NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se
han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha respetado la ortografía del original, que difiere algo de
la actual.
* Se han completado los emparejamientos de comillas, paréntesis,
admiraciones e interrogaciones, se han espaciado las rayas y se
han añadido tildes a las mayúsculas iniciales que las necesitan.
* El nombre propio «Mompso» se ha unificado con «Mopso», y el de
«Lisastro» con «Lisias», pues se refieren a un mismo personaje.
SÓNNICA LA CORTESANA
OBRAS DEL AUTOR
NOVELAS
Arroz y tartana (3.ª edición).
Flor de Mayo (3.ª edición).
La Barraca (4.ª edición. Ilustrada).
Entre naranjos (4.ª edición).
CUENTOS
Cuentos valencianos (2.ª edición).
La Condenada.
Cuentos grises (Biblioteca selecta).
Á la sombra de la higuera (Biblioteca Diamante).
La Cencerrada (Colección Mignon).
VIAJES
París (agotada).
En el país del Arte.
NOVELAS EN PREPARACIÓN
Cañas y barro.
La señora Vicenta.
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
_Sónnica
la cortesana_
—NOVELA—
CUARTA EDICIÓN
[Ilustración]
F. SEMPERE, EDITOR
PINTOR SOROLLA, 30 Y 32
VALENCIA
Imprenta de EL PUEBLO.--Pascual y Genís, 3 Valencia
SÓNNICA LA CORTESANA
I
El templo de Afrodita
Cuando la nave de Polyantho, piloto saguntino, llegó frente al puerto
de su patria, ya los marineros y pescadores, con la vista aguzada por
las distancias del mar, habían reconocido su vela teñida de azafrán y
la imagen de la Victoria, con las alas extendidas y una corona en la
diestra, llenando todo el filo de la proa, hasta mojar sus pies en las
ondas.
--Es la nave de Polyantho: la _Victoriata_, que vuelve de Gades y
Cartago-Nova.
Y para verla mejor, se agolpaban en el pretil de piedra que cerraba los
tres lagos del puerto de Sagunto, puestos en comunicación con el mar
por un largo canal.
Los terrenos bajos y pantanosos, cubiertos de carrizales y enmarañadas
plantas acuáticas, extendíanse hasta el golfo Sucronense, que cerraba
el horizonte con su curva faja azul, sobre la cual resbalaban como
moscas los barquichuelos de los pescadores. La nave avanzaba lentamente
hacia la embocadura del puerto. La vela roja palpitaba con los soplos
de la brisa sin lograr hincharse, y la triple fila de remos comenzó á
moverse en sus flancos, haciéndola encabritarse sobre las espumas que
cerraban la entrada del canal.
Caía la tarde. En una altura inmediata al puerto, el templo de Venus
Afrodita reflejaba en la pulida superficie de su frontón el fuego del
sol poniente. Una atmósfera de oro envolvía la columnata y los muros
de mármol azul, como si el padre del día, al alejarse, saludase con
un beso de luz á la diosa de las aguas. La cadena de montes obscuros,
cubiertos de pinos y matorrales, extendíase en gigantesco semicírculo
frente al mar, cerrando el fértil valle del agro saguntino, sus blancas
villas, sus torres campestres y sus aldeas surgiendo entre las masas
verdes de los campos. En el otro extremo de la montuosa barrera,
esfumada por la distancia y el vapor de la tierra, veíase la ciudad,
la antigua Zazintho, con el caserío oprimido en la falda del monte por
murallas y torreones: y en lo alto la Acrópolis, los ciclópeos muros,
sobre los cuales destacábanse las techumbres de los templos y edificios
públicos.
Reinaba en el puerto la agitación del trabajo. Dos naves de Marsella
cargaban vino en la laguna grande; una de Liburnia hacía acopio de
barros saguntinos y de higos secos para venderlos en Roma; y una galera
de Cartago guardaba en sus entrañas grandes barras de plata traídas
de las minas de la Celtiberia. Otras naves, con las velas plegadas y
las filas de remos caídas en sus costados, permanecían inmóviles junto
al malecón, como grandes pájaros dormidos, balanceando dulcemente
sus proas de cabeza de cocodrilo ó de caballo, usadas por la marina
de Alejandría, ú ostentando en el tajamar un espantable enano rojo,
semejante al que adornaba la nave del fenicio Cadmus en sus asombrosas
correrías por los mares.
Los esclavos, encorvados bajo el peso de ánforas, fardos y lingotes,
sin otra vestidura que un cinturón lumbar y una caperuza blanca, al
aire la atormentada y sudorosa musculatura, pasaban en incesante
rosario por las tablas tendidas desde el pretil á las naves,
trasladando al cóncavo vientre de éstas las mercancías amontonadas en
el muelle.
En medio del gran lago central alzábase una torre guardando la entrada
del puerto; una robusta fábrica que hundía sus sillares en las aguas
más profundas. Amarrada á las anillas que adornaban sus muros,
balanceábase una nave de guerra, una _libúrnica_ alta de popa, la proa
de cabeza de carnero, plegada la vela de grandes cuadros, un castillo
almenado junto al mástil, y en las bordas, formando doble fila,
los escudos de los _classiari_, soldados destinados á los combates
marítimos. Era una nave romana que al amanecer el día siguiente había
de llevarse á los embajadores enviados por la gran República para
mediar en las turbulencias que agitaban Sagunto.
En el segundo lago --una tranquila plaza de agua donde se construían y
reparaban las embarcaciones-- sonaban los mazos de los calafates sobre
la madera. Como monstruos enfermos veíanse las galeras desarboladas,
tendidas de costado en la ribera, mostrando por los rasguños de sus
flancos el fuerte costillaje ó la embreada negrura de sus entrañas.
Y en el tercer lago, el más pequeño y de aguas sucias, anclaban
las barcas de los pescadores, revoloteaban en caprichoso tropel
las gaviotas, abatiéndose sobre los despojos que flotaban á ras de
la superficie; y en la orilla agolpábanse mujeres, viejos y niños,
esperando la llegada de las barcas con pescado del golfo Sucronense,
que era vendido en el interior á las tribus más avanzadas de la
Celtiberia.
La llegada de la nave saguntina había apartado de sus quehaceres á toda
la gente del puerto. Los esclavos trabajaban con lentitud, viendo á sus
vigilantes distraídos por la entrada de la nave; y hasta los calmosos
ciudadanos que sentados en el malecón, caña en mano, intentaban
cautivar las gruesas anguilas del lago, olvidaban la pesca para seguir
con su mirada el avance de la _Victoriata_. Ya estaba en el canal. No
se veía su casco. El mástil, con la vela inmóvil, pasaba por encima de
los altos cañaverales que bordeaban la entrada del puerto.
Reinaba el silencio de la tarde, interrumpido por el monótono canto
de las innumerables ranas albergadas en las tierras pantanosas y el
parloteo de los pájaros que revoloteaban en los olivares inmediatos
al Fano de Afrodita. Los martillazos del arsenal sonaban cada vez más
lentos: la gente del puerto callaba, siguiendo la marcha de la nave
de Polyantho. Al salvar la _Victoriata_ la aguda revuelta del canal,
asomó en el puerto la dorada imagen de la proa y los primeros remos,
enormes patas rojas, apoyándose en la tersa superficie con una fuerza
que levantaba espumas.
La muchedumbre, entre la que se agitaban las familias de los marineros,
prorrumpió en aclamaciones al entrar la nave en el puerto.
--¡Salud, Polyantho! ¡Bienvenido, hijo de Afrodita!... ¡Que Sónnica tu
señora te colme de bienes!
Los muchachos desnudos, de piel tostada, se arrojaban de cabeza á la
laguna, nadando como un tropel de pequeños tritones en torno de la
nave.
La gente del puerto alababa á su compatriota Polyantho, encareciendo
su habilidad. Nada faltaba en su nave: bien podía estar satisfecha de
su liberto la rica Sónnica. En la punta más avanzada del buque, el
_proreta_, inmóvil como una estatua, escrutando con rápida mirada para
avisar la presencia de obstáculos: la marinería, desnuda, encorvando
sobre los remos las sudorosas espaldas que relucían al sol; y en lo
más alto de la popa, el _gubernator_, el mismo Polyantho, insensible
al cansancio, envuelto en una amplia tela roja, en la diestra el
gobernalle del timón y en la otra mano un cetro blanco que agitaba
acompasadamente, marcando el movimiento á los remeros. Junto al mástil
agrupábanse hombres de extraños trajes, mujeres inmóviles arrebujadas
en amplios mantos.
La nave resbaló por el puerto como un insecto enorme, abriendo las
aguas silenciosas y muertas con la proa que poco antes atormentaban las
olas del golfo.
Al anclar junto al malecón y echar el puente de tablas, los remeros
tuvieron que repeler á palos á la multitud, que se empujaba queriendo
penetrar en la nave.
El piloto daba órdenes desde la popa: su roja envoltura iba de un lado
á otro como una mancha inflamada por el sol poniente.
--¡Eh, Polyantho!... Bienvenido seas, navegante. ¿Qué es lo que traes?
El piloto vió en la orilla á dos jóvenes á caballo. El que le hablaba
iba envuelto en un manto blanco: una de sus puntas le cubría la
cabeza, dejando al descubierto la barba rizada en bucles y lustrosa de
perfumes. El otro oprimía los lomos del corcel con sus piernas desnudas
y fuertes; vestía el _sagum_ de los celtíberos, una corta túnica de
lana, sobre la cual saltaba su ancha espada suspendida del hombro; y su
cabellera desgreñada é hirsuta lo mismo que su barba, encuadraban un
rostro varonil y tostado.
--¡Salud, Lacaro; salud, Alorco! --contestó el piloto, con expresión de
respeto--. ¿Veréis á Sónnica mi ama?
--Esta misma noche --contestó Lacaro--. Cenamos en su casa de campo...
¿Qué traes?
--Decidla que traigo plomo argentífero de Cartago-Nova y lana de la
Bética. Excelente viaje.
Los dos jóvenes tiraron de las riendas á sus caballos.
--¡Ah! esperad --añadió Polyantho--. Decidla también que no olvidé su
encargo. Aquí traigo lo que tanto deseáis: las danzarinas de Gades.
--Todos te lo agradecemos --dijo Lacaro riendo--. ¡Salve, Polyantho;
que Neptuno te sea propicio!
Y los dos jinetes partieron al galope, perdiéndose entre las chozas
agrupadas al pie del templo de Afrodita.
Mientras tanto, uno de los pasajeros de la nave salió de ésta,
abriéndose paso entre la multitud agolpada frente al buque. Era un
griego: todos conocieron su origen en el _pileos_ que cubría su cabeza;
un casquete cónico de cuero, semejante al de Ulises en las pinturas
griegas. Vestía una túnica obscura y corta, ajustada sobre los riñones
por una correa, de la que pendía una bolsa. La clámide, que no llegaba
á sus rodillas, estaba sujeta sobre el hombro derecho por un broche
de cobre; unos zapatos de correas usadas y polvorientas cubrían sus
desnudos pies, y sus brazos membrudos y cuidadosamente depilados se
apoyaban al quedar inmóvil en un gran dardo que casi era una lanza.
Los cabellos, cortos y rizados en gruesos bucles, se escapaban por
debajo del _pileos_, formando una hueca corona en torno de su cabeza.
Eran negros, pero brillaban en ellos algunas canas, así como en la
barba ancha y corta que rodeaba su rostro. Llevaba el labio superior
cuidadosamente afeitado, á usanza ateniense.
Era un hombre fuerte y ágil, en plena virilidad sana y robusta. En
sus ojos, de mirada irónica, había algo de ese fuego que revela á
los hombres nacidos para la lucha y el mando. Caminaba con soltura
por aquel puerto desconocido, como viajero habituado á toda clase de
contrastes y sorpresas.
El sol comenzaba á ocultarse, y las faenas del puerto habían cesado,
retirándose lentamente la muchedumbre que ocupaba los muelles.
Pasaban junto al extranjero los rebaños de esclavos limpiándose el
sudor y dilatando sus miembros doloridos. Guiados por el palo de
sus guardianes, iban á encerrarse hasta la mañana siguiente en las
cuevas del monte inmediato ó en los molinos de aceite, más allá de las
tabernas de marineros, hospederías y lupanares, que agrupaban sus muros
de tierra y sus techos de tablas al pie de la colina de Afrodita como
un complemento del puerto.
Los comerciantes retirábanse también en busca de sus caballos y carros
para trasladarse á la ciudad. Pasaban en grupos consultando las
apuntaciones de sus tablillas y discutiendo las operaciones del día.
Sus diversos tipos, trajes y actitudes, delataban la gran mezcla de
razas de Zazintho, ciudad comercial, á la que de antiguo afluían las
naves del Mediterráneo, y cuyo tráfico luchaba con el de Ampurias y
Marsella. Los mercaderes asiáticos y africanos que recibían el marfil,
las plumas de avestruz y las especias y perfumes para los ricos de la
ciudad, se distinguían por su paso majestuoso, las túnicas con flores
y pájaros de oro, los verdes borceguíes, las altas tiaras llenas de
bordados y la barba descendiendo sobre el pecho en ondas horizontales
de menudos rizos. Los griegos charlaban y reían con incesante
movilidad, tomando á broma sus negocios y abrumando con sus palabras
á los exportadores iberos, graves, barbudos, huraños, vestidos de lana
burda, y que con su silencio, parecían protestar de aquel chaparrón de
inútiles palabras.
Los muelles quedaban desiertos por momentos. Toda su vida afluía al
camino de la ciudad, donde, entre nubes de polvo, galopaban caballos,
rodaban carros y pasaban con menudo trote los borriquillos africanos,
llevando en sus lomos algún ciudadano corpulento sentado como una mujer.
El griego seguía lentamente por el muelle tras dos hombres vestidos
con túnica corta, borceguíes y un sombrerillo cónico de alas caídas,
semejante al de los pastores helenos. Eran dos artesanos de la ciudad.
Habían pasado el día pescando y volvían á sus casas, mirando con mal
disimulado orgullo sus cestas, en cuyo fondo coleaban unos cuantos
barbos, revueltos con delgadas anguilas. Hablaban en ibero, mezclando
á cada punto en su conversación palabras griegas y latinas. Era el
lenguaje usual de aquella antigua colonia, en continuo contacto por
el comercio con los principales pueblos de la tierra. El griego, al
seguirles por el muelle, atendía á su conversación con la curiosidad de
un extranjero.
--Vendrás en mi carro, amigo --decía uno de ellos--. En la hostería de
Abiliana tengo mi asno, que, como sabes, es la envidia de mis vecinos.
Aún llegaremos á la ciudad antes que cierren las puertas.
--Mucho te lo agradezco, vecino. No es prudente caminar solo, cuando
pululan en nuestros campos los aventureros que tomamos á sueldo para
las guerras con los turdetanos, y toda la mala gente huída de la ciudad
después de las últimas revueltas. Anteayer, ya sabes que apareció en un
camino el cadáver de Acteio, el barbero del Foro. Le asesinaron para
robarle cuando volvía al anochecer de su casita del campo.
--Ahora dicen que viviremos más tranquilos, después de la intervención
de los romanos. Los legados de Roma han hecho cortar unas cuantas
cabezas y afirman que con esto tendremos paz.
Detuviéronse los dos un instante y volvieron la cabeza para mirar la
_libúrnica_ romana, que apenas si se veía junto á la torre del puerto,
envuelta en las sombras de la noche. Después siguieron caminando con
lentitud, como si reflexionasen.
--Ya sabes --continuó uno de ellos-- que no soy más que un zapatero
que tiene su tienda cerca del Foro y ha podido reunir un saco de
_victoriatos_ de plata para darse una vejez tranquila y pasar la tarde
en el puerto con la caña en la mano. No sé lo que esos retóricos que
se pasean por fuera de la muralla de la ciudad, disputando y gritando
como Furias, ni pienso como los filósofos que se agrupan en los
pórticos del Foro para reñir, entre las burlas de los comerciantes,
por si tiene más razón éste ó aquél de los hombres que allá en Atenas
se ocupan de tales cosas. Pero con toda mi ignorancia, yo me pregunto,
vecino: ¿por qué estas luchas entre hombres que vivimos en la misma
ciudad y debemos tratarnos como buenos hermanos?... ¿Por qué?
Y el camarada del zapatero contestaba con fuertes cabezadas de
asentimiento.
--Yo comprendo --continuó el artesano-- que de vez en cuando estemos en
guerra con nuestros vecinos los turdetanos. Unas veces por cuestión de
riegos, otras por los pastos, y las más por los límites del territorio
y por impedirles que disfruten de este hermoso puerto, comprendo que
se armen los ciudadanos, que busquen la pelea y salgan á arrasarles
los campos y quemarles las chozas. Al fin esa gente no es de nuestra
raza, y así es como se hace respetar una gran ciudad. Además, la guerra
proporciona esclavos que muchas veces escasean; y sin esclavos ¿qué
haríamos los hombres... los ciudadanos?
--Yo soy más pobre que tú, vecino --dijo el otro pescador--. El hacer
sillas de caballo no me produce tanto como á tí los zapatos; pero mi
pobreza me permite tener un esclavo turdetano, que me ayuda mucho, y
quiero la guerra porque aumenta considerablemente mi trabajo.
--La guerra con los vecinos; sea en buena hora. La juventud se
fortalece y busca distinguirse; la república adquiere importancia,
y todos, después de correr por valles y montes, compran zapatos y
hacen componer las sillas de sus caballos. Muy bien; así marchan los
negocios. ¿Pero por qué estamos hace más de un año convirtiendo el Foro
en campo de batalla y cada calle en una fortaleza? Á lo mejor estás en
tu tienda encareciendo á una ciudadana la elegancia de unas sandalias
de papiro á la moda asiática, ó de unos coturnos griegos de gran
majestad, cuando oyes en la inmediata plaza choque de armas, gritos,
exclamaciones de muerte, y ¡á cerrar en seguida la puerta para que un
dardo perdido no te deje clavado en tu asiento! ¿Y por qué? ¿Qué motivo
existe para vivir como perros y gatos en el seno de esta Zazintho, tan
tranquila y laboriosa antes?
--La soberbia y la riqueza de los griegos... --comenzó á decir el
compañero.
--Sí; ya conozco esa razón. El odio entre iberos y griegos; la creencia
de que éstos, por sus riquezas y sabiduría, dominan y explotan á
aquéllos... ¡Como si en la ciudad existiesen realmente iberos y
griegos!... Iberos son los que están detrás de esas montañas que nos
cierran el horizonte; griego es ese que hemos visto desembarcar y
viene tras de nuestros pasos; pero nosotros no somos más que hijos
de Zazintho ó de Sagunto, como quieran llamar á nuestra ciudad.
Somos el resultado de mil encuentros por tierra y por mar, y Júpiter
se vería apurado para decir quiénes fueron nuestros abuelos. Desde
que á Zazintho le mordió la serpiente en esos campos y nuestro padre
Hércules levantó los grandes muros de la Acrópolis, ¿quién puede
marcar las gentes que aquí han venido y aquí se han quedado, á pesar
de que otros llegaron después para arrebatarles el dominio de los
campos y las minas? Aquí vinieron las gentes de Tiro con sus naves de
vela roja en busca de la plata del interior; los marineros de Zante
huyendo con sus familias de los tiranos de su país; los rótulos de
Ardea, gentes de Italia, que eran poderosas en los tiempos en que aún
no existía Roma; cartagineses de la época en que pensaban más en el
comercio que en las armas... ¡y qué sé yo cuántas gentes más! Hay que
oirlo á los pedagogos cuando explican la historia en el pórtico del
templo de Diana. Yo mismo, ¿sé acaso si soy griego ó ibero? Mi abuelo
fué un liberto de Sicilia que vino para encargarse de una fábrica de
alfarería y se casó con una celtíbera del interior. Mi madre era una
lusitana que llegó en una expedición para vender oro en polvo á unos
mercaderes de Alejandría. Yo me limito á ser saguntino como los demás.
Los que se consideran iberos en Sagunto creen en los dioses de los
griegos; los griegos adoptan sin sentirlo muchas costumbres ibéricas;
se creen diferentes porque han partido en dos á la ciudad y viven
separados; pero sus fiestas son las mismas, y en las próximas Panatheas
verás juntas con las hijas de los comerciantes helenos á las de esos
ciudadanos que cultivan la tierra, visten de paño burdo y se dejan
crecer la barba para semejarse más á las tribus del interior.
--Sí, pero los griegos todo lo invaden, son los dueños de todo, se han
apoderado de la vida de la ciudad.
--Son los más sabios, los más audaces; tienen algo de divino en sus
personas --dijo sentenciosamente el zapatero--. Fíjate si no en ese
que viene detrás de nosotros. Va vestido pobremente; tal vez en su
bolsa no tiene dos óbolos para cenar; puede que duerma á cielo raso,
y sin embargo, parece Zeus que haya bajado disfrazado del cielo para
visitarnos.
Los dos artesanos volvieron la vista instintivamente para mirar al
griego; y siguieron adelante. Habían llegado junto á las chozas que
formaban una animada población en torno del puerto.
--Hay otra razón --dijo el talabartero-- para la guerra que nos divide.
No es el odio únicamente entre griegos é iberos; es que unos quieren
que seamos amigos de Roma y otros de Cartago.
--Ni con unos ni con otros --dijo sentenciosamente el zapatero--.
Tranquilos y comerciando como en otros tiempos, es como mejor
prosperaríamos. El habernos llevado á la amistad con Roma, es lo que yo
reprocho á los griegos de Sagunto.
--Roma es la vencedora.
--Sí, pero está muy lejos, y los cartagineses están casi á nuestras
puertas. Sus tropas de Cartago-Nova pueden venir aquí en unas cuantas
jornadas.
--Roma es nuestra aliada y nos protege. Sus legados, que parten mañana,
han dado fin á nuestras revueltas, decapitando á los ciudadanos que
turbaban la paz de la ciudad.
--Sí; pero esos ciudadanos eran amigos de Cartago y antiguos protegidos
de Hamílcar. Hanníbal no olvidará fácilmente á los amigos de su padre.
--¡Bah! Cartago quiere paz y mucho comercio para enriquecerse. Después
de su fracaso de Sicilia, teme á Roma.
--Temerán los senadores, pero el hijo de Hamílcar es muy joven, y á mí
me dan miedo esos muchachos convertidos en caudillos, que olvidan el
vino y el amor para soñar sólo con la gloria.
El griego no pudo oir más. Los dos artesanos habían desaparecido entre
las chozas, y el eco de su disputa se perdió á lo lejos.
El extranjero se vió completamente solo en aquel puerto desconocido.
Los muelles estaban desiertos; comenzaban á brillar algunos faroles
en las popas de las naves, y á lo lejos, sobre las aguas del golfo,
se elevaba la luna como un disco enorme de color de miel. Únicamente
en el pequeño puerto de los pescadores, había alguna animación. Las
mujeres, desnudas de cintura arriba, y oprimiendo entre las piernas
el guiñapo que les servía de túnica, se metían en el agua hasta las
rodillas para lavar el pescado, y colocándolo después en anchas cestas
sobre su cabeza, emprendían la marcha, arrastrando á sus pequeñuelos
panzudos y en cueros. De las naves, inmóviles y silenciosas, salían
grupos de hombres que se encaminaban á la población miserable extendida
al pie del templo. Eran marineros que iban en busca de las tabernas y
lupanares.
El griego conocía bien aquellas costumbres. Era un puerto igual á los
muchos que había visto. El templo en lo alto para servir de guía al
navegante; y abajo el vino á punto, el amor fácil y la riña sangrienta,
como terminación de la fiesta. Pensó un momento en emprender la marcha
á la ciudad; pero estaba muy lejos, desconocía el camino, y prefirió
quedarse allí, durmiendo en cualquier parte hasta que saliera el sol.
Había entrado en los tortuosos callejones que formaban las chozas
construídas al azar, como si hubieran caído en tropel del cielo, con
sus paredes de tierra y techumbres de paja y cañas, con estrechos
tragaluces, y sin otra puerta que unos cuantos harapos recosidos ó un
tapiz deshilachado. En algunas, de exterior menos miserable, vivían
los modestos traficantes del puerto, los que servían las vituallas á
las naves, los corredores de granos y los que, ayudados por algunos
esclavos, traían los toneles de agua desde las fuentes del valle á
las embarcaciones. Pero la mayoría de las casuchas eran tabernas,
hospederías y lupanares.
Algunas casas tenían junto á las puertas inscripciones en griego, en
ibero y en latín, pintadas con almazarrón.
El griego oyó que le llamaban. Era un hombrecillo gordo y calvo que le
hacía señas desde la puerta de su vivienda.
--Salud, hijo de Atenas --decía para halagarle con el nombre de
la ciudad más famosa de la Grecia--. Pasa adelante; estarás entre
los tuyos, pues también mis ascendientes vinieron de allá. Mira la
muestra de mi taberna, «_Á Palas Athenea_». Aquí encontrarás el vino
de Laurona, tan excelente como los de la Ática: si quieres probar
la cerveza celtíbera, también la tengo, y hasta si lo deseas, puedo
servirte cierto frasco de vino de Samos, tan auténtico como la diosa de
Atenas que adorna mi mostrador.
El griego contestó con una sonrisa y un movimiento negativo, casi al
mismo tiempo que el tabernero locuaz se introducía en su tugurio,
levantando el tapiz para dejar paso á un grupo de marineros.
Á los pocos pasos volvió á detenerse, atraído por un silbido tenue que
parecía llamarle desde el fondo de una cabaña. Una vieja arrebujada
en un manto negro, le hacía señas desde la puerta. En el interior,
á la luz de una lámpara de barro colgada de una cadenilla, veíanse
varias mujeres en cuclillas sobre esteras, en la actitud de bestias
resignadas, sin otra vida que la sonrisa inmóvil que hacía brillar sus
dientes.
--Voy de prisa, buena madre --dijo el extranjero riendo.
--Detente, hijo de Zeus --contestó la vieja en idioma heleno,
desfigurado por la dureza de su acento y el silbido de su respiración
entre las encías desdentadas--. Al momento conocí que eres griego.
Todos los de tu país sois alegres y hermosos: tú pareces Apolo,
buscando á sus celestes hermanas. Entra; aquí las encontrarás...
Y acercándose al extranjero para cogerle la orla de la clámide,
enumeraba todos los encantos de sus pupilas iberas, baleares ó
africanas; unas majestuosas y grandes como Juno, otras pequeñas y
graciosas como las hetarias de Alejandría y Grecia; y al ver que el
parroquiano se desasía y continuaba su camino, la vieja levantaba la
voz, creyendo no haber acertado su gusto, y hablaba de jóvenes blancos
y de luenga cabellera, hermosos como los muchachuelos sirios que se
disputaban los elegantes de Atenas.
El griego había salido del tortuoso callejón, y todavía escuchaba la
voz de la vieja, que parecía embriagarse impúdicamente con sus infames
pregones. Estaba en el campo, al principio del camino de la ciudad.
Tenía á su derecha la colina del templo, y al pie de ella, delante de
la escalinata, vió una casa más grande que las otras, una hostería con
la puerta y las ventanas iluminadas con lámparas de barro rojo.
Dentro, sentados en los poyos, veíanse marineros de todos los países,
pidiendo de comer en lenguas distintas. Soldados romanos con su
coselete de escamas de bronce, la corta espada pendiente del hombro, y
á sus pies el casco, rematado por una cimera de rojas crines en forma
de cepillo; remeros de Marsella casi desnudos, con el cuchillo medio
oculto entre los pliegues del trapo anudado á sus riñones; marineros
fenicios y cartagineses con ancho pantalón, alto gorro en forma de
mitra y pesados pendientes de plata; negros de Alejandría, atléticos
y de torpes movimientos, enseñando al sonreir sus agudos dientes, que
hacían pensar en espantosas escenas de antropofagia; celtíberos é
iberos, de sombrío traje y enmarañada cabellera, mirando recelosos á
todos lados y llevando instintivamente la mano á la ancha cuchilla;
algunos hombres rojos de las Galias, con luengos mostachos y las
encendidas crines anudadas y caídas sobre el cogote; gente, en fin,
llevada y traída por los azares de la guerra y del mar, de un punto
á otro del mundo conocido; un día guerreros victoriosos y al otro
esclavos; tan pronto marineros como piratas; sin ley ni nacionalidad;
sin otro respeto que el miedo al jefe de la nave, pronto á ordenar los
azotes y la cruz; sin más religión que la de la espada y los músculos;
llevando en las heridas que cubrían sus cuerpos, en las largas
cicatrices que surcaban sus músculos, en las orejas cortadas cubiertas
por las sucias greñas, un pasado misterioso de horrores.
Comían de pie junto al mostrador, tras el cual se alineaban las ánforas
con sus tapones de frescas hojas; otros, sentados en los bancos de
mampostería á lo largo de las paredes, sostenían sobre sus rodillas el
plato de barro. Los más se habían tendido sobre el vientre en el suelo,
como fieras que se reparten la presa, y avanzaban sobre los grandes
platos sus garras vellosas, crujiéndoles las mandíbulas entre palabra
y palabra. Aún no se derramaba el vino ni habían pedido la presencia
de mujeres. Comían y bebían con apetito de ogros, atormentados por la
escasez de las largas travesías y extenuados moralmente por la brutal
disciplina de las naves.
Viéndose amontonados en un estrecho espacio, apestados por el humo de
las lámparas y los vapores de los platos, sentían la necesidad de
comunicarse; y entre bocado y bocado, cada cual hablaba á su vecino sin
reparar en la diferencia de idioma, acabando por entenderse todos en
una lengua compuesta de más gestos que palabras. Un cartaginés relataba
á un griego su último viaje á las islas del Mar Grande, más allá de
las columnas de Hércules, por un mar gris y cubierto de nieblas, hasta
llegar á unas abruptas costas, sólo conocidas por los pilotos de su
país, donde se encontraba el estaño. Más allá, un negro, con grotesca
mímica, contaba á dos celtíberos una excursión á lo largo del mar Rojo,
hasta llegar á misteriosas playas, desiertas de día, pero cubiertas de
noche por movibles fuegos y habitadas por hombres velludos y ágiles
como monos, cuyas pieles, rellenas de paja, se llevaban á los templos
de Egipto para ofrecerlas á los dioses. Los soldados romanos más
viejos, contaban su gran victoria de las islas Egatas, que arrojó á
los cartagineses de Sicilia, terminando la guerra; y no les importaba,
en su insolencia de vencedores, la presencia de los humillados
cartagineses que los escuchaban. Los pastores iberos, mezclados entre
los navegantes, querían aminorar el efecto de las aventuras marítimas
y hablaban de los caballos de la tribu y de sus prodigios de rapidez,
mientras algún griego pequeño, vivaracho y mordaz, para anonadar
á los bárbaros y demostrar la superioridad de su raza, rompía á
declamar fragmentos de alguna oda aprendida en el puerto de Pireo ó
entonaba una melopea lenta y dulce que se perdía entre el rumor de las
conversaciones, el crujido de mandíbulas y el choque de los platos.
Pedían más luz: cada vez se hacía más densa la atmósfera humosa de la
hostería, y las llamas de las lámparas se marcaban apenas como gotas
de sangre sobre las paredes negras de hollín. De la inmediata cocina
llegaba un vaho de salsas picantes y leña humosa, que hacía llorar y
toser á muchos parroquianos. Algunos estaban ebrios á poco de comenzar
la comida, y pedían coronas de flores á los esclavos para adornarse
como en los banquetes de los ricos. Otros aplaudían con rugidos al
ver cómo se iluminaba el antro con el resplandor sangriento de las
teas que encendía el dueño. Los esclavos agitábanse tras el mostrador
de piedra, volcando las grandes ánforas, y corrían á la cocina para
salir inmediatamente rojos de asfixia, sosteniendo los grandes platos.
Esparcíase el vino por el suelo al volcarse una crátera, y de vez en
cuando, al asomar en las ventanas las pintadas caras de algunas rameras
--_lobas_ del puerto que esperaban el momento de hacer irrupción en la
hostería--, los marineros las saludaban con grandes risotadas, imitando
el aullido de la bestia cuyo nombre las servía de apodo, y arrojábanlas
parte de su comida, que se disputaban ellas entre arañazos y chillidos.
Los platos eran todos excitantes, propios para acompañar con un sorbo
cada bocado. Los griegos comían caracoles nadando en salsa de azafrán;
las sardinas frescas del golfo aparecían en rueda sobre los platos,
festoneadas de hojas de laurel; las coronas de pájaros se servían
cubiertas de salsa verde; los pastores iberos se contentaban con peces
secos y queso duro; los romanos y galos devoraban grandes trozos de
cordero chorreando sangre; presentábanse las anguilas de los lagos del
puerto con adornos de huevos cocidos; y todos estos platos y otros
más, iban cargados de sal, de pimienta, de hierbas de olor acre, á
las cuales atribuían las más extrañas cualidades. Todos sentían la
necesidad de gastar su dinero, de hartarse y rodar ebrios por el suelo,
consolándose así de la dura vida de privaciones que les esperaba en
los barcos. Los romanos que partían al día siguiente, habían cobrado
las pagas atrasadas y querían dejar sus _sextercios_ en el puerto de
Sagunto; los cartagineses hablaban con orgullo de su República, la más
rica del mundo, y los demás marineros elogiaban á sus patrones, siempre
generosos cuando tocaban en aquel puerto, de excelentes negocios. El
hostelero iba arrojando sin cesar en el fondo de una ánfora vacía
monedas de todas clases, lo mismo de Zazintho, con la proa de nave y la
Victoria volando sobre ella, como de Cartago, con el caballo legendario
y los espantosos dioses kabiros ó de Alejandría, con el elegante
perfil de los Ptolomeos.
Los más burdos remeros sentían caprichos de potentado, la comezón de
imitar durante una noche á los ricos para consolarse en los días de
hambre con este recuerdo, y pedían ostras de Lucrino, que algunas
naves traían en ánforas con agua de mar para los grandes comerciantes
de Sagunto, ó el _oxigarum_, que los patricios de Roma pagaban á
considerable precio; tripas de pescado salado preparadas con vinagre
y especias que despertaban el apetito. El vino negro de Laurona y el
de color de rosa del agro saguntino, parecían despreciables á los
que tenían dinero. Despreciaban igualmente el de Marsella, hablando
de la pez y el yeso con que lo preparaban, y pedían vinos de la
Campania, Falerno, Massica ó Cecubo, que, á pesar de su precio,
bebían en _cimbas_, vasos de barro saguntino en forma de barca, que
contenían gran cantidad de líquido. Y junto con los platos calientes
y la variedad de bebidas, desde la cerveza celtíbera á los vinos
extranjeros, aquellos hombres devoraban grandes cantidades de verduras
y frutas, hambrientos, por las largas permanencias en el mar, de los
productos de los campos. Se arrojaban sobre los platos cubiertos de
hongos, comían á puñados los rábanos aderezados con vinagre, los
puerros, las acelgas y los ajos, y los montones de frescas lechugas de
las huertas del agro desaparecían, dejando cubierto el suelo de hojas
verdes y sucias de tierra.
El griego contemplaba este espectáculo desde la puerta, confundido con
unos cuantos marineros que no encontraban sitio en la hostería. Á la
vista del rudo banquete, el extranjero recordaba que no había comido
desde por la mañana, cuando el encargado de los remeros de la nave
de Polyantho le dió un pedazo de pan. La novedad del desembarco en
una tierra desconocida, había hecho callar su estómago, acostumbrado
á las privaciones; pero ahora, á la vista de tantos manjares, sentía
el zarpazo del hambre, é instintivamente avanzaba un pie dentro de la
hostería, retirándolo inmediatamente. ¿Para qué entrar? La bolsa que
colgaba sobre su vientre contenía _papirus_ atestiguando sus hechos
pasados; tabletas para anotaciones que ayudasen su memoria: hasta
guardaba en ella las pinzas de depilar y un peine, todos los menudos
objetos de que no se despojaba un buen griego, amante del cuidado
personal; pero por más que buscase en ella, no encontraría un óbolo.
En la nave le habían admitido gratuítamente al verle vagabundo en los
muelles de Cartago-Nova, porque el piloto respetaba á los griegos de la
Ática; se veía solo y hambriento en un país desconocido, y si entraba
en la hostería queriendo comer sin presentar dinero, le tratarían como
un esclavo, arrojándole á palos.
Atormentado por el vaho de las viandas y las salsas, prefirió huir,
arrancándose á aquel suplicio de Tántalo; y al retroceder tropezó con
un hombre alto, sin más traje que un _sagum_ obscuro y unas sandalias
con las correas cruzadas hasta las rodillas. Parecía un pastor
celtíbero; pero el griego, al tropezarse con él y cruzar una rápida
mirada, sintió la impresión de que no veía por primera vez aquellos
ojos imperiosos, que hacían pensar en los del águila posada á los pies
de Zeus.
El griego levantó los hombros con indiferencia. Lo que deseaba era
acallar el hambre, dormir si le era posible hasta la salida del sol. Y
huyendo de aquella barriada miserable, iluminada y ruidosa, buscó un
sitio donde descansar, y se encaminó al Fano de Afrodita. El templo,
situado en lo alto de la colina, tenía una ancha escalinata de mármol
azul, cuyo primer peldaño arrancaba del muelle.
El griego se sentó en la pulida piedra proponiéndose esperar allí la
llegada del día. La luna iluminaba toda la parte alta del templo;
los ruidos de las casas del puerto llegaban hasta él amortiguados,
confundidos y como arrollados al través de la gran calma de la noche,
en la que se fundían el lejano murmullo del mar, el estremecimiento
rumoroso de los olivares y el monótono canto de las ranas albergadas en
las marismas.
Varias veces oyó el griego un grito estridente y lúgubre, semejante al
aullido del lobo. De repente, sonó á sus espaldas; su nuca sintió un
soplo caliente, y al volverse vió una mujer que se inclinaba hacia él
con las manos en las rodillas, sonriendo con una expresión estúpida que
desgarraba su boca, dejando al descubierto las encías, en las que se
marcaban algunos claros.
--Salud, hermoso extranjero. Te he visto huir del bullicio; debes
fastidiarte en la soledad, y vengo en tu busca para que seas feliz.
Qué... ¿no puede ser?
El griego la reconoció al momento. Era una _loba_ del puerto, una de
aquellas infelices que había visto pulular en los desembarcaderos de
todos los pueblos; cortesanas cosmopolitas y miserables, amantes de
una noche de hombres de todos colores y razas, sin más voluntad que
la de caer de espaldas, con unos cuantos óbolos en la mano, sobre
una piedra ó á la sombra de una barca; antiguas hetarias sumidas en
el embrutecimiento, esclavas fugitivas buscando la libertad en la
prostitución, la suciedad y la embriaguez; hembras que representaban
el amor para los hombres crueles del mar; pobres bestias extenuadas de
jóvenes por las excesivas caricias, y destinadas cuando viejas á ser
tratadas á golpes.
El extranjero miraba aquella mujer todavía joven, y reconocía en ella
algunos restos de belleza; pero enflaquecida, los ojos lacrimosos, la
boca desfigurada por los dientes rotos. Iba envuelta en una amplia
tela que debió ser de bellísimo tejido, pero sucia ya y deshilachada;
sus pies estaban descalzos, y la enmarañada cabellera sosteníase con
una peineta de cobre, á la que la infeliz había añadido algunas flores
silvestres.
--Pierdes el tiempo viniendo aquí --dijo el griego con bondadosa
sonrisa--. No tengo ni un óbolo en mi bolsa.
El acento dulce de aquel hombre, pareció intimidar á la pobre
cortesana. Era una criatura acostumbrada á los golpes: para ella el
hombre representaba el empellón brutal, el placer manifestado con
mordiscos; y ante la dulzura del griego, se mostró desconcertada y
recelosa, como si presintiera un peligro.
--¿No tienes dinero? --dijo con humildad después de un largo
silencio--. No importa, aquí me tienes. Me gustas; soy tu esclava:
entre toda esa gente que alborota en la hostería, mis ojos han ido á tí.
Y se inclinaba sobre el griego, acariciando con las endurecidas manos
sus cabellos rizados, mientras él la examinaba con ojos de compasión,
viendo su pecho deprimido, su regazo combado, en el que parecían haber
impreso todos los pueblos la huella de su paso.
El extranjero, hambriento y solo en una tierra desconocida, se sentía
atraído por la bondad de aquella infeliz: era la fraternidad de la
miseria.
--Si deseas no estar sola, permanece á mi lado: habla lo que quieras,
pero no me acaricies. Tengo hambre: nada comí desde el amanecer, y en
este momento cambiaría todas las dulzuras de Citerea por la pitanza de
cualquier marinero.
La ramera se incorporó á impulsos de la sorpresa.
--¿Hambre tú?... ¿Tú desfalleces de hambre cuando yo te creía
alimentado con la ambrosía de Zeus?
Y sus ojos delataban el mismo asombro que si viera á Afrodita, la diosa
de blancas desnudeces, guardada arriba en su templo, descender del
pedestal de mármol, ofreciéndose con los brazos abiertos, por un óbolo,
á los remeros del puerto.
--Espera, espera --dijo con resolución, después de reflexionar largo
rato.
El griego vió como corría hacia las chozas, y cuando ya el cansancio y
la debilidad comenzaban á cerrar sus ojos, la sintió otra vez junto á
él, tocándole en un hombro.
--Toma, mi señor. Me ha costado mucho encontrar esto. La cruel Lais,
una vieja horrible como las Parcas, que nos ayuda á vivir en los días
difíciles, ha accedido á darme su cena después de hacerme jurar que á
la salida del sol le entregaré dos sextercios. Come, amor; come y bebe.
Y colocaba sobre los peldaños un pan moreno en figura de disco, unos
peces secos, medio queso saguntino blanco, tierno y rezumando suero, y
una jarra de cerveza celtíbera.
El griego se abalanzó á la comida y comenzó á devorar, seguido por
la mirada de la _loba_, que se dulcificaba por momentos, tomando una
expresión casi maternal.
--Quisiera ser tan rica como Sónnica, una que, según cuentan, comenzó
como cualquiera de nosotras, y es dueña de muchas de esas naves, y
tiene jardines asombrosos como el Olimpo, y tropas de esclavos, y
fábricas de alfarería, y medio agro es de su propiedad. Quisiera ser
rica aunque sólo fuese por esta noche, para regalarte con cuanto de
bueno hay en el puerto y en la ciudad; para darte un banquete como los
de Sónnica, que duran hasta el día, y donde tú, coronado de rosas,
bebieses el Samos en copa de oro.
El griego, conmovido por la sencillez y la ingenuidad conque hablaba
aquella infeliz, la miró con dulzura.
--No me lo agradezcas: yo soy quien debo darte gracias por la felicidad
que me proporciona darte de comer... ¿Qué es esto? No lo sé. Nunca se
aproximó á mí hombre alguno sin darme algo. Unos monedas de cobre,
otros algún pedazo de tela ó una pátera de vino: los más golpes y
mordiscos: todos me han dado algo, y yo sufría y los detestaba. Y tú
que llegas pobre y hambriento, que no me buscas, que me rehuyes, que
nada me das, ha bastado que estés junto á mí para que discurra por mi
cuerpo una felicidad desconocida. Al darte de comer me siento ebria
como si saliera de un festín. Dí, griego: ¿eres realmente un hombre ó
eres el padre de los dioses que ha venido á honrarme descendiendo á la
tierra?
Y exaltada por sus propias palabras, púsose en pie en mitad de la
escalinata, y extendiendo sus brazos rígidos hacia el templo bañado por
la luna, exclamó:
--¡Afrodita! ¡Mi diosa! Si algún día llego á reunir lo que cuestan dos
palomas blancas, las presentaré en tu ara adornadas con flores y cintas
de color de fuego, para recuerdo de esta noche.
El griego bebía el amargo líquido de la jarra y la tendió á la
cortesana, que buscó en el barro el mismo sitio que habían rozado los
labios de su compañero, para poner los suyos.
No tocó la parte de la cena que le presentaba el griego: únicamente
siguió bebiendo, lo que parecía darla mayor locuacidad.
--¡Si supieras lo que me ha costado encontrar todo esto!... Las
callejuelas están llenas de ebrios, que, revolcándose en el barro y
arrastrándose sobre las manos, te rasgan las ropas y te muerden las
piernas. El vino corre por fuera de las puertas de las hosterías. En
el muelle reñían hace poco. Unos africanos curaban á un compañero,
metiéndolo de cabeza en el agua: un celtíbero se la había abierto de
un puñetazo. Á Tuga, una muchacha ibera, se divierten cogiéndola por
los pies y metiéndola de cabeza en la crátera más grande de la taberna,
hasta que la retiran medio ahogada por el vino. Es la diversión de
siempre. Á la pobre Albura, una amiga mía, la he visto sentada en el
suelo chorreando sangre, sosteniéndose en la palma de la mano un ojo
que le había hecho saltar de un puñetazo un egipcio ebrio. ¡Lo de todas
las noches! Y, sin embargo, ahora me da miedo: apenas si te conozco y
parece que vivo en un mundo nuevo, que me doy cuenta por primera vez de
lo que me rodea.
Y á continuación le relató su historia. La llamaban Bachis y no conocía
con certeza su país. Había nacido sin duda en otro puerto, porque
recordaba confusamente en los primeros años de su vida un largo viaje
en una nave. Su madre debió ser alguna _loba_ de puerto y ella el fruto
del encuentro con un marinero. Aquel nombre de Bachis que le habían
dado desde pequeña era el de muchas cortesanas famosas de Grecia. Una
vieja la compró sin duda al piloto que la trajo á Sagunto, y niña aún,
mucho antes de sentirse mujer, conoció el amor, viendo visitada la
choza de la vieja por negociantes ancianos del puerto y libertinos
de la ciudad que se recomendaban unos á otros aquel cuerpo infantil,
débil y pobre, en el que aún no se marcaban los abultamientos del sexo.
Al morir su dueña se hizo _loba_ y pasó á poder de los marineros, de
los pescadores, de los pastores de la inmediata sierra, de toda la
muchedumbre brutal que pululaba en el puerto.
Aún no había cumplido veinte años y estaba envejecida, ajada, exprimida
por los excesos y los golpes. La ciudad la veía siempre de lejos. En
toda su vida sólo había entrado en ella dos veces. Allí no toleraban
á las _lobas_. Consentían su permanencia junto al Fano de Afrodita
como garantía para la seguridad de Sagunto, que así tenía alejadas
á las gentes de todos los países que llegaban al puerto; pero en la
ciudad, los iberos de puras costumbres se indignaban á la vista de las
cortesanas, y los griegos corrompidos eran demasiado refinados en sus
gustos para sentir misericordia ante aquellas vendedoras de amor que
caían como bestias en celo al borde de un camino por un racimo de uvas
ó un puñado de nueces.
Y allí, á la sombra del templo de Venus, transcurriría su vida,
esperando siempre nuevas naves y hombres nuevos que caían sobre
ella, velludos, obscenos y brutales como sátiros, mordidos por las
abstinencias del mar, hasta que un día la asesinasen en una riña de
marineros ó apareciese muerta de hambre al lado de una barca abandonada.
--Y tú ¿quién eres? --terminó diciendo Bachis--. ¿Cómo te llamas?
--Mi nombre es Acteón: mi patria es Atenas. He corrido mucho mundo:
en unas partes he sido soldado, en otras navegante: he peleado, he
comerciado y hasta he compuesto versos y hablado con los filósofos de
cosas que tú no entenderías. He sido rico muchas veces y ahora tú me
das de comer. Ésa es toda mi historia.
Bachis le miraba con ojos de admiración, adivinando al través de sus
concisas palabras todo un pasado de aventuras, de terribles peligros y
de prodigiosos vaivenes de la fortuna. Recordaba las hazañas de Aquiles
y la aventurera vida de Ulises, tantas veces oídas en los versos que
declamaban los marineros griegos al sentirse ebrios.
La cortesana, reclinándose en el pecho de Acteón, acariciaba con una
mano su cabellera. El griego, agradecido, sonreía fraternalmente á
Bachis con la misma frialdad que si fuese una niña.
Dos marineros salieron de entre las chozas y comenzaron á tambalearse
en el muelle. Un aullido penetrante que parecía desgarrar el aire, sonó
junto á los oídos de Acteón. Su amiga, impulsada por la costumbre, con
el instinto del vendedor que adivina de lejos al parroquiano, se había
puesto de pie.
--Volveré, mi dueño. Me olvidaba de la terrible Lais. Tengo que darle
su dinero antes que salga el sol. Me pegará como otras veces si no
cumplo mi promesa. Espérame aquí.
Y repitiendo su aullido feroz, fué en busca de los marineros, que se
habían detenido y saludaban con risotadas y palabras obscenas los
gritos de la _loba_.
Al verse solo el griego, con el hambre aplacada, experimentó cierto
disgusto pensando en su reciente aventura. ¡Acteón el ateniense, el
que las hetarias más ricas de la hermosa ciudad se disputaban en el
Cerámico, protegido y adorado por una ramera del puerto!... Para no
volver á reunirse con ella, huyó de la escalinata, internándose en las
callejuelas del puerto.