Mirrina adivinó en él á un ciudadano distinguido que salía de un

banquete. Era el poeta Simalión, joven aristócrata, que había ganado

una corona en los Juegos Olímpicos, y en el que Atenas veía resucitar

la inspiración de Anacreonte. Las hetarias más hermosas cantaban sus

versos en los banquetes al son de la lira, y las virtuosas ciudadanas

los murmuraban en la soledad del gineceo, enrojeciendo de emoción. Las

más famosas beldades de Atenas se disputaban al poeta, y éste, enfermo

en plena juventud, como si no pudiera resistir el peso de la adoración

mundana, refugiábase en el templo de Esculapio cuando la tos le hacía

escupir sangre; iba en peregrinación á las fuentes milagrosas de toda

la Grecia y sus islas; y apenas se sentía con fuerzas y una nueva

sangre circulaba por su cuerpo, despreciaba á los médicos y corría otra

vez á los banquetes con los negociantes y los artistas del Ática, entre

hetarias famosas y gentiles aulétridas, rodando de los brazos de una

á los de otra, pagando las caricias con versos que repetía luego la

ciudad, siempre ardiente y consumiendo su vida como la antorcha que en

las nocturnas fiestas de Dionisios se pasaba la cadena de bacantes de

mano en mano, hasta perderse en lo infinito.

Á la salida de una de estas orgías, encontró á Mirrina, y al

contemplar á la luz de la luna aquella belleza fresca, entera y casi

infantil, en un lugar frecuentado por las inmundas _lobas_, se llevó

las manos á los ojos como si temiera ser engañado por la turbación de

la embriaguez. Era Psiquis con los pechos firmes y redondos como una

taza de armoniosa curva; con sus líneas correctas y suaves que hubieran

desesperado á los escultores de la Academia; y el poeta experimentó la

misma satisfacción que, cuando tras una tarde de paseo solitario desde

Atenas al puerto, á lo largo de la muralla de Temístocles, encontraba

el último verso de una oda.

Ella quiso arrastrarle al antro de la thesaliana, pero Simalión,

deslumbrado por las carnes de marfil que parecían brillar entre los

harapos, la condujo á su hermosa casa de la calle de los Trípodes, y

allí quedó Mirrina como señora, con esclavas y lujosos trajes.

Esta hazaña del poeta asombró á toda Atenas. En el Ágora y en el

Cerámico, sólo se hablaba de la nueva amante de Simalión: gozaba el

éxito de la piedra preciosa olvidada y perdida en la arena, que de

repente brilla sobre la frente de un poderoso.

Las grandes hetarias, que nunca habían logrado conquistar por completo

al veleidoso poeta, se asombraban al verle unido estrechamente á una

jovenzuela salida de un dicterión, que recordaban muchos aventureros

del Pireo. La llevaba en su carro, guiando tres caballos de recortadas

crines, á todas las grandes fiestas en los templos del Ática; componía

por las mañanas versos en su honor y la despertaba recitándolos, entre

una nube de flores que dejaba caer sobre su lecho. Daba banquetes á

los artistas amigos para gozarse en su envidia y su admiración cuando

á los postres la hacía exhibirse desnuda sobre la mesa, con toda la

magnificencia de su belleza pura, que causaba en aquellos griegos una

emoción religiosa.

Fiel á Simalión por agradecimiento al principio y enamorada después del

poeta y sus obras, Mirrina le adoraba como maestro tanto como amante.

En poco tiempo aprendió á tañer la lira y á recitar los versos en

todos los estilos conocidos, y leyó la biblioteca de su amante, hasta

el punto de poder hacer frente á los convidados de aquellas cenas de

artistas y ser citada entre las hetarias más ingeniosas de Atenas.

Simalión, cada vez más entusiasmado con su amante, derrochaba la vida y

la fortuna. Hacía traer para ella del Asia mantos sutiles bordados de

fantásticas flores, que transparentaban el nácar de su cuerpo; polvo

de oro para cubrir sus cabellos, haciéndola semejante á las diosas que

los poetas y los artistas de Grecia pintaban siempre rubias; encargaba

á los navegantes que comprasen rosas de Egipto de asombrosa frescura, y

cada vez más macilento, la piel terrosa y la mirada de fuego, tosiendo

y encorvándose entre los brazos de su amante, veía disminuir sus

fuerzas.

Así pasó dos años, hasta una tarde de otoño en que, tendido sobre

el césped de su jardín, con la cabeza apoyada en las rodillas de la

hermosa, oyó por última vez sus versos, cantados por la fresca voz de

Mirrina, siguiendo el aleteo de los blancos dedos sobre las cuerdas

de la lira. El sol poniente hacía brillar en lo más alto de la ciudad

como una ascua la lanza de la Minerva del Parthenón; su mano de niño

apenas si podía sostener la copa de oro llena de vino con miel. Hizo

un esfuerzo para besar á su amante; las rosas que le coronaban se

deshojaron, cubriendo con una lluvia de pétalos el pecho de Mirrina,

y lanzando un quejido de mujer cerró los ojos, cayendo sobre aquel

regazo, en el que había dejado los últimos restos de su vida.

La joven le lloró con desesperación de viuda. Cortó su espléndida

cabellera para depositarla como una ofrenda sobre su tumba, y

arrinconando los deslumbrantes trajes, vistió de lana obscura, como las

atenienses de gran virtud, permaneciendo recluída en su casa silenciosa

y cerrada como un gineceo.

La necesidad de vivir, de sostener aquel lujo al que estaba

acostumbrada, de tener un carro y esclavas y palafreneros, la hicieron

pensar en su hermosura, y las hetarias más célebres se alarmaron ante

la nueva rival. Cubierta con una peluca de rojo obscuro para disimular

la tonsura del dolor, y envuelta en finos velos, de los que surgían su

garganta redonda cubierta de perlas y los brazos frescos y alabastrinos

cargados hasta los hombros de brazaletes, se mostraba en una ventana

alta de su casa con la grave majestad de una diosa que aguarda el

culto. Los más ricos de Atenas deteníanse al anochecer en la calle de

los Trípodes, para contemplar á _la viuda del poeta_, como la llamaban

con sorna las del Cerámico. Algunos, más osados ó trémulos de deseo,

levantaban el índice como una pregunta muda; pero en vano esperaban

que ella contestase afirmativamente con el ademán acostumbrado de las

hetarias, cerrando el pulgar y el índice en forma de anillo.

Muy pocos lograban entrar en la casa de la famosa cortesana.

Murmurábase que algunas noches, en momentos de fastidio, había abierto

su puerta á jovenzuelos de los que modelaban sus primeras estatuas en

los jardines de la Academia ó recitaban sus versos desconocidos á los

desocupados del Ágora; gente que sólo podía disponer para el amor de

algunos óbolos ó cuando más de un dracma. Pero en cambio, los ricos que

ofrecían _estateras_ de oro ó varias _minas_ por entrar en la casa, se

consideraban demasiado pobres para cumplir sus deseos. Las cortesanas

viejas se contaban al oído con cierto respeto que un reyezuelo de

Asia, de paso en Atenas, había dado á Mirrina por una noche dos

_talentos_ --lo que gastaba al año cualquier república de Grecia--

y que la hermosa hetaria, sin conmoverse ante tal fortuna, sólo le

había permitido estar junto á ella el tiempo que tardó en vaciarse su

_clepsydra_, pues hastiada de los hombres, medía el amor por el reloj

de arena.

Los mercaderes fabulosamente ricos, al llegar al Pireo, buscaban

relaciones de amistad para entrar en casa de Mirrina. Abrumaban con

presentes á los artistas vagabundos que eran amigos de la cortesana

para ser admitidos en sus cenas, y más de uno, llegado días antes al

puerto con una flota cargada de ricas mercancías, las vendía antes de

descargar las naves para quedarse en la casa del poeta, y regresaba

á su país embarcado de limosna, satisfecho de su miseria al ver la

envidia y el respeto que inspiraba á sus compañeros.

Así conoció á Bomaro, un joven ibero, mercader de Zazintho, que había

llegado á Atenas con tres naves cargadas de cueros. La cortesana se

sintió atraída por su dulzura, que contrastaba con la rudeza de los

otros negociantes; encanallados por la vida de los grandes puertos.

Hablaba poco y ruborizándose, como si el mutismo de las largas

permanencias en el mar le hubiesen dado una timidez de virgen: si le

obligaban á contar sus aventuras de navegante, lo hacía con sencillez,

sin mencionar los peligros arrostrados, y ante la cultura de los

griegos mostraba una admiración infantil.

Mirrina, durante la cena en que le vió por primera vez, sorprendió

sus ojos fijos en ella, con la misma expresión de ternura y respeto

que si mirase á una diosa de imposible posesión. Aquel navegante,

educado entre bárbaros, en una colonia remota que apenas si guardaba

vestigios de la madre Grecia, comenzó á interesar á la cortesana más

que los jóvenes atenienses y los opulentos mercaderes que la rodeaban.

Trémulo y balbuciente, pidió la limosna de una noche, y la pasó junto

á ella con más admiración que placer, adorando su regia desnudez,

enterneciéndose al oir su voz que le adormecía con un cálido arrullo

maternal, acompañándose con la lira.

Al despertar quiso entregarla una fortuna, el producto de todo su

cargamento; pero Mirrina, sin saber por qué, se negó á aceptarlo, á

pesar de sus protestas. Él era rico, no tenía padres; allá lejos,

en aquel país de bárbaros, poseía inmensos rebaños, centenares de

esclavos, que cultivaban sus campos ó trabajaban en las minas; grandes

fábricas de alfarería y muchas naves, como las tres que le aguardaban

en el Pireo. Y viendo que la cortesana, con sonrisa bondadosa, le

trataba como á un niño generoso, negándose á aceptar su dinero, compró

en la calle de los Orfebres un prodigioso collar de perlas que era

la desesperación de todas las hetarias, y lo envió á Mirrina antes de

partir.

Después volvió muchas veces. No se decidía á regresar á su país.

Se hacía á la vela con su flotilla, pero en el primer puerto que

encontraba, admitía cargamento para Atenas sin fijarse en el precio,

y apenas tocaba en el Pireo, corría á casa de la cortesana, no

decidiéndose á partir hasta que sospechaba en Mirrina el hastío de su

presencia.

La cortesana acabó por acostumbrarse á aquel amante sumiso, siempre

á sus pies, que deseaba morir por ella, mostrando su adoración con

un apasionamiento de bárbaro, tan distinto de la escéptica y burlona

cortesía de los atenienses. Llamábale _hermanito_, y esta palabra, que

las hetarias usaban con los amantes jóvenes, tomaba poco á poco en

sus labios un calor de sincero cariño. Cuando tardaba en regresar de

sus viajes á las islas, ansiaba su presencia, y apenas le veía en la

puerta, corría á él con los brazos abiertos, en un arranque de alegría

jamás visto por los otros amigos.

No le amaba como al poeta; pero la sumisión apasionada de Bomaro, su

amor respetuoso y dócil, tan distinto de los apetitos que inspiraba á

los demás, despertaban en Mirrina un sentimiento de gratitud.

Una noche, el ibero que parecía preocupado, osó tras muchas

vacilaciones exponerla su pensamiento.

No podía vivir sin ella; jamás volvería á Zazintho; había resuelto

perder sus riquezas antes que dejar de verla. Prefería ser descargador

en el muelle de Faraleo... Y á continuación, como quien toma carrera

para salvar más pronto el obstáculo, la propuso apresuradamente hacerla

su esposa, entregarla su fortuna, llevarla allá, al risueño Zazintho,

de campos floridos y montañas de color de rosa, tan semejantes á las

del Ática.

Mirrina reía escuchándole; pero en su interior se sentía conmovida

por la abnegación cariñosa del ibero que, para unirse á ella

eternamente, saltaba por encima de un pasado vergonzoso en el

dicterión y el Cerámico. La cortesana resistió con sonrisa burlona

tales proposiciones; pero Bomaro era tenaz. ¿No estaba cansada de

aquella vida, de verse agasajada como un objeto de gran precio, pero

despreciada muchas veces por las gentes groseras que se creían señores

de ella con sólo presentar su oro? ¿No le gustaba ser una soberana en

las costas de Iberia, rodeada de un pueblo que admiraría sus talentos

de ateniense?...

Bomaro la venció con su tenacidad amorosa, y un día las cortesanas

de Atenas vieron con asombro como era vendida la casa de la calle de

los Trípodes, y como las esclavas de Mirrina llevaban al puerto las

riquezas amontonadas en tres años de loca fortuna, depositándolas en

las naves del ibero, que había puesto en los mástiles sus velas de

púrpura para un viaje triunfal.

La cortesana, deseando tranquilizar á aquel hombre que tan por completo

se entregaba á ella, quiso dejar en Atenas todo su pasado. Se propuso

ser una mujer nueva, olvidar su vergonzoso nombre, y después de hacer

repetir á Bomaro los nombres más hermosos de las mujeres ibéricas,

escogió el de Sónnica, por ser el más grato á su oído.

Al llegar á Zazintho, el navegante y la griega se unieron en el

templo de Diana ante todo el Senado, al que pertenecía el joven. La

ciudad experimentó los efectos de aquel encanto que parecía emanar

de la persona de Sónnica. Era como un soplo de la lejana Atenas que

enloquecía á los comerciantes griegos de Sagunto, embrutecidos por su

larga permanencia entre bárbaros.

En los banquetes, cuando á la hora de los vinos dulces cantaba ella los

himnos de los grandes maestros, toda la juventud saguntina del barrio

griego sentíase impulsada á caer á sus pies, adorándola como una diosa.

Al año de unión, Bomaro sintió en su fortuna el apoyo de aquella mujer,

que al cambiar de vida, se interesaba por las cosas materiales, deseosa

de acallar las murmuraciones de las ciudadanas virtuosas que hablaban

de su pasado de cortesana dilapidadora.

Vigilaba de lejos los trabajos del campo, los grandes rebaños, las

fábricas de alfarería; iba á presenciar la llegada de las naves, y la

enorme fortuna de Bomaro se aumentó, resultando excelentes todos los

negocios que aconsejaba ella con su voz lenta y armoniosa, tendida bajo

un bosquecillo de laureles de su jardín y acariciada por el abanico de

plumas de una esclava.

Bomaro, después de satisfechas sus más vehementes ansias de amor,

navegaba por las costas de Iberia, tranquilo de la buena marcha de sus

asuntos y deseando acrecentar aún más aquella fortuna que tan bien

administraba Sónnica. Ésta se había rodeado de una corte de jóvenes, á

los que trataba como una maestra: la juventud griega nacida en Sagunto,

la seguía para aprender los modales y costumbres de Atenas, que eran

su perpetuo ensueño. Los maldicientes de la ciudad la llamaban Sónnica

la cortesana, pero la plebe que recibía sus auxilios, y los pequeños

comerciantes que jamás acudían á ella sin resultado, la titulaban

Sónnica la rica, y eran capaces de pelearse con los que hablaran mal de

ella.

Un invierno, á los cuatro años de unión, Bomaro pereció en un naufragio

cerca de las columnas de Hércules, y Sónnica se vió dueña absoluta de

una inmensa fortuna y señora de toda una ciudad, sobre la que imperaba

por su riqueza y su buen corazón. Libertó esclavos en memoria del

infortunado navegante, envió ofrendas valiosas á todos los templos

de Sagunto, alzó en la Acrópolis un monumento funerario en memoria

de Bomaro, haciendo venir para ello marmolistas de Atenas. Con sus

liberalidades se hizo perdonar su origen, logrando que la ciudad,

huraña y de costumbres austeras, tolerase su vida alegre y desenfadada,

que era una resurrección de las costumbres atenienses en medio de la

sobriedad ibérica.

Pasado el luto de la viudez, dió cenas en su casa de campo, que duraron

hasta el alba; hizo venir del Ática famosas _aulétridas_ que con las

flautas enloquecían á la juventud saguntina; sus naves emprendían

viajes sin más objeto comercial que traerla raros perfumes del Asia,

telas de Egipto y caprichosos adornos de Cartago; y su fama se extendió

tanto tierra adentro, que algunos reyecillos de la Celtiberia llegaban

á Sagunto con el deseo de conocer aquella mujer asombrosa, sabia como

un sacerdote y hermosa como una deidad. Los griegos admirábanla, viendo

acrecerse con ella la influencia de su raza sobre los primitivos

saguntinos, que la elogiaban por su desinterés. Y así vivía: sin

entrar en su casa otras mujeres que las esclavas, flautistas y

danzarinas; rodeada de hombres que la deseaban, pero sin entregarse á

ninguno de ellos; tratándolos con una franqueza varonil, permitiéndose

enloquecedoras intimidades, pero sin llegar nunca á la regia limosna

de su cuerpo; y pensando siempre en Atenas, la ciudad luminosa que

guardaba su pasado, y cuyas costumbres intentaba resucitar.

Eufobias el filósofo, al llegar á este punto de su relación, afirmaba

con gran energía la pureza de Sónnica. Á pesar de lo que dijeran las

griegas del barrio de los mercaderes, Sónnica no tenía amantes: lo

afirmaba él, que era la peor lengua de la ciudad. Varias veces se había

sentido inclinada hacia alguno de sus comensales. Alorco, el hijo de un

reyecillo de la Celtiberia que vivía en Sagunto y frecuentaba mucho su

casa, había causado en ella alguna impresión con su belleza varonil y

fiera de hijo de las montañas. Pero en el momento decisivo retrocedía

Sónnica, como quien teme descender y confundirse con una raza inferior.

El recuerdo del Ática ocupaba por completo su imaginación. Si

hubiese abordado á aquellas costas algún joven ateniense, bello como

Alcibíades, cantando versos, modelando estatuas y mostrando habilidades

y destrezas como en los Juegos Olímpicos, tal vez hubiera caído en

sus brazos; pero su castidad continuaba segura entre los celtíberos

arrogantes que iban á todas las fiestas oliendo á caballo y con la

espada en el flanco, ó los afeminados hijos de comerciantes, rizados,

chorreando perfumes y acariciando á los pequeños esclavos que les

acompañaban en el baño.

--Tú, ateniense --continuó el filósofo-- debes presentarte á

Sónnica; te recibirá bien... No eres un efebo --continuó sonriendo

burlonamente--; te blanquea la barba, pero tienes en tu figura la

arrogancia de un rey de la _Iliada_, en la frente algo de la majestad

de Sócrates; y ¿quién sabe si podrás ser el heredero de las riquezas de

Bomaro? Si esto llega, no olvides al pobre filósofo; me contento con un

odre de vino de Laurona, ya que ahora me condenas á la sed.

Y Eufobias reía, golpeando á Acteón en los hombros.

--Estoy invitado al banquete de Sónnica esta noche --dijo el griego.

--¡Tú también!... Allí nos veremos. Á mí no me invitan, pero entro con

el mismo derecho que un perro de la casa.

El filósofo vió pasar por el centro del Foro á Alco, el pacífico

ciudadano, que bajaba de la Acrópolis.

--Ése es uno de los pocos buenos que hay aquí. Me ensalza la virtud, me

aconseja que trabaje olvidando la filosofía y encima me da siempre para

beber. Hasta la noche, extranjero.

Y corrió hacia Alco que, apoyado en su báculo, le veía venir con

bondadosa sonrisa.

Acteón, viéndose solo otra vez, vagó por el centro del mercado. De

pronto oyó á su espalda una voz infantil que le llamaba. Era Ranto,

sentada en el suelo entre los cántaros de leche ya vacíos, vendiendo

sus últimos quesos. Junto á ella estaba en cuclillas el pequeño

alfarero. Comían una galleta dura con unas cebollas frescas y jugosas

y se disputaban cariñosamente los bocados entre grandes risas. La

pastorcilla ofreció á Acteón un pedazo de queso y una torta y el griego

aceptó con el reconocimiento del hambre. Parecía que era su destino

recibir en Sagunto el sustento de manos femeninas. Dos veces le habían

socorrido las mujeres desde que desembarcó.

Sentado entre los dos adolescentes, veía poco á poco despoblarse el

mercado. Los pastores picaban sus rebaños hacia la puerta del Mar; los

jefes celtíberos, llevando sus mujeres á la grupa de los caballos,

emprendían el galope con el deseo de verse pronto en las aldeas de la

montaña, y las carretas vacías rodaban perezosamente hacia los vicos y

torres del agro saguntino.

Acteón vió de nuevo al pastor celtíbero bajo los pórticos, yendo

de grupo en grupo como un rústico torpe, enterándose de todas las

conversaciones. Al pasar por cerca del griego le miró con aquellos ojos

enigmáticos que despertaban en él un recuerdo indeterminado.

De repente el pequeño alfarero se levantó y echó á correr, ocultándose

tras la columnata del Foro.

--Es que ha visto á su padre --dijo Ranto con tranquilidad--. Por allí

llega Mopso: baja de la Acrópolis.

Acteón salió al encuentro del arquero.

--Ha bastado mi palabra para que te admitiese el Senado. La ciudad

necesitará pronto buenos soldados como tú. Los ancianos mostrábanse

algo alarmados esta mañana. Temen á Hanníbal, ese lobezno de Hamílcar,

que acaudilla ahora los cartagineses y no llevará con calma nuestra

amistad con los romanos y el castigo de los aliados que tenía aquí...

Toma: esto es el adelanto que te hace la República.

Y entregó á Acteón un puñado de monedas que el griego guardó en su

bolsa. Después quiso llevarle á su casa: conocería á sus hijos, comería

con ellos; pero el ateniense no aceptó, alegando su invitación al

banquete de Sónnica.

Al alejarse el arquero, Acteón sintió el tormento de la sed, y

recordando las recomendaciones del filósofo, entró en la casa de aquel

romano cuyo vino de Laurona tanto entusiasmo inspiraba á Eufobias.

Cambió en el mostrador un victoriato y le dieron una pátera de barro

rojo en forma de barca llena de un vino negro coronado de brillantes

burbujas. Dos soldados bebían en un rincón de la taberna; dos rudos

mercenarios, con caras de bandidos. El uno era un ibero; el otro,

de tez tostada y formas atléticas, parecía un libio, y sus mejillas,

encallecidas por el casco, así como el cuello y los brazos, surcados

por cicatrices, delataban al guerrero á sueldo que peleaba con

indiferencia desde la niñez, lo mismo al servicio de un pueblo que al

del contrario.

--Yo estoy al servicio de Sagunto --decía el libio--. Estos mercaderes

pagan mejor que los de Cartago. Pero créeme, aunque satisfecho

de servir á este pueblo, reconozco que se mete en mala aventura

disgustando á Hanníbal. Mucho vale Roma: pero Roma está lejos, y

ese cachorro de león se despereza á pocas jornadas de aquí. Hay que

conocerlo, haberlo visto desde niño como yo, cuando militaba á las

órdenes de su padre Hamílcar. Corre como una yegua, lo mismo combate

á pie que á caballo, come lo que hay ó no come; va vestido como un

esclavo; todo su lujo está en las armas; duerme en el suelo, y muchas

veces, al amanecer, lo encontraba su padre tendido entre los centinelas

del campamento. No quiere que le cuenten nada: necesita verlo todo por

sus propios ojos, mezclarse con los enemigos para estudiar de cerca

su punto flaco. Muchas veces, Hasdrúbal, el marido de su hermana, se

asombraba al ver entrar en su tienda á un viejo mendigo, y reía á

carcajadas contemplando cómo se arrancaba Hanníbal la peluca y los

harapos, bajo los cuales había pasado algunas horas entre los enemigos.

Acteón salió de la taberna apresuradamente al ver que Ranto, después

de entregar sus cántaros á un esclavo que los cargaba en su carreta,

emprendía la marcha hacia la quinta de Sónnica.

--Iré contigo, pequeña. Me servirás de guía hasta la casa de tu señora.

Comenzaba á descender el sol. La luz de la tarde doraba el follaje del

agro, dando á las hojas de las vides una transparencia de ámbar. En los

caminos de la campiña, sonaban las esquilas del ganado, el chirrido de

las carretas y el canto soñoliento de los rústicos que volvían de la

ciudad.

Llegaron á la quinta de Sónnica, grande como un pueblo. Pasaron

primeramente ante las viviendas de los esclavos, en cuyas puertas se

agitaba un enjambre de niños desnudos de grueso abdomen y ombligo

saliente como un botón. Después, las cuadras, de las cuales salía un

vaho ardoroso cargado de mujidos y relinchos; los trojes, los graneros,

la casa del intendente, los calabozos para los esclavos rebeldes con

sus respiraderos al ras del suelo; el palomar, alta torre de ladrillos

rojos, en torno de la cual aleteaba una nube de plumas blancas con

incesantes arrullos; las chozas grandes de paja que servían de albergue

á centenares de gallinas, y tras esta serie de edificios, la quinta de

recreo, la vivienda de Sónnica, de la que se hablaba con admiración

hasta en las más remotas tribus de la Celtiberia; rodeada de cipreses y

laureles, circuida por muros cubiertos de retorcidas parras, y asomando

por encima de la gran masa de follaje, sus paredes de color de rosa con

columnatas y frisos de mármol azul y la terraza coronada por estatuas

polícromas, cuyos ojos de esmalte brillaban al sol como piedras

preciosas.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 5 / 21 段