mercader?... ¿Eres navegante? ¿Buscas para tu país la plata que nos
traen los celtíberos?...
--No; soy un pobre que vaga por el mundo, y vengo á ofrecerme á la
República como soldado.
El saguntino hizo un gesto de tristeza.
--Debí haberlo adivinado en el arma que te sirve de apoyo... ¡Soldados!
¡siempre soldados!... En otro tiempo no se veía en toda la ciudad una
espada ni un dardo. Llegaban los extranjeros en sus naves repletas de
mercancías, tomaban lo nuestro, nos daban lo suyo, y vivíamos en la
paz que cantan los poetas. Ahora los que llegan, griegos ó romanos,
africanos ó asiáticos, se presentan armados, son perros feroces que
vienen á ofrecerse para guardar el rebaño que antes triscaba en
paz sin miedo á los enemigos. Al ver todo este aparato bélico, al
contemplar cómo se regocija la juventud de Sagunto relatando la última
expedición contra los turdetanos, tiemblo por la ciudad, por la suerte
de los míos. Ahora somos los más fuertes; ¿pero no vendrá alguien que
lo sea más que nosotros y nos eche al cuello la cadena de esclavos?...
Y por encima de las murallas miraba la ciudad con amorosa tristeza.
--Extranjero --continuó--, me llaman Alco y mis amigos me apellidan
el _Prudente_. Los ancianos del Senado atienden mis consejos; pero la
juventud no los sigue. He comerciado, he corrido el mundo, tengo mujer
é hijos que gozan de bienestar, y estoy convencido de que la paz es la
felicidad de los pueblos y hay que sostenerla á todo trance.
--Yo soy Acteón, hijo de Atenas. Fuí navegante y naufragaron mis naves;
comercié y perdí mi fortuna. Mercurio y Neptuno me trataron siempre
como padres huraños y sin entrañas. He gozado mucho, he sufrido aún
más, y hoy, mendigando casi, vengo aquí á vender mi sangre y mis
músculos.
--Haces mal, ateniense: eres hombre y quieres convertirte en lobo.
¿Sabes lo que más admiro en tu pueblo? Que os burláis de Hércules y sus
hazañas, y rendís culto á Palas Atenea. Despreciáis la fuerza para
adorar la inteligencia y las artes de la paz.
--El brazo fuerte vale tanto como la cabeza en que Zeus puso su fuego.
--Sí; pero ese brazo empuja la cabeza á la muerte.
Acteón sentíase impacientado por las palabras de Alco.
--¿Conoces á Mopso el arquero?...
--Allí le tienes, junto al templo de Hércules. Le conocerás por su
arma que no abandona nunca. Ése es otro de los que atrajo aquí el mal
espíritu de la guerra.
--Salud, Alco.
--Que los dioses te protejan, ateniense.
Acteón reconoció al valeroso griego en el arco y la aljaba que colgaban
de sus hombros. Era un hombre fornido, de luenga barba, que llevaba
arrollado á sus guedejas grises un nervio de toro para suplir el que
servía de cuerda al arco. Los brazos musculosos y fuertes delataban con
la tirantez de sus tendones la forzada tensión á que se sometían para
abrir el duro arco y disparar las flechas.
Acogió á Acteón con la respetuosa simpatía que por su superioridad
inspiraban los atenienses á los griegos de las islas.
--Hablaré al Senado --dijo al enterarse de sus pretensiones--. Basta
mi palabra para que seas admitido en los mercenarios con toda la
distinción que mereces. ¿Has guerreado alguna vez?
--He hecho la guerra de Lacedemonia á las órdenes de Cleomenes.
--Famoso capitán; hasta aquí ha llegado el eco de las hazañas del rey
espartano. ¿Qué es de él?
--Le abandoné cuando vencido, pero no domado, se refugió en Alejandría.
Allí vivía desterrado bajo el amparo de Ptolomeo; pero según me
dijeron ha poco en Cartago-Nova, por una intriga de palacio cayó en
desgracia: el monarca egipcio le mandó asesinar, y Cleomenes, con sus
doce compañeros, murió matando. Cuando cayó tenía ante él un montón de
cadáveres.
--Digno final de un héroe... ¿Dónde aprendiste el arte militar?
--Comencé en Sicilia y Cartago en el campo de los mercenarios y terminé
mi educación en el Pritaneo de Atenas. Mi padre fué Lisias, capitán
al servicio de Hamílcar, asesinado después por los cartagineses en su
guerra con los mercenarios que llamaron _implacable_.
--Famosas escuelas y excelente padre. También su nombre llegó á mis
oídos en la época que yo corría el mundo, antes de tomar el servicio
de Sagunto... ¡Bienvenido seas, Acteón! Si quieres entrar en los
_hoplites_, figurarás en la primera fila de la falange, con la armadura
pesada y la pica larga... Aunque no; vosotros los atenienses deseáis
pelear con ligereza; sois más temibles por la carrera que por los
golpes. Serás _peltasta_ con tu venablo y un escudo ligero de los
llamados _pelta_; pelearás suelto, y de seguro que se relatarán de tí
grandes hazañas.
Pasaban junto á los dos griegos algunos ancianos, á los que el arquero
saludaba con respeto.
--Son los senadores --dijo-- que se reúnen hoy por ser día de mercado.
Muchos de ellos vienen de sus quintas del agro y suben hasta la
Acrópolis en sus literas. Se reúnen bajo aquella columnata.
Acteón vió cómo iban sentándose en sus sillas de madera de curvas
garras, rematadas por la cabeza del león de Nemea. En sus rostros y
trajes notábase la gran división de razas que existía en la ciudad. Los
de origen ibero llegaban de sus granjas, barbudos, atezados, con coraza
de lino forrada de gruesa lana, espada corta de dos filos pendiente
del hombro y un sombrero de cuero endurecido que equivalía á un casco.
Los comerciantes griegos presentábanse con las mejillas rasuradas,
envueltos en una clámide blanca, de la que salía desnudo el brazo
derecho; una cinta sujetaba sus cabellos como una corona y se apoyaban
en un largo báculo rematado por una piña. Parecían los reyes de la
_Iliada_ reunidos ante Troya.
Acteón vió entre ellos un gigante de negra barba y cabello corto
y ensortijado, que formaba sobre su cabeza como una mitra de lana.
Sus miembros enormes, de salientes músculos y tirantes tendones que
parecían próximos á estallar, asomaban por las aberturas del rojo manto
en que se envolvía.
--Ése es Therón --dijo el arquero--, el gran sacerdote de Hércules; un
hombre prodigioso, que conquistaría una corona en los Juegos Olímpicos.
Mata un toro con solo descargarle el puño en la cerviz.
El griego creyó ver otra vez entre la gente que se reunía cerca del
Senado, al pastor celtíbero, contemplando con interés al gigantesco
sacerdote de Hércules. Pero el arquero le hablaba y hubo de volver su
vista á él.
--Va á comenzar el consejo y debo estar al pie de las gradas esperando
órdenes. Márchate, Acteón, y espérame en el Foro. Allí encontrarás á mi
pequeño. ¿No dices que le viste en el camino? De seguro que iría con
esa esclava que guarda las cabras de Sónnica. No titubees, Acteón, no
mientas. Lo adivino... ¡Ah, ese pequeño! ¡Ese vagabundo que en vez de
trabajar corre los campos como un esclavo fugitivo!...
Y á pesar de la gravedad con que se lamentó el arquero, notábase en
su acento un temblor de ternura, la predilección que le inspiraba
sobre sus demás hijos aquel artista errante y caprichoso que á veces
abandonaba la casa paterna para corretear por el puerto y por los
montes semanas enteras.
Se despidieron los dos griegos y Acteón volvió al Foro, no sin que
antes creyese ver de nuevo, vagando por la Acrópolis, al misterioso
pastor celtíbero. Al entrar en los pórticos oyó silbidos y gritos; los
grupos se arremolinaban riendo y profiriendo insultos; la gente salía á
toda prisa de las tiendas de los barberos y los perfumistas. El griego
vió un grupo de jóvenes lujosamente vestidos que pasaban intrépidos
y con despreciativa sonrisa al través de la tempestad de silbidos y
sarcasmos que levantaba su presencia.
Eran los elegantes de Sagunto; los jóvenes ricos que imitaban las modas
de la aristocracia de Atenas, exageradas por la distancia y la falta de
gusto. Acteón también rió con su fina sonrisa de ateniense al apreciar
la torpeza con que aquellos jóvenes copiaban á sus lejanos modelos.
Al frente de ellos marchaba Lacaro, el elegante que acompañaba á
Sónnica en su visita matinal al templo de Venus. Iban vestidos con
telas de colores chillones y fino tejido, transparentes, hasta dejar
ver el cuerpo, como las túnicas que las hetarias llevaban en los
banquetes. Las mejillas, cuidadosamente depiladas, estaban cubiertas de
suave bermellón y los ojos agrandados con rayas negras: los cabellos
rizados y perfumados con olorosas grasas, aparecían sostenidos por una
cinta. Algunos llevaban grandes aros de oro en las orejas, y al andar
sonaban los ocultos brazaletes. Otros se apoyaban indolentemente en el
hombro de pequeños esclavos, de blancas espaldas y cabellera de gruesos
bucles, que parecían niñas por la redondez de sus formas. Como si no
oyeran los insultos y sarcasmos de la gente, hablaban con tranquilidad
de los versos griegos que uno de ellos había compuesto; discutían su
mérito, el modo de acompañarlos mejor con la lira, y únicamente se
detenían para acariciar las mejillas de sus pequeños esclavos ó para
saludar á los conocidos, muy satisfechos en el fondo del escándalo que
su presencia provocaba en el Foro.
--No me digáis que imitan á los griegos --vociferaba ante un corro un
viejo de cara maliciosa, con el manto sucio y remendado de un pedagogo
sin colocación--. El fuego de los dioses debe caer sobre la ciudad.
Nuestro padre Zeus es cierto que en un momento de pasión raptó al
gallardo Ganímedes; pero ¿y Leda? ¿y todas las innumerables beldades
que recibieron en sus entrañas el fuego del señor del Olimpo?... Bueno
se pondría el mundo si los hombres imitásemos á los dioses, y todos
hiciéramos como esos necios, vistiéndonos de mujeres. ¿Queréis ver un
griego? Pues aquí lo tenéis: éste sí que es un verdadero hijo de la
Hélade.
Y señalaba á Acteón, que se vió rodeado por las miradas curiosas del
grupo.
--¡Cómo reirás, extranjero, al ver esos infelices que torpemente creen
imitar á tu país! --continuó vociferando aquel energúmeno con aspecto
de mendigo--. Yo soy filósofo, ¿sabes? El único filósofo de Sagunto, y
con esto adivinarás que este pueblo ingrato me deja morir de hambre. De
joven estuve en Atenas, asistí á sus escuelas y dejé de ser marinero
y correr el mundo para buscar en mí mismo la verdad. No he inventado
nada, pero sé cuanto han dicho los hombres sobre el alma y el mundo,
y si quieres te recitaré de memoria párrafos enteros de Sócrates y de
Platón y todas las contestaciones del gran Diógenes. Conozco tu país y
me avergüenzo por mi ciudad al ver á tales necios... ¿Sabes quién es
el culpable de estas ridiculeces que nos deshonran? Pues Sónnica, esa
Sónnica que llaman la rica, antigua cortesana que acabará por convertir
Sagunto en un dicterión, destruyendo las tradiciones de la ciudad, las
costumbres rudas y sanas de otros tiempos.
Al oir el nombre de Sónnica se elevó del grupo un murmullo de protesta.
--¿Los ves? --gritó el filósofo cada vez más enfurecido--. Son esclavos
aduladores que tiemblan ante la verdad. El nombre de Sónnica les causa
el mismo efecto que el de una diosa. ¿Ves ese que huye? Pues á su padre
le prestó Sónnica hace pocos días una fuerte cantidad sin interés
alguno para que comprase trigos en Sicilia, y por esto cree que debe
huir de donde se diga algo contra ella. Mira ese que vuelve la espalda.
La cortesana libertó á su padre que era esclavo, y no quiere oir nada
que moleste á Sónnica. Y estos otros, que más valientes se quedan y
me miran como si fuesen á devorarme, todos han recibido favores de
ella, y serían capaces de pegarme como otras veces por mis palabras.
Son esclavos que la defienden cual si fuese una divinidad benéfica.
Como ellos son muchos en Sagunto, y por esto los magistrados no osan
castigar á esa griega, que con sus extravagancias de loca escandaliza
la ciudad. Vaya, pegadme, mercaderes: golpead al único que no miente en
Sagunto.
Los del grupo se alejaban, dejando al filósofo que bracease lanzando
gritos de indignación.
--Lo que debías hacer --dijo con desprecio uno de los últimos al
retirarse-- es mostrar más agradecimiento. Si comes algún día, es en la
mesa de Sónnica.
--¡Y comeré esta noche! --gritó el filósofo con insolencia--. ¿Qué
demuestras con eso? ¡Y le diré en su cara lo mismo que digo aquí!...
¡Y ella reirá como siempre, mientras vosotros comeréis bazofia en
vuestras casas, pensando en su banquete!...
--¡Ingrato! ¡Parásito! --dijo aquel hombre volviéndole las espaldas con
desprecio.
--La gratitud es condición de perro; el hombre demuestra su
superioridad hablando mal de quien le favorece... Si no queréis que
Eufobias el filósofo sea parásito, mantenedle á cambio de su sabiduría.
Pero Eufobias hablaba en el vacío. Todos se habían retirado,
confundiéndose en los grupos inmediatos. Sólo Acteón estaba junto á
él, examinándolo con interés, como admirado de encontrar en una ciudad
lejana un hombre tan semejante á los que en Atenas pululaban en torno
de la Academia, formando la plebe filosófica hambrienta y obscurecida.
El parásito, al verse sin más público que el griego, se agarró de su
brazo.
--Tú sólo mereces oirme. Bien se conoce que eres de allá y sabes
distinguir el mérito.
--¿Quién es esa Sónnica que tanto te indigna por sus costumbres? ¿Sabes
su vida? --preguntó el ateniense con el deseo de conocer el pasado de
una mujer que con su nombre parecía llenar toda la ciudad.
--¿Que si la sé? Mil veces me la ha contado en sus ratos de melancolía
y fastidio, que son los más; cuando yo no logro hacerla reir con mi
saber, y ella siente la necesidad de abandonarse, hablándome de su
pasado con tanto descuido como si conversase con su perro. Es historia
larga.
Se detuvo el filósofo y guiñó un ojo, señalando una puerta inmediata en
la cual un mostrador agujereado sostenía una fila de ánforas.
--En casa de Fulvius estaremos mejor. Es un romano honradísimo que jura
haber reñido con el agua. Anteayer recibió un famoso vino de Laurona.
Desde aquí percibo su perfume.
--No tengo ni un óbolo en la bolsa.
El filósofo, que contraía la nariz como si aspirase el vaho del mosto,
hizo un gesto de desaliento. Después miró con cariño al griego.
--Tú eres digno de oirme. ¡Pobre como yo, en medio de estos mercaderes
que abarrotan de plata sus bodegas!... Ya que no hay vino, paseemos:
esto aclara las ideas. Te trataré como Aristóteles á sus discípulos
predilectos.
Y paseando á lo largo del pórtico, Eufobias comenzó á relatar lo que
sabía de la vida de Sónnica.
Creía haber nacido en Chipre, la isla del amor para los navegantes.
En aquellas playas, de cuyas espumas hicieron nacer los poetas la
triunfante belleza de Venus Afrodita, las mujeres de la isla corren por
la noche en busca de los marineros para prostituirse en memoria de la
diosa. De uno de estos encuentros con un remero, había nacido Sónnica.
Recordaba vagamente los primeros años de su niñez, correteando por
la cubierta de una nave; saltando de un banco á otro de los remeros,
alimentada y despreciada como los gatos de á bordo, visitando muchos
puertos poblados de gentes diversas en trajes, costumbres é idiomas;
pero viéndolo todo de lejos y vagamente como las imágenes de un sueño,
sin poner nunca el pie en tierra firme.
Antes de ser mujer, fué la amante del amo del buque, un piloto de
Samos que, cansado de ella ó por la tentación del negocio, la vendió
una noche á un beocio que tenía un dicterión en el Pireo. Aún no había
cumplido doce años, y la pequeña Sónnica llamaba la atención entre las
dicteriadas que pululaban por la noche en el Pireo, principal centro de
la prostitución ateniense.
La población flotante de la ciudad, compuesta de extranjeros, jugadores
y jóvenes arrojados de su casa por los severos padres, congregábase en
aquel suburbio de Atenas que rodeaba los puertos del Pireo y Faraleo y
formaba el arrabal de Estirón. Apenas cerraba la noche, todo este mundo
bullicioso y corrompido se reunía en la gran plaza del Pireo, entre
la ciudadela y el puerto, y comenzaban á circular las prostitutas,
que con la llegada de las sombras, adquirían libertad para salir de
los dicteriones en que las tenían recluídas. Bajo los pórticos de la
plaza, lanzaban sus dados los jugadores, disputaban los filósofos
errantes, dormían los vagabundos, se contaban sus viajes los marineros;
y por entre esta confusión de gentes diversas, pasaban las dicteriadas
con el rostro pintado, casi desnudas ó con mantos rayados de fuertes
colores que revelaban su origen africano y asiático. Allí creció y se
educó la joven hija de Chipre, buscando todas las noches un mercader de
trigos de Bitinia ó un exportador de cueros de la Gran Grecia, gente
ruda y alegre que antes de volver á su país querían gastar algo de sus
ganancias con las cortesanas de Atenas. De día, permanecía presa en el
dicterión, una casa de aspecto sórdido, sin más adorno en la fachada
que un enorme falo que servía de muestra al establecimiento; con la
puerta abierta á todas horas, sin el perro encadenado que tenían las
demás viviendas, y mostrando apenas se levantaba la gruesa cortina
de lana, el patio descubierto, en el cual, junto á las entradas de
las habitaciones, estaban en cuclillas ó tendidas sobre las baldosas
todas las mercancías de la casa; mujeres gastadas y consumidas por el
fuego del amor y niñas apenas llegadas á la pubertad; todas desnudas,
contrastando la piel obscura y aterciopelada de las egipcias con la tez
pálida de las griegas y la blanca y sedosa de las asiáticas.
Sónnica, que entonces se llamaba Mirrina (el nombre que la habían
dado los marineros), se cansó de la vida del dicterión. Eran todas
allí unas esclavas, á las que el beocio apaleaba cuando dejaban
partir descontento á un parroquiano. La repugnaba tomar los dos óbolos
marcados por las leyes de Solón, de aquellas manos callosas que herían
al acariciar, y le causaba náuseas la gente soez y brutal, de todos
los países del mundo, que llegaba en busca del placer y partía ahita,
siendo renovada inmediatamente por otra, y por otra, como un incesante
oleaje de deseos excitados por la soledad del mar, repitiendo iguales
caprichos é idénticas exigencias.
Una noche visitó por última vez el templo de Venus Pandemos, levantado
por Solón en la gran plaza del Pireo y depositó un óbolo como última
ofrenda ante las estatuas de Venus y su compañera Pitho, las dos
divinidades de las cortesanas, ante las cuales iba muchas veces con sus
amantes del momento, antes de entregarse á ellos en la orilla del mar,
ó junto al extenso muro construído por Temístocles para unir el puerto
con Atenas. Después huyó hacia la ciudad, ansiando libertad y placeres,
con el deseo de ser una de aquellas hetarias atenienses cuyo lujo y
hermosura había admirado desde lejos.
Vivía como las cortesanas libres y pobres, á las que la juventud
ateniense llamaba _lobas_ por sus gritos. Pasaba al principio días
enteros sin comer, pero se consideraba más feliz que sus antiguas
compañeras del puerto de Faraleo ó del arrabal de Estirón, esclavas
de los dueños de los dicteriones. Su mercado era ahora el Cerámico, un
vasto arrabal de Atenas, á lo largo de la muralla, entre las puertas
del Cerámico y la Dipila, en la cual estaban el jardín de la Academia
y las tumbas de los ciudadanos ilustres muertos por la República.
De día, iban allí las grandes hetarias ó enviaban sus esclavas para
ver si sus nombres estaban escritos con carbón en la muralla del
Cerámico. El ateniense que deseaba á una cortesana, escribía el nombre
de ella junto con la cantidad ofrecida, y si ésta era del gusto de la
hetaria, aguardaba al pie de la inscripción la llegada del que hacía
la oferta. Á la luz del sol, ostentábanse allí las grandes cortesanas
casi desnudas, con sandalias de púrpura, envueltas en mantos de flores
y llevando sobre sus cabelleras espolvoreadas de oro coronas de
frescas rosas. Los poetas, los retóricos, los artistas y los grandes
ciudadanos, paseaban por los verdes bosquecillos del Cerámico ó bajo
los pórticos adornados de estatuas, discutiendo con las cortesanas
y teniendo que poner en tortura su ingenio para hacer frente á sus
réplicas.
Al llegar la noche, una invasión de mujeres miserables y haraposas
llenaba el paseo, esparciéndose por entre las tumbas de los grandes
ciudadanos. Era la hez del placer ateniense que vivía en libertad y
buscaba la sombra: viejas cortesanas que, confiadas en la noche,
salían á conquistar el pan en aquel mismo lugar donde en otros tiempos
habían reinado con el poder de la hermosura; dicteriadas fugitivas;
esclavas que huían por algunas horas de la casa del amo, y mujeres
de la plebe que buscaban en la prostitución un alivio á su miseria.
Agazapadas tras las tumbas, entre los bosques de laureles, permanecían
inmóviles como esfinges, y apenas los pasos de un hombre turbaban el
silencio del Cerámico, salían de todos lados débiles aullidos llamando
al recién llegado. Muchas veces huían en loca carrera al reconocer á
un encargado de cobrar el _Pornicontelos_, impuesto establecido por
Solón sobre las cortesanas, y que era la mejor renta de Atenas. Á
media noche, el transeunte que atravesaba el Cerámico, de vuelta de
un banquete, sentía en torno la agitación y los suspiros de un mundo
invisible, que parecía removerse sobre el césped y la blanda arena. Los
poetas decían riendo que eran los manes de los grandes ciudadanos que
gemían en sus profanadas tumbas.
Así vivió Mirrina hasta los quince años, pasando la noche en el
Cerámico y el día en la casucha de una vieja de Thesalia que, como
todas las de su país, gozaba gran fama de hechicera y lo mismo ayudaba
á los partos que vendía filtros amatorios á las cortesanas y retocaba
los rostros á las que estaban en decadencia.
¡Qué de cosas aprendió allí la pequeña _loba_ al lado de la vieja,
huesuda y fea como una Parca! Le ayudaba á moler el albayalde, que
mezclado con cola de pescado rellenaba las arrugas del rostro;
preparaba la harina de habas para untarse los pechos y el vientre,
dejando la piel con una tersa tirantez; llenaba frasquitos de antimonio
para dar brillo á los ojos; liquidaba el carmín para colorear con
ligeros toques las grietas cubiertas de pasta y escuchaba con profunda
atención los sabios consejos con que la vieja guiaba á sus pupilas, á
fin de que mostraran con todo su relieve las perfecciones particulares
y disimulasen los defectos. La vieja thesaliana aconsejaba á las
pequeñas de cuerpo gruesas suelas de corcho dentro del calzado y á
las altas, sandalias ligeras y hundir la cabeza entre los hombros;
fabricaba rellenos para las flacas, armazones de ballenas para
las obesas; teñía de hollín las canas, y á las que tenían buena
dentadura las obligaba á llevar un tallo de mirto entre los labios,
aconsejándolas que riesen á la menor palabra.
La joven poseía de tal modo su confianza, que la ayudaba en la parte
más peligrosa de su ciencia: la confección de filtros amatorios y
la fabricación de hechizos, que más de una vez la habían hecho ser
perseguida por los oficiales del Areópago. Las hetarias más ricas la
consultaban para sus deseos y venganzas, y ella las prestaba sus
conocimientos. Para lograr la impotencia de un hombre ó la esterilidad
de una mujer no había más que darles una copa de vino en la que se
hubiese ahogado un barbo; para atraer á un amante olvidadizo se quemaba
en un fuego de ramas de tomillo y de laurel una torta de harina sin
levadura; y para convertir en odio el amor no había más que seguir al
hombre, pisando sus huellas al revés, colocando el pie derecho donde él
había puesto el izquierdo y murmurar al mismo tiempo: «Estoy sobre tí,
te pisoteo.» Si había que hacer volver á un amante hastiado, la vieja
rodaba una bola de bronce que llevaba en el seno, pidiendo á Venus que
del mismo modo hiciese rodar el amante por el umbral de la puerta, y
si no surtía efecto el conjuro, se arrojaba en el brasero mágico la
imagen en cera del ser querido, pidiendo á los dioses que derritiesen
de amor el corazón helado, así como se derretía su figura. Y junto con
estos hechizos, rodeados de invocaciones misteriosas, iban los filtros
compuestos con hierbas afrodisíacas y excitantes, que muchas veces
causaban la muerte.
Una noche de primavera, á la luz de la luna, Mirrina tuvo un encuentro
en el Cerámico, que la hizo abandonar el antro de la thesaliana.
Sentada tras una tumba, su aullido suave y débil como un lamento,
atrajo á un hombre envuelto en un manto blanco. Por el brillo de sus
ojos y la inseguridad de sus pies parecía ebrio. En la cabeza llevaba
una corona de rosas ajadas.