La herida de Hanníbal proporcionó á la ciudad algunos días de calma.

Los sitiadores permanecían en su campamento, inactivos, mirando Sagunto

desde lejos. Salían los honderos por las mañanas para ejercitar sus

brazos disparando contra la muralla; pero aparte de esto y de los

flechazos con que les contestaban desde la ciudad, no se cruzaban otras

hostilidades entre sitiados y sitiadores.

Los pelotones de caballería recorrían el agro forrajeando, y la turba

inmensa de tribus feroces acababa su obra de destrucción, saqueando

las villas y casas de campo. Se aclaraban los grupos de árboles: cada

día derribaban nuevos troncos para llevar leña al campamento, y en los

espacios descubiertos ya no se veían tejados y torres. Sólo ruinas

humeantes y ennegrecidas aparecían aquí y allá, sobre los abandonados

campos. Un mosaico á flor de tierra era muchas veces el único vestigio

de una quinta elegante, arrasada hasta los cimientos por los invasores.

Los sitiados veían engrosar rápidamente el ejército de Hanníbal.

Todos los días llegaban nuevas tribus. Parecía que la Iberia entera,

subyugada por el prestigio de Hanníbal, iba á acampar en torno de

Sagunto, enardecida por la fama de sus riquezas. Llegaban á pie ó á

caballo; sucios, feroces, cubiertos de pieles ó vestidos de esparto,

con el escudo de media luna y la espada corta de dos filos, ansiosos

de pelear y trayendo consigo vistosos presentes para el africano, cuya

gloria les deslumbraba.

Los saguntinos que habían comerciado con las tribus del interior,

reconocían desde las murallas á los recién llegados. Venían de muy

lejos; los había de ellos que habían marchado más de un mes para

llegar á Sagunto; y señalaban á los lusitanos, de figura atlética,

de los que se relataban horrorosas ferocidades; á los galaicos, que

vivían de la pesca ó de fundir el oro de sus ríos; á los astures, que

fabricaban el hierro, y á los vascos sombríos, cuya lengua no podían

aprender los otros pueblos. Y mezclados con ellos llegaban nuevas

tribus de la Bética, que se habían retrasado en acudir al llamamiento

del cartaginés; infantes ágiles de piel aceitunada, con la cabellera

esparcida sobre la espalda, vestidos con cortos faldellines blancos

y ancha franja de púrpura y empuñando grandes escudos redondos que

les servían de sostén para pasar los torrentes. El campamento que se

extendía á lo largo del río, acabó esparciéndose por el inmenso valle,

formando grupos de tiendas y chozas, hasta perderse de vista. Era una

verdadera ciudad, más grande que Sagunto, que avanzaba y avanzaba como

si fuera á tragarse sus murallas.

Al día siguiente de la victoriosa salida de los saguntinos notaron

éstos gran movimiento en el campo sitiador. Eran las honras fúnebres de

la reina de las amazonas. Vieron cómo el cadáver de Asbyte era paseado

por las guerreras, llevándolo en alto sobre un escudo: después, en el

centro del campamento, se elevó la columna de humo de la enorme pira

que consumió sus restos.

Los sitiados adivinaban el estado de ánimo de los enemigos. Hanníbal

estaba tendido en su lecho, y el ejército parecía anonadado por el

dolor del héroe. Los hechiceros del campamento entraban y salían en la

tienda examinando la herida, y buscaban después en los montes cercanos

hierbas misteriosas para confeccionar milagrosos emplastos.

En Sagunto los más audaces hablaban de hacer una salida, de aprovechar

aquel instante de desaliento para caer sobre los enemigos, poniéndolos

en fuga. Pero el campo sitiador estaba bien vigilado; el hermano

de Hanníbal, con los principales capitanes, velaba para evitar

una sorpresa; el ejército estaba tras los baluartes de tierra del

campamento como en una ciudad fuerte, y aprovechaba su inacción para

realizar nuevas obras, poniéndose á cubierto de un ataque.

Además, la ciudad no estaba menos desalentada por la muerte del

sacerdote de Hércules. No podían explicarse los saguntinos cómo el

caudillo africano había dado muerte al gigantesco Therón, á los ojos

de todo Sagunto, y los más supersticiosos veían en esto una señal

celeste, el aviso de que los dioses tutelares de la ciudad comenzaban á

abandonarla.

Todos se mostraban con igual firmeza que al principio, resueltos á

defenderse; pero había desaparecido la alegría burlona de los primeros

días del asedio. Creían husmear la desgracia en torno de ellos y les

entristecía el número de enemigos, siempre en aumento. Cada mañana

veían crecer el campo sitiador. ¿Cuándo cesarían de llegar los aliados

de Hanníbal?

La alegre ciudad griega de los ricos comercios y las pomposas fiestas

Panatheas, presentaba el aspecto de las poblaciones sitiadas. La

muchedumbre de los campos refugiada en la ciudad, acampaba en calles

y plazas, esparciendo un hedor de rebaño enfermo y miserable. En los

templos se arrastraban los heridos al pie de las columnas, lanzando

gemidos: arriba, en la Acrópolis, humeaba la hoguera día y noche,

consumiendo los cadáveres de los que morían en las murallas ó caían en

las calles, víctimas de extrañas enfermedades, desarrolladas por el

hacinamiento.

Aún abundaban los víveres, pero faltos de frescura; y los ricos,

adivinando el porvenir, acaparaban lo que podían, viendo en lontananza

los días de escasez. En los barrios pobres mataban los caballos, las

bestias de carga, asando sus carnes en las fogatas encendidas en las

calles para los fugitivos que carecían de techo.

Lo mismo en las murallas que en la Acrópolis, todos miraban al mar con

impaciencia. ¿Cuándo llegarían los auxilios de Roma? ¿Qué hacían los

legados enviados por Sagunto á la gran República?...

La impaciencia hacía caer frecuentemente á toda la ciudad en dolorosos

engaños. Por las mañanas, los vigías apostados en la Acrópolis sobre la

torre de Hércules, daban furiosos golpes en los címbalos de alarma al

ver en el horizonte algunas velas. Corría la muchedumbre á la cumbre

del monte, siguiendo con mirada ansiosa la marcha de los lienzos

blancos ó rojos, sobre la azul superficie del golfo Sucronense. ¡Eran

ellos!... ¡los romanos!... ¡las avanzadas de la flota de socorro que

navegaban hacia el puerto! Pero tras algunas horas de angustiosa

expectativa, llegaba la decepción, al ver que eran naves mercantes

de Marsella ó Ampurias que pasaban de largo, ó trirremes enemigas que

Hasdrúbal, el hermano de Hanníbal, enviaba desde Cartago-Nova con

vituallas para el ejército.

Cada uno de estos desengaños aumentaba la tristeza de los saguntinos.

¡El enemigo siempre creciendo y los aliados sin venir! La ciudad iba á

perderse. Únicamente se reanimaba el entusiasmo de los defensores al

encontrar en las murallas al viejo Mopso, que por su flechazo certero

contra Hanníbal, era el héroe de la ciudad, y al animoso Acteón, que

con sus burlas de ateniense, ligero y gracioso ante el peligro, sabía

comunicarles nuevos ánimos.

Sónnica también aparecía entre ellos en los sitios de combate. Recorría

las murallas cuando silbaban las flechas, y los ciudadanos pobres

admirábanse del valor de la opulenta griega, despreciando los golpes

del enemigo.

El amor á Acteón y el odio á los sitiadores, la hacían ser audaz.

Mostrábase furiosa contra los cartagineses. Desde lo alto de la

Acrópolis había visto una tarde cómo salían llamas de la techumbre de

su quinta, cómo se derrumbaba la roja torre del palomar, cómo eran

abatidos los hermosos bosques que rodeaban su casa, quedando todo

convertido en un montón de escombros y troncos carbonizados, y ansiaba

vengarse, no de la riqueza perdida, sino de la destrucción del retiro

misterioso de sus amores, de la suntuosa vivienda llena de recuerdos.

Además, sentíase nerviosa y en insufrible molestia en esta nueva vida,

dentro de una ciudad sitiada, teniendo que comer viandas groseras y

dormir en una habitación de su almacén, entre las riquezas amontonadas

con el desorden de la fuga, confundida casi con sus esclavas y

privándose del baño, pues en la ciudad no había más agua que la de

las cisternas, y los magistrados la distribuían con gran parsimonia,

preveyendo una próxima escasez.

Esta vida de miserias excitábala, haciendo que se distinguiera por su

audacia belicosa. Veía de tarde en tarde á su amante, pues Acteón,

alma de la defensa, tan pronto estaba en las murallas dirigiendo á los

esclavos que las reparaban, como subía á la Acrópolis con Mopso, para

examinar en conjunto la situación del enemigo. Quería aprovechar la

tregua proporcionada por la herida de Hanníbal para poner á la ciudad

en mejores condiciones de defensa; y mientras tanto Sónnica paseaba

por la muralla hablando con los jóvenes, prometiendo ricos premios á

los que más se distinguiesen, y excitando á todos á hacer una salida

sin ejemplo: la ciudad en masa arrojándose fuera de las murallas,

aplastando á los enemigos, barriéndolos hasta arrojarlos en el mar.

Iba á todos lados escoltada por Eroción y Ranto. La vida en un

estrecho espacio y la comunidad del peligro, la habían hecho

aproximarse á los dos muchachos, y éstos seguían á su señora acogiendo

con sonrisas de entusiasmo todas sus palabras, aplaudiendo los

propósitos belicosos de la rica.

Ranto ya no era pastora. Una tras otra, habían devorado todas sus

cabras en la casa de Sónnica, y sin más ocupación que seguir á su

señora, cogida siempre de la mano de Eroción, consideraba el sitio como

una felicidad, y su deseo era que no terminase nunca. Hasta el ceñudo

Mopso, el padre de su amante, los encontraba juntos sin protestar, y

muchas veces sonreía al verles tranquilos y felices, paseando por las

murallas sin miedo á los sitiadores.

El peligro había hecho más bondadosa á la gente. Los ricos comerciantes

se codeaban con los esclavos al disparar el arco detrás de las almenas;

veíase á más de una griega opulenta, rasgar su túnica de lino para

vendar las heridas á los rudos mercenarios; y Sónnica la rica, que

antes despreciaba á las mujeres de la ciudad, hablaba á las esclavas

para que formasen una tropa igual á la de aquellas amazonas que

seguían á Hanníbal. Ranto, satisfecha de la nueva situación, ciega

de felicidad hasta el punto de no ver las angustias y miserias que

sufría la población, tiraba de su amante en los momentos de combate,

le arrancaba el arco de las manos, y arrastrándolo fuera de las

murallas, escondíanse en el hueco de una escalera, al pie del muro,

y se acariciaban con nueva voluptuosidad, pareciéndoles más intenso

su placer mezclado con el silbido de las flechas y los gritos y

exclamaciones de dolor y rabia que sonaban arriba.

La tregua sólo duró veinte días. En el silencio del campamento,

resonaban sin cesar los mazos de los carpinteros, y los sitiados veían

elevarse poco á poco una gran torre de madera de varios pisos, mucho

más alta que las murallas de la ciudad.

Hanníbal se sentía fuerte y ansiaba reanudar el sitio. Con el deseo

de que los enemigos le viesen cuanto antes, abandonó su tienda, á

pesar de que aún tenía abierta la herida; y montando á caballo salió

del campamento para galopar á lo largo de los muros, seguido por sus

capitanes.

Los saguntinos sintiéronse deslumbrados al mirarle. Brillaba como

una ascua de fuego sobre su negro caballo; el sol le envolvía en un

resplandor que cegaba, como si fuese una divinidad. Llevaba la coraza

y el casco que las tribus galaicas le habían traído como presente,

fabricados con oro puro de sus ríos. El caudillo amaba más las

armaduras de bronce, que había paseado al través de las batallas; pero

su cabalgada en torno de Sagunto equivalía á una resurrección, y

deseaba que los sitiados le contemplasen deslumbrador y majestuoso como

un dios.

Con la reaparición de Hanníbal, comenzó de nuevo el asedio, más fuerte

que antes. Los saguntinos comprendieron desde el primer momento que

los sitiadores habían aprovechado la tregua para aumentar su poder

ofensivo. Avanzaron con grandes esfuerzos la enorme torre de madera que

acababan de construir. Tenía varios pisos, en los cuales se colocaban

los arqueros, disparando por las saeteras abiertas en los troncos. La

plataforma superior dominaba de tal modo la muralla, que su catapulta

arrojaba sobre las almenas grandes piedras, sembrando la muerte entre

los defensores.

Hanníbal multiplicábase, excitado por la tenacidad de los saguntinos,

ansiando terminar cuanto antes el sitio.

Era imposible permanecer al descubierto en las murallas. La torre

había sido colocada cerca de aquel punto saliente de la ciudad, que

Hanníbal consideraba el más flaco. Caían sin cesar dardos y piedras

sobre las murallas, y mientras los defensores se refugiaban tras las

almenas, no pudiendo sacar el cuerpo, abajo, en la base, trabajaban los

arietes al abrigo de la torre, topando contra los muros, deshaciéndolos

lentamente; y los africanos, que sobrevivieron á la primera intentona,

atacaban ahora con más seguridad los bloques, abriendo poco á poco una

brecha.

Los saguntinos, pálidos por el furor y la impotencia, se agitaban en

vano para impedir esta destrucción. La torre de asedio, moviéndose en

un terreno llano á impulsos de los hombres que se ocultaban tras ella,

iba de un sitio á otro sembrando la muerte, y á veces se aproximaba

tanto, que los sitiados podían oir las voces de los arqueros que

disparaban por sus saeteras. Mientras tanto, continuaba abajo, en la

base de los muros, el trabajo lento y obstinado para derribarlos.

Los ciudadanos más entusiastas, bramando de indignación al ver como

destruían impunemente sus muros, sacaban el cuerpo para disparar

contra los que manejaban el ariete ó los picos; pero apenas quedaban

al descubierto, caía sobre ellos un pedrusco ó se desplomaban con

el cuerpo atravesado por una flecha. La muralla estaba cubierta de

cadáveres. Se arrastraban los heridos, contemplando con mirada turbia

el mástil del dardo que les atravesaba el cuerpo.

En vano disparaban los sitiados contra la torre. Las piedras rebotaban

sobre sus paredes de troncos con sordo ruido, pero sin causarla

quebranto. Aparecía erizada de flechas, moviéndose como un elefante

monstruoso, insensible á las heridas, é inútilmente partían contra ella

las _faláricas_ rasgando el espacio con su cabellera de humo y chispas,

pues no hacían arder las pieles mojadas de que estaba forrada la parte

alta de la torre.

Huían los más prudentes de un lugar donde se concentraban los esfuerzos

del sitiador y acudían á él los más audaces, sin saber ciertamente

cómo repeler al enemigo, pero con la tenaz idea de morir antes de que

avanzara un paso.

Mopso, el arquero, era el único que en tan difícil situación causaba

daño á los cartagineses. Con el arco tendido avanzaba un instante la

cabeza fuera de las almenas y disparaba, consiguiendo introducir sus

flechas por las saeteras de la torre, lo que esparcía la muerte entre

los soldados que se creían seguros. Eroción estaba á su lado. Al ver á

su padre en aquel lugar de peligro, había repelido á Ranto al pie de la

escalinata de la muralla, sin hacer caso de sus lágrimas, y empuñando

el arco, pretendía imitar á su padre, hostilizando á los de la torre.

Pero menos prudente, con el ardor de la juventud, sacaba casi todo el

cuerpo fuera de las almenas, y cuando conseguía introducir una flecha

en la torre, reía, completamente al descubierto, insultando á los

sitiadores con sus carcajadas de pilluelo audaz.

Una piedra de la catapulta de la torre pasó silbando y chocó con su

cabeza, produciendo un chasquido fúnebre. La sangre y las piltrafas

salpicaron á los más cercanos, y el muchacho, doblándose como si fuese

de trapos, resbaló entre dos almenas, cayendo fuera de las murallas.

Las flechas de su carcax se esparcieron en torno del cadáver, con

triste vibración de hierro.

--¡Mopso! ¡Mopso! --gritó Acteón, intentando detener al arquero.

Pero el viejo se había lanzado en medio de la muralla, completamente al

descubierto, con los ojos vidriosos, trémula la barba gris, imponente

de dolor y de furia.

Intentó tender por tres veces su arco para disparar contra la

plataforma de la torre donde estaba la catapulta, y por más esfuerzos

que hizo, no logró preparar su arma. El dolor, la sorpresa, la

desesperación que le producía no poder exterminar de un golpe á todos

los enemigos, le arrebataban las fuerzas.

Mientras pugnaba con el duro arco, que parecía rebelarse contra él,

silbaban en torno de su cabeza los proyectiles del enemigo. Viéndose

impotente, envejecido en un instante por el dolor, contemplando abajo

el destrozado cadáver de su hijo y sin poder vengarle, lanzó un gemido,

y reuniendo todas las fuerzas de su voluntad, se lanzó fuera de la

muralla, cayendo sobre los restos de Eroción. Su cabeza chocó con sordo

ruido en las piedras, salió de ella un hilo de sangre, y padre é hijo

formaron un grupo inmóvil á corta distancia de los asaltantes, que

seguían empujando el ariete y socavando la base de la muralla.

Duró casi todo el día la desigual lucha. Los saguntinos que guardaban

esta parte del muro, no lograban evitar los avances del enemigo.

Sentían el sordo choque de los picos, la muralla parecía bambolearse

bajo sus pies y nada podían hacer para impedir los progresos del

sitiador.

Lentamente iban retirándose los defensores. Acteón, triste por la

trágica muerte de su compatriota y convencido de que era inútil

permanecer allí, les aconsejaba la retirada al interior de la ciudad.

Retrocedió con algunos de los suyos, y á los pocos momentos, un

torreón carcomido en su base por el ariete, se bamboleó, cayendo al

fin al suelo con gran estrépito de escombros, que llenaron de polvo el

espacio. Tras él se abatieron dos torreones más y un gran lienzo de

muralla, sepultando entre los escombros á los defensores más tenaces,

que quisieron permanecer en su puesto hasta el último momento.

Una exclamación formidable, un alarido de salvaje alegría, contestó

desde afuera á la caída de los muros. Al través de la abierta brecha

vióse desde las calles de la ciudad la campiña desolada y un extremo

del campamento. Brillaban las armas en el denso ambiente, enrojecido

por el polvo de los escombros; veíase avanzar obscuras masas y

resonaba el bramido de los cuernos.

--¡El asalto!... ¡Los cartagineses que entran!...

Y de todos los puntos de la ciudad acudían gentes armadas. Las

estrechas calles vecinas á la muralla vomitaban grupos y más grupos

que llegaban vociferantes, blandiendo espadas y hachas, con el aspecto

resuelto del que ha decidido morir. Escalando los escombros fueron á

colocarse de pie en la brecha; y este espacio abierto, ancha herida

que rasgaba el cinturón de piedra de la ciudad, quedó cubierto por una

muchedumbre abigarrada que blandía sus armas formando una masa sólida é

inquebrantable.

Acteón estaba en la primera fila. Cerca de él vió al prudente Alco, que

había cambiado su báculo por la espada, y muchos de aquellos tranquilos

comerciantes, cuyas caras astutas parecían ennoblecidas por la heroica

resolución de morir antes que dejar paso á los enemigos.

Cuando éstos llegaron al asalto tuvieron que chocar con la ciudad

entera. De nada les servían la torre de asedio, los arietes y

catapultas; la lucha era cuerpo á cuerpo, y los mismos sitiados no

empleaban ya la _falárica_, sino la espada y el hacha.

Hanníbal, á pie, guiaba las falanges, que avanzaban con las picas bajas

ó la espada en alto. Peleaba como un soldado, ansioso por acabar aquel

sitio que retardaba sus planes; comprendiendo que estaba en el momento

decisivo y un esfuerzo supremo podía hacerle dueño de la ciudad.

Con palabras entrecortadas hablaba á los soldados en los distintos

idiomas de sus tribus, recordando las grandes riquezas de la ciudad,

la hermosura de las griegas, el considerable número de esclavos que

había dentro de los muros; y los baleares acometían con la cabeza baja,

avanzando sus picas de madera con la punta endurecida por el fuego; los

celtíberos rugían sus cantos de guerra, golpeándose el pecho como un

sonoro tambor y descargando las cortantes espadas de dos filos; y los

númidas y mauritanos, descendidos de sus caballos, iban de un lado á

otro astutos y recelosos, arrojando sobre los sitiados los dardos de su

cinturón, oculto bajo los blancos velos.

Todo en vano. La brecha era una angosta garganta. El ejército

cartaginés, á pesar de la superioridad numérica, tenía que estrechar

su frente para batirse en tan reducido espacio, y, equilibradas

las fuerzas, los saguntinos eran los que llevaban la mejor parte,

rechazando á los sitiadores tantas veces como intentaban subir

la pendiente de escombros. Hundíanse las espadas en las carnes,

produciendo las atroces heridas de las guerras de la antigüedad;

rasgábanse los pechos al brutal impulso de las picas; agarrábanse

los combatientes, enredando sus brazos como sarmientos, trabándose

las piernas, haciendo crujir sus pechos jadeantes como fuelles, y

rodaban por el suelo mordiéndose el rostro. Al levantarse algunas veces

el vencedor, ostentaba con orgullo entre los dientes, una piltrafa

sangrienta.

Subían las tropas de Hanníbal como un huracán la pendiente de la

brecha, y á su choque conmovíase la masa de defensores: pero ninguno

retrocedía; había que morir, firmes en el puesto, teniendo á las

espaldas una compacta multitud que obligaba á ser valiente, no dejando

espacio para huir.

Así duró el combate algunas horas. Los cadáveres, amontonándose entre

los sitiados y los asaltantes, dificultaban el avance de éstos.

Comenzaba á ponerse el sol, y Hanníbal se sentía fatigado por la

tenaz resistencia, contra la que se estrellaban todos sus esfuerzos.

Confiando aún en su buena suerte, hizo sonar las trompas para un último

asalto; pero en el mismo instante ocurrió una cosa inaudita, que

desconcertó al caudillo, sembrando la confusión en sus tropas.

Acteón no supo realmente de dónde partió la voz. Tal vez fué una

alucinación de la fe; la invención de algún entusiasta cansado de

permanecer á la defensiva.

--¡Los romanos! --gritó una voz--. ¡Nuestros aliados que llegan!...

La noticia se esparció con la credulidad que da el peligro. Corría

de unos á otros la versión de que los vigías de la torre de Hércules

acababan de ver una flota navegando hacia el puerto, y nadie preguntaba

quién había traído á la brecha la agradable nueva. Todos la aceptaban,

añadiéndola por propia cuenta nuevos detalles; y brillaban los ojos

de alegría, se coloreaban los rostros, y hasta los heridos que se

arrastraban por entre los escombros levantaban los brazos gritando:

--¡Los romanos! ¡Ya vienen los romanos!

De repente, sin orden alguna, por común instinto, como si los empujase

una fuerza invisible, se arrojaron fuera de la brecha, escombros abajo,

cayendo como una avalancha sobre los sitiadores que se agrupaban para

dar el último asalto.

Lo inesperado del choque, la fuerza de la sorpresa, aquel grito:

«¡Los romanos! ¡los romanos!», que lanzaban con tanta convicción los

saguntinos, sembraron la dispersión en las tribus bárbaras de Hanníbal.

Se defendieron; pero toda la ciudad caía sobre ellos; hasta las mujeres

y los muchachos combatían como en la mañana que murió Therón; y los

soldados de Hanníbal, esparcidos en pequeños grupos, sin ver ni oir á

sus jefes, emprendieron la fuga hacia el campamento.

Hanníbal corría, gritando de furor, enloquecido, al ver que los

sitiados repelían por segunda vez sus tropas. Tanta era la ceguedad de

su cólera, que se introdujo entre los enemigos, y varias veces se vió

próximo á caer bajo sus golpes.

Comenzaba á anochecer. Los combatientes saguntinos llegaban ya á las

inmediaciones del campamento, mientras la gente menuda de la ciudad se

esparcía por el campo, rematando á los heridos é intentando incendiar

las máquinas de asedio. Las hubieran destruído todas á no ser por

Marbahal, el lugarteniente de Hanníbal, que salió del campamento con

algunas cohortes de jinetes. Los sitiados, no pudiendo resistir á la

caballería en campo raso, fueron retirándose lentamente. Al cerrar

la noche ocupaban de nuevo la brecha, comentando á gritos aquella

victoria, que templaba su desaliento por la ausencia de los romanos.

Acteón, con algunos saguntinos de los que más se distinguían en los

combates, se ocupaba de fortificar la ciudad. Hablaba á los viejos del

Senado de lo difícil que era defender largamente aquella abertura. Era

imposible repetir muchas veces el prodigio de aquella tarde. Y á la luz

de las antorchas, pasó la muchedumbre toda la noche trabajando dentro

de la brecha, abatiendo tejados y derribando muros.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 15 / 21 段