Algunas veces, al abrigo de los manteletes que avanzaban sobre ruedas

y por cuyas saeteras disparaban los arqueros cartagineses, conseguían

llegar los arietes al pie del muro. Pero por lo mismo que aquel lado de

la ciudad resultaba el más expuesto á un ataque, las murallas, que en

la parte alta de Sagunto eran de tapial, tenían allí una robusta base

de rocas, y en vano las cabezas de carnero de bronce con que remataban

los arietes topaban y topaban, movidas por centenares de brazos. Una

lluvia de flechas y piedras caía sobre los sitiadores, rompiendo los

escudos con que se cubrían: una gran torre dominaba todo el terreno

de los asaltantes, sembrando entre ellos á mansalva la muerte; y no

contentos con esto los sitiados, muchas veces, arrastrados por su

coraje, lanzábanse fuera de los muros, acuchillando á los cartagineses.

Cada salida de estas costaba grandes pérdidas al ejército de Hanníbal.

Los africanos comenzaban á hablar con temor supersticioso de un gigante

desnudo, cubierto con una piel de león y esgrimiendo un tronco, que

salía al frente de los saguntinos y á cada golpe abría un ancho surco

en los asaltantes. Los etíopes veían en él una divinidad terrible

y sanguinaria como las que adoraban en sus oasis; los celtíberos

aseguraban que era Hércules, descendido del Olimpo para ayudar á su

ciudad.

Hanníbal le reconoció de lejos en los combates. Era Therón, el

sacerdote que había visto una mañana en la Acrópolis, admirando su

vigor extraordinario. Pero á pesar de conocer su origen humano no

podía evitar el terror de las tropas apenas veían sobresalir sobre los

cascos aquella cabeza de león invulnerable, que parecía torcer el curso

de las flechas y las piedras.

Además, los sitiados contaban con el auxilio de las _faláricas_. ¡Bien

se conocía que entre los comerciantes y rústicos agricultores figuraban

hombres expertos en la guerra, que habían corrido muchos países! El

recuerdo de Acteón, el aventurero griego, compañero de su infancia,

surgía en la memoria de Hanníbal. Él sería seguramente el inventor

de la _falárica_, un dardo arrojadizo, rodeado de estopa empapada en

pez. Partía la flecha ardiendo como un reguero de fuego, con su hierro

largo, capaz de atravesar el escudo y la coraza; y aunque el terrible

dardo no penetrase en la armadura, sus llamas se pegaban á las ropas;

los combatientes arrojaban las armas para librarse del fuego y quedaban

de este modo expuestos á los golpes del enemigo. Los mismos que habían

peleado con las tribus más invencibles y bárbaras de Iberia, huían,

arrojando el escudo ante aquellas colas de fuego que venían silbando y

esparciendo chispas desde los muros de Sagunto.

Así transcurría el tiempo, sin que los sitiadores avanzasen; y

Hanníbal se sentía dominado por cruel impaciencia. ¡Fuego de Baal! Él,

encadenado á aquellos muros que no podía hacer suyos; y mientras tanto,

la facción de Hanón conspirando en Cartago, preparando la ruina de los

Barcas si no conseguía apoderarse de Sagunto, y proyectando tal vez su

entrega á Roma cuando ésta reclamase viendo violados los tratados.

Su despecho le hizo arrojarse de nuevo en la cama, buscando el sueño

con el ansia de quien desea olvidar. Apagó la luz de la lámpara, pero

en la obscuridad siguió con los ojos abiertos. La azulada luz de la

luna se filtraba por una rendija de la cúpula de la tienda, cayendo

sobre las corazas que en la obscuridad brillaban como peces plateados.

Fuera seguía cantando el ruiseñor.

Hanníbal se encolerizó: le desvelaba el maldito pájaro. Él era capaz

de dormir entre el estrépito de los combates. Acostumbrado desde niño

al campamento, le arrullaban las ásperas trompas de guerra: las roncas

canciones de los mercenarios y el relincho de los caballos, no lograban

despertarle. Pero el canto dulce de aquel pájaro, su trino incesante,

le molestaba como el zumbido de un abejorro.

Saltó del lecho, buscó á tientas un arco entre el revoltijo de armas,

telas y muebles, y salió de la tienda. La frescura de la noche le calmó

un tanto.

Brillaba la luna en un ambiente puro, sin una nubecilla. El viento era

tibio, á pesar de que terminaba el otoño; parpadeaban las estrellas;

al trino del ruiseñor, contestaban otros y otros esparcidos en los

árboles del inmenso valle. El campamento descansaba. Extinguíanse

las hogueras, cerca de las cuales dormían los soldados en horrible

promiscuidad con las mujeres y los niños del ejército, envueltos en

harapos ó en pedazos de ricas telas; y los caballos, amarrados al suelo

por estacas, alineaban en correctas filas sus soñolientas cabezas. En

el fondo, la ciudad sitiada permanecía obscura y silenciosa como si

durmiese. El débil resplandor que se escapaba por algunas saeteras de

sus muros, producía el efecto de unas pupilas ligeramente entreabiertas

que vigilaban fingiendo dormir.

Hanníbal saltó por encima de los soldados escogidos, que dormían

ante la puerta de la tienda. Se incorporaban al sentir su paso, y

reconociendo al caudillo, volvían á unir su cabeza á la tierra y

continuaban roncando. Eran veteranos de las guerras de Hamílcar, que

miraban con veneración casi religiosa al _leoncillo_ de su antiguo

capitán.

Armó el arco al dar la vuelta á la tienda para disparar contra el

pájaro oculto en el ramaje; pero se detuvo asombrado viendo junto al

tronco del árbol una figura blanca que brillaba envuelta por la luz de

luna.

Era una mujer; una amazona. Centelleaban en su cabeza y su pecho el

casco de oro y la coraza de escamas; descendía á lo largo de las

piernas, marcando su contorno, la túnica de blanco lino, y los brazos

fuertes y desnudos, se apoyaban en la lanza con el regatón clavado en

el suelo. Sus ojos negros estaban fijos en la tienda de Hanníbal con

extraña persistencia, sin parpadear, como si soñase despierta, y el

viento de la noche agitaba levemente la cabellera que descendía por sus

espaldas. Detrás de ella veíase un caballo negro, de pelo brillante,

piernas nerviosas y ojos inyectados de sangre, sin silla ni freno,

sueltas las crines y bajando la cabeza para lamer el borde de la túnica

de la amazona y sus desnudos pies, como un perrillo que la siguiera á

todas partes.

--¡Asbyte! --exclamó Hanníbal, sorprendido por la aparición--. ¿Qué

haces aquí?

La reina de las amazonas pareció despertar, y al ver al caudillo, fijó

en él la mirada húmeda y apasionada de sus grandes ojos.

--No podía dormir --dijo con voz lánguida y cadenciosa--. He pasado

la primera parte de la noche soñando cosas horribles. La diosa Thanit

no guarda mi reposo, y he visto la sombra de mi padre Hiarbas,

anunciándome la próxima muerte.

--¡Morir! --exclamó Hanníbal riendo--. ¿Quién piensa en morir?

--¿Soy acaso inmortal? ¿No combato como cualquiera de tus soldados?

Me arrojo con ímpetu sobre los bosques de lanzas; las flechas silban

en torno de mí como si arrastrase un manto de invisibles pájaros;

desprecio las _faláricas_ con sus cabelleras de fuego... pero algún día

moriré: los sueños me lo anuncian.

Asbyte, como si temiera mostrar demasiada melancolía ante Hanníbal,

añadió animosamente:

--Venga la muerte cuando quiera. No me asusta como á los mercaderes de

Cartago que te odian. Si turbó mi sueño es porque al despertar pensé

en tí. No puedo explicarme por qué causa pensé que tú también podías

morir; y ante tu muerte, Hanníbal, no me resigno. Tú debes vivir tanto

como un dios. Recordé que duermes solo en tu tienda; que para ocultar

mejor tus salidas no tienes guardias que velen despiertos tu sueño, y

sentí la necesidad de hacer algo por tí, de pasar la noche apoyada en

la lanza, cerca de tu lecho, para impedir la traición de un enemigo.

--¡Qué locura! --exclamó riendo el africano.

--Hanníbal --dijo con gravedad la hermosa amazona--; acuérdate de

Hasdrúbal, el esposo de tu hermana. Bastó el puñal de un esclavo para

acabar con él.

--Hasdrúbal debía morir --dijo el caudillo con la convicción del

fatalismo--. Lo quería la suerte de Cartago. Era preciso que Hasdrúbal

desapareciese para dejar paso á Hanníbal. Pero Hanníbal no tiene quien

le reemplace, y vivirá aun cuando durmiese rodeado de enemigos. Mi

sueño es ligero y mi brazo pronto: el que se desliza en la tienda de

Hanníbal entra en su tumba.

Asbyte contemplaba con admiración amorosa al joven héroe, que había

arrojado el arco, y al hablar de su fuerza elevaba los brazos

poderosos. La luna agrandaba su sombra de tal modo que, al mover los

brazos, parecía abarcar en ellos el campamento, la ciudad, todo el

valle, como un sér sobrenatural.

La amazona se aproximó á él, dejando la lanza sobre el tronco del

árbol. Al abandonar su arma, parecía haber depuesto la belicosa

fiereza, y avanzaba hacia Hanníbal con dulzura femenil, mirándolo con

los mismos ojos tímidos y húmedos de los antílopes que triscan en los

oasis de su país.

--Además --murmuró--, he venido porque necesitaba estar cerca de tí.

Me causa un placer dulcísimo velar tu sueño; siento la voluptuosidad

de un sacrificio grato guardándote sin que tú lo sepas... Nunca puedo

hablarte. Te contemplo de día á caballo entre esos cartagineses de

armaduras doradas que te rodean; á pie, guiando á los que empujan

las máquinas de guerra, ayudándoles muchas veces para excitar su

entusiasmo; pero siempre te veo de lejos, como caudillo, como héroe,

nunca como hombre. ¿Te acuerdas de aquellos días en la ciudadela de

Cartago-Nova, cuando acababa yo de llegar de África con los refuerzos

que te hicieron lanzar gritos de entusiasmo?

--¡Asbyte! ¡Asbyte! --murmuró Hanníbal, moviendo las manos para

rechazarla, como si le molestasen tales recuerdos.

--No te enojes, Hanníbal, óyeme. Necesito hablarte: dame al menos el

consuelo de verte de cerca, de decirte lo que siento. Si no, ¿á qué he

venido á Iberia uniendo mi suerte á la tuya?

El caudillo miraba en torno, como si le molestase que alguien pudiera

escuchar su conversación con la amazona.

--No temas --dijo Asbyte adivinando su pensamiento--. Magón tu hermano

duerme lejos de aquí con Marbahal, el capitán predilecto. Mis númidas

están en el otro extremo del campamento. Tú te rodeas únicamente de

iberos para excitar su fidelidad con tal prueba de confianza, y éstos

no entienden el fenicio.

Hanníbal, convencido por la observación de Asbyte, bajó la cabeza y

cruzó los brazos, resignándose á escucharla.

--Eres huraño y duro como un dios --suspiró la amazona--. Quien te

ama siente para siempre el fuego de Moloch en las entrañas, sin que

te dignes apagarlo con una mirada de bondad, con una sonrisa. Eres de

bronce; tus ojos miran eternamente á lo alto y no puedes ver á los que

se arrastran para llegar hasta tí. Crees haberme hecho feliz porque me

llevas de combate en combate, de conquista en conquista, y consideras

que mi dicha consiste en tener encallecidas por la lanza mis manos,

que antes se adornaban con sortijas; endurecidas por las carrilleras

del casco mis mejillas, que en otros tiempos se cubrían con ungüentos

costosos, traídos de Egipto por mis caravanas. Soy ruda y feroz como un

hombre. Poseyendo allá lejos jardines, en los que vive una primavera

eterna, he sufrido hambre y sed á tu lado. No sé ya quién soy; dudo

de mi sexo, viendo afeado mi cuerpo por la fatiga: la piel, sobre la

que se deslizaban las manos de mis esclavas como si fuese un espejo,

es dura como la del cocodrilo. Si no parezco horrible como el tropel

de hembras envejecidas que siguen á tus soldados, es porque aún vive

en mí la juventud. Y todo esto, ¿por quién? Por tí, que no me miras,

que has olvidado nuestro primer encuentro, que sólo ves en Asbyte un

buen amigo, un aliado apreciable que llegó hasta tí trayendo un buen

golpe de combatientes. ¡Hanníbal! ¡Rayo de Baal! Eres grande como

un semidiós, pero no conoces á los seres humanos. Tú sólo ves en mí

una amazona, una virgen guerrera como las que cantaron los poetas de

Grecia... y yo soy una mujer.

Calló Asbyte algunos momentos, contemplando con tristeza al silencioso

Hanníbal.

--Has olvidado sin duda cómo nos conocimos --añadió melancólicamente,

después de una larga pausa--. Vivía feliz en mis oasis, hasta que

corrí hacia tí, como si emanase de tu persona un hechizo irresistible.

Era la hija del garamanta Hiarbas. Cansada de las dulzuras de mi

casa, del canto de mis esclavas y de los esplendores que arrojaban

á mis pies los mercaderes de las caravanas, iba con Hiarbas á cazar

el león en el desierto, y los guerreros asombrábanse viendo cómo

temblaban, obedientes y tímidos, los más salvajes potros, al sentirme

sobre sus lomos. Era fuerte, era hermosa; apenas salida de la niñez,

los caudillos más fieros de la Numidia venían á pedir hospitalidad

á mi padre para verme de cerca, y hablaban de sus rebaños y de sus

guerreros, proponiendo una alianza á Hiarbas. Y yo, indiferente,

fría, con el pensamiento puesto en Cartago, donde había estado una

vez acompañando á mi padre para ajustar el tributo con los ricos del

Senado. ¡Ah, la ciudad grandiosa, la ciudad inmensa, con sus templos

como pueblos y sus dioses gigantes!

Y desviando el curso de sus ideas, hablaba con entusiasmo de Cartago,

como si al través de los viajes y las aventuras belicosas se conservase

fresca en ella la impresión de la gran ciudad. Recordaba las viviendas

de los ricos cartagineses, con los muros polícromos rematados por

esferas brillantes de metal y de vidrio; los grandes templos de mármol,

con sus bosques misteriosos, en los cuales resonaban las liras y los

címbalos de los sacerdotes; el templo de Thanit, rodeado de rosales,

escondrijos perfumados que servían de albergue á la prostitución

sagrada en honor de la diosa; y después el puerto, el inmenso puerto,

con todo un pueblo de naves que arrojaban á borbotones en la ciudad

las riquezas del mundo entero; el estaño de la Bretaña, el cobre de

Italia, la plata de Iberia, el oro de Ofir, el incienso de Saba, el

ámbar de los mares del Norte, la púrpura de Tiro, el ébano y el marfil

de Etiopía, las especias y perlas de la India y las telas brillantes de

los pueblos del Asia misteriosos y sin nombre, que permanecían en el

último confín del mundo envueltos en la vaguedad de la leyenda.

Ella adoraba la ciudad, más aún que por sus esplendores, porque en ella

estaban los partidarios de los Barcas, los sostenedores de la familia

heroica, de cuyas hazañas hablaban por la noche á la luz de la luna

los guerreros númidas, y de la que era vástago glorioso aquel Hanníbal

todavía niño que hacía sonar su nombre en las guerras de Iberia.

--Los míos amaron siempre á los tuyos --continuó la amazona--. Si mi

padre Hiarbas soportó la dominación de Cartago, fué porque al frente

de ella estaba Hamílcar, un africano, un númida como nosotros. Yo odio

tanto como tú á los mercaderes de Cartago, antiguos fenicios que se

amontonaron y reprodujeron como gusanos en el peñón de Arad, para venir

después á apoderarse por el mar de nuestro hermoso suelo de África.

Odio la nave grabada en muchas de vuestras monedas y templos, porque

es el signo de los avarientos que vinieron á explotarnos; y adoro el

corcel cartaginés, el caballo númida, como un signo de nuestro pasado.

Después habló del encanto que había ejercido sobre ella desde lejos

la gloria de los Barcas. Amó á Hanníbal sin conocerlo, influída por

los relatos de hazañas que llegaban hasta ella. Le veía luchando como

un leoncillo al lado de su padre, entre las manadas de toros con los

cuernos inflamados y de los carros ardiendo que los iberos arrojaban

contra el invasor cartaginés; le contemplaba loco de furor ante el

cadáver de Hamílcar, y después languideciendo de inacción al lado del

hermoso Hasdrúbal, conciliador y pacífico; hasta el momento en que,

asesinado éste por el puñal de un galo, aclamaba todo el ejército al

joven jefe.

Acababa de morir su padre Hiarbas, y ella era reina de sus tribus

cuando supo que Hanníbal, ansioso de gloria y de luchas, estaba

aislado en la fortaleza de Cartago-Nova, sin otras tropas que las

últimas reliquias del ejército que Hamílcar había llevado á Iberia.

Los ricos de Cartago, enemigos de los Barcas, no se atrevían por miedo

al populacho á despojar al hijo de Hamílcar de la jefatura que le

daban sus soldados; confirmábanla con su silencio, pero le dejaban

aislado, sin recurso alguno, entregado á sus propias fuerzas para que

los indígenas acabasen con él, ó cuando más consiguiera sostener en

las costas de Iberia un pequeño estado, en cuyo seno se extinguiría

lentamente la ambición de los Barcas.

--Entonces volé hacia tí --continuó Asbyte--. Deseaba conocer al

hombre y salvar al héroe. Entregué una gran parte de mis riquezas á

los mercaderes de Cartago para que me prestasen sus naves; inflamé el

entusiasmo de los más belicosos de mis tribus para que me siguieran;

hasta sus hijas que, imitándome, iban á la caza del león y galopaban

todo el día, empuñaron la lanza, sintiéndose arrastradas á mi loca

aventura; y una tarde, cuando tal vez llorabas considerando muertas

tus ilusiones de gloria, viste desde lo alto de la ciudadela de

Cartago-Nova toda una flota que llegaba del África. ¿Te acuerdas?...

Dí: ¿te acuerdas de cómo me recibiste?

--Sí, y jamás lo olvidaré --dijo Hanníbal con dulzura--. Aquellos días

son mi mejor recuerdo.

--Me recibiste como si fuese una divinidad, como si Astaroth, que

alumbra nuestras noches, hubiese descendido del cielo para darte

su protección. Olvidaste á mis guerreros para verme sólo á mí, y

despreciando por el momento tus ambiciones, pasamos las noches tendidos

en la terraza de la ciudadela, y las estrellas fueron testigos de

nuestros interminables abrazos. Pero ¡ay! aquella felicidad fué como

esas rosas de Egipto que sólo duran un día en los búcaros de las

ricas de Cartago. Pronto volvió á tí el orgullo de la dominación, el

afán del caudillo. Admirabas, más que mi belleza, la apostura de mis

númidas, cuando por las tardes, fuera de los muros, asombraban á tus

viejos guerreros, arrojando dardos, de rodillas sobre sus caballos, que

corrían levantando el polvo con el vientre. Salimos á pelear con los

Olcades, los Vaceos, todas esas tribus iberas que ayer te combatían

y hoy te siguen: guerreé tras de tí como un soldado y me consideraba

feliz cuando en las largas marchas, imitando á nuestros caballos que

juntaban amorosamente sus cabezas, te inclinabas hacia mí, chocando

tu casco con el mío para besarme... Después ni esto. ¿Qué soy yo?

Un guerrero más en tu campamento; un amigo digno de gratitud que te

trajo su auxilio al verte abandonado de Cartago, sin otra fuerza que

un puñado de veteranos y algunos elefantes. En los combates, si me

ves en peligro, vuelas á defenderme; pero después, en el campamento,

en las marchas, algunas palabras de amistad, una fría sonrisa como á

cualquiera de tus capitanes. Tu corazón se ha cerrado para mí. ¿Es

que ya no soy Asbyte, la que conociste en Cartago-Nova? ¿No me amas

al verme afeada y endurecida por la guerra? Dímelo, y volveré á ser

mujer, me llenaré de joyas, abandonaré mis amazonas para rodearme de

esclavas griegas; me cubriré de ungüentos que devuelvan á mi piel su

primitiva frescura, y te seguiré en tus marchas, tendida en una litera

con cortinas de púrpura.

--No --se apresuró á decir Hanníbal con entusiasmo--. Te amo tal como

eres. La amada de Hanníbal sólo puede ser una amazona como tú, que has

hecho rodar bajo tu corcel muchos guerreros.

--¡Entonces!... ¿por qué me huyes? ¿por qué me abandonas, olvidando las

dulzuras de nuestro primer encuentro? Mira ese ruiseñor que hace poco

querías matar: en medio de un campamento, frente á una ciudad sitiada,

canta y canta llamando á su hembra, sin importarle los horrores de la

guerra, sin percibir el hedor de sangre que sale de los campos. Seamos

como él: hagamos la guerra, pero amándonos, y paseemos al través de las

batallas nuestros cuerpos fundidos por el amor.

--No, Asbyte --dijo el africano con acento sombrío--. Esa felicidad es

imposible: te amo, pero no podemos comprendernos. Tú te quejas de que

sólo veo en tí una amazona cuando eres una mujer: tú en cambio sólo ves

en mí un hombre, y yo soy más que un hombre. No soy el semidiós que tú

imaginas; soy algo más: una formidable máquina de guerra, sin corazón

ni misericordia, creada para aplastar á los hombres y los pueblos que

se opongan á su paso.

Y Hanníbal decía esto con convicción, golpeándose el duro pecho,

irguiendo su figura con sombría majestad al afirmar su potencia

destructora.

--Te amaría si fuese un hombre capaz de perder mi tiempo en tales

dulzuras. ¿Pero cuándo has visto que el águila pase toda su vida en el

nido acariciando á la hembra, sin sentir el anhelo de remontarse para

caer sobre el enemigo? Los que tienen garras no pueden acariciar, y yo

nací para hacer presa del mundo ó que el mundo me aplaste... ¡Amar!

¡Dulce ocupación, lo reconozco! En mi pasada existencia, llena de

sangre y de luchas, el único oasis de felicidad fueron aquellos días

de Cartago-Nova, en los cuales creí que la propia Thanit, con toda su

belleza de diosa, se dignaba descender hasta mis brazos. Pero aquello

se acabó: Hanníbal tiene otros amores que le atraen y le dominan;

ama su espada, ama todo lo que posee el enemigo, y no puede dormir

con tranquilidad pensando en Roma, á la que ansía estrujar entre sus

brazos... ¡Cuán lejos está!...

La amazona hizo un gesto de desesperación ante el apasionamiento con

que el caudillo hablaba de sus ambiciones.

--Podías quejarte --continuó Hanníbal-- si vieses que mi pensamiento

estaba ocupado por la imagen de otra mujer. ¿Á quién he amado sino á

tí? Para atraerme á estos bárbaros que me siguen, para ligarles por el

parentesco á mis empresas, hice mi esposa á la hija de un reyezuelo

ibero. Y bien, ¿dónde está? ¿me sigue acaso como tú? Permanece en

Cartago-Nova, hilando sus lanas de colores, y apenas si me acuerdo

de ella, pues ni por un momento me conmovieron sus gracias de virgen

bárbara. Yo sólo te amo á tí. Hanníbal sólo pudo caer trémulo de

pasión entre unos brazos como los tuyos, endurecidos por el manejo de

la lanza. Pero sé digna de él: no pienses como las otras mujeres: no

busques nuevos enternecimientos: únete á mí para que los dos pensemos

en poseer y odiar; en hacer el mundo nuestro.

Y como exaltado por sus propias palabras, el africano, con los ojos

brillantes, se aproximó á Asbyte, acariciándola los brazos, mientras la

soplaba junto al rostro sus palabras de entusiasmo.

--Yo quiero ser el señor del mundo: quiero que sobre la tierra sólo

exista Cartago, porque Cartago es mi patria. Si hubiese nacido romano

sería Roma la señora. Quiero con mi nombre borrar el recuerdo de

Alejandro el Macedonio; ser más grande que él, conquistar mayores

territorios, y sueño empresas menos fáciles que dominar los pueblos

asiáticos, ablandados por la molicie del sol y las riquezas. Roma es

dura, es más fuerte que nuestra república de mercaderes, roída por

la avaricia y los placeres; sus manos están endurecidas por la esteva

y la lanza... ¡pues contra Roma voy!... ¡Alejandro! ¡Cuán débil es

su gloria! Es fácil marchar á la conquista del mundo cuando se es

hijo de Filipo, que deja por herencia un ejército aguerrido en cien

victorias; cuando se tiene un reino obediente á la espalda y hasta en

la niñez se goza la suerte de recibir las lecciones de Aristóteles. Lo

difícil es ser Hanníbal, viéndose abandonado de la patria, sin otros

recursos que los que yo puedo buscarme; teniendo que hacer frente al

mismo tiempo á la furia de los enemigos y á la traición y las intrigas

de los compatriotas; criado lejos de mi padre, entre mercaderes

astutos que, conservándome como en rehenes, querían evitarse futuros

peligros, torciendo mis instintos belicosos; sin otra cultura que un

poco de griego que me enseñó Sosilón el espartano. Y á pesar de esto,

Hanníbal riñe con la fatalidad y la vence. Si Alejandro admira por sus

conquistas en el país del sol, algún día se asombrará el mundo viéndome

dominar á la naturaleza, después de aplastar á los hombres, atravesando

las más altas nieves y cambiando de sitio montañas enteras para seguir

mi camino. Mírame bien, Asbyte, y te convencerás de que es tan inútil

querer despertar en mi corazón sentimientos humanos como ablandar el

pecho del enorme Moloch de bronce que tenemos en Cartago. Hace un

momento, en la soledad de mi tienda, me sentía débil y desconfiado;

pero hablando contigo renace mi fuerza. Mírame bien: estás en presencia

del que no teme á los hombres ni á los dioses.

--¡Los dioses! --exclamó con cierto temor Asbyte--. ¿No temes que te

castiguen?...

Una carcajada ruidosa, sarcástica, de inmenso desprecio, contestó á la

amazona.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 13 / 21 段