Acteón no comía; sentíase turbado por el contacto de Sónnica, que

saliéndose de su lecho se oprimía contra él, frotando sus mejillas

con las del ateniense y confundiendo sus alientos. Así permanecían

silenciosos, contemplándose el uno en las pupilas del otro.

--Deja que te bese en los ojos --murmuraba Sónnica--. Son las ventanas

del alma y me parece que por ellos penetra mi caricia hasta lo más

hondo de tu pecho.

El arrogante Alorco, grave como un celtíbero en medio de su embriaguez,

hablaba de las próximas fiestas, contemplando su copa vacía. Tenía en

la ciudad cinco caballos, los mejores de su tribu, y si los magistrados

le permitían tomar parte en la fiesta, á pesar de ser extranjero,

habían de admirar los saguntinos la rapidez y fuerza de sus hermosas

bestias. Para él sería la corona si algún suceso inesperado no le

hacía abandonar antes la ciudad.

Lacaro y sus elegantes amigos se proponían disputar el premio

del canto, y sus manos de mujer, finas y ensortijadas, movíanse

nerviosamente sobre la mesa como si ya estuvieran pulsando la lira, y

sus bocas pintadas cantaban á media voz los versos homéricos. Eufobias,

tendido de espaldas en su lecho, miraba á lo alto con soñolientos ojos,

sin voluntad más que para extender la copa y pedir vino; y Alco y los

comerciantes griegos se impacientaban por la lentitud del banquete.

--¡Las danzarinas! ¡Que vengan las hijas de Gades! --reclamaban con

voces trémulas, brillándoles en los ojos la punta de fuego de la

embriaguez.

--Sí, vengan las danzarinas --gritó Eufobias saliendo de su estupor--.

Quiero ver como esta honrada gente turba su digestión, que es lo mejor

del hombre, con los pasos lúbricos de las hijas de Hércules.

Sónnica hizo un signo á su intendente, y á los pocos instantes sonaron

en el peristilo regocijados sones de flautas.

--¡Las aulétridas! --gritaron los convidados.

Y entraron en la sala del festín cuatro esbeltas muchachas, coronadas

de violetas, con un _xitón_ abierto desde el talle á los pies, que

descubría á cada paso la pierna izquierda, y en la boca la doble

flauta, sobre cuyos orificios corrían sus ágiles dedos.

De pie, en el espacio que abarcaba la curva de la mesa, comenzaron á

entonar una melopea dulcísima, que hizo sonreir plácidamente á los

convidados incorporados en sus lechos. Los más de ellos miraban á las

aulétridas como antiguas conocidas, y moviendo la cabeza al compás de

la flauta, seguían con ojos ávidos el contorno de aquellos cuerpos, que

agitaban sus pies acompañando el ritmo.

Varias veces cambiaron de tono y compás las flautistas; pero al cabo de

una hora, los convidados parecían aburridos.

--Esto lo conocemos ya --dijo Lacaro--. Son las flautistas de todos tus

banquetes, Sónnica. Desde que pareces enamorada, olvidas á tus amigos.

Otra cosa; deseamos las danzarinas.

--Sí, que vengan las danzarinas --gritaron los jóvenes.

--Tened calma --dijo la griega, separándose por un instante del pecho

de Acteón--. Vendrán las danzarinas, pero será al final del banquete,

cuando me rinda el sueño. Os conozco bien, y sé cómo terminará la

fiesta. Antes quiero que admiréis á una pequeña esclava que ha

aprendido de los marineros griegos á ser una funámbula como las de

Atenas.

Antes de que entrase la esclava, los convidados miraron alarmados á

un extremo de la mesa. Un mujido de bestia salía debajo de ella. Era

Eufobias, que caído de su lecho y con la cabeza sobre el mosaico,

arrojaba la comida entre un arroyo de vino.

--Dadle hojas de laurel --dijo el prudente Alco--. Nada mejor para

disipar la embriaguez.

Los esclavos le hicieron mascar las hojas casi á la fuerza, sin hacer

caso de las protestas del filósofo.

--No estoy ebrio --gritaba Eufobias--. Es el hambre que me persigue.

Los más de los días no encuentro pan, y cuando tropiezo con una mesa

como la de Sónnica, se me escapa lo que como.

--Dí mejor lo que bebes --contestó Sónnica, volviendo á reclinar su

cabeza en el pecho del griego.

La funámbula había aparecido ante la mesa y saludó á su señora,

llevándose las manos á la cara. Era una muchachuela de catorce años, de

piel amarillenta, y sin otra vestidura que una faja roja arrollada por

debajo del vientre. Sus miembros nerviosos y ágiles y el pecho enjuto,

sin más que una ligerísima hinchazón en los senos, la hacía parecer

un muchacho. Los convidados viejos sonreían conmovidos ante aquella

frescura casi masculina.

Dió un grito, y doblándose con nerviosa elasticidad, púsose sobre las

manos, y con los pies en alto y la cabeza rozando el suelo, comenzó á

correr rápidamente por el triclinio. Después, con una poderosa flexión

de sus brazos, saltó sobre la mesa, y sus manos trotaron por entre la

confusión de platos, ánforas y copas sin derribarlos.

Los convidados aplaudieron con gritos de entusiasmo. Los dos

comerciantes griegos la ofrecieron sus copas, pellizcándola las

mejillas mientras bebía y bajando sus manos acariciadoras á lo largo de

la espalda.

--Lacaro --dijo el filósofo á su elegante enemigo--. ¿Por qué tú y tus

camaradas no habéis traído á los lindos esclavos que os sirven de apoyo

en el Foro?

--Nos lo ha prohibido Sónnica --contestó el joven satisfecho de la

pregunta, sin adivinar la ironía de Eufobias--. Es una mujer superior,

pero de las refinadas costumbres de Atenas, esta es la única que se

niega á aceptar. Sólo cree en Júpiter y Leda: el bello Ganímedes la

hace escupir. Es una ateniense incompleta.

Algunos esclavos, bajo la dirección de su jefe, plantaban en el suelo

filas de espadas de hoja ancha y aguda, para que la funámbula realizase

la gran suerte. Las aulétridas hicieron sonar una melodía lenta y

triste, y la funámbula, otra vez con la cabeza en el suelo, comenzó á

marchar entre las espadas sin derribarlas ni rozar sus agudos filos.

Los convidados, con la copa en la mano, la seguían ansiosamente por

entre el bosque de agudos hierros que podían clavarse en su cuerpo á

la más leve vacilación. Deteníase junto á una espada, levantaba una

mano, y apoyándose únicamente en la otra, encogía el brazo hasta besar

el suelo; después lo ponía rígido, elevándose; y en estos movimientos

la cortante hoja la rozaba el vientre y el pecho sin llegar á herir la

piel.

Aplaudieron de nuevo los comensales cuando la muchacha concluyó su

trabajo. Los dos viejos la obligaron á tenderse entre ellos, haciéndola

casi desaparecer bajo sus amplias túnicas, dejando únicamente al

descubierto su maliciosa cabeza de muchacho que husmeaba las copas y

las confituras.

--¡Pero Sónnica!... --protestó Lacaro--. ¿Cuándo se ha visto á la

hermosa griega olvidar de tal modo á sus convidados? Ateniense que la

enloqueces con tu amor; intercede por nosotros y haz que se presenten

pronto las hijas de Gades.

Sónnica parecía adormecida sobre el pecho de Acteón, embriagada por el

calor del cuerpo de su amante.

--Dí que entren... que hagan lo que quieran... que nos dejen tranquilos.

Sonó en el peristilo un rumor de pasos, de risas y cuchicheos, y

empujándose como un rebaño revoltoso, entraron en el triclinio las

danzarinas de Gades.

Eran muchachas de pequeña estatura y miembros sueltos y ágiles: la piel

de una palidez de ámbar, los ojos rasgados y luminosos, la cabellera

negra y el cuerpo envuelto en flotantes velos de una transparencia

difusa y engañosa, más excitante aún que la desnudez. Llevaban sobre el

pecho y en piernas y brazos sartas de monedas y amuletos que chocaban

con alegre tintineo á cada movimiento, y miraban á los convidados con

fijeza, sin experimentar turbación alguna, como un rebaño acostumbrado

á las fiestas y que marchaba de banquete en banquete, viendo sólo á los

hombres en la hora de la embriaguez.

El jefe de la banda, un viejo apergaminado de insolente mirada, iba

vestido como ellas, con velos femeniles, las mejillas pintadas, los

ojos cercados de negro, grandes arracadas en las orejas y una sonrisa

cínica en su boca de bermellón, pronta á aceptar las más infames

proposiciones.

Eufobias, indiferente ante las gracias de las danzarinas, le

contemplaba con admiración, obsesionado por la duda del sexo á que

correspondían aquellos brazos esqueléticos pintados de blanco y

recargados de joyas que asomaban por entre los velos.

--Hermano, ¿eres hombre ó mujer? --preguntó gravemente el filósofo.

--Soy el padrecito de todas estas flores --contestó el eunuco con voz

aguda, mostrando al sonreir sus encías sucias y desdentadas.

Tres de las mujeres, puestas en cuclillas, comenzaban á hacer sonar

los crótalos con sonoro repiqueteo, mientras otra golpeaba con la mano

un tamboril de vientre cóncavo, que sostenía con el brazo izquierdo en

forma de asa.

El eunuco dió un golpe en el suelo con un palo, é inmediatamente cuatro

parejas de danzarinas salieron al centro del triclinio y comenzaron

á bailar al son de la bárbara y ruidosa música de sus compañeras.

Danzaban con solemnidad, erguidas majestuosamente, extendiendo los

brazos como si nadasen en el espacio, agitando con lentos contoneos

sus cuerpos morenos, que parecían flotar en el oleaje de espuma

transparente que los envolvía. Poco á poco los movimientos iban

acentuándose; eran gentiles desperezos que hacían subir los firmes

pechos, asomando sus puntas por entre los velos; contorsiones en

las que giraba el tronco sobre las caderas; un vaivén de las formas

encerradas en aquella blanca y flotante envoltura que al volar en

mil pliegues con aleteo voluptuoso, parecía animar las luces de las

lámparas.

De repente, á una señal del viejo, se cortó la música y cesaron de

bailar.

--Más... más --gritaron los convidados incorporados en sus lechos por

la excitación de la danza.

Era un descanso para mudar de tono y avivar aún más el entusiasmo con

la breve calma. La música adquirió un ritmo vivo y ruidoso, el viejo

comenzó á golpear con su bastón el suelo, lanzó un lamento prolongado,

triste, de suave dulzura, que no parecía salir de su infecta boca, y

á continuación rompió á cantar con lentitud soñolienta unas estrofas

de amor con palabras de doble sentido, que causaban el efecto de

afrodisíacos, haciendo rugir de entusiasmo á los comensales.

Las danzarinas se lanzaron de un salto al centro del triclinio,

bailando apresuradamente, como poseídas de la fiebre. Cada canción era

un latigazo que excitaba sus nervios, y sus pies desnudos saltaban

como pájaros de nieve sobre el mosaico ó se elevaban con gentil vuelo,

levantando las nubes de gasa que dejaban al descubierto una pierna

bien modelada, con adornos ruidosos que esparcían argentinos choques.

Sus vientres, de suave curva, parecían adquirir vida aparte; y sobre

el cuerpo inmóvil con rigidez hiératica, movíanse como animales

nerviosos, contrayéndose en circulares estremecimientos, formando

un remolino de voluptuosas ondulaciones, del cual era el ombligo el

sonrosado centro. Acompañábanse en la danza con el incesante chasqueteo

de sus dedos. Recogiéndose las gasas bajo los brazos, ajustándolas á

sus caderas, movían con voluptuoso ritmo sus redondeces de ánfora,

suspirando con desmayo, la cabeza inclinada, como encantadas por la

contemplación de su propia belleza. De repente la música se debilitaba

como si se alejase, y las danzarinas, con los pies juntos y las

piernas entreabiertas, descendían y descendían en lenta espiral, en

suaves ondulaciones, hasta tocar el suelo, y de pronto, así que sus

bellezas calipygas rozaban el mosaico, erguíanse como una serpiente que

despierta, y los crótalos y el tamboril sonaban más ruidosamente entre

los aullidos de las músicas que las animaban con palabras de amor, con

exclamaciones de supremo arrebato, como si estuvieran al pie de un

revuelto lecho.

Los convidados, rojos de emoción, los ojos chispeantes y la boca seca,

se habían lanzado al centro del triclinio, interrumpiendo la danza,

mezclándose con las parejas, separándolas. Eufobias roncaba al pie de

su lecho. Sónnica había desaparecido desde mucho antes, saliendo del

triclinio apoyada en una esclava, sin separar su cabeza del hombro de

Acteón.

Los velos de las danzarinas caían al pie de la mesa. Devoraban las

confituras y las frutas, bebían en las ánforas y sumergían sus cabezas

en la crátera de las ninfas para reir al verse con la cara manchada de

vino. El eunuco seguía cantando y dando golpes furiosos en el suelo

para marcar el ritmo á sus músicas. Era en vano; las que intentaban

bailar no podían moverse entre las manos de los convidados, que á cada

vuelta las golpeaban en sus redondeces, arrancándolas los velos.

Los jóvenes rodaban al pie de las lámparas enloquecidos por aquellas

bacantes de sabia perversión, criadas en un puerto al que llevaban

los navegantes los refinamientos y corrupciones del mundo entero. El

celtíbero Alorco, brutal en su entusiasmo, paseaba por el triclinio con

los brazos extendidos, haciendo alarde de sus fuerzas, sosteniendo en

las nervudas manos dos danzarinas que chillaban asustadas; y afuera, en

la obscuridad del peristilo, notábase el remover de los esclavos y las

esclavas de las cocinas que se acercaban arrastrándose para gozar de

lejos el espectáculo de la bacanal.

* * * * *

Aún no había amanecido cuando despertó Acteón, extrañando, sin duda, el

blando lecho y los perfumes del dormitorio. Sónnica estaba á su lado, y

á la luz de la lámpara colocada junto á la puerta, veíase la sonrisa de

felicidad que vagaba en sus labios.

De la embriaguez de la noche quedábale al ateniense el vehemente

deseo de respirar aire libre. Se ahogaba en la habitación de Sónnica,

hundido en el lecho que parecía arder con el fuego de los anteriores

arrebatos, cerca de aquel cuerpo que luego de estremecerse sobre él con

el abandono de la embriaguez y la pasión estaba inerte y sin otra vida

que los suaves suspiros que hinchaban su pecho.

Quedamente y de puntillas salió el griego al peristilo. Aún lucían las

lámparas en el triclinio, y un vaho insufrible de viandas, vinos y

cuerpos sudorosos salía por su puerta. Vió á los convidados tendidos

en el suelo entre mujeres que roncaban, mostrando al cambiar de

postura sus más recónditas desnudeces. Eufobias había despertado de

su borrachera, y ocupando el lugar de honor, el lecho de Sónnica, se

forjaba la ilusión de ser dueño de la quinta. Arrebujado en su manto

viejo hacía bailar á dos danzarinas soñolientas, contemplando con

fijeza desdeñosa sus carnes desnudas como hombre que se considera por

encima de los carnales deseos.

Al aparecer Acteón en el triclinio huyeron algunos esclavos, temerosos

de ser castigados por su curiosidad. No queriendo ser visto por el

filósofo, salió el griego de la casa buscando el fresco del jardín.

En él notó la misma fuga ante sus pasos. Huían por las avenidas las

enlazadas parejas; tras los macizos de follaje sonaban gritos de

sorpresa al aproximarse él, y en las últimas sombras de la noche el

jardín aparecía animado por una vida misteriosa, como si bajo sus

bóvedas de hojarasca se buscara todo un pueblo entregándose al amor.

Eran los esclavos que, excitados por la fiesta, continuaban á cielo

abierto las escenas del triclinio.

El griego sonrió, pensando que la fiesta iba á aumentar con nuevos

esclavos la riqueza de la señora.

--Que gocen en paz. Sería perjudicar á Sónnica.

Y salió del jardín para no turbar la alegría del rebaño miserable que,

olvidando sus penas, se buscaba y unía en la penumbra del amanecer.

Atravesó el inmenso dominio de Sónnica, los bosques de higueras, los

extensos olivares, hasta que de pronto, se vió en el camino de la

Sierpe. Nadie pasaba por él. Se oyó sonar á lo lejos el galope de un

caballo y Acteón vió á la luz azulada del amanecer un jinete que sin

duda se dirigía al puerto.

Al aproximarse lo reconoció el ateniense, á pesar de que llevaba

cubierta la cabeza con la capucha de un manto de guerra. Era el pastor

celtíbero. Lanzándose el griego al centro del camino, agarró el caballo

por las bridas, mientras el jinete, detenido en su carrera, echaba el

cuerpo atrás, tirando del cuchillo que llevaba en el cinto.

--¡Quieto! --dijo Acteón en voz baja--. Si te detengo es para decirte

que te he conocido. Eres Hanníbal, el hijo del gran Hamílcar. Tu

disfraz podrá servirte para los saguntinos, pero tu amigo de la niñez

te reconoce.

El africano avanzó su melenuda cabeza, y sus ojos imperiosos adivinaron

al griego en la penumbra.

--¿Eres tú Acteón?... Al encontrarte ayer tantas veces, comprendí que

acabarías por conocerme. ¿Qué haces aquí?

--Vivo en casa de Sónnica la rica.

--He oído hablar de ella: una griega famosa por su hermosura y su

talento como las cortesanas de Atenas. Deseaba conocerla, y creo que la

hubiera amado si la misión de los hombres fuese ir tras las mujeres...

¿Y no haces nada más?

--Soy guerrero á sueldo de la ciudad.

--¡Tú!... ¡El hijo de Lisias, que fué el capitán de confianza de

Hamílcar! ¡Un hombre educado en el Pritaneo de Atenas, al servicio de

una ciudad de bárbaros y comerciantes!...

Calló algunos momentos, como extrañado por la conducta del griego, y

añadió con resolución:

--Monta en las ancas de mi caballo: vente conmigo. En el puerto me

espera una nave cartaginesa que carga plata. Voy á Cartago-Nova á

ponerme al frente de los míos. Se aproximan días de gloria, una

empresa inmensa y sublime, como la de los gigantes, cuando amontonando

montañas, escalaron vuestro Olimpo. Ven: tú eres el amigo de mi niñez,

te conocí antes que á Hasdrúbal y Magón, los hijos de Hamílcar, que

el glorioso capitán me dió por hermanos, llamándonos á los tres «mis

leoncillos...» Te conozco; eres astuto y valiente como tu padre: á mi

lado conquistarás riquezas. ¡Quién sabe si reinarás en algún hermoso

país cuando, imitando á Alejandro, reparta yo mis conquistas entre mis

capitanes!...

--No, cartaginés --dijo Acteón gravemente--. No te aborrezco, recuerdo

con placer nuestros primeros años, pero nunca iré contigo. Se opone tu

raza, el pasado de tu pueblo, la sombra ensangrentada de mi padre.

--La raza no es más que una ficción; el pueblo un pretexto para hacer

la guerra. ¿Qué más te da servir á Cartago que á otra república, si

eres griego? Si me abandonasen los míos, pelearía por cualquier país.

Nosotros somos hombres de guerra, nos batimos por la gloria, el poder

y las riquezas: las necesidades de nuestro pueblo, sólo sirven para

justificar nuestra victoria y que despojemos al enemigo. Odio á los

mercaderes de Cartago, pacíficos y pegados á sus tiendas, tanto como

á los orgullosos romanos. Ven, Acteón; ya que nos hemos encontrado,

sígueme: la fortuna va conmigo.

--No, Hanníbal: aquí me quedo. Viendo tus soldados africanos recordaría

al populacho que crucificó á Lisias.

--Fué un crimen inevitable: una locura de aquella guerra sin entrañas

á que nos impulsaron los mercenarios. Mi padre lo lamentó mil veces

acordándose de su fiel Lisias. Yo repararé con mi protección aquella

injusticia de Cartago.

--No te seguiré, Hanníbal. He dicho adiós á la guerra y al botín.

Prefiero envejecer aquí en esta vida tranquila y dulce, al lado de mi

Sónnica, amando la paz como cualquiera de los saguntinos que viven en

el barrio de los comerciantes.

--¡La paz!... ¡la paz!...

Y una carcajada estridente y brutal, semejante á la que oyó Acteón en

las gradas de Afrodita cuando se embarcaban los legados romanos, resonó

en el silencio del camino.

--Oye bien, Acteón --dijo el africano recobrando su gravedad--; la

prueba de que aún guardo por tí mi afecto de la niñez, es la franqueza

con que te abro mi pensamiento. ¡Sólo á tí, entiéndelo bien!... Si

durmiendo en mi tienda supiera al despertar que se había escapado en

palabras lo que pienso, daría de puñaladas al centinela que guarda mi

sueño... ¡Hablas de paz!... Despierta, Acteón. Si piensas envejecer

tranquilo en alguna parte, huye con esa griega que amas, lejos, muy

lejos. Donde yo esté no habrá paz mientras no sea el soberano del

mundo. La guerra marcha ante mis pasos; el que no se someta á mí, tiene

que morir ó ser mi esclavo.

El griego comprendió la amenaza que significaban estas palabras.

--Piensa, Hanníbal, que esta ciudad es Roma. La República la tiene como

aliada y la protege.

--¿Crees que temo á Roma?... Si odio á Sagunto, es porque se muestra

orgullosa de su alianza y me desprecia y olvida, á pesar de que estoy

cerca. Muéstrase tranquila porque la protege esa República desde muy

lejos, y se ríe de mí que reino sobre toda la península hasta el Ebro

y estoy acampado casi á sus puertas. Hostiliza á los turdetanos, que

son mis aliados, como todas las tribus iberas; y dentro de sus muros

decapita á los ciudadanos que me aman; á los que fueron amigos del gran

Hamílcar... ¡Ah, ciudad ciega y orgullosa! ¡Cuán caro va á costarte

vivir cerca de Hanníbal sin conocerle!...

Y volviéndose sobre la silla del caballo, miraba con ojos amenazadores

la Acrópolis de Sagunto que se destacaba entre las brumas del amanecer.

--Roma caerá sobre tí apenas ataques á su aliada.

--Que venga --contestó el africano con arrogancia--. Es lo que deseo.

Me pesa la paz: no puedo acostumbrarme á ver Cartago vencida mientras

existen hombres como yo y mis amigos. Ó Roma, ó África. Que venga

cuanto antes el último choque, el esfuerzo supremo, y sea señor del

mundo el pueblo que quede en pie... Odio á los ricos de mi país, que

viven felices en la vergüenza de la derrota, porque les dejan comerciar

tranquilos y llenar sus cuevas de plata. Son los miserables que después

de nuestras derrotas de Sicilia, soñaron con abandonar Cartago y

trasladarse en masa á las islas del Mar Grande, para vivir tranquilos.

Son verdaderos cartagineses; fenicios sin más gloria que el cambio, ni

otra aspiración que encontrar puertos para dar salida á sus mercancías.

Los Barcas somos libios; descendemos de dioses, tenemos como ellos

la grandeza de pensamiento; queremos ser señores ó morir... Esos

mercaderes no comprenden que no basta ser ricos; que es preciso dominar

é infundir miedo, y forman en Cartago el partido de la paz que amargó

la vida de mi padre con derrotas, y me deja aislado á mí, sin otros

recursos que los que puedo procurarme en la península. Desconocen á los

Barcas, á pesar de que trabajamos por el poderío universal de Cartago.

Mi padre, al perder Sicilia, vió en el porvenir la muerte de nuestro

pueblo y quiso salvarlo. Habíamos perdido una gran parte de nuestro

antiguo comercio; necesitábamos un ejército para defendernos de la

ambiciosa Roma, y no lo teníamos. Los ciudadanos de Cartago son buenos,

cuando más, para pelear en su propio suelo. El comerciante no resiste

el peso de las armas ni consiente en caminar meses y años por países

hostiles. La ganancia del botín conquistado con sangre, la alcanza con

más facilidad detrás de sus fardos, y como ama el dinero, no quiere

pagar soldados extranjeros. Por esto Hamílcar nos trajo á la península,

y aquí hemos dado á Cartago nuevos puertos y mercados, y los Barcas

tienen un ejército formado por ellos mismos. Poco importa que en el

Senado cartaginés los amigos de la paz se nieguen á enviarnos soldados.

Las tribus ibéricas amaron á mi padre después de poner á prueba su

energía, y se levantarán en armas á la voz de los Barcas contra el

enemigo que les designemos.

Y Hanníbal miraba las lejanas montañas como si adivinase los

innumerables pueblos bárbaros que vivían tras ellas, arañando la tierra

ó apacentando rebaños.

--Cayó Hamílcar --dijo con tristeza-- cuando veía ya realizados sus

ensueños; un gran ejército para entrar de nuevo en lucha con Roma y

riquezas propias para sostener la guerra sin necesitar el auxilio de

los mercaderes africanos. Hasdrúbal, el hermoso marido de mi hermana,

perdió ocho años al sucederle. Era un buen gobernante y un tímido

caudillo. Tal vez fué Baal, nuestro dios iracundo, quien guió el brazo

de su asesino, para que le sucediera otro capaz de exterminar á la

eterna enemiga de Cartago... Ése seré yo: óyelo bien, griego. Tú eres

el primero que penetra en mi pensamiento. Ha llegado el instante de

reñir la última batalla. Pronto sabrá Roma que existe un Hanníbal que

la desafía apoderándose de Sagunto.

--Tienes escaso poder para ello, africano. Sagunto es fuerte, y yo que

vengo de Cartago-Nova, sólo he visto allí los elefantes, los restos del

ejército que trajo tu padre y la caballería númida que han enviado

vuestros amigos de África.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 8 / 21 段