--Mi padre se muere y me llama.

--¿Y qué piensas hacer?...

--Partir inmediatamente. Los míos reclaman mi presencia.

Emprendieron los dos jinetes el descenso á la ciudad, seguidos por el

mensajero celtíbero.

Acteón sentíase atraído por la emoción de su camarada. Al mismo tiempo

despertábase en él la curiosidad de viajero, tantas veces excitada por

los relatos del celtíbero.

--¿Quieres que te acompañe, Alorco?

El joven agradeció con una mirada la proposición. Después se negó á

aceptarla, alegando la prisa que tenía de partir. El griego querría

despedirse de Sónnica. Tal vez la causaría un disgusto con la

separación, y él deseaba emprender el viaje inmediatamente.

--Suprimamos la despedida --dijo el griego con su alegre ligereza--.

Sónnica se resignará cuando la haga saber por un esclavo que me

ausento por algunos días. ¿Quieres salir inmediatamente? Sea:

partiremos juntos. Te acompaño. Siento curiosidad por ver de cerca ese

país con sus costumbres bárbaras y sus habitantes valerosos y duros, de

los cuales tantas proezas me han relatado.

Atravesaron la ciudad: las calles estaban desiertas. Toda la población

había subido á la Acrópolis. Acteón se detuvo un instante en los

almacenes de Sónnica para noticiar el viaje á sus esclavos, y siguió

después á su amigo, saliendo ambos de la ciudad.

Alorco estaba alojado en una de las posadas del suburbio, enorme

edificio con profundas cuadras y anchos patios, donde sonaban

continuamente las diversas lenguas del interior de la península,

enronquecidas y encolerizadas por el regateo de mercancías y bestias.

Cinco hombres de la tribu acompañaban al joven celtíbero durante su

permanencia en Sagunto, cuidando los caballos y sirviéndole como

domésticos libres.

Al saber que iban á partir, estos hijos de las montañas gritaron de

entusiasmo. Languidecían de inacción en aquel país rico y feraz, cuyas

costumbres detestaban, y á toda prisa realizaron los preparativos para

la marcha.

Caía el sol cuando emprendieron el viaje. Alorco y Acteón marchaban

al frente con el manto en la cabeza, un peto de lienzo almohadillado

para defender el pecho, á usanza celtíbera, y la espada ancha y

corta, junto con el escudo de cuero colgando de la cintura. Los cinco

servidores y el mensajero cerraban la marcha armados de largas lanzas,

custodiando dos mulas que llevaban las ropas de Alorco y los víveres

para el viaje.

Aquella tarde aún marcharon por caminos. Estaban en el agro saguntino,

y pasaban entre campos cultivados y feraces, hermosas quintas y

compactos pueblecillos que se apretaban en torno de la torre que les

servía de defensa. Al cerrar la noche acamparon junto á una aldea

miserable de las montañas. Allí acababa la dominación de Sagunto: más

allá estaban las tribus casi siempre en guerra con la gente de la costa.

Á la mañana siguiente, el griego vió el paisaje totalmente cambiado.

Se perdieron á su espalda el mar y el verde llano, y sólo vió montes

y más montes, unos cubiertos de grandes pinares, otros rojos, con

promontorios de piedra azulada y espesos matorrales que al estremecerse

con los pasos de la caravana, vomitaban nubes de pájaros asustados,

y liebres que, locas de terror, pasaban por entre los pies de los

caballos.

Los caminos no eran obra de los hombres. Marchaban las bestias

trabajosamente por el rastro que otros viajeros habían dejado; rodeaban

muchas veces las moles de piedra caídas de las cumbres y se hundían

otras en riachuelos que les cortaban el paso. Faldeaban las montañas;

subían á las cumbres entre los graznidos de las águilas que se

espeluznaban de cólera al ver invadida la silenciosa región, en la que

muy de tarde en tarde entraban los hombres; descendían á los barrancos,

profundas grietas en las que reinaba una penumbra sepulcral y donde

aleteaban los cuervos, atraídos por el cadáver de alguna res abandonada.

Veían á lo lejos en un pequeño valle ó al lado de un riachuelo un grupo

de cabañas de paredes de barro y techo de bálago agujereado para dar

luz á la habitación y salida al humo. Las mujeres, huesosas y cubiertas

de pieles, rodeadas de niños desnudos, salían de sus cubiles para ver

de lejos la caravana, con huraña expresión de alarma, como si el paso

de unos desconocidos sólo pudiera traer desgracias. Otras más jóvenes,

con las piernas al descubierto y ceñido el delantal de harapos á los

riñones, segaban el mísero trigo, que apenas si se levantaba como una

película dorada sobre la tierra blanquecina y pobre. Muchachas fuertes

y feas, de miembros varoniles, bajaban de los montes con grandes haces

de ramas en las espaldas, mientras los hombres, á la sombra de los

nogales y los robles, trenzaban nervios de toro para construir escudos,

ó se amaestraban en arrojar dardos y manejar la lanza, cayéndoles sobre

los rostros tostados y barbudos la alborotada cabellera.

Jinetes en pequeños caballos de largo y sucio pelo aparecían en los

sitios más altos del camino algunos guerreros de equívoco aspecto,

mezcla de pastores y bandidos, con armadura de cuero y larga lanza.

Examinaban un instante la comitiva, y después de apreciar su fuerza,

convencidos de que era difícil atacarla, volvían al paso hacia sus

ganados, que pastaban en las profundas quebraduras de los montes

cubiertos de matorrales. Los infinitos rebaños de corderos y toros,

acostumbrados á la soledad salvaje, huían huraños al escuchar el paso

de la caravana. Por entre los romeros y tomillos de las laderas subían

como pardas hormigas las bandas de codornices buscando su pasto, y al

sonido de los cascos de los caballos volaban, pasando como un silbido

sobre las cabezas de los viajeros.

Acteón admiraba las rudas costumbres de aquellas gentes. Las cabañas

eran de adobes rojos ó de pedruscos unidos con barro: los techos de

ramas; y las mujeres, más feas y animosas que los hombres, realizaban

los trabajos fatigosos. Sólo los niños trabajaban, imitando con esto á

sus madres. Los adolescentes empuñaban la lanza, y bajo la dirección

de los ancianos aprendían á combatir, tan pronto á pie como á caballo;

domaban los potros, saltando al suelo y volviendo á montar en mitad de

la carrera y se amaestraban en permanecer de rodillas sobre sus lomos,

inmóviles y con los brazos libres para esgrimir la espada y el escudo.

En algunas aldeas los recibían con la hospitalidad tradicional y aún

extremaban más sus agasajos al reconocer á Alorco, el heredero de

Endovellico, temido jefe de las tribus de Baraeco, que apacentaban

desde hacía siglos sus rebaños en las riberas del Jalón. Les cedían al

llegar la noche sus mejores lechos de correas, cubiertos de mullida

hierba seca; atravesaban en el asador un becerro, haciéndolo voltear

sobre una enorme hoguera en honor de la caravana, y durante la marcha

les detenían las mujeres á la entrada de sus chozas, ofreciéndoles en

groseras vasijas de barro la amarga cerveza fabricada en los valles y

el pan de harina de bellotas.

Alorco explicaba al ateniense las costumbres de su raza. Cosechaban la

bellota, su principal alimento y la exponían al sol hasta que estuviera

bien seca: la mondaban, la molían y almacenaban la provisión de harina

para seis meses. Este pan, la caza y la leche de sus reses, constituían

los principales alimentos. En algunas épocas la peste les había dejado

sin rebaños; los campos no daban cosechas, el hambre diezmaba las

tribus y los más fuertes habían devorado á los débiles para subsistir.

Esto, recordaba Alorco haberlo oído á los ancianos de su tribu, como

ocurrido en remotos tiempos, cuando Neton, Autubel, Nabí y otras

divinidades del país, irritadas contra su pueblo, habían enviado sobre

él tan tremendos castigos.

El joven celtíbero continuaba el relato de las costumbres. Algunas

mujeres de las que con tanto vigor trabajaban en los campos tal vez

habían parido el día anterior. Apenas salida á luz la criatura, la

sumergían en el río más cercano, para que con esta prueba, que causaba

á muchas la muerte, creciese vigorosa é insensible al frío; y mientras

la madre saltaba de la cama y continuaba sus trabajos, el esposo

ocupaba su sitio en el lecho, acostándose con el recién nacido. La

mujer, todavía convaleciente, cuidaba á los dos, rodeando de atenciones

al fuerte marido, como para agradecerle el fruto que la había dado.

Varias veces encontró la caravana en su marcha al borde de las veredas,

lechos de hierbas sobre los cuales mostrábanse algunos hombres rígidos

y quejumbrosos. Las moscas zumbaban en torno de sus cabezas como una

nube; una ánfora de agua estaba al alcance de su mano. Algún niño en

cuclillas junto al lecho espantaba los insectos con una rama. Eran

enfermos que los parientes exponían, según antigua costumbre, al

borde de los caminos, para implorar la clemencia de las divinidades

exhibiendo su miseria, y para que los viandantes al pasar aconsejaran

un remedio, transmitiéndose así las recetas de lejanos países.

Los hombres fuertes bañábanse en orines de caballo para endurecer

los músculos. Su único lujo eran las armas, y admiraban como joyas

inestimables las espadas de bronce traídas del Norte de la península y

las de acero fabricadas por los de Bílbilis y templadas en las arenas

de su famoso río. Las corazas flexibles, formadas por varias telas de

lino superpuestas, ó las de cuero, adornadas con clavos, eran armas

defensivas de las que no se despojaba el celtíbero ni aun en el lecho.

Dormían con el _sagum_ puesto, las grebas de metal en las piernas y

las armas al alcance de la mano, prontos á pelear así que la más leve

alarma turbaba su sueño.

Á los tres días de marcha la caravana entró en el territorio de la

tribu de Alorco. Separábanse las montañas á ambos lados del Jalón,

formando risueños valles cubiertos de altos pastos, por los cuales

corrían los rebaños de caballos sin domar, con la melena encrespada

y la cola ondeante. Las mujeres salían fuera de sus aldeas á saludar

á Alorco, y los hombres, empuñando la lanza, montaban á caballo para

unirse á la caravana. En la primera aldea donde se detuvieron, un

anciano dijo á Alorco que su padre, el poderoso Endovellico, estaba

agonizante, y en otra que encontraron á las pocas horas, supo que el

gran jefe había muerto al amanecer.

Todos los guerreros de la tribu, pastores y agricultores, montaban á

caballo para seguirle. Cuando llegaron á la aldea donde residía el

reyezuelo la escolta era ya un pequeño ejército.

En la puerta de la casa paterna, construcción baja de piedras rojas y

techumbre de troncos, vió Alorco á sus hermanas con trajes de flores y

la cabeza en un collar de jaula, de cuyos hierros pendían los velos de

luto.

Las hermanas de Alorco, lo mismo que las otras mujeres que las

acompañaban, esposas de los primeros guerreros de la tribu, ocultaban

su dolor por la muerte del jefe y sonreían como si estuvieran

en vísperas de una fiesta. La vejez era una desgracia entre los

celtíberos, que despreciaban la vida y peleaban por diversión cuando

les faltaba la guerra. Morir en el lecho era casi una deshonra,

y lo único que turbaba un tanto la satisfacción de la familia de

Endovellico, era que un guerrero tan famoso, terror de las vecinas

tribus, hubiese muerto con la cabellera blanca, extinguiéndose su vida

como una antorcha que se apaga, después de haber hecho galopar su

caballo al través de tantos combates, desplomando su espada como un

rayo sobre los enemigos.

El traje y el rostro de Acteón atraían las miradas de toda la

tribu. Muchos de los celtíberos no habían visto nunca un griego y

contemplaban á éste con ojos hostiles, recordando las astucias y

hábiles explotaciones que los comerciantes helénicos hacían sufrir á

los de su raza cuando descendían hasta Sagunto para vender la plata de

las minas.

Alorco tranquilizó á los suyos.

--Es mi hermano --dijo en la lengua del país--. Juntos hemos vivido en

Sagunto. Además, no es de esa ciudad. Es de muy lejos, de un país donde

los hombres son casi dioses, y ha venido conmigo para conoceros.

Las mujeres miraban á Acteón con asombro al saber el origen casi divino

que le atribuía Alorco.

Habían desmontado los de la caravana, entrando en la inmensa cabaña

que servía de palacio al jefe. Una vasta habitación ennegrecida por

el humo y sin otras luces que unos angostos respiraderos, semejantes

á saeteras, servía de punto de reunión y consejo á los guerreros de

la tribu. En un extremo, una piedra enorme, sobre la cual ardían

los leños, con una gran abertura en el techo que hacía las veces de

chimenea. Empotrada en la pared había una lápida, y esculpida en

ella groseramente la figura del dios de la tribu estrangulando á dos

leones. De los muros colgaban lanzas y escudos, pieles de bestias

feroces, retorcidas astaduras y blancos cráneos de animales de caza. Un

banco de piedra corría á lo largo de las paredes, y cerca del hogar

interrumpíase para dejar espacio á un alto poyo de mampostería cubierto

con una piel de oso. Allí se sentaba el jefe.

Los guerreros iban colocándose en el banco conforme entraban.

Un anciano cogió la mano á Alorco, guiándolo hasta el puesto de honor.

--Siéntate ahí, hijo de Endovellico. Tú eres su único sucesor y mereces

ser nuestro jefe. Su valor y su prudencia residen en tí.

Los demás guerreros apoyaban con miradas de grave aprobación las

palabras del anciano.

--¿Dónde está el cadáver de mi padre? --preguntó Alorco, conmovido por

la sencilla ceremonia.

--Desde que descendió el sol está en la pradera donde aprendiste tú

á domar los caballos y manejar las armas. Los jóvenes de la tribu le

guardan. Mañana cuando salga el sol serán sus exequias, dignas de tan

gran jefe. Después tú, como nuevo rey, nos darás consejos sobre los

asuntos de la tribu.

Alorco hizo sentar cerca de él al griego. Las mujeres entraron

antorchas, pues por los estrechos tragaluces apenas si el crepúsculo

lograba filtrar una claridad pálida y difusa. Las hermanas de Alorco,

con la vista baja y ondeando las túnicas floreadas en torno de sus

cuerpos de vírgenes fuertes, iban por delante de los guerreros

ofreciendo en vasos de cuerno hidromiel y cerveza. Aquellos hombres

bebían enormemente, sin perder su gravedad. Hablaban de las hazañas

de Endovellico como si éste hubiese muerto muchos años antes y de las

grandes empresas á que seguramente les guiaría su sucesor, aludiendo

varias veces con palabras misteriosas á un asunto que había de tratarse

al día siguiente en el consejo.

Entraron la cena. Los celtíberos no acostumbraban á comer en mesa como

las gentes de la costa. Seguían sentados en el banco de piedra. Las

mujeres les colocaban al lado un pan de trigo por ser extraordinario

el banquete, sustituyendo éste al de harina de bellotas que era de

uso habitual. Otras mujeres hacían circular una gran vasija llena de

pedazos de carne asada que aún chorreaba sangre, y cada guerrero cogía

un trozo con la punta de su cuchillo. Los cuernos llenos de bebida

circulaban de mano en mano, y el griego Acteón aceptaba con gracioso

ademán cuanto le ofrecían sus vecinos con palabras hospitalarias que no

podía comprender.

Al terminar la cena entraron varios adolescentes de la tribu con

trompas y flautas, y comenzaron á hacer sonar un aire bizarro que

participaba de la alegría de la caza y del furor con que en los

combates se cargaba sobre el enemigo. Los convidados enardeciéronse, y

muchos de ellos, los más jóvenes, saltando al centro de la habitación,

comenzaron á danzar con una agilidad gimnástica. Era el baile con que

terminaban los celtíberos todos sus banquetes; un ejercicio violento

que ponía á prueba sus músculos y les hacía recobrar su fuerza aún en

los momentos de mayor molicie.

Mucho antes de media noche fueron retirándose los guerreros, dejando

solos á Alorco y Acteón en aquella pieza inmensa cargada de humo, en

la cual crepitaban las antorchas, tiñendo con reflejos de sangre los

bárbaros adornos de las paredes. Durmieron en lechos de hierba sin

despojarse de sus ropas y con las armas junto á ellos, como dormía toda

la tribu, siempre temerosa de algún ataque de los vecinos, atraídos por

la riqueza de sus rebaños.

Al amanecer bajaron á la pradera, donde estaba expuesto el cadáver de

Endovellico. Toda la tribu se reunía en la llanura, junto al río: los

jóvenes á caballo con sus lanzas y cubiertos de todas armas; los viejos

sentados á la sombra de las encinas; las mujeres y los niños, cerca de

la pira de troncos, sobre la cual estaba tendido el cadáver del jefe.

Endovellico aparecía con su traje de guerra. Sus lacios cabellos

escapaban por los bordes del casco de triple cimera; la barba plateada

descansaba sobre una loriga de escamas de bronce; los brazos desnudos

y musculosos, caían sobre la espada celtíbera de hoja corta,

estrangulada en su mitad para ensancharse en la punta, y las piernas

estaban cubiertas por las anchas correas de las abarcas. El escudo, en

el que aparecía grabado el dios de la tribu luchando con los leones,

servía de cojín á su cabeza.

Al llegar los dos jóvenes, se adelantó el mismo anciano que había

hablado á Alorco el día anterior. Era el más sabio de la tribu, y había

aconsejado muchas veces á Endovellico antes de emprender sus audaces

expediciones. En circunstancias extraordinarias abría con el cuchillo

sagrado el vientre de los prisioneros para leer el porvenir en las

palpitaciones de sus entrañas. Otras veces cortaba las manos á los

vencidos para dedicarlas al dios de la tribu, clavándolas en la puerta

del jefe para aplacar á la divinidad. El misterio hablaba por su boca,

y toda la tribu le contemplaba con admiración y miedo, como capaz de

cambiar el curso del sol y de destruir en una noche las cosechas de los

enemigos.

--Avanza, hijo de Endovellico --dijo con solemnidad--. Mira tu pueblo,

que te elige como el más valiente y el más digno para suceder á tu

padre.

Interrogó con la mirada á la muchedumbre, y los guerreros contestaron

golpeando sus escudos, lanzando los mismos alaridos con que se

excitaban al entrar en el combate.

--Ya eres nuestro rey --continuó el anciano--. Serás el padre y el

guardián de tu pueblo. Para cumplir tu misión, apodérate de la herencia

de tu padre... ¡Bajad el escudo!

Dos jóvenes treparon á lo alto de la pira, y levantando la cabeza de

Endovellico, bajaron el escudo con la imagen del dios, entregándolo á

Alorco.

--Con este escudo --dijo el anciano-- cubrirás á tu pueblo de los

golpes del enemigo... ¡Venga la espada!

Bajaron los jóvenes la espada, arrancándola de las yertas manos del

jefe.

--Cíñetela, Alorco --continuó el hechicero--. Con ella nos defenderás y

caerá como un rayo allí donde te marquen los tuyos. ¡Avanza, joven rey!

Guiado por el viejo, llegó Alorco hasta los troncos, sobre los cuales

descansaba su padre. El joven volvía el rostro para no ver el cadáver,

temiendo un enternecimiento que le hiciese derramar lágrimas ante la

tribu.

--¡Jura por Neton, por Autubel, por Nabí, por Caulece, por todos los

dioses de nuestra tribu y de todas las tribus que pueblan esta tierra

y odian á los extranjeros que un día llegaron por el mar para robarnos

nuestras riquezas! ¡Jura ser fiel á tu pueblo y obedecer siempre lo que

te aconsejen los guerreros de la tribu!... ¡Júralo por el cuerpo de tu

padre que pronto no será más que cenizas!...

Alorco lo juró, y los guerreros golpearon otra vez sus escudos,

lanzando exclamaciones de alegría.

El viejo, con un vigor extraordinario, se encaramó sobre los troncos,

buscando bajo la coraza del cadáver.

--Toma, Alorco --dijo al descender, entregando al nuevo jefe una

cadenilla de cobre de la que pendía un disco del mismo metal--. Ésta

es la mejor herencia de tu padre: la _salvación_ que le seguía á todas

partes. No hay un guerrero en la Celtiberia que no lleve consigo su

veneno para morir, antes que ser esclavo del vencedor. Yo compuse éste

para tu padre. Pasé toda una luna extrayéndolo del apio silvestre, y

una de sus gotas mata como el rayo. Si algún día caes vencido, bebe y

muere antes que los tuyos contemplen á su jefe con la mano cortada y

sirviendo de esclavo á los enemigos.

Alorco pasó la cabeza por la cadenilla, ocultando en el pecho la

herencia de su padre. Después volvió al lado de Acteón, bajo las

encinas donde se agrupaban los ancianos.

Los adolescentes de la tribu que estaban haciendo su aprendizaje

guerrero en la pradera, corrieron con antorchas encendidas en torno de

la pira. Las teas lamieron los troncos resinosos, y pronto el humo y

las llamas comenzaron á envolver el cadáver.

Los guerreros de la tribu más famosos por su valor y sus fuerzas,

avanzaron haciendo caracolear sus caballos en torno de la hoguera.

Agitando las lanzas, proclamaban con roncos gritos las hazañas del

difunto jefe, uniéndose la masa de la tribu á sus aclamaciones.

Relataban los innumerables combates de los que había salido vencedor;

las audaces expediciones en las que sorprendía al enemigo descuidado

durante la noche, quemando sus viviendas y formando interminables

cuerdas de cautivos; los rebaños apresados, que casi no cabían en los

territorios de la tribu; sus fuerzas colosales; la prontitud con que

dominaba el potro más salvaje, y la prudencia que demostraba en todos

sus consejos.

--¡Cubrió de manos de enemigos las puertas de nuestras casas! --gritaba

un guerrero, pasando al galope como un fantasma entre el humo de la

hoguera.

Y la multitud gritaba con una entonación de lamento:

--¡Endovellico!... ¡Endovellico!...

--¡Le temían todas las tribus, y su nombre era respetado como el de un

dios!...

La multitud volvía á repetir varias veces el nombre del jefe como si

llorase.

--¡Con su puño de roca abatía un toro en mitad de su carrera, y hacía

volar la cabeza del enemigo con un golpe de su espada!

--¡Endovellico!... ¡Endovellico!...

Y así continuaban las exequias del jefe. La hoguera elevaba rectas las

llamas, ensuciando con su denso humo el azul del cielo, y los heraldos,

incansables en pregonar las hazañas de su jefe, pasaban y repasaban

como negros demonios coronados de chispas, haciendo saltar sus corceles

sobre los leños inflamados. Vínose abajo la pira, envolviendo los

restos de Endovellico entre cenizas y tizones, y sobre el rescoldo de

la hoguera comenzó el combate en honor del difunto.

Avanzaban los guerreros á caballo con las riendas sueltas, el

escudo ante el pecho, la espada en alto, y combatían como si fuesen

irreconciliables enemigos. Los mejores camaradas, los hermanos de

armas, se asestaban tremendos golpes, con el entusiasmo de un pueblo

que convertía la lucha en la principal diversión. Había que hacer

correr la sangre para glorificar con más pompa la memoria del difunto;

caían los caballos al choque del encuentro, y los jinetes continuaban

la lucha á pie, trabándose cuerpo á cuerpo, haciendo retemblar los

escudos con el choque de los golpes. Cuando se hubieron retirado

algunos guerreros cubiertos de sangre, y el combate tomó un carácter

de batalla general, en la que intervenían las mujeres y los niños

enardecidos por el espectáculo, Alorco hizo sonar las trompas dando la

señal de retirada, y se arrojó entre los combatientes para separar á

los más tenaces.

Terminaban las exequias. Los esclavos de la tribu arrojaron los restos

de la hoguera en una zanja, y la muchedumbre, viendo acabada la fiesta,

levantó por última vez el cuerno lleno de cerveza para beber en honor

del nuevo rey, retirándose luego á sus aldeas.

Los principales guerreros se dirigieron á la mansión del jefe para

celebrar consejo.

El ateniense caminaba al lado de Alorco, manifestándole el asombro

que le habían causado las costumbres bárbaras y belicosas de los

celtíberos. Como no podía entender su lenguaje, los guerreros le vieron

sin alarma sentarse en la sala del consejo cerca del nuevo jefe.

El hechicero hablaba á Alorco largamente, entre el respetuoso

silencio de los guerreros. Acteón comprendió que daba cuenta de cosas

extraordinarias ocurridas en la tribu pocos días antes de la llegada

del nuevo rey. Tal vez algún llamamiento de las tribus amigas, alguna

expedición fructuosa proyectada por los más audaces.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 10 / 21 段