Estas luces pusieron fin á la calma de los más impacientes. Algunos

jóvenes no pudieron permanecer con el arco inactivo, y tendiéndolo

comenzaron á disparar flechas. Pronto respondieron desde la obscuridad.

Sonaban silbidos sobre la cabeza de la muchedumbre, y de las casas

inmediatas á la muralla volaron con gran estrépito algunas tejas. Eran

balas de honda enviadas por los sitiadores.

Así transcurrió la noche. Cuando cantaron los gallos anunciando el

amanecer, una gran parte de la muchedumbre se había dormido, cansada

de escudriñar la obscuridad en la que zumbaba el enemigo invisible.

Al apuntar el día los saguntinos vieron todo el ejército de Hanníbal,

frente á sus muros, por la parte del río. Acteón, al examinar la

colocación de las tropas, no pudo menos de sonreir.

--Conoce bien el terreno --murmuró--. Ha aprovechado su visita á la

ciudad. En las sombras ha sabido escoger el único punto por donde

Sagunto puede ser atacada.

Todo el lado del monte estaba libre de sitiadores. Su ejército había

acampado entre el río y la parte baja de la ciudad, ocupando las

huertas, los jardines de las casas de recreo, el hermoso arrabal de que

tan orgullosos se mostraban los ricos de Sagunto.

Entraban y salían los soldados en las lujosas villas, preparando su

comida de la mañana; hacían astillas los ricos muebles para encender

las hogueras; envolvíanse en las telas que habían encontrado, y

derribaban los arbolillos para plantar sus tiendas con mayor desahogo.

Al otro lado del río, sobre el inmenso agro, esparcíanse los grupos

de jinetes, para tomar posesión de las aldeas, de las quintas, de los

innumerables edificios que surgían entre el verdor de la inmensa vega,

abandonados á la proximidad del enemigo.

Lo que primeramente llamó la atención de los saguntinos, excitando una

curiosidad infantil, fueron los elefantes. Estaban en fila al otro

lado del río, enormes, cenicientos, como tumefacciones que hubieran

surgido de la tierra durante la noche; con las orejas caídas como

abanicos, pintadas de verde, y agitando de vez en cuando sus trompas,

que parecían gigantescas sanguijuelas, intentando chupar el azul del

cielo. Sus conductores, ayudados por los soldados, descargaban de

sus lomos las cuadradas torres y arrollaban las gruesas gualdrapas

que les cubrían los flancos en los momentos de combate. Los dejaban

libres, como si la vega fuese para ellos una inmensa cuadra, seguros

los conductores de que el sitio iba á ser empresa larga y que mientras

durase no sería preciso el auxilio de las terribles bestias, tan

apreciadas en las batallas.

Cerca de los elefantes, por la ribera del río, llegaban las máquinas de

guerra, las catapultas, los arietes, las torres movedizas, complicadas

fábricas de madera y bronce, de las que tiraban dobles rosarios de

bueyes, enormes y con retorcidos cuernos.

El terreno, como si sufriera una erupción en su superficie, cubríase de

vejigas de diversos colores, tiendas de tela, de paja ó de pieles, unas

cónicas, otras cuadradas, las más redondas como hormigueros, en torno

de las cuales se agitaba la multitud armada.

Los saguntinos, desde lo alto de sus muros, examinaban el ejército

sitiador, que parecía llenar toda la vega, y al cual se unían

incesantemente nuevas muchedumbres á pie y á caballo que llegaban por

todos los caminos y parecían rodar de las cumbres de las inmediatas

montañas. Era una aglomeración de razas diversas, de pueblos distintos;

una bizarra amalgama de trajes, colores y tipos; y los saguntinos, que

por sus viajes conocían todas aquellas gentes, las iban señalando á sus

absortos conciudadanos.

Unos jinetes que parecían volar casi tendidos sobre sus pequeños

caballos, eran númidas; africanos de aspecto afeminado, cubiertos de

velos blancos, con pendientes de mujer y babuchas, perfumados, con los

ojos pintados de negro, pero que resultaban impetuosos en el combate

y luchaban á la carrera, manejando la lanza con gran destreza. En

torno de las hogueras de los jardines paseaban los negros de Libia,

atléticos, con los cabellos crespos y la dentadura deslumbrante,

sonriendo con estúpida satisfacción al ver sus miembros desnudos

envueltos en los girones de rica tela que acababan de robar; temblando

de frío apenas se apartaban del fuego, como si les martirizase la

frescura del amanecer. Estos hombres, de piel obscura y brillante,

pocas veces vistos en Sagunto, excitaban la curiosidad de los

ciudadanos casi tanto como las amazonas que audazmente pasaban al

galope por cerca de las murallas para ver de más cerca la ciudad.

Eran jóvenes, esbeltas, de piel tostada por la intemperie. Su cabello

ondeaba tras el casco como un adorno bárbaro, y no llevaban otra

vestidura que una amplia túnica hendida por el lado izquierdo, que

dejaba al descubierto sus piernas nerviosas oprimiendo los hijares

del caballo. Sobre el pecho llevaban algunas un justillo de escamas

de bronce, pero abierto por el costado izquierdo para pelear con

más desahogo y mostrando la redondez de su seno recogido y duro por

los fatigosos ejercicios. Montaban en pelo sus caballos nerviosos y

salvajes, guiándolos con un ligero freno, y al marchar en grupo las

feroces bestias se mordían y coceaban, animándose así en la desesperada

carrera. Avanzaban las amazonas hasta cerca de los muros riendo y

profiriendo palabras que no entendían los saguntinos; agitaban sus

lanzas y escudos, y al enviarles una nube de flechas y piedras, huían á

escape, volviendo la cabeza para repetir sus gestos de burla.

Los sitiados distinguían entre la muchedumbre obscura de los soldados

las corazas de algunos jinetes, que brillaban como láminas de oro.

Eran los capitanes cartagineses, los ricos de Cartago, que seguían á

Hanníbal; hijos de opulentos comerciantes que marchaban con el ejército

más como pastores que como caudillos, cubiertos de metal de cabeza á

pies para librarse de los golpes y más atentos, con el genio de su

raza, á administrar las conquistas y repartirse el botín que á buscar

gloria en los combates.

Aparte de estas gentes, los conocedores señalaban desde las murallas

las demás tropas del ejército sitiador. Unos hombres con la piel de

color de leche, lacios bigotes y las crines rojas anudadas en el

vértice del cráneo, que se despojaban de sus sayos y sus altas botas

de pieles sin curtir para bañarse en el río, eran galos; los otros,

bronceados y tan enjutos que su esqueleto se marcaba como si fuese

á desgarrar la piel, eran africanos de los oasis del gran desierto,

gentes misteriosas que con el redoble de sus tamborcillos hacían

descender la luna, y tañendo la flauta obligaban á bailar á las

serpientes venenosas. Y revueltos con ellos, aparecían los lusitanos

enormes, de piernas fuertes como columnas y anchos pechos de roca;

los de la Bética, unidos á sus caballos de día y de noche por un amor

que duraba toda la vida; los celtíberos hostiles, melenudos y sucios,

ostentando con altivez sus harapos; las tribus del Norte, que adoraban

como dioses los pedruscos solitarios y buscaban á la luz de la luna

hierbas misteriosas para hechicerías y filtros; todos de costumbres

feroces, en perpetua batalla con el hambre, gentes bárbaras de las que

se decían cosas horripilantes, suponiéndolas inclinadas á devorar los

cadáveres de los vencidos después del combate.

Los honderos baleares provocaban la risa, á pesar de su aspecto feroz.

Comentábanse en las murallas las costumbres extravagantes que regían en

sus islas; y la multitud prorrumpía en carcajadas contemplando aquellos

mocetones casi desnudos, empuñando un palo con la punta tostada que les

servía de lanza, y llevando tres hondas, una arrollada á la frente,

otra en la cintura y la tercera en la mano. Estas hondas eran de crín,

de esparto y de nervio de toro, usándolas alternativamente según la

distancia á que debían tirar.

Vivían en las cuevas de sus islas ó en la cavidad formada por varios

peñascos amontonados, y desde niños se amaestraban en el uso de la

honda. Sus padres les ponían el pan á alguna distancia, y no podían

comerlo si no lo derribaban antes de una pedrada. Su pasión era la

embriaguez, y su más vehemente apetito la mujer. En los combates

despreciaban los prisioneros de buen rescate por apoderarse de las

mujeres, y muchas veces cambiaban seis esclavos fuertes por una

esclava. En sus islas no se conocía el oro y la plata: los ancianos,

adivinando los males del dinero, habían prohibido que se importaran

monedas, y los honderos baleares al servicio de Cartago, no pudiendo

llevar las ganancias á su país, gastaban las soldadas en bebidas ó las

arrojaban generosamente en manos de las rameras hediondas y miserables

que seguían al ejército. Sus costumbres tradicionales regocijaban á

los saguntinos. En sus bodas, según decían los que habían visitado las

islas, era uso que todos los invitados gozasen á la desposada antes que

el marido, y en los entierros se apaleaba al cadáver hasta magullarle

los huesos y convertirlo en una masa informe que se apelotonaba á viva

fuerza en una estrecha urna, enterrándola bajo un montón de pedruscos.

Sus hondas eran terribles. Arrojaban á grandes distancias balas de

arcilla cocida al sol, cónicas por sus extremos y con grotescas

inscripciones dedicadas al que recibía el golpe; y en los combates

disparaban piedras de á libra con tal fuerza, que no podía resistirlas

la armadura mejor templada.

Detrás de esta muchedumbre belicosa, se esparcían por la campiña

mujeres desharrapadas de todos colores; niños desnudos y enflaquecidos

que no conocían á su padre; los parásitos de la guerra, que marchaban

á la cola del ejército para aprovecharse de los despojos de la

victoria: hembras que por las noches se tendían en un extremo del

campamento amaneciendo en el opuesto, y envejecidas en plena juventud

por las fatigas y los golpes, morían abandonadas al borde un camino;

pequeñuelos que miraban como padres á todos los soldados de su raza

llevando á la espalda en las marchas la leña ó la marmita de los

guerreros, y en los momentos de lucha difícil, cuando se reñía cuerpo

á cuerpo, deslizábanse entre las piernas de los contrarios para

morderles como rabiosos gozquecillos.

Acteón encontró á Sónnica en la muralla, mirando el campamento enemigo

á los primeros rayos del sol. La hermosa griega se había refugiado en

Sagunto la noche anterior, seguida de esclavos y rebaños, trasladando

á su casa comercial una parte de las riquezas de la quinta. Quedaban

allá las habitaciones con sus pinturas y mosaicos; los muebles ricos,

las suntuosas vajillas que caerían en poder del vencedor. Y ella y el

griego, por entre el follaje del agro, veían la terraza de la quinta

con sus estatuas; la torre de las palomas y los tejados de las casas de

los esclavos, sobre los cuales corrían algunos hombres como insectos

casi imperceptibles. Los invasores estaban allí. Tal vez se divertían

matando á flechazos los pájaros asiáticos de deslumbrante plumaje y

golpeaban á los esclavos enfermos y viejos abandonados en la fuga.

Por entre los plátanos del jardín se elevaba el humo de una hoguera.

La griega y su amante presentían la destrucción y la rapiña. Sónnica

entristecíase, no por la pérdida de una parte de sus riquezas, sino por

creer que mataban su amor destruyendo un lugar que había sido testigo

de sus primeros arrebatos de pasión con el ateniense.

Bien entrada la mañana, la gente saguntina prorrumpió en gritos de

indignación. Por el camino de la Sierpe venían algunos grupos de

mujeres ebrias y vociferantes, abrazando á los soldados. Eran las

lobas del puerto, las cortesanas miserables que pululaban de noche en

torno del templo de Afrodita y á las que se prohibía la entrada en la

ciudad. Al presentarse en el puerto los primeros jinetes cartagineses,

los habían seguido con entusiasmo. Habituadas á las caricias brutales

de los hombres de todas las naciones, no las causaba extrañeza la

presencia de aquellos soldados de tan distintos trajes y razas. Lo

mismo eran los lobos de la tierra que los del mar. Adoraban á los

hombres fuertes, aves de presa que las destrozaban entre sus garras;

y á la zaga de los cartagineses marcharon al campamento, satisfechas

en el fondo de aproximarse á la ciudad sin miedo al castigo; de poder

burlarse de los sitiados habitantes, con el concentrado odio de muchos

años de humillación.

Cantaban como locas, agitándose entre las manos ávidas y temblorosas

de deseo, que se las disputaban como si quisieran desgarrarlas;

embriagábanse en las ánforas de ricos vinos, sacadas de las quintas;

caían sobre sus hombros telas con hilos de oro robadas un momento

antes; los númidas, las admiraban con sus húmedos ojos de gacela,

coronándolas con guirnaldas de hierbas, y ellas, prorrumpiendo en

carcajadas de bacante, acariciaban la cabeza de crespa lana de

los etíopes, que reían como niños, mostrando sus agudos dientes de

antropófagos.

Se entregaban al amor bajo los árboles, junto á las largas filas

de caballos amarrados al borde de las tiendas, mostrando al rodar

sus desnudeces, como un insulto impúdico á la sitiada ciudad; y los

saguntinos, que habían presenciado impávidos el largo desfile del

enemigo, temblaban de ira tras sus almenas á la vista de la ofensa de

sus cortesanas.

¡Las miserables!... ¡Las perras!...

Insultábanlas las ciudadanas, pálidas de furor, echando el busto fuera

de los muros, como queriendo saltar al campo para caer sobre las

prostitutas; y éstas, cual si las excitase la cólera de la ciudad,

redoblaban sus carcajadas, tendidas de espaldas en la hierba, abiertos

sus miembros, como invitando al ejército entero á que pasase sobre sus

cuerpos.

Un nuevo motivo de indignación vino á inflamar otra vez el ánimo de

los saguntinos. Algunos, creyeron reconocer á un guerrero celtíbero

que marchaba al frente de un grupo de jinetes. Su gallardía sobre el

caballo, la arrogancia con que galopaba pegado á la silla, recordaron

á muchos el vistoso desfile de la fiesta de las Panatheas. Cuando

echó pie á tierra y se despojó del casco, limpiándose el sudor, todos

le reconocieron, lanzando un grito de indignación. Era Alorco.

¡También aquél!... Otro ingrato para la ciudad que le había colmado de

atenciones y honores. Sus deberes de reyezuelo le hacían olvidar la

fraternal acogida de Sagunto.

Y ciegos de ira dispararon sus arcos contra él, pero las flechas no

podían llegar al sitio donde acampaban los celtíberos.

La muchedumbre, enfurecida, experimentó un ligero consuelo. Abríanse

los grupos á lo largo de la muralla, y con la majestad de un dios

avanzaba Therón, el sacerdote de Hércules, fijos los ojos en el

enemigo, insensible á la adoración popular que le rodeaba.

Los saguntinos creyeron ver al propio Hércules que había abandonado

su templo de la Acrópolis para bajar á las murallas. Iba desnudo:

una piel enorme de león cubría sus espaldas. Las garras de la fiera

cruzábanse sobre su pecho, y el cráneo lo cubría con la cabeza de la

bestia, de erizados bigotes, agudos dientes y ojos amarillos de vidrio

que brillaban entre la revuelta melena de oro. Su diestra empuñaba sin

ningún esfuerzo un tronco entero de roble que le servía de cachiporra,

como la maza del dios. Sus hombros sobresalían por encima de todas las

cabezas. La muchedumbre admiraba sus pectorales redondos y fuertes como

escudos, los brazos, en los que se marcaban las venas y tendones como

sarmientos arrollados á los músculos, y las piernas, semejantes á

columnas, entre las cuales pendía la virilidad con el soberano impudor

de la fuerza. Era tan enorme, que su cráneo parecía pequeño en medio

de los inmensos hombros, abultados por la almohadilla de los músculos;

su pecho mujía al respirar como una fragua, y todos, instintivamente,

se hacían un paso atrás, temiendo el roce de aquella máquina de carne

creada para la fuerza.

Los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, que ni aun en aquella ocasión

suprema habían olvidado pintarse el rostro, le seguían y admiraban,

ordenando á la muchedumbre que abriese paso.

--¡Salve, Therón! --gritaba Lacaro--. Veremos qué hace Hanníbal cuando

te encuentre en el combate.

--¡Salud al Hércules saguntino! --contestaban los otros jóvenes,

apoyándose con desmayo en las espaldas de sus muchachuelos.

El gigante miraba el campamento, en el cual comenzaban á sonar las

trompas y corrían los soldados para formarse en grupos. Avanzaban

los honderos cautelosamente, amparándose de los edificios y las

desigualdades del terreno. Iba á comenzar el combate. En las murallas

tendían sus arcos los flecheros, y los adolescentes amontonaban piedras

para arrojarlas con sus hondas. Los viejos obligaban á las mujeres á

retirarse. Cerca de una escalera de la muralla, peroraba el filósofo

Eufobias en medio de un grupo, sin hacer caso de la indignación de los

oyentes.

--Va á correr la sangre --gritaba--. Pereceréis todos: ¿y para qué?...

Yo os pregunto qué ganáis no obedeciendo á Hanníbal. Siempre tendréis

un amo: y lo mismo da ser amigos de Cartago que de Roma. Se prolongará

el sitio y moriréis de hambre. Yo seré el último en sobreviviros, pues

conozco de antiguo la miseria como una fiel amiga... Pero otra vez os

pregunto: ¿qué más os da ser romanos que cartagineses? Vivid y gozad.

Quede para los carniceros el derramar sangre, y antes que pensar en dar

muerte á otro hombre, estudiaos á vosotros. Si hicierais caso de mi

sabiduría, si en vez de despreciarme me alimentaseis á cambio de mis

consejos, no os veríais encerrados en vuestra ciudad como zorras en el

cepo.

Un coro de imprecaciones y una fila de puños amenazantes contestaron al

filósofo.

--¡Parásito! ¡Esclavo de la miseria! --gritaban--. Eres peor que esas

_lobas_ que se prostituyen á los bárbaros.

Eufobias, cuya insolencia crecía al compás de la indignación, quiso

contestar; pero se detuvo viendo que una masa obscura le tapaba la luz

del sol. El gigantesco Therón estaba ante él, mirándole con el mismo

desprecio que uno de aquellos elefantes que los sitiadores tenían

junto al río. Levantó su mano izquierda, débilmente, como si fuese á

alejar un insecto de un papirotazo; apenas si rozó la cara insolente

del filósofo, y éste cayó por la escalera de la muralla con la cabeza

ensangrentada, silencioso, sin una queja, rebotando de peldaño en

peldaño, como hombre convencido de que el dolor no es más que una

apariencia, y acostumbrado á tales caricias.

En el mismo momento una nube de puntos negros silbó sobre las murallas

como una bandada de pájaros. Volaron tejas, saltaron yesones de las

almenas, y cayeron con la cabeza rota algunos de los que estaban en el

muro. De entre las almenas salieron como contestación impetuosa, las

piedras y las flechas.

Comenzaba la defensa de la ciudad.

VI

Asbyte

Hanníbal se agitaba entre las mantas de colores de su lecho, sin poder

conciliar el sueño.

Los gallos habían anunciado la media noche, rasgando con su grito el

silencio del campamento, y el caudillo permanecía desvelado, cerrando

los ojos sin poder dormir. Le tenía en vela el canto de un ruiseñor

posado en un gran árbol, de cuyo ramaje pendía su tienda.

Una lámpara de barro iluminaba la aglomeración de objetos en torno de

su lecho. Centelleaban en el suelo corazas, grebas y cascos cubiertos

por pedazos de ricas telas robadas en las quintas saguntinas. Los

muebles griegos, las ánforas de tocador de sutil cincelado, los

tapices con escenas mitológicas, revolvíanse confundidos con los

látigos de piel de buey sin curtir, los escudos de cuero de hipopótamo

y los harapos de Hanníbal, tan amante del brillo de sus armas, como

descuidado y sucio en sus ropas. Los vasos griegos de rica labor

estaban destinados á los más bajos usos. Una crátera de alabastro

cubierta por un escudo servía de asiento; un gran vaso de arcilla

roja, decorado por un artista griego con las aventuras de Aquiles, lo

empleaba el africano con desprecio para sus desahogos más íntimos;

pedazos de estatuas y columnas destrozadas por el furor de la invasión

se hundían en el suelo, ofreciendo asiento á los capitanes de Hanníbal

cuando celebraban consejo en la tienda del caudillo. Era el botín,

amontonado y magullado por la fiebre del robo. De él, sólo una pequeña

parte había llegado hasta el jefe, que sentía un absoluto desprecio por

la belleza artística cuando no estaba impresa en metales preciosos. Se

reía de los dioses de aquella tierra lo mismo que de los de su país

y del mundo entero, y escupía sobre los mármoles de las divinidades

que llenaban el campamento como si fuesen pedazos de piedra, buenos

únicamente para enviarlos con la catapulta contra los enemigos.

Á impulsos de la excitación nerviosa, que no le dejaba dormir, se

incorporó en el lecho, y la luz de la lámpara dió de lleno en su

rostro. Ya no era el pastor celtíbero, greñudo y feroz que Acteón había

encontrado en el puerto de Sagunto. Libre del disfraz, se mostraba tal

cual era: un joven de estatura regular, de miembros proporcionados y

fuertes, sin alardes de exagerada musculatura, pero revelando en su

cuerpo el temple del acero, una vitalidad capaz en momentos supremos

de los más inauditos esfuerzos. Tenía la tez ligeramente bronceada,

y su cabellera, de cortos y gruesos rizos, formaba á modo de un

turbante negro y lustroso en torno de su cabeza, cubriéndole por

completo la frente y dejando al descubierto los lóbulos de las orejas,

de los que pendían grandes discos de bronce. La barba era espesa y

rizosa; la nariz recta, pero poco saliente, y sus ojos, grandes é

imperiosos, miraban siempre de lado, con una expresión de profunda

astucia y de inabordable recogimiento. El cuello, musculoso, se torcía

habitualmente, inclinando la cabeza á la derecha, como si quisiera

percibir mejor el sonido de cuanto le rodeaba.

Vestía un simple sayo deshilachado y sucio como el de cualquier

celtíbero de los que roncaban en las tiendan inmediatas, y únicamente,

cual signo de poder, brillaban en sus muñecas dos anchos brazaletes de

oro, dando fuerza con su opresión á los tendones y músculos del brazo.

Más de un mes estaba ante los muros de Sagunto sin conseguir ventaja

alguna. Aquella misma tarde la había pasado guiando sus máquinas de

guerra sin resultado, y esta falta de éxito era lo que en la soledad

excitaba sus nervios, no dejándole dormir. Hijo mimado de la victoria,

había vencido á campo raso las tribus más salvajes de la Iberia;

había llevado sus elefantes por las cumbres de los montes más altos,

atravesando ríos, rompiendo bosques, viendo la muchedumbre antes

belicosa prosternarse ante él como si fuese un dios; y por primera vez

en su vida tropezaba con un enemigo tenaz que al abrigo de sus muros se

burlaba de él y no le dejaba avanzar un paso.

La ciudad de comerciantes y labradores, que había estudiado de cerca,

contemplando con desprecio su opulenta molicie, amenazaba acabar con

su buena suerte; y el caudillo, viéndola inquebrantable y pensando

en sus enemigos de Cartago, en la cólera de Roma y en que el tiempo

transcurría sin conseguir ningún avance, experimentaba cierta ansiedad.

Había escogido bien el punto vulnerable de Sagunto. Sus máquinas de

guerra estaban colocadas ante la parte baja de la ciudad, que avanzaba

sus murallas en el valle, sobre un terreno llano y descubierto que

permitía la aproximación de los arietes. Pero apenas se adelantaban los

centenares de hombres desnudos que tiraban de las pesadas máquinas,

caía sobre ellos tal lluvia de flechas, que habían de huir los que no

quedaban clavados en el suelo.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 12 / 21 段