segunda época constitucional y se dió el caso en ciertas ocasiones, que
no estando el público conforme con las ideas de algunos artículos, con
toda algazara arrojasen los periódicos á la letrina entre grandes
aplausos.
Las lecturas públicas en el _Turco_ compitieron en forma y alboroto con
las reuniones de la _Sociedad Patriótica_ establecida en el exconvento
de Regina y en ambas adquirieron relieve y notoriedad gran número de
liberales cuya oratoria pintoresca producía siempre el mayor efecto.
En Junio de 1823 tuvo término y desastroso fin el salón de lectura, y
cuando el día 13 las turbas realistas saquearon el establecimiento,
destrozaron la tribuna, quemaron el mobiliario y prendieron fuego á
cuantos papeles liberales había allí coleccionados, los cuales tanto
habían entusiasmado á los ardientes patriotas sevillanos.
LAS DAMAS SEVILLANAS Y LA BANDERA LIBERAL
La prudencia en unas, el temor natural en otras y la presión ejercida
sobre todas, hizo que cuando derrocado el sistema liberal, en 1823, las
damas sevillanas que, siguiendo nobilísimos impulsos, se habían señalado
por sus ideas afectas á la libertad, durante la época constitucional,
negasen aquéllos y tratasen de borrar por diversos medios cuanto pudiera
comprometerlas con las sanguinarias autoridades absolutistas, que nada
respetaban.
Además los elementos reaccionarios, esos eternos perturbadores que, con
sus demasías han provocado siempre la discordia y turbado la paz de los
pueblos, achacándolo luego hipócrita y villanamente á las almas libres y
honradas, trataron entonces de recobrar su influencia perdida sobre la
mujer, obligando á algunas, como el padre Garzón hizo con una señora
(cuyo nombre callo porque viven de ella descendientes) que, como
penitencia por haber dado en público vivas á Riego, fuese á cierta
parroquia de las más concurridas y que á la hora de misa mayor
atravesase de rodillas el templo, con los brazos en cruz y como expuesta
á la pública vergüenza por su delito...
Mas aunque tanto y tanto se trató luego por los realistas de borrar la
participación que el bello sexo tomó en la revolución, no pudieron hacer
desaparecer todas las pruebas que esto probaban; así sucedió con el
generoso acto que las más principales damas sevillanas llevaron á cabo
en 1821 costeando y haciendo con sus propias manos una bandera que
regalaron á los Milicianos Nacionales de nuestra ciudad, en que figuraba
lo más florido de la juventud; como dice un autor, «dejaban las
comodidades y el regalo de su casa para empuñar las armas en defensa de
la libertad, sufriendo todas las penalidades y malos ratos de la vida de
campaña.»
Con razón ha escrito el señor Velilla en un artículo titulado _Liberales
y realistas_, que «la mayor parte de ellas (las españolas), sin
distinción de condiciones, se habían apasionado por la Constitución y la
libertad, á lo menos en Andalucía, donde más arraigo tenía la causa
liberal,» y esto puede probarse con una multitud de hechos y con nombres
bien conocidos de esta región.
Acogido, pues, con gran entusiasmo el proyecto de regalar las banderas á
la _Milicia Nacional de Sevilla_, se abrió la suscripción, en la que es
cierto que sólo se admitían señoras, formándose una lista que fué
encabezada por doña Josefa de O Denoju, hermana del jefe superior
político, y por doña María de los Dolores Mendieta de Carvajal, esposa
del poeta don Tomás José González Carvajal y madre del conde del Cazal,
á quien todos recuerdan en Sevilla.
Esta lista, que existe original en el Archivo Municipal (_Escribanías de
Cabildo_), lleva escrita al frente estas patrióticas palabras, que dan
idea del espíritu que animaba á las damas liberales hispalenses:
--_Si nuestros hermanos, parientes y amigos se han apresurado á
alistarse voluntariamente para defender la patria y sostener nuestra
sabia constitución, á las sevillanas nos toca, poseídas de los mismos
sentimientos, presentarles las banderas que los reuna contra sus
enemigos y los empeñe más y más en su defensa, para cuyo patriótico fin
se abre una suscripción para ocurrir á los gastos indispensables y cuya
lista es la siguiente._
Y á continuación seguían las firmas de las dos citadas señoras y en la
larga lista familias tan distinguidas y conocidas como doña Francisca
Dominé, doña María Arana de Cavaleri, condesa de Villapineda, doña María
Teresa Núñez de Prado, condesa de Montelirio, marquesa de San Gil, doña
María de los Dolores Gómez de Olavarrieta, doña Josefa del Aguila de
Ureta, doña María Irureta, la marquesa de Torres, la marquesa de
Castilleja, doña María del Rosario Ibarra y Le Roy, doña María Juana de
Madariaga, doña Teresa Manuel de Villena y otras muchas, cuya
enumeración habría de ocupar demasiado espacio.
Concluidas las banderas, que eran de ricas telas y estaban bordadas con
gran primor, fueron entregadas solemnemente á la _Milicia Nacional_ de
Sevilla, la cual las recibió con gran estima y aprecio; y cuando
llegaron los días difíciles y tristes de 1823, en que las tropas de
Angulema invadieron á Sevilla, y los bravos milicianos siguieron á Cádiz
los últimos restos del gobierno constitucional, llevando consigo aquel
monarca traidor, infame y trapacero, el emblema de unas almas libres en
que manos cariñosas y delicadas habían trabajado ondeó en el Trocadero á
la vista de los soldados de la _Santa Alianza_.
Muchos de aquellos jóvenes apuestos de la milicia, no volvieron jamás á
Sevilla, y perecieron víctimas del furor reaccionario, derramando su
sangre generosa en defensa de la libertad.
Y por esto tal vez, expresando el dolor de aquella marcha que para
algunos no tendría la alegría del regreso, una voz amante, una voz de
mujer dulce y amorosa cantó con suspiros y lágrimas:
«El día que se fueron
los milicianos,
aquel día mis ojos
no se secaron.
¡No se secaron
el día que se fueron
los milicianos!»
LAS DELICIAS
Son los jardines llamados de las Delicias gala y ornato de Sevilla, por
su situación, sus condiciones y las bellezas que ofrecen. La fama de que
gozan no es, á la verdad, injustificada, y con razón han sido más de una
vez elogiados por plumas extrañas, en que no podía caber la parcialidad
á que inclinaría el cariño de los naturales de esta tierra.
El lugar donde se construyeron las Delicias fué en un tiempo árido
campo, inmediato al cual estaba aquella casa de placer donde un día
sesteó Felipe II, llamada de la _Bella Flor_, y que dió nombre al otro
paseo de la orilla del río, que bien merece capítulo aparte.
Ya en el siglo XVIII, y en tiempos del Asistente Dávalos, se formó una
glorieta adornada con árboles, fuente, pirámides y asientos que fué la
admiración de nuestros antepasados, mas aquel sitio puede decirse que no
llegó á embellecerse por completo y á convertirse en uno de los más
hermosos de las afueras de Sevilla, hasta los años en que ejerció el
cargo de Asistente el célebre D. José Manuel de Arjona, á quien se
debieron no pocas mejoras materiales de la población.
Escogió Arjona con buen acierto aquel lugar para edificar tales
jardines, comenzándose las obras en 1826, y dándose por terminadas en
1829, con gran satisfacción de los sevillanos.
El árido campo se convirtió en ameno lugar de recreo, y en él surgieron
los copudos árboles, las calles enarenadas, las caprichosas sendas, los
cuadros de flores, el estanque de limpias aguas, las rústicas casitas,
los cenadores cubiertos de ramaje, las fuentes marmóreas, las estatuas,
los jarrones, y todo aquel hermoso jardín á quien el pueblo dió el
nombre de _Delicias_.
Para contribuir más al embellecimiento de tal sitio, trajeron plantas
hasta entonces no conocidas en Sevilla, las cuales se procuró cuidar con
gran esmero, no siendo extraño que en poco tiempo la mayor parte de
ellas sirviese para recreación de los paseantes.
Por último se dotó de abundante agua para el riego de los nuevos
jardines, instalándose una máquina de vapor próxima á la orilla del
Guadalquivir y para la cual se llevó á cabo una construcción hecha al
efecto de sencilla y sólida arquitectura, obra de don Melchor Cano. En
las paredes púsose una lápida que conmemoraba aquellas obras y que decía
así:
«_Siendo rey don Fernando VII, pío, feliz, restaurador, don José Manuel
de Arjona, Asistente de la ciudad, renovó los paseos antiguos: hizo
otros nuevos; formó un plantel para la reposición de los árboles,
construyó cañerías, puso y exornó con un templete gótico esta máquina de
vapor para regar la alameda y los sembrados inmediatos.--Año de 1829._»
Tuvo Arjona particular predilección por aquellos jardines, que venciendo
no pocos obstáculos, no habían levantado á su iniciativa, y cuando dejó
el puesto de Asistente para marchar á la corte, dejó iniciados
diferentes proyectos para mejorarlos y aumentar su embellecimiento.
A partir de 1835, en las Delicias se llevaron á cabo algunas reformas,
que no nos he de detenerme en enumerar prolijamente, pero las cuales, ni
entonces ni después han transformado en lo esencial la forma y traza que
desde su principio tuvieron los jardines...
Estos se ampliaron en un gran trozo que se exornó convenientemente,
construyéndose más tarde una gruta artificial, y poco antes de la citada
fecha trasladáronse allí no pocos bustos y estatuas de mármol, que
estaban repartidas en algunos paseos del interior de la ciudad, como el
del Museo, en cuyo centro se alzaba la fuente que corona la estatua del
robusto niño, de belleza un tanto grotesca, á quien el vulgo conoce por
el _niño del caracol_.
Entre los citados bustos y estatuas, muchos de los cuales pertenecieron
al antiguo palacio de Umbrete, propiedad de la Mitra hispalense, existen
algunos de dioses de la mitología y de personajes romanos que no carecen
de mérito artístico, y que señalaría con algún detenimiento de buen
grado. También se colocó en el centro del estanque la estatua del
guerrero que fundió el célebre Bartolomé Morell el siglo XVI y que
coronó la fuente en la plaza de San Francisco.
Durante más de medio siglo, las Delicias constituyeron el orgullo de los
sevillanos, que fuera de los paseos del interior de la ciudad, no tenían
jardines tan amenos y lugar tan agradable para solazarse como aquel; mas
la moda se inclinó al inmediato paseo de la orilla del río, y entonces
la concurrencia acudió allí á ver y ser vista dejando poco á poco la
obligación que antes se había impuesto de transitar por las enarenadas
calles y bajo los llorones, naranjos y limoneros de las Delicias.
¡Y qué grato es el pasearse por ellas en los hermosos días de la
estación de las flores bajo un cielo purísimo, respirando la atmósfera
embalsamada, mientras la brisa suave mece con dulce murmullo las hojas
de los árboles!...
Mas apesar de todas estas bellezas, las Delicias serían susceptibles hoy
de algunas importantes mejoras, que llevadas á cabo conforme á modernos
planes, aumentarían ciertamente los atractivos de aquellos lugares y los
harían ser más favorecidos por el público. Quizás entonces la multitud
que por las tardes acude á la orilla del río no pasaría indiferente ante
las puertas del vergel levantado por el Asistente Arjona y que en otros
días fué punto de reunión necesaria de la buena sociedad, expansión de
femeniles bellezas y centro de la elegancia y de la moda de la capital
de Andalucía.
Sin embargo de todo, las Delicias tienen hoy un rival terrible, con el
que en vano intentan competir, y que le ha disputado, sin duda con gran
ventaja, la predilección de los sevillanos. Este rival es el Parque de
María Luisa, el hermoso parque que la ciudad posee desde hace pocos años
y que tan concurrido se ve así en los serenos días del invierno, como en
las mañanas de primavera y en las tardes de verano...
MONSIEUR THIERS EN SEVILLA
Después de uno de los períodos más activos de su vida y cuando por todos
los públicos cultos de Europa circulaba el anuncio de la famosa obra _El
consulado y el imperio_, Luís Adolfo Thiers emprendió un viaje por
diferentes naciones, siendo una las que visitó España, viniendo hasta el
mediodía, y deteniéndose en Sevilla cerca de una semana.
De la estancia de Mr. Thiers en la capital se conocían muy pocas
noticias hasta que un sobrino de don Juan Nicasio Gallego tuvo la
oportunidad de dar á luz unas cartas que poseía, cartas curiosas y que
fueron escritas á su ilustre tío por el deán de Sevilla don Manuel López
Cepero, á raíz del viaje del célebre historiador francés.
Con estas cartas y con algunas referencias insertas en la Prensa de
entonces, se puede conocer al pormenor cómo empleó el tiempo en esta
ciudad Thiers, y cuan disgustadas dejó por cierto, de su estancia á no
pocas personas, á quienes puso en situación bien poco airosa, y con
quienes se condujo de manera harto original y con extraña
despreocupación.
El sábado 20 de Septiembre de 1845, Thiers llegó á Sevilla en la
Diligencia, hospedándose en la posada de Europa, establecida en la calle
de Gallegos, y como quiera que ya de la visita tenían anuncio las
autoridades y algunas personas de significación, acudieron éstas á
saludarle á su alojamiento, pero se retiraron de él mohinas y
contrariadas, cuando los de la posada les hicieron presente que el
viajero se había retirado á su habitación, dando orden terminante de que
á nadie en absoluto recibiría.
Aquella noche misma, algunos de los franceses residentes en Sevilla,
creyendo obsequiar á su compatriota, fueron á darle una serenata, pero
parece que el ilustre diplomático no estaba tampoco para músicas y no
dejó muy contentos á los filarmónicos.
Famoso y tradicional es que los extranjeros que por primera vez nos
visitan, ya por costumbre, ya porque no pueden resistir la seducción, ó
porque tienen efectivamente gusto en ello, buscan en Andalucía más que
otra cosa con curiosidad las costumbres y tipos populares, de los que
tienen la mayoría las más absurdas creencias; y en este punto puede
decirse que el grave político francés perdió toda su gravedad y se
propuso en Sevilla echar una cana al aire, como suele decirse, y correr
su _juerguecita_, creyendo que aquellas calaveradas no habían
ciertamente de tener resonancia ni pasar á conocimiento de las
generaciones siguientes.
Así Thiers, el día después de su llegada, 21 de Septiembre, empleó sus
horas de este modo, que cuenta López Cepero, á su amigo el autor de _El
dos de Mayo_:
...«Estaba dispuesta una novillada y concurrió á ella dicho personaje,
rodeado de gente juglar y baladí, muy poco conforme á la categoría que
se le supone, y con esta chusma pasó toda la noche en un corral de la
calle Jimios, entre gitanos y mujerzuelas, lo más asqueroso que se usa
en las fiestas de candil á que sólo aun entre la canalla suele verse
algún día de campo, estando desterrado en todo lugar y tiempo de la
gente de mediana educación y decencia.»
El tal corral de la calle Jimios era famoso en Sevilla, y más famoso por
vivir en él un hombre llamado el _maestro_ Félix, viejo zumbón,
dicharachero y gitanesco, entre bailarín y _cantaor_, que tenía gran
popularidad entre el majío y que era pájaro de cuenta por muchos
motivos.
Este conspicuo sujeto fué el encargado de entenderse nada menos que con
el famoso Thiers, el cual debió pasar muy buenos ratos en su compañía y
en el de las hembras y mozos de tronío que para festejar al francés se
reunieron en la calle Jimios, al olor de un buen pago.
Allí se organizó el baile y hubo vino en abundancia, durando la _juerga_
dos ó tres días, en los cuales hubo derroche de bebida y comida é hizo
el francés las mayores locuras, un tanto alegrete por el mosto, llegando
á esto que, con no poco gracejo, relata el deán sevillano:
Llevó á cabo en el baile «cosas muy ajenas, no ya de persona de tan alto
rango, sino de todo hombre de regular educación.... Las mozuelas que
danzaban derribaban con su pie el sombrero que Mr. Thiers tenía en la
cabeza, y por necesidad formaban con sus piernas un ángulo recto, cuyo
vértice se acercaba á la cara del observador, el cual, con risas y
palmadas, aplaudía la desenvoltura, reclamando la repetición.»
En tanto que el francés andaba entregado á aquellas diversiones, la
gente de letras de Sevilla lo buscaba por todas partes, extrañando mucho
y no pudiendo explicarse cómo no había parecido ni por el _Liceo
filarmónico_, ni por la Academia, ni por el Museo de pinturas, ni por
los teatros, ni por las bibliotecas, ni había mostrado interés alguno en
conocer los monumentos y las joyas de arte que en ellos se guardan.
Y se dió el caso, que aunque lo esperaban, no fué á visitar la Catedral,
dejando plantado á López Cepero el día 24; sólo á la mañana siguiente
entró y salió sin ser conocido, y cuando ninguna de las preciosidades
que en el templo se guardan pudo admirar.
En resumen, Thiers abandonó Sevilla el viernes 26 de Septiembre,
teniendo apenas tiempo para comer con el capitán general que lo invitó
varias veces á su mesa, y dejando con la conducta que siguió en la
ciudad harto enojados á los sevillanos cultos, como tan claramente se
desprende de las citadas cartas.
Esta fué la visita del grave historiador francés á la capital de
Andalucía, y los _estudios_ que para su famosa obra del _Consulado y el
imperio_ hizo en ella.
LA INAUGURACIÓN DEL TEATRO DE SAN FERNANDO
La inauguración del teatro de San Fernando fué un verdadero
acontecimiento, y al recuerdo de aquella gran temporada de 1847-48, bien
merece que dedique algunas líneas antes de terminar este libro.
Fué el local que hoy ocupa el coliseo, como es sabido, hospital del
Espíritu Santo. Este hospital existía desde muy remota fecha y en 1587
se reunieron en él otros menores, agregándole las rentas de treinta y
ocho de los que entonces se suprimieron, con lo que creció mucho su
importancia, comenzando por aquel tiempo á labrar el espacioso edificio
que ocupaba en la calle Colcheros.
Estaba destinado el hospital para la curación de llagas y de enfermos de
tisis, y en 1837, al reunirse todos los hospitales en el de la Sangre,
se trasladó allí por orden de la Junta de Beneficencia, dueña entonces
del local, que conservó la iglesia y destinó á oficinas y almacenes el
resto del edificio.
En 1838 celebró allí sus veladas el _Liceo Sevillano_ y en 1844 he
encontrado las primeras noticias sobre la idea de levantar en el sitio
un teatro, en estas líneas que se leen en el libro de actas del
Ayuntamiento, correspondiente á la sesión de 11 de Noviembre:
«Se dió cuenta de un oficio del Sr. Jefe Superior Político, trasladando
la Real Orden de 2 del actual por la que S. M. concedía su real permiso
á la _Junta de Beneficencia para construir un teatro en fincas de su
propiedad_, para acudir al sostén de los objetos de dicho ramo, bajo el
concepto de que haya de proceder subasta solemne. El Sr. Alcalde leyó
con este motivo una comunicación que le había dirigido el Sr. Conde de
Vistahermosa, contestando á otra en que S. S. le recomendaba el pronto
éxito de este asunto y una carta particular que le acompañaba.»
En Mayo de 1845, vendido ya el edificio por la Junta, el jefe político,
Hezeta, ofició al Ayuntamiento invitándolo á que se suscribiese por
algunas acciones á la empresa que se formaba en Sevilla para levantar un
teatro en la calle de Colcheros, opinando la comisión de Hacienda según
informe de 28 del citado mes, que la ciudad se debía suscribir por seis
acciones, en vista de lo cual se acordó en cabildo secreto, conservar
ciertos derechos sobre el teatro que se edificase. Con esto no se
conformó la Sociedad, quien en 14 de Junio hizo una solicitud al
Municipio pidiendo se revocase el acuerdo de los derechos sobre el
coliseo, cosa que se llevó á cabo.
Pasando por alto las diversas alternativas que sufrió la obra del nuevo
teatro y los artífices que en ella tomaron parte y otros detalles de
relativa curiosidad, apuntaré que, terminado el edificio, su exorno y el
numeroso decorado, se señaló para el día 21 de Diciembre del citado año
de 1847 la inauguración del teatro con una compañía de ópera, en que
figuraban artistas de los que más fama gozaban entonces en el mundo del
arte.
En la lista de aquella compañía aparecen los siguientes cantantes:
_Prima donna absoluta_, Carlota Vittadini; _prima donna_, Luisa Cocco;
_comprimaria_, Cuterina Persoli; _contralto_, Luisa Perzoli; _primer
tenor absoluto_, Giovani Soliere; _tenor_, Benedecto Galliani;
_comprimario_, Antonio Cordero; _primer bajo barítono_, Giusepe Manensi;
_primer bajo_, Carlos Porto; _segundo bajo_, Antonio Casanova; _maestro
director_, Vicente Schira; _maestro de coros_, Mateo Torres.
En la citada lista se hace tambien constar que el número de coristas
llegaría á treinta y cinco, que la orquesta la formarían cuarenta y
cinco profesores y que el director sería don Silverio López Uria,
maestro de música muy conocido en Sevilla entonces y compositor á veces
de medianas piezas y zarzuelas, de las que ya nadie se acuerda.
Antes de la inauguración del teatro se repartió profusamente por la
ciudad un prospecto, en donde la empresa hacía presente al público lo
necesario que era cultivar el buen teatro en esta ciudad y el deseo que
se sentía de tener uno de la importancia del de San Fernando. En aquel
impreso se leían estas líneas:
«Hace tiempo que esta capital necesitaba un teatro digno de ella.
Sevilla, que es la primera de Andalucía y la segunda de España,
reclamaba imperiosamente un edificio de esta clase que por su belleza,
proporciones y magnificencia pudiese contener con decoro y comodidad al
público que asiste á estas representaciones. Con efecto, si los teatros
han sido siempre una muestra de la cultura y civilización de los
pueblos, forzoso es que hasta en la parte material correspondan á la
categoría de cada ciudad, y que el mérito de las representaciones esté
en armonía con su ilustración....» Y más adelante se decía que los
empresarios, «notando el afán que había en Sevilla por volver á gozar de
las representaciones _líricas_, enviaron al extranjero, aunque fuera de
temporada, á una persona entendida para que á cualquier precio les
ajustara una compañía de excelentes artistas... Nada se atreven á decir
de su mérito, por más que gocen de alta reputación en Italia, porque
también ha de juzgarlos el público, y en estas materias es infalible.
Sólo advierte que la rebaja en los precios de las entradas y
localidades, no es ahora tan notable como desean, aunque mayor que hasta
aquí, por los muchos gastos que han hecho para formar su Compañía en
tiempo extraordinario; mas pueden asegurar al público que en la
temporada ordinaria que comienza en la Pascua de Resurrección, serán los
precios más cómodos...»
En el mismo edificio y cercano á la puerta principal, se estableció un
café llamado de Los Lombardos, en la calle del mismo nombre, café y
billares que se abrieron al público el 19 de Diciembre.
La noche de la inauguración del coliseo fué, como ya he dicho, el 21, y
á ella concurrieron las autoridades, las personas más significadas,
todos los buenos aficionados á la música y las más hermosas mujeres, que
lucían aquella noche sus más preciadas galas.
La ópera escogida fué _Los Lombardos_, que cantaron la Vittadini, la
Cocco, Salieri, Galliani y Manensi.
De lo que resultó aquella primera función dan noticias los periódicos de
la época que entonces veían la luz en la capital, y el _Diario de
Sevilla_ hacía la más completa descripción, apurando todos los adjetivos
y frases hechas, que ya se usaban entonces y de las que tanto se ha
abusado después por los revisteros de teatros.
Por cierto que un periódico que á poco se publicó, llamado _La Platea_,
apareció llevando en la portada una vista de la sala del coliseo grabada
en madera, que, aunque de tosco dibujo, da idea de cómo estaba en sus
comienzos el interior del teatro, con su gran lucerna de aceite
pendiente del techo, sus anchas lunetas, su tertulia de señoras y su
telón primitivo, pintado por D. Antonio Cabral Bejarano.
No deja de parecerme de alguna curiosidad el consignar los precios del
abono para aquella temporada, que constó de _sesenta_ funciones, y que
eran en esta forma:
_Palcos plateas_, 1.260 reales.--_Palcos principales_, 1.080.--_Palcos
de tornavoz_, 900.--_Anfiteatro_, 200.--_Lunetas_, 200.--_Delanteros de
tertulia_, 90.--La entrada costaba tres reales, y las noches de
_estrenos de óperas ó de iluminación_, llegaba á una peseta.