«...El día siguiente (17 de Junio) subió el sacristán á renovar una

bujía de cera junto al viril y reparó faltaba la Sagrada Hostia; dió

aviso á los sacristanes y entristeciéronse las monjas y hicieron

rogativas, disponiendo se consagrase una Hostia y se colocase en el

viril para manifestar á S. M. en la misa mayor. Una religiosa llamada la

madre Espíritu Santo hizo oración con muchas lágrimas delante de una

santa imagen de Jesús Nazareno que está en un altar (_en blanco_) y vió

sobre los manteles del altar media Hostia; dió aviso y el capellán

registró el altar y halló la otra mitad de la Hostia debajo de los

manteles del mismo altar y creyendo era aquella la misma Hostia que

estuvo en el viril la puso en unas corporales y un sacerdote la consumió

en la misa. Estaba en el convento sirviendo una mujer mulata llamada

Juana Teresa Parrado, de quien las monjas tenían muchas sospechas de que

era mala cristiana y dando aviso al señor visitador que es nombrado por

el duque de Medina Sidonia para este convento por privilegio especial

del Papa, hizo sus obligaciones, y negando la dicha mulata con alguna

turbación, fué dada cuenta al señor provisor, siendo amenazada la mulata

si no confesaba la verdad, que sería castigada y atormentada, dijo que

la mañana del dicho día 17 de Junio muy temprano _el Demonio la sacó

por la reja de una tribuna y teniéndola en el aire junto al viril le

dijo sacase la Sagrada Hostia y se la entró en el seno y habiéndola

vuelto el Demonio á la tribuna había ella partido la Hostia y

arrojándola sobre el referido altar_. Los señores inquisidores formaron

autos, y vista la declaración de la mulata la llevaron á sus cárceles:

allí confesó _hacía muchos años que vivía con mucha llaneza y

familiaridad con el Demonio, el cual en forma de hombre la acariciaba y

se acostaba con ella en su cama_ (¡!) no declaró otros delitos sino los

referidos de que resultaba huir de los santos sacramentos y oir misa sin

veneración y atención.» (_Antigüedades y novedades sevillanas._)

Juana Teresa Parrado, que tenía veinte y ocho años de edad, después de

salir en auto, que se celebró en san Pablo, como dije al principio, en

10 de Diciembre de 1719; á los comienzos del siguiente corrió las calles

de la ciudad sufriendo los doscientos azotes impuestos posando luego al

destierro, donde quizá continuara su _llaneza y familiaridad con el

Demonio_, pues como cándidamente apunta Matute en sus Anales, la

mulatita «se afirmaba que desde niña había tenido pacto con él.»

TRAJES Y ADORNOS

Cuando al oscurecer del día 27 de Noviembre de 1723 los vecinos de

Sevilla se disponían á recogerse en sus casas para entregarse al reposo

se vieron sorprendidos por el ruído que por varias calles promovía el

toque de trompetas y atabales, el paso de caballos y las voces de no

poco concurso que rodeaban á los ginetes.

La causa de todo aquello era la siguiente. Por la tarde se había

recibido de Madrid un pliego conteniendo la _Pragmática sanción que su

majestad mandaba observar sobre trajes y otras cosas_, fechada en San

Ildefonso á 15 días del mismo mes, y el Asistente que lo era don Alonso

Pérez de Saavedra, marqués de la Jarosa, apenas hubo recibido el

documento, había convocado á cabildo con gran prisa, para dar cuenta de

él, y como su señoría consideraba de mucha urgencia que la orden real

llegase á conocimiento de todos, se comisionó allí mismo al marqués de

Gandul para que, aunque fuese de noche, se publicara la pragmática con

todas las solemnidades de rúbrica.

En efecto, se organizó la comitiva para la ceremonia, figurando en ella

el teniente de Asistente don Isidoro Palomino, el pregonero Sebastian

Francisco, los alguaciles de los Veinte, los trompetas y atabales.

El primer pregón dióse, como de costumbre, á las puertas del

Ayuntamiento, siguiendo los otros ante la Audiencia, el palacio

Arzobispal, el Alcázar, y el barrio de la Feria, siendo necesario que

algunos mozos, con antorchas, alumbrasen al pregonero, que se

desgañitaba en medio del camino por enterar al vecindario, cómo quería

Felipe V que se vistieran sus vasallos de allí en adelante.

La tal pragmática sobre trajes, aunque reproducía algunas disposiciones

de otras, era más estrecha y tenía nuevas y grandes disposiciones que no

dejan de ser curiosas y que causaron no poco disgusto á los galanes

sevillanos, muy dados al lujo en sus trajes y personas.

El rey prohibía que se usase más de encajes finos, cintas de plata y

oro, terciopelos rayados, etc., como no fuera con cierta moderación muy

limitada; añadía que los menestrales, barberos, labradores y especieros

no podían llevar vestidos de seda, y vedaba en absoluto que ni hombres

ni mujeres luciesen aderezos y adornos de piedras falsas, que entonces

se labraban con gran perfección, imitando á los legítimos.

Las libreas que habían de llevar los pajes, lacayos y criados se mandaba

que fuesen del menor lujo posible, mencionándose también el número que

había de haber de éstos y sus trajes en ciertas ocasiones.

En cuanto á las galas femeninas, decía Felipe V casi ruborizado:

...«Por cuanto son muy de mi real desagrado las _modas escandalosas en

trajes de mujeres_ y contra la modestia y decencia que en ellos se debe

observar, ruego y encargo á todos los obispos y prelados de España que,

con celo y discreción, procuren corregir estos excesos y recurran en

caso necesario á mi Consejo, donde mando se les dé todo el auxilio

conveniente.»

Pero no era en los trajes únicamente en lo que aquel rey disponía, sino

que, con el propósito de disminuir el número de carruajes, que debían

estorbarle, dictaba severas disposiciones contra los adornos, pinturas y

galas que solían ponerse en las carrozas, literas, calesas, estufas,

etc., no dejando de ser donoso el que señalaba las personas á quienes

estaba permitido andar en coche y las que lo tenían vedado, en esta

forma:

...«No podrán tener coches... _los alguaciles de corte, escribanos de

provincia y número_, ni otros ningunos, ni tampoco lo han de poder tener

los _notarios, procuradores, agentes de pleitos y de negocios_, los

_recaudadores_, si no es por otro título, y tampoco lo podrán tener ni

los _mercaderes con tienda abierta, ni los de lujos, plateros, maestros

de obras_, etc.»

En fin, para que nada faltase en que el rey interviniera, ponía tasa á

lo que á los novios les diese gana de regalar á sus prometidas,

marcándoles hasta dónde podían llegar en sus dádivas, diciendo: «por

cuanto exceso de joyas y vestidos, y otras cosas que se daban y hacen al

tiempo del desposorio... ninguna persona de cualquier estado, calidad y

condición que fuere, pueda dar ó diere á su esposa y mujer en joyas y

vestidos en causa alguna más que lo que montase la octava parte del dote

que de ella recibiese.»

Hasta 29 artículos tenía la famosa pragmática, que se mandó cumplir con

tanto rigor, que allí se ordenaba que el que la desobedeciese tendría de

pena _por la primera vez cuatro años de presidio cerrado á África, y por

la segunda ocho años de galeras_.

El Asistente conde de la Jarosa, que tanto se apresuró á pregonar las

órdenes reales, como antes dije, no fué menos severo en su cumplimiento,

haciendo practicar escrupulosos registros con frecuencia, y por

sastrerías, tiendas de ropas y cocheras, y sin que tuviera consideración

alguna á los intereses que perjudicaba, descargó toda su justicia sobre

obreros, artesanos y fabricantes, que respiraron con satisfacción cuando

dejó su cargo, tres años después, en 1725.

Y para que se viera que él era el primer cumplidor de la pragmática,

como quiera que en ella se ordenaba que todas las autoridades y

justicias vistieran de negro, en el primer cabildo que la ciudad celebró

el 7 de Diciembre de 1723, se presentó todo enlutado, empuñando su vara,

y obligó á que con igual traje negro fuesen todos los caballeros, desde

el escribano Castillo hasta el último portero.

TORIBIO DE VELASCO

Al ocuparme en páginas anteriores de la asociación del Niño Perdido que

existió el siglo XVI, algo dije del lamentable abandono en que estaba en

la antigüedad la infancia desvalida. Las calles veíanse continuamente

llenas de muchachos que, sucios, andrajosos y hambrientos, crecían

abandonados á sus instintos, sin que ni las autoridades eclesiásticas ni

las civiles, ni otras corporaciones, se cuidasen de atender á ellos,

apesar de que de tan pingües rentas disponían.

Aquellos infelices, de cuya educación nadie se ocupaba, vivían de la

manera más miserable, comían cuando encontraban donde robarlo, dormían

al raso, y en su infantil edad, el continuo roce con gente perversa y el

abandono de toda educación tenían harto prematuramente prostituidas sus

almas y enviciadas y torcidas sus conciencias; pues los tales

rapazuelos, que por los sitios públicos enseñaban sus miserias, podían

ser maestros en raterías, licenciados en la carrera rufianesca y carne

dispuesta para consumirse en la horca, en las galeras ó en los

presidios.

Esto, que tanto daño venía á traer á la sociedad y que tan poco hablaba

en favor de la cultura, mal era al que debía ponerse remedio, y aunque

algunos sobre ello parasen mientes, nadie de significación llevó á la

práctica ninguna medida, y vino á partir la obra bienhechora, como

algunas veces sucede, del más débil y del que con menos medios parece

contar para llevarla á cabo.

Y así fué entonces. Un pobre hombre, de humilde posición, sin trato

social y sin carrera alguna, de ilustración escasísima, pero de alma

buena y sensible, movido de un noble sentimiento de humanidad, solo y

sin apoyo, hízose al comenzar el siglo XVIII, el verdadero protector de

la infancia desvalida, que á los poderosos ningún interés prestaba.

Era aquel hombre natural de la parroquia de San Pedro de Píneres, del

Concejo de Haller (obispado de Oviedo), llamábase Toribio de Velasco y

Alonso, había venido á Sevilla de joven y no tenía otro oficio que

vender por las calles añalejos, estampitas, novenas, romancillos ó

pliegos de aleluyas, con cuyas escasas ganancias atendía á su frugal

alimento y á pagar su modesto cuarto, que en una pobre casa de la calle

del Peral le servía de morada.

Toribio de Velasco, que por andar siempre de plaza en calle, era testigo

de aquel abandono en que los infelices desvalidos yacían, comenzó á

mezclarse entre los muchachos, y con palabras dulces y persuasivas,

procuraba atraerse á los más pequeños y menos maleados, regalándoles

estampas y dulces, y haciéndoles que les prestasen ya alguna atención, y

al aire libre, recitábales la doctrina ó algunas máximas de moral de las

más sencillas.

Así anduvo nuestro buen hombre por los años de 1720 y 24 y era muy

frecuente encontrarlo por la mañana y tarde, ya en el monte del

Baratillo, bien junto á una puerta, ó bien en medio de una plazuela

rodeado de muchachos á los cuales daba enseñanza, y tan de la confianza

de algunos fué haciéndose Toribio con paciencia y dulzura, que las horas

en que tenía costumbre de dar su lección, poníase en el extremo de una

calle ó plazoleta y allí sacaba de debajo de su capa raída y sucia una

campanilla que agitaba con fuerza, y á su toque se veían de distintas

partes acudir á los niños, que más de una vez dejaban instintivamente el

juego para rodear al pobre montañés y escuchar sus toscas palabras.

Ni las burlas de los incorregibles ni lo penoso de la espontánea tarea,

hiciéronle flaquear, llegando á conseguir, después de muchos meses, que

varios de los muchachos fueran á su pobre casa de la calle del Peral,

con lo que ya pudo decir que había echado los cimientos á su futuro

instituto.

Allí atrajo también á algunos hijos de vecinos pobres, y con las

limosnas que él mismo pedía, y sacrificando sus escasísimos ahorros,

pudo luego alquilar un departamento en una casa de vecindad de la

Alameda, donde en Julio de 1725 llegó á reunir, con cierto carácter de

escuela, á muchos niños, consiguiendo también comprar vestidos á 18 de

los más abandonados, los cuales se recogieron y allí pasaron las

primeras clases de enseñanza.

Había por entonces ya cundido la noticia de la meritoria obra de Toribio

de Velasco y llegado á oídos del arzobispo y del Asistente, y entonces

una persona interesada en ello, sin dar su nombre, envió á la casa 50

ducados, con lo que puede decirse que comenzaron sus fondos.

Tan rápidos fueron en adelante los progresos del benéfico

establecimiento, y tanta la actividad desplegada por su fundador, que

aquél hubo de trasladarse á edificio más amplio en la calle Real de san

Marcos, al sitio de la Inquisición Vieja, y un escritor sevillano dice á

este propósito:

«Apesar de no contar con ninguna renta, el número de niños crecía por

manera, que llegaban en el año de 1727 á ciento, por lo que fué

necesario trasladarse.... y proveerse de maestros de escribir y contar,

y aun de gramática latina, por si alguno se inclinaba al estado

eclesiástico: también se dispusieron talleres en que aprendiesen los

oficios de zapateros, sastres, polaineros, cardadores de lana y otros de

primera necesidad, de lo que, informado el rey, lo socorrió con diez mil

pesos, y además mandó á la Ciudad que le proporcionaran sitio apropósito

para que labrase casa, cuyo real decreto fué cumplido, señalándose una

bien espaciosa fuera de la puerta de Triana, como quiera que ya constaba

de ciento y cincuenta niños, cuya subsistencia se apoyaba sólo en la

caridad sevillana.»

No llegó Toribio de Velasco á ver instalada su casa en dicho punto, pues

anciano y enfermo, murió en la tarde del día 23 de Agosto de 1730,

siendo trasladado con gran pompa su cadáver desde la calle Real de san

Marcos, al convento de san Pablo, en que fué sepultado, y en su

testamento dejó elegido sucesor de su puesto á un su compañero que le

había ayudado hasta allí, llamado Antonio Manuel Rodríguez, el cual

procuró durante el tiempo que estuvo al frente del establecimiento,

seguir las huellas del fundador.

En 1738, no habiendo podido realizarse el proyecto del edificio en las

afueras de la puerta de Triana, se trasladó la escuela á una casa de la

Calzada á la Cruz del Campo, de donde pasó en 1776 á ocupar el edificio

de san Hermenegildo, residencia que fué de los jesuítas, donde estuvo

hasta que se trasladó en 1785 á la plaza de Pumarejo y á un espacioso

edificio, en que permaneció hasta su extinción, primero en 1823 y

completa en 1836.

Puede decirse que, cuando el heredero de Toribio de Velasco, Antonio

Manuel, dejó la casa en 1749, comenzó á decaer tan útil establecimiento,

que desde entonces administró un eclesiástico del que dice Matute que

«de cuyo poco celo é inteligencia, resultó un lastimoso atraso,

habiéndose reducido á 50 el número de niños.... y se puede asegurar que

(el establecimiento) jamás volvió á ver los felices días de su

fundación.»

No son muy abundantes las noticias que existen de la primitiva fundación

del hermano Toribio, y las más importantes á más de las que dan Asensio,

Collantes y los papeles del conde del Aguila, se encuentran en un libro

que vió la luz en Madrid en 1766, escrito por el padre Baca y cuyo

título es el siguiente:

--«_Los toribios en Sevilla breve noticia de la fundación de su

hospicio, su admirable principio, sus gloriosos progresos y el infeliz

estado en que al presente se halla: su autor el M. R. P. Fr. Gabriel

Baca, de la orden de la Merced, etcétera._ La da á luz para ejemplo y

acción de gracias al Todo-Poderoso, D. Miguel Carrillo, canónigo de

aquella santa Patriarcal Iglesia, y la dedica al rey nuestro señor, como

padre el más poderoso de sus vasallos pobres y desvalidos.--Madrid,

etcétera, 1766.»

Nada más que una confusa memoria queda hoy de aquel bienhechor de los

niños desvalidos, de aquel pobre Toribio de Velasco, que con alma

cándida y buena, llevó á cabo en nuestra ciudad una de las obras más

meritorias que pueden darse.... Sevilla no ha dedicado hasta ahora un

solo recuerdo al que hizo bien desinteresadamente; y en la población

donde tantos nombres que nada dicen se ostentan en las vías públicas,

aún no se ha ocurrido á nadie siquiera el poner á una calle el nombre de

_Toribio de Velasco_.

LA FIESTA DE LOS SASTRES

El gremio de sastres, que siempre ha sido muy numeroso en Sevilla,

cuando el viaje á esta ciudad de Felipe V en 1729, se propuso obsequiar

al rey, ardiendo en entusiasmo monárquico de tal modo y manera, que en

su obsequio dejase atrás cuanto en el mismo sentido pudieran hacer

otros.

Así fué que nada se les ocurrió á los buenos alfayates que formaban la

Hermandad de san Mateo, más ingenioso que el organizar una cabalgata

alegórica con el título de _El piadoso Eneas de las Españas_, la cual

fué cosa de ver, y bien merece que me ocupe de ella, siguiendo con toda

fidelidad las relaciones contemporáneas, que por lo puntuales y

verídicas no han de prestarse á dudas.

En la organización de tal cabalgata es seguro que exprimieron su magín

los sastres, ayudados, tal vez, por algunos de los más doctos ingenios,

logrando ser el asombro de la ciudad.

Salió la cabalgata á ver á los reyes llevando delante el pregonero, los

ministros de la justicia y los escribanos, todos ellos vestidos con

trajes de colorines, que, á juzgar por la descripción que de ellos

conozco, aunque embobaran á las gentes sencillas, eran harto ridículos y

estrafalarios.

Seguían á éstos nada menos que 66 sastres, precedidos de un clarinero,

vestidos de turcos, á su manera, con mucho de cintajos y medias lunas,

estandartes y escudos, donde iban escritos pésimos versos en elogio del

rey, que no había más que pedir.

Y á los turcos seguían 40 alfayates más á caballo, y luego una cuadrilla

numerosa á pie con chupas y sombreros de plumas, y los cuales llevaban

unos tarjetones con ingeniosidades de este tenor:

«La _aguja_, que es nuestro timbre,

despunta por esos aires

pirámides y monumentos

de _Filipo Quinto_ el grande.

Dédalos son, no _dedales_

nuestros blasones, pues todos

saben volar en obsequio

de nuestros reyes gloriosos.

Para hacer á nuestros reyes

obsequio que _bien les venga_,

ha sido tan corto el tiempo

que apenas está _de prueba_.

En obsequio de unas bodas

este gremio contribuye

al ver de estas voluntades

y coronas el _pespunte_.

De _telas_ del corazón

este festejo tejido,

con los que en él _se han cosido

hebras_ los afectos son.

Presto para tanta fiesta

se echaron nuestros _hilvanes_,

que para tales esfuerzos

siempre son bravos los _sastres_.»

Por último, después de la tal cuadrilla venía el carro alegórico del

_Piadoso Eneas de las Españas_, mescolanza religiosa-mitológica-teatral,

en la que iba una figura representando á Felipe V en forma de Eneas,

otro á san Fernando y otro á la Sibila, que tenía el doble significado

de representar también á la Virgen María, para aclaración de lo cual

llevaba un tarjetón con estos versos:

«_María_, mejor Sibila,

no á Eneas, sino á Filipo,

le muestra en Fernan tercero

de que en Lis, Leon y Castillo.»

En el carro alegórico se mostraba también el antiguo pendón de la

hermandad de los sastres, que tenía por patrón á san Mateo, y cerraba

por último toda aquella comitiva un buen número de danzantes y cantores

que entonaban versos en loor del monarca, de la reina y de los

príncipes.

Con gran parsimonia y lucimiento, fué recorriendo las calles de Sevilla

la alegoría del _Piadoso Eneas de las Españas_, sin que nada se opusiera

á su esplendor, siendo todo del particular agrado de Felipe V, cosa que

colmó en extremo los deseos de los alfayates, los cuales, con el fin de

que su acto quedase inmortalizado, mandaron escribir y publicaron un

folleto describiendo toda la fiesta, folleto que fué impreso el mismo

año de 1729 por la viuda de don Francisco Leefdael, y en el cual se

leían estas palabras al frente del soneto dedicatorio:

_Al muy alto y muy poderoso monarca, árbitro de dos mundos, á Felipe V,

el animoso rey de las Españas, el gremio de sastrería de Sevilla humilde

saluda y reverente obsequia._

¡Lástima que el nombre del anónimo poeta, que se despachó á su gusto en

aquellas intrincadas ingeniosidades, no haya pasado á la posteridad!

CON LUZ... Y Á OSCURAS

Cuando las sombras de la noche se extendían sobre Sevilla en aquellos

tiempos de la Inquisición y de los monarcas absolutos, era preciso ser

hombre de más de mediano valor para atreverse á recorrer solo las

calles, la mayoría de las cuales eran estrechas, tortuosas y en las que

abundaban las lóbregas travesías, las encrucijadas sombrías y los

rincones misteriosos y los pesados arquillos de feísimo aspecto.

Los faroles y candilejas que las hermandades solían poner en retablos y

cruces que tanto abundaban, era el único alumbrado que podía guiar al

transeúnte en aquellas tinieblas, por las que se resistían á penetrar en

no pocos barrios las rondas y las patrullas que de tiempo en tiempo

tenían obligación de recorrer sus demarcaciones.

Los criminales, los ladrones, la gente de malísimo vivir, eran

únicamente los paseantes que desde el toque de la _Queda_ hasta ser de

día vagaban por las calles, y rara era la mañana en que en las

collaciones de la Feria, san Vicente, santa Cruz, la Macarena ó san

Pedro, no aparecía algún hombre muerto ó se tuviese noticia de alguna

casa robada ó de algún atropello bárbaro cometido entre las sombras y el

silencio.

Dueña en absoluto era la gente maleante de la ciudad por las noches, y

únicamente en alguna gran solemnidad, se solían hasta las nueve ó las

diez iluminar las casas por el vecindario por apremiantes órdenes del

Asistente.

Hasta el siglo XVIII no se les ocurrió á las autoridades locales la

feliz idea de que estableciendo alumbrado público, podrían evitarse

muchos desmanes que favorecidos por las sombras se cometían, y á este

efecto se ensayó el plan que ya en otras capitales se había llevado á

cabo.

Era en 1732 Asistente interino don Manuel Torres, y á este buen señor,

así como á su inmediato sucesor, don Rodrigo Caballero Illanes, se deben

los primeros ensayos de alumbrado, pues ordenaron al vecindario que

desde las primeras horas de la noche del invierno de aquel año hasta las

doce, los vecinos colocasen en las ventanas de sus casas faroles que

disipasen de algún modo las espesas tinieblas.

El día 15 de Octubre comenzó á cumplirse lo ordenado por las

autoridades, y es curioso el hacer constar que hubo una verdadera

oposición por parte de la gente de los barrios bajos á la novedad de

los faroles, dándose con frecuencia el caso que apenas eran encendidos

muchos de ellos, los mozos de barrio y algunos pájaros de cuenta

destruían á pedradas los cristales, volviendo á dejar las calles en

aquellas sombras que tanto favorecían sus planes.

Así continuaron las cosas muchos años, apesar de los edictos de 1754,

1757 y 1758, siendo inútiles cuantos esfuerzos se hicieron por obligar á

respetar el alumbrado, que siguió constituído únicamente por los

farolillos que adornaban las cruces y retablos, que sostenían sus

hermandades y cofradías.

En 1760 el Asistente, D. Ramón Larrumbe, dando una prueba de cultura,

volvió á tomar disposiciones sobre el asunto, y el día 27 de Octubre se

fijó é hizo publicar un bando en el cual se leen estos párrafos:

«Manda el señor Asistente que todos los vecinos de esta ciudad, barrio

de Triana y sus arrabales, desde 1.º de Noviembre próximo hasta fin de

Abril del año que viene, pongan faroles en lo exterior de las casas, que

den luz á las calles y pasos públicos; lo que han de ejecutar desde

media hora después de oraciones hasta las once de la noche: pena al que

contraviniere lo mandado, de dos ducados por la primera vez, cuatro por

la segunda y ocho por la tercera, aplicándose dichas multas al ministro,

soldado ó persona que denunciare la contraversión en el todo ó parte de

lo mandado...» Y más adelante se añadía: «Que desde _las once de la

noche_ en adelante, ningún vecino de _cualquier calidad y condición que

sea_, pueda andar sin luz por las calles, llevándola por sí ó por sus

criados con linterna, farol, acha ó mechón; pena al que contravenga,

siendo persona distinguida, de seis ducados de multa con la referida

aplicación; y al que no sea de esta circunstancia se le tendrá por

persona sospechosa, y se le tendrá en la cárcel, para que averiguado su

modo de vivir, se le dé el destino correspondiente, etc., etc.»

Por último, se acordaba que á las ocho de la noche se cerrasen todos los

bodegones, botillerías y tabernas, adoptándose otras disposiciones para

mantener el sosiego y la seguridad de la ciudad.

Pero tales acuerdos, apesar del buen celo que el Asistente y sus

delegados tuvieran, no fueron bien cumplidos ni mucho menos como se

ordenaba, y lo del alumbrado público vino á quedar como antes durante

diez años poco más ó menos, aun habiéndose repetido los _bandos_ en 1761

y 1766.

En el bando de 20 de Octubre de 1770, se volvió con más energía á

encarecer la necesidad del alumbrado, por el Asistente D. Pablo de

Olavide, añadiendo esto, que da idea de cómo andaba la seguridad pública

por las noches en las calles de Sevilla:

Cosas nuevas y viejas (apuntes sevillanos) · 第 15 / 18 段