Ranto le hablaba sin obtener contestación.
--Mira, extranjero: todos los campos que alcanza la vista, son de
Sónnica.
--Contempla, griego, cuántas gallinas. Casi todos los huevos que
consume la ciudad son de aquí.
Acteón no se fijaba en las indicaciones de la pastorcilla; pero cuando
ésta llamó en la puerta del jardín, y al eco del címbalo contestó en el
interior un ladrido de perros y el extraño chillido de ocultas aves,
el griego se dió un golpe en la frente, cual si acabara de hacer un
descubrimiento.
--Ya sé quien es --dijo como si surgiera de un sueño.
--¿Quién? --preguntó asombrada la joven.
--Nadie --contestó con la frialdad del que teme haber dicho demasiado.
Pero en su interior, estaba satisfecho del descubrimiento. Recordando
las palabras del mercenario libio en la taberna, había resurgido en su
memoria la figura de aquel pastor celtíbero tan enigmático. De repente,
se había hecho la luz en su pensamiento.
Ya sabía quién era. Por algo le habían impresionado desde el primer
momento las miradas de aquel desconocido; los ojos, que no cambian
nunca en el rostro por años que transcurran. Aquellos ojos los había
visto muchas veces en su niñez, cuando su padre hacía la guerra en
Sicilia con Hamílcar y él se educaba en Cartago.
El pastor era Hanníbal.
III
Las danzarinas de Gades
Dos horas después del mediodía despertó Sónnica. Los oblicuos rayos del
sol se filtraban entre las varillas doradas de la ventana, cubiertas
por el follaje de las parras. Su luz coloreaba los vivos estucos que
servían de marco á las escenas de los Juegos Olímpicos pintadas en el
muro y las columnillas de mármol rosa que adornaban la puerta.
La hermosa griega arrojó al suelo las cubiertas de blanco lino de
Sétabis, y su primera mirada al despertar fué para su desnudez,
siguiendo con ojos cariñosos todos los contornos de su cuerpo, desde
el seno hinchado por redondeces armoniosas, hasta el extremo de sus
sonrosados pies.
La cabellera opulenta, perfumada y de sedosos bucles descendiendo
á lo largo de su cuerpo, la envolvía como un regio manto de oro,
acariciándola desde la nuca á las rodillas con un suave beso. La
antigua cortesana, al despertar, admiraba su cuerpo con la adoración
que habían infundido en ella los elogios de los artistas de Atenas.
Aún era joven y hermosa; aún podía hacer temblar de emoción á los
hombres al terminar un banquete, mostrándose sobre la mesa desnuda como
Friné. Sus manos, ávidas de embriagarse con el tacto de su hermosura,
acariciaban la redonda y firme garganta; los globos de nácar terminados
por un sutil pétalo de rosa, apreciando su firme elasticidad, y la
tortuosa red de venillas azules que se dibujaban débilmente bajo la
satinada epidermis; y después bajaban y bajaban rozando las profundas
entradas del talle, las fuertes caderas, el vientre de curva suave,
semejante á la de una crátera, y las piernas, cuya armoniosa redondez
era comparada en otros tiempos con la trompa del elefante por los
mercaderes asiáticos que la visitaban en Atenas.
El amor había pasado sobre ella su lengua de fuego sin consumirla;
había vivido en medio de sus ardores fría, insensible y blanca como la
estatua de mármol bajo el resplandor del sol. Y al verse joven aún,
hermosa y con una frescura de virgen, sonreía satisfecha de sí misma,
contenta de la vida.
--¡Odacis!... ¡Odacis!
Al eco de su voz entró una esclava celtíbera, alta, enjuta, fuerte, á
la que apreciaba mucho la griega por la suavidad con que peinaba sus
cabellos.
Apoyándose en sus hombros se incorporó sonriente y saltó del lecho para
entrar en el baño.
Su desnudez se envolvía en la cabellera como en un transparente velo de
oro. Al posar sus pies desnudos sobre el pavimento que representaba el
juicio de Paris, la frialdad del mosaico la hacía reir con agradable
cosquilleo y su risa marcaba suaves hoyuelos en las mejillas, y por
acción refleja hacía estremecer con suave ondulación las curvas de su
dorso.
Descendió tres escalones y se arrojó en la piscina de jaspe, moviendo
los brazos, que hacían saltar el agua en diminutas perlas. Su cuerpo,
al través del agua verdosa, tomaba una trasparencia ideal, un brillo de
aparición fantástica, moviéndose de un lado á otro como una sirena de
espaldas de nácar con la cabellera flotante.
--¿Quién ha venido, Odacis? --preguntó tendiéndose en el fondo de la
bañera.
--Han venido las mujeres de Gades que bailarán esta noche. Polyantho
las ha alojado junto á las cocinas.
--¿Y quién más?...
--Hace un momento llegó el extranjero de Atenas que encontraste esta
mañana en el templo de Afrodita. Le he hecho entrar en la biblioteca y
no he olvidado ninguno de los deberes de la hospitalidad. Ahora acaba
de salir del baño.
Sónnica sonreía pensando en el encuentro de por la mañana. Había
dormido mal. Lo atribuía á la noche en vela pasada con sus amigos en
la terraza de la quinta; al caprichoso viaje al puerto antes de la
salida del sol; pero pensaba con cierta confusión en lo impresa que
había quedado en su memoria la figura del ateniense, hasta el punto de
que varias veces se le apareció durante su sueño. Sin saber por qué,
asociaba la figura de Acteón á la de Zeus cuando en forma mortal bajaba
á la tierra en busca del amor humano.
En sus ratos de fastidio, cuando en Atenas acogía con repugnancia las
caricias vendidas por montones de oro, la acometía el vago deseo de ser
amada por un dios. Pensaba en Leda, en Psiquis, hasta en el afeminado
Ganímedes, amados por los huéspedes del Olimpo, y se enfurecía ante
la imposibilidad de encontrar un dios que la poseyera en un bosque
misterioso ó al borde de uno de esos caminos á cuyo final está lo
desconocido. Quería contemplar su imagen en el fondo de unos ojos
animados por el resplandor de lo infinito; besar una boca que sirviese
de puerta á la suprema sabiduría; sentirse esclava entre unos brazos
que tuviesen la inmensa fuerza de la omnipotencia. Había gustado
una pequeña parte de este placer amando á su poeta, majestuoso y
sublime en algunos instantes como un ser divino; pero la simplicidad
de la adolescencia no le dejó paladear este placer, y ahora, en el
refinamiento de su madurez, sólo encontraba hombres como los que había
conocido en Atenas, rudos y brutales unos, afeminados y burlones otros,
sin la belleza severa y soberana que admiraba en las estatuas.
Salió del baño suspirando con infantiles y graciosos estremecimientos,
mientras su cabellera esparcía una menuda lluvia á cada paso.
Odacis llamó y entraron tres esclavas, que eran las que la ayudaban en
el tocado de su señora, las _tractatrices_ encargadas del masaje de su
cuerpo.
Sónnica se dejó manejar por las tres mujeres, que la frotaron con
fuerza, estirando sus miembros para darles ligereza y soltura. Después
se sentó en una silla de marfil, apoyando sus codos sonrosados en los
delfines que formaban los brazos del asiento, y en esta posición,
erguida é inmóvil, esperó que las esclavas procediesen á su tocado.
Una que era casi una niña, envuelta en una tela de anchas rayas, se
arrodilló en el suelo, sosteniendo un gran espejo de bronce cincelado,
en el cual se contemplaba Sónnica hasta más abajo del talle. Otra
rebuscó en las mesas de mármol los objetos de tocador, alineándolos, y
Odacis comenzó á alisar con peines de marfil la espléndida cabellera
de su señora. Mientras tanto la otra esclava se aproximaba con una
pátera de bronce llena de pasta gris. Era la harina de habas usada por
las elegantes de Atenas para conservar tersa y tirante la piel. Untó
con ella las mejillas de la griega y después los salientes pechos,
el vientre, los flancos y las rodillas, dejando casi todo su cuerpo
envuelto en una capa grasienta y lustrosa. En los sitios donde crece el
vello puso algo de _dropax_, pasta depilatoria compuesta de vinagre y
tierra de Chipre.
Sónnica asistía impasible á estos preparativos de su _toilette_, que la
afeaban momentáneamente para hacerla renacer todos los días más hermosa.
Odacis seguía peinándola. Agarraba la espléndida cabellera, perdiéndose
sus dos manos en aquella cascada brillante; la retorcía dulcemente,
enroscándola á sus brazos como una enorme serpiente de oro; volvía á
esparcirla, separándola mechón por mechón para que se secase, y tornaba
amorosamente á alisarla con los peines de marfil apilados en una mesa
inmediata, verdaderos prodigios de arte con púas finísimas y su parte
superior cincelada, representando escenas de los bosques, ninfas
arrogantes persiguiendo ciervos, y sátiros hediondos dando caza á las
beldades desnudas.
La peinadora, después de secar la cabellera, procedió á teñirla. Con
una pequeña ánfora rematada por largo pico, la humedeció con una
disolución de azafrán y goma de Arabia, y abriendo una arquilla llena
de polvo de oro, fué espolvoreando la sedosa y enorme madeja, que tomó
la brillantez de los rayos del sol. Después, enroscando los mechones de
las sienes á un molde de hierro puesto en un braserillo, fué formando
apretados rizos que cubrieron la frente de la griega hasta cerca de
los ojos; recogió la masa de cabellos sobre la nuca, sujetándolos con
una cinta roja entrelazada fuertemente, y rizó el vértice del peinado,
imitando las ondulantes llamas de una antorcha.
Sónnica se levantó. Dos de las esclavas aproximaron una pesada ánfora
de barro llena de leche, y con una esponja lavaron el cuerpo de su
señora cerca de la piscina, limpiándola de la pasta de habas. La tersa
blancura de su piel volvió á salir á luz más fresca y jugosa.
Odacis, con unas pinzas de plata en la mano, vigilaba el cuerpo de su
señora, con la atención y el ceño fruncido del artista que prepara
una grande obra. Era la encargada de la depilación; su mano ligera
merecía elogios por la suavidad con que arrancaba el vello y perseguía
obstinadamente por todos los contornos entrantes y salientes del cuerpo
el más ligero musgo para hacerlo desaparecer. Sus pinzas arrancaron
algunas briznas finísimas que comenzaban á surgir bajo la dulce curva
del vientre, allí donde la naturaleza tendía á cubrirse de obscura y
aterciopelada vegetación, destruída implacablemente por la costumbre
griega de imitar la tersa limpieza de las estatuas.
Volvió á sentarse Sónnica en la silla de marfil y comenzó el arreglo
del rostro. En la inmediata mesilla alineábase un verdadero ejército de
frascos de vidrio, vasos de alabastro, botes de bronce y plata, cajitas
de marfil y oro, todo cincelado, brillante, cubierto de delicadas
figurillas, adornado de piedras preciosas, conteniendo esencias
egipcias y hebreas, aromas de Arabia, perfumes y afeites embriagadores
traídos por las caravanas del interior del Asia á los puertos fenicios,
trasladados de allí á Grecia ó á Cartago, y comprados para Sónnica por
los pilotos de sus barcos en las arriesgadas correrías comerciales.
Odacis la pintó el rostro de blanco, y después, mojando un pequeño
estilete de madera en esencia de rosas, lo hundió en un bote de bronce
adornado con guirnaldas de loto y lleno de un polvo negro. Era el
_kohol_ que los mercaderes egipcios vendían á un precio fabuloso. La
esclava aplicó la punta del estilete á los párpados de la griega,
tiñéndolos de un negro intenso y trazando una fina línea en el vértice
de los ojos, que dió á éstos más grandeza y dulzura.
El tocado llegaba á su fin. Las esclavas abrían los innumerables
frascos y vasos alineados sobre el mármol, y por el ambiente de la
habitación se esparcían confundidos los costosos perfumes; el nardo de
Sicilia, el incienso y la mirra de Judea, el áloe de la India, y el
comino de Grecia. Odacis cogió una pequeña ánfora de vidrio incrustada
de oro con un tapón cónico terminado por fina punta que servía para
depositar sobre los ojos el antimonio que aviva la mirada, y después de
terminar la operación, ofreció á su señora las tres unturas para dar
color á la piel en diferente gradación: el minium, el carmín y el rojo
egipcio extraído de los residuos del cocodrilo.
Delicadamente, la esclava fué coloreando con un fino pincel el cuerpo
de su señora. Trazó una nubecilla de pálido arrebol en las mejillas y
las diminutas orejas; marcó dos manchas como pétalos de rosa en los
agudos y titilantes extremos de los pechos; acarició con su pincel
el botón de la vida, que se marcaba con depresión ligera en medio de
la tersa suavidad del vientre, y poniéndose tras de Sónnica, coloreó
sus codos y los hoyuelos que se marcaban más abajo del talle, en las
protuberancias de armoniosa redondez. Luego, con rojo egipcio, fué
tiñéndole una por una las uñas de los pies y las manos, y otra esclava
le calzó unas sandalias blancas con suela de papirus y broches de
oro. Caían los perfumes sobre ella, cada uno en distinta parte del
cuerpo, para que éste fuese como un mazo de flores, en el que se
confundían diferentes aromas. Odacis la presentó el cofrecillo de las
joyas, dentro del cual temblaban las piedras preciosas como peces
inquietos y deslumbrantes. Los afilados dedos de la griega, revolvieron
con indiferencia el montón de collares, sortijas y pendientes que,
como todas las joyas griegas, eran más preciosos por el trabajo de
los artistas, que por la riqueza de las materias. Las escenas de
los grandes poemas aparecían reproducidas casi microscópicamente en
camafeos de cornalina, ónix y ágata, y las esmeraldas, topacios y
amatistas, estaban adornadas con puros perfiles de diosas y héroes.
Sobre el desnudo pecho de Sónnica se enroscó un collar de piedras de
complicadas vueltas; los dedos de sus manos se cubrieron de sortijas
hasta las uñas, y la blancura de sus brazos pareció más diáfana,
cortada á trechos por el brillo de anchos brazaletes de oro. Para dar
más expresión al rostro, Odacis adornó á su señora con algunos ligeros
lunares, y después comenzó á anudar en torno de su cuerpo la _fascia_,
el corsé de la época, una ancha faja de lana que sostenía los globos
del pecho para que conservasen su saliente rigidez sin deformarse por
el peso. Sónnica, contemplándose en el pulido bronce, sonreía á su
imagen desnuda y hermosa como una Venus en reposo.
--¿Qué traje, señora? --preguntó Odacis--. ¿Quieres la túnica de
flores de oro que te trajeron de Creta, ó los velos de _kalasiris_,
transparentes como el aire, que mandaste comprar en Alejandría?...
Sónnica no llegaba á decidirse: escogería en el vestuario. Y con
toda la majestad de su hermosa desnudez, haciendo crujir á cada paso
el papirus de las sandalias, salió de su dormitorio seguida de las
esclavas.
Mientras tanto Acteón esperaba en la biblioteca. Había visto grandes
palacios en sus correrías por el mundo, había contemplado --dos años
antes del terremoto que le arruinó-- el célebre coloso de Rhodas;
conocía el Seraphion y la tumba del gran conquistador en Alejandría;
estaba habituado á la riqueza y al fausto y, sin embargo, no podía
ocultar la sorpresa que le producía aquella casa griega en un país
bárbaro, más lujosa y artística que la de los ciudadanos ricos de
Atenas.
Guiado por un esclavo y dejando atrás el jardín con sus follajes
rumorosos y sus gritos de pájaros exóticos, había pasado por la
columnata que daba entrada á la quinta. Primero el _prothyrum_ con su
zócalo de mosaico, en el que se veían pintados feroces perros negros
con el ojo de fuego y abierta la rabiosa y babeante boca, erizada de
colmillos.
Sobre la puerta estaba clavada una rama de laurel junto á una lámpara
en honor de los dioses tutelares de la casa. Después del _prothyrum_,
algo lóbrego, se abría á cielo abierto como un pulmón del edificio,
el atrio con sus cuatro filas de columnas sosteniendo la techumbre y
formando otros tantos claustros, en los cuales se alineaban las puertas
de las habitaciones con sus tres cuadros ribeteados por clavos de
gruesa cabeza.
En el centro del atrio abríase el _impluvium_, balsa rectangular de
mármol para recoger las aguas de la techumbre, depositándolas en la
cisterna. Entre las columnas erguíanse sobre sus pedestales grandes
vasos de barro rojo cubiertos de flores; cuatro mesas de mármol
sostenidas por leones alados bordeaban el _impluvium_; y junto á éste
alzábase una estatuilla del Amor que en días de fiesta servía de
surtidor de agua.
Acteón admiró la esbelta robustez de las columnas, labradas en mármol
azul, lo mismo que los zócalos de las galerías, lo que daba á la luz
del atrio una vaguedad difusa, como si el edificio estuviese sumergido
en el mar.
Después el introductor le había entregado á Odacis, la esclava
favorita, y ésta le había hecho pasar al _peristylium_, un segundo
patio mucho más grande que el atrio y que por su decoración polícroma
asombró al griego. Las columnas estaban pintadas de rojo en su parte
baja, y después este color se mezclaba con el azul y el oro en las
estrías y capiteles, esparciéndose por el artesonado del techo que
cubría los pórticos. En la parte descubierta del peristilo abríase
en el suelo una piscina profunda de aguas transparentes, por las que
pasaban los peces como relámpagos de oro. En torno de ella, bancos
de mármol sostenidos por hermes; mesas sustentadas por delfines
de retorcida cola; macizos de rosas, entre cuyo follaje asomaban
estatuillas blancas ó de barro cocido en voluptuosas posiciones;
y cubriendo las paredes del peristilo, entre las puertas de las
habitaciones, grandes pinturas de artistas griegos: Orfeo con su pesada
lira, desnudo y con el gorro de Frigia, rodeado de leones y panteras
que escuchaban sus cantos con la cabeza humillada y ahogando el rugido;
Venus surgiendo de las espumas; Adonis dejándose curar por la madre del
Amor, y otras escenas loando la fuerza del arte y la belleza.
Acteón vió junto á él dos esclavos jóvenes que le condujeron al baño, y
al salir de éste encontró de nuevo á Odacis, que le hizo entrar en la
biblioteca, situada en el fondo del peristilo.
Era una gran habitación con pavimento de mosaico, que representaba
el triunfo de Baco. El joven dios, hermoso como una mujer, desnudo y
coronado de pámpanos y rosas, cabalgaba sobre una pantera, tremolando
el tirso. Las pinturas de las paredes eran pasajes famosos de la
_Iliada_. Alineados sobre tablas estaban los libros más voluminosos, y
los pequeños formaban haces, metidos en estrechos cestos de mimbres con
forro interior de lana.
Acteón admiró la riqueza de la biblioteca, al contar más de cien
libros. Representaban una verdadera fortuna. Los navegantes recibían
de Sónnica el encargo de traerla cuantas obras notables encontraban
en sus viajes, y los libreros de Atenas la remitían los libros de
entretenimiento más famosos que alcanzaban boga en su ciudad. Eran
todos de papirus con las bandas arrolladas en torno del _umbilicus_,
cilindro de madera ó de hueso artísticamente tallado en sus extremos.
Sus hojas, escritas sólo por una cara, estaban impregnadas en la
otra de aceite de cedro para preservarlas de la polilla, y sobre la
envoltura superior, pintada de púrpura, brillaban con letras de minio
y oro el título de la obra, el nombre del autor y el índice de las
materias. La copia de aquellos libros representaba la vida de muchos
hombres; una suma de trabajo adquirida á costa de grandes cantidades;
y el griego, con el respeto de su raza ante la sabiduría y el arte,
creíase en el silencio de la biblioteca rodeado por las sombras
augustas de tantos grandes hombres, y su mirada respetuosa iba del
Homero en viejo papirus, deslucido por los años, y las obras de Thales
y Pitágoras, á los poetas contemporáneos, Theócrito y Calímaco, cuyos
volúmenes estaban desarrollados, delatando una reciente lectura.
Acteón oyó un ligero crujido de sandalias en el peristilo, y el cuadro
de oro pálido que formaba en el suelo la luz del patio al través de
la puerta, se obscureció con la sombra de una persona. Era Sónnica,
vestida con una sutil túnica blanca. La luz que quedaba á sus espaldas
marcaba los contornos adorables del cuerpo en la nube diáfana del
vestido.
--Bienvenido seas, ateniense --dijo con una entonación estudiada y
armoniosa--. Los que llegan de allá son siempre los señores en mi casa.
El banquete de esta noche será en tu honor, pues nadie como un hijo de
Atenas puede ser rey de la mesa y conducir las conversaciones.
Acteón, algo conmovido por la presencia de una mujer hermosa envuelta
en embriagadores perfumes, comenzó á hablar de la casa, del asombro
que le había producido su magnificencia en aquel país bárbaro y de la
admiración que su dueña gozaba en la ciudad. Todos le habían hablado de
Sónnica la rica.
--Sí, me quieren; mas algunas veces me censuran. Pero hablemos de tí,
Acteón: cuéntame quién eres; tu vida debe ser interesante como la del
viejo Ulises. Dime antes lo que hay de nuevo en Atenas.
Y por largo rato se desarrolló una charla incesante entre los dos
griegos; ella queriendo saber qué cortesanas eran las que triunfaban
en el Cerámico é imponían las modas; alegre, satisfecha de recordar su
pasado, rejuvenecida y olvidada de su majestuosa opulencia de Sagunto,
como si aún estuviera en la casa de la calle de los Trípodes y Acteón
fuese uno de los artistas pobres que la visitaban por la tarde para
hablar con intimidad de camaradas de las cosas de la ciudad. Reía
al escuchar las últimas agudezas de los desocupados del Ágora, la
cancioncilla en boga un año antes, cuando Acteón salió de Atenas; y con
el ceño fruncido y una gravedad de diosa se enteraba minuciosamente de
las postreras variaciones en el traje y el peinado de las hetarias más
célebres.
Satisfecha su curiosidad de ateniense desterrada, quiso penetrar en
la azarosa vida de su huésped, y Acteón hizo el relato con sencillez.
Nacido en Atenas, había sido trasladado á Cartago á los doce años. Su
padre, al servicio de la república africana, guerreaba con Hamílcar
en Sicilia. Un mismo esclavo cuidaba en una aldea del interior al
hijo del mercenario griego y á un cachorro de Hamílcar que sólo
tenía cuatro años. Era Hanníbal. El ateniense recordaba los golpes
que había dado muchas veces á aquella pequeña fiera á cambio de los
mordiscos con que el africano le sorprendía en medio de los juegos.
Estalló la sublevación de los mercenarios con todos los horrores
que la convirtieron en la _guerra inexorable_, y su padre, que
había permanecido fiel á Cartago y no quiso tomar las armas con sus
compañeros, fué á pesar de esto crucificado por el populacho cartaginés
que, olvidando sus heridas por la República, sólo vió en él, al
extranjero, al amigo de Hamílcar, odiado por los partidarios de Hanón.
El hijo se salvó milagrosamente de las sangrientas represalias, y el
fiel esclavo de Hamílcar lo embarcó para Atenas.
Allí, bajo la protección de unos parientes, recibió la educación de
todos los jóvenes griegos. Conquistó premios del Gimnasio, en la lucha
atlética, la carrera y el juego del disco; aprendió á montar caballos
sin freno, sin más que apoyar el extremo del pie en una muesca de la
lanza; para templar la rudeza de esta educación, le enseñaron á tañer
la lira y cantar los versos en diversos estilos, y al verse fuerte
de cuerpo y sano de inteligencia, fué enviado como todos los jóvenes
atenienses á hacer su aprendizaje militar en las guarniciones de la
frontera.