Otra vez vino á detenerse ante aquella hostería, en cuya puerta había

sentido el tormento del hambre. Los marineros estaban en plena orgía.

El hostelero apenas si podía hacerse respetar detrás del mostrador.

Los esclavos, atemorizados por los golpes, se habían refugiado en la

cocina. En el suelo, algunas ánforas rotas, dejaban escapar el vino

como arroyos de sangre, y entre el _glu-glu_ del líquido al empapar

la tierra, revolcábanse los ebrios pidiendo á gritos bebidas de las

que habían oído hablar vagamente en sus lejanos viajes, ó platos

fantásticos ideados por los tiranuelos de Asia. Un egipcio hercúleo

corría á cuatro pies imitando el rugido del chacal y mordiendo á las

mujeres que habían entrado en la taberna. Algunos negros danzaban con

movimientos femeniles, contemplando como hipnotizados los remolinos de

su ombligo agitado por las contorsiones del vientre. En los rincones,

sobre los poyos, caían revueltos hombres y mujeres bajo la cruda luz de

las antorchas; el vaho de la carne desnuda y sudorosa mezclábase con

el olor del vino; y en esta atmósfera de viandas y de hedor de fiera,

algunos marineros, olvidando todo pudor, repelían con desprecio á las

cortesanas para acariciarse entre sí, con la aberración sexual propia

de la época.

En medio de este desorden, unos cuantos hombres permanecían inmóviles

cerca del mostrador, disputando con aparente calma. Eran dos soldados

romanos, un viejo marinero cartaginés y un celtíbero. La torpe lentitud

de sus palabras, que tomaban con la cólera un tono aflautado, sus

ojos rojizos inflamados de sangre y sus narices de aves de presa,

cada vez más afiladas, revelaban esa terrible embriaguez, testaruda y

camorrista, que se resuelve matando.

El romano recordaba su presencia en el combate de las islas Egatas,

catorce años antes.

--Os conozco --decía con insolencia al cartaginés--. Sois una república

de mercaderes nacidos para el embuste y la mala fe. Si se busca quién

sabe vender más caro engañando al comprador, convengo en que sois los

primeros; pero si se habla de soldados, de hombres, nosotros somos los

mejores, los hijos de Roma, que con una mano empuñamos el arado y con

la otra la lanza.

Y erguía con orgullo su redonda cabeza con el pelo rapado y las

mejillas rasuradas, en las cuales las carrilleras del casco habían

marcado duras callosidades.

Acteón miraba por una ventana al celtíbero, el único del grupo que

permanecía silencioso, pero que tenía fijos sus ojos de brasa más

arriba del coselete de bronce del legionario romano, en su desnudo

cuello, como si le atrajeran las gruesas venas que se marcaban bajo

la piel. Indudablemente aquellos ojos los había visto el griego en

otro sitio; eran como esos antiguos conocidos cuyo nombre no se puede

recordar. Había algo de falso en su persona, que el griego presentía

con su fina astucia.

--Juraría por Mercurio que ese hombre no es tal como le veo. Algo más

que un pastor parece, y el color bronceado de su cara no es el de los

celtíberos por mucho que los tueste el sol. Tal vez es postiza esa

larga cabellera que cae sobre su espalda...

No pudo continuar examinando á aquel hombre, porque absorbió toda su

atención la disputa entre el legionario y el viejo cartaginés, los

cuales se aproximaban cada vez más para oirse mejor, en medio del

estrépito que reinaba en la hostería.

--Yo también estuve en la jornada triste de las Egatas --decía el

cartaginés--. Allí recibí esta herida que me cruza el rostro. Es verdad

que nos vencisteis; ¿pero qué demuestra esto? Muchas veces ví yo huir

vuestras naves ante las nuestras, y en más de una ocasión conté en los

campos de Sicilia los cadáveres romanos á centenares. ¡Ah, si Hanón no

hubiese llegado tarde el día del combate en las islas! ¡Si Hamílcar

hubiera tenido refuerzos!

--¡Hamílcar! --exclamó desdeñosamente el romano--. ¡Un gran caudillo

que tuvo que pedirnos la paz! ¡Un comerciante metido á conquistador!...

Y reía con la insolencia del fuerte, sin miedo á la cólera del viejo

cartaginés, que tartamudeaba queriendo contestar.

El celtíbero, hasta entonces silencioso, puso su mano sobre el viejo.

--Cállate, cartaginés. El romano tiene razón. Sois mercachifles

incapaces de mediros con ellos en la guerra. Amáis demasiado el dinero

para dominar por la espada. Pero los de tu casta, no sois todo Cartago:

otros hay nacidos allá que sabrán hacer frente á esos labriegos de

Italia.

El romano, al ver intervenir al rústico en su disputa, mostróse aún más

altivo é insolente.

--¿Y quién ha de ser ese? --gritó con desprecio--. ¿El hijo de

Hamílcar? ¿Ese rapazuelo que según cuentan tuvo por madre una esclava?

--De una prostituta fueron hijos los que fundaron tu ciudad, romano; y

no está lejos el día en que el caballo de Cartago vaya á dar de coces á

la loba de Rómulo.

El legionario se levantó trémulo de rabia, buscando su espada, pero

inmediatamente dió un rugido feroz y cayó, llevándose las manos á la

garganta.

Acteón había visto cómo el celtíbero introducía su diestra en la manga

del _sagum_, y sacando un cuchillo, hería al legionario en aquel ancho

cuello que contemplaba con fiera atención, mientras se burlaba de

Cartago.

La hostería tembló con el estrépito de la lucha. El otro romano, al ver

caído á su compañero, se abalanzó al celtíbero con la espada en alto,

pero al momento recibió una cuchillada en el rostro y se sintió cegado

por la sangre.

Era asombrosa la agilidad de aquel hombre. Sus movimientos tenían la

elasticidad de la pantera: los golpes parecían rebotar sobre su cuerpo

sin causarle daño. Cayó en torno de él una lluvia de jarros, de pedazos

de ánfora, de espadas lanzadas al aire; pero él, con el brazo tendido y

el cuchillo de punta, dió un salto hacia la puerta y desapareció.

--¡Á él! ¡á él! --clamaron los romanos persiguiéndole.

Y atraídos por el placer brutal de la caza al hombre, les siguieron

todos los que en la hostería podían valerse aún de sus piernas. El

tropel de hombres enardecidos por la vista de la sangre, saltó por

encima del romano agonizante y de los borrachos inertes que roncaban

junto al degollado. El griego les vió salir y fraccionarse en diversos

grupos que siguieron distinta dirección para coger al celtíbero. Éste

había desaparecido á los pocos pasos de la hostería como disuelto en la

sombra.

El puerto se conmovió con el ardor de la persecución. Corrían luces

por los muelles y por las callejuelas de la aldea; los lupanares y

tabernas eran sometidos á un registro brutal por los romanos ebrios de

cólera; originábanse nuevas disputas á la puerta de cada choza, iba á

correr otra vez la sangre; y el griego, temiendo verse envuelto en una

reyerta, volvió prontamente á la escalinata del templo. Bachis no había

regresado, y el griego, subiendo los azules peldaños, fué á tenderse en

el atrio del templo, ancha terraza pavimentada de mármol azul, sobre

la cual las estriadas columnas que sostenían el frontón, trazaban sus

oblicuas barras de sombra.

* * * * *

Al despertar Acteón sintió en su rostro el calor del sol. Los pájaros

cantaban en los vecinos olivares, y junto á él sonaban voces. Al

incorporarse vió que comenzaba la mañana, cuando él solo creía

transcurridos algunos instantes desde que concilió el sueño.

Una mujer, una patricia estaba á corta distancia de él y le sonreía.

Iba envuelta en una amplia tela de lino blanco, que descendía hasta

sus pies en armoniosos pliegues, como el ropaje de las estatuas. De su

rubia cabellera sólo se veían algunos bucles caídos sobre la frente.

Mostraba la boca pintada de rojo; y los ojos negros, aterciopelados,

con una caricia sedosa en la mirada, aparecían rodeados de una aureola

azul por las fatigas de la noche. Al mover los brazos bajo el manto

sonaban con argentino choque ocultas joyas, y la punta de la sandalia,

asomando por el borde de su ropaje, brillaba como un astro de pedrería.

Detrás de ella dos esbeltas esclavas celtíberas, con el moreno

y opulento pecho casi desnudo, y envueltas las piernas en telas

multicolores, sostenían, la una, una pareja de palomas blancas, y la

otra, sobre su cabeza, una canastilla cubierta de rosas.

Junto á la hermosa patricia, Acteón reconoció á Polyantho, el piloto

saguntino, y al joven perfumado y elegante que estaba en el muelle con

otro jinete á la llegada de la nave.

El griego púsose en pie, sorprendido por la hermosa aparición que le

sonreía.

--Ateniense --díjole en griego con purísimo acento--. Yo soy Sónnica,

la dueña de la nave que te ha traído aquí. Polyantho es mi liberto y

ha hecho bien recogiéndote, pues conoce el interés que me inspira tu

pueblo. ¿Quién eres tú?

--Yo soy Acteón y pido á los dioses que te colmen de favores por tu

bondad. Que Venus guarde tu belleza mientras vivas.

--¿Eres navegante?... ¿comercias? ¿corres el mundo dando lecciones de

elocuencia y de poesía?

--Soy soldado como lo fueron todos los míos. Mi abuelo murió en Italia

cubriendo con su cuerpo al gran Pirro, que le lloró como un hermano: mi

padre fué capitán de mercenarios al servicio de Cartago y lo asesinaron

injustamente en la guerra llamada inexorable...

Calló unos instantes, como si este recuerdo le impidiera continuar,

ahogando su voz, y luego añadió:

--Yo he guerreado hasta hace poco á las órdenes de Cleomenes, el último

lacedemonio. Era uno de sus compañeros, y al caer vencido el héroe, lo

acompañé á Alejandría, lanzándome después á correr el mundo, por no

poder sufrir la inercia del destierro. He sido también comerciante en

Rhodas, pescador en el Bósforo, labrador en Egipto y poeta satírico en

Atenas.

La hermosa Sónnica sonreía, aproximándose á él. Era un ateniense

poseedor de todas las cualidades de aquel pueblo tan amado por ella;

uno de aquellos aventureros, acostumbrados á los vaivenes de la

fortuna, rondadores del mundo y cronistas muchas veces de los hechos de

su vida, cuando llegaban á la vejez.

--¿Y á qué vienes aquí?

--Aquí estoy como podía hallarme en otra parte. Me ofreció tu piloto

traerme á Zazintho y vine. Me ahogaba en Cartago-Nova. Podía haberme

alistado en las tropas de Hanníbal; bastaba tal vez decir mi origen

para ser bien recibido: los griegos se pagan caros en todos los

ejércitos. Pero aquí hay guerra también y prefiero mejor ir contra los

turdetanos, servir á una ciudad que no conozco, pero que no me ha hecho

daño alguno.

--¿Y has dormido aquí esta noche? ¿No has encontrado cama en las

hosterías?

--Lo que no encontraba era un óbolo en mi bolsa. Si cené fué por la

ternura de una infeliz ramera que partió conmigo su miseria. Soy pobre

y desfallecía de hambre. No me compadezcas, Sónnica, no me mires con

ojos de misericordia. Yo he dado banquetes desde que anochecía hasta

la salida del sol: en Rhodas, á la hora de las canciones, arrojábamos

por las ventanas los platos de metal á los esclavos. La vida del hombre

debe ser así: como los héroes de Homero, rey en una parte y mendigo en

la otra.

Polyantho miraba con interés á aquel aventurero, y el elegante Lacaro,

que al principio se oponía á que su amiga Sónnica despertase á un

griego tan mal vestido, aproximábase á él, reconociendo la elegancia

ateniense bajo su exterior mísero, y proponiéndose hacerle su amigo

para tomar provechosas lecciones.

--Ven hoy á mi quinta --dijo Sónnica-- cuando el sol empiece á caer.

Cenarás con nosotros. Pregunta á cualquiera por mi casa, y todos sabrán

guiarte. Una de mis naves te ha traído á esta tierra y quiero que

encuentres la hospitalidad bajo mi techo. Ateniense, hasta luego: yo

también soy de allá, y viéndote parece que aún fulgura ante mis ojos la

lanza de oro de Palas en lo más alto del Parthenón.

Sónnica, despidiéndose con una sonrisa del ateniense, se dirigió al

templo, seguida de sus dos esclavas.

Acteón oyó lo que hablaban Lacaro y Polyantho fuera del templo. La

noche anterior la habían pasado en casa de Sónnica. Al amanecer

habían abandonado la mesa. Lacaro aún llevaba en su cabeza la corona

del banquete con las rosas mustias y deshojadas. Al saber Sónnica

que habían llegado aquellas danzarinas de Gades que aguardaba con

impaciencia para ofrecerlas en sus cenas, sintió el capricho de ver á

Polyantho y su nave, y quiso de paso hacer un sacrificio á Afrodita,

como siempre que iba al puerto. Y en su gran litera, acompañada de

Lacaro y las dos esclavas, había hecho la escapatoria, proponiéndose

dormir á la vuelta, pues los más de los días permanecía en el lecho

hasta bien entrada la tarde.

El piloto se alejó hacia su nave para echar á tierra la tropa de

danzarinas, y Acteón se aproximó con Lacaro á la puerta del templo,

completamente abierta.

El interior era sencillo y hermoso. Un gran espacio cuadrado

quedaba descubierto en la techumbre para dar luz al templo, y el

sol, descendiendo por esta claraboya, prestaba la glauca vaguedad

del agua del mar á aquellas columnas azules, con sus capiteles que

representaban conchas, delfines y amorcillos empuñando el remo. En el

fondo, surgiendo de una dulce penumbra cargada de los perfumes de los

sacrificios, destacábase la diosa, blanca, arrogante y soberbia en su

desnudez, como al emerger por vez primera de las espumas, ante los

atónitos ojos de los hombres.

Cerca de la puerta estaba el ara. Junto á ella el sacerdote, con amplio

manto de lino sujeto á la cabeza con una corona de flores, tomaba las

ofrendas á la diosa de manos de la misma Sónnica.

Cuando ésta salió al peristilo, abarcó con una mirada amorosa el mar,

cubierto de espumas, el puerto que brillaba como un triple espejo, el

verde é inmenso valle y la lejana ciudad, que tomaba un tinte de oro

bajo los primeros rayos del sol.

--¡Qué hermoso!... Contempla, Acteón, nuestra ciudad. La Grecia no es

más bella.

Al pie de la escalinata esperaba su litera, una verdadera casa cerrada

con cortinas de púrpura y rematada en sus cuatro ángulos por penachos

de hermosas plumas de avestruz. Ocho esclavos atléticos, de hinchados

músculos, la sostenían.

Sónnica hizo entrar en su vivienda ambulante á las esclavas, empujó

á Lacaro, al que trataba como á un ser inferior, cuya familiaridad

se tolera por capricho, y volviéndose hacia el griego, de pie en lo

alto del templo, le sonrió por última vez, saludándole con un signo

de su mano, cubierta de sortijas hasta las uñas, y que trazaba á cada

movimiento regueros de luz en el aire.

Se alejó la litera rápidamente por el camino de la ciudad, al mismo

tiempo que Acteón se sentía acariciado en el cuello por unas manos.

Era Bachis, más ajada y más harapienta á la luz del sol. Tenía un ojo

amoratado y manchas cárdenas en los brazos.

--No pude venir --dijo con humildad de esclava--. Hasta hace poco no me

han soltado. ¡Qué gentes! Apenas si me dieron para pagar á Lais... Toda

la noche pensando en tí, mi dios, mientras me atormentaban echándome á

la cara sus bufidos de sátiros cansados.

Acteón volvía el rostro evitando sus caricias. Percibía el olor de vino

de aquella infeliz, ebria y agotada después de su aventura de la noche.

--¿Me huyes?... Lo comprendo. Te he visto hablar con Sónnica la rica,

á quien sus amigos llaman la más bella de Zazintho. ¿Vas á ser su

amante? Comprendo que te adore: al fin no es más que una mujer como

yo... Dí, Acteón: ¿por qué no me llevas contigo? ¿por qué no me haces

tu esclava?... Sólo te pido una noche como precio.

El griego repelió sus flacos brazos que intentaban envolverle, para

mirar al camino, donde resonaban trompetas y se veían brillar cascos y

lanzas en el centro de una gran nube de polvo.

--Son los legados de Roma que se marchan --dijo la cortesana.

Y atraída por el encanto que los hombres de guerra ejercían sobre su

admiración infantil, bajó la escalinata del templo para ver de más

cerca la comitiva.

Marchaban al frente los trompeteros de la nave romana, soplando en sus

largos tubos de metal, con las mejillas ceñidas por anchas bandas de

lana. Una escolta de ciudadanos de Sagunto rodeaba á los embajadores,

haciendo caracolear sus velludos caballos celtíberos, tremolando sus

lanzas y cubierta la cabeza con los cascos de triple cimera, que

aún guardaban las huellas de los golpes recibidos en las últimas

escaramuzas con los turdetanos. Algunos ancianos del Senado saguntino,

marchaban inmóviles sobre sus grandes caballos, la blanca barba

esparcida en el pecho, y descendiendo hasta los estribos, en grandes

pliegues, el obscuro manto, retenido sobre la cabeza por una tiara

bordada. La enseña de Roma, rematada por la loba, era sostenida por un

fuerte _classiari_, y tras ella marchaban los legados con la rapada

y redonda cabeza al descubierto; el uno obeso y con triple barba de

grasa; el otro enjuto, nervudo y con nariz afilada de ave de presa; los

dos con coraza de bronce cincelada, las piernas cubiertas con coturnos

de metal, y sobre los arqueados muslos, la faldilla de color de heces

de vino, adornada con sueltas tiras de oro, que se agitaban al menor

salto de los caballos.

Al llegar al muelle la comitiva, por entre los grupos de marineros,

pescadores y esclavos, cruzóse con una tropa de mujeres arrebujadas en

sus mantos, que caminaban guiadas por un viejo de ojos insolentes y

boca sumida, con ese aspecto repulsivo que toman los eunucos al vivir

en perpetuo contacto con la mujer esclavizada. Eran las danzarinas de

Gades, que al abandonar la nave de Polyantho, pasaban desapercibidas

por entre el estrépito de la despedida.

Unas mujeres, saliendo del muelle de los pescadores, entregaron á

los legados coronas tejidas con florecillas de los cercanos montes y

lirios de las lagunas. Las aclamaciones se extendían á lo largo del

muelle, ante los grupos indiferentes de los marineros de todos los

países.

--¡Salud á Roma! ¡Que Neptuno os proteja! ¡Los dioses os acompañen!

Acteón oyó tras él una carcajada burlona, y al volverse vió al pastor

celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario.

--¿Tú aquí? --le dijo el griego con asombro--. ¿Estás solo y no te

alejas de los romanos que te buscan?

Los ojos imperiosos del pastor, aquellos ojos extraños que despertaban

en el griego confusos é inexplicables recuerdos, le miraron con altivez.

--¡Los romanos!... Les desprecio y les odio. Iría sin miedo hasta la

cubierta de su nave... Preocúpate de tus asuntos, Acteón, y no te fijes

en los míos.

--¿Cómo sabes mi nombre? --exclamó el griego con creciente sorpresa,

admirado además de la perfección con que el rudo pastor hablaba el

griego.

--Conozco tu nombre y tu vida. Tú eres el hijo de Lisias, capitán al

servicio de Cartago, y como todos los de tu raza, ruedas por el mundo

sin encontrarte bien en parte alguna.

El griego, tan fuerte y seguro de sí mismo en todas ocasiones, se

sentía intimidado ante aquel hombre enigmático.

Absorbido en la contemplación del cortejo que despedía á los legados,

había vuelto las espaldas á Acteón. Sus ojos expresaban odio y

desprecio, viendo fulgurar á la luz del sol la loba de bronce de la

enseña romana, saludada con entusiasmo por los saguntinos.

--Se creen fuertes, se creen seguros porque Roma les protege. Se

imaginan muerta á Cartago, porque aquel Senado de mercaderes tiene

miedo á faltar á los tratados con Roma. Han degollado á los saguntinos

amigos del cartaginés, á los que de antiguo fueron amigos de los

Barcas, y salían á saludar á Hamílcar cuando pasaba cerca de la ciudad

en sus expediciones. No saben que hay quien no duerme mientras la paz

subsista... El mundo es estrecho para los dos pueblos. ¡Ó el uno ó el

otro!

Y como si le causasen el efecto de un latigazo las aclamaciones de la

multitud, saludando el esquife en que los legados se alejaban hacia la

_libúrnica_, y el estruendo de trompetería que estalló en la popa de

la nave, el pastor, con los dientes apretados y los ojos rojizos por

la ira, extendió sus brazos nervudos hacia el buque y murmuró como una

confusa amenaza:

--¡Roma!... ¡Roma!

II

La ciudad

Estaba muy elevado el sol cuando Acteón marchó hacia la ciudad por el

camino llamado de la Sierpe.

Cruzábase en su marcha con las carretas de odres de aceite y ánforas

de vino. Las filas de esclavos encorvados bajo el peso de los fardos y

con los pies cubiertos de polvo, apartábanse al borde del camino para

dejarle paso, con la sumisión y el encogimiento que inspiraba el hombre

libre. El griego detúvose un momento ante los molinos de aceite, viendo

girar las enormes piedras empujadas por esclavos encadenados, y siguió

adelante bordeando los montes, en cuyas cimas alzábanse las _spéculas_,

rojas torrecillas que con sus hogueras anunciaban á la Acrópolis de

Sagunto la llegada de las naves ó los movimientos que se notaban en

la vertiente opuesta, donde comenzaba el territorio de los hostiles

turdetanos.

El inmenso agro, extendía su fertilidad bajo la lluvia de oro del

sol de la mañana. De las aldeas, de las casas de campo, de todas las

innumerables viviendas esparcidas en el extenso valle, afluía gente al

camino de la Sierpe, marchando hacia la ciudad.

La mayoría del pueblo saguntino vivía en el campo, cultivando la

tierra. La ciudad era relativamente pequeña. Sólo vivían en ella

los comerciantes y los ricos agricultores, la magistratura y los

extranjeros. Cuando amagaba algún peligro, cuando los turdetanos

intentaban una invasión en tierra saguntina, todo el pueblo afluía á la

ciudad, buscando el amparo de los muros; y los rústicos, llevando por

delante sus rebaños, iban á confundirse con los artesanos de Sagunto,

guareciéndose en aquel recinto que sólo visitaban los días de mercado.

Acteón adivinó por la mucha gente que llenaba el camino, que aquel día

debía ser de ventas en el Foro. Marchaban en fila las campesinas con

sus cestos en la cabeza cubiertos de hojas, sin más vestido que una

túnica obscura que caía á lo largo de su cuerpo, marcando sus duros

contornos á cada paso. Los labriegos, tostados, membrudos, llevando

por todo traje un faldellín de pieles ó de burdo tejido, arreaban los

bueyes de sus carretas, ó los asnos cargados de fardos, y á lo largo

del camino sonaba el campanilleo continuo de los rebaños de cabras

y el dulce mugido de las vacas entre nubecillas de polvo rojo que

levantaban sus trotadoras pezuñas.

Algunas familias regresaban ya del mercado, mostrando con orgullo lo

que habían adquirido en las tiendas del Foro á cambio de sus frutos;

y los amigos deteníanse para admirar las telas nuevas, las copas

de barro rojo, frescas y brillantes, los adornos de mujer de plata

sólida, groseramente labrada, y acogían su vista con un ¡_salve_! de

felicitación que hacía enrojecer de infantil orgullo á los poseedores.

Muchachas morenas, de miembros duros y enjutos y frente grande, con

la cabellera estirada á la moda celtíbera, marchaban por parejas,

sosteniendo en sus hombros largas perchas, de la que pendían ramos

de flores para las señoras de la ciudad. Otras llevaban envueltos en

hojas, para preservarlos del polvo, enormes tirsos de cerezas rojas,

y en algunos momentos saltaban y gritaban entre ruidosas carcajadas,

parodiando las voces y los gestos de la rica juventud de Sagunto, que

con gran escándalo de la ciudad, se reunía en el jardín de Sónnica,

para imitar ante la imagen de Dionisios las hermosas locuras de la

Grecia.

Acteón admiraba la belleza del paisaje: los bosques de higueras que

daban fama á Sagunto y comenzaban á cubrirse de hojas, formando con

sus añosas ramas tiendas de verduras que tocaban el suelo; las viñas,

como un oleaje de esmeralda, extendiéndose por toda la campiña y

escalando los lejanos montes, hasta llegar á los bosques de pinos y

carrascas; y los campos de olivos, plantados simétricamente sobre la

tierra roja, formando columnatas de retorcidos fustes con capiteles

de hojarasca plateada. La vista de este paisaje esplendoroso le

conmovía, despertando en él los recuerdos de la niñez. Era aquel valle

tan hermoso como la madre Grecia; allí se quedaría, si los dioses no

volvían á empujarlo de nuevo en su desesperada peregrinación por el

mundo.

Caminaba cerca de una hora, teniendo siempre frente á él la roja

montaña con la ciudad en la falda, y arriba las innumerables

construcciones de la Acrópolis. En una revuelta del camino, vió que la

gente se detenía ante un altar: una larga ara de piedra, sobre la cual

extendía sus escamosos anillos de mármol azul una enorme serpiente. Los

campesinos depositaban flores y copas de barro llenas de leche ante la

inmóvil bestia, que, con la cabeza erguida y abiertas las venenosas

fauces, parecía amenazarles. En aquel mismo lugar había mordido la

serpiente al desgraciado Zazintho, cuando regresaba á Grecia con los

bueyes robados á Gerón, y en torno de su cadáver, quemado en lo alto de

la Acrópolis, se creó la ciudad. La gente sencilla adoraba al reptil

como uno de los fundadores de su patria, y con palabras cariñosas le

rodeaba de ofrendas que luego desaparecían misteriosamente, lo que

hacía creer á muchos que en las tinieblas recobraba su vida, oyéndose

sus espantables silbidos desde muy lejos en las noches tempestuosas.

Sónnica la cortesana: Novela · 第 2 / 21 段