Acteón adivinaba su proximidad á Sagunto, viendo las tumbas que se

levantaban á ambos lados del camino, con sus inscripciones llamando la

atención del viandante. Detrás de éstas extendíanse jardines cerrados

por espesos setos, sobre los cuales asomaban sus ramas los árboles

frutales de las quintas de recreo. Algunas esclavas guardaban á los

niños que jugaban y luchaban, desnudos y con un marcado tipo griego.

En la puerta de un jardín un viejo obeso, envuelto en una clámide

de púrpura, contemplaba el paso de la avalancha de gente miserable

con la fría altivez de un comerciante enriquecido. En la terraza de

una villa creyó ver Acteón un peinado á la ateniense teñido de oro,

con cintas rojas entrelazadas, agitándose junto á él un abanico de

plumas multicolores de pájaros de Asia. Eran las ricas quintas de los

patricios de Sagunto retirados de los negocios.

Al aproximarse al río, el Bætis-Perkes, que separaba la ciudad

de la campiña, el griego se fijó en que marchaba al lado de una

adolescente, casi una niña, ante la cual trotaba un rebaño de cabras.

Delgada, esbelta, de miembros enjutos y la piel de un color moreno y

aterciopelado, parecía un muchacho, á no ser porque la corta túnica

abierta en el costado izquierdo dejaba entrever el pecho ligeramente

hinchado, con una suave redondez de taza, como un capullo que comenzaba

á expansionarse con la savia de la juventud. Sus ojos negros, húmedos y

grandes, parecían llenar toda su cara, bañándola de misterioso fulgor;

y tras los labios, tostados y agrietados por el viento, brillaba una

dentadura nítida, fuerte é igual. La cabellera, anudada sobre la nuca,

habíala adornado con una guirnalda de amapolas cogidas entre el trigo.

Llevaba en la espalda con varonil desembarazo una pesada red llena de

quesos blancos, redondos como panes, frescos y rezumando aún el suero,

y con la mano que le quedaba libre acariciaba los blancos vellones de

una cabra de erguidos cuernos, la favorita, que se apretaba contra sus

piernas, sonando la campanilla de cobre que llevaba al cuello.

Acteón se deleitaba examinando aquella figura juvenil, dura para el

trabajo y en la cual la fresca juventud triunfaba de la fatiga. Su

esbeltez, de líneas rectas y armoniosas, le recordaba la elegancia de

las figurillas de Tanagra sobre las mesas de las hetarias de Atenas; la

arrogante adolescencia de las canéforas pintadas de negro en torno de

los vasos griegos.

La muchacha le miró varias veces y acabó por sonreir, enseñando su

dentadura con la confianza de la juventud que se siente admirada.

--Eres griego, ¿verdad?...

Le hablaba como las gentes del puerto, en aquel idioma extraño de

ciudad mercantil abierta á todos los pueblos, mezcla de celtíbero,

griego y latín.

--Soy de Atenas. ¿Y tú quién eres?

--Me llaman Ranto y mi señora es Sónnica la rica. ¿No has oído hablar

de ella? Tiene naves en todos los puertos, esclavos á centenares y

bebe en copas de oro. ¿Ves sobre aquellos olivos por la parte del mar

una torrecilla de color de rosa? Pues es la quinta donde vive apenas

el invierno le permite abandonar la ciudad. Yo estoy adscrita á la

quinta y soy de su servidumbre durante el buen tiempo. Mi padre es el

encargado de sus rebaños, y muchas veces baja ella á nuestros establos

para juguetear con las cabras.

Acteón estaba asombrado de la frecuencia con que oía hablar de Sónnica

desde que puso el pie en tierra saguntina. El nombre de aquella mujer

opulenta, al que unos llamaban la rica y otros la cortesana, estaba en

todas las bocas. La pastorcilla, que parecía sentir cierta atracción

hacia el extranjero, continuó hablando.

--Ella es buena. De tarde en tarde aparece triste, dice que desfallece

de fastidio en medio de sus riquezas, todo le es indiferente, y

entonces es capaz de dejar que crucifiquen á todos sus esclavos sin

protestar. Pero cuando está alegre es buena como una madre y nos libra

del castigo. El malo es su intendente, el encargado de los esclavos; un

ibero liberto que nos vigila y á cada instante amenaza con el látigo y

la cruz. Á mi padre lo ha fustigado varias veces por una oveja perdida,

por una cabra que se rompe las patas, por un poco de leche derramada

en la quesería. Yo misma habría recibido sus golpes á no ser por el

respeto que me tiene al verme acariciada algunas veces por Sónnica.

Ranto hablaba de la terrible situación de los esclavos con la

naturalidad de una criatura acostumbrada desde su nacimiento á

presenciar tales rigores.

--En invierno --continuó-- voy con mi padre á la montaña, y aguardo con

impaciencia la llegada del buen tiempo para que la señora vuelva á la

villa, y bajar yo al llano, donde hay flores. Entonces puedo pasar el

día entero á la sombra de los árboles rodeada de mis cabras.

--¿Y cómo has aprendido algo de griego?

--Lo habla Sónnica con los ricos de la ciudad que son sus amigos y con

las esclavas que la sirven. Además...

Se detuvo unos instantes, y sus pálidas mejillas se colorearon.

--Además --continuó animosamente--, también lo habla mi amigo Eroción,

el hijo de Mopso el arquero que vino de Rhodas; un amigo que me ayuda á

guardar las cabras cuando no trabaja en la alfarería, que también es

de Sónnica.

Y señalaba los grandes talleres inmediatos al río; las famosas

alfarerías saguntinas, que elevaban entre muros de arcilla las cúpulas

de sus hornos, semejantes á enormes colmenas rojas.

Á un lado del camino, entre los árboles, sonaron unas notas dulces,

unas escalas locas y regocijadas de caramillo, y Acteón vió saltar á

la calzada un muchacho casi de la misma edad de Ranto, alto, enjuto,

descalzo y sin otra vestidura que una piel de cabra que, sujeta del

hombro izquierdo y dejando al descubierto el derecho, se anudaba en

torno de sus riñones. Los ojos parecían brasas, y el cabello negro, de

tonos azulados y formando cortos rizos, se agitaba con los nerviosos

movimientos de la cabeza, como un espeso toisón. Los brazos, enjutos

y fuertes, con la piel hinchada por la tensión de venas y tendones,

estaban teñidos hasta el codo por el rojo de la arcilla.

Acteón, al contemplar su perfil corto y correcto de hermoso adolescente

y la vivacidad nerviosa de su cuerpo, recordó á los aprendices de los

escultores de Atenas; la juventud artista que en las horas de sol,

antes de volver al taller, escandalizaba con sus juegos en el paseo del

Cerámico á los tranquilos ciudadanos.

--Éste es Eroción --dijo Ranto, que sonreía dulcemente al ver á su

amigo--. Aunque nacido en Sagunto, es griego como tú, extranjero.

El adolescente no miraba á la joven; contemplaba con respeto al

desconocido.

--Eres de Atenas, ¿verdad? --dijo con admiración--. No puedes negarlo.

Pareces Ulises cuando peregrinaba por el mundo al través de las

aventuras que relata el padre Homero. Te he visto tal como eres en

vasos y en relieves, igual en figura y traje al esposo de Penélope.

Salud, hijo de Palas.

--¿Y tú, eres también esclavo de Sónnica?

--No --se apresuró á decir con altivez el muchacho--. La esclava es

Ranto, y tal vez algún día no lo sea: yo soy libre, mi padre es Mopso,

griego de Rhodas y primer arquero de Sagunto. Vino de allá sin más

fortuna que su arco y sus flechas, y hoy es rico, después de la última

expedición contra los turdetanos, y figura el primero en la milicia de

la ciudad. Yo trabajo en la alfarería de Sónnica, que me quiere mucho.

Ella fué quien me puso el nombre de Eroción, porque de pequeño parecía

un amorcillo. No soy de los que amasan el barro, ni de los que giran el

torno para dar forma á los vasos. Me llaman el artista, hago orlas de

follaje, esculpo animales, sé hacer de memoria la cabeza de Diana, y

nadie como yo puede grabar en el barro el gran sello de Sagunto. ¿Sabes

cómo es? La nave sin velas, con tres órdenes de remos, y volando sobre

ella la Victoria, con largos ropajes, depositando una corona en la

proa. Soy capaz, si tú quieres, de esculpir tu figura...

Pero se detuvo como avergonzado por estas últimas palabras, y añadió

con tristeza:

--¡Cómo te burlarás de mí, extranjero! Tú vienes de allá, de aquel

país portentoso, del que tantas veces me habla mi padre. Habrás visto

el Parthenón, la Palas Atenea, que los navegantes distinguen sobre el

mar mucho antes de ver Atenas, el asombroso desfile de caballos de la

methopas, los prodigios de Fidias... ¡Cómo deseo ver todo eso! Cuando

llega al puerto alguna nave de Grecia, huyo de la alfarería, y paso

los días en las tabernas de los marineros. Bebo con ellos, les regalo

figurillas en posiciones lúbricas que les hacen reir, todo para que me

cuenten lo que han visto, los templos, las estatuas, las pinturas: y

sus relatos, en vez de calmarme, excitan mi deseo... ¡Ay, si Sónnica

quisiera! ¡Si me dejara ir en una de sus naves cuando se hacen á la

vela para Grecia!...

Después añadió con energía:

--Ésta que ves aquí, mi dulce Ranto, es la única que me sostiene. Si

ella no existiese, hace tiempo que habría buscado al _gubernator_

de una nave, vendiéndome como esclavo, si era preciso, para correr

el mundo, para ver la Grecia y ser un artista como esos á los que

tributáis allá los mismos honores que á los dioses.

Siguieron caminando un buen rato silenciosos los tres, tras la

nubecilla de polvo que levantaban las cabras. El muchacho iba poco á

poco recobrando su serenidad al lado de Ranto, que había cogido una de

sus manos.

--¿Y tú á qué vienes aquí? --preguntó á Acteón.

--Vengo como vino tu padre. Soy un griego sin fortuna, y quiero ofrecer

mis brazos á la república saguntina en sus guerras con los turdetanos.

--Habla con Mopso. Le encontrarás en el Foro ó arriba en la Acrópolis,

cerca del templo de Hércules, donde se reúnen los magistrados. Se

alegrará de verte; adora á los de su raza y saldrá fiador de tí ante la

ciudad.

De nuevo se hizo el silencio. El griego veía las miradas amorosas

que se cruzaban entre los dos adolescentes, el apretón cada vez más

fuerte de sus manos entrelazadas, la tierna aproximación de sus cuerpos

jóvenes y sanos, que se buscaban apoyándose mutuamente. Eroción, como

obedeciendo á una súplica muda de su amada, había sacado del seno el

caramillo de cañas agujereadas y soplaba en él dulcemente, haciendo una

música tierna y pastoril, á la que contestaban las cabras con balidos.

El griego adivinó que su presencia iba pesando á la feliz pareja. Cada

vez retardaban más el paso.

--Salud, hijos. Caminad sin prisa; la juventud llega á tiempo á todas

partes. Ya nos veremos en la ciudad.

--Que los dioses te protejan, extranjero --contestó Ranto--. Si algo

necesitas me encontrarás en el Foro. Allí he de vender estos quesos y

otros que salieron al amanecer en la carreta del hortelano.

--Salud, ateniense. Habla con mi padre, pero no digas con quién me has

visto.

Acteón atravesó el río por entre las carretas que se hundían en el

agua hasta los ejes, y llegó ante los muros de la ciudad, admirando

su fortaleza; las bases de piedra sin labrar y sin trabazón alguna,

soportando las murallas y las torres de fuerte mampostería.

En la puerta del camino de la Sierpe, que era la principal, tuvo que

detenerse ante la confusión que formaban hombres, carros y caballerías

en el angosto túnel. Dentro de la ciudad y casi pegado á la muralla

estaba el templo de Diana, un fano conocido por su antigüedad en todo

el mundo, y que daba no poca fama á los saguntinos. Acteón admiró la

techumbre de tablones de enebro, venerable por su remota fabricación, y

deseoso de conocer pronto la ciudad, siguió adelante.

Vióse en una calle recta, al extremo de la cual ensanchábanse los

edificios, abriendo un enorme espacio rectangular, una gran plaza

cuadrada, con hermosas construcciones sostenidas por arcos bajo las

cuales rebullía el gentío. Era el Foro. Por encima de los tejados

del fondo veíanse casas y más casas, de paredes blancas; la ciudad

escalando la falda del monte, y al final las murallas de la Acrópolis,

las columnatas de los templos sosteniendo los frisos, formados por

enormes piedras labradas.

Acteón, siguiendo la calle que conducía al Foro, recordaba el barrio

marítimo del Pireo. Aquel era el distrito de los comerciantes, habitado

en su mayor parte por griegos. Al través de las ventanas de los

pisos bajos, veíase el movimiento del tráfico; esclavos que apilaban

fardos; jóvenes de rizada barba y nariz de ave de presa, trazando en

las tablillas de cera las complicadas cuentas de sus negocios; y ante

las puertas de las casas, sobre pequeñas mesas, estaban expuestas

las muestras de los géneros; montones de trigo ó de lana y pesados

pedruscos de las minas. Los comerciantes, de pie y apoyados en el

quicio de sus puertas, hablaban con sus clientes, gesticulando y

poniendo á los dioses por testigos, con plañidero acento, de que se

arruinaban en los negocios.

En algunos almacenes, el dueño, con vestidura de doradas flores, alta

mitra y sandalias de púrpura, escuchaba silencioso á los parroquianos,

con sus ojos claros de esfinge y acariciándose los anillos de la barba

perfumada. Eran los traficantes de África y Asia, cartagineses,

egipcios ó fenicios, que guardaban en sus casas materias preciosas;

joyeles de oro, colmillos de marfil, plumas de avestruz y pedazos

de ámbar. Ante sus puertas, deteníanse las mujeres ricas cubiertas

de blancos mantos, seguidas de esclavas, y al hablar, avanzaban su

sonrosado hocico al interior de la tienda, embriagándose con el hálito

exótico, compuesto de las especies excitantes de Asia y los misteriosos

perfumes del Oriente. Por entre los fardos, pasaban majestuosos, con

estridentes graznidos, pájaros raros traídos de allá, que arrastraban

como un manto real sus plumajes multicolores.

Acteón, después de examinar rápidamente estas tiendas, entró en el

Foro. Era día de mercado, y toda la vida de la ciudad afluía á la gran

plaza. Los hortelanos extendían cerca de los pórticos sus montones de

hortalizas; los pastores del agro, amontonaban los quesos en pirámide

delante de las cantarillas llenas de leche; y las mujeres del puerto,

tostadas y casi desnudas, pregonaban el pescado fresco, colocado

sobre un lecho de hojas en cestas planas de junco. En un extremo,

los pastores de la montaña, vestidos de esparto, con aspecto feroz y

armados de lanzas, vigilaban las vacas y los caballos puestos á la

venta. Eran celtíberos, de los que se decía con horror que algunas

veces comían carne humana y parecían sentirse presos dentro de la

plaza, contemplando con ojos hostiles todo aquel movimiento de colmena

tan distinto de la independiente soledad que gozaban en su vida

errante. La riqueza de Sagunto excitaba su apetito de salteadores y

cuatreros, y oprimiendo la lanza, miraban con ojos feroces el grupo de

mercenarios armados al servicio de la ciudad, que en el fondo del Foro,

sobre las gradas de un templo, custodiaban al senador encargado de

hacer justicia en los días de mercado.

En el centro de la plaza agitábase la multitud comprando y discutiendo,

adornada de mil colores y hablando diversas lenguas. Pasaban las

virtuosas ciudadanas vestidas sencillamente de blanco, seguidas de

esclavos que encerraban en sacos de red las provisiones para la semana;

los griegos, con larga clámide de color de azafrán, lo curioseaban

todo, discutiendo largamente antes de hacer una compra insignificante;

los ciudadanos saguntinos, iberos que habían perdido su primitiva

rudeza á consecuencia de infinitos cruzamientos, imitaban en sus

vestiduras y actitudes el aspecto de los romanos, que eran por el

momento el pueblo más estimado; y confundidos con estas gentes veíanse

los indígenas del interior, barbudos, atezados, de luengas y revueltas

melenas, atraídos por el mercado, á pesar de la repugnancia que les

inspiraba la ciudad y especialmente los griegos por sus refinamientos y

riquezas.

Algunos celtíberos, jefes de las tribus más cercanas á Sagunto,

permanecían en medio del Foro á caballo, sin soltar la lanza y el

escudo tejido de nervios de toro; cubiertos con el yelmo de triple

cresta y la coraza de cuero, como si estuvieran en terreno enemigo y

temiesen una asechanza. Sus mujeres, mientras tanto, ágiles, tostadas y

varoniles, iban de un puesto á otro del mercado, agitando al andar su

vestidura amplia, bordada de flores de colores vivos, y se detenían con

admiración infantil ante la mesa de algún griego que vendía granos de

cristal y collares y baratijas de bronce, cincelados groseramente.

Los mantos de lino finísimo y de púrpura costosa se rozaban con los

miembros desnudos de los esclavos ó el _sagum_ celtíbero de lana negra,

prendido de los hombros con hebillas. Los peinados á la griega con

las cintas rojas cruzadas, el penacho de rizos sobre el occipucio,

semejante al llamear de una antorcha y la frente pequeña como signo

de suprema hermosura, confundíanse con los peinados de las mujeres

celtíberas, que llevaban la frente afeitada y bruñida para hacerla

más grande, y ensortijaban sus cabellos en torno de un pequeño palo

colocado sobre su cabeza, formando un cuerno agudo, del que pendía el

velo negro. Otras celtíberas llevaban un fuerte collar de acero, del

que salían algunas varillas que se unían sobre el peinado, y de esta

jaula que encerraba la cabeza colgaban el velo, mostrando con orgullo

la frente enorme, brillante y luminosa como un cuarto de luna.

Acteón pasó mucho tiempo admirando el tocado de estas mujeres y su

aspecto varonil y belicoso. Su fino instinto de griego adivinaba el

peligro al contemplar á los bárbaros, inmóviles sobre sus corceles en

medio del Foro, dominando desde su altura con una mirada de odio á

aquel pueblo de comerciantes y agricultores. Eran las aves de presa que

para comer y subsistir en sus áridas montañas, habían de bajar al llano

como ladrones. Rodeada Sagunto de tales pueblos, algún día tendría que

entrar en lucha con todos ellos.

El griego, pensando en esto, entró bajo los pórticos donde se reunían

los desocupados de la ciudad ante las tiendas de los barberos, los

cambistas de moneda y los vendedores de vinos y refrescos. Acteón

creyó encontrarse todavía en las galerías del Ágora de Atenas. Aunque

empequeñecido, era aquel el mismo mundo de su ciudad natal. Graves

ciudadanos que se hacían llevar por un esclavo la silla de tijera

para sentarse á la puerta de una tienda á oir noticias; noveleros que

circulaban de grupo en grupo, difundiendo las más estupendas mentiras;

parásitos que buscaban una invitación para comer, adulando al rico

más cercano y hablando mal de todo el que pasaba; pedagogos sin

colocación, disputando á gritos sobre un punto de gramática griega, y

jóvenes ciudadanos murmurando de los viejos senadores y afirmando que

la república necesitaba hombres más fuertes.

Se hablaba mucho de la última expedición contra los turdetanos y de

la gran victoria conseguida sobre ellos. Ya no levantarían la cabeza;

su rey Artabanes, fugitivo en lo más apartado de sus territorios,

debía estar escarmentado por la reciente derrota. Y los jóvenes

saguntinos miraban con orgullo los trofeos de lanzas, escudos y cascos,

suspendidos de las pilastras de los pórticos. Eran las armas de algunos

centenares de turdetanos muertos ó prisioneros en la última expedición.

En las tiendas de los barberos, se ofrecían á ínfimos precios muebles

y adornos robados en las aldeas enemigas por los guerreros de Sagunto.

Nadie los quería. La ciudad estaba llena de tales despojos: las

milicias saguntinas habían vuelto, llevando tras sí un verdadero

ejército de carretas repletas y un rebaño interminable de hombres y

bestias. Todos sonreían al pensar en el triunfo, con la fría ferocidad

de la guerra antigua, incapaz de perdón, y en la que la mayor de las

misericordias para el vencido era la esclavitud.

Cerca del templo donde se administraba justicia, se situaba el mercado

de esclavos. Estaban en el suelo, formando círculo, en cuclillas,

cubiertos de harapos, las manos cruzadas sobre los pies y la barba

apoyada en las rodillas. Los esclavos de nacimiento aguardaban al

nuevo amo con la pasividad de bestias, los miembros descarnados por

el hambre y la cabeza rasurada, cubierta por un gorro blanco. Otros,

vigilados de más cerca por el traficante, eran barbudos, y sobre sus

sucias cabelleras, llevaban una corona de ramas para indicar su calidad

de esclavos cogidos en la guerra. Eran los turdetanos que no habían

ofrecido rescate: en sus ojos aún se notaba el asombro y la rabia, al

verse reducidos á la esclavitud. Muchos de ellos llevaban cadenas, y en

su cuerpo estaban frescas la cicatrices de la reciente guerra. Miraban

á aquel pueblo enemigo contrayendo la boca como si quisieran morder,

y algunos agitaban su brazo derecho terminado por un informe muñón.

Les habían cortado la mano guerreando con alguna de las tribus del

interior, que acostumbraban á inutilizar de este modo á los prisioneros.

Los saguntinos miraban con indiferencia estos enemigos convertidos

en cosas, en bestias, por la dura ley de la conquista, y olvidando á

los turdetanos hablaban de las querellas de la ciudad, de la lucha de

facciones, que parecía haberse sofocado con la intervención de los

legados de Roma. Aún se notaban en las gradas del inmediato templo,

las huellas de la sangre de los decapitados por afecto á Cartago,

y los amigos de Roma, que eran los más, hablaban fuerte, alabando

el enérgico consejo de los enviados de la gran República. La ciudad

viviría ahora en paz y segura con la protección de Roma.

Acteón, que escuchaba las conversaciones de los grupos, al mirar hacia

el templo creyó ver entre el gentío que subía y bajaba las gradas, al

pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario

romano. Fué una visión rápida; su _sagum_ negro se perdió entre los

grupos, y el griego quedó indeciso, no sabiendo si realmente era él.

Avanzaba la mañana. Acteón había pasado mucho tiempo en el mercado

y pensó que ya era hora de ocuparse de sus asuntos. Tenía que ver á

Mopso el arquero arriba en la Acrópolis, y emprendió la ascensión por

calles tortuosas pavimentadas de guijarros, con blancas casas, en cuyas

puertas hilaban y tejían la lana las mujeres.

El griego, al llegar junto á la Acrópolis, admiró las murallas

ciclópeas de grandes peñascos amontonados con raro arte y sólidamente

unidos sin trabazón alguna. Allí estaba la cuna de la ciudad; el

recuerdo de los compañeros de Zazintho, al establecerse entre los rudos

indígenas.

Pasó bajo una larga bóveda, y se vió en la extensa meseta del monte,

rodeada de murallas que podían abrigar una población tan grande como

Sagunto. En esta inmensa planicie, esparcidos sin orden, alzábanse

los edificios públicos, como un recuerdo de la época en que la ciudad

estaba en la cumbre y aún no había descendido, ensanchándose hacia

el mar. Desde sus murallas se apreciaba la inmensidad del fértil

agro, los territorios de la República, perdiéndose por el Sur á lo

largo de la playa, hasta el límite de los que ocupaban los Olcades;

las innumerables aldeas y quintas, agrupadas en las riberas del

Bætis-Perkes, y la ciudad, como un gran abanico blanco, en la falda del

monte, encerrada por las murallas, sobre las cuales parecía saltar el

oprimido caserío, esparciéndose por las huertas.

Acteón, volviendo su vista al cerrado recinto de la Acrópolis,

contemplaba el templo de Hércules. Cerca de él, la columnata en la cual

se reunía el Senado; el taller donde se acuñaba la moneda; el templo

en que se custodiaba el tesoro de la República; el arsenal donde se

armaban los ciudadanos; la caserna de los mercenarios, y dominando

todos estos edificios, la torre de Hércules, construcción enorme y

ciclópea, que de noche contestaba con sus llamaradas á las _spéculas_

de la playa y de los montes del puerto, esparciendo la alarma ó la

tranquilidad por todo el territorio saguntino. Además, una tropa de

esclavos, dirigidos por un artista griego, daba los últimos retoques

á un pequeño templo que Sónnica la rica había hecho elevar en la

Acrópolis en honor de Minerva.

Los saguntinos que subían á la ciudadela para pasear tranquilamente

contemplando su ciudad y los mercenarios que limpiaban las espadas y

corazas de bronce á la puerta de su cuartel, miraban con curiosidad al

griego.

Un saguntino de aspecto acomodado, envuelto en una toga roja á la

romana y apoyado en un largo bastón, se aproximó á hablarle. Era un

hombre de mediana edad, fuerte, con la barba y el cabello encanecidos y

una expresión bondadosa en los ojos y en la sonrisa.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 3 / 21 段