--¡Los dioses! --gritó Hanníbal--. Vivo entre guerreros de todos los

pueblos. Cada uno adora sus dioses, y conozco tantos, ¡tantos! que no

creo en ninguno y me burlo de todos ellos. En Cartago adoraba á Moloch;

aquí me has visto muchas veces dedicar sacrificios á las divinidades

iberas, para atraerme á los pueblos. Si algún día entro como vencedor

en esa ciudad donde vive continuamente mi pensamiento, el populacho me

aclamará, viéndome subir al Capitolio para dar gracias á sus dioses...

Yo sólo creo en la fuerza y la astucia; sólo tengo un dios tutelar,

la guerra, que agiganta los hombres dándoles la omnipotencia de la

divinidad. Si al ser señor de toda la tierra no encontrara con quien

reñir, moriría, creyendo que el mundo estaba vacío.

La amazona bajaba la cabeza con expresión triste.

--Comprendo que nunca serás mío, Hanníbal. Amas la guerra sobre todas

las cosas y serás fiel á ella mientras vivas. Eres una ave de presa;

te basta el amor momentáneo de la esclava, te sacia la mujer llorosa

y herida que cae en poder de tus soldados al entrar al asalto por la

brecha. Nunca comprenderás el amor con sus dulzuras.

Hanníbal se encogió de hombros con desprecio.

--Amo la victoria, el éxito. El laurel que los héroes griegos se ceñían

en el triunfo tiene para mí un perfume más penetrante que las rosas de

los poetas. Cesa, Asbyte, en tus lamentos: sé guerrera y olvida que

eres mujer; te amaré más, serás mi hermano de armas. ¿Á qué pensar

en aquellas noches de amor, cuando estaba yo caído en la desgracia y

carecía de soldados, ahora que toda Iberia viene á mí y comienzo á

ver realizados mis ensueños de dominación? Contempla ese campamento

donde se hablan infinitas lenguas y cada uno viste diverso traje. Las

tribus llegan como los riachuelos que engrosan el torrente. Cada día se

presentan nuevos guerreros. ¿Cuántos son?... Nadie lo sabe. Marbahal

decía ayer que eran ciento veinte mil; yo creo que pronto serán ciento

ochenta mil. Les arrastra la ciega confianza en Hanníbal; presienten

que conmigo se marcha á la victoria; tal vez sus dioses les han dicho

que esto no es más que el principio de una serie de hazañas que

asombrarán al mundo. Admírate, Asbyte. Esas gentes han pasado su vida

guerreando entre sí; se odiaban, y sin embargo, la espada de Hanníbal

es un cayado, que les guía como un rebaño común. ¿Y quieres, después

de este prodigio, que pierda mi tiempo amándote, que permanezca en mi

tienda tendido á tus pies, con la cabeza sobre tus rodillas, oyéndote

cantar las soñolientas canciones del oasis?... No, ¡rayo de Baal! La

ciudad está enfrente de nosotros, burlándose del ejército más grande

que jamás se reunió en los campos de Iberia, y es preciso acabar. Es

preciso que la tienda de lienzo aplaste á la torre de piedra. Afila

bien tu lanza, hija de Hiarbas; prepara tu fiel caballo, amada mía.

Sopla en torno de mí ese aliento misterioso que siempre percibo en

vísperas de la victoria. Hoy mismo entraremos en Sagunto.

Y miraba á lo lejos como si sintiera impaciencia, aguardando la llegada

del día. Brillaba la luna con menos intensidad; oscurecíase el cielo

tomando su azul un tono más denso, y por la parte del mar marcábase una

ancha faja de claridad violácea.

--Pronto amanecerá --continuó el africano--; esta noche, Asbyte,

dormirás en el lecho de marfil de alguna rica griega, y tendrás á tus

pies los ancianos de la ciudad para que te sirvan como esclavos.

--No, Hanníbal. No terminará para mí el día que ahora empieza. Veo aún

la sombra de Hiarbas, tal como se me apareció antes del primer canto

del gallo. ¡Moriré, Hanníbal!

--¡Morir!... ¿Y eres tú quien lo crees? Para que el enemigo llegue

hasta tí, es preciso que pase sobre Hanníbal. Eres mi hermano de armas.

Yo estaré á tu lado.

--Aun así moriré. Mi padre no puede engañarme.

--¿Tienes miedo?... ¿Tiemblas, hija del garamanta?... ¡Al fin, mujer!

Quédate en tu tienda: no te aproximes á los muros. Iré á buscarte,

cuando llegue el momento de que entres en la ciudad como señora.

Asbyte irguió su gallarda figura cual si acabase de recibir un

latigazo. Sus grandes ojos brillaban con cólera.

--Te dejo, Hanníbal. Comienza á amanecer. Prepáralo todo para el

asalto, y ya me encontrarás cuando tus tropas den la señal. Al saber

que voy á morir, sólo quería pedirte un beso, el último... No, no

te acerques. Ahora no lo deseo: me haría daño. Si caigo y puedes

encontrarme entre los cadáveres, ya sabes cual ha sido mi último

pensamiento.

Se alejó apoyada en su lanza, por entre las filas de tiendas, seguida

del negro caballo, que husmeaba la huella de sus plantas como bestia

apasionada.

Comenzaba el día. Extinguíanse las hogueras, y en torno de las últimas

llamas veíanse hombres que se levantaban del suelo estirando sus

miembros entumecidos y sacudiendo los pedazos de tela en que estaban

envueltos. Relinchaban los caballos tirando de las cuerdas, y los

soldados los dejaban en libertad, conduciéndolos al río para abrevarlos

y limpiarlos.

Por todos los caminos llegaban al campamento grandes carretas cargadas

de víveres y forraje, y con el chirrido de sus ejes confundíanse las

canciones de los soldados que, al levantarse alegres, recordaban el

lejano país, cantando en la lengua natal.

Era una confusión de voces y de gritos; cada pueblo ocupaba un lugar

distinto; se saludaban con aullidos regocijados de una nación á otra.

Sobre el campamento, elevábase un vaho de carne desnuda y sudorosa, de

guisos raros hirviendo en las marmitas, y resonaban los grandes mazos

de los carpinteros componiendo los artefactos de asedio, que á las

pocas horas habían de disparar piedras y dardos contra las murallas.

Algunos guerreros de flotante manto, jinetes en briosos caballos,

corrían entre la ciudad y el campamento mirando las murallas de

Sagunto, en cuyas almenas, enrojecidas por los primeros rayos del sol,

comenzaban á rebullir los defensores. Hanníbal, á pie, con la cabeza

descubierta, contemplaba también la ciudad desde fuera del campamento,

sentado en un trozo de muro, último resto de una quinta arrasada por

los sitiadores.

Estaba resuelto á dar el asalto tan pronto como su ejército hubiese

terminado los preparativos matinales. Quinientos africanos armados

con picos se formaban en las afueras del campamento. Iban á acometer

aquel punto de la ciudad que avanzaba su muralla en un terreno llano

y despejado, que permitía llegar hasta su base sin obstáculo alguno.

En otros sitios del campamento se agolpaban los infantes celtíberos

con largas escalas para intentar el asalto por distintos lados á la

vez. Avanzaban las máquinas de guerra; las catapultas, con el robusto

balancín oprimido por tirantes cuerdas, pronto á disparar los pedruscos

depositados en la cavidad de su largo brazo; los arietes, que al ser

arrastrados, temblaban pendientes de sus cadenas. Las torres de asedio,

ligeras, de paredes de juncos entrelazados, marchaban sobre discos

macizos, coronadas por los escudos de los sitiadores, que se ocultaban

tras ellos para disparar los dardos.

Hanníbal corrió á su tienda, pasando por entre los jinetes, que

limpiaban sus caballos y sus armas con lentitud, convencidos de que no

habían de tomar parte en el asalto hasta el último momento. El caudillo

se armó á la ligera. Vistióse una corta loriga de escamas de bronce, se

cubrió con el casco, tomó un escudo, y al salir de la tienda encontró

á Marbahal y á su hermano Magón, encargados de las reservas que

quedaban en el campamento.

--Llevas las piernas descubiertas --dijo el hermano--. ¿No te las

cubres con las grebas?

--No --contestó animoso el caudillo--. Vamos á un asalto, y para trepar

por los escombros, hay que tener los pies ligeros. Los dardos me

respetarán como siempre.

Al salir del campamento creyó ver entre dos tiendas á la reina de las

amazonas, que le seguía con ojos tristes. Pero Asbyte, al cruzar su

mirada con la de Hanníbal, se alejó, tornándole la espalda con altivez.

Sonaron las trompas y el campamento pareció moverse, marchando contra

la ciudad.

Avanzaban los manteletes, verdaderas murallas de madera, por cuyos

intersticios disparaban los arqueros. Al abrigo de estos movibles

baluartes, iban adelantando los africanos armados de picos, mientras

que por otros lados del valle corrían los celtíberos, llevando al

frente sus escalas.

Las murallas se cubrieron en un instante de defensores. Por encima de

las almenas asomaban brazos nervudos arrojando dardos, culebreaban las

hondas disparando piedras, y se combaban los arcos despidiendo agudos

silbidos.

Hanníbal, para animar á los asaltantes, marchaba detrás de los

quinientos africanos, riendo de los proyectiles de toda clase que

chocaban con la madera de los manteletes. Varias noches, arrastrándose,

y á riesgo de caer prisionero, había llegado hasta el pie de aquel

muro que cubría la parte del valle y era el más fuerte de la ciudad.

La base estaba formada de grandes piedras unidas con barro. Convencido

el caudillo de que era difícil escalar los muros, quería abrir brecha

por los cimientos, derrumbando la rojiza muralla, ante la que se había

estrellado su ejército.

Al llegar cerca de ella, los africanos abandonaron el abrigo de

los manteletes, arrojándose con furor contra la barrera de enormes

piedras. Desnudos, negruzcos, vociferantes, subiendo y bajando sus

brazos musculosos, al final de los cuales brillaba el hierro del pico,

parecían espíritus infernales enviados por los dioses kabiros de

Cartago para la destrucción de la ciudad. Encarnizados y tenaces en su

tarea de destrucción, rugían y trabajaban, insensibles á los golpes que

venían de arriba.

Los sitiados, enfurecidos por tanta audacia, despreciaban á los

honderos baleares y á los arqueros, que desde lejos disparaban sobre

las almenas; y sacando el cuerpo fuera, arrojaban á los africanos

dardos y pedruscos, que cayendo verticalmente, nunca dejaban de

producir víctimas. Rodaban los africanos con la cabeza partida ó las

espaldas aplastadas; rompíanse los brazos y las piernas como cañas

bajo el peso de los pedruscos, y más de un asaltante quedaba con el

vientre clavado al suelo por un dardo que le atravesaba los riñones.

Por encima de los cuerpos palpitantes, de las carnes magulladas, de la

sangre que se amalgamaba con el barro de los muros, nuevos asaltantes

cogían el pico de manos de un moribundo y emprendían contra la muralla

la obra de destrucción, golpeándola furiosamente como si fuese un

enemigo en pie; confundiéndose los africanos, los celtíberos, los

galos, hombres de todos colores y razas, jurando cada cual en su idioma

con espumarajos de rabia y sintiendo cernerse la muerte sobre sus

espaldas á cada instante, entre el estrépito de aullidos y lamentos,

de piedras que caían y de _faláricas_ que incendiaban las ropas y

se agarraban á la carne desnuda, haciendo arder á los hombres, que,

retorciéndose de dolor, corrían hacia el río como antorchas animadas.

¡Ya se movía un bloque del muro! ¡Ya rodaba fuera de su álveo! Lo más

importante era sacar el primero; tras de aquel saldrían los otros. Los

asaltantes prorrumpieron en exclamaciones de salvaje alegría; oían la

voz de Hanníbal animándolos; pero antes de levantar la cabeza para

descansar un momento, un rugido inmenso se elevó entre ellos. Llovía;

pero eran gotas ardientes, infernales, que penetraban en los cuerpos

como interminables cuchillos. Arriba, entre las almenas, humeaba una

hoguera. Era que los comerciantes derretían los grandes lingotes de

plata de sus almacenes, enviando el metal fundido como una lluvia de

muerte sobre los que osaban destruir los muros de la ciudad.

Los asaltantes retrocedieron rugiendo de rabia, y fueron á refugiarse

detrás de los manteletes. Hanníbal levantaba su espada, queriendo

con sus golpes hacerles volver al trabajo. Pero en vano se esforzaba

hablando de la victoria y de la necesidad de destruir el muro. Sus

soldados retrocedían de espaldas, mirando con respeto al caudillo,

que parecía invulnerable, pero quejándose del atroz tormento de las

quemaduras. Algunos se revolcaban en el suelo, con los labios cubiertos

de espuma, pataleando de dolor.

De pronto, pareció que la ciudad estallaba, arrojando lejos de sí

á todos sus habitantes. Á lo lejos veíase huir á los celtíberos,

arrojando sus escalas. La ciudad salía en masa contra los sitiadores.

Las puertas eran pequeñas para dar paso á la muchedumbre armada que se

arremolinaba en ellas, extendiéndose después como un torrente que corre

encajonado entre montañas y de pronto se esparce en la llanura. Muchos

impacientes se descolgaban de las almenas para caer más pronto sobre el

enemigo.

En un momento quedó cubierto por los saguntinos que atacaban y

los sitiadores que huían, todo el espacio entre las murallas y el

campamento. Hanníbal se sintió arrastrado por la fuga de sus soldados.

Ardían los manteletes, y una muchedumbre de mujeres y niños empuñando

antorchas, rodeaba las torres de asedio, incendiando sus paredes de

junco.

Los saguntinos, formados en masas, avanzaban, barriendo á los

sitiadores, que huían á la desbandada. Ante su movible frente de picas

y brazos levantados con anchas espadas, sólo se veían hombres fugitivos

que arrojaban las armas y caían alcanzados por los dardos y las lanzas.

El gigante Therón avanzaba aislado, como si él solo fuese una falange.

La piel de león y su enorme estatura atraían las miradas de todos: su

maza subía y bajaba, acosando los grupos fugitivos y abriendo en ellos

grandes claros.

--¡Es Hércules! --gritaban con terror supersticioso los sitiadores--.

¡El dios de Sagunto que viene contra nosotros!

Y la presencia del gigante aceleraba aún más la dispersión que los

golpes de los saguntinos.

Hanníbal intentaba avanzar, hacer frente; pero en vano rugía,

blandiendo su espada. Estaba preso en el torrente de la fuga; le

empujaban sus propios soldados, ciegos por el contagio del terror;

le pisaban los talones ó le golpeaban la espalda con sus cabezas

bajas por la velocidad de la carrera, y tenía que hacer grandes

esfuerzos para no verse derribado y pisoteado. Un momento más y los

sitiados, después de destruir todas las obras de asedio, entraban en el

campamento.

El caudillo rugía maldiciones y amenazas contra su hermano y Marbahal,

que no acudían con las reservas á sostener el torrente de la derrota.

Vió que apresuradamente salían tropas del campamento, pero á pie y

sin orden, con la precipitación que produce un suceso inesperado,

ajustándose muchos de ellos las correas de sus corazas, confundidos

con los de otros pueblos y sin sus jefes, que en vano hacían sonar los

cuernos para ordenar las huestes.

Los saguntinos, con el impulso ciego de la victoria, chocaron con este

refuerzo y casi lo arrollaron en el primer encuentro. Hanníbal, que

había conseguido reunir un grupo de soldados más animosos, hacía frente

á los saguntinos.

--¡Á mí! ¡Á mí! --gritaba á los que llegaban del campamento, y en su

turbación no sabían dónde acudir.

Pero sus gritos atraían al mismo tiempo á los enemigos. Therón, como

si le guiase su dios, se dirigió contra Hanníbal, y pronto su maza

comenzó á caer sobre los escudos del grupo cartaginés. Se arrojaba con

un coraje frío contra los enemigos, quebrando sus lanzas con un revés

de la maza; hiriéndose con las espadas, que parecían embotarse en sus

músculos poderosos, y chorreando sangre por debajo de su piel de león,

feroz y magnífico, como una divinidad. No levantaba el nudoso tronco

sin que cayera un enemigo á sus pies.

Comenzaban á retroceder otra vez los sitiadores ante el empuje de

los saguntinos; Hanníbal se veía arrastrado de nuevo por los suyos,

aterrados por la furia del gigante que parecía invulnerable, cuando

algo inesperado cambió la faz del combate.

Tembló la tierra bajo un desenfrenado galope semejante al tableteo

de un trueno, y encorvadas sobre las crines de sus caballos, al aire

las cabelleras ondeantes bajo los cascos y arremolinadas las blancas

túnicas en torno de las piernas desnudas, cayeron contra los enemigos

las amazonas de Asbyte, con la impetuosidad de un huracán. Gritaban

tremolando sus lanzas, llamándose unas á otras para cargar sobre los

grupos más compactos, y los enemigos retrocedían asombrados ante

aquellas mujeres que por primera vez veían de cerca y que tenían á su

favor la fuerza de la sorpresa.

Hanníbal, al través de las cabezas de los que le rodeaban, vió pasar

como un rayo luminoso á Asbyte, completamente sola. La luz del sol,

quebrándose en su casco, la rodeaba de un nimbo de oro. Su instinto

de amante la había hecho adivinar dónde estaba Hanníbal cercado de

enemigos, y corría allí para darle auxilio.

Lo que después pasó fué rápido, instantáneo; apenas si Hanníbal pudo

verlo entre el polvo de la carga, con la vaguedad apresurada de un

ensueño.

La amazona, con la lanza baja, se dirigió al galope contra el sacerdote

de Hércules, que en el reflujo de aquel combate desordenado, cuerpo á

cuerpo, había quedado solo en un gran espacio de terreno.

--¡Ohóoo!... --gritaba la amazona, excitando el caballo con su

exclamación de guerra.

Y doblando las piernas contra los hijares de la bestia, elevábase sobre

sus lomos para herir mejor al gigante.

El caballo, asustado al ver la espantosa cabeza de león sobre la testa

del coloso, se encabritó relinchando, y en el mismo momento cayó sobre

sus ojos la enorme maza, produciendo igual chasquido que si se quebrara

una robusta ánfora.

Rodó el caballo sobre las patas traseras con la cabeza rota, manando

sangre por los ojos, y la amazona, despedida de sus lomos, cayó de

rodillas á algunos pasos de distancia, cubriéndose con el escudo. Si

podía resistir un momento se salvaba. Hanníbal, olvidado de los suyos

que se agitaban en la confusión del combate, corría en su auxilio. Del

campamento salían grandes grupos de jinetes para apoyar á las audaces

amazonas, y la masa de los sitiados retrocedía en desorden hacia la

ciudad.

Púsose en pie Asbyte y avanzó un paso, levantando la lanza para

herir al gigante; pero en el mismo momento, la enorme maza, blandida

con dos manos, cayó sobre ella como un muro que se desploma. Resonó

quejumbrosamente el escudo de bronce al quebrarse, cayó en pedazos el

casco de oro, y Asbyte se dobló en el suelo con la túnica cubierta de

sangre, como una ave blanca que plegase sus alas.

Therón, á pesar de su ferocidad, quedó inmóvil, apoyado en su maza,

sin ver lo que pasaba á su alrededor, como arrepentido del horrible

destrozo que su fuerza había causado en aquella mujer hermosa.

--¡Á mí, Therón! ¡Defiéndete, carnicero de Hércules!... Mátame si

puedes: soy Hanníbal.

Volvióse el sacerdote y vió un guerrero que, cubierto el rostro con

el escudo y la espada de punta, avanzaba con agilidad asombrosa,

trazando círculos en torno de él, como un tigre que ataca á un

elefante y busca con su movilidad hacer presa en un punto flaco. Había

terminado la batalla: los saguntinos se replegaban sobre la ciudad.

Los jinetes sitiadores cargaban cerca de las murallas, dejando solos

á los dos combatientes en aquella parte del campo. Algunos soldados

se aproximaban con lentitud para detenerse á alguna distancia,

intimidados por el terror supersticioso que inspiraba el gigante.

Therón no se inmutó al verse solo. ¡Hanníbal! ¡Era Hanníbal aquel

guerrero que iba á luchar con él completamente solo!... ¡Este encuentro

singular, á la vista de toda la ciudad asomada á las murallas, parecía

preparado por su dios! ¡Iba á librar á Sagunto de su principal

enemigo!... Hércules le proporcionaba esta gloria; y sonriendo

satisfecho, levantó la maza, marchando en línea recta contra el

africano.

Éste le eludía retrocediendo, saltando de lado con agilidad felina,

evitando el encuentro, hasta que al fin, cansado el sacerdote y

deseando acabar antes que llegaran nuevos combatientes, se afirmó sobre

sus piernas de coloso y arrojó la maza contra Hanníbal. El enorme

tronco rasgó el aire, al mismo tiempo que Hanníbal, viéndolo venir

sobre él, saltaba de lado. Todavía alcanzó su escudo, produciendo

con el choque un estrépito atronador, y fué á caer lejos, levantando

una nube de polvo. El africano, con la violencia del golpe dobló las

rodillas, pero se repuso, y arrojando su escudo roto corrió con la

espada levantada contra Therón.

El sacerdote de Hércules, al verse desarmado, tuvo un momento de

debilidad, sintió miedo, creyóse en presencia de un ser superior contra

el que nada podían sus fuerzas, y volviendo la espalda á Hanníbal,

huyó hacia Sagunto. Desde las murallas le llamaban á gritos viéndole

en peligro. Algunos armaban los arcos para detener con sus flechas

á Hanníbal; pero no osaban disparar por miedo á herir á Therón.

Respiraban angustiosamente los saguntinos al ver huir á su Hércules,

perseguido por aquel guerrero que le acosaba cerrándole el paso para

que no llegase á la ciudad.

El gigante pesado y musculoso corría difícilmente por el campo cubierto

de cadáveres y despojos del combate. Tropezó en un escudo, sus rodillas

se doblaron, y volvió á levantarse; pero esta vez completamente

desnudo. La piel de león había caído de sus hombros, quedando entre los

despojos de la batalla.

Su perseguidor le alcanzaba. Sintió en sus espaldas el frío del hierro

hundiéndose entre los músculos, y no queriendo morir perseguido como un

esclavo á la vista de toda la ciudad, volvióse rápidamente, extendiendo

sus brazos como columnas para ahogar entre ellos al enemigo.

Pero Hanníbal, antes de que cayeran en torno de él aquellas dos moles

magullándolo, hundió su espada varias veces en el costado del coloso, y

Therón se desplomó, llevándose las manos á las heridas para contemplar

su sangre, de un rojo obscuro.

Miró sin cólera á Hanníbal, con una expresión infantil de dolor, y

luego fijó sus ojos turbios por la muerte en la alta Acrópolis, sobre

cuyas techumbres se reflejaba el sol.

--¡Padre Hércules! --murmuró con amargura--. ¿Por qué abandonas á los

tuyos?...

Su cabeza enorme, al caer en el suelo, levantó una nube de polvo.

Hanníbal se inclinó sobre ella, y con su espada comenzó á cortar el

robusto cuello, teniendo que dar muchos golpes para partir la maraña de

tendones como cuerdas y de músculos resistentes, en los que el hierro

parecía embotarse.

Una nube de flechas comenzó á clavarse en el suelo en torno de Hanníbal.

El caudillo se despojó del casco, dejando suelta la cabellera de

gruesos rizos; agarró la cabeza de Therón por su ensangrentada melena,

y poniendo un pie con ademán de vencedor sobre el cuerpo del sacerdote,

la enseñó á los que ocupaban las murallas.

Estaba magnífico con la espada en la diestra, avanzando el otro brazo,

que sostenía la cabeza del gigante. Relampagueaban de orgullo y fría

cólera sobre la obscura tez sus ojos, brillantes como los discos de

metal que pendían de sus orejas.

Los sitiados le reconocieron, y un grito de sorpresa y de rabia corrió

á lo largo de la muralla.

--¡Hanníbal!... ¡Es Hanníbal!

Aún permaneció inmóvil algunos instantes, como la estatua de la

victoria, desafiando con soberbia á los enemigos, sin hacer caso de la

nube de proyectiles que zumbaba en torno de él, hasta que de pronto

soltó la cabeza de Therón y cayó de rodillas, abandonando su espada.

Mopso el arquero acababa de atravesarle una pierna de un flechazo.

Todos vieron desde las murallas cómo en un arranque de dolorosa rabia

se arrancaba el mástil de la flecha, haciéndolo añicos y arrojándolo

lejos. Luego ya no vieron más. Una gran parte del ejército sitiador

corrió á él para cubrirlo, y sus honderos y arqueros comenzaron á

disparar contra la muralla.

Acteón, fatigado por la salida reciente, contemplaba oculto tras una

almena lo que ocurría en torno de Hanníbal, sin prestar atención á

los proyectiles de los honderos que, enfurecidos por la herida del

caudillo, enviaban una tempestad de piedras contra los muros.

Vió cómo se alejaba Hanníbal, sostenido por dos capitanes cartagineses

de dorada coraza y custodiado por una muchedumbre.

De repente el caudillo repelió á los que le sostenían, y cojeando

dolorosamente anduvo hacia un bulto blanco y ensangrentado que se

destacaba sobre la tierra roja, como un harapo informe. Se inclinó

sobre él, y los númidas que le rodeaban vieron llorar al terrible

Hanníbal por primera y última vez, uniendo su boca á la destrozada

cabeza de la amazona Asbyte, besando aquel rostro amado, en torno de

cuyas facciones aplastadas y sangrientas, comenzaba á revolotear un

enjambre de fúnebres moscas.

VII

Las murallas de Sagunto

Sónnica la cortesana: Novela · 第 14 / 21 段