombros de la brecha.
Hanníbal, fuera del recinto de la ciudad, reflexionaba contemplando
las alturas de la Acrópolis. Adivinaba la posibilidad de perder todo
su ejército lentamente si seguía atacando Sagunto por la parte llana y
débil, donde los sitiados defendían tenazmente el terreno. Y llamando
á Marbahal y á su hermano Magón, les habló de la necesidad de tomar un
punto de la altura; de asaltar una parte de la inmensa Acrópolis, para
desde allí hostilizar á la ciudad, obligándola á rendirse.
Transcurrieron algunos días sin que se reanudaran las hostilidades por
la parte del río. Las máquinas de guerra se habían trasladado al pie
del monte, y enviaban sus pesados proyectiles contra los muros más
extremos de la Acrópolis. Estos eran viejos y no habían sido reparados,
por fiar los saguntinos en lo inexpugnable de la altura.
Además, el número de defensores no bastaba para atender al extenso
recinto de Sagunto, mientras el sitiador disponía de una inmensa
muchedumbre armada que podía lanzarse sobre varios puntos á la vez.
Una noche, Acteón encontró en el Foro á Sónnica que le buscaba, seguida
de Alco el Prudente.
--Los Ancianos necesitan de tí --dijo con tristeza la hermosa griega--.
He aquí Alco, que desea hablarte.
--Escucha, ateniense --dijo con gravedad el saguntino--. Los días pasan
y no llega de Roma el necesario socorro. ¿Es que nuestros legados no
pudieron llegar al territorio de la nación aliada, y el Senado de la
gran República ignora nuestra situación? ¿Es que en Roma se imaginan
que Hanníbal, arrepentido de su audacia, ha levantado el sitio?...
Necesitamos saber qué es lo que nuestra aliada piensa de nosotros;
queremos que el Senado de Roma conozca detalladamente lo que hace
Sagunto; y los Ancianos, por indicación mía, han pensado en tí.
--¿En mí?... ¿Y qué quieren? --preguntó Acteón con extrañeza, mirando á
la triste Sónnica.
--Quieren que esta misma noche partas para Roma. Aquí tienes oro:
toma estas tablillas que servirán para que el Senado te reconozca
como mensajero de Sagunto. No te enviamos á una fiesta. La salida es
difícil, y más difícil aún encontrar en estas costas infestadas de
enemigos, quien te lleve hasta Roma. Debes partir esta noche; ahora
mismo si es posible, descolgándote de las murallas de la Acrópolis por
la parte opuesta del monte, donde apenas hay enemigos. Mañana, tal vez
sea tarde. Huye y vuelve pronto con el auxilio ansiado.
Acteón tomó el oro y las tablillas que le ofrecía Alco, pero no sin
excusarse, comprendiendo la gravedad de la misión.
--Nadie mejor que tú puede hacer esto --dijo el saguntino--. Por eso
he pensado en tí. Has pasado tu vida corriendo el mundo; hablas muchas
lenguas y no te faltan astucia y valor... ¿Conoces Roma?
--No: el padre de mi padre hizo la guerra contra ella, á las órdenes de
Pirro.
--Ve, pues, ahora á ella como amigo, como aliado, y quieran los dioses
que algún día bendigamos el momento en que llegaste á Sagunto.
Acteón no parecía resuelto á partir. Le pesaba como una vergüenza
abandonar la ciudad en aquel trance supremo, dejar á Sónnica dentro de
una población sitiada.
--Yo soy un extranjero, Alco --dijo con sencillez--. Ningún vínculo
de sangre me une á vuestra suerte. ¿No temes que huya para siempre
dejándoos abandonados?
--No, ateniense: te conozco y por esto he respondido de tu fidelidad
ante los Ancianos. Sónnica también ha jurado que volverás si no se
apoderan de tí los enemigos.
El griego miró á su amada como preguntándola si debía partir, y ella
bajó la cabeza, resignada ante el sacrificio. Acteón, después de esto
se mostró resuelto.
--Salud, Alco. Dí á los Ancianos que el ateniense Acteón será
crucificado en el campo de Hanníbal ó comparecerá ante el Senado de
Roma repitiendo vuestras quejas.
Besó á Sónnica en los ojos varias veces, y la hermosa griega,
conteniendo sus lágrimas, quiso seguirle con Alco hasta lo alto de la
Acrópolis, para verle algunos momentos más.
Marcharon los tres en la obscuridad, por las explanadas de la ciudad
antigua, á lo largo de los muros de la Acrópolis. Habían apagado su
antorcha para no llamar la atención de los sitiadores y caminaban
guiados por la difusa luz de las estrellas, que parecían brillar con
más intensidad, como aguzadas por el frío de aquella noche, que era de
las primeras de invierno.
Alco buscaba un lugar de la muralla que le habían indicado los Ancianos
más conocedores de la Acrópolis. Cuando llegaron á él, el saguntino
encontró á tientas el extremo de una gruesa soga atada á una almena y
lo arrojó en el espacio.
La partida se verificaba en el más absoluto secreto. Los mismos
Ancianos que habían acordado el viaje del mensajero y preparado su
fuga, se ocultaban para no presenciarla. Sónnica se abrazó sollozando
al cuello de Acteón.
--Parte pronto, ateniense --dijo el saguntino con impaciencia--. Esta
primera hora de la noche es la mejor; aún circulan por el campo grupos
de soldados antes de entregarse al sueño. Ahora pasarás sin que te
reconozcan: más tarde, en el silencio de la noche, te sorprenderían
los centinelas.
Acteón se libró de los brazos de Sónnica, y echando el cuerpo fuera de
los muros, agarró la cuerda en la obscuridad.
--Ten confianza en nuestros dioses --dijo Alco como última
recomendación--. Aunque parezca que nos abandonan, siempre velan por
Sagunto. Hace poco, un esclavo fugitivo del campamento, ha revelado
ante los Ancianos que los Vaceos y los Calpenses, hartos de sufrir las
rapiñas de los destacamentos que Hanníbal envía para adquirir víveres,
se han sublevado contra él, degollando á sus emisarios. Parece que
Hanníbal, con una parte de su ejército, habrá de abandonar el sitio
para ir á castigarles. Tendremos enfrente menos enemigos; y si tú
vuelves con las legiones de Roma, Sagunto será para los cartagineses lo
que las islas Egatas fueron para ellos en Sicilia... ¡Ay! ¡Cuánto mejor
es la paz!
Con esta melancólica exclamación se despidió Alco del griego, mientras
éste descendía por la cuerda silenciosamente. Al poco rato sus pies
tropezaron con una de las peñas en las que descansaba el muro. Soltó la
cuerda y comenzó á deslizarse á tientas, agarrándose en su descenso,
que parecía una caída, á los míseros olivos que se retorcían en
aquellas alturas como si se quejasen de la opresión de los peñascos.
Á los pies del griego, en la negra soledad de la llanura, brillaban
algunas hogueras. Eran tal vez guardias avanzadas del campamento que
vigilaban aquella parte de la montaña; merodeadores de los que seguían
al ejército, establecidos allí, lejos de las miradas de Hanníbal.
Acteón llegó al llano y comenzó á caminar sigilosamente, agachado, á lo
largo de un ribazo de piedras, deteniéndose muchas veces para escuchar,
conteniendo la respiración. Creía que le seguían; que alguien caminaba
tras él cautelosamente. Veía cerca una gran hoguera, y destacándose
sobre su humo rojo, algunas siluetas de hombres y mujeres.
Cuando se erguía explorando los obscuros campos para dar un rodeo que
le alejase de la hoguera, sintió que le cogían por los hombros, y una
voz ronca murmuró en su oído entre estúpidas risotadas:
--Ya te tengo... En vano te ocultas.
Acteón se desasió de aquellas manos, y tirando del ancho cuchillo que
llevaba en el cinto, dió un salto, quedando frente al desconocido en
actitud de defensa. Era una mujer. El griego veía á la difusa luz de
las estrellas su actitud de indecisión y sorpresa.
--¿No eres Gerión el hondero? --murmuró, tendiendo sus manos al
ateniense.
Se miraron casi tocándose en la obscuridad, y el griego reconoció en
aquella mujer á la infeliz _loba_ que le había alimentado la primera
noche de su llegada á Sagunto. Ella parecía aún más sorprendida que el
ateniense por el encuentro.
--¿Eres tú, Acteón?... Parece que los dioses me ponen en tu camino,
á pesar de que me desprecias... Huyes de la ciudad, ¿verdad? Te
habrás cansado de Sónnica la rica; no quieres perecer como todos esos
mercaderes que Hanníbal el invencible pasará á cuchillo. Haces bien.
Huye; aléjate.
Y miraba con zozobra la cercana fogata, como si temiese la aproximación
de los soldados que se calentaban en torno de ella, riendo y bebiendo
con un grupo de _lobas_ del puerto.
La mísera cortesana, ahogando su voz, relataba al griego por qué se
hallaba allí. Era la amante de Gerión, un hondero balear. Éste había
abandonado á sus compañeros un momento antes, huyendo de ella para
no entregarla el dinero de la última soldada, y buscándolo, había
tropezado con Acteón. Podía volver; podían aproximarse los compañeros,
atraídos por las voces: allí estaban mal... ¿Qué pensaba hacer?
--Quiero llegar á la costa, seguir por ella hasta que encuentre una
barca de pescadores que me lleve á Emporión ó á Denia. Tengo dinero
para pagarla. Después buscaré una nave que quiera conducirme lejos, muy
lejos.
--No volverás, ¿verdad?... Deseo que no vuelvas. ¡Si supieras que
algunas veces, mientras los hombres se mataban en las murallas, pensaba
en tí!... No te veré más; pero prefiero no verte, antes que perezcas
dentro de la ciudad ó seas esclavo de mi amante el hondero... Hanníbal
acabará con todos... ¡Ah, ciudad cruel! ¡Y cómo deseo ver caer bajo las
tropas de Hanníbal á todas esas ricas, que nos hacían dar de latigazos
cuando nos aproximábamos á ellas en el puerto!...
La pobre cortesana, dando la mano al griego, comenzó á guiarle al
través de los campos.
--Ven --murmuró--. Yo te conduciré hasta la playa y allí seguirás tu
camino, sin más amparo que el de los dioses. Viéndote conmigo, creerán
que eres un soldado celtíbero que busca con su amante un lugar para
pasar la noche. Ven: te alimenté en la primera noche que llegaste y te
salvaré en la última.
Se aproximaban al mar. Pasaron cerca de varias hogueras, siendo
saludados por las pullas soeces de los soldados y de las mujerzuelas,
que les creían una pareja amorosa en busca de refugio. Algunos grupos
armados les dejaron pasar sin el menor recelo.
Oíase cada vez más próximo el rumor de las olas sobre la arena de la
playa. Caminaban entre juncos, hundiéndose en el tibio y pegajoso fango
de las marismas.
La pobre _loba_ se detuvo.
--Te dejo, Acteón. Si quisieras, te seguiría como una esclava. Pero no
querrás: me conozco... nada puedo ser para tí. Te alejas para siempre,
pero estoy contenta porque huyes de Sónnica. Antes de partir...
¡bésame, mi dios!... En los ojos, no... En la boca... así.
Y el ateniense, con tierna conmiseración, conmovido por la bondad de
aquella mísera criatura, besó sus labios secos y flácidos, que dejaban
escapar el insufrible hedor del vino de los honderos baleares.
VIII
Roma
Cuando los primeros rayos del sol enrojecían las murallas del
Capitolio, la vida de Roma había comenzado hacía más de una hora.
Los romanos abandonaban el lecho á la luz de las estrellas. Rodaban
en la obscuridad por las tortuosas calles los carros de la campiña;
desfilaban los esclavos con sus cestos y útiles de labranza,
despertados por el canto de los gallos, y cuando apuntaba el día, todas
las casas tenían abiertas sus puertas, y los ciudadanos sin ocupación
en los campos, marchaban á reunirse en el Foro, centro del tráfico y
de los negocios públicos, que comenzaba á adornarse con los primeros
templos y conservaba grandes espacios yermos, sobre los cuales se
habían de elevar algunos siglos después las magnificencias de la Roma
señora del mundo.
Hacía dos días que Acteón estaba en la gran ciudad, alojado en una
posada de extramuros establecida por un griego. Aún no se había
extinguido en él la admiración que le causaba aquella República severa,
viviendo casi en la pobreza; pueblo duro de agricultores y soldados,
que llenaba con su fama el mundo y vivía con mayor miseria que
cualquier lugarejo de los alrededores de Atenas.
Esperaba Acteón comparecer ante el Senado aquel mismo día. La mayor
parte de los Padres de la República, vivían en el campo, en las
rústicas villas con paredes de adobes sin cocer y techo de ramaje,
vigilando el trabajo de sus esclavos, empuñando el arado como Cincinato
y Camilo; y cuando las necesidades del país les llamaban al Senado,
llegaban á Roma en su carreta tirada por bueyes, entre cestos de
verduras y sacos de grano, y con sus manos encallecidas por el trabajo,
vestíanse la toga antes de entrar en el Foro, transfigurados por la
majestad que les daba su alta investidura.
El griego llegó al amanecer al Foro, encontrando la misma muchedumbre
de todos los días. Venerables romanos envueltos en su toga, hablando
á los jóvenes y á sus clientes del arte de colocar prudentemente el
dinero sobre buenas prendas, principal sabiduría de todo ciudadano;
pedagogos griegos, famélicos é intrigantes, siempre en busca de
una colocación en aquel pueblo sombrío, más apto para la lucha que
para la sabiduría; viejos legionarios, con el pardo sayo lleno de
remiendos, pensando con nostalgia en las pasadas guerras contra Pirro
y Cartago, perseguidos por las deudas y amenazados de esclavitud por
sus acreedores, á pesar de las cicatrices que cubrían su cuerpo; y la
plebe, sin otro vestido que la _lacerna_ (corta capa de paño burdo
rematada por el _cuculus_, capucha puntiaguda), la inmensa plebe romana
explotada y oprimida por los patricios, soñando siempre como remedio á
sus males con nuevos repartos de las tierras públicas, que lentamente,
por medio de la usura, iban á parar á manos de los ricos.
En las gradas de los Comicios se reunían los ciudadanos de una tribu
para tratar del testamento de uno de los suyos que acababa de morir.
Cerca de la tribuna de las arengas, algunos centuriones veteranos
con coturnos y casco de bronce, apoyados en bastones de sarmientos
trenzados, divisa de su categoría militar, discutían el sitio de
Sagunto y la audacia de Hanníbal, deseando marchar inmediatamente
contra el cartaginés.
Sobre los grandes bloques de piedra azul que pavimentaban el Foro,
establecían los vendedores de bebidas calientes sus grandes cráteras,
golpeándolas con el cazo para atraer á la gente; y al pie de las gradas
del templo de la Concordia, unos bufones etruscos, enmascarados con
horrorosas carátulas, comenzaban su mímica grotesca, haciendo acudir
los niños y los desocupados de todos los extremos de la plaza.
Hacía frío. Soplaba el viento helado y húmedo de las lagunas Pontinas;
el cielo era gris, y de la muchedumbre agolpada en el Foro salía un
zumbido opaco y continuo. Acteón comparaba esta plaza con la alegre
Ágora de Atenas y aun con el Foro de Sagunto en sus días de paz.
Faltaba en Roma la alegría griega, la dulce y regocijada ligereza de
un pueblo artista que desprecia las riquezas, y si comercia es para
vivir mejor. Era un pueblo frío y triste, dado al lucro y al ahorro,
desdeñoso del ideal, sin más industria que la agricultura y la guerra,
exprimiendo el terruño y robando al enemigo; rutinario, sin iniciativa
y sin juventud.
--Este pueblo --se decía el ateniense-- parece que no ha tenido nunca
veinte años. Hasta los niños nacen viejos.
Y Acteón pensaba en lo que había visto durante dos días con su
sagacidad de griego: la cruel disciplina de la familia, de la religión
y del Estado á que vivían sometidos todos los ciudadanos; su total
desconocimiento de la poesía y el arte: aquella educación férrea y
triste, basada únicamente en el deber, que obligaba á todo romano á una
larga y penosa obediencia para poder mandar algún día.
El padre, que era en Grecia un amigo, resultaba en Roma un tirano.
Para la ciudad latina no existía más ser que el padre de familia:
la esposa, los hijos, los clientes, estaban casi al nivel de los
esclavos; eran instrumentos de trabajo sin voluntad y sin nombre. Los
dioses sólo oían á él; era en su casa sacerdote y juez; podía matar
á la mujer, vender los hijos por tres veces, y su autoridad sobre la
prole persistía al través de los años, temblando el cónsul vencedor, el
senador omnipotente, cuando estaba en presencia de su padre. Y en esta
organización sombría y despótica, más triste aún que la de Esparta,
adivinaba Acteón una fuerza latente incubada en el misterio, que algún
día rompería su envoltura, abarcando al mundo como en un abrazo de
hierro. El griego detestaba este pueblo sombrío, pero lo admiraba.
Su rudeza, el espíritu belicoso y duro de la raza, se revelaba en el
Foro. En lo alto del monte sagrado, el Capitolio era una verdadera
fortaleza, con muros desnudos y sombríos, limpios de los adornos que
hacían brillar con eterna sonrisa la ciudadela de Atenas. El templo
de Júpiter Capitolino, apenas sobresalía sobre las murallas con su
techo bajo y sus filas de columnas achatadas y robustas, como si
fuesen torreones. Abajo, en el Foro, igual fealdad grave y sombría.
Los edificios eran bajos y robustos; más bien parecían construcciones
de guerra, que templos á los dioses y edificios públicos. Del Foro
partían las grandes vías romanas, el único embellecimiento á que se
dedicaba Roma por la utilidad que reportaban como caminos para las
legiones y para los arrastres de la agricultura. Desde el Foro veíase
partir en línea recta la vía Apia, pavimentada de piedra azul, con sus
dos hileras de tumbas que comenzaban á elevarse en las inmediaciones de
la ciudad, perdiéndose al través de la campiña con dirección á Capua;
y del extremo opuesto partía la vía Flaminia, que iba á buscar la
costa, remontándose hasta la tierra de los Cisalpinos. Sobre la inmensa
campiña destacábanse, como fajas ondulantes y rojas, los primeros
acueductos construídos bajo la censura de Apio Claudio para surtir
la ciudad de fresca agua de las montañas, combatiendo así los aires
corrompidos de las lagunas Pontinas.
Pero aparte de estos rudos monumentos, la ciudad extensa, gigantesca,
que podía poner por sí sola sobre las armas más de ciento cincuenta
mil combatientes, presentaba un aspecto salvaje y miserable, casi
semejante al de aquellas tribus que había visto Acteón en su viaje por
la Celtiberia.
Escaseaban los edificios con piso superior: la mayoría eran grandes
cabañas con muros redondos de piedra ó barro y techumbres cónicas de
tablas y troncos. Después que los galos incendiaron Roma, la ciudad
había sido reconstruída en un año, al azar, con precipitada ligereza.
Amontonábanse las casas en determinados barrios, hasta el punto de
no dejar más que el espacio de un hombre para circular entre ellas,
y esparcíanse en otros como si fuesen villas campestres, rodeadas de
pequeños campos, dentro de las murallas de la ciudad. Las calles no
existían: eran prolongaciones tortuosas de los caminos que conducían
á Roma; arterias formadas por la casualidad, que se enroscaban,
siguiendo las sinuosidades de una caprichosa construcción, y de repente
desembocaban en grandes terrenos baldíos, donde iban amontonándose
los desperdicios de los vecinos y graznaban por la noche los cuervos,
picoteando las carroñas de los perros y los asnos muertos.
La ruda pobreza de esta ciudad de agricultores, prestamistas y
soldados, reflejábase en el exterior de sus habitantes. Las altivas
matronas hilaban la lana y el cáñamo á la puerta de sus casas, sin otro
traje que una túnica de burdo tejido y algunos adornos de bronce en
el pecho y las orejas; las primeras piezas de plata se habían acuñado
luego de la guerra con los Samnitas; el _as_ de cobre grosero y pesado
era la moneda corriente, y los ricos objetos griegos traídos por las
legiones después de la guerra de Sicilia, casi recibían adoración
en las casas de los patricios, y se miraban de lejos como amuletos
que podían corromper la virtud de las rudas costumbres romanas. Los
senadores que poseían grandes territorios y centenares de esclavos,
paseaban por el Foro con cívico orgullo su toga llena de remiendos. En
toda Roma sólo existía una vajilla de plata, propiedad de la República,
que pasaba de casa de un patricio á la de otro cuando llegaba un
enviado de Grecia, un embajador de Sicilia ó un mercader opulento de
Cartago, habituado á los refinamientos asiáticos, y había que dar
banquetes en su honor.
Acteón, acostumbrado á las disputas filosóficas del Ágora ateniense, á
los diálogos sobre poesía ó sobre misterios del alma apenas se reunían
dos griegos sin ocupación, iba por el Foro atento á las conversaciones,
en un latín rudo é inflexible que hería sus oídos de ateniense. En un
grupo hablaban de la salud de los rebaños y del precio de la lana; en
otro se ajustaba la venta de un buey, en presencia de cinco ciudadanos
de edad adulta que servían de testigos. El comprador ponía en una
balanza el bronce, precio de la compra, y tocando con la mano el buey,
decía con acento solemne, como si recitase una oración:
--Esto es mío, según la ley de los Quirites: lo he pagado con este
metal bien pesado.
Más allá, un legionario de cara famélica ajustaba un préstamo con un
anciano, ofreciéndole como prenda su casco y sus grebas, y pronunciaban
las fórmulas de la ley para tal caso.
--_¿Dari spondes?_ (¿Prometes dar?) --preguntaba el soldado.
--_Spondeo._ (Prometo) --contestaba el prestamista.
Y el trato quedaba cerrado con estas solemnes palabras, de las cuales
una sola sílaba cambiada era suficiente para anular la operación, pues
los romanos profesaban un respeto supersticioso á la letra y la fórmula
de sus leyes.
En otro grupo se discutían las condiciones que debe tener un esclavo
para ser útil á su señor y que éste lo conserve; y en todo el Foro
aquel pueblo grave, austero y sin ideal, sólo hablaba de bienes y de la
manera de acrecentarlos.