de algo penoso que pugnaba con sus afectos. Los guerreros le miraban
fijamente, mostrando en sus ojos la conformidad y el entusiasmo con las
palabras del viejo. Alorco se repuso, siguió escuchando con serenidad
al hechicero, y cuando éste terminó, tras una larga pausa, dijo algunas
palabras é hizo con la cabeza una señal de asentimiento.
Aquella gente ruda acogió con gritos de entusiasmo la conformidad de
su jefe y salió en tropel de la casa, como si la faltase tiempo para
llevar la noticia al exterior.
Cuando quedaron solos el griego y el celtíbero, éste dijo con tristeza:
--Acteón, mañana parto con los míos. Comienzo á ser jefe de la tribu.
Tengo que llevarla al combate.
--¿Puedo acompañarte?
--No. Ignoro dónde vamos. Mi padre tenía un poderoso aliado que no
puedo nombrarte, y ese aliado me llama sin decir para qué. Toda la
tribu muestra un gran entusiasmo por esta expedición.
Alorco añadió tras una larga pausa:
--Puedes permanecer aquí todo el tiempo que quieras. Mis hermanas te
obedecerán como si fueses el mismo Alorco.
--No: partiendo tú nada me resta que hacer aquí. En un día he visto
bastante para conocer á los celtíberos. Regresaré á Sagunto.
--¡Feliz tú que puedes volver á la vida griega, á los banquetes de
Sónnica, á la dulce paz de aquellos mercaderes!... Que no se turbe
nunca y que yo pueda regresar allá como amigo.
Callaron los dos un buen rato, como si gravitasen sobre su pensamiento
negras ideas.
--Volverás de esa expedición cargado de riquezas --dijo el griego-- y
vendrás á disiparlas alegremente en Sagunto.
--¡Que sea así! --murmuró Alorco--. Pero presiento que nunca volveremos
á vernos, Acteón. Si nos vemos será para maldecir á los dioses,
prefiriendo no habernos visto. Parto sin saber dónde voy y tal vez
marcho contra mí mismo.
No dijeron más: temían explicarse sus pensamientos.
El griego y el celtíbero se abrazaron estrechamente. Después, como
suprema despedida, se besaron en los ojos, signo de fraternal amistad.
V
La invasión
La hermosa Sónnica creía haber perdido para siempre á Acteón. Su
repentina partida la consideraba como un capricho del veleidoso
ateniense, eterno viajero impulsado por la fiebre de ver nuevos países.
¡Sólo los dioses podían saber dónde iría aquel pájaro errante, después
de su visita á la Celtiberia! Tal vez se quedase con Alorco; tal vez
guerreara con aquellos bárbaros, y éstos, subyugados por su cultura y
su astucia, acabaran formándole un reino.
Creía Sónnica que el ateniense no volvería más; que su corta primavera
de amor había sido semejante á la fugitiva felicidad de las mujeres
que tuvieron relaciones con los dioses al bajar éstos al mundo. Ella,
tan insensible y burlona para los afectos, pasaba los días llorando
en su lecho ó recorría por la noche como una sombra el vasto jardín,
deteniéndose en la gruta donde el griego había hecho caer por primera
vez el cinturón de su túnica. Los esclavos asombrábanse del humor
desigual y cruel de su ama, que tan pronto gemía cual una niña, como
enardecida por súbita crueldad, ordenaba castigos para todos. Y de
repente, una mañana, se presentaba el griego ante la quinta sobre
un caballo polvoriento y sudoroso, despedía á los bárbaros de feroz
catadura que venían escoltándole, corría con los brazos abiertos hacia
la trémula Sónnica, y todo el inmenso dominio parecía resucitar: la
señora sonreía, el jardín se mostraba más hermoso, en la terraza
brillaban con mayor esplendor los plumajes de las aves raras, sonaban
más alegres las flautas de las aulétridas, y á los esclavos, libres ya
de castigos, les parecía más dulce el aire y más puro el cielo.
La quinta de Sónnica recobró su alegre vida, como si la dueña hubiese
resucitado. Por la noche hubo banquete en el gran triclinio; llegaron
invitados los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, y hasta Eufobias el
filósofo encontró su sitio en la mesa, sin tener que luchar antes con
el palo de los esclavos.
Sónnica sonreía abrazada á Acteón, y escuchaba sus palabras como
una música dulce. Los convidados le hacían relatar su viaje á la
Celtiberia, admirando las costumbres de las tribus sobre las que
reinaba Alorco. El parásito Eufobias no ocultaba su satisfacción por
tener un amigo tan poderoso, y hablaba de ir allá por algún tiempo
para vivir cómodamente, sin tener que mendigar el pan á los mercaderes
de Sagunto. Volvió para el ateniense la primavera de amor. Pasaba los
días en la quinta á los pies de Sónnica, viendo cómo hilaba en la
rueca lanas de vivos colores, ó cómo se acicalaba el cuerpo, ayudada
por sus esclavas. Á la caída de la tarde paseaban por el jardín, y les
sorprendía la noche en la gruta, estrechamente abrazados, oyendo como
una melodía dulce y monótona el canto del surtidor cayendo en la taza
de alabastro.
Algunas mañanas, Acteón iba á la ciudad para pasear por los pórticos
del Foro, escuchando á los noticieros con la curiosidad de un griego
habituado á las murmuraciones del Ágora. Notábase una agitación
extraordinaria en la gran plaza saguntina. Los desocupados hablaban
de guerras; los ciudadanos más belicosos recordaban sus hazañas en la
última expedición contra los turdetanos exagerándolas, y los tranquilos
comerciantes abandonaban sus mesas para inquirir noticias, acogiendo
con gestos de desaliento la posibilidad de una lucha próxima. Acteón,
al llegar á Sagunto por las mañanas, veía en lo alto de los muros
centenares de esclavos que reparaban las almenas desmoronadas por el
tiempo y cubrían las grietas que muchos años de paz habían abierto en
los fuertes tapiales.
Mopso el arquero le tenía al corriente de las deliberaciones de los
Ancianos. Hanníbal les había enviado un emisario con la orden de
devolver á los turdetanos los territorios conquistados y el botín de la
última expedición. El africano amenazaba con una altivez insufrible, y
la república saguntina le había contestado con desprecio, negándose á
escuchar sus órdenes. Sagunto sólo podía obedecer á su fuerte aliada
Roma, y segura de su protección, miraba con indiferencia las amenazas
del cartaginés. Sin embargo, como la guerra parecía inevitable y todos
temían la juventud y el carácter audaz de Hanníbal, dos senadores se
habían embarcado algunos días antes en el puerto de Sagunto, haciendo
vela hacia las costas de Italia para relatar lo ocurrido, solicitando
la protección del Senado romano.
En el Foro circulaban confusamente estas noticias, y la muchedumbre
se burlaba de Hanníbal como de un joven arrebatado que necesitaba una
lección. Podía venir contra Sagunto cuando quisiera. Los cartagineses
eran los derrotados de Sicilia, los que tuvieron que abandonar las
costas de la Gran Grecia, expulsados por los romanos, poniendo con
la derrota su propia ciudad al borde de la ruina. Si habían logrado
después victorias en Iberia era contra tribus bárbaras que desconocían
el arte de la guerra y eran víctimas de sus astucias. Al atacar á
Sagunto encontrarían un enemigo digno de ellos, y Roma, la poderosa
aliada, caería á sus espaldas exterminándolos.
Estas reflexiones enardecían la ciudad. Llegaban noticias de que
Hanníbal había salido de campaña y se aproximaba lentamente; y con
tales novedades un aire de guerra parecía pasar sobre Sagunto,
inflamando el ánimo de los más prudentes. Los tranquilos mercaderes,
con la sorda cólera del hombre pacífico que ve en peligro sus bienes,
limpiaban viejas armas en las puertas de sus tiendas ó bajaban á las
riberas del río para ejercitarse en su manejo, confundidos con la
juventud, que desde la salida del sol hacía caracolear sus caballos y
esgrimía la lanza ó disparaba el arco bajo la dirección de Mopso.
Acteón comenzó á pasar los días fuera de la quinta, desoyendo los
ruegos de Sónnica, que quería verle siempre junto á ella. El Senado
le había dado el mando de los _peltastas_, la infantería ligera; y
al frente de algunos centenares de jóvenes descalzos y sin otra arma
defensiva que una coraza de lana y un escudo de junco, corría por las
riberas del río, enseñándoles á lanzar los dardos sin detenerse en la
carrera, á herir al enemigo pasando por su lado rápidamente, sin darle
tiempo á que respondiese con otro golpe.
Cuando terminado el ejercicio los jóvenes sudorosos se lanzaban en el
río para fortalecerse con la natación, el griego regresaba lentamente á
la quinta, deteniéndose en los lugares más risueños del agro.
Una tarde el ateniense encontró á Eroción el alfarero al pie de un
enorme cerezo, mirando las ramas más altas, de las que caía una lluvia
de rojos frutos á impulsos de una mano invisible. Desde el día en que
le sorprendió Acteón trabajando ante la desnuda pastorcilla no había
vuelto á verle.
El adolescente acogió al griego con una sonrisa.
--¿Ya no trabajas? --preguntó Acteón con paternal bondad--. ¿Terminaste
tu obra?
El muchacho contestó con un gesto de indiferencia:
--¡Mi obra!... No te burles, griego. Nada tengo que hacer...
--¿Y Ranto?
--Está en lo alto de ese árbol, cogiendo para mí las mejores cerezas.
Trepa como una cabra y no quiere que la acompañe. Teme que me haga daño.
Se agitaron las ramas del cerezo, y ágil como una ardilla descendió la
pastora con las piernas descubiertas, llevando en su recogida falda de
piel un montón de cerezas. Ella y su amante las comían riendo, con los
labios teñidos de rojo, y se adornaban el cabello ó las colgaban á
pares de sus orejas, formando frescas y vistosas arracadas.
Acteón sonreía contemplando aquella juventud fuerte y hermosa que se
buscaba y confundía como si viviese en un desierto, sin preocuparse del
estado de la ciudad.
--¿Pero qué hiciste de tu obra? --preguntó.
Eroción y Ranto rieron al recordar el pasado trabajo.
--La aplasté --dijo el muchacho--. Hice añicos el barro y me propongo
no tocar otro que el de la alfarería... cuando me decida á volver á
ella.
Había cogido el talle de la pastorcilla y descansaba su cabeza en uno
de sus hombros, frotándose contra su cuello con suavidad amorosa de
felino.
--¿Para qué trabajar? --añadió--. He pasado muchos días arrodillado
ante el barro maldito, luchando por que tomase las formas de este
cuerpo. Pero es inútil. El barro es barro y no puede ser carne. Cuando
se tiene al alcance de la mano la suave piel de mi Ranto, es una
necedad desesperarse para que la tierra amasada tome la tersura de su
vida. No quiero soñar más, ateniense. Me contento con lo que poseo.
Y con un impudor sublime acariciaba á su amiga en presencia de Acteón.
--Un día --continuó el muchacho-- ví claro y comprendí la verdad. Ranto
estaba desnuda ante mí. Ofuscado por mi ambición, sólo había visto en
ella al modelo, pero aquel día ví la mujer. ¿Á qué buscar la gloria
cuando tenía ante mí la felicidad?... Aunque lograse hacer una gran
estatua, ¿qué conseguiría con ello? Que la gente dijese después de
muerto yo: --Esto lo hizo Eroción el saguntino. Y yo no podría oirlo,
luego de pasar mi vida sufriendo y trabajando... No; vivamos y gocemos.
Aquel día rompí de una patada la estatua y abracé á Ranto, rodando por
el suelo. Amarse es mejor que perder el tiempo con monigotes de barro.
¿Verdad, Ranto?
Y volvían á acariciarse, sin importarles la presencia del griego. Éste
adivinaba la gran transformación de aquella pareja en la desenvoltura
del adolescente y el fuego que brillaba en los ojos de la pastora. El
ardor amoroso parecía haber ensanchado los contornos de su cuerpo,
dando á sus miembros una voluptuosa gracia, un abandono dulce, que no
tenía antes.
--Olvidé el arte y somos dichosos --continuó el muchacho--. Hubiera
sido una locura huir á Grecia, dejando aquí este tesoro que no conocía.
Pasamos el tiempo vagando por los campos; tenemos en los bosquecillos
rincones misteriosos con cortinas de hojas, escondrijos perfumados y
obscuros que nos envidiaría Sónnica la rica; y cuando sentimos hambre
ordeñamos las cabras de Ranto, vaciamos una colmena y subimos á los
árboles en busca de fruta. Ésta es la gran época: toda la campiña está
llena de cerezas.
Se detuvo, creyendo haber dicho demasiado. Tal vez Ranto le reprendió
con un ligero movimiento por hablar tanto. Después, añadió con tono
suplicante:
--Tú eres bueno, ateniense. Ranto y yo te miramos como un hermano mayor
desde que te vimos en el camino de la Sierpe. No digas nada á mi padre
ni á Sónnica. Deja que seamos dichosos en esta vida, digna de dioses.
Acteón sentía cierta envidia ante la felicidad de aquellos jóvenes
exentos de cuidados, que se amaban en medio del campo, bajo los
árboles, como animales sanos y hermosos que sólo creían en el amor.
--Sagunto va á ser sitiada. Tenemos guerra. ¿No lo sabéis?
--Lo ignoramos --dijo Eroción con un gesto de desprecio--. Á mí solo me
interesa Ranto.
--¿Y tu ciudad?... ¿No te preocupa su suerte?
--Me preocupan más los besos de mi pastora. Mientras haya amor, sol y
frutas, ¿qué me importa lo demás del mundo?
--¿No crees en tu país, desgraciado?
--Por ahora sólo creo en las cerezas y en esta boca roja y fresca como
ellas.
Se separaron, y Acteón guardó algún tiempo el recuerdo del encuentro.
El alegre descuido de la amorosa pareja le inspiraba envidia.
Pasaron los meses del verano. Las vides del agro maduraban sus racimos,
los labriegos se entusiasmaban contemplando la próxima cosecha oculta
bajo los pámpanos, y de vez en cuando, como un trompetazo lúgubre,
llegaban noticias de Hanníbal, de sus victorias sobre las tribus del
interior que se negaban á reconocerle y de las imperiosas exigencias
que mostraba sobre Sagunto.
Acteón adivinaba la proximidad de la guerra, y ésta, que había
constituído siempre su principal medio de existencia, le causaba
ahora tristeza. Había cobrado afecto á aquella tierra hermosa como la
de Grecia. Su alma, saturada de la dulce paz de los campos fértiles
y de la ciudad rica é industriosa, se entristecía al pensar que
esta vida iba á paralizarse. Su existencia había transcurrido entre
luchas y aventuras; y ahora que, rico y feliz, deseaba la paz en un
rincón, donde creía acabar sus días, la guerra, como amante olvidada
que se presenta inoportunamente, volvía á él sin llamamiento alguno,
empujándolo nuevamente á la crueldad y la destrucción.
Una tarde, al finalizar el verano, pensaba en esto marchando á caballo
hacia la ciudad. En los oblicuos rayos del sol brillaban como botones
de oro las industriosas abejas, buscando las flores silvestres. Las
vendimiadoras cantaban en las viñas, agachadas junto á sus cestos...
Acteón vió venir corriendo por la parte de la ciudad un esclavo de los
que tenía Sónnica en sus almacenes de Sagunto.
Se detuvo jadeante ante Acteón. Apenas podía hablar por la fatiga, y
sus palabras entrecortadas revelaban el espanto. Hanníbal llegaba por
la parte de Sétabis... Comenzaban á entrar despavoridas en la ciudad
las gentes del campo con sus rebaños. No habían visto al invasor, pero
corrían asustadas por el relato de los fugitivos que llegaban de los
confines del territorio saguntino. Los cartagineses habían pasado los
límites: eran gentes de rostro feroz y extrañas armas, que robaban las
aldeas y las entregaban á las llamas. Él corría á avisar á su señora
para que se refugiase en la ciudad.
Y emprendió de nuevo su carrera hacia la quinta de Sónnica. El griego
dudó un momento, pensó retroceder en busca de su amada, pero acabó por
partir al galope hacia la ciudad, y al llegar á ella pasó á escape
por fuera de las murallas. Iba en busca del camino de las montañas
que ponían en comunicación á Sagunto con los pueblos del interior
y bifurcándose llegaba á Sétabis y Denia. Al llegar á él comenzó á
encontrar los fugitivos de que hablaba el esclavo.
Llenaban el camino como una inundación. Mugían los rebaños bajo el
látigo, desfilando entre los carros; las mujeres corrían llevando en
la cabeza grandes fardos, y arrastraban á sus pequeñuelos, cogidos á
los pliegues de la túnica; los muchachos arreaban los caballos cargados
de muebles y ropas, todo amontonado al azar en la precipitación de la
fuga, y las ovejas saltaban á los lados del camino, librándose de las
ruedas que rozaban sus vellones, amenazando aplastarlas.
El griego, marchando en dirección opuesta al torrente de fugitivos,
partía con su caballo el revuelto oleaje de carros y rebaños,
campesinos y esclavos, en el cual se confundían las gentes de diversos
pueblos y se perdían los individuos de una misma familia, llamándose
desesperadamente al través de las nubes de polvo.
La muchedumbre fugitiva comenzaba á aclararse. Pasaban junto á Acteón
los rezagados: pobres viejas que caminaban con paso vacilante, llevando
sobre los hombros el corderillo que constituía toda su fortuna;
ancianos abrumados por el peso de marmitas y ropas; enfermos que se
arrastraban apoyados en el báculo; animales abandonados que vagaban por
entre los olivos inmediatos al camino, y de repente, como si husmeasen
al lejano dueño, lanzábanse á todo correr al través de los campos;
niños sentados en una piedra que lloraban viéndose abandonados de los
suyos.
Pronto quedó el camino completamente desierto. Se había perdido á lo
lejos la cola de los fugitivos, y Acteón sólo veía ante sí la estrecha
lengua de tierra roja serpenteando por las laderas de los montes, sin
un ser que con su silueta cortase la monotonía del camino.
El galope de su caballo resonaba como un trueno lejano en el profundo
silencio. Parecía que la naturaleza hubiese muerto al sentir la
proximidad de la guerra. Hasta los seculares árboles, los retorcidos
olivos que tenían siglos de vida, las grandes higueras que se
ensanchaban cual cúpulas verdes sobre las pendientes de los montes,
permanecían inmóviles, como aterradas por la aproximación de aquel algo
que hacía abandonar á los pueblos sus viviendas, corriendo á la ciudad.
Acteón atravesó una aldea. Las cabañas cerradas; las calles
silenciosas. Del interior de una casa le pareció que partía un débil
lamento. Algún enfermo abandonado por los suyos en la precipitación de
la fuga. Pasó después ante una gran quinta cerrada. Detrás de las altas
tapias aullaba con desesperación un perro.
Luego otra vez la soledad, el silencio, la ausencia de la vida,
la parálisis que parecía extenderse sobre los campos. Comenzaba á
anochecer. Á lo lejos, como arrollado y confundido por la distancia,
oíase un sordo rumor; algo semejante al mugido de un mar invisible, al
zumbido creciente de una inundación.
El griego salió del camino: su caballo comenzó á escalar una altura
cultivada, hundiendo los cascos en la roja tierra de las viñas. Desde
lo alto abarcó de una mirada una gran parte del paisaje.
Los últimos reflejos del sol teñían de anaranjado las laderas de los
montes, entre las cuales serpenteaba el camino, y en él brillaban como
reguero de chispas las corazas de un grupo de jinetes que marchaban
al trote con cierta precaución, como explorando el terreno. Acteón
los reconoció; eran jinetes númidas de blancos y flotantes mantos,
y confundidos con ellos galopaban otros guerreros de estatura menos
imponente, que agitaban las lanzas haciendo caracolear sus pequeños
caballos. El griego sonrió reconociendo á las amazonas de Hanníbal, el
famoso escuadrón que había visto en Cartago-Nova, formado por esposas é
hijas de soldados y que mandaba la valerosa Asbyte, hija de Hiarbas, el
garamanta africano.
Detrás de este grupo, aparecía solitario el camino en un buen trecho.
En el fondo, como un monstruo obscuro que se movía con ondulaciones de
reptil, se destacaba el ejército, inmensa faja sobre la que brillaban
las lanzas como una línea de fuego, interrumpida á trechos por masas
cuadradas que avanzaban cual movedizas torres. Eran los elefantes.
De repente, tras el ejército, pareció elevarse un nuevo sol para
alumbrar sus pasos. Se inflamó el horizonte, marcándose sobre el fondo
rojizo el dentellado contorno de la inmensa masa. Era una aldea que
ardía. Las tropas de Hanníbal, compuestas de mercenarios de todos los
países y de tribus bárbaras del interior, ansiaban aterrar á la ciudad
enemiga, y apenas entradas en territorio saguntino, talaban los campos
é incendiaban las viviendas. Acteón temió ser envuelto por los númidas
y las amazonas, y bajando de la altura, emprendió un galope desesperado
hacia Sagunto.
Llegó á la ciudad cerrada ya la noche, y tuvo que darse á conocer,
llamar á su amigo Mopso, para que le abriesen una puerta.
--¿Les has visto? --preguntó el arquero.
--Antes de que canten los gallos estarán ante nuestros muros.
La ciudad presentaba un aspecto extraordinario. Las calles estaban
iluminadas con hogueras. Antorchas de resina ardían en puertas y
ventanas, y la multitud de fugitivos aglomerábase en las plazas,
llenando los pórticos y tendiéndose en los quicios de las puertas. Todo
el pueblo saguntino se había agolpado en la ciudad.
El Foro era un campamento. Oprimíanse los rebaños entre las cuatro
columnatas, sin espacio para moverse, mugiendo y pataleando; las ovejas
saltaban en las escaleras de los templos; las familias de campesinos
hacían hervir sus marmitas sobre los mármoles de los áticos, y el
resplandor de tantas hogueras, reflejándose en las fachadas de las
casas, parecía comunicar á toda la ciudad un temblor de alarma. Los
magistrados hacían levantar á los fugitivos, tendidos en las calles y
que obstruían la circulación, para alojarlos en las casas de los ricos,
juntos con los esclavos, ó guiarlos á la Acrópolis para que acampasen
en sus innumerables edificios. Allí subían también los rebaños, á la
luz de las antorchas, entre una doble fila de hombres casi desnudos,
que apaleaban los bueyes cuando intentaban escapar por las laderas del
monte sagrado.
Dominando el murmullo de la multitud, sonaba el mugido de las trompas y
de los caracoles marinos, llamando á los ciudadanos para que formasen
los grupos encargados de la defensa de la muralla. Salían de las casas,
arrancándose de los brazos de sus esposas é hijos, los comerciantes,
vestidos con lorigas de bronce, el rostro cubierto por el casco griego
rematado por enorme cepillo de crines, y avanzaban majestuosos entre la
muchedumbre de rústicos, con el arco en la mano, la pica en el hombro
y la espada golpeándoles el desnudo muslo, cubierto hasta la rodilla
con el coturno de cobre. Los adolescentes, arrastraban á las murallas
enormes piedras para arrojarlas á los sitiadores, y reían al ser
ayudados por las mujeres, que deseaban tomar parte en los combates.
Viejos de barba venerable, ciudadanos ricos del Senado, se abrían
paso, seguidos por esclavos con grandes haces de picas y espadas, y
distribuían las armas entre los campesinos más fuertes, preguntándoles
antes si eran hombres libres.
La ciudad parecía contenta. ¡Ya llegaba Hanníbal!... Los más
entusiastas habían dudado con cierta pena de que el africano osase
presentarse ante sus muros. Pero ya estaba allí; y todos reían pensando
que Cartago perecería ante Sagunto así que Roma acudiese en auxilio de
la ciudad.
Los embajadores saguntinos estaban allá, y no tardarían en llegar las
legiones romanas, aplastando en un momento á los sitiadores. Algunos,
en su entusiasta optimismo, inclinados á lo maravilloso, creían que
por un milagro de los dioses, el gran hecho ocurriría dentro de pocas
horas, y que tan pronto como clarease el día, al extenderse el ejército
de Hanníbal ante Sagunto, asomarían al mismo tiempo en el límite azul
del seno Sucronense un sinnúmero de velas; la flota conduciendo á los
invencibles soldados de Roma.
Casi toda la ciudad estaba en las murallas. Apiñábase en ellas la
muchedumbre, hasta el punto de que muchos tenían que agarrarse de las
almenas, para no ser precipitados.
Fuera de los muros, la obscuridad era absoluta. Habían callado como
asustadas las ranas que poblaban las charcas del río; los perros que
rodaban vagabundos por la campiña ladraban incesantemente. Adivinábase
la presencia de ocultos seres que se agitaban en la sombra, rodeando la
ciudad.
Las tinieblas aumentaban la incertidumbre ansiosa del gentío de las
murallas. De pronto brilló un punto de luz en la obscuridad de la
campiña: después otro y otros en distintos lugares, á alguna distancia
de la ciudad. Eran antorchas guiando los pasos de los que llegaban.
Sobre su rojiza mancha de luz veíanse pasar las siluetas de hombres
y caballos. Á lo lejos, en la cumbre de algunos montes, brillaban
hogueras, sirviendo, sin duda, de señal á las tropas rezagadas.