«Habiendo acreditado la experiencia no se había podido evitar que en

horas _extraordinarias_ transiten personas sospechosas, pues en fraude

de ellas se ha verificado encontrarse sujetos de esta clase después _de

las doce de la noche_, con la cautela de llevar luz é ir separados para

que no se les pudiese detener por las rondas: considerando su señoría

que en semejantes horas nadie sin motivo urgente debe estar fuera de sus

casas y que el mero hecho de carecer de esta legítima causa le

constituye en sospecha», se ordenaba que fueran detenidos cuantos

vecinos fuesen encontrados, como medida más expedita.

Disposición fué esta, que se confirmó y amplió más tarde en otro bando

del mismo Olavide de 22 de Octubre de 1772, en el que se lee: «Toda

persona que se encuentre _después de dada las doce de la noche_ hasta el

primer toque del alba, que no sean sujetos conocidos, en quien desde

luego se excluye toda sospecha y que aunque lleve luz y vaya solo, no se

verifique causa legítima urgente que le precise á transitar á aquella

hora, cuya verificación (¡!) se haya de hacer en el pronto por la ronda

ó patrulla que lo aprediesen, y no acreditándose la urgencia, _se ponga

preso_ y haga justificación de su vida y costumbres para tomar la

providencia correspondiente conforme á lo que resulte...»

Ya se ve, pues, que entre el mal alumbrado y la gente _non sancta_, era

harto arriesgado transitar por las calles en los buenos tiempos de la fe

y de las venerandas tradiciones, pudiendo decirse que apesar de

repetirse nuevos bandos sobre alumbrado en 1777 y 1779, hasta 1791 no

contó Sevilla con un verdadero servicio, gracias al Asistente Ábalos,

que, por cuenta del Ayuntamiento y cargando una contribución á los

propietarios de casas, colocó faroles en todas las calles, los cuales

faroles eran de forma adecuada y de dos mecheros, durando el alumbrado

desde 1.º de Octubre de 1792 al 24 de Junio de 1793, las noches que no

hacía luna, y terminando en el comienzo del verano.

D. José Ábalos nada olvidó para el mejor resultado de la reforma, y á

este fin montó un cuerpo de celadores ó faroleros á los cuales ordenaba

que «los _mozos del alumbrado_ deben aderezar sus faroles diariamente,

de forma que se hallen corrientes para encenderlos á las horas

señaladas; cada uno recorrerá su partido de continuo para avivar el que

se amortigüe ó encender el que se apague con atraso. Estas maniobras las

han de hacer con actividad y prontitud: para ello y que no tenga

disculpa, han de ser mirados mientras lo ejecuten con la detención y

preferencia debida al público, á quien sirven, no deteniéndose con

pretexto alguno á que siga su ruta por las personas más privilegiadas».

Desde los tiempos de Ábalos el alumbrado público siguió con diversas

alternativas, siendo objeto de lucro para contratistas y negocio seguro

para algunos graves señores, en perjuicio del pueblo en general, hasta

que don José Manuel Arjona, hacia 1827, lo reorganizó con muy buen

acuerdo, estableciendo los faroles triangulares sobre pescantes de

hierro.

En 1839 tenía Sevilla mil faroles de un nuevo sistema inaugurado en 13

de Agosto de 1836, faroles de reverbero que causaron no poca admiración

del pueblo.

Por último, terminaré estos apuntes consignando que al establecerse el

gas, la calle de las Armas fué la primera que tuvo el nuevo alumbrado,

poniendo término á aquellos tiempos en que nuestros abuelos tenían de

noche la ciudad con luz... y á oscuras.

UN HOSPITAL DE PERROS

No sólo en el extranjero, y en estos nuestros tiempos de sociedades

protectoras de animales han existido hospitales y casas donde se

cuidasen con el mayor esmero á los irracionales para procurar su

conservación, tan útil á la sociedad. En Sevilla y en el siglo XVIII,

existió un hospital perruno, cosa que quizá muchos ignoren, y acerca del

cual he de escribir algunas líneas.

Hacia fines del año 1763, comenzó á iniciarse en la raza canina de la

población una enfermedad algo extraña, la cual atacaba á los _chuchos_

con tanta violencia, que en dos ó tres días eran muertos.

Esto, que al principio no llamó mucho la atención, atrájola luego

poderosamente cuando en Abril y á principios de Mayo, se recrudeció de

tal manera la enfermedad, que por las mañanas aparecieron las calles de

Sevilla llenas de perros de todas castas que habían muerto durante la

noche.

Preocupadas ya con esto las autoridades locales y temiendo que aquella

epidemia perruna fuese contagiosa y pusiese en peligro al vecindario, el

buen Asistente, que lo era á la sazón don Ramón Larrumbe, dirigióse á la

Sociedad de Medicina en 26 de Mayo, á fin de que este Cuerpo

interviniera en el asunto, y, examinando detenidamente á los canes

atacados, informase del riesgo que pudiera ofrecer á la salud pública.

Por lo pronto el Ayuntamiento se encargó de enterrar á los perros en un

sitio determinado, extramuros de la ciudad, nombrándose también una

comisión del Cabildo que auxiliase á los doctores en sus trabajos.

La Real Sociedad de Medicina, que había tenido su origen hacia 1697, y

cuyos estatutos fueron aprobados por el rey en 1700, estaba entonces

establecida en la calle de Levíos, y allí, en habitaciones convenientes

que dispusieron al efecto, acordó la Sociedad trasladar á los canes

enfermos, formando el hospital perruno.

Dice Matute en sus _Anales_ que los _chuchos_ estaban allí muy

cuidadosamente asistidos y que se «separaban en los diversos

departamentos, según el grado que advertían en su enfermedad»,

consignando también que para asistirlos se nombraron á seis enfermeros,

prosiguiendo en tanto los doctores sus estudios para dar con el

padecimiento y los medios de combatirlo.

Preciso es confesar que hubo el mayor acierto, pues el plan de curación

empleado dió unos resultados excelentes, de tal modo, que las

defunciones perrunas comenzaron á disminuir con gran complacencia de los

amos, que volvían á recuperar sanos y salvos á sus mastines, pechones,

rateros, galgos y podencos, cuyas vidas habían visto en peligro.

La epidemia desapareció á fines de Julio y Agosto por completo,

dictaminando los doctores que el mal no había sido contagioso, como se

pensó, y que fué _un catarral maligna con ofensa á los pulmones_

(palabras de Matute), ampliándose luego todo lo ocurrido y los

caracteres de la enfermedad en el trabajo que más tarde insertó la

Sociedad de Medicina, en el tomo VI de sus _Memorias_.

Véase cómo los sevillanos de 1764 se mostraron humanitarios con la raza

canina, hasta el punto de darla un hospital, raza tan maltratada luego,

que en 1812 se ordenó por bando, que se matasen sin contemplaciones

cuantos perros vagaban por la ciudad y que aún es víctima de los laceros

municipales, que de tan cruel persecución las hacen blanco.

LA ROSA PÉREZ

Una de las cómicas más aplaudidas y festejadas de los públicos de

Andalucía, á fines del siglo XVIII, era Rosa Pérez, la cual dió no poco

que hablar con sus galanteos, y tuvo gran número de ardientes

partidarios, que en más de una ocasión riñeron por ella apasionadas

disputas, tan frecuentes en aquellos tiempos entre los aficionados al

teatro.

Tenía la actriz lindo palmito y gracia natural, con lo que, como era de

suponer, andaban por ella muchos galanes bebiendo los vientos y haciendo

no pocas locuras, algunas de las cuales fueron bastantes ruidosas, dado

que á la comedianta no le desagradaban las aventuras.

Su repertorio era muy vario, y cuentan que se distinguía, no sólo en la

declamación, sino en el canto, para el cual poseía muy felices

condiciones, habiendo memoria de que los mayores triunfos los obtuvo por

su voz, dotada de raro atractivo.

Dejando para los que escriban la historia del arte escénico el seguir

paso á paso la carrera artística de la Rosa Pérez, á quien sus

contemporáneos elogiaron mucho, diré sólo que esta carrera tuvo

súbitamente fin, término y acabamiento, cuando no lo esperaban,

ciertamente, los finos apasionados de la actriz, ni el público, que

tantas y tantas veces le había aplaudido al verla en escena interpretar

los más diversos papeles.

El día 2 de Febrero de 1800, el convento de santa María la Real, de

Sevilla, vióse engalanado y lleno de concurrencia, en la que figuraban

muy señaladas personas de la ciudad, las cuales presenciaron la

profesión religiosa de la antes tan aplaudida y festejada actriz Rosa

Pérez, que se convirtió en _sor Rosa de Jesús María_.

Los motivos que impulsaron á aquella linda mujer de no vulgar talento á

renunciar á la vida y sepultarse en las frías lobregueces de un

claustro, no es cosa que yo sepa y nada apuntaré por no alterar los

hechos con suposiciones más ó menos gratuítas; pero sí es cierto que á

la profesión de la actriz, se dió por la gente devota gran resonancia,

que los padrinos fueron de la más encumbrada nobleza y que la solemnidad

tuvo un brillo y esplendor inusitado.

Y para que nada faltase en aquel acto, arrojáronse á los concurrentes en

diversas ocasiones, durante la función, multitud de _aleluyas_, en las

cuales un poeta anónimo, que firmaba F. M. C., quizá antiguo admirador

de la cómica, esprimió su ingenio en octavas reales, alusivas al acto,

algunas de las cuales eran del tenor de estas que á título de curiosidad

reproduzco:

Rosa, sin duda alguna que nacistes

para aplausos: los hombres admirastes:

al mundo con tu acento sorprendistes,

y elogios de las gentes escuchastes.

Desengañada, al claustro te vinistes

y aquí el reposo con placer hallastes;

hay siempre quien te aplauda con anhelo;

antes era la tierra, ahora es el cielo.

Canta Rosa, su voz tiene pendiente

un cúmulo de humanas atracciones

zozobrando en el rápido torrente

de aplauso general y aclamaciones.

Viénese al claustro, llora penitente

y al cielo le merece aceptaciones;

Rosa, tu suerte siempre la mejoras

feliz si cantas, más feliz si lloras.

No fué esta aplaudida comedianta de Sevilla la única que dió fin á su

carrera de tal modo: que algunas más que ella, después de lucir en las

tablas sus gracias y donaires y después de pasar lo mejor de la vida,

alegre y regocijadamente, se retiraron á descansar al convento, donde

dieron grandes muestras de virtudes.

Porque ya se sabe: el diablo harto de carne, etcétera, etcétera....

CÓMO EMPLEÓ UN DÍA EL REY JOSÉ

El 9 de Febrero de 1810 encontrábase en Sevilla el rey José I,

acompañado de su corte y sus ministros, y aquel día fué destinado por el

monarca á visitar varios edificios notables y establecimientos

industriales de la ciudad, con el sano propósito de ponerse de cierto

modo en contacto con el pueblo, y recibir de éste algunas pruebas de

afecto, de las que, á decir verdad, al llegar á la población andaba algo

necesitado.

Así, pues, aquella mañana, después del almuerzo, José salió del Alcázar,

llevando consigo al ministro del Interior, al Intendente de la provincia

y á algunos oficiales, y á caballo se dirigió á la Fábrica de Tabacos.

Era aquel sitio apropósito para recibir cierto homenaje popular, pues en

los distintos talleres trabajaban entonces más de mil operarios (aún no

había todavía cigarreras), y como era de suponer, ellos no habían de

permanecer mudos ante la presencia del nuevo monarca.

Así ocurrió, en efecto; el rey recorrió con el superintendente las

amplias dependencias, donde se fabricaba el rapé, las del tabaco suelto

y las de los cigarros, siendo en todas ellas vitoreado por los

trabajadores, los cuales recibieron por encargo del José un socorro en

metálico que les fué equitativamente repartido.

De la Fábrica de Tabacos, pasó el monarca á visitar el museo de

antigüedades, que estaba establecido en uno de los salones bajos del

Alcázar, museo que se debió principalmente al célebre don Francisco de

Bruna, y que se formó en gran parte con las estatuas y objetos sacados

en las excavaciones de Itálica.

Visto el museo, la comitiva regia salió de nuevo, pasando al edificio de

la Lonja, cuya planta baja recorrió el Bonaparte, muy complacido al

parecer y haciendo notar la semejanza que encontraba entre aquel

edificio y los otros del tiempo de Felipe II que había visitado,

subiendo al piso principal, donde se encontraba el Archivo de Indias.

Pero allí tuvieron los visitantes una grave contrariedad, y fué que

habiendo mostrado el rey deseos de ver las cartas de Hernán Cortés, de

Pizarro, de Almagro y de los principales conquistadores de América, hubo

que manifestarle que no se encontraban allí, pues la _Junta Suprema_, al

acercarse los franceses, se llevó á Cádiz cuantos documentos, planos,

cartas y papeles pudo, con objeto de salvarlos de que cayesen en poder

de los invasores.

José I salió con esto muy contrariado del Archivo de Indias, y aunque

empleó parte de la tarde en recorrer algunas fábricas particulares para

inspirar simpatías á los obreros, notósele desde luego un mal disimulado

enojo.

El día 9 lo terminó el rey asistiendo por la noche al teatro Principal,

donde el Ayuntamiento había dispuesto en honor suyo una función

extraordinaria, en la que hubo, á más de la representación de _La dama

sutil_, cantata en elogio del rey, sainete de circunstancias y bailes

andaluces, que entretuvieron en extremo á la oficialidad y á las tropas

invasoras.

Era aquella la primera función teatral á que José asistía en Sevilla, y

á su entrada y salida del coliseo, fué vitoreado por diversos grupos de

afrancesados que le siguieron hasta su regreso al Alcázar.

Estas manifestaciones dieron motivo á las cándidas líneas que la _Gaceta

de Sevilla_, escrita por Lista, insertaba en su número del sábado 10 de

Febrero:

«Anoche asistió S. M. á la función que le había ofrecido la Ciudad en el

teatro, el cual ha sido abierto al cabo de dos años que permaneció

cerrado. Hubo una cantata, comedia, sainete y varias danzas de las

propias del país. El teatro estaba ocupado por las personas que habían

sido convidadas. S. M. fué recibido con entusiasmo y se mostró contento

de los afectos que le manifestó aquel concurso numeroso y lucido. S. M.

tuvo la bondad de hacer que el corregidor estuviese á su lado durante la

representación; parece ha querido con esta demostración corresponder á

la ciudad por los buenos sentimientos que le manifestaba.»

La _cantata_ que se entonó en el teatro era obra del poeta D. Manuel M.ª

Arjona, y su autor la había escrito para que se entonase en un concierto

ante el rey José, en Córdoba, cosa que no llegó á verificarse. De la

letra, ya olvidada hoy, sólo copiaré los últimos versos, que decían:

«....Tal vez se mire en aterido invierno

gemir el campo en languidez marchita

sufriendo su rigor y hielo eterno.

Mas súbito Favonio el vuelo agita

y ya al impulso de Pomona tierno

el orbe renovado,

se ve de hermosas flores coronado.

Así la España

que triste yace

en llanto baña

su hermosa faz.

Mas se complace

mas se reanima

y á tu presencia

¡oh Rey piadoso!

goza en reposo

ya la influencia

de la alma paz.»

A la salida del teatro, como ya dije, el rey José I fué vitoreado,

retirándose luego á su palacio á descansar.

Con todo lo que dejo apuntado puede enterarse el lector de estas _Cosas

nuevas y viejas_, de cómo empleó el rey José Bonaparte el día 9 de

Febrero de 1810, octavo de su residencia en Sevilla.

BENEFICENCIA INVASORA

El año de 1812 fué uno de los de más dura prueba y de más triste

recordación para los sevillanos del siglo pasado.

Dominada la ciudad por las tropas francesas desde hacía veinte y tres

meses, y habiendo desde los comienzos de Enero recrudecido la guerra en

toda la provincia, pronto comenzaron á sentirse los tristes efectos de

aquella situación anormal, de manera harto lamentable y sensible á

todos.

El mal tiempo y los estragos del continuo batallar en los campos de la

provincia, trajeron consigo la pérdida de las cosechas, aumentando la

carestía de los artículos de primera necesidad hasta el punto de que en

la capital el hambre se inició con todos sus horrores.

«La hogaza de pan con peso de tres libras--dice Martín Villa--subió á 24

y 30 reales: las familias acomodadas sintieron la escasez y miseria: los

más pobres y los más desvalidos fallecían desmayados en las calles, y en

las casas más caritativas se cuidaban de poner con aseo y alguna

decencia, arrimados á la pared de la calle, los despojos de la cocina

para que los indigentes pudiesen rebuscar entre ellos alguna cosa con

que aliviar el hambre que los devoraba.»

Imposible de atajar aquellos males por entonces, fueron en aumento con

harta desgraciada rapidez, y en los meses de primavera de 1812, la

población ofrecía el espectáculo más triste, como da idea un acuerdo

capitular de 8 de Junio, en el cual se lee:

....«Que se represente al excelentísimo señor General en jefe y á las

demás autoridades, la imposibilidad de poder cumplir con los pedidos que

se hacen, y que si se llevan á efecto, cree la municipalidad está muy

próxima la _total ruina de esta ciudad_, siendo demasiado notoria la

_decadencia_ y _despoblación_ que se nota con todo lo demás que se tenga

por oportuno manifestar por los señores comisionados D. Eduardo

Valvidares y D. Fernando de Iriarte, de quienes espera la municipalidad

sabrán desempeñar este cargo con todo el esmero y prontitud posibles, de

que tantas pruebas tienen dadas.» (Act. 2.ª Escribanía.)

Las autoridades francesas seguían en tan triste situación exigiendo

cantidades é imponiendo diferentes arbitrios sobre particulares y

corporaciones, siendo harto censurable la conducta de los proveedores

del ejército imperial que habían acaparado el trigo, aumentándose así

los horrores del hambre.

Procuraban, no obstante, los invasores, que la verdadera situación de la

ciudad se desconociese fuera de ella, y aun se esforzaban por ocultar

cuanto podían, aquí mismo, los estragos del mal, y así, pues, ni se

insertaban noticias en la _Gaceta de Sevilla_ sobre este punto, ni

dejaban salir correspondencia que del daño tratase, castigando muy

severamente á los que propagaban por cualquier medio el conocimiento de

aquellas miserias.

En tal situación, y viendo la urgencia de socorro que el pueblo

necesitaba, pusieron en práctica uno que no dejó de dar algún

resultado.

Al efecto abrieron una suscripción casi forzosa entre las personas de

capital, para sostener con ella dos repartos de sopa diaria, que habían

de hacerse en los barrios más populosos y á los vecinos pobres que se

hallaban faltos de todo alimento y tantos eran á la sazón.

Sobre esta sopa que los invasores repartían públicamente, cayó el pueblo

hambriento, siendo lastimoso, á decir de un contemporáneo, el cuadro que

ofrecían los puntos donde se hacía la distribución, pues á más de dar

clara prueba del infinito número de gente que vivía en la miseria,

demostraba á qué menguada situación habían venido familias antes

acomodadas, y á quienes se veía entonces acudir con sus pucheros á

recoger aquel socorro.

Mas la sopa de los invasores no era bastante á remediar los males, y

entonces se fundó por iniciativa del poeta don Félix José Reinoso, que

se había ofrecido á la causa francesa, un hospital que no dejó de

prestar excelentes servicios.

«La obra del hospital--ha escrito el mismo Reinoso--fué recibiendo su

incremento á medida de sus auxilios. Las camas llegaron muy en breve al

número de 70 en el hospital de hombres y de 85 en el de mujeres. El

total de los enfermos fué de 703, asistidos con tal esmero, cual no es

común en las enfermerías públicas. Además de la curación se les sirvió

durante la convalecencia en salas separadas; y después de su salida se

dió á todos una muy buena comida diaria por tiempo proporcionado á su

debilidad, pero nunca menos de veinte días. Ciento ocho duró la

hospitalidad.... Para esta empresa se abonaron 300 reales diarios por la

tesorería de provincia, y se destinó además el capital de 106.760

reales, valor de fincas puestas en rifa que no se ejecutó por no haberse

despachado todos los billetes.... Gravísimas dificultades hubo que

vencer en aquella penuria para proporcionar estos auxilios, mas al fin

se vencieron todas por la dichosa casualidad de no estar el mariscal

francés en Sevilla.»

Efectivamente, el mariscal Soult, no queriendo dar mucha publicidad á la

situación verdadera del pueblo de Sevilla, se opuso cuando regresó á la

ciudad á que se insertase en el periódico oficial el movimiento de

enfermos y el estado del hospital, el cual duró hasta fines de Agosto de

1812, en que los franceses salieron de Sevilla.

Y esta sopa económica para el pueblo y la fundación del hospital, dan

idea bien gráfica de lo que era la capital de Andalucía bajo la

dominación extranjera.

LAS LECTURAS PÚBLICAS DEL CAFÉ DEL TURCO

La inauguración del régimen constitucional en Sevilla, en Marzo de 1820,

trajo á la ciudad extraordinaria animación y movimiento, siendo raro el

día en que no se desarrollaban algunos importantes sucesos, que servían

de comidilla al público y daban margen á largos comentarios.

Además, como los ánimos de los liberales estaban harto exaltados y las

noticias que á diario llegaban de los diversos puntos de la península,

en los que se iba proclamando la Constitución, no dejaban de ser

interesantes, se despertó en los patriotas una fiebre de conocer cuanto

sucedía, y una manía discutidora que dió origen á la organización de

tertulias, reuniones y sociedades, en las cuales, con más ardor si cabe

que de 1812 á 1814, se empeñaron las más reñidas luchas.

El café de la _Cabeza del Turco_, situado en lugar tan céntrico como la

calle de las Sierpes, había servido ya en la primera época liberal de

centro de los enemigos del absolutismo, y entonces volvió á ser lo

mismo, llegando durante los tres años, á los tiempos de su mayor apogeo

y celebridad.

Era en 1820 dueño del café de la _Cabeza del Turco_, don Luís Tolva,

hombre patriota, si los había, gran admirador de Riego y Quiroga, y cuya

mujer, doña María Josefa Piñalosa, dejaba atrás á su marido, en esto de

las ideas liberales.

Tolva, deseando que aquel numeroso concurso que á diario llenaba el

café, estuviese al corriente de cuanto sucedía, estableció en el local

una especie de cátedra en la cual un ciudadano de buenos pulmones tenía

la misión de leer por las tardes y las noches los periódicos en alta

voz, así los que se publicaban en Sevilla, como los de la corte y otros

de las provincias más importantes, que á todos se suscribió el buen

Tolva, con la mejor y más sana de las intenciones.

Para que las lecturas se hiciesen con todo orden y diesen provechosos

frutos, don Luís Tolva redactó con gran pulso y meditación un

_Reglamento_, que constaba de trece artículos, y el cual fué aprobado en

14 de Abril por el jefe superior político, Moreno Daoiz.

El original de este _Reglamento_, que poseo, da exacta idea de lo que

eran aquellas tertulias del famoso _Café del Turco_, y ofrece una nota

bien característica de la época en que fué redactado.

La forma en que se hacía la lectura está bien expresada, pues en el

artículo tercero se lee que «la pieza destinada para el efecto, es en la

que antes estaba la mesa del billar. En ella habrá un asiento _algo más

elevado que los demás_ para el que lea los papeles, á fin de que pueda

oirse con comodidad y los señores suscriptores tendrán asiento

preferente alrededor, en la inmediación de aquél, pero las puertas del

salón estarán abiertas para los demás que quieran oir las noticias.»

Como se ve, los que querían empaparse bien de las lecturas y estar con

desahogo abonaban una cantidad mensual, la cual era de ocho reales, con

los que Tolva atendía al pago de las suscripciones, que llegaron á ser

bastante numerosas.

Y no dejaba de ser gracioso, que según el reglamento «concluída la

lectura de cada artículo podrá cualquiera hacer las observaciones que

guste», con lo que fácil es calcular que el salón de lectura se

convertía en centro de las más acaloradas discusiones, que terminaban á

veces de manera harto tumultuaria y hasta con la intervención de la

autoridad.

Otras veces, después de la lectura de algún artículo exaltado inserto en

_La Sombra de Lacy_, en _El Argos_, en _El Grito de Riego_, ó en _El

Zurriago_, y tras violentos discursos y empeñadas polémicas, todo aquel

concurso se arrojaba á la calle y recorría varios lugares, dando vivas y

mueras, hasta quedar rendidos.

En el _Reglamento_ se hace también constar «que si algún suscritor

necesita enterarse más al pormenor de algunos papeles, podía hacerlo en

las horas restantes del día sin salir de la habitación, que el que

quisiera suscribirse había de poner su nombre en una lista formada al

efecto, y que el «dueño del café no lleva otro interés que proporcionar

un entretenimiento á los señores que lo favorezcan.»

Cosas nuevas y viejas (apuntes sevillanos) · 第 16 / 18 段