banquete. Era el poeta Simalión, joven aristócrata, que había ganado
una corona en los Juegos Olímpicos, y en el que Atenas veía resucitar
la inspiración de Anacreonte. Las hetarias más hermosas cantaban sus
versos en los banquetes al son de la lira, y las virtuosas ciudadanas
los murmuraban en la soledad del gineceo, enrojeciendo de emoción. Las
más famosas beldades de Atenas se disputaban al poeta, y éste, enfermo
en plena juventud, como si no pudiera resistir el peso de la adoración
mundana, refugiábase en el templo de Esculapio cuando la tos le hacía
escupir sangre; iba en peregrinación á las fuentes milagrosas de toda
la Grecia y sus islas; y apenas se sentía con fuerzas y una nueva
sangre circulaba por su cuerpo, despreciaba á los médicos y corría otra
vez á los banquetes con los negociantes y los artistas del Ática, entre
hetarias famosas y gentiles aulétridas, rodando de los brazos de una
á los de otra, pagando las caricias con versos que repetía luego la
ciudad, siempre ardiente y consumiendo su vida como la antorcha que en
las nocturnas fiestas de Dionisios se pasaba la cadena de bacantes de
mano en mano, hasta perderse en lo infinito.
Á la salida de una de estas orgías, encontró á Mirrina, y al
contemplar á la luz de la luna aquella belleza fresca, entera y casi
infantil, en un lugar frecuentado por las inmundas _lobas_, se llevó
las manos á los ojos como si temiera ser engañado por la turbación de
la embriaguez. Era Psiquis con los pechos firmes y redondos como una
taza de armoniosa curva; con sus líneas correctas y suaves que hubieran
desesperado á los escultores de la Academia; y el poeta experimentó la
misma satisfacción que, cuando tras una tarde de paseo solitario desde
Atenas al puerto, á lo largo de la muralla de Temístocles, encontraba
el último verso de una oda.
Ella quiso arrastrarle al antro de la thesaliana, pero Simalión,
deslumbrado por las carnes de marfil que parecían brillar entre los
harapos, la condujo á su hermosa casa de la calle de los Trípodes, y
allí quedó Mirrina como señora, con esclavas y lujosos trajes.
Esta hazaña del poeta asombró á toda Atenas. En el Ágora y en el
Cerámico, sólo se hablaba de la nueva amante de Simalión: gozaba el
éxito de la piedra preciosa olvidada y perdida en la arena, que de
repente brilla sobre la frente de un poderoso.
Las grandes hetarias, que nunca habían logrado conquistar por completo
al veleidoso poeta, se asombraban al verle unido estrechamente á una
jovenzuela salida de un dicterión, que recordaban muchos aventureros
del Pireo. La llevaba en su carro, guiando tres caballos de recortadas
crines, á todas las grandes fiestas en los templos del Ática; componía
por las mañanas versos en su honor y la despertaba recitándolos, entre
una nube de flores que dejaba caer sobre su lecho. Daba banquetes á
los artistas amigos para gozarse en su envidia y su admiración cuando
á los postres la hacía exhibirse desnuda sobre la mesa, con toda la
magnificencia de su belleza pura, que causaba en aquellos griegos una
emoción religiosa.
Fiel á Simalión por agradecimiento al principio y enamorada después del
poeta y sus obras, Mirrina le adoraba como maestro tanto como amante.
En poco tiempo aprendió á tañer la lira y á recitar los versos en
todos los estilos conocidos, y leyó la biblioteca de su amante, hasta
el punto de poder hacer frente á los convidados de aquellas cenas de
artistas y ser citada entre las hetarias más ingeniosas de Atenas.
Simalión, cada vez más entusiasmado con su amante, derrochaba la vida y
la fortuna. Hacía traer para ella del Asia mantos sutiles bordados de
fantásticas flores, que transparentaban el nácar de su cuerpo; polvo
de oro para cubrir sus cabellos, haciéndola semejante á las diosas que
los poetas y los artistas de Grecia pintaban siempre rubias; encargaba
á los navegantes que comprasen rosas de Egipto de asombrosa frescura, y
cada vez más macilento, la piel terrosa y la mirada de fuego, tosiendo
y encorvándose entre los brazos de su amante, veía disminuir sus
fuerzas.
Así pasó dos años, hasta una tarde de otoño en que, tendido sobre
el césped de su jardín, con la cabeza apoyada en las rodillas de la
hermosa, oyó por última vez sus versos, cantados por la fresca voz de
Mirrina, siguiendo el aleteo de los blancos dedos sobre las cuerdas
de la lira. El sol poniente hacía brillar en lo más alto de la ciudad
como una ascua la lanza de la Minerva del Parthenón; su mano de niño
apenas si podía sostener la copa de oro llena de vino con miel. Hizo
un esfuerzo para besar á su amante; las rosas que le coronaban se
deshojaron, cubriendo con una lluvia de pétalos el pecho de Mirrina,
y lanzando un quejido de mujer cerró los ojos, cayendo sobre aquel
regazo, en el que había dejado los últimos restos de su vida.
La joven le lloró con desesperación de viuda. Cortó su espléndida
cabellera para depositarla como una ofrenda sobre su tumba, y
arrinconando los deslumbrantes trajes, vistió de lana obscura, como las
atenienses de gran virtud, permaneciendo recluída en su casa silenciosa
y cerrada como un gineceo.
La necesidad de vivir, de sostener aquel lujo al que estaba
acostumbrada, de tener un carro y esclavas y palafreneros, la hicieron
pensar en su hermosura, y las hetarias más célebres se alarmaron ante
la nueva rival. Cubierta con una peluca de rojo obscuro para disimular
la tonsura del dolor, y envuelta en finos velos, de los que surgían su
garganta redonda cubierta de perlas y los brazos frescos y alabastrinos
cargados hasta los hombros de brazaletes, se mostraba en una ventana
alta de su casa con la grave majestad de una diosa que aguarda el
culto. Los más ricos de Atenas deteníanse al anochecer en la calle de
los Trípodes, para contemplar á _la viuda del poeta_, como la llamaban
con sorna las del Cerámico. Algunos, más osados ó trémulos de deseo,
levantaban el índice como una pregunta muda; pero en vano esperaban
que ella contestase afirmativamente con el ademán acostumbrado de las
hetarias, cerrando el pulgar y el índice en forma de anillo.
Muy pocos lograban entrar en la casa de la famosa cortesana.
Murmurábase que algunas noches, en momentos de fastidio, había abierto
su puerta á jovenzuelos de los que modelaban sus primeras estatuas en
los jardines de la Academia ó recitaban sus versos desconocidos á los
desocupados del Ágora; gente que sólo podía disponer para el amor de
algunos óbolos ó cuando más de un dracma. Pero en cambio, los ricos que
ofrecían _estateras_ de oro ó varias _minas_ por entrar en la casa, se
consideraban demasiado pobres para cumplir sus deseos. Las cortesanas
viejas se contaban al oído con cierto respeto que un reyezuelo de
Asia, de paso en Atenas, había dado á Mirrina por una noche dos
_talentos_ --lo que gastaba al año cualquier república de Grecia--
y que la hermosa hetaria, sin conmoverse ante tal fortuna, sólo le
había permitido estar junto á ella el tiempo que tardó en vaciarse su
_clepsydra_, pues hastiada de los hombres, medía el amor por el reloj
de arena.
Los mercaderes fabulosamente ricos, al llegar al Pireo, buscaban
relaciones de amistad para entrar en casa de Mirrina. Abrumaban con
presentes á los artistas vagabundos que eran amigos de la cortesana
para ser admitidos en sus cenas, y más de uno, llegado días antes al
puerto con una flota cargada de ricas mercancías, las vendía antes de
descargar las naves para quedarse en la casa del poeta, y regresaba
á su país embarcado de limosna, satisfecho de su miseria al ver la
envidia y el respeto que inspiraba á sus compañeros.
Así conoció á Bomaro, un joven ibero, mercader de Zazintho, que había
llegado á Atenas con tres naves cargadas de cueros. La cortesana se
sintió atraída por su dulzura, que contrastaba con la rudeza de los
otros negociantes; encanallados por la vida de los grandes puertos.
Hablaba poco y ruborizándose, como si el mutismo de las largas
permanencias en el mar le hubiesen dado una timidez de virgen: si le
obligaban á contar sus aventuras de navegante, lo hacía con sencillez,
sin mencionar los peligros arrostrados, y ante la cultura de los
griegos mostraba una admiración infantil.
Mirrina, durante la cena en que le vió por primera vez, sorprendió
sus ojos fijos en ella, con la misma expresión de ternura y respeto
que si mirase á una diosa de imposible posesión. Aquel navegante,
educado entre bárbaros, en una colonia remota que apenas si guardaba
vestigios de la madre Grecia, comenzó á interesar á la cortesana más
que los jóvenes atenienses y los opulentos mercaderes que la rodeaban.
Trémulo y balbuciente, pidió la limosna de una noche, y la pasó junto
á ella con más admiración que placer, adorando su regia desnudez,
enterneciéndose al oir su voz que le adormecía con un cálido arrullo
maternal, acompañándose con la lira.
Al despertar quiso entregarla una fortuna, el producto de todo su
cargamento; pero Mirrina, sin saber por qué, se negó á aceptarlo, á
pesar de sus protestas. Él era rico, no tenía padres; allá lejos,
en aquel país de bárbaros, poseía inmensos rebaños, centenares de
esclavos, que cultivaban sus campos ó trabajaban en las minas; grandes
fábricas de alfarería y muchas naves, como las tres que le aguardaban
en el Pireo. Y viendo que la cortesana, con sonrisa bondadosa, le
trataba como á un niño generoso, negándose á aceptar su dinero, compró
en la calle de los Orfebres un prodigioso collar de perlas que era
la desesperación de todas las hetarias, y lo envió á Mirrina antes de
partir.
Después volvió muchas veces. No se decidía á regresar á su país.
Se hacía á la vela con su flotilla, pero en el primer puerto que
encontraba, admitía cargamento para Atenas sin fijarse en el precio,
y apenas tocaba en el Pireo, corría á casa de la cortesana, no
decidiéndose á partir hasta que sospechaba en Mirrina el hastío de su
presencia.
La cortesana acabó por acostumbrarse á aquel amante sumiso, siempre
á sus pies, que deseaba morir por ella, mostrando su adoración con
un apasionamiento de bárbaro, tan distinto de la escéptica y burlona
cortesía de los atenienses. Llamábale _hermanito_, y esta palabra, que
las hetarias usaban con los amantes jóvenes, tomaba poco á poco en
sus labios un calor de sincero cariño. Cuando tardaba en regresar de
sus viajes á las islas, ansiaba su presencia, y apenas le veía en la
puerta, corría á él con los brazos abiertos, en un arranque de alegría
jamás visto por los otros amigos.
No le amaba como al poeta; pero la sumisión apasionada de Bomaro, su
amor respetuoso y dócil, tan distinto de los apetitos que inspiraba á
los demás, despertaban en Mirrina un sentimiento de gratitud.
Una noche, el ibero que parecía preocupado, osó tras muchas
vacilaciones exponerla su pensamiento.
No podía vivir sin ella; jamás volvería á Zazintho; había resuelto
perder sus riquezas antes que dejar de verla. Prefería ser descargador
en el muelle de Faraleo... Y á continuación, como quien toma carrera
para salvar más pronto el obstáculo, la propuso apresuradamente hacerla
su esposa, entregarla su fortuna, llevarla allá, al risueño Zazintho,
de campos floridos y montañas de color de rosa, tan semejantes á las
del Ática.
Mirrina reía escuchándole; pero en su interior se sentía conmovida
por la abnegación cariñosa del ibero que, para unirse á ella
eternamente, saltaba por encima de un pasado vergonzoso en el
dicterión y el Cerámico. La cortesana resistió con sonrisa burlona
tales proposiciones; pero Bomaro era tenaz. ¿No estaba cansada de
aquella vida, de verse agasajada como un objeto de gran precio, pero
despreciada muchas veces por las gentes groseras que se creían señores
de ella con sólo presentar su oro? ¿No le gustaba ser una soberana en
las costas de Iberia, rodeada de un pueblo que admiraría sus talentos
de ateniense?...
Bomaro la venció con su tenacidad amorosa, y un día las cortesanas
de Atenas vieron con asombro como era vendida la casa de la calle de
los Trípodes, y como las esclavas de Mirrina llevaban al puerto las
riquezas amontonadas en tres años de loca fortuna, depositándolas en
las naves del ibero, que había puesto en los mástiles sus velas de
púrpura para un viaje triunfal.
La cortesana, deseando tranquilizar á aquel hombre que tan por completo
se entregaba á ella, quiso dejar en Atenas todo su pasado. Se propuso
ser una mujer nueva, olvidar su vergonzoso nombre, y después de hacer
repetir á Bomaro los nombres más hermosos de las mujeres ibéricas,
escogió el de Sónnica, por ser el más grato á su oído.
Al llegar á Zazintho, el navegante y la griega se unieron en el
templo de Diana ante todo el Senado, al que pertenecía el joven. La
ciudad experimentó los efectos de aquel encanto que parecía emanar
de la persona de Sónnica. Era como un soplo de la lejana Atenas que
enloquecía á los comerciantes griegos de Sagunto, embrutecidos por su
larga permanencia entre bárbaros.
En los banquetes, cuando á la hora de los vinos dulces cantaba ella los
himnos de los grandes maestros, toda la juventud saguntina del barrio
griego sentíase impulsada á caer á sus pies, adorándola como una diosa.
Al año de unión, Bomaro sintió en su fortuna el apoyo de aquella mujer,
que al cambiar de vida, se interesaba por las cosas materiales, deseosa
de acallar las murmuraciones de las ciudadanas virtuosas que hablaban
de su pasado de cortesana dilapidadora.
Vigilaba de lejos los trabajos del campo, los grandes rebaños, las
fábricas de alfarería; iba á presenciar la llegada de las naves, y la
enorme fortuna de Bomaro se aumentó, resultando excelentes todos los
negocios que aconsejaba ella con su voz lenta y armoniosa, tendida bajo
un bosquecillo de laureles de su jardín y acariciada por el abanico de
plumas de una esclava.
Bomaro, después de satisfechas sus más vehementes ansias de amor,
navegaba por las costas de Iberia, tranquilo de la buena marcha de sus
asuntos y deseando acrecentar aún más aquella fortuna que tan bien
administraba Sónnica. Ésta se había rodeado de una corte de jóvenes, á
los que trataba como una maestra: la juventud griega nacida en Sagunto,
la seguía para aprender los modales y costumbres de Atenas, que eran
su perpetuo ensueño. Los maldicientes de la ciudad la llamaban Sónnica
la cortesana, pero la plebe que recibía sus auxilios, y los pequeños
comerciantes que jamás acudían á ella sin resultado, la titulaban
Sónnica la rica, y eran capaces de pelearse con los que hablaran mal de
ella.
Un invierno, á los cuatro años de unión, Bomaro pereció en un naufragio
cerca de las columnas de Hércules, y Sónnica se vió dueña absoluta de
una inmensa fortuna y señora de toda una ciudad, sobre la que imperaba
por su riqueza y su buen corazón. Libertó esclavos en memoria del
infortunado navegante, envió ofrendas valiosas á todos los templos
de Sagunto, alzó en la Acrópolis un monumento funerario en memoria
de Bomaro, haciendo venir para ello marmolistas de Atenas. Con sus
liberalidades se hizo perdonar su origen, logrando que la ciudad,
huraña y de costumbres austeras, tolerase su vida alegre y desenfadada,
que era una resurrección de las costumbres atenienses en medio de la
sobriedad ibérica.
Pasado el luto de la viudez, dió cenas en su casa de campo, que duraron
hasta el alba; hizo venir del Ática famosas _aulétridas_ que con las
flautas enloquecían á la juventud saguntina; sus naves emprendían
viajes sin más objeto comercial que traerla raros perfumes del Asia,
telas de Egipto y caprichosos adornos de Cartago; y su fama se extendió
tanto tierra adentro, que algunos reyecillos de la Celtiberia llegaban
á Sagunto con el deseo de conocer aquella mujer asombrosa, sabia como
un sacerdote y hermosa como una deidad. Los griegos admirábanla, viendo
acrecerse con ella la influencia de su raza sobre los primitivos
saguntinos, que la elogiaban por su desinterés. Y así vivía: sin
entrar en su casa otras mujeres que las esclavas, flautistas y
danzarinas; rodeada de hombres que la deseaban, pero sin entregarse á
ninguno de ellos; tratándolos con una franqueza varonil, permitiéndose
enloquecedoras intimidades, pero sin llegar nunca á la regia limosna
de su cuerpo; y pensando siempre en Atenas, la ciudad luminosa que
guardaba su pasado, y cuyas costumbres intentaba resucitar.
Eufobias el filósofo, al llegar á este punto de su relación, afirmaba
con gran energía la pureza de Sónnica. Á pesar de lo que dijeran las
griegas del barrio de los mercaderes, Sónnica no tenía amantes: lo
afirmaba él, que era la peor lengua de la ciudad. Varias veces se había
sentido inclinada hacia alguno de sus comensales. Alorco, el hijo de un
reyecillo de la Celtiberia que vivía en Sagunto y frecuentaba mucho su
casa, había causado en ella alguna impresión con su belleza varonil y
fiera de hijo de las montañas. Pero en el momento decisivo retrocedía
Sónnica, como quien teme descender y confundirse con una raza inferior.
El recuerdo del Ática ocupaba por completo su imaginación. Si
hubiese abordado á aquellas costas algún joven ateniense, bello como
Alcibíades, cantando versos, modelando estatuas y mostrando habilidades
y destrezas como en los Juegos Olímpicos, tal vez hubiera caído en
sus brazos; pero su castidad continuaba segura entre los celtíberos
arrogantes que iban á todas las fiestas oliendo á caballo y con la
espada en el flanco, ó los afeminados hijos de comerciantes, rizados,
chorreando perfumes y acariciando á los pequeños esclavos que les
acompañaban en el baño.
--Tú, ateniense --continuó el filósofo-- debes presentarte á
Sónnica; te recibirá bien... No eres un efebo --continuó sonriendo
burlonamente--; te blanquea la barba, pero tienes en tu figura la
arrogancia de un rey de la _Iliada_, en la frente algo de la majestad
de Sócrates; y ¿quién sabe si podrás ser el heredero de las riquezas de
Bomaro? Si esto llega, no olvides al pobre filósofo; me contento con un
odre de vino de Laurona, ya que ahora me condenas á la sed.
Y Eufobias reía, golpeando á Acteón en los hombros.
--Estoy invitado al banquete de Sónnica esta noche --dijo el griego.
--¡Tú también!... Allí nos veremos. Á mí no me invitan, pero entro con
el mismo derecho que un perro de la casa.
El filósofo vió pasar por el centro del Foro á Alco, el pacífico
ciudadano, que bajaba de la Acrópolis.
--Ése es uno de los pocos buenos que hay aquí. Me ensalza la virtud, me
aconseja que trabaje olvidando la filosofía y encima me da siempre para
beber. Hasta la noche, extranjero.
Y corrió hacia Alco que, apoyado en su báculo, le veía venir con
bondadosa sonrisa.
Acteón, viéndose solo otra vez, vagó por el centro del mercado. De
pronto oyó á su espalda una voz infantil que le llamaba. Era Ranto,
sentada en el suelo entre los cántaros de leche ya vacíos, vendiendo
sus últimos quesos. Junto á ella estaba en cuclillas el pequeño
alfarero. Comían una galleta dura con unas cebollas frescas y jugosas
y se disputaban cariñosamente los bocados entre grandes risas. La
pastorcilla ofreció á Acteón un pedazo de queso y una torta y el griego
aceptó con el reconocimiento del hambre. Parecía que era su destino
recibir en Sagunto el sustento de manos femeninas. Dos veces le habían
socorrido las mujeres desde que desembarcó.
Sentado entre los dos adolescentes, veía poco á poco despoblarse el
mercado. Los pastores picaban sus rebaños hacia la puerta del Mar; los
jefes celtíberos, llevando sus mujeres á la grupa de los caballos,
emprendían el galope con el deseo de verse pronto en las aldeas de la
montaña, y las carretas vacías rodaban perezosamente hacia los vicos y
torres del agro saguntino.
Acteón vió de nuevo al pastor celtíbero bajo los pórticos, yendo
de grupo en grupo como un rústico torpe, enterándose de todas las
conversaciones. Al pasar por cerca del griego le miró con aquellos ojos
enigmáticos que despertaban en él un recuerdo indeterminado.
De repente el pequeño alfarero se levantó y echó á correr, ocultándose
tras la columnata del Foro.
--Es que ha visto á su padre --dijo Ranto con tranquilidad--. Por allí
llega Mopso: baja de la Acrópolis.
Acteón salió al encuentro del arquero.
--Ha bastado mi palabra para que te admitiese el Senado. La ciudad
necesitará pronto buenos soldados como tú. Los ancianos mostrábanse
algo alarmados esta mañana. Temen á Hanníbal, ese lobezno de Hamílcar,
que acaudilla ahora los cartagineses y no llevará con calma nuestra
amistad con los romanos y el castigo de los aliados que tenía aquí...
Toma: esto es el adelanto que te hace la República.
Y entregó á Acteón un puñado de monedas que el griego guardó en su
bolsa. Después quiso llevarle á su casa: conocería á sus hijos, comería
con ellos; pero el ateniense no aceptó, alegando su invitación al
banquete de Sónnica.
Al alejarse el arquero, Acteón sintió el tormento de la sed, y
recordando las recomendaciones del filósofo, entró en la casa de aquel
romano cuyo vino de Laurona tanto entusiasmo inspiraba á Eufobias.
Cambió en el mostrador un victoriato y le dieron una pátera de barro
rojo en forma de barca llena de un vino negro coronado de brillantes
burbujas. Dos soldados bebían en un rincón de la taberna; dos rudos
mercenarios, con caras de bandidos. El uno era un ibero; el otro,
de tez tostada y formas atléticas, parecía un libio, y sus mejillas,
encallecidas por el casco, así como el cuello y los brazos, surcados
por cicatrices, delataban al guerrero á sueldo que peleaba con
indiferencia desde la niñez, lo mismo al servicio de un pueblo que al
del contrario.
--Yo estoy al servicio de Sagunto --decía el libio--. Estos mercaderes
pagan mejor que los de Cartago. Pero créeme, aunque satisfecho
de servir á este pueblo, reconozco que se mete en mala aventura
disgustando á Hanníbal. Mucho vale Roma: pero Roma está lejos, y
ese cachorro de león se despereza á pocas jornadas de aquí. Hay que
conocerlo, haberlo visto desde niño como yo, cuando militaba á las
órdenes de su padre Hamílcar. Corre como una yegua, lo mismo combate
á pie que á caballo, come lo que hay ó no come; va vestido como un
esclavo; todo su lujo está en las armas; duerme en el suelo, y muchas
veces, al amanecer, lo encontraba su padre tendido entre los centinelas
del campamento. No quiere que le cuenten nada: necesita verlo todo por
sus propios ojos, mezclarse con los enemigos para estudiar de cerca
su punto flaco. Muchas veces, Hasdrúbal, el marido de su hermana, se
asombraba al ver entrar en su tienda á un viejo mendigo, y reía á
carcajadas contemplando cómo se arrancaba Hanníbal la peluca y los
harapos, bajo los cuales había pasado algunas horas entre los enemigos.
Acteón salió de la taberna apresuradamente al ver que Ranto, después
de entregar sus cántaros á un esclavo que los cargaba en su carreta,
emprendía la marcha hacia la quinta de Sónnica.
--Iré contigo, pequeña. Me servirás de guía hasta la casa de tu señora.
Comenzaba á descender el sol. La luz de la tarde doraba el follaje del
agro, dando á las hojas de las vides una transparencia de ámbar. En los
caminos de la campiña, sonaban las esquilas del ganado, el chirrido de
las carretas y el canto soñoliento de los rústicos que volvían de la
ciudad.
Llegaron á la quinta de Sónnica, grande como un pueblo. Pasaron
primeramente ante las viviendas de los esclavos, en cuyas puertas se
agitaba un enjambre de niños desnudos de grueso abdomen y ombligo
saliente como un botón. Después, las cuadras, de las cuales salía un
vaho ardoroso cargado de mujidos y relinchos; los trojes, los graneros,
la casa del intendente, los calabozos para los esclavos rebeldes con
sus respiraderos al ras del suelo; el palomar, alta torre de ladrillos
rojos, en torno de la cual aleteaba una nube de plumas blancas con
incesantes arrullos; las chozas grandes de paja que servían de albergue
á centenares de gallinas, y tras esta serie de edificios, la quinta de
recreo, la vivienda de Sónnica, de la que se hablaba con admiración
hasta en las más remotas tribus de la Celtiberia; rodeada de cipreses y
laureles, circuida por muros cubiertos de retorcidas parras, y asomando
por encima de la gran masa de follaje, sus paredes de color de rosa con
columnatas y frisos de mármol azul y la terraza coronada por estatuas
polícromas, cuyos ojos de esmalte brillaban al sol como piedras
preciosas.