Le aburría la pasividad de esta existencia; era pobre y amaba los

placeres; la sangre de sus antepasados, todos soldados de aventura,

bullía en su cuerpo, y huyó del Ática para encargarse de una pesquería

en el Ponto-Euxino. Después fué navegante, comerció por mar y por

tierra; sus caravanas se internaron en el Asia, al través de tribus

belicosas y pueblos que vivían en la molicie de una civilización

remota y decadente. Fué personaje poderoso en la corte de algunos

tiranos, que le admiraban al verle beber de golpe una ánfora de vino

perfumado y vencer en el pugilato á los gigantes de la guardia con su

ágil destreza de ateniense; y cargado de riquezas levantó un palacio en

Rhodas junto al mar y dió fiestas que duraron tres días con sus noches.

El terremoto que derribó al coloso, acabó con su fortuna; se hundieron

sus naves, desaparecieron bajo las olas sus almacenes llenos de

mercancías, y comenzó de nuevo la peregrinación por el mundo; en unos

sitios maestro de canto, en otros, educador militar de la juventud,

hasta que atraído por la guerra de Esparta, se alistó en el ejército de

Cleomenes, el último héroe griego, acompañándolo en el momento en que,

vencido, se embarcó para Alejandría. Pobre, sin ilusiones, convencido

de que la riqueza no volvería á él, triste al ver que todo el mundo lo

llenaban los nombres de Cartago y Roma, hundiéndose el de Grecia en

el olvido, había venido á refugiarse en Sagunto, la pequeña República

casi desconocida, en busca de pan y de paz, hasta que llegase su última

hora. Tal vez en aquel retiro, si no lo estorbaba la guerra, escribiría

la historia de sus viajes.

Sónnica seguía su relato con interés, fijando en Acteón una mirada de

simpatía.

--Y tú que has sido un héroe y un potentado ¿vas á servir á esta

ciudad como simple mercenario?

--Mopso el arquero me ha prometido distinguirme entre las tropas.

--No basta eso, Acteón. Tendrías que vivir como los demás soldados;

pasar tu vida en las tabernas del Foro, dormir en las gradas del templo

de Hércules. No: tú tienes aquí tu casa; te protege Sónnica.

Y en sus ojos brillantes, agrandados por el círculo obscuro, se leía

una piedad amorosa que tenía algo de maternal.

El ateniense la contemplaba con admiración, erguida en su asiento como

una nube blanca, en la penumbra de la biblioteca que, como todas las

habitaciones griegas, no tenía más luz que la que entraba por la puerta.

--Salgamos al jardín, Acteón. La tarde es dulce y podremos creernos por

un instante en los bosquecillos de la Academia.

Salieron de la casa y comenzaron á pasear por una tortuosa avenida

orlada de altos laureles, sobre los cuales asomaban las ramas de los

plátanos, regados con vino para acelerar su crecimiento. En la terraza

de la quinta dos pavos lanzaban sus estridentes graznidos y daban

vueltas en el filo de la balaustrada, extendiendo las majestuosas colas.

Acteón, al contemplar á la luz del sol á su hermosa protectora, sintió

correr por el cuerpo un estremecimiento de deseo. Llevaba por todo

vestido un _xitón_ griego, una túnica abierta, sujeta por un broche

de metal en los hombros y ceñida al talle por un cinturón dorado. Los

brazos surgían desnudos de la blanca envoltura, y el lado izquierdo de

la túnica, cerrado desde el sobaco á la rodilla por algunos pequeños

broches, se entreabría á cada paso, revelando las nacaradas desnudeces.

La tela era tan sutil que al través de su transparencia marcábanse los

contornos de aquel cuerpo sonrosado, que parecía nadar en una envoltura

de espuma tejida.

--¿Te asombra mi traje Acteón?

--No; es que te admiro. Me pareces Afrodita surgiendo de las ondas.

Hace tiempo que no veo á las hermosuras de Atenas mostrando su divina

belleza. Estoy corrompido por mis viajes al través de las rudas

costumbres de los bárbaros.

--Es verdad. Como dice Herodoto, casi todos los que no son griegos

consideran como un oprobio el aparecer desnudos... ¡Si supieras

cuánto escandalizaron al principio, á las gentes de esta ciudad, mis

costumbres de ateniense!... ¡Como si en el mundo existiera algo más

hermoso que la forma humana! ¡Como si el desnudo no fuese la suprema

belleza! Adoro á Friné, asombrando con su cuerpo desnudo á los viejos

del Areópago; haciendo rugir de admiración á los miles de peregrinos

reunidos en la playa de Eleusis, que ven surgir sus blancas formas de

entre los velos, como la luna entre las nubes. Creo en la belleza de

sus pechos más que en el poder de los dioses.

--¿Dudas de los dioses? --preguntó Acteón con su fina sonrisa de

ateniense.

--Lo mismo que tú y todos los de allá. Los dioses ya sólo sirven de

modelos á los artistas, y si se toleran en el viejo Homero, es porque

supo contar sus rencillas en hermosos versos. No; no creo en ellos; son

simples y crédulos como niños, pero los amo porque son sanos y hermosos.

--¿En qué crees, pues, Sónnica?

--No sé... En algo misterioso que nos rodea y anima la vida: creo en la

belleza y el amor.

Se detuvo la griega con aspecto pensativo y continuó:

--Aborrezco á los bárbaros, no porque carezcan de los esplendores del

arte, sino por su odio al amor, que encadenan con toda clase de leyes

y preocupaciones. Son hipócritas y deformes; hacen de la reproducción

un crimen y aborrecen el desnudo, ocultando su cuerpo con toda clase

de harapos, como si fuese un espectáculo abominable... ¡Cuando el

amor sensual, el encuentro de dos cuerpos, es el sublime amor del que

nacimos, y sin él se secaría la fuente de la vida extinguiéndose el

mundo!...

--Por eso somos grandes --dijo Acteón con gravedad--. Por eso nuestras

artes llenan la tierra y todos se inclinan ante la grandeza moral de

Grecia. Somos el pueblo que ha sabido honrar la vida rindiendo culto

á su origen: satisfacemos sin hipocresía los impulsos del amor, y

por esto comprendemos mejor que nadie las necesidades del espíritu.

La inteligencia vuela mejor cuando no siente el peso del cuerpo

atormentado por la castidad. Amamos y estudiamos: nuestros dioses van

desnudos, sin otro adorno que el rayo de luz inmortal sobre la frente.

No piden sangre como esas divinidades bárbaras envueltas en ropajes que

sólo dejan al descubierto su faz ceñuda de asesinos; son bellos como

los humanos, ríen como ellos, y sus carcajadas, rodando por el Olimpo,

alegran la tierra.

--El amor es el sentimiento más virtuoso: de él emanan todas

las grandezas. Sólo los bárbaros lo calumnian, ocultándolo como

deshonestidad.

--Yo conozco un pueblo --dijo Acteón-- en el que el amor, la divina

fusión de los cuerpos, se mira como una impureza. Es Israel, una

amalgama de tribus miserables, acampadas en un país árido, en torno de

un templo de bárbara construcción, copiado á todos los pueblos. Son

hipócritas, rapaces y crueles: por esto abominan del amor. Si un pueblo

así llegase á la grandeza universal de Grecia, si se enseñoreara del

mundo, imponiendo sus creencias, se apagaría la eterna luz que brilla

en el Parthenón; la humanidad andaría á obscuras, con el corazón seco y

el pensamiento muerto; la tierra sería una necrópolis, todos cadáveres

movibles, y pasarían siglos y más siglos antes que los hombres

encontraran otra vez el camino, marchando de nuevo hacia nuestros

risueños dioses, hacia el culto á la belleza que alegra la vida.

Sónnica, escuchando al griego, se aproximaba á los altos rosales y

arrancaba las flores, aspirándolas con delicia. Se creía en Atenas,

en el jardín de la calle de los Trípodes, oyendo á su poeta, que

la iniciaba en los dulces misterios del arte y el amor. Y miraba

dulcemente á Acteón, con apasionamiento franco y sincero, con sumisión

de esclava, diciendo «quiero» con los ojos, como si sólo esperase una

palabra para caer en sus brazos.

El aire removía dulcemente todo el jardín. Al través del follaje se

veía el cielo de color de púrpura inflamado por la puesta del sol. Bajo

los árboles comenzaba á formarse una misteriosa penumbra. Los ruidos

del campo, el rebullir de la gente fuera de la quinta en las casas de

los esclavos y hasta los gritos de los pájaros exóticos en la terraza,

parecían venir de un mundo lejano.

Entre dos macizos de rosales erguíase una imagen de Príapo tallada en

un tronco. El dios rústico sonreía con expresión lúbrica, arqueando el

pecho velludo y encorvando hacia afuera los riñones, como para ostentar

mejor su virilidad enorme pintada de rojo.

Sónnica sonrió al ver que lo contemplaba el ateniense.

--Ya sabes que es antigua costumbre poner los jardines bajo la guarda

de Príapo. Dicen que ahuyenta á los ladrones. Así lo creen mis

esclavos; pero si yo conservo al dios es como símbolo de vida en medio

de estas rosas que son tan bellas como las de Pæstum. La brutalidad del

gesto de Príapo completa la dulzura graciosa del Amor.

Los dos griegos se alejaron silenciosos, con paso tardo, por una

avenida de esbeltos cipreses, á cuyo extremo se abría una gruta con los

peñascos tapizados de hiedra, dejando filtrar por sus aberturas una luz

verde y difusa. Un amorcillo blanco lanzaba con una concha un chorro de

agua que parecía llorar dulcemente, chocando con el tazón de alabastro.

Allí pasaba la antigua cortesana las horas de calor.

Acteón sintió en un hombro el roce mórbido y firme del pecho de la

griega.

--¡Sónnica!...

Y acariciando el cinturón de oro de la griega, lo hizo caer al suelo.

Los brazos frescos y satinados de la cortesana se anudaron á su cuello

como serpientes de marfil: su cabeza se frotó amorosamente contra los

hombros del griego, que mirando hacia abajo veía fijos en él unos ojos

de violeta, húmedos con estremecimientos de emoción.

--Eres Atenas que vuelve á mí --murmuró ella con dulce desmayo--.

Cuando te encontré esta mañana en las gradas de Afrodita creí que

eras Apolo descendido al mundo... Sentí en mis entrañas el fuego de

los dioses... Imposible resistir... He despreciado al Amor por mucho

tiempo... Pero el diosecillo se venga y yo te amo. Ven... ¡Ven!...

Y tiraba del cuello de Acteón con sus brazos entrelazados. Se soltaron

los broches de la túnica, resbaló ésta á lo largo del cuerpo, y en el

crepúsculo de la gruta brilló por algunos instantes con pálida luz la

desnudez de la griega.

* * * * *

Eran nueve los convidados de Sónnica y llegaron al cerrar la noche,

unos en carros, otros á caballo, pasando por entre los esclavos con

antorchas encendidas que guardaban la entrada de la quinta.

Cuando Sónnica y Acteón entraron en la sala del festín, los convidados

formaban grupos junto á los lechos de púrpura, en torno de la curva

mesa, cuyo mármol lavaban algunas esclavas con esponjas de agua

perfumada. Cuatro enormes lámparas de bronce ocupaban los ángulos

del _triclinyum_. De sus brazos pendían con cadenillas un sinnúmero

de cazoletas de aceite perfumado, en las que crepitaban las mechas,

esparciendo una viva claridad. Guirnaldas de rosas y follaje se tendían

de una á otra lámpara, formando un marco perfumado á la mesa del

festín. Junto á la puerta que comunicaba con el peristilo amontonábanse

sobre mesas de labrada madera los platos, los vasos dorados y de plata

y los agudos trinchantes de que habían de servirse los esclavos.

El celtíbero Alorco hablaba con Lacaro y otros tres jóvenes griegos

de aquellos que por su afeminamiento excitaban el escándalo de los

saguntinos en el Foro. El arrogante bárbaro, por una costumbre de

su raza, conservaba ceñida la espada hasta el momento del banquete,

colgándola después del remate de marfil del lecho para tenerla siempre

al alcance de la mano.

En el otro extremo de la mesa conversaban tranquilamente dos ciudadanos

de edad madura y Alco, el pacífico saguntino con quien habló Acteón por

la mañana en la explanada de la Acrópolis.

Los dos viejos eran antiguos amigos de la casa, comerciantes griegos

á los que Sónnica hacía partícipes de sus negocios é invitaba á las

fiestas nocturnas, apreciando la mesurada alegría que aportaban á la

diversión.

Al entrar la enamorada pareja en la sala del festín, todos los

convidados adivinaron su felicidad en los ojos húmedos y brillantes de

Sónnica, en el desmayo con que inclinaba hacia Acteón su rubia cabeza

coronada de rosas y violetas.

--Ya tenemos amo --murmuró Lacaro con entonación envidiosa.

--Ha sido más afortunado que nosotros --contestó el celtíbero con

sencillez--. Al fin es un ateniense, y comprendo que Sónnica la

insensible se haya ablandado ante uno de los suyos.

Acteón, dándose á conocer á todos los convidados, iba por la sala

con el aplomo de un potentado que goza de sus riquezas; como hombre

habituado á grandes esplendores, al que un golpe de fortuna saca de la

miseria, devolviéndolo á sus primitivas costumbres.

Á una indicación de Sónnica, los convidados se tendieron en los lechos

de púrpura que oblícuamente rodeaban la mesa, y entraron en la sala

cuatro jóvenes apenas llegadas á la adolescencia, llevando sobre

sus cabezas, con la esbelta gracia de las canéforas, canastillas de

mimbre con coronas de rosas. Caminaban con gentil ligereza, como si se

deslizaran sobre el mosaico al son de invisibles flautas, y con sus

finas manos de niña ceñían de flores la frente de los comensales.

El intendente de la quinta entró en la sala con rostro irritado.

--Señora: Eufobias el parásito se empeña en entrar.

Estallaron gritos y protestas entre los convidados al conocer la

proximidad de Eufobias.

--¡Arrójalo, Sónnica! ¡Nos llenará de miseria! --gritaban los jóvenes,

recordando con rabia las burlas que se permitía en el Foro sobre sus

trajes y costumbres.

--Es una vergüenza para la ciudad tolerar á ese mendigo insolente

--decían los ciudadanos graves.

Sónnica sonreía; pero de repente vino á su memoria un epigrama cruel

que el parásito la había dedicado días antes, recitándolo en el Foro, y

dijo con frialdad á su intendente:

--Arrójalo á palos.

Los convidados se lavaron las manos en el chorro de agua perfumada que

una esclava iba vertiendo de lecho en lecho, y Sónnica dió la orden de

comenzar el banquete, cuando entró de nuevo el intendente empuñando

todavía una estaca nudosa.

--Le he pegado, señora, y no quiere irse. Aguanta los golpes y cada vez

se mete más en la casa.

--¿Y qué dice?...

--Dice que no es posible una fiesta de Sónnica sin la presencia de

Eufobias, y que los golpes son señal de aprecio.

La hermosa griega pareció compadecerse; rieron los comensales y Sónnica

dió orden para que entrase el filósofo. Pero antes que saliera á

cumplirla el intendente, ya Eufobias se había introducido en la sala,

encogido, humilde, pero mirando á todos con ojos insolentes.

--Los dioses sean con vosotros. La alegría te acompañe siempre, hermosa

Sónnica.

Y volviéndose al intendente dijo con altanería:

--Hermano: ya que ves que de todos modos acabo por entrar, procura otra

vez tener la mano menos pesada.

Y entre las risas de los convidados, rascábase la frente, en la que

comenzaba á marcarse un chichón, y con la punta de su viejo manto se

enjugaba algunas gotas de sangre junto á la oreja.

--¡Salud, piojoso! --le gritó el elegante Lacaro.

--¡Lejos de nosotros! --vociferaron los otros jóvenes.

Pero Eufobias no se fijaba en ellos. Sonreía á Acteón, viéndole

acostado junto á Sónnica, y sus ojillos brillaban con expresión

maliciosa.

--Has llegado donde yo creía, ateniense. Tú sujetarás á estos

afeminados, que rodean á Sónnica y me llenan de insultos.

Y sin hacer caso de las burlescas protestas de los jóvenes, añadió con

servil sonrisa:

--Creo que no olvidarás á tu viejo amigo Eufobias. Ahora ya puedes

pagarle todo el vino que desee en las tabernas del Foro.

El filósofo ocupó un lecho en el extremo más apartado de la mesa y

rechazó la corona que le presentaba una esclava.

--No vengo por flores: vengo á comer. Rosas las encuentro en el campo

con solo dar un paseo: lo que no se encuentra en Sagunto es un pedazo

de pan para un filósofo.

--¿Sientes hambre? --preguntó Sónnica.

--Mayor es la sed. He pasado el día hablando en el Foro: todos me oían

y á nadie se le ocurrió que debía refrescarme la garganta.

Había que elegir, según costumbre griega, el rey del banquete; el

convidado predilecto encargado de proponer los brindis, de marcar el

momento de beber y dirigir las conversaciones.

--Elijamos á Eufobias --dijo Alorco con su grave jocosidad de celtíbero.

--No --protestó Sónnica--. Un día le entregamos por broma la dirección

de un banquete y antes de llegar al tercer servicio estábamos todos

ebrios. Á cada bocado propone una libación.

--¿Á qué elegir rey? --dijo el filósofo--. Lo tenemos ya al lado de

Sónnica. Que sea el ateniense.

--Que lo sea --dijo el elegante Lacaro-- y que no te permita hablar en

toda la noche, insolente parásito.

En el centro de la mesa elevábase una ancha crátera de bronce, á cuyos

bordes asomaba un grupo de ninfas mirándose en el ovalado lago de vino.

Cada convidado tenía detrás un esclavo para su servicio y todos ellos

llenaron en la crátera los vasos de los comensales, para la primera

libación. Eran vasos de los llamados _mirrinos_, traídos á gran precio

de Asia, de misteriosa fabricación, en la que entraba polvo de conchas

y mirra endurecida y pintada. Tenían la blanca opacidad del marfil,

matizada por grecas de colores, y su pasta misteriosa daba al vino un

sabor voluptuoso.

Incorporóse Acteón en su lecho para proponer la primera libación en

honor de la divinidad predilecta.

--Bebe por Diana, ateniense --dijo la voz grave de Alco--. Bebe por la

diosa saguntina.

Pero el griego sentía en la mano que le quedaba libre otra fina y

ensortijada envolviéndola con tibia caricia.

El ateniense dedicó su libación á Afrodita, y los jóvenes prorrumpieron

en un grito de entusiasmo. Afrodita debía ser la diosa de aquella

noche; y mientras los jóvenes pensaban en las danzarinas de Gades, gran

atractivo del banquete, Sónnica y Acteón, con los codos apoyados en

cojines y el busto al borde de la mesa, se acariciaban con los ojos, al

mismo tiempo que sus cuerpos estaban en cálido contacto.

Robustos esclavos, sudorosos por el fuego de las cocinas, dejaban sobre

la mesa los manjares del primer servicio en grandes platos de roja

arcilla saguntina. Eran mariscos servidos tal como fueron pescados ó

cocidos al rescoldo con gran cantidad de especias. Ostras frescas,

almejas, erizos aderezados con perejil y hierbabuena, espárragos,

pepinos, lechugas, huevos de pava real, un vientre de cerda sazonado

con cominos y vinagre, y pájaros fritos nadando en una salsa de polvo

de queso, aceite, vinagre y silfio. Además se servía á los convidados

el _oxigarium_, fabricado en las pesquerías de Cartago-Nova: una pasta

de tripas de atún, cargada de sal y vinagre, que excitaba el paladar,

obligando á beber vino.

El perfume de todos estos platos esparcíase por la sala del festín.

--Que no me hablen de los nidos del ave fénix --decía Eufobias con la

boca llena--. Según afirman los poetas, el fénix embadurna su vivienda

con incienso, cinamomo y canela, pero ¡juro por los dioses! que en ese

nido no me encontraría tan bien como en el triclinio de Sónnica.

--Lo que no te impide, malvado --dijo la griega sonriendo--, dedicarme

versos en los que me insultas.

--Porque te quiero y protesto de tus locuras. De día soy filósofo; pero

por la noche el estómago me obliga á buscarte para que me peguen tus

servidores y me des tú de comer.

Los esclavos retiraban los platos del primer servicio, y colocaban los

del segundo, que era el de las carnes y el pescado. Un pequeño jabalí

asado ocupaba el centro de la mesa; grandes faisanes con el plumaje

entero sobre las cocidas carnes se ostentaban en platos rodeados

de huevos cocidos y olorosas hierbas; los tordos formaban coronas

enristrados en juncos; las liebres, al ser partidas, mostraban su

relleno de romero y tomillo; y las palomas campestres confundíanse con

las codornices y los tordos. Los pescados eran innumerables y hacían

recordar á los griegos los platos de su país, hablando entre bocado y

bocado del glauco de Megara, la murena de Scione y las doradas y xifias

de las costas de Faraleo y del Helesponto.

Cada convidado escogía en los platos lo que más le gustaba, y

obsequiaba con ello á sus amigos, cruzándose presentes por medio de

los esclavos de un extremo á otro de la mesa. Nuevos vinos en ánforas

selladas y polvorientas subidas de las cuevas, derramábanse en las

copas del festín. El vino de Chios, lejano y costoso, confundíase con

el Cecubo, el Falerno y el Massico de Italia y los de Laurona y del

agro saguntino. Al perfume de estos líquidos, uníanse el de las salsas,

en las que entraban con las complicadas recetas de la cocina griega, el

silfio, el perejil, el sésamo, el hinojo, el comino y el ajo.

Sónnica apenas comía: olvidaba los platos, colmados de presentes de sus

convidados, para sonreir á Acteón.

--Te amo --decía por lo bajo al griego--. Parece que me haya hechizado

una maga de la Thesalia. Todo en mí está lleno de amor. ¿Ves estos

peces?... Temo comerlos; creería cometer un sacrilegio: las rosas y

los peces están dedicados á Venus, la madre de nuestra felicidad. Sólo

deseo beber... beber mucho. Siento en mí un fuego que me acaricia y me

consume.

Los convidados devoraban, tributando elogios al cocinero de Sónnica,

un asiático comprado en Atenas por uno de sus navegantes. Le había

costado casi el valor de una quinta; pero todos daban por bien empleado

el gasto, admirando el arte con que sabía meditar en un rincón de la

cocina sus asombrosas combinaciones, ejecutadas después por los otros

servidores, y su feliz invención del dátil y la miel para las salsas

suaves de los asados. Con un esclavo así, se podía gozar toda la vida y

retardar la muerte por muchos años.

Había terminado el segundo servicio. Los convidados se tendían ahítos

en sus lechos, aflojándose las vestiduras. Para no incorporarse al

beber, los esclavos les servían el vino en copas de alabastro en

forma de cuerno, que dejaban caer por su punta un hilillo de vino. La

púrpura de los lechos manchábase de bebida. Las grandes lámparas de los

ángulos, con sus luces de aceite perfumado, parecían debilitarse en

aquella atmósfera densa, cargada del vaho de los platos. Las guirnaldas

de rosas, tendidas de una lámpara á otra, desfallecían en el pesado

ambiente. Al través de la puerta veíanse las columnas del peristilo y

un trozo de cielo azul obscuro, en el que parpadeaban las estrellas.

El pacífico Alco, incorporándose en el lecho, sonreía con la dulzura de

una embriaguez tranquila, contemplando la belleza del cielo.

--Bebo por la hermosura de nuestra ciudad --dijo levantando el cuerno

lleno de vino.

--¡Por la griega Zazintho! --gritó Lacaro.

--Sí; seamos griegos --contestaron sus amigos.

Y la conversación vino á parar en la gran fiesta que por iniciativa

de Sónnica celebrarían los griegos de Sagunto en honor de Minerva

al recolectarse la mies. Las fiestas Panatheas, terminarían con una

procesión semejante á la que se verificaba en Atenas y que Fidias había

eternizado sobre mármol en sus famosos frisos. Los jóvenes hablaban con

entusiasmo de los caballos que montarían y de los alardes de destreza

para los cuales se estaban preparando con continuos ejercicios. Sónnica

patrocinaba las fiestas con su inmensa riqueza, y quería que estas

fuesen tan famosas como las que celebró Atenas al erigirse el Parthenón.

La juventud saguntina correría por la mañana fuera de las murallas

para demostrar que valía tanto como los jinetes celtíberos: los más

pacíficos lucharían en el Foro lira en mano para conquistar la corona

dedicada al que mejor cantase los poemas de Homero; después la

procesión desarrollaría sus magnificencias por las calles de la ciudad

subiendo á la Acrópolis, y por la tarde se verificaría la carrera

del hacha, para que riese la gente silbando al que dejara apagar su

antorcha y golpeando al que caminase con lentitud.

--¿Pero es que realmente crees en Minerva? --preguntó Eufobias á

Sónnica.

--Creo en lo que veo --contestó la griega--. Creo en la primavera, en

la resurrección de los campos, en la mies que sale del terruño para

alimentar con sus cabelleras doradas á los humanos, en las flores

que son los pebeteros de la tierra, y sobre todas las diosas amo á

Atenea por la sabiduría que diviniza á los hombres y á Minerva por su

fecundidad que los mantiene.

Los esclavos cubrían la mesa con el tercer servicio, y los convidados,

casi ebrios, incorporábanse en sus lechos al ver las canastillas llenas

de frutas; los platos cubiertos de hojas de pasta dulce, enrolladas

sobre el fuego al estilo de Capadocia, los buñuelos de harina de sésamo

henchidos de miel y dorados por el calor del horno y las tortas con

queso rellenas de frutas cocidas.

Destapábanse las ánforas pequeñas conteniendo los vinos más preciosos,

traídos de los últimos confines del mundo por las naves de Sónnica. El

vino de Biblos en Fenicia, saturaba el ambiente con sus penetrantes

perfumes como una anforilla de tocador; el de Lesbos esparcía al

derramarse un dulce olor de rosas, y junto con ellos caían en las copas

los de Eritrea y Heráclea, fuertes y espirituosos, y los de Rhodas y

Chios, mezclados prudentemente con agua del mar que hacía más fácil la

digestión.

Algunos esclavos, para excitar de nuevo el apetito de los convidados y

hacerles beber más, ofrecían platos con cigarras en salmuera, rábanos

con vinagre y mostaza, garbanzos tostados y aceitunas _colimbadas_ de

picante adobo, apreciadísimas por su tamaño y sabor.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 7 / 21 段