Los comerciantes y los esclavos, las ricas ciudadanas y las mujeres de

los arrabales, todos confundidos, empuñaban picos, rodaban piedras y

acarreaban espuertas de barro. Hasta los Ancianos del Senado tomaban

parte en este trabajo titánico, que duró toda la noche y gran parte del

día siguiente.

Eufobias el filósofo, que permanecía inactivo ante los insultos de los

que trabajaban, evocaba irónicamente el recuerdo de los primitivos

fundadores de la ciudad, cíclopes que manejaban piedras como montañas y

habían hecho arriba la base de la Acrópolis.

En la tarde del día siguiente, cuando cesaban los trabajos, comenzó á

moverse el ejército sitiador. Marchó en masa al asalto, silencioso,

sombrío, adivinándose en él la resolución de apoderarse al primer

empuje de aquella brecha que el día anterior había sido su vergüenza.

Atravesaron las nubes de flechas y piedras que los sitiados les

arrojaban, y corriendo las primeras cohortes, subieron por los

escombros, luchando con los saguntinos más audaces, que todavía les

disputaban la brecha. Tras un breve combate, los sitiadores quedaron

dueños de la entrada de la ciudad, y prorrumpieron en exclamaciones de

triunfo.

Hanníbal marchaba al frente de sus soldados animosamente; pero al

llegar á la cresta de la brecha, retrocedió un paso con expresión de

disgusto.

Frente á él, extendíase un vasto espacio de casas arrasadas, y más allá

de los montones de escombros, elevábase un segundo muro monstruoso,

construído de prisa, como si un enorme escobazo hubiese colocado á

la entrada de la ciudad todos los despojos de su interior. Grandes

sillares, masas de mampostería, columnas rotas, apilábanse con la

misma regularidad que los bloques de una muralla, y los intersticios

estaban cubiertos de barro todavía fresco. Este muro, levantado á toda

prisa por el supremo esfuerzo de la ciudad entera, era más alto que el

anterior, y formando una curva, se unía con las dos cortinas de las

antiguas murallas que aún estaban en pie.

Hanníbal palideció de rabia al ver que todos sus esfuerzos sólo servían

para hacerle dueño de un pedazo de suelo de la ciudad, cubierto de

ruinas, y que por arte prodigioso, los muros que él derribaba volvían

á levantarse más allá, en una sola noche. Sagunto destruiría sus casas

para fortificarse con nuevos recintos, cortándole el paso. Tendría que

conquistar el terreno palmo á palmo, calle por calle, y le costaría

meses y años ir estrechándola, primero en torno del Foro, después en lo

alto de la Acrópolis, antes de conseguir que se rindiera.

En la cima de la nueva muralla mostrábanse los saguntinos tan resueltos

como el día anterior, y sus arcos y hondas detuvieron el empuje de

los asaltantes, que acabaron por retroceder, quedando al abrigo de los

escombros de la brecha.

Hanníbal, fuera del recinto de la ciudad, reflexionaba contemplando

las alturas de la Acrópolis. Adivinaba la posibilidad de perder todo

su ejército lentamente si seguía atacando Sagunto por la parte llana y

débil, donde los sitiados defendían tenazmente el terreno. Y llamando

á Marbahal y á su hermano Magón, les habló de la necesidad de tomar un

punto de la altura; de asaltar una parte de la inmensa Acrópolis, para

desde allí hostilizar á la ciudad, obligándola á rendirse.

Transcurrieron algunos días sin que se reanudaran las hostilidades por

la parte del río. Las máquinas de guerra se habían trasladado al pie

del monte, y enviaban sus pesados proyectiles contra los muros más

extremos de la Acrópolis. Estos eran viejos y no habían sido reparados,

por fiar los saguntinos en lo inexpugnable de la altura.

Además, el número de defensores no bastaba para atender al extenso

recinto de Sagunto, mientras el sitiador disponía de una inmensa

muchedumbre armada que podía lanzarse sobre varios puntos á la vez.

Una noche, Acteón encontró en el Foro á Sónnica que le buscaba, seguida

de Alco el Prudente.

--Los Ancianos necesitan de tí --dijo con tristeza la hermosa griega--.

He aquí Alco, que desea hablarte.

--Escucha, ateniense --dijo con gravedad el saguntino--. Los días pasan

y no llega de Roma el necesario socorro. ¿Es que nuestros legados no

pudieron llegar al territorio de la nación aliada, y el Senado de la

gran República ignora nuestra situación? ¿Es que en Roma se imaginan

que Hanníbal, arrepentido de su audacia, ha levantado el sitio?...

Necesitamos saber qué es lo que nuestra aliada piensa de nosotros;

queremos que el Senado de Roma conozca detalladamente lo que hace

Sagunto; y los Ancianos, por indicación mía, han pensado en tí.

--¿En mí?... ¿Y qué quieren? --preguntó Acteón con extrañeza, mirando á

la triste Sónnica.

--Quieren que esta misma noche partas para Roma. Aquí tienes oro:

toma estas tablillas que servirán para que el Senado te reconozca

como mensajero de Sagunto. No te enviamos á una fiesta. La salida es

difícil, y más difícil aún encontrar en estas costas infestadas de

enemigos, quien te lleve hasta Roma. Debes partir esta noche; ahora

mismo si es posible, descolgándote de las murallas de la Acrópolis por

la parte opuesta del monte, donde apenas hay enemigos. Mañana, tal vez

sea tarde. Huye y vuelve pronto con el auxilio ansiado.

Acteón tomó el oro y las tablillas que le ofrecía Alco, pero no sin

excusarse, comprendiendo la gravedad de la misión.

--Nadie mejor que tú puede hacer esto --dijo el saguntino--. Por eso

he pensado en tí. Has pasado tu vida corriendo el mundo; hablas muchas

lenguas y no te faltan astucia y valor... ¿Conoces Roma?

--No: el padre de mi padre hizo la guerra contra ella, á las órdenes de

Pirro.

--Ve, pues, ahora á ella como amigo, como aliado, y quieran los dioses

que algún día bendigamos el momento en que llegaste á Sagunto.

Acteón no parecía resuelto á partir. Le pesaba como una vergüenza

abandonar la ciudad en aquel trance supremo, dejar á Sónnica dentro de

una población sitiada.

--Yo soy un extranjero, Alco --dijo con sencillez--. Ningún vínculo

de sangre me une á vuestra suerte. ¿No temes que huya para siempre

dejándoos abandonados?

--No, ateniense: te conozco y por esto he respondido de tu fidelidad

ante los Ancianos. Sónnica también ha jurado que volverás si no se

apoderan de tí los enemigos.

El griego miró á su amada como preguntándola si debía partir, y ella

bajó la cabeza, resignada ante el sacrificio. Acteón, después de esto

se mostró resuelto.

--Salud, Alco. Dí á los Ancianos que el ateniense Acteón será

crucificado en el campo de Hanníbal ó comparecerá ante el Senado de

Roma repitiendo vuestras quejas.

Besó á Sónnica en los ojos varias veces, y la hermosa griega,

conteniendo sus lágrimas, quiso seguirle con Alco hasta lo alto de la

Acrópolis, para verle algunos momentos más.

Marcharon los tres en la obscuridad, por las explanadas de la ciudad

antigua, á lo largo de los muros de la Acrópolis. Habían apagado su

antorcha para no llamar la atención de los sitiadores y caminaban

guiados por la difusa luz de las estrellas, que parecían brillar con

más intensidad, como aguzadas por el frío de aquella noche, que era de

las primeras de invierno.

Alco buscaba un lugar de la muralla que le habían indicado los Ancianos

más conocedores de la Acrópolis. Cuando llegaron á él, el saguntino

encontró á tientas el extremo de una gruesa soga atada á una almena y

lo arrojó en el espacio.

La partida se verificaba en el más absoluto secreto. Los mismos

Ancianos que habían acordado el viaje del mensajero y preparado su

fuga, se ocultaban para no presenciarla. Sónnica se abrazó sollozando

al cuello de Acteón.

--Parte pronto, ateniense --dijo el saguntino con impaciencia--. Esta

primera hora de la noche es la mejor; aún circulan por el campo grupos

de soldados antes de entregarse al sueño. Ahora pasarás sin que te

reconozcan: más tarde, en el silencio de la noche, te sorprenderían

los centinelas.

Acteón se libró de los brazos de Sónnica, y echando el cuerpo fuera de

los muros, agarró la cuerda en la obscuridad.

--Ten confianza en nuestros dioses --dijo Alco como última

recomendación--. Aunque parezca que nos abandonan, siempre velan por

Sagunto. Hace poco, un esclavo fugitivo del campamento, ha revelado

ante los Ancianos que los Vaceos y los Calpenses, hartos de sufrir las

rapiñas de los destacamentos que Hanníbal envía para adquirir víveres,

se han sublevado contra él, degollando á sus emisarios. Parece que

Hanníbal, con una parte de su ejército, habrá de abandonar el sitio

para ir á castigarles. Tendremos enfrente menos enemigos; y si tú

vuelves con las legiones de Roma, Sagunto será para los cartagineses lo

que las islas Egatas fueron para ellos en Sicilia... ¡Ay! ¡Cuánto mejor

es la paz!

Con esta melancólica exclamación se despidió Alco del griego, mientras

éste descendía por la cuerda silenciosamente. Al poco rato sus pies

tropezaron con una de las peñas en las que descansaba el muro. Soltó la

cuerda y comenzó á deslizarse á tientas, agarrándose en su descenso,

que parecía una caída, á los míseros olivos que se retorcían en

aquellas alturas como si se quejasen de la opresión de los peñascos.

Á los pies del griego, en la negra soledad de la llanura, brillaban

algunas hogueras. Eran tal vez guardias avanzadas del campamento que

vigilaban aquella parte de la montaña; merodeadores de los que seguían

al ejército, establecidos allí, lejos de las miradas de Hanníbal.

Acteón llegó al llano y comenzó á caminar sigilosamente, agachado, á lo

largo de un ribazo de piedras, deteniéndose muchas veces para escuchar,

conteniendo la respiración. Creía que le seguían; que alguien caminaba

tras él cautelosamente. Veía cerca una gran hoguera, y destacándose

sobre su humo rojo, algunas siluetas de hombres y mujeres.

Cuando se erguía explorando los obscuros campos para dar un rodeo que

le alejase de la hoguera, sintió que le cogían por los hombros, y una

voz ronca murmuró en su oído entre estúpidas risotadas:

--Ya te tengo... En vano te ocultas.

Acteón se desasió de aquellas manos, y tirando del ancho cuchillo que

llevaba en el cinto, dió un salto, quedando frente al desconocido en

actitud de defensa. Era una mujer. El griego veía á la difusa luz de

las estrellas su actitud de indecisión y sorpresa.

--¿No eres Gerión el hondero? --murmuró, tendiendo sus manos al

ateniense.

Se miraron casi tocándose en la obscuridad, y el griego reconoció en

aquella mujer á la infeliz _loba_ que le había alimentado la primera

noche de su llegada á Sagunto. Ella parecía aún más sorprendida que el

ateniense por el encuentro.

--¿Eres tú, Acteón?... Parece que los dioses me ponen en tu camino,

á pesar de que me desprecias... Huyes de la ciudad, ¿verdad? Te

habrás cansado de Sónnica la rica; no quieres perecer como todos esos

mercaderes que Hanníbal el invencible pasará á cuchillo. Haces bien.

Huye; aléjate.

Y miraba con zozobra la cercana fogata, como si temiese la aproximación

de los soldados que se calentaban en torno de ella, riendo y bebiendo

con un grupo de _lobas_ del puerto.

La mísera cortesana, ahogando su voz, relataba al griego por qué se

hallaba allí. Era la amante de Gerión, un hondero balear. Éste había

abandonado á sus compañeros un momento antes, huyendo de ella para

no entregarla el dinero de la última soldada, y buscándolo, había

tropezado con Acteón. Podía volver; podían aproximarse los compañeros,

atraídos por las voces: allí estaban mal... ¿Qué pensaba hacer?

--Quiero llegar á la costa, seguir por ella hasta que encuentre una

barca de pescadores que me lleve á Emporión ó á Denia. Tengo dinero

para pagarla. Después buscaré una nave que quiera conducirme lejos, muy

lejos.

--No volverás, ¿verdad?... Deseo que no vuelvas. ¡Si supieras que

algunas veces, mientras los hombres se mataban en las murallas, pensaba

en tí!... No te veré más; pero prefiero no verte, antes que perezcas

dentro de la ciudad ó seas esclavo de mi amante el hondero... Hanníbal

acabará con todos... ¡Ah, ciudad cruel! ¡Y cómo deseo ver caer bajo las

tropas de Hanníbal á todas esas ricas, que nos hacían dar de latigazos

cuando nos aproximábamos á ellas en el puerto!...

La pobre cortesana, dando la mano al griego, comenzó á guiarle al

través de los campos.

--Ven --murmuró--. Yo te conduciré hasta la playa y allí seguirás tu

camino, sin más amparo que el de los dioses. Viéndote conmigo, creerán

que eres un soldado celtíbero que busca con su amante un lugar para

pasar la noche. Ven: te alimenté en la primera noche que llegaste y te

salvaré en la última.

Se aproximaban al mar. Pasaron cerca de varias hogueras, siendo

saludados por las pullas soeces de los soldados y de las mujerzuelas,

que les creían una pareja amorosa en busca de refugio. Algunos grupos

armados les dejaron pasar sin el menor recelo.

Oíase cada vez más próximo el rumor de las olas sobre la arena de la

playa. Caminaban entre juncos, hundiéndose en el tibio y pegajoso fango

de las marismas.

La pobre _loba_ se detuvo.

--Te dejo, Acteón. Si quisieras, te seguiría como una esclava. Pero no

querrás: me conozco... nada puedo ser para tí. Te alejas para siempre,

pero estoy contenta porque huyes de Sónnica. Antes de partir...

¡bésame, mi dios!... En los ojos, no... En la boca... así.

Y el ateniense, con tierna conmiseración, conmovido por la bondad de

aquella mísera criatura, besó sus labios secos y flácidos, que dejaban

escapar el insufrible hedor del vino de los honderos baleares.

VIII

Roma

Cuando los primeros rayos del sol enrojecían las murallas del

Capitolio, la vida de Roma había comenzado hacía más de una hora.

Los romanos abandonaban el lecho á la luz de las estrellas. Rodaban

en la obscuridad por las tortuosas calles los carros de la campiña;

desfilaban los esclavos con sus cestos y útiles de labranza,

despertados por el canto de los gallos, y cuando apuntaba el día, todas

las casas tenían abiertas sus puertas, y los ciudadanos sin ocupación

en los campos, marchaban á reunirse en el Foro, centro del tráfico y

de los negocios públicos, que comenzaba á adornarse con los primeros

templos y conservaba grandes espacios yermos, sobre los cuales se

habían de elevar algunos siglos después las magnificencias de la Roma

señora del mundo.

Hacía dos días que Acteón estaba en la gran ciudad, alojado en una

posada de extramuros establecida por un griego. Aún no se había

extinguido en él la admiración que le causaba aquella República severa,

viviendo casi en la pobreza; pueblo duro de agricultores y soldados,

que llenaba con su fama el mundo y vivía con mayor miseria que

cualquier lugarejo de los alrededores de Atenas.

Esperaba Acteón comparecer ante el Senado aquel mismo día. La mayor

parte de los Padres de la República, vivían en el campo, en las

rústicas villas con paredes de adobes sin cocer y techo de ramaje,

vigilando el trabajo de sus esclavos, empuñando el arado como Cincinato

y Camilo; y cuando las necesidades del país les llamaban al Senado,

llegaban á Roma en su carreta tirada por bueyes, entre cestos de

verduras y sacos de grano, y con sus manos encallecidas por el trabajo,

vestíanse la toga antes de entrar en el Foro, transfigurados por la

majestad que les daba su alta investidura.

El griego llegó al amanecer al Foro, encontrando la misma muchedumbre

de todos los días. Venerables romanos envueltos en su toga, hablando

á los jóvenes y á sus clientes del arte de colocar prudentemente el

dinero sobre buenas prendas, principal sabiduría de todo ciudadano;

pedagogos griegos, famélicos é intrigantes, siempre en busca de

una colocación en aquel pueblo sombrío, más apto para la lucha que

para la sabiduría; viejos legionarios, con el pardo sayo lleno de

remiendos, pensando con nostalgia en las pasadas guerras contra Pirro

y Cartago, perseguidos por las deudas y amenazados de esclavitud por

sus acreedores, á pesar de las cicatrices que cubrían su cuerpo; y la

plebe, sin otro vestido que la _lacerna_ (corta capa de paño burdo

rematada por el _cuculus_, capucha puntiaguda), la inmensa plebe romana

explotada y oprimida por los patricios, soñando siempre como remedio á

sus males con nuevos repartos de las tierras públicas, que lentamente,

por medio de la usura, iban á parar á manos de los ricos.

En las gradas de los Comicios se reunían los ciudadanos de una tribu

para tratar del testamento de uno de los suyos que acababa de morir.

Cerca de la tribuna de las arengas, algunos centuriones veteranos

con coturnos y casco de bronce, apoyados en bastones de sarmientos

trenzados, divisa de su categoría militar, discutían el sitio de

Sagunto y la audacia de Hanníbal, deseando marchar inmediatamente

contra el cartaginés.

Sobre los grandes bloques de piedra azul que pavimentaban el Foro,

establecían los vendedores de bebidas calientes sus grandes cráteras,

golpeándolas con el cazo para atraer á la gente; y al pie de las gradas

del templo de la Concordia, unos bufones etruscos, enmascarados con

horrorosas carátulas, comenzaban su mímica grotesca, haciendo acudir

los niños y los desocupados de todos los extremos de la plaza.

Hacía frío. Soplaba el viento helado y húmedo de las lagunas Pontinas;

el cielo era gris, y de la muchedumbre agolpada en el Foro salía un

zumbido opaco y continuo. Acteón comparaba esta plaza con la alegre

Ágora de Atenas y aun con el Foro de Sagunto en sus días de paz.

Faltaba en Roma la alegría griega, la dulce y regocijada ligereza de

un pueblo artista que desprecia las riquezas, y si comercia es para

vivir mejor. Era un pueblo frío y triste, dado al lucro y al ahorro,

desdeñoso del ideal, sin más industria que la agricultura y la guerra,

exprimiendo el terruño y robando al enemigo; rutinario, sin iniciativa

y sin juventud.

--Este pueblo --se decía el ateniense-- parece que no ha tenido nunca

veinte años. Hasta los niños nacen viejos.

Y Acteón pensaba en lo que había visto durante dos días con su

sagacidad de griego: la cruel disciplina de la familia, de la religión

y del Estado á que vivían sometidos todos los ciudadanos; su total

desconocimiento de la poesía y el arte: aquella educación férrea y

triste, basada únicamente en el deber, que obligaba á todo romano á una

larga y penosa obediencia para poder mandar algún día.

El padre, que era en Grecia un amigo, resultaba en Roma un tirano.

Para la ciudad latina no existía más ser que el padre de familia:

la esposa, los hijos, los clientes, estaban casi al nivel de los

esclavos; eran instrumentos de trabajo sin voluntad y sin nombre. Los

dioses sólo oían á él; era en su casa sacerdote y juez; podía matar

á la mujer, vender los hijos por tres veces, y su autoridad sobre la

prole persistía al través de los años, temblando el cónsul vencedor, el

senador omnipotente, cuando estaba en presencia de su padre. Y en esta

organización sombría y despótica, más triste aún que la de Esparta,

adivinaba Acteón una fuerza latente incubada en el misterio, que algún

día rompería su envoltura, abarcando al mundo como en un abrazo de

hierro. El griego detestaba este pueblo sombrío, pero lo admiraba.

Su rudeza, el espíritu belicoso y duro de la raza, se revelaba en el

Foro. En lo alto del monte sagrado, el Capitolio era una verdadera

fortaleza, con muros desnudos y sombríos, limpios de los adornos que

hacían brillar con eterna sonrisa la ciudadela de Atenas. El templo

de Júpiter Capitolino, apenas sobresalía sobre las murallas con su

techo bajo y sus filas de columnas achatadas y robustas, como si

fuesen torreones. Abajo, en el Foro, igual fealdad grave y sombría.

Los edificios eran bajos y robustos; más bien parecían construcciones

de guerra, que templos á los dioses y edificios públicos. Del Foro

partían las grandes vías romanas, el único embellecimiento á que se

dedicaba Roma por la utilidad que reportaban como caminos para las

legiones y para los arrastres de la agricultura. Desde el Foro veíase

partir en línea recta la vía Apia, pavimentada de piedra azul, con sus

dos hileras de tumbas que comenzaban á elevarse en las inmediaciones de

la ciudad, perdiéndose al través de la campiña con dirección á Capua;

y del extremo opuesto partía la vía Flaminia, que iba á buscar la

costa, remontándose hasta la tierra de los Cisalpinos. Sobre la inmensa

campiña destacábanse, como fajas ondulantes y rojas, los primeros

acueductos construídos bajo la censura de Apio Claudio para surtir

la ciudad de fresca agua de las montañas, combatiendo así los aires

corrompidos de las lagunas Pontinas.

Pero aparte de estos rudos monumentos, la ciudad extensa, gigantesca,

que podía poner por sí sola sobre las armas más de ciento cincuenta

mil combatientes, presentaba un aspecto salvaje y miserable, casi

semejante al de aquellas tribus que había visto Acteón en su viaje por

la Celtiberia.

Escaseaban los edificios con piso superior: la mayoría eran grandes

cabañas con muros redondos de piedra ó barro y techumbres cónicas de

tablas y troncos. Después que los galos incendiaron Roma, la ciudad

había sido reconstruída en un año, al azar, con precipitada ligereza.

Amontonábanse las casas en determinados barrios, hasta el punto de

no dejar más que el espacio de un hombre para circular entre ellas,

y esparcíanse en otros como si fuesen villas campestres, rodeadas de

pequeños campos, dentro de las murallas de la ciudad. Las calles no

existían: eran prolongaciones tortuosas de los caminos que conducían

á Roma; arterias formadas por la casualidad, que se enroscaban,

siguiendo las sinuosidades de una caprichosa construcción, y de repente

desembocaban en grandes terrenos baldíos, donde iban amontonándose

los desperdicios de los vecinos y graznaban por la noche los cuervos,

picoteando las carroñas de los perros y los asnos muertos.

La ruda pobreza de esta ciudad de agricultores, prestamistas y

soldados, reflejábase en el exterior de sus habitantes. Las altivas

matronas hilaban la lana y el cáñamo á la puerta de sus casas, sin otro

traje que una túnica de burdo tejido y algunos adornos de bronce en

el pecho y las orejas; las primeras piezas de plata se habían acuñado

luego de la guerra con los Samnitas; el _as_ de cobre grosero y pesado

era la moneda corriente, y los ricos objetos griegos traídos por las

legiones después de la guerra de Sicilia, casi recibían adoración

en las casas de los patricios, y se miraban de lejos como amuletos

que podían corromper la virtud de las rudas costumbres romanas. Los

senadores que poseían grandes territorios y centenares de esclavos,

paseaban por el Foro con cívico orgullo su toga llena de remiendos. En

toda Roma sólo existía una vajilla de plata, propiedad de la República,

que pasaba de casa de un patricio á la de otro cuando llegaba un

enviado de Grecia, un embajador de Sicilia ó un mercader opulento de

Cartago, habituado á los refinamientos asiáticos, y había que dar

banquetes en su honor.

Acteón, acostumbrado á las disputas filosóficas del Ágora ateniense, á

los diálogos sobre poesía ó sobre misterios del alma apenas se reunían

dos griegos sin ocupación, iba por el Foro atento á las conversaciones,

en un latín rudo é inflexible que hería sus oídos de ateniense. En un

grupo hablaban de la salud de los rebaños y del precio de la lana; en

otro se ajustaba la venta de un buey, en presencia de cinco ciudadanos

de edad adulta que servían de testigos. El comprador ponía en una

balanza el bronce, precio de la compra, y tocando con la mano el buey,

decía con acento solemne, como si recitase una oración:

--Esto es mío, según la ley de los Quirites: lo he pagado con este

metal bien pesado.

Más allá, un legionario de cara famélica ajustaba un préstamo con un

anciano, ofreciéndole como prenda su casco y sus grebas, y pronunciaban

las fórmulas de la ley para tal caso.

--_¿Dari spondes?_ (¿Prometes dar?) --preguntaba el soldado.

--_Spondeo._ (Prometo) --contestaba el prestamista.

Y el trato quedaba cerrado con estas solemnes palabras, de las cuales

una sola sílaba cambiada era suficiente para anular la operación, pues

los romanos profesaban un respeto supersticioso á la letra y la fórmula

de sus leyes.

En otro grupo se discutían las condiciones que debe tener un esclavo

para ser útil á su señor y que éste lo conserve; y en todo el Foro

aquel pueblo grave, austero y sin ideal, sólo hablaba de bienes y de la

manera de acrecentarlos.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 16 / 21 段