levantaban á ambos lados del camino, con sus inscripciones llamando la
atención del viandante. Detrás de éstas extendíanse jardines cerrados
por espesos setos, sobre los cuales asomaban sus ramas los árboles
frutales de las quintas de recreo. Algunas esclavas guardaban á los
niños que jugaban y luchaban, desnudos y con un marcado tipo griego.
En la puerta de un jardín un viejo obeso, envuelto en una clámide
de púrpura, contemplaba el paso de la avalancha de gente miserable
con la fría altivez de un comerciante enriquecido. En la terraza de
una villa creyó ver Acteón un peinado á la ateniense teñido de oro,
con cintas rojas entrelazadas, agitándose junto á él un abanico de
plumas multicolores de pájaros de Asia. Eran las ricas quintas de los
patricios de Sagunto retirados de los negocios.
Al aproximarse al río, el Bætis-Perkes, que separaba la ciudad
de la campiña, el griego se fijó en que marchaba al lado de una
adolescente, casi una niña, ante la cual trotaba un rebaño de cabras.
Delgada, esbelta, de miembros enjutos y la piel de un color moreno y
aterciopelado, parecía un muchacho, á no ser porque la corta túnica
abierta en el costado izquierdo dejaba entrever el pecho ligeramente
hinchado, con una suave redondez de taza, como un capullo que comenzaba
á expansionarse con la savia de la juventud. Sus ojos negros, húmedos y
grandes, parecían llenar toda su cara, bañándola de misterioso fulgor;
y tras los labios, tostados y agrietados por el viento, brillaba una
dentadura nítida, fuerte é igual. La cabellera, anudada sobre la nuca,
habíala adornado con una guirnalda de amapolas cogidas entre el trigo.
Llevaba en la espalda con varonil desembarazo una pesada red llena de
quesos blancos, redondos como panes, frescos y rezumando aún el suero,
y con la mano que le quedaba libre acariciaba los blancos vellones de
una cabra de erguidos cuernos, la favorita, que se apretaba contra sus
piernas, sonando la campanilla de cobre que llevaba al cuello.
Acteón se deleitaba examinando aquella figura juvenil, dura para el
trabajo y en la cual la fresca juventud triunfaba de la fatiga. Su
esbeltez, de líneas rectas y armoniosas, le recordaba la elegancia de
las figurillas de Tanagra sobre las mesas de las hetarias de Atenas; la
arrogante adolescencia de las canéforas pintadas de negro en torno de
los vasos griegos.
La muchacha le miró varias veces y acabó por sonreir, enseñando su
dentadura con la confianza de la juventud que se siente admirada.
--Eres griego, ¿verdad?...
Le hablaba como las gentes del puerto, en aquel idioma extraño de
ciudad mercantil abierta á todos los pueblos, mezcla de celtíbero,
griego y latín.
--Soy de Atenas. ¿Y tú quién eres?
--Me llaman Ranto y mi señora es Sónnica la rica. ¿No has oído hablar
de ella? Tiene naves en todos los puertos, esclavos á centenares y
bebe en copas de oro. ¿Ves sobre aquellos olivos por la parte del mar
una torrecilla de color de rosa? Pues es la quinta donde vive apenas
el invierno le permite abandonar la ciudad. Yo estoy adscrita á la
quinta y soy de su servidumbre durante el buen tiempo. Mi padre es el
encargado de sus rebaños, y muchas veces baja ella á nuestros establos
para juguetear con las cabras.
Acteón estaba asombrado de la frecuencia con que oía hablar de Sónnica
desde que puso el pie en tierra saguntina. El nombre de aquella mujer
opulenta, al que unos llamaban la rica y otros la cortesana, estaba en
todas las bocas. La pastorcilla, que parecía sentir cierta atracción
hacia el extranjero, continuó hablando.
--Ella es buena. De tarde en tarde aparece triste, dice que desfallece
de fastidio en medio de sus riquezas, todo le es indiferente, y
entonces es capaz de dejar que crucifiquen á todos sus esclavos sin
protestar. Pero cuando está alegre es buena como una madre y nos libra
del castigo. El malo es su intendente, el encargado de los esclavos; un
ibero liberto que nos vigila y á cada instante amenaza con el látigo y
la cruz. Á mi padre lo ha fustigado varias veces por una oveja perdida,
por una cabra que se rompe las patas, por un poco de leche derramada
en la quesería. Yo misma habría recibido sus golpes á no ser por el
respeto que me tiene al verme acariciada algunas veces por Sónnica.
Ranto hablaba de la terrible situación de los esclavos con la
naturalidad de una criatura acostumbrada desde su nacimiento á
presenciar tales rigores.
--En invierno --continuó-- voy con mi padre á la montaña, y aguardo con
impaciencia la llegada del buen tiempo para que la señora vuelva á la
villa, y bajar yo al llano, donde hay flores. Entonces puedo pasar el
día entero á la sombra de los árboles rodeada de mis cabras.
--¿Y cómo has aprendido algo de griego?
--Lo habla Sónnica con los ricos de la ciudad que son sus amigos y con
las esclavas que la sirven. Además...
Se detuvo unos instantes, y sus pálidas mejillas se colorearon.
--Además --continuó animosamente--, también lo habla mi amigo Eroción,
el hijo de Mopso el arquero que vino de Rhodas; un amigo que me ayuda á
guardar las cabras cuando no trabaja en la alfarería, que también es
de Sónnica.
Y señalaba los grandes talleres inmediatos al río; las famosas
alfarerías saguntinas, que elevaban entre muros de arcilla las cúpulas
de sus hornos, semejantes á enormes colmenas rojas.
Á un lado del camino, entre los árboles, sonaron unas notas dulces,
unas escalas locas y regocijadas de caramillo, y Acteón vió saltar á
la calzada un muchacho casi de la misma edad de Ranto, alto, enjuto,
descalzo y sin otra vestidura que una piel de cabra que, sujeta del
hombro izquierdo y dejando al descubierto el derecho, se anudaba en
torno de sus riñones. Los ojos parecían brasas, y el cabello negro, de
tonos azulados y formando cortos rizos, se agitaba con los nerviosos
movimientos de la cabeza, como un espeso toisón. Los brazos, enjutos
y fuertes, con la piel hinchada por la tensión de venas y tendones,
estaban teñidos hasta el codo por el rojo de la arcilla.
Acteón, al contemplar su perfil corto y correcto de hermoso adolescente
y la vivacidad nerviosa de su cuerpo, recordó á los aprendices de los
escultores de Atenas; la juventud artista que en las horas de sol,
antes de volver al taller, escandalizaba con sus juegos en el paseo del
Cerámico á los tranquilos ciudadanos.
--Éste es Eroción --dijo Ranto, que sonreía dulcemente al ver á su
amigo--. Aunque nacido en Sagunto, es griego como tú, extranjero.
El adolescente no miraba á la joven; contemplaba con respeto al
desconocido.
--Eres de Atenas, ¿verdad? --dijo con admiración--. No puedes negarlo.
Pareces Ulises cuando peregrinaba por el mundo al través de las
aventuras que relata el padre Homero. Te he visto tal como eres en
vasos y en relieves, igual en figura y traje al esposo de Penélope.
Salud, hijo de Palas.
--¿Y tú, eres también esclavo de Sónnica?
--No --se apresuró á decir con altivez el muchacho--. La esclava es
Ranto, y tal vez algún día no lo sea: yo soy libre, mi padre es Mopso,
griego de Rhodas y primer arquero de Sagunto. Vino de allá sin más
fortuna que su arco y sus flechas, y hoy es rico, después de la última
expedición contra los turdetanos, y figura el primero en la milicia de
la ciudad. Yo trabajo en la alfarería de Sónnica, que me quiere mucho.
Ella fué quien me puso el nombre de Eroción, porque de pequeño parecía
un amorcillo. No soy de los que amasan el barro, ni de los que giran el
torno para dar forma á los vasos. Me llaman el artista, hago orlas de
follaje, esculpo animales, sé hacer de memoria la cabeza de Diana, y
nadie como yo puede grabar en el barro el gran sello de Sagunto. ¿Sabes
cómo es? La nave sin velas, con tres órdenes de remos, y volando sobre
ella la Victoria, con largos ropajes, depositando una corona en la
proa. Soy capaz, si tú quieres, de esculpir tu figura...
Pero se detuvo como avergonzado por estas últimas palabras, y añadió
con tristeza:
--¡Cómo te burlarás de mí, extranjero! Tú vienes de allá, de aquel
país portentoso, del que tantas veces me habla mi padre. Habrás visto
el Parthenón, la Palas Atenea, que los navegantes distinguen sobre el
mar mucho antes de ver Atenas, el asombroso desfile de caballos de la
methopas, los prodigios de Fidias... ¡Cómo deseo ver todo eso! Cuando
llega al puerto alguna nave de Grecia, huyo de la alfarería, y paso
los días en las tabernas de los marineros. Bebo con ellos, les regalo
figurillas en posiciones lúbricas que les hacen reir, todo para que me
cuenten lo que han visto, los templos, las estatuas, las pinturas: y
sus relatos, en vez de calmarme, excitan mi deseo... ¡Ay, si Sónnica
quisiera! ¡Si me dejara ir en una de sus naves cuando se hacen á la
vela para Grecia!...
Después añadió con energía:
--Ésta que ves aquí, mi dulce Ranto, es la única que me sostiene. Si
ella no existiese, hace tiempo que habría buscado al _gubernator_
de una nave, vendiéndome como esclavo, si era preciso, para correr
el mundo, para ver la Grecia y ser un artista como esos á los que
tributáis allá los mismos honores que á los dioses.
Siguieron caminando un buen rato silenciosos los tres, tras la
nubecilla de polvo que levantaban las cabras. El muchacho iba poco á
poco recobrando su serenidad al lado de Ranto, que había cogido una de
sus manos.
--¿Y tú á qué vienes aquí? --preguntó á Acteón.
--Vengo como vino tu padre. Soy un griego sin fortuna, y quiero ofrecer
mis brazos á la república saguntina en sus guerras con los turdetanos.
--Habla con Mopso. Le encontrarás en el Foro ó arriba en la Acrópolis,
cerca del templo de Hércules, donde se reúnen los magistrados. Se
alegrará de verte; adora á los de su raza y saldrá fiador de tí ante la
ciudad.
De nuevo se hizo el silencio. El griego veía las miradas amorosas
que se cruzaban entre los dos adolescentes, el apretón cada vez más
fuerte de sus manos entrelazadas, la tierna aproximación de sus cuerpos
jóvenes y sanos, que se buscaban apoyándose mutuamente. Eroción, como
obedeciendo á una súplica muda de su amada, había sacado del seno el
caramillo de cañas agujereadas y soplaba en él dulcemente, haciendo una
música tierna y pastoril, á la que contestaban las cabras con balidos.
El griego adivinó que su presencia iba pesando á la feliz pareja. Cada
vez retardaban más el paso.
--Salud, hijos. Caminad sin prisa; la juventud llega á tiempo á todas
partes. Ya nos veremos en la ciudad.
--Que los dioses te protejan, extranjero --contestó Ranto--. Si algo
necesitas me encontrarás en el Foro. Allí he de vender estos quesos y
otros que salieron al amanecer en la carreta del hortelano.
--Salud, ateniense. Habla con mi padre, pero no digas con quién me has
visto.
Acteón atravesó el río por entre las carretas que se hundían en el
agua hasta los ejes, y llegó ante los muros de la ciudad, admirando
su fortaleza; las bases de piedra sin labrar y sin trabazón alguna,
soportando las murallas y las torres de fuerte mampostería.
En la puerta del camino de la Sierpe, que era la principal, tuvo que
detenerse ante la confusión que formaban hombres, carros y caballerías
en el angosto túnel. Dentro de la ciudad y casi pegado á la muralla
estaba el templo de Diana, un fano conocido por su antigüedad en todo
el mundo, y que daba no poca fama á los saguntinos. Acteón admiró la
techumbre de tablones de enebro, venerable por su remota fabricación, y
deseoso de conocer pronto la ciudad, siguió adelante.
Vióse en una calle recta, al extremo de la cual ensanchábanse los
edificios, abriendo un enorme espacio rectangular, una gran plaza
cuadrada, con hermosas construcciones sostenidas por arcos bajo las
cuales rebullía el gentío. Era el Foro. Por encima de los tejados
del fondo veíanse casas y más casas, de paredes blancas; la ciudad
escalando la falda del monte, y al final las murallas de la Acrópolis,
las columnatas de los templos sosteniendo los frisos, formados por
enormes piedras labradas.
Acteón, siguiendo la calle que conducía al Foro, recordaba el barrio
marítimo del Pireo. Aquel era el distrito de los comerciantes, habitado
en su mayor parte por griegos. Al través de las ventanas de los
pisos bajos, veíase el movimiento del tráfico; esclavos que apilaban
fardos; jóvenes de rizada barba y nariz de ave de presa, trazando en
las tablillas de cera las complicadas cuentas de sus negocios; y ante
las puertas de las casas, sobre pequeñas mesas, estaban expuestas
las muestras de los géneros; montones de trigo ó de lana y pesados
pedruscos de las minas. Los comerciantes, de pie y apoyados en el
quicio de sus puertas, hablaban con sus clientes, gesticulando y
poniendo á los dioses por testigos, con plañidero acento, de que se
arruinaban en los negocios.
En algunos almacenes, el dueño, con vestidura de doradas flores, alta
mitra y sandalias de púrpura, escuchaba silencioso á los parroquianos,
con sus ojos claros de esfinge y acariciándose los anillos de la barba
perfumada. Eran los traficantes de África y Asia, cartagineses,
egipcios ó fenicios, que guardaban en sus casas materias preciosas;
joyeles de oro, colmillos de marfil, plumas de avestruz y pedazos
de ámbar. Ante sus puertas, deteníanse las mujeres ricas cubiertas
de blancos mantos, seguidas de esclavas, y al hablar, avanzaban su
sonrosado hocico al interior de la tienda, embriagándose con el hálito
exótico, compuesto de las especies excitantes de Asia y los misteriosos
perfumes del Oriente. Por entre los fardos, pasaban majestuosos, con
estridentes graznidos, pájaros raros traídos de allá, que arrastraban
como un manto real sus plumajes multicolores.
Acteón, después de examinar rápidamente estas tiendas, entró en el
Foro. Era día de mercado, y toda la vida de la ciudad afluía á la gran
plaza. Los hortelanos extendían cerca de los pórticos sus montones de
hortalizas; los pastores del agro, amontonaban los quesos en pirámide
delante de las cantarillas llenas de leche; y las mujeres del puerto,
tostadas y casi desnudas, pregonaban el pescado fresco, colocado
sobre un lecho de hojas en cestas planas de junco. En un extremo,
los pastores de la montaña, vestidos de esparto, con aspecto feroz y
armados de lanzas, vigilaban las vacas y los caballos puestos á la
venta. Eran celtíberos, de los que se decía con horror que algunas
veces comían carne humana y parecían sentirse presos dentro de la
plaza, contemplando con ojos hostiles todo aquel movimiento de colmena
tan distinto de la independiente soledad que gozaban en su vida
errante. La riqueza de Sagunto excitaba su apetito de salteadores y
cuatreros, y oprimiendo la lanza, miraban con ojos feroces el grupo de
mercenarios armados al servicio de la ciudad, que en el fondo del Foro,
sobre las gradas de un templo, custodiaban al senador encargado de
hacer justicia en los días de mercado.
En el centro de la plaza agitábase la multitud comprando y discutiendo,
adornada de mil colores y hablando diversas lenguas. Pasaban las
virtuosas ciudadanas vestidas sencillamente de blanco, seguidas de
esclavos que encerraban en sacos de red las provisiones para la semana;
los griegos, con larga clámide de color de azafrán, lo curioseaban
todo, discutiendo largamente antes de hacer una compra insignificante;
los ciudadanos saguntinos, iberos que habían perdido su primitiva
rudeza á consecuencia de infinitos cruzamientos, imitaban en sus
vestiduras y actitudes el aspecto de los romanos, que eran por el
momento el pueblo más estimado; y confundidos con estas gentes veíanse
los indígenas del interior, barbudos, atezados, de luengas y revueltas
melenas, atraídos por el mercado, á pesar de la repugnancia que les
inspiraba la ciudad y especialmente los griegos por sus refinamientos y
riquezas.
Algunos celtíberos, jefes de las tribus más cercanas á Sagunto,
permanecían en medio del Foro á caballo, sin soltar la lanza y el
escudo tejido de nervios de toro; cubiertos con el yelmo de triple
cresta y la coraza de cuero, como si estuvieran en terreno enemigo y
temiesen una asechanza. Sus mujeres, mientras tanto, ágiles, tostadas y
varoniles, iban de un puesto á otro del mercado, agitando al andar su
vestidura amplia, bordada de flores de colores vivos, y se detenían con
admiración infantil ante la mesa de algún griego que vendía granos de
cristal y collares y baratijas de bronce, cincelados groseramente.
Los mantos de lino finísimo y de púrpura costosa se rozaban con los
miembros desnudos de los esclavos ó el _sagum_ celtíbero de lana negra,
prendido de los hombros con hebillas. Los peinados á la griega con
las cintas rojas cruzadas, el penacho de rizos sobre el occipucio,
semejante al llamear de una antorcha y la frente pequeña como signo
de suprema hermosura, confundíanse con los peinados de las mujeres
celtíberas, que llevaban la frente afeitada y bruñida para hacerla
más grande, y ensortijaban sus cabellos en torno de un pequeño palo
colocado sobre su cabeza, formando un cuerno agudo, del que pendía el
velo negro. Otras celtíberas llevaban un fuerte collar de acero, del
que salían algunas varillas que se unían sobre el peinado, y de esta
jaula que encerraba la cabeza colgaban el velo, mostrando con orgullo
la frente enorme, brillante y luminosa como un cuarto de luna.
Acteón pasó mucho tiempo admirando el tocado de estas mujeres y su
aspecto varonil y belicoso. Su fino instinto de griego adivinaba el
peligro al contemplar á los bárbaros, inmóviles sobre sus corceles en
medio del Foro, dominando desde su altura con una mirada de odio á
aquel pueblo de comerciantes y agricultores. Eran las aves de presa que
para comer y subsistir en sus áridas montañas, habían de bajar al llano
como ladrones. Rodeada Sagunto de tales pueblos, algún día tendría que
entrar en lucha con todos ellos.
El griego, pensando en esto, entró bajo los pórticos donde se reunían
los desocupados de la ciudad ante las tiendas de los barberos, los
cambistas de moneda y los vendedores de vinos y refrescos. Acteón
creyó encontrarse todavía en las galerías del Ágora de Atenas. Aunque
empequeñecido, era aquel el mismo mundo de su ciudad natal. Graves
ciudadanos que se hacían llevar por un esclavo la silla de tijera
para sentarse á la puerta de una tienda á oir noticias; noveleros que
circulaban de grupo en grupo, difundiendo las más estupendas mentiras;
parásitos que buscaban una invitación para comer, adulando al rico
más cercano y hablando mal de todo el que pasaba; pedagogos sin
colocación, disputando á gritos sobre un punto de gramática griega, y
jóvenes ciudadanos murmurando de los viejos senadores y afirmando que
la república necesitaba hombres más fuertes.
Se hablaba mucho de la última expedición contra los turdetanos y de
la gran victoria conseguida sobre ellos. Ya no levantarían la cabeza;
su rey Artabanes, fugitivo en lo más apartado de sus territorios,
debía estar escarmentado por la reciente derrota. Y los jóvenes
saguntinos miraban con orgullo los trofeos de lanzas, escudos y cascos,
suspendidos de las pilastras de los pórticos. Eran las armas de algunos
centenares de turdetanos muertos ó prisioneros en la última expedición.
En las tiendas de los barberos, se ofrecían á ínfimos precios muebles
y adornos robados en las aldeas enemigas por los guerreros de Sagunto.
Nadie los quería. La ciudad estaba llena de tales despojos: las
milicias saguntinas habían vuelto, llevando tras sí un verdadero
ejército de carretas repletas y un rebaño interminable de hombres y
bestias. Todos sonreían al pensar en el triunfo, con la fría ferocidad
de la guerra antigua, incapaz de perdón, y en la que la mayor de las
misericordias para el vencido era la esclavitud.
Cerca del templo donde se administraba justicia, se situaba el mercado
de esclavos. Estaban en el suelo, formando círculo, en cuclillas,
cubiertos de harapos, las manos cruzadas sobre los pies y la barba
apoyada en las rodillas. Los esclavos de nacimiento aguardaban al
nuevo amo con la pasividad de bestias, los miembros descarnados por
el hambre y la cabeza rasurada, cubierta por un gorro blanco. Otros,
vigilados de más cerca por el traficante, eran barbudos, y sobre sus
sucias cabelleras, llevaban una corona de ramas para indicar su calidad
de esclavos cogidos en la guerra. Eran los turdetanos que no habían
ofrecido rescate: en sus ojos aún se notaba el asombro y la rabia, al
verse reducidos á la esclavitud. Muchos de ellos llevaban cadenas, y en
su cuerpo estaban frescas la cicatrices de la reciente guerra. Miraban
á aquel pueblo enemigo contrayendo la boca como si quisieran morder,
y algunos agitaban su brazo derecho terminado por un informe muñón.
Les habían cortado la mano guerreando con alguna de las tribus del
interior, que acostumbraban á inutilizar de este modo á los prisioneros.
Los saguntinos miraban con indiferencia estos enemigos convertidos
en cosas, en bestias, por la dura ley de la conquista, y olvidando á
los turdetanos hablaban de las querellas de la ciudad, de la lucha de
facciones, que parecía haberse sofocado con la intervención de los
legados de Roma. Aún se notaban en las gradas del inmediato templo,
las huellas de la sangre de los decapitados por afecto á Cartago,
y los amigos de Roma, que eran los más, hablaban fuerte, alabando
el enérgico consejo de los enviados de la gran República. La ciudad
viviría ahora en paz y segura con la protección de Roma.
Acteón, que escuchaba las conversaciones de los grupos, al mirar hacia
el templo creyó ver entre el gentío que subía y bajaba las gradas, al
pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario
romano. Fué una visión rápida; su _sagum_ negro se perdió entre los
grupos, y el griego quedó indeciso, no sabiendo si realmente era él.
Avanzaba la mañana. Acteón había pasado mucho tiempo en el mercado
y pensó que ya era hora de ocuparse de sus asuntos. Tenía que ver á
Mopso el arquero arriba en la Acrópolis, y emprendió la ascensión por
calles tortuosas pavimentadas de guijarros, con blancas casas, en cuyas
puertas hilaban y tejían la lana las mujeres.
El griego, al llegar junto á la Acrópolis, admiró las murallas
ciclópeas de grandes peñascos amontonados con raro arte y sólidamente
unidos sin trabazón alguna. Allí estaba la cuna de la ciudad; el
recuerdo de los compañeros de Zazintho, al establecerse entre los rudos
indígenas.
Pasó bajo una larga bóveda, y se vió en la extensa meseta del monte,
rodeada de murallas que podían abrigar una población tan grande como
Sagunto. En esta inmensa planicie, esparcidos sin orden, alzábanse
los edificios públicos, como un recuerdo de la época en que la ciudad
estaba en la cumbre y aún no había descendido, ensanchándose hacia
el mar. Desde sus murallas se apreciaba la inmensidad del fértil
agro, los territorios de la República, perdiéndose por el Sur á lo
largo de la playa, hasta el límite de los que ocupaban los Olcades;
las innumerables aldeas y quintas, agrupadas en las riberas del
Bætis-Perkes, y la ciudad, como un gran abanico blanco, en la falda del
monte, encerrada por las murallas, sobre las cuales parecía saltar el
oprimido caserío, esparciéndose por las huertas.
Acteón, volviendo su vista al cerrado recinto de la Acrópolis,
contemplaba el templo de Hércules. Cerca de él, la columnata en la cual
se reunía el Senado; el taller donde se acuñaba la moneda; el templo
en que se custodiaba el tesoro de la República; el arsenal donde se
armaban los ciudadanos; la caserna de los mercenarios, y dominando
todos estos edificios, la torre de Hércules, construcción enorme y
ciclópea, que de noche contestaba con sus llamaradas á las _spéculas_
de la playa y de los montes del puerto, esparciendo la alarma ó la
tranquilidad por todo el territorio saguntino. Además, una tropa de
esclavos, dirigidos por un artista griego, daba los últimos retoques
á un pequeño templo que Sónnica la rica había hecho elevar en la
Acrópolis en honor de Minerva.
Los saguntinos que subían á la ciudadela para pasear tranquilamente
contemplando su ciudad y los mercenarios que limpiaban las espadas y
corazas de bronce á la puerta de su cuartel, miraban con curiosidad al
griego.
Un saguntino de aspecto acomodado, envuelto en una toga roja á la
romana y apoyado en un largo bastón, se aproximó á hablarle. Era un
hombre de mediana edad, fuerte, con la barba y el cabello encanecidos y
una expresión bondadosa en los ojos y en la sonrisa.