--Olvidas á los iberos y celtíberos, á toda la península que se

levantará en masa para venir á la toma de Sagunto. El país es pobre y

la ciudad está abarrotada de riquezas. La he visto bien. Hay en ella

para pagar un ejército años enteros, y hasta de las costas del Mar

Grande vendrán las tribus lusitanas, atraídas por la esperanza del

botín y ese odio que los rudos naturales profesan á una ciudad opulenta

y civilizada, donde viven sus explotadores. No será para Hanníbal gran

empresa apoderarse de una república de agricultores y mercaderes.

--¿Y después que seas dueño?...

El africano no contestó, hundiendo la barba en el pecho con una sonrisa

enigmática.

--¿Callas, Hanníbal?... Pues después que seas dueño de Sagunto nada

habrás adelantado. Roma reclamará contra tí por violar los tratados, y

el Senado cartaginés te maldecirá; pondrá tu cabeza á precio, ordenará

á tus soldados que no te obedezcan, y morirás crucificado ó vagarás por

el mundo como un esclavo fugitivo.

--No, ¡fuego de Baal! --gritó el caudillo con arrogancia--. Cartago no

intentará nada contra mí; aceptará la guerra con Roma aun cuando hoy no

la quiera. Tengo allá los innumerables partidarios de los Barcas, el

populacho que quiere la guerra, porque proporciona envíos de despojos

y repartos; toda la gente de los suburbios, cuyo entusiasmo mantengo

enviando cuantas riquezas saco de la península, después de pagar las

tropas. Hamílcar y Hasdrúbal hicieron lo mismo. Serían capaces de

pasar á cuchillo á los ricos, si intentasen algo contra Hanníbal. No

he vuelto á Cartago desde que seguí á mi padre á los nueve años; pero

el pueblo adora mi nombre. Los del partido de la paz me seguirán á la

guerra, si á la guerra los arrastro.

--¿Y cómo vencerás á Roma?...

--No sé --dijo Hanníbal con su misteriosa sonrisa--. Siento un mundo de

pensamientos que provocarían la risa de mis amigos si los relatase...

Me veo como un titán escalando montañas inmensas, siguiendo caminos

de águila, hundiéndome en la nieve, llegando hasta el cielo para caer

con más fuerza sobre mi enemigo... No me preguntes más: nada sé. Mi

voluntad dice: «quiero» y esto basta... Llegaré.

Calló Hanníbal frunciendo el entrecejo, como si temiese haber dicho

demasiado.

Era ya de día. Por el camino pasaban mujeres con cestos en la cabeza.

Dos esclavos llevando en hombros una gran ánfora pendiente de un palo,

se detuvieron un momento junto á ellos para descansar. El africano

acariciaba el cuello de su caballo, como preparándose á partir.

--Por última vez, griego. ¿Vienes?...

Acteón hizo con su cabeza un movimiento negativo.

--Te conozco demasiado para rogarte que olvides haber visto á Hanníbal.

Eres astuto: sabes que cuanto aquí hemos dicho se lo tragó el silencio

de los campos y á nadie debe repetirse. Sé feliz con tu nuevo amor

y vive en paz, ya que habiendo nacido águila para volar, quieres

permanecer en un corral. Si alguna vez eres mi enemigo y me combates,

no te crucificaré; no serás mi esclavo. Te quiero, aunque no me sigues;

no olvido que tú fuiste el primero que me enseñó á arrojar un dardo.

¡Que Baal te guarde, Acteón! Los míos me esperan en el puerto.

Y con el manto flotante, salió al galope entre una nube de polvo,

atropellando á los campesinos y esclavos, que se arremolinaban en los

bordes del camino para dejarle paso.

IV

Entre griegos y celtíberos

Á nadie habló Acteón de este encuentro. Es más; á los pocos días, casi

lo había olvidado. Veía tranquila la ciudad, ocupada en preparar las

grandes fiestas Panatheas, segura con la protección de su aliada Roma,

y el recuerdo de la entrevista con el africano, tomaba en su memoria la

vaguedad de un ensueño.

Tal vez las palabras de Hanníbal no eran más que arrogancias de la

juventud. Odiado por los ricos de su país, y sin más auxilios que los

que él mismo pudiera procurarse, no iba á acometer la audaz empresa de

atacar á una ciudad aliada de Roma, violando con esto los tratados de

Cartago.

Además, el griego estaba en un período de dulce embriaguez; siempre

entre los brazos de Sónnica ó tendido en su regazo en la frescura

del peristilo; escuchando las liras de las esclavas y las flautas de

las aulétridas y contemplando las danzas de las de Gades, mientras

su amante le ceñía de flores la cabeza ó derramaba sobre él costosos

perfumes.

Algunas veces, su inquieto espíritu de viajero y hombre de guerra,

avezado al movimiento y á la lucha, se rebelaba ante la molicie.

Entonces huía á la ciudad. Allí conversaba con Mopso el arquero, y

escuchaba á los murmuradores del Foro, que, sin sospechar el paso de

Hanníbal por Sagunto, hablaban de la posibilidad de que el caudillo

africano intentase algo contra ellos, y se reían de su poder, fiando

en la fortaleza de sus muros y más aún en la protección de Roma, que

repetiría en las costas de Iberia sus triunfos de Sicilia sobre los

cartagineses.

Acteón contrajo gran amistad con Alorco el celtíbero. Le complacía la

fiera altivez del bárbaro, su nobleza de sentimientos y el respeto

casi religioso que mostraba ante la cultura griega. Su padre, viejo

y enfermo, era reyezuelo de unas tribus que en las montañas de la

Celtiberia apacentaban grandes rebaños de caballos y toros. Él era

su único heredero y había de reinar algún día sobre aquella gente

tosca, de costumbres feroces, que en perpetua cuatrería, se hacía la

guerra por robarse los caballos, y en los años de hambre bajaba de

las montañas para despojar á los labradores de las llanuras. Su padre

le había llevado de niño á Sagunto, y tal efecto causaron en él las

costumbres de los griegos que, una vez mozo, fué su más vehemente

deseo volver á la ciudad de la costa, y en ella vivía con algunos

servidores de su tribu y magníficos caballos, haciéndose el sordo á los

cariñosos llamamientos del viejo jefe próximo á la muerte, y siendo

considerado por los saguntinos casi como un conciudadano.

Su deseo era figurar en las fiestas de las Panatheas; que le admirasen

los griegos de la ciudad galopando en las carreras para conquistar la

corona de olivo. Se mostraba muy agradecido á Acteón, porque éste,

valiéndose de la influencia de Sónnica, había conseguido de los

magistrados que el celtíbero figurase entre los jinetes de la gran

procesión que subiría á la Acrópolis para llevar las primeras espigas

al templo de Minerva.

En los días que el ateniense languidecía entre cánticos y perfumes,

abrumado por las caricias de la griega, que parecía arder en el fuego

de la última pasión de su vida, saltaba del lecho al amanecer, se

echaba el arco á la espalda, y seguido por dos hermosos perros corría

el agro de Sagunto, dando caza á los gatos monteses que bajaban de las

cercanas montañas.

En una de estas correrías tuvo un encuentro. Era mediodía; caía

verticalmente la luz del sol, y los perros, jadeantes, se detuvieron

ladrando ante un bosque de higueras seculares, cuyas ramas llegaban

al suelo, formando sombríos pabellones de follaje. Acteón, haciendo

callar á sus bestias, avanzó cautelosamente con el arco preparado, y al

separar la cortina de hojas vió en el centro de una plazoleta formada

por los árboles á sus dos amigos Ranto y Eroción.

El muchacho estaba sentado en el suelo ante un montón de arcilla roja

que iba modelando con lentitud, frunciendo el entrecejo y silbando

penosamente. La pastorcilla, completamente desnuda, con el impudor de

una belleza sana é inocente, satisfecha de ser admirada, sonreía á

Eroción, coloreándose sus mejillas ligeramente cada vez que el artista

levantaba sus ojos de la arcilla para fijarlos en la modelo.

Acteón bebía con la mirada las formas de aquel cuerpo primaveral.

Sentía el entusiasmo de los griegos ante la belleza, replegada aún

en sí por el ardor de la pubertad. Admiraba sus senos tiernos y

pequeños como capullos, surgiendo apenas del cuerpo; las caderas de

ligera curva; la línea que caía de la nuca á los pies con suavísimas

ondulaciones, que servían para dar más encanto á su pureza; aquella

gracia de efebo hermoso y fuerte, unida al encanto del sexo. Su gusto

de griego refinado admiraba la frescura de las formas, comparándolas

mentalmente con las opulencias soberbias, pero un tanto maduras, de

Sónnica.

Ranto, al ver asomar entre las hojas la cabeza del griego, dió un grito

penetrante y corrió á ocultarse tras una higuera en busca de sus ropas.

Entre el follaje sonaron los esquilones de las cabras, asustadas por el

grito de la pastorcilla, y las reses asomaron sus hocicos brillantes,

con los ojos húmedos y los retorcidos cuernos.

--¿Eres tú, ateniense? --dijo Eroción levantándose con gesto de

malhumor--. Has asustado á Ranto con tu inesperada presencia.

Después añadió con malicia.

--Ranto es tu esclava, ya lo sé. Y también sé que eres el dueño de la

alfarería donde trabajo. Has subido mucho desde la mañana en que te

encontramos en el camino de la Sierpe. Dispones de Sónnica la rica: el

amor la ha hecho tu esclava.

--No soy amo de nadie --dijo el griego con sencillez--. Soy vuestro

amigo y recuerdo que el primer pan que comí en la ciudad lo recibí de

vuestras manos.

Eroción pareció adquirir confianza con estas palabras.

--¿Qué miras, ateniense? ¿Ese barro? ¡Cómo debes burlarte de mí! Estoy

convencido; no sirvo para artista. Hay momentos en que me creo capaz

de hacer una obra grande: la concibo, la veo como si la tuviera en pie

dentro de mi cabeza; pero cuando pongo las manos en el barro reconozco

mi torpeza y siento ganas de llorar. ¡Ah! ¡Si yo hubiese ido á Grecia!

Y decía estas palabras como un lamento, mirando con rabia el montón de

barro, en el cual comenzaban á marcarse con cierta rudeza las formas de

Ranto.

--¡Si supieras cuánto tuve que hablar para decidirla á que me mostrase

la divina desnudez de su cuerpo!... No lo extrañes; es de raza de

bárbaros: teme el garrote de su abuelo el pastor, que caería sobre

sus carnes si la viese como tú acabas de verla. La hablé de nuestros

escultores, ante los cuales se disputan las más hermosas hetarias el

honor de desnudarse; y la seguridad de que Sónnica su señora había

hecho lo mismo en Atenas, fué lo único que la decidió... ¿Pero cómo

copiar su cuerpo divino? ¿Cómo infundir á la tierra amasada la vida que

circula bajo su piel?

En su desaliento amenazaba á la figurilla de barro como si quisiera

aplastarla con los pies. Después se animó y dijo con resolución:

--Yo soy más fuerte que mi torpeza. Trabajaré años y más años si es

preciso, hasta ver reproducido con toda su hermosura el cuerpo divino

de mi Ranto. No volveré á la alfarería aunque el viejo arquero me

mate á golpes... Había comenzado mi obra queriendo que figurase en

la procesión de las Panatheas. Ranto la llevaría sobre su cabeza, y

la multitud se aglomeraría para verla. Sólo espero un momento de

inspiración, una racha feliz: ¿quién sabe si mañana soplarán las musas

sobre mí, y me levantaré con facilidad en las manos para ejecutar lo

que sueño?...

Y lanzándose francamente por el despeñadero de la imaginación, el

pequeño artista contó al ateniense sus ensueños.

--Si logro terminar esta estatua, el porvenir es mío, y algún día

grabarán mi nombre en el Foro para que lo lean con admiración las

gentes de la ciudad. Me libraré para siempre de la alfarería; regalaré

mi estatua á Sónnica después de haberla admirado todo Sagunto en las

Panatheas, y tu amante, que es tan generosa, me embarcará en uno de

sus navíos. Veré Atenas, admiraré lo que tú has visto, y entonces...

¡entonces!... Mira, Acteón, por entre esas hojas. ¿Qué ves sobre la

montaña de la Acrópolis? Nada; muros de grandes piedras; columnatas;

techumbres de templos, pero ni una sola estatua que pregone de lejos

la gloria de la ciudad. Dicen que sobre la Acrópolis de Atenas se alza

gigantesca la figura de Palas, toda de bronce y oro, con una lanza que

parece arder á la luz del sol, y guía como una llama á los marineros

desde muchos estadios, mar adentro. ¿Es eso verdad? Pues yo hace noches

y noches que sueño con algo parecido, y veo á Eroción, gran artista, de

regreso de Atenas, levantando sobre nuestra Acrópolis una obra colosal.

Los toros de Gerión, enormes, gigantescos, con cuernos dorados que

brillen como antorchas, y tras ellos, Hércules, cubierto con la piel

del león de Nemea, como Therón su sacerdote en las grandes fiestas de

Sagunto; y tremolando en lo alto su clava, que servirá de señal á todos

los navegantes del golfo Sucronense... ¡Ay! ¡Si yo llegase algún día á

realizar esta obra!...

Ranto, cubierta con la túnica, había salido de su escondrijo y se

aproximaba temerosa á Acteón, mirándolo con respeto y ruborizándose

al mismo tiempo por el recuerdo de su sorprendida desnudez. Eroción,

entusiasmado por el relato de sus ilusiones, mostraba en sus ojos el

deseo de volver á comenzar. Miraba su obra y parecía desnudar con los

ojos á la pastorcilla para repetir en seguida el trabajo.

El ateniense comprendió que su presencia estorbaba á los jóvenes.

--Trabaja, Eroción --dijo--. Sé un gran artista si puedes. Tu modelo

lo envidiarían los escultores de Atenas. Ahora que sé que os ocultáis

aquí, procuraré no molestaros con mi presencia.

Y así lo hizo. No volvió al bosque de higueras, dejando que los dos

adolescentes trabajasen en su misterioso retiro; él, espoleado por la

ambición; ella, sumisa por el amor.

Llegó el día de las Panatheas. La fama de la solemnidad se había

esparcido hasta más allá de los límites de Sagunto, y se presentaban en

caravanas los rudos celtíberos para contemplar las diversiones de los

griegos.

Las gentes del agro habían abandonado sus trabajos de recolección, y

vestidas con sus ropas mejores, llegaban á la ciudad desde el amanecer,

para presenciar la fiesta á la diosa de los campos. Llevaban grandes

gavillas de trigo matizadas de flores, para ofrecerlas á la diosa y

corderillos de blancas lanas adornados con cintas, para sacrificarlos

en su altar.

Cuando salió el sol, la ciudad estaba repleta de una muchedumbre

multicolor que se agolpaba en el Foro, ó corría á las márgenes del río

para presenciar las carreras de caballos.

Habíase formado un gran estadio junto al Bætis-Perkes, en el cual los

principales ciudadanos de Sagunto iban á disputarse el triunfo. Los

senadores, en largos bancos custodiados por un grupo de mercenarios,

presidían la fiesta. En un extremo de la pista, los hijos de los

comerciantes y de los ricos agricultores, toda la juventud saguntina,

aguardaba la señal, casi desnuda, apoyada en sus ligeras lanzas y

teniendo agarrados de la brida sus caballos en pelo, que se husmeaban y

mordían presintiendo el próximo combate.

Dieron la señal de partir, y todos, poniendo su pie izquierdo en el

asidero de la lanza, saltaron de golpe sobre sus corceles, saliendo

escapados en compacto escuadrón á lo largo de la pista. La inmensa

masa popular prorrumpió en aclamaciones ante el bizarro grupo de

jinetes, casi tendidos sobre el cuello de sus caballos, como si

formasen con estos una sola pieza, moviendo en alto sus lanzas,

excitando el galope con alaridos, y envueltos en polvo, al través del

cual se veían las estiradas patas de las bestias y sus vientres casi

tocando el suelo. La desenfrenada carrera duró mucho tiempo. Iban

quedando rezagados los jinetes menos hábiles ó de peor montura: el

escuadrón disminuía visiblemente. El último que quedase en la pista

habiendo marchado siempre á la cabeza de los demás, conseguiría la

corona, y la multitud hacía apuestas por el celtíbero Alorco ó el

ateniense Acteón, que figuraban desde el primer instante al frente de

los jinetes.

Los ciudadanos, que no querían esperar bajo los ardores del sol el

final de la carrera, seguían la ribera del río hasta llegar á las

murallas, á cuya sombra los adolescentes luchaban cuerpo á cuerpo ó

se ejercitaban en el pugilato para alcanzar el premio de la destreza.

Otros más pacíficos se dirigían al Foro, bajo cuyos pórticos los

jóvenes elegantes se disputaban la corona de laurel destinada al más

hábil en la música y el canto. Sentados en sillas de marfil y teniendo

cerca de ellos á los lindos esclavos que les abanicaban con ramas

de mirto, Lacaro y sus amigos tañían la flauta ó pulsaban la lira,

cantando versos griegos con entonación dulzona y afeminada. En el

público reían algunos, remedando la suavidad de sus voces; pero otros

imponían silencio con indignación, dominados por el encanto que ejercía

sobre su rudeza el arte, aun con este aderezo femenil.

Á más de media mañana un estrépito de muchedumbre entusiasta llenó como

un trueno el ancho espacio del Foro. Era el pueblo que volvía de las

carreras y aclamaba al vencedor. El arrogante Alorco, arrancado de los

lomos de su corcel, era llevado en hombros por los más entusiastas.

La corona de olivo ceñía su cabellera revuelta é impregnada de polvo.

Acteón marchaba junto á él, celebrando su triunfo fraternalmente, sin

revelar envidia.

Los cantores, arrollados por esta ola de entusiasmo, recogieron sus

sillas é instrumentos. La corona de laurel se la ciñó Lacaro en medio

de la indiferencia general, sin recibir otros plácemes que los de sus

esclavos. Todo el entusiasmo de la ciudad era para el vencedor de las

carreras: el pueblo enardecíase admirando la fuerza y la destreza.

Había llegado el momento solemne: la procesión iba á comenzar. En el

barrio de los comerciantes, los esclavos tendían de tejado á tejado

velos rojos y verdes, que daban sombra á las calles. Las ventanas y

terrazas cubríanse con tapices multicolores de complicados dibujos, y

las esclavas colocaban en las puertas braserillos para quemar perfumes.

Las griegas ricas, seguidas de sus servidoras, que llevaban sillas de

tijera, iban en busca de sitio en las escalinatas de los templos ó en

las tiendas del Foro; y la gente agrupábase á lo largo de las casas,

esperando impaciente la llegada de la comitiva que se formaba fuera de

las murallas. Bandas de niños completamente desnudos corrían por las

calles, agitando ramas de mirto y lanzando aclamaciones en honor de la

diosa.

De pronto se arremolinó la gente, prorrumpiendo en gritos de

entusiasmo. La pompa en honor de Minerva entraba por la puerta del

camino de la Sierpe y avanzaba lentamente hacia el Foro, al través del

barrio de los comerciantes, que eran los organizadores de la fiesta.

Marchaban al frente ancianos venerables de luenga barba vestidos

de blanco, con mantos de amplios pliegues, la nevada cabellera

coronada de verde y llevando en las manos ramas de olivo. Después los

ciudadanos más arrogantes, armados de lanza y escudo, con la visera

del casco griego caída sobre los ojos y mostrando con orgullo la

recia musculatura de sus brazos y piernas. Seguían los adolescentes

más hermosos de la ciudad, coronados de flores, cantando himnos en

loor de la diosa; coros de niños desnudos, danzando con infantil

gracia, cogidos de las manos, formando una cadena de complicadas

combinaciones. Luego desfilaban las doncellas, las hijas de los ricos,

cubiertas solamente con una túnica de purísimo lino, que marcaba sus

encantos primaverales. Llevaban en las manos como ofrendas, ligeros

canastillos de junco cubiertos por velos que ocultaban los instrumentos

para el sacrificio á la diosa, y con ellos las tortas de trigo nuevo

que habían de depositarse en su altar y los manojos de rubias espigas.

Para que se marcase claramente la dignidad de las ricas vírgenes,

marchaban detrás de ellas las esclavas sosteniendo la silla de tijera

incrustada de marfil y el quitasol de tela rayada con gruesas borlas

multicolores al extremo de las varillas.

Un grupo de esclavas escogidas por su hermosura, al frente de las

cuales marchaba Ranto, llevaban sobre sus cabezas grandes ánforas

con agua y miel para las libaciones en honor de la diosa. Tras ellas

desfilaban todos los músicos y cantores de la ciudad coronados de rosas

y con amplias vestiduras blancas. Pulsaban la lira, tañían las flautas,

y unos griegos de la alfarería de Sónnica que habían sido rapsodas

errantes en su país, cantaban fragmentos de la guerra de Troya ante

la muchedumbre bárbara que apenas si les entendía, pero admiraba la

cadencia armoniosa de los versos de Homero.

La gente se empujó, avanzando sus cabezas para ver mejor á los

_salios_, los devotos danzarines de Marte que avanzaban desnudos,

armados de espada y escudo. Dos esclavos llevaban pendientes de un palo

atravesado sobre sus hombros una fila de broqueles de bronce, que otro

golpeaba con un mazo, y á sus broncos sones, los _salios_ danzaban

fingiendo atacarse, golpeaban con su espada el escudo del contrario,

lanzando gritos feroces, y ejecutaban pantomimas para recordar los

principales pasajes de la vida de la diosa.

Tras este estrépito que ponía en conmoción las calles, haciendo rugir

de entusiasmo al populacho enardecido por los golpes, seguía un grupo

de niñas sosteniendo un velo finísimo, en el cual habían bordado las

principales griegas de la ciudad el combate de Minerva con los Titanes.

Era la ofrenda que había de quedar en el nuevo templo de la diosa como

eterno recuerdo de las fiestas.

Cerrando la procesión, avanzaba el escuadrón sagrado, los ciudadanos

más ricos, montando briosos caballos, que con sus movimientos obligaban

á la muchedumbre á pegarse á las paredes. Presentaban arrogantes

figuras haciendo encabritar sus corceles, sin más guía que el freno,

montándolos en pelo, oprimiendo sus hijares con las rodillas. Los

jinetes más viejos, cubríanse con grandes sombreros á la moda

ateniense: los jóvenes usaban el casco alado de Mercurio ó llevaban la

cabeza descubierta, sujetos los cortos rizos con una cinta de color de

fuego. Alorco ostentaba su corona de vencedor, y Acteón, que marchaba á

su lado en uno de los corceles del celtíbero, sonreía á la muchedumbre,

que le contemplaba con cierto respeto, como si fuese el esposo de

Sónnica y dispusiera de sus enormes riquezas. Los jinetes miraban

con cierto orgullo la espada que, ceñida á sus riñones, golpeaba los

flancos del caballo, y abarcaban de una ojeada la alta Acrópolis y la

ciudad extendida á sus pies, como expresando la confianza en su fuerza

y la tranquilidad en que podía vivir Sagunto, segura de ser guardada.

La muchedumbre, enardecida por el brillante desfile, aclamaba á

Sónnica. Ésta, rodeada de esclavas, asomábase á la terraza del gran

edificio que poseía en el barrio de los comerciantes para almacenar

las mercancías. Ella era la organizadora, la que costeaba el velo á

Minerva; la que había trasladado á Sagunto la hermosa fiesta de Atenas.

Esparcíase en el ambiente el humo oloroso de los braserillos; caía de

las ventanas una lluvia de rosas sobre las doncellas; brillaban las

armas, y en los momentos que callaba el gentío, destacábanse á lo lejos

los sones de las liras y las flautas, acompañando con suave melodía las

voces de los cantores de Homero.

Los rudos celtíberos llegados para presenciar la fiesta, callaban

asombrados por el desfile que les deslumbraba con el brillo de las

armas y las joyas y la confusión multicolor de los trajes. Los

naturales de Sagunto felicitaban á sus conciudadanos los griegos,

admirando el esplendor de la fiesta.

Y no terminaba el regocijo con el brillante desfile. Por la tarde sería

la diversión del populacho; la fiesta de los pobres. Se realizaría á

lo largo de las murallas la carrera del hacha encendida; correrían

con la antorcha inflamada en recuerdo de Prometeo, los marineros, los

alfareros, los labradores, toda la gente libre y miserable del puerto

y el campo. El que consiguiera dar la vuelta á la ciudad con la hacha

inflamada, sería el vencedor; los que la dejasen apagar ó caminasen

despacio para defender la luz, sufrirían los silbidos y los golpes de

la muchedumbre. Hasta los ricos hablaban con entusiasmo de esta fiesta

popular, que producía gran regocijo.

Cerca de la Acrópolis, cuando toda la procesión estaba ya dentro de sus

murallas, Alorco vió entre el gentío un celtíbero montado en un caballo

sudoroso, el cual le hacía señas para que se aproximara.

Alorco, saliendo del escuadrón, trotó hacia él.

--¿Qué quieres? --preguntó en el áspero lenguaje de su país.

--Soy de tu tribu, y tu padre es mi jefe. Acabo de llegar á Sagunto

marchando tres días para decirte: --Alorco, tu padre va á morir y te

llama. Los ancianos de la tribu me han ordenado que no vuelva sin tí.

Acteón había seguido á su amigo, saliendo de entre los jinetes del

escuadrón sagrado, y presenciaba el diálogo sin comprender una palabra,

aunque adivinaba algo desagradable en el pálido rostro del celtíbero.

--¿Malas noticias? --preguntó á Alorco.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 9 / 21 段